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“Correoexpress”, decía la pequeña bolsa de plástico que simulaba ser un sobre.  Parecía contener tuercas, piezas metálicas.

–Amor, esto debe ser para ti. Me lo entregaron en portería –le dije a Martín al llegar a casa–. ¿Has encargado tuercas?

Tornillos, clavos, piezas metálicas, nada de eso llamaba mi atención tratándose de Martín y sus compras por internet.

–No espero nada –me dijo recibiendo la correspondencia y poniéndola sobre la mesa de la cocina.

La abrió.

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–¡Son anillos de matrimonio! –me dijo levantando la vista para mirarme a los ojos–. Yo no los he encargado –agregó veloz para impedir que mi imaginación vuele.

–Ah, lo hiciste, ¡y ahora te has arrepentido! –le dije en broma y también en defensa propia, para que no se le ocurra pensar que yo había cambiado de opinión y le quería dar una sorpresa en estos tiempos de igualdad de sexo y esas cosas.

Pues nada. Quedó claro para los dos que las sortijas no eran nuestras.

Una mezcla de alivio y decepción invadió mi corazón, pero solo por un segundo ya que de inmediato se transformó en absoluta calma. Debí haber suspirado sin intención alguna y Martín debió haberlo notado, pero gracias a lo bien que me conoce, permaneció en silencio oriental.

Revisamos el sobre. No aparecía un destinatario. “Parcela 19”, estaba escrito. Coincidía con nuestro número.  La calle, sin embargo, era otra. Los Robles.  Pero en Los Robles, no existía una Parcela 19.

–Es viernes y casi las seis de la tarde –le dije a Martín–, seguro los novios esperan angustiados los anillos. ¡Quizás es hoy la boda!

Y, ¿si era cosa de Dios, sabio y misericordioso, que los anillos no lleguen a sus correspondientes dedos para evitar lo peor?

Talla ocho y talla siete. Era la única información visible en la etiqueta de cada sortija.

–Quizás lleven los nombres grabados –le dije a Martín, olvidando por un momento que estaba en mis manos la felicidad o desgracia de sus destinatarios–. ¿Qué te parece si pongo un aviso en el chat del condominio? Alguien debe saber de quién es la boda.

–Relájate.  Si alguien encarga las sortijas por correo no deben ser urgentes.

Abrí la bolsita transparente que contenía las sortijas. Parecían ser de plata o de oro blanco. El anillo más grande, llevaba labrado una corona de rey.  El otro, una de reina.

Me apuré a leer el interior.

El tiempo avanzaba y me imaginaba al novio en la puerta de su casa, vestido de terno oscuro, transpirando, preguntándose qué pasaba con el correo, mientras la novia de blanco, inocente como todas, rodeada de sus mejores amigas, retocaba su maquillaje, casi lista para la ceremonia. ¿Porqué los hombres se casan de negro y las mujeres de blanco? No era momento de pensar en eso.

“Her King”, decía un anillo y en el otro, lógicamente, “His Queen”.

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Por un momento pensé en probarme el más pequeño y, como en los cuentos de hadas, en caso que fuera de mi perfecta talla, olvidarme de Correoexpress y todo ese lío del sobre y convertirme en una reina para Martín, pero mis miedos superaron cualquier alucinación fantástica. En ese instante, como si un rayo ardiente calcinara un hechizo, recordé mi pasado. Dos matrimonios. Dos divorcios. La verdad que era mejor dejar las cosas en ese aletargado empate. Después de todo, no necesitaba de nada más para ser la reina de Martín. ¿O sí?

Muchos fueron los argumentos que recorrieron mi cabeza y mi corazón, hasta decidir que esos anillos debían llegar a sus dedos correctos y pronto.

–¿Alguno es de tu talla? –me pareció escuchar a lo lejos a Martín quien seguro había entrado a su taller a reparar algo.

Preferí no responder que decir alguna mentira ya que el de la talla siete me calzaba, como dicen por allí, “como anillo al dedo”. Lo cierto es que en ese momento yo solo oía con claridad, aunque con ciertas dudas, una voz en mi interior que retumbaba diciendo “Entrega los anillos, alguien los espera”.

Tomé una foto del sobre de Correoexpress. Decidí no mencionar el contenido. Podría tratarse de una sorpresa para “His Queen” o “Her King”.

Compartí la foto en el chat de los vecinos. “Hola –saludé con una carita feliz–, he recibido esta correspondencia dirigida a la Parcela 19, Calle Los Robles. ¿Alguno de ustedes la espera? Su contenido es importante y hasta sagrado”.  Di una sutil pista.

Minutos después recibí una respuesta: “El sobre está dirigido a Óscar Tobler. Si amplías la foto que enviaste, allí está el nombre. ¿Sagrado?”

Con los anteojos puestos, verifiqué la información. El destinatario estaba escrito en letra muy tenue. ¿Temerosa, acaso?

“¿Alguien conoce a Óscar Tobler?”, pregunté al grupo.

Mientras esperaba respuesta, me puse a pensar en Alain Robbe-Grillet y su teoría del “objetivismo fotográfico” por la que propone estructurar textos dejando de lado la facultad introspectiva de los personajes.

¿Es posible eso?

¿Mantendría el escritor francés su teoría al narrar un relato como esté de haber tenido en su vida dos anillos de compromiso, dos de matrimonio y dos divorcios a cuestas?

La señal de un nuevo chat anunció, que debía continuar y decidí hacerlo de acuerdo a Robbe-Grillet, sin mencionar sentimientos:

A pesar del ruido de mi teléfono, lo dejé a un lado.

–¿Alguna novedad? –me preguntó Martín de lejos.

–Ninguna –le dije en el momento en que mi celular avisó que había entrado otro mensaje.

–Te están respondiendo–, me dijo Martín quien pertenecía al mismo grupo de chat del condominio–. Dicen que hay un Óscar entre los vecinos. ¿Por qué no lo llamas?

Miré mi reloj.  Casi eran las seis y media.

–¿Vas a llamar o lo hago yo? –dijo Martín entrando a la cocina con su porta herramientas amarillo a la cintura.

–¿Te preparo algo de tomar?

No me respondió. Se quedó parado, así, alto como es, observándome.

Busqué los nombres de los integrantes del chat. Óscar aparecía entre ellos, pero sin apellido.

Marqué el número.

–No responden –le dije a Martín.

Timbró mi teléfono.

–Hola, soy Óscar, me imagino que me estás llamando por lo del sobre.

–Sí –le dije–. ¿Te vas a casar?

–¿Casar? No, para nada. Yo no me apellido Tobler. Gracias por la preocupación –me respondió antes de despedirse.

–¿Y qué pasó? –preguntó Martín revisando su celular.

–Que no era el Óscar de los anillos –le respondí poniéndolos sobre la mesa.

–Están muy lindos. Deben ser muy finos –me dijo–. El detalle del rey y la reina es muy romántico. Si no aparece el dueño, ¿crees que debamos llevarlos a Correoexpress?

–¿Pero no van a llegar a tiempo para la boda?

–Se casarán sin anillos –me dijo encendiendo el pequeño televisor que apenas cabía sobre uno de los reposteros.

–O quizás no lleguen a casarse.

Tomó los anillos con cuidado. Les dio vueltas con los dedos mientras los observaba.

–Tú y yo llevamos viviendo juntos, ¿cuánto?, casi cinco años, felices, sé que ya lo hemos hablado antes, pero que te parece si…

En ese momento los teléfonos anunciaron la llegada de un nuevo mensaje.

–¿Será el novio? –pregunté.

“Tengo un amigo en el condominio de al lado. Se llama Óscar Tobler y casi seguro que vive en Los Robles”, escribía un tal Gabriel.

Llamé al tal Gabriel, le dije lo que contenía el sobre, que no había querido hacerlo público para evitar que la novia o el novio perdieran la sorpresa o tuvieran algún pretexto para escapar.

Gabriel llamó a su amigo.

Y aquí, siguiendo la teoría del “objetivismo fotográfico”, no puedo ni debo decir que fue por fortuna o por mala suerte o que me alegré o sentí tristeza, cuando Gabriel confirmó que su amigo era efectivamente el novio.

–Llevamos casi cinco años juntos… –volvió a decir Martín buscando mis ojos, quizás mis manos, y sin soltar los anillos.

Pero yo, dejo mi final así, implacable, como una foto.

Después de todo Alain Robbe-Grillet tenía razón: es mejor escribir sin mencionar sentimientos.

 

                                                                Rossana Sala. Septiembre 2018


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–De acuerdo con estas cartas, en tu vida anterior fuiste una guerrera.

–¿Guerrera? –le pregunté–. ¿Pero, le hice daño a alguien?

–¿Daño? Yo creo que daño es lo mínimo. Si te fijas bien en el caballo, en la armadura del jinete y su espada en alto…

Días atrás, Emma, una amiga de la infancia, me había recomendado que me leyeran el tarot. Tanta mala suerte que tienes, me dijo, debe de ser por algo. Necesitas averiguar cuál es tu karma. Las leyes cósmicas. Tus vidas anteriores afectan tu vida actual.

Emma no me dio tiempo para pensarlo mucho y, al llegar a casa, ya tenía en mi teléfono su mensaje con el número de Madame Chloé, es buenísima, señalaba, a mí me aclaró muchas cosas de mi mundo interior, agregó.

Desde mi separación de Juan (a quien en realidad debía anteponerse a su nombre el sustantivo don), las cosas habían ido de mal en peor en mis relaciones.

A mis cuarenta años no encontraba a esa persona que yo considerara “don” en un sentido positivo de la palabra.

Te espera mañana a las diez, me escribió mi amiga y, a continuación, una dirección en un lugar del cual nunca había oído.

No sé por qué, pero preferí no darle las gracias a Emma. A fin de cuentas, ¿quería acaso yo saber mi futuro? ¿Mi pasado? ¿Energías cósmicas?

Esa noche, en el silencio de mi casa, me senté a contemplar el jardín. Mientras lo hacía, usé mi celular para revisar en Google qué exactamente era el tarot. Tantas veces lo había oído mencionar, pero nunca había necesitado saber de qué se trataba.

“Escoja diez cartas para consultar su futuro con el tarot de Marsella. Una tirada cien por ciento gratuita creada por una tarotista”. “Método interactivo de lectura. Da click en barajar”.  “Da click en empezar de nuevo”.  “Abre tu mente con fe y esperanza.”

Y como éstos, cientos de anuncios y explicaciones sobre la baraja.

“Tu karma”, me resonaban las palabras de Emma en la cabeza. Solo podrás vencerlo sabiendo cuál es, me había dicho.

¿Qué tenía eso que ver con mi mala suerte en el amor?

Más por curiosidad que por cualquier otra razón, aunque alguna necesidad oculta debo admitir que tenía, al día siguiente fui a la dirección que me dio mi amiga.

Un taxi me llevó hasta el lugar.

A una hora y media de donde yo vivía, me esperaba una casita escondida entre inmensos árboles cuyas flores rojas habían caído sobre sus gruesas raíces, haciéndome recordar algunos cuentos de la infancia. Esos llenos de brujas. Buenas o malas, pero brujas.

Madame Chloé es una tarotista, nada más que eso, pensé.

Realmente se veía extraña esa casita rodeada de edificios viejos, talleres mecánicos y pequeños sembradíos abandonados que daban la impresión de ser tierras pantanosas.

–No voy a demorarme. Mejor me espera –sentí que le suplicaba al conductor al momento de cerrar la puerta del auto–. En media hora debo estar de regreso.

Había llegado con diez minutos de anticipación, así que tomé mi celular para confirmar con Emma si la dirección era correcta, pero antes de que pudiera escribirle, un suave quejido me hizo notar que la puerta de la casa se abría.

–Entra, querida.

La voz aguda, me recordó una vez más esos cuentos de la infancia plagados de murciélagos, arañas y pócimas mágicas que, aunque me aterraban, disfrutaba leer.

Madame Chloé, estaba delante mío. O, mejor dicho, abajo mío, porque estoy segura de que aquella mujer no alcanzaba a medir un metro cuarenta.

La montura metálica de sus lentes, apoyaba en la punta de su nariz, la obligaba a mirarme por encima de sus pesados vidrios.

Su bata suelta de chiffon verde, daba la impresión de ocultar el cuerpo de una persona vaporosa, de edad indescifrable, que parecía flotar.

Un gato gris la observaba estático desde un estante de libros forrados en cuero mientras yo hacía lo mismo de pie, en la entrada de la casa.

–Llegaste puntual, pasa –me dijo cerrando la puerta al tiempo que se dejaba oír una vez más aquel ligero quejido. Yo estaba tan nerviosa que, en ese instante, llegué a dudar si el ruido había sido efectivamente el de la puerta o si se trataba de un grito de auxilio de mi estómago.

No sé si fue la sonrisa inquietante de la mujer o esos ojos verdes que le resplandecieron al quitarse los anteojos, los que me arrastraron hasta quedar sentada en una silla de madera frente a una mesa redonda protegida por un mantel púrpura con grandes flores negras. Encima, dos gruesas velas amarillas intentaban iluminar la habitación mientras la cera se fundía indiferente pegándose en la tela. Las paredes y ventanas estaban cubiertas con sedas azules y grises que sofocaban el ambiente. El olor a incienso o sería acaso a orín de gato, me provocó una leve sensación de ahogo que contuve para evitar salir corriendo.

A pesar de todo, respiré hondo para calmarme. Mis manos sudaban. ¡Cómo ansié haber hecho la lectura del tarot con el método interactivo que anunciaban en Internet! Con un par de clicks hubiera evitado ese momento.

–Te sirvo un té.

Y como no me preguntó si lo quería o no, simplemente lo acepté. No me preocupé si le ponía azúcar o endulzante. Tampoco le dije que me desagradaba esa infusión.

–Tómalo despacio –me ordenó alcanzándome la taza–, te hará bien.

Sin decirle que no, di un suave sorbo a la bebida, con la esperanza de que, con eso, la mujer empezara de una vez a hablarme de mis vidas pasadas, de mi karma, del porqué de mis malas relaciones y de todo lo que me había llevado hasta allí, para poder salir rápido, “que empieza a faltarme aire” y “que el taxi me espera”, pero eso no se lo dije, por supuesto.

–Emma me dio tu fecha de nacimiento –me informó señalando una pizarra donde la había anotado.

El anillo con una roca azul violeta que llevaba puesto en su dedo medio, llamó mi atención.

–Es una iolita, pero hoy no quieres saber de eso –me dijo sentándose delante de mí y mostrándome una carta–. Te corresponde la Luna.

Por la forma pausada con la que Madame Chloé me habló, no me atreví a indagar sobre esa piedra, ni a decirle que, según yo, la carta (al igual que el anillo) era muy linda. Tenía dibujado el sol, el perfil de la Luna y dos animales aullando que parecían perros. Un escorpión salía del agua, aunque pensándolo bien, podía tratarse de una langosta, a mí que me encanta comerlas con mantequilla, pensé.

–Divide el mazo con la mano izquierda en tres grupos –me ordenó, cosa que hice con esmero para sacar luego diez cartas tal como me indicó después.

Con ese aire etéreo y misterioso, la pequeña mujer de vestido de chiffon verde, puso los naipes que escogí sobre la mesa.

IMG_3921–Diez de Bastos, Equilibrista, Caballero de Espadas –dijo–. De acuerdo con estas cartas en tu vida anterior fuiste una guerrera.

–¿Guerrera? –le pregunté–. ¿Pero le hice daño a alguien?

–¿Daño? Yo creo que daño es lo mínimo. Si te fijas bien en el caballo, en la armadura del jinete y su espada en alto…

–Pero, ¿no podría ser mi perfecto caballero de las cruzadas, mi salvador? Después de todo –le dije–, si se fija bien, el caballo es blanco.

La mujer hizo latir sus ojos verdes y sin dignarse a darme una respuesta, siguió leyendo las cartas. Mis cartas.

Tu arcano mayor es la estrella. Conectarte con tu yo. La carta de la luna, proceso cíclico. Revisar tu parte oculta. Las emociones. El agua. Ocho de oros. Las almas se reencarnan y viajan muchas veces en los mismos grupos. Se vuelven a encontrar en nuevas vidas. En nuevos seres.

–¿Se permite cambiar de cartas, escoger?

–Sigamos –me dijo engrosando la voz al mismo tiempo que se dejaba oir un suave maullido del gato gris del estante.

Columna del ayer. Relación con el karma. Lo ignoras. Carta de los enamorados. Energía adolecente. Tomar riesgos. La emperatriz. La esposa perfecta.

–¿Puede repetir esa parte para grabarla, por favor?

–¿Y tú qué crees, que esto es un juego?

–No, disculpe, para nada –le respondí con todo respeto y sin perder las esperanzas–, pero ¿podemos grabar eso de la esposa perfecta?

Emma tenía toda la razón, pensé. Por fin conocería a mi caballero de corcel blanco y seríamos felices para siempre.

Lo que a continuación me dijo la mujer, no lo recuerdo bien. Solo sé que ella siguió con sus palabras y señaló reiteradas veces las barajas con el dedo del anillo que me encantaba, mientras yo guardé un cobarde silencio, terminé de un solo trago mi té y me dirigí a la puerta de salida.

¿Me habría encantado?

–El dinero de la consulta se lo transferiré al llegar a casa –le dije en voz alta a la tarotista quien en ese momento había desaparecido de la sala.

El gato tampoco estaba, aunque las velas seguían ardiendo y ese olor a incienso y orín se sentían aún con más fuerza.

Salí del lugar sin escuchar el chirrido de la puerta.

Había llovido. Las flores rojas que cubrían las raíces de los árboles de cuentos de hadas se habían mezclado con la tierra. Respiré por fin aire fresco. El taxista se había marchado. Intenté conseguir alguno con el celular. Nadie respondía. Vi algo que parecía ser una estación. Caminé hacia ella. No estaba dispuesta a quedarme parada en la puerta de Madame Chloé. Quién sabe qué estaría haciendo la pequeña mujer y sus barajas en ese momento. Llamé a Emma, pero su línea estaba ocupada.

Un autobús se detuvo. Fue fácil distinguirlo al ser perfectamente blanco y estar entre oscuros talleres de mecánica, sembradíos y edificios viejos.

Llegué a tiempo para no perderlo.

No sabía dónde me llevaría, pero salir de allí era lo único que me interesaba.

Entré al autobús. Miré hacia el fondo. Estaba repleto.

–Aquí hay un lugar –me dijo un caballero acomodando sus libros para que me siente a su lado.

Y como no me preguntó si lo quería o no, simplemente lo acepté. Tampoco me importó dónde se dirigía ese autobús.

¡Mi Caballero de Espadas!, pensé en silencio y me concentré para que ese viaje no se detuviera en ningún momento.

Y  no lo hizo.

Han pasado cinco años y sigo viajando por la vida a su lado.

–Eres la esposa perfecta. No te preocupes –me dijo una tarde  en la terraza del jardín mientras nuestros hijos jugaban.

Dejé la lectura de mi libro para observar a mi marido.  Yo nunca le había contado lo sucedido en casa de Madame Chloé, minutos antes de conocerlo.

–No fue necesario que lo grabaras agregó sin embargo, acariciando la cola de su viejo gato gris.

 

Rossana Sala

Setiembre 2018

 


INICIO

–Sí, amor. Te acompañaré a las clases de cocina.

FACTORES

A mí que me gusta escribir cuentos, estoy ahora en un salón, con delantal blanco y sombrero de chef bien puesto.

Veinte personas separadas en grupos rodeamos nuestras respectivas ollas bajo el mando de dos maestros.

Pronto removeremos inmaculadas pócimas con la profunda esperanza de que, en algún momento, se transformen en queso.

¡Hocus pocus! ¡Fermentus!

“De acuerdo. Llevaremos el curso juntos”. Me lo había pedido varias veces, hasta que acepté. Ahora mejor me concentro. No quiero pensar en hacer mal las cosas. Observo a mi alrededor. Mesas metálicas. Luces. Paredes blancas. Hornillas. Ollas chicas, grandes, inmensas. ¡Me acorralan!

Y allí, en el fogón candente, todavía en silencio, hierve el agua.

–Sonrían –aparece un muchacho con una cámara. ¡Click!

Paños, espumaderas brillantes, cucharitas con sales y polvos de magia.

¡Abra cadabra! ¡Queso! ¡Pata de cabra! ¡Queso!

¿Podré hacerlo?

 PROCESO

–Todos somos maestros queseros –nos anima la profesora francesa en español fluido–. Cuenta la leyenda que un viejo pastor árabe regresaba a su morada con leche de oveja dentro de una bolsa hecha con tripa de cordero. ¡Después de caminar bajo el sol, al abrirla, voilà!Allí estaba:cuajada, sólida, convertida en queso.

Caramba, este curso sí me gusta, mata tiru, tiru la, la oveja, el pastor, los jardines. ¡Un cuento!

Sigamos. PH. Peso. Concentración. Fermentación. Acidificación. Y ahora nos vienen con física y química. ¡PM! ¡La canción! ¡Este oficio, no me gusta, mata tiru tiru la! Crecimiento de bacterias lácteas. Microrganismos. Lipasas. Materias extrañas. Productos nitrogenados. Y la cocina, que nunca se ha considerado amiga de mis desmañadas manos ni de mi distraída alma, me hace sentir solitaria, en medio de la leche tibia, sin comprender qué pasa, ni alcanzar la orilla.

¡Click!

–La coagulación –continúa el maestro–. Los iones de calcio…

Probeta, lactodensímetro, termómetro, féculas, cloruro de potasio. Acá me pierdo. ¡Auxilio! ¡Confusión! Recién nos estamos conociendo. ¿Para qué le dije “sí, vamos”? ¡Mis cuentos! Ovejas y cabras que corren y saltan a campo traviesa.

AGITACIÓN

–Incorporen el cuajo.

Sabor. Textura. Ácidos volátiles. Olor. Colorantes. Y una vaca se encuentra con un toro hambriento. PH 4,00. PH 5,2. Descomposición de proteínas.

Bato la leche. Lo hago vehemente. Lo hago en silencio.

–Esperen el punto de corte. No revuelvan sus ollas –escucho a lo lejos y perspicaz, me detengo.

¡Espátula calla!

–La de ustedes todavía no empieza a cuajar. ¿La batieron?

El fuego arde angustiado. Se humedecen mis manos. Un cucharón metálico se golpea con el suelo. Yo no sé de esto. Amor, soy como soy. ¿Me habrás descubierto?

Se acerca la maestra. Levanta las cejas. Toma notas en su libreta. Me desconcierto.

–Su leche está perdida. Aprendan con los demás grupos –nos dice.

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Y vamos con ellos y cortan sus mezclas. ¡Click! Brujería pura. La leche de otros se pone más dura. Y la nuestra, en la olla, sonríe tranquila.

–Revisen la temperatura. Agreguen sal. ¡Calienten más agua!

Baño María, Ave María, coagula mi leche de noche y de día. Rezo en silencio y no toco nada. Dios te salve, reina mía. Y viene otra foto. Mi corazón palpita con fuerza. Lo miro y me mira. No me dejes sola dulce compañía. ¡Salven el cuajo! ¡Coagula, te ordeno y ya no te rías! Hocus pocus. Mata tiru tiru la.

–Está casi lista dice la profesora–. La pueden cortar. Voilà!

SEPARACIÓN

¡Oh, cuán sabias palabras! ¡Brindemos! El suero por fin separemos.

–Desueren.

–Sí, maestro.

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Usen la lira. Vuelvan a mover. Agreguen la sal. Expriman. Moldeen. Que no queden ojos mecánicos. Que sean perfectos. Usen sus paños. Prensen. Volteen. Y yo aquí, sumergida en el grupo, ya no importan los cuentos, ya no importan las letras. ¿Viste mi vida? ¡Qué rápido aprendo! ¡Los cucharones bailan! ¡Las tapas aplauden! Que vivan los quesos, el suero, la leche, el sabor, el aroma a establo, tú, yo y también lo nuestro ¡click! digan cheese. Sonrío feliz.

–¡Se le acabaron los paños al grupo tres! –interrumpe la profesora.

Me sorprendo. ¡Pero si acá tenemos tantos! Acomodo mi queso. Me tomo un segundo para admirarlo. Luce radiante. Terso. Estoy orgullosa. Algún día tendré mi negocio.

Le alcanzo el envase.

–¡Estas toallitas tienen cloro! ¡Son para las manos! Oh, mon Dieu! ¡Le pusiste desinfectante a los quesos!

¡Click! ¡Click! ¡Click!

Yo bajo la vista.

Él guarda silencio.

Mejor tomo un lápiz y escribo mis cuentos.

MADURACIÓN

–¡Vamos! Anímate, amor. Las clases serán de cocina hindú. A ti que te gusta la comida picante… ¡Dios!

 

 


Un aire tibio calentó mi nuca. Parecía avisarme algo. Advertirme, quizás, que mis piernas y cuerpo no aguantarían.

“Estás loca”. “A tu edad no te metas en esas cosas”. “No vas a terminarla”.  Me decían algunos.

“Todo es mental”. “Enfócate en la meta y listo”. Me decían otros.

Pero, ¿estaba yo lista?

Me preparaba para participar en un maratón, así que el ejercicio era duro y obligado. De acuerdo a mi plan, ese día debía correr noventa minutos.

Como de costumbre, salí de casa a las cinco de la mañana llevando mi cinturón con cuatro botellitas de agua y mi gel energético. Estaba muy oscuro, más que lo usual para ser otoño. Llovería. El camino lo conocía bien, así que no le di importancia al clima. Tenía cuarenta años y, aunque desde niña había hecho mucho deporte, corría recién hace siete meses.

El viento acarició mi espalda.

Troté despacio, calentando por diez minutos mi cuerpo, hasta llegar al “Parque Florido”. El lugar tenía una extensión circular de cuatro kilómetros por lo que desde muy temprano se llenaba de deportistas con ganas de empezar el día.

Faltaba un mes para el maratón. Cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros no eran pocos. Sería mi primera carrera de esa distancia.

El viento helado envolvió mi cuerpo haciéndome pensar que debía haberme puesto un polo de manga larga, pero preferí no regresar a casa y seguir con mi rutina. Pronto entraría en calor. A medida que corría, me pesaba más el resultado de no haber dormido bien la noche anterior. Y no había sido por los amigos y la diversión. No. Simplemente me la había pasado pensando en la carrera. El ritmo. El agua. El frío. Los calambres. La meta.

Empezó a llover. El olor a tierra fresca me hizo sentir bien.

Sería un día más de entrenamiento, pero esta vez, el barro se pegaría en mis zapatillas para hacer mis piernas más y más pesadas. Mi pelo y mi ropa quedarían bañados en agua. La lluvia. A pesar de todo, disfrutaba la sensación de estar bajo ella.

Una mezcla de tierra mojada se pegó en mis pies.

Y la lluvia se volvió furiosa.

En la penumbra, vi las sombras de los deportistas abandonando los caminos, convertidos en lodo, para refugiarse bajo los árboles de mango. Bajo los castaños, jacarandas y apamates. “¡Cuidado que te resbalas! ¡Mejor no corras!”, oí que me decía Claudia, una amiga que entrenaba para su séptima maratón.

No le hice caso.

Noté que yo era la única que trotaba en el parque. Con seguridad hasta las ardillas, pájaros y mariposas se habían escondido.

El cielo seguía oscuro y mi cuerpo estaba empapado.

De un momento a otro algo extraño ocurrió bajo mis pies. Era como si el barro, ese que volvía a mis pasos cada vez más pesados amarrándome al suelo, se moviera hacia adelante conmigo. Parecía un rio arrastrándome con una convicción a la cual era imposible oponerse. Empecé a sudar. Me faltó aire. Tuve miedo de resbalarme y caer. Apreté los puños clavando mis uñas en las palmas de mis manos.

El viento tibio, sopló de nuevo en mi nuca.

Esta vez oí lo que me decía.

Llevada por esa corriente avancé hasta que, sin proponérmelo, me detuve.

También lo hizo la lluvia en el instante en el que el cielo se volvió azul y el sol empezó a secar mi cuerpo.

Poco a poco mi respiración recuperó su ritmo.

Vi mi reloj.

Noventa minutos. Veinte kilómetros. No podía ser cierto. Nunca había hecho ese tiempo y menos entrenando en esas condiciones.

Troté un poco más para estirar mis músculos y dejar que caiga el barro que se había impregnado en mis zapatillas.

Me acerqué al punto de reunión de los deportistas. Allí estaban ellos, todos bajo techo. Tomaban té, café o chocolate mientras protestaban por haber perdido un día de entrenamiento por culpa del clima.

–¿Dónde has estado? ¡Veo que me hiciste caso y no corriste! –me dijo Claudia.

No le respondí. Pensé que bromeaba. ¿Por qué me decía eso?

Pasé el resto del día intranquila en la oficina. De vez en cuando un aire tibio en la nuca me soplaba y oía las mismas palabas que había escuchado en el Parque Florido esa mañana.

Tenía el ánimo acelerado, producto de una buena carrera matinal, pero no la fatiga que (a mi edad) invadía mi cuerpo durante todo el día cada vez que hacía un largo (por más gel energético que comiera).

Preferí no contarle a nadie lo que me había pasado.

¿Y si Claudia tenía razón y yo no había corrido esa mañana?

Al día siguiente, volví a trotar. Lo hice día tras día, bajo la lluvia, en ese camino de fango que cada amanecer, sin que yo pudiera comprenderlo, me atrapaba impulsándome hacia adelante hasta terminar mi entrenamiento. Así como lo hice el día de la carrera, de esa distancia implacable en la que, con mis pies envueltos en un rio de lodo, me deslicé hasta la meta.

Tres horas y treinta minutos, leí en el cronómetro digital del arco de llegada.

“Te prometí que lo haríamos muy bien”, me susurró al oído el viento tibio que sopló en mi nuca mientras se desprendía el barro de mis zapatillas y sentía mi cuerpo empapado.

–¿Qué tiempo hiciste? ¡Yo terminé en cuatro horas! –me dijo Claudia orgullosa cuando me la encontré conversando con amigos– ¡Qué suerte que tuvimos! ¡No llovió en toda la carrera!

 

Rossana Sala.  Mayo 2018


Sentada con la boca abierta pero sin poder pronunciar palabra, lo vi pasar. La posición de mi cara mirando el reflector y esa luz que me pegaba a los ojos, no me permitían saber qué era.

Levanté una mano para tratar de señalar la ventana y avisar que algo extraño sucedía, pero el dentista siguió taladrando en las profundidades de mi boca mientras mi mamá le conversaba (taladrando con seguridad en las profundidades de sus oídos) como solía hacerlo sin escuchar a nadie ni dejar a su interlocutor hablar.

¿Sería un ladrón?

–Falta poco, Laura. ¿Duele? –preguntó el doctor, dejando oír la lenta y aburrida música de fondo del consultorio.

¿Acaso podía responderle?

–Si te mueves te harás daño.

Interrumpió por un instante mamá su conversación.

La imagen oscura volvió a cruzar la larga ventana ubicada en la parte alta de la pared. Parecía avanzar pegada al vidrio acariciándolo. No llegaba a cubrirlo todo por lo que, solo prestando mucha atención, se podía saber que estaba allí y mi madre, como siempre, habla que habla y el doctor con esos ojos tan grandes, su mascarilla verde y herramientas, no me dejaba decir ni hacer nada y la saliva empezó a acumularse en mi boca.

–Te voy a colocar este succionador –me dijo el médico al meter bajo mi lengua un tubo muy delgado.

Un gato, pensé. Tenía que ser un gato. ¡Y yo que me preocupaba tanto!

Cerré los ojos para tratar de no sentir la vibración, ese dolorcito penetrante, el olor a alcohol y todo lo demás que estaba pasando allí en mi boca. Decidí hacerle caso a mamá y cepillarme los dientes tres veces al día. Por lo menos dos. Me imaginé al gato. ¿Sería negro? Hubiera preferido que fuera marrón claro o mejor blanco.

–Esto te va a molestar. Abre la boca lo más que puedas.

Obedecí y, sin querer, abrí también los ojos.

Y otra vez la sombra cruzó el vidrio. Rápido. Muy rápido. ¿Se escapaba de alguien? ¿Y si al terminar se lo pedía a mamá? Me lo llevaría a casa. Lo llamaría Colmillos Blancos porque seguro que era blanco y, viviendo donde el dentista, tenía que tener los colmillos perfectos. Ya tenía ocho años, así que con seguridad mamá me daría permiso para dormir con él. Me abrigaría muy suavecito, igual que las mantas con las que papá me arropaba antes de acostarme.

–¡Listo! El diente está curado. Te has portado muy bien, Laura. Voy a ponerte un poco de enjuague. Escúpelo en la fuente al lado del sillón y ya puedes cerrar la boca.

Y tragándome ese líquido (que debió haber sido rico porque olía a caramelo) y, sin cerrar la boca para poder pedirle la mascota a mamá, le señalé la ventana, le dije que había un gato y que lo quería.

–¿Un gato?

El médico se quitó los guantes y la mascarilla. Se paró y acercó al lugar donde yo pensaba que me esperaría acurrucado mi animalito.

–Debe haber sido un escobillón. Una vez por semana limpian los vidrios desde afuera. Eso es lo que viste, Laura –afirmó el doctor.

Esa tarde, a pesar de lo que me dijeron, estaba convencida de que había visto un gato.

Algunos días después, Colmillos Blancos apareció en mi casa.

Mamá sí escuchaba.

NO DEBISTE HACERLO, AMOR

Posted: 27 February, 2018 in 2018

Esa noche llegaba mi esposo Javier a casa después de unos días de un agotador viaje de trabajo.

Para sorprenderlo, decidí lavar su camioneta.

Con seguridad, la alegría de mi marido compensaría con creces el esfuerzo al que estaba dispuesta a someterme en la limpieza de tremendo vehículo, porque claro, hay que tener en cuenta que se trataba de una todo terreno que, por falta de tiempo y muchos campamentos, se había transformado en una “pura tierra”.

Es importante resaltar el inmenso reto que asumiría (y por tanto, mi gran amor por Javier), ya que mi experiencia en estos menesteres se reducía a mi infancia, cuando una tarde ayudé a mi abuelo a sacarle brillo a su Dodge celeste antes de que me llevara a comer algún dulce en el centro de la ciudad y, ya de mayor, a observar a los lavadores de carros terminar de limpiar el mío al regreso del supermercado.

Lo primero que hice fue entrar en el taller de mi esposo y recorrerlo en busca de implementos.

Me disponía a abandonar el taller cuando descubrí una botellita azul que llevaba escrita en letras amarillas las siguientes palabras: Car wash shampoo.  Y bueno, era lo que me faltaba, así que partí con el frasco, junto con unos cuantos trapos muy alegres, verdes, anaranjados y turquesas, que encontré a mi paso y llamaron mi atención al estar en un paquete que decía “Auto Style”. Para evitar confusiones leí con atención el contenido de la bolsa. “Ocho paños de microfibra” indicaba, para luego precisar que su uso podía ser húmedo y seco, que era ideal para limpieza y pulido, y que no dejaba rayones.

Me inquietó un poco eso del pulido y la pintura del auto, pero mi preocupación se vio neutralizada al caer en cuenta que no quedarían marcas.

Así que, trapos en mano (agarré uno de cada color porque todos eran lindos), esponja, escobilla y balde, me dispuse a empezar mi trabajo con mi sombrero playero bien puesto y los parlantes externos del Ipod al ritmo de Jarabe de Palo, pues decidí que la música le daría un poco más de movimiento a mis quehaceres domésticos.

Y, sin más preámbulos, a continuación, las instrucciones (y el secreto) para lavar la camioneta (en adelante llamada también “auto”, “vehículo” “todo terreno” o “coche”) de su pareja (en adelante llamada también “ser amado”, “novio” o “susodicho”):

  1. Tomar un balde y llenarlo con agua fresca agregándole algunos chorros de champú de auto (la cantidad, obvio, dependerá del tamaño del coche).

Dejar que el producto se diluya.

  1. Mojar el coche utilizando la manguera con el aspersor de agua abierto a su máxima potencia.

Es recomendable (me di cuenta tarde) realizar este proceso desde lejos.

Acá, debo hacer un paréntesis para informar que fue en ese momento (al verter con ímpetu el chorro de agua en el carro al compás de mi grupo español favorito cantando La Flaca), cuando entendí, porqué en las películas esas mujeres perfectas que lavan y dejan brillantes los autos lo hacen siempre en diminutos bikinis.

No.

No se trata de un tema de coquetería o de lucir sexy, pensé en ese momento.

Se trata simplemente del hecho simple e inexorable de que: te vas a mojar.

Así que, dejando tras mis pasos las húmedas huellas de mi impericia, me vi obligada a entrar a la casa y vestirme (mejor dicho, desvestirme) como correspondía.

  1. Una vez regado el auto de tal forma que despeje la mayor cantidad de polvo y tierra posible para evitar que se forme (demasiado) barro, tomar la esponja, sumergirla con generosidad en el agua con champú y dejar que llegue a punto de “empape”.
  2.  Tomar el balde y la esponja.
  1. Balde en mano, dar vueltas alrededor del vehículo e ir frotándole la esponja en forma circular, vertical, horizontal, circular y así sucesivamente durante varios minutos teniendo siempre cuidado en mantener el utensilio de trabajo muy mojado e impregnado de detergente.

Si el auto empieza a secarse y ponerse blanco por algunas zonas y/o con círculos grisáceos por otras, no hay que preocuparse (en exceso). Es algo natural que me sucedió reiteradas veces.

Es conveniente señalar, a manera de ejemplo, que el auto de Javier es negro, lo que complicó el trabajo, pues en estos casos, lamentablemente, los contrastes son más notorios. Así, corresponde recomendar, que la próxima vez que su ser amado vaya a comprarse un auto, insista en acompañarlo y aconséjele (con cierto tino para que no sospeche) que además de que el vehículo sea (bastante) pequeño, se decida por uno color blanco espuma, amarillo esponja o gris claro (este último el más conveniente). He comprobado en la praxis, que el negro cargado de polvo, no es amigable al agua, por más champú biodegradable y kit de lavado con el que se cuente.

  1. Cabe indicar, a estas alturas del proceso, que no se debe olvidar el techo de la camioneta.

Es una realidad concreta que el chorro de agua lanzado con manguera, por más aspersor de último modelo que usted tenga, no sirve.

Dado que la parte superior de vehículo es bastante profunda (inalcanzable por decirlo en una palabra), en caso de no encontrar un banquito (mi caso), se recomienda abrir las puertas del vehículo, pararse sobre sus bordes para, con ayuda de la esponja, frotar el techo con fuerza.  Mucha fuerza.

Repetir la operación utilizando cada una de las manos, de las puertas laterales y la trasera.

En ese momento llegará a cuatro conclusiones irrefutables:

i.  Que la parte interior de las puertas está sucia y que necesita ser limpiada.

ii. Que a los pisos del auto les hace falta una buena barrida.

iii. Que el día que limpie el auto, no será necesario tomar sol ni ir al gimnasio.

iv. Que al bajar de las puertas para limpiar el techo hay que tener cuidado con su bikini (es muy probable que se atasque en los pestillos y manubrios de las puertas y ventanas y que termine sin llevarlo puesto).

  1. Concluido este trabajo y una vez que intente alcanzar todo el techo (lo cual es técnicamente imposible por lo que no pierda su tiempo en eso ya que existe más de un punto a los que me he permitido llamar “agujeros blancos” o “ciegos”), continuar con la limpieza de la carrocería.

No se preocupe por las manchas circulares amarillentas y grises que continuarán existiendo (son producto natural del champú, el polvo y la esponja) ya que, en ese momento, deberá empezar otra vez a esparcir agua con la manguera.

Es recomendable haber cerrado la llave al terminar la primera aspersión de agua para evitar aniegos. En caso (mi caso) no lo hubiera hecho, no importa: a la hora que su novio llegue a casa, si tiene suerte (yo no la tuve) el agua estará seca y habrá limpiado el patio delantero.

8. Con ayuda de la manguera, esparcir agua a lo largo, ancho y alto del vehículo.

9. Cerrar la llave de agua (ver en el punto siete las consecuencias de no hacerlo).

10. Reemplazar el agua del balde por agua limpia y enjuagar con fuerza la esponja (es parte de la compensación por no ir al gimnasio y mejor aún si lo hace al ritmo de rock en español en concierto y puede usted cantar a todo pulmón (yo lo hice), si le apetece).

11.Una vez que la esponja no bote espuma, llenar el balde con agua fresca y repetir los pasos cinco y seis, pero ojo, sin detergente.

12. Agradecer a Dios por no haber ido ese día al gimnasio.

13. Dar vueltas al rededor del auto tantas veces como sea necesario. Abrir las puertas. Es muy probable que algunas (o muchas) gotas hayan mojado la parte interior de las puertas. Deshumedecer con cuidado.

14. Iniciar el secado: realizar (sin agua) los pasos cinco y seis haciendo uso de los paños de colores (esos del Auto Style).

Tener en cuenta vidrios y espejos (poner especial esmero en ese espejito interno que está debajo del tapasol, que tantas veces nos saca de apuros al momento de maquillarnos).

  1. Repetir con vehemencia el paso catorce.

16. Repetir con devoción el paso doce.

  1. Si las manchas circulares continúan sin desaparecer por más seco que se encuentre el bendito auto de su bendito ser amado, le recomiendo el siguiente proceso que he venido a calificar de emergencia, por lo que debe ser hecho en forma precisa y sin titubeos:

i. Confirmar con su pareja la hora exacta de su llegada.

ii. Unos minutos antes de que aparezca su ser amado, es de extrema importancia, hacer lo siguiente:

a. Desenrollar en forma rauda y veloz la manguera;

b. abrir el caño para que salga agua con fuerza;

c. moje de pies a cabeza su cuerpo (sí, ha entendido bien: SU PROPIO CUERPO. NO EL DE SU SER AMADO SINO EL DE USTED, QUE LEE ESTE TEXTO). Debe quedar empapado (de ser posible, más que la esponja amarilla);

d. acto seguido mojar el auto;

e. subir el volumen del Ipod;

f. esbozar una sugerente sonrisa;

g. tomar la esponja y frotar el auto haciendo suaves círculos con la mano y también con el cuerpo, al ritmo de la canción “Depende” de Jarabe de Palo (debe poner la parte esa en que la letra dice “Depende, de qué depende, de según cómo se mire todo depende…que el negro sea negro…depende...”, con toda seguridad será un plus al proceso en especial si el auto es negro).

iii. Como resultado de esta maniobra (llamada por algunos depredadores de estas instrucciones “ardid”, “artimaña” o “treta”) el auto brillará con frescura y, lo más favorable, su ser amado, dichoso y agradecido, la ayudará con la esponja amarilla y los trapos verdes, anaranjados y turquesas, por lo menos hasta terminar con la limpieza.

Y, si al llegar a casa, el susodicho le dice “¡No debiste hacerlo, amor!”, relájese, si es necesario hasta hágale cariño, concéntrese pensando que los signos que acompañaron sus palabras no fueron de exclamación, sino de admiración, y recuérdele con dulzura ¡qué bonito es el amor!

Eso sí, sea la hora que sea, aunque el frío le cale a usted los huesos, cuando su ser amado llegue a casa, y he aquí el gran secreto, debe seguir con el bikini puesto.

Lo que pase después ya no formará parte de este cuento.

Confesión 1:  Me imagino que la escobilla negra del kit de lavado de autos es para limpiar los aros de las llantas. No he tenido tiempo para comprobarlo.

Confesión 2: Y yo, que he vivido mucho y me esforzado demasiado, me di cuenta que al llegar Javier a casa, no se fijó en mi bikini y, de las marcas blancas, grises y amarillas que brotaban en su camioneta (todo terreno, auto, vehículo), ni siquiera se dio cuenta.  “¡No debiste hacerlo, amor!” me dijo al oído y con signos de admiración al darme un abrazo y me sentí mal al notar que eso de necesitar un ardid, artimaña o treta estaba solo en mi cabeza, y que no, yo no tenía que ser perfecta.

Y, lo que pasó después, lo que pasó después, tampoco formará parte de este cuento.

Así que tome lo que quiera y saque lo que no le guste de estas instrucciones para lavar la camioneta (auto, moto, bicicleta), de su pareja (amor, esposo, amiga, amigo) y solo hágalo.

Eso sí, lo que pase después, lo que pase después, me lo cuenta.

 

Rossana Sala. 20 de febrero de 2018


El pañuelo celeste que olía a miel con el que me limpiaba la nariz y secaba mis lágrimas.

El peine de carey con algunos retazos del pelo largo, suave y blanco que se enredaba en mis dedos.

El corte de seda azul con el que protegía su cabello del viento.

Y ese caramelo con sabor a fresa y forma de pera que escondí en la fiesta de Laura, mi amiga del colegio.

Su anillo de bodas que guardó para que no se lo roben al pasear por el centro, una tarde de verano cuando me llevó a comprar algún capricho, de esos de los míos, que ya no recuerdo.

La perla que escondí en mi nariz, como si fuera un juego. ¡Sopla! ¡Bótala niña! ¡Ave María purísima!

El cuaderno de pintar para que no me aburra en la sala del médico.

Los tres lápices, rojo, azul y verde, casi sin punta, que usé en mi cuaderno.

El primer diente que le dejé al ratón Pérez. ¡Mira lo que te trajo! ¡Te contaré de su magia!

Un trozo de galleta de avena con pasas y pecanas, todavía envuelto.

El estuche de cuero azul con los lentes que usaba para ver de lejos.

El estuche de cuero negro sin los lentes que usaba para ver de cerca.

Ese frasquito de perfume con olor a jazmín que se ponía al salir e impregnaba en mi cuarto al besar mi frente como solo ella sabía hacerlo.

La pluma de madera con las iniciales de su padre.

El arete de plata en forma de trébol que encontró en la calle y decidió que le daría suerte. Mucha suerte.

Un billete de diez dólares que al estar roto debía cambiar en el banco, pero que por alguna razón que no nos quiso decir, decidió mantener como un recuerdo.

Esa foto a colores en la que aparezco con tan solo cinco meses en los brazos de mi madre y sonrío sin dientes. Y aquella otra en blanco y negro, en la que mi abuela es abrazada por un señor alto y fuerte, de barba y bastón, no lo conocí, pero fue mi abuelo.

Y todo lo encontré, en la cartera amarilla, último regalo que me dejó mi abuela de pañuelo azul, olor a jazmín y ojos serenos.

 

Rossana Sala. Febrero 2018

SE LA COMIÓ (CUENTO CORTO. ENERO 2018)

Posted: 29 January, 2018 in 2018

nube

“No debo detenerme”, pensó Laura al poner su pie derecho en el bosque y notar que el pasto se tiñó de rojo. “¿Rojo? ¡Pero si hace un instante era verde!”  La niña intentó retroceder cuando el jardín se volvió marrón amarillento. “¡Qué asco!”  El aspecto vomitivo de las hierbas y el fuerte calor que parecía salir de las entrañas más profundas del lugar, la hicieron transpirar, así que se sentó y, al levantar la mirada, descubrió con alegría (y ahora, con algo de apetito) que las nubes eran de algodón rosado y azúcar. “¡Qué delicia!”

Un reflejo rojizo y metalizado iluminó el bosque obligando a Laura a cerrar los ojos y cubrírselos con sus pequeñas manos, pero sólo por un instante ya que un suave cosquilleo entre sus dedos, la hizo tratar de observar qué es lo que caía del cielo y al hacerlo, encontró con nostalgia que una lluvia de diminutos caramelos, así como con los que ella soñaba, caía por todas partes y Laura, con ese hambre que tenía, trató de atraparlos sin suerte ya que al intentar tocarlos desaparecían sin dejar rastro. “¿Qué extraño? ¡Puedo saborear las fresas, uvas, naranjas y bananos de esos dulces sin siquiera haberlos probado!”

La niña se distrajo por el cariñoso murmullo de las aguas de un riachuelo. Suaves y ligeros hilos rojos, verdes, anaranjados y amarillos conformaban su travieso caudal.

“¡El Bosque Arcoíris!”, se dijo, “¡Eran verdad las historias de mi abuelo!”

En ese instante, una nube rosada de algodón y azúcar apareció en las manos de Laura y ella, feliz, se la comió.

                                                                                                        (Rossana Sala. Enero 2018. Tarea para el curso de narrativa dictado por el escritor argentino Sebastián Zaiper. Escena basada en el escenario de Camila Jara.)