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Algo que me encanta de Caracas, son sus montañas.

Al salir de la casa o la oficina, temprano en la mañana o al terminar la tarde, unos cuantos minutos y unas buenas zapatillas, son suficientes para sumergirse en el mundo vegetal.

Buen estado físico y diversión, todo al alcance de los pies.

El sábado pasado, unos amigos de la oficina y yo, quisimos alcanzar el Pico Occidental. Para ello, debíamos subir mil cuatrocientos ochenta metros desde Sabas Nieves, uno de los puntos de acceso al Parque Nacional El Ávila.

Y allí estábamos parados, a las seis y media de la mañana, siete entusiastas cuarentones (algunos más recargaditos), vestidos de botines y pantalones cortos, casacas, relojes con funciones desconocidas por nosotros, cámaras digitales, celulares y sabe Dios qué más. Llevábamos mochilas, bastones para escalar, agua, bocadillos energéticos y angelicales sonrisas. Unos perfectos exploradores bajo nuestras gorritas. Bueno, no tan perfectos, pues la guía era yo. ¡Peligro! ¡Peligro! Pero eso, recién hoy lo vengo a confesar.

Avanzamos felices. Conversamos mucho al principio y lo imprescindible después. Es que se va gastando el aliento. Lógico. Pasamos calor, frio, hambre, sed, injusticias, nos abrigamos, sudamos. Nos detuvimos para tomar fotos, ver la ciudad, comer, beber, pero nunca, jamás, para descansar. Tres horas y media cuesta arriba. Seis kilómetros de ardua caminata, amparados por la sombra de los árboles, de nuestros bastones y de los recuerdos de mi memoria para encontrar la cúspide. Y lo hicimos.

A la derecha vimos el mar. Lejano. Azul. Silencioso.

A la izquierda, Caracas. Ciudad inquieta que parecía dormida.

Relajados, sentados sobre enormes piedras, por algunos minutos nos imaginamos el banquete que nos daríamos en Galipán. Pastas, carnes, quesos, buenos vinos. Se haría justicia al llegar. Pero antes, nos esperaban subidas y bajadas por lo alto de las montañas. —¡Vamos! ¡Debemos seguir! ¡El resto del camino es pan comido! —animé a mis amigos a levantarse, mientras con la mirada buscaba el tanque de agua donde debíamos doblar a la derecha y empezar el descenso.

La noche anterior había sido de tormenta. Sospecho que las lluvias alteraron la trocha. Tuvimos que atravesar zanjas de barro y subir rocas que nunca había visto. —¡Es por acá!— señalé el rumbo con mis bastones azules e inmutable actitud. Más de una vez había hecho esa ruta. Bueno, quizás no exactamente “esa” ruta.

—¿Estás segura?—me preguntó Mónica ya obstinada, a quien acababa de despegársele la suela de una bota. —Nada de estrenar zapatos —habíamos advertido para evitar ampollas. Ella exageró. Se la tuvimos que amarrar con una pita.

Continuamos algunos metros, hasta que para mi sorpresa, en medio de la vegetación, apareció el anhelado tanque. ¡Qué alivio! Doblamos. El sendero se angostó. Bastante. La tierra estaba húmeda. Fangosa. Mis amigos empezaron a lamentarse. Mucho. El cansancio, hambre, dolor del cuerpo, se empezó a sentir en los reclamos. Lamentos.

—¿Pero a qué hora llegamos? —se quejó Bernardo.

—Mira hacia abajo—me sugirió Luis y me señaló el despeñadero— ¿Por dónde nos traes, mujer? Imagínate si nos resbalamos—.

—No exageres. No pasa nada. Te agarras fuerte de las ramas y listo— lo calmé sobrada sin volver el rostro para evitar el vértigo.

Una de la tarde. El sol empezó a brillar, a calentarnos. Los girasoles pintaban las montañas y perfumaban la brisa que nos acariciaba el cuerpo. Pequeñas casas azules decoraban los cerros. Viejas pistas de cemento se escondían entre los árboles. —¡Ay no!— fue el grito que anunció mi debacle en medio de aquel paraíso. Mi bastón se hundió y juntos partimos hacia abajo. Rodé con fuerza sin saber a dónde iría a parar ni cuándo pararía. Me impulsaba la forma curva de mi mochila. Cogí las hierbas que atravesaba. Las matas se rompían entre mis manos. Una y otra vez se hacían trizas. Me cortaban los dedos. Se me metían en los ojos, la boca. —¡Miércoles! ¡Miércoles! —fue la única palabra que repetidas veces, con injustificado respeto e inesperado ritmo, brotó de mi alma. Finalmente quedé tirada a cuatro metros de un camino de asfalto. Mi gorra por allí. Mis anteojos más allá. Pero a mi orgullo ¡ay, mi orgullo! no pude encontrarlo. Varios rasponazos. Muchos golpes.

—¿Pero que te pasó, Rossana? De pronto ya no estabas. Escuché unos gritos entrecortados y vi aparecer de vez en cuando unas piernecitas entre los arbustos. ¿Es que no te sujetaste de las hierbas? —me preguntó Luis una hora más tarde, haciendo justicia en Galipán.

El resto, fue pan comido.

Escrito por Rossana Sala, en febrero de 2006, todavía sumergida entre la vegetación y algo de barro.

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