MIS PIES ENVUELTOS EN UN RIO DE LODO (mayo 2018)

Posted: 28 May, 2018 in 2018
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Un aire tibio calentó mi nuca. Parecía avisarme algo. Advertirme, quizás, que mis piernas y cuerpo no aguantarían.

“Estás loca”. “A tu edad no te metas en esas cosas”. “No vas a terminarla”.  Me decían algunos.

“Todo es mental”. “Enfócate en la meta y listo”. Me decían otros.

Pero, ¿estaba yo lista?

Me preparaba para participar en un maratón, así que el ejercicio era duro y obligado. De acuerdo a mi plan, ese día debía correr noventa minutos.

Como de costumbre, salí de casa a las cinco de la mañana llevando mi cinturón con cuatro botellitas de agua y mi gel energético. Estaba muy oscuro, más que lo usual para ser otoño. Llovería. El camino lo conocía bien, así que no le di importancia al clima. Tenía cuarenta años y, aunque desde niña había hecho mucho deporte, corría recién hace siete meses.

El viento acarició mi espalda.

Troté despacio, calentando por diez minutos mi cuerpo, hasta llegar al “Parque Florido”. El lugar tenía una extensión circular de cuatro kilómetros por lo que desde muy temprano se llenaba de deportistas con ganas de empezar el día.

Faltaba un mes para el maratón. Cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros no eran pocos. Sería mi primera carrera de esa distancia.

El viento helado envolvió mi cuerpo haciéndome pensar que debía haberme puesto un polo de manga larga, pero preferí no regresar a casa y seguir con mi rutina. Pronto entraría en calor. A medida que corría, me pesaba más el resultado de no haber dormido bien la noche anterior. Y no había sido por los amigos y la diversión. No. Simplemente me la había pasado pensando en la carrera. El ritmo. El agua. El frío. Los calambres. La meta.

Empezó a llover. El olor a tierra fresca me hizo sentir bien.

Sería un día más de entrenamiento, pero esta vez, el barro se pegaría en mis zapatillas para hacer mis piernas más y más pesadas. Mi pelo y mi ropa quedarían bañados en agua. La lluvia. A pesar de todo, disfrutaba la sensación de estar bajo ella.

Una mezcla de tierra mojada se pegó en mis pies.

Y la lluvia se volvió furiosa.

En la penumbra, vi las sombras de los deportistas abandonando los caminos, convertidos en lodo, para refugiarse bajo los árboles de mango. Bajo los castaños, jacarandas y apamates. “¡Cuidado que te resbalas! ¡Mejor no corras!”, oí que me decía Claudia, una amiga que entrenaba para su séptima maratón.

No le hice caso.

Noté que yo era la única que trotaba en el parque. Con seguridad hasta las ardillas, pájaros y mariposas se habían escondido.

El cielo seguía oscuro y mi cuerpo estaba empapado.

De un momento a otro algo extraño ocurrió bajo mis pies. Era como si el barro, ese que volvía a mis pasos cada vez más pesados amarrándome al suelo, se moviera hacia adelante conmigo. Parecía un rio arrastrándome con una convicción a la cual era imposible oponerse. Empecé a sudar. Me faltó aire. Tuve miedo de resbalarme y caer. Apreté los puños clavando mis uñas en las palmas de mis manos.

El viento tibio, sopló de nuevo en mi nuca.

Esta vez oí lo que me decía.

Llevada por esa corriente avancé hasta que, sin proponérmelo, me detuve.

También lo hizo la lluvia en el instante en el que el cielo se volvió azul y el sol empezó a secar mi cuerpo.

Poco a poco mi respiración recuperó su ritmo.

Vi mi reloj.

Noventa minutos. Veinte kilómetros. No podía ser cierto. Nunca había hecho ese tiempo y menos entrenando en esas condiciones.

Troté un poco más para estirar mis músculos y dejar que caiga el barro que se había impregnado en mis zapatillas.

Me acerqué al punto de reunión de los deportistas. Allí estaban ellos, todos bajo techo. Tomaban té, café o chocolate mientras protestaban por haber perdido un día de entrenamiento por culpa del clima.

–¿Dónde has estado? ¡Veo que me hiciste caso y no corriste! –me dijo Claudia.

No le respondí. Pensé que bromeaba. ¿Por qué me decía eso?

Pasé el resto del día intranquila en la oficina. De vez en cuando un aire tibio en la nuca me soplaba y oía las mismas palabas que había escuchado en el Parque Florido esa mañana.

Tenía el ánimo acelerado, producto de una buena carrera matinal, pero no la fatiga que (a mi edad) invadía mi cuerpo durante todo el día cada vez que hacía un largo (por más gel energético que comiera).

Preferí no contarle a nadie lo que me había pasado.

¿Y si Claudia tenía razón y yo no había corrido esa mañana?

Al día siguiente, volví a trotar. Lo hice día tras día, bajo la lluvia, en ese camino de fango que cada amanecer, sin que yo pudiera comprenderlo, me atrapaba impulsándome hacia adelante hasta terminar mi entrenamiento. Así como lo hice el día de la carrera, de esa distancia implacable en la que, con mis pies envueltos en un rio de lodo, me deslicé hasta la meta.

Tres horas y treinta minutos, leí en el cronómetro digital del arco de llegada.

“Te prometí que lo haríamos muy bien”, me susurró al oído el viento tibio que sopló en mi nuca mientras se desprendía el barro de mis zapatillas y sentía mi cuerpo empapado.

–¿Qué tiempo hiciste? ¡Yo terminé en cuatro horas! –me dijo Claudia orgullosa cuando me la encontré conversando con amigos– ¡Qué suerte que tuvimos! ¡No llovió en toda la carrera!

 

Rossana Sala.  Mayo 2018

Comments
  1. Nelson Zuluaica says:

    Hoy, al regresar a casa, me encontré con la agradable sorpresa de tu cuento, el cual, más que la narración de unas carreras de entrenamiento, es la descripción literaria de un carácter de hierro. Interesante la percepción subjetiva del viento tibio, la lluvia y el río de lodo. Gracias, querida Rossana.

  2. nestor vega says:

    Como siempre sorprendes con los temas
    Esta vez muy real

  3. Me encanto!, la forma y la narrativa. El paisaje. Podía oler la tierra también XD. Muy buen trabajo!

  4. Anonymous says:

    Un relato con ritmo y estilo, como el paso de una maratón…Te va llevando de la mano (o de las piernas) al momento cumbre…te asustas con ella (resalto abajo en celeste). Siempre con ese tono de ensoñación, de fantasía y de misterio, ese toque personal e inconfundible que Rossana sabe darle a sus relatos….

  5. Anonymous says:

    Un relato con ritmo y estilo, como el paso de una maratón…Te va llevando de la mano (o de las piernas) al momento cumbre…te asustas con ella (resalto abajo en celeste). Siempre con ese tono de ensoñación, de fantasía y de misterio, ese toque personal e inconfundible que Rossana sabe darle a sus relatos.

  6. Anonymous says:

    Muy bueno. Felicitaciones !

  7. Anonymous says:

    me gustó…..

  8. Pelusa Estremadoyro says:

    Buenísimo tu relato. SE sentía que verdad estábamos corriendo juntas. ! Increíble!

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