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-Mami, te voy a hacer una pregunta pero prométeme que me vas a responder con la verdad y nada  más que la verdad –sentenció Daniela con su mirada fija y juguetona, con el cabello revuelto por aquí y por allá. Era tarde. Olía a talco.  La recuerdo sonriente, abrazada por las tibias mantas de su cama, vistiendo su pijama favorito, el de las estrellas azules. Estaba lista para soñar.

-Claro que te prometo –le respondí arropándola, haciendo a un lado el libro de cuentos que le acababa de leer.

Y  disparó su inquietud entre mis ojos, directo, bajo el impulso fortuito de la implacable luz de la mesa de noche. Sin dejar siquiera un lugar oscuro donde poderme resguardar.

-Papá Noel, ¿existe?

Y la miré.

Y me miró.

-¿Tú qué crees? –repregunté al sentirme en un callejón sin salida ante mi ingenuo juramento de decir la verdad y nada más que la verdad. Así, a quemarropa.

Allí estaba ella, chiquita, revoltosa,  colmada de su impertinente curiosidad y astucia. Pero al mismo tiempo con su carita enternecedora, como suplicando una respuesta cargada de ilusiones, trineos, renos y carcajadas. ¡JOJOJO! ¡JOJOJO!

-¿Tú qué crees, niña linda? –insistí sin haberle dado mucho tiempo para pensar y buscando  un refugio instantáneo en mi imaginación.

-No sé mami, por eso te pregunto –respondió de inmediato. Debo confesar que en ese instante, me arrepentí de haber pasado tantas horas a su lado jugando a razonar. A sumar, a restar, a calcular.

Razona Rossana, razona Rossana, decía para mis adentros. ¿Qué le digo? ¿Qué le digo?

La verdad.  Eso fue lo que salió de mi boca.

En ese momento copos de nieve, estrellas fugaces y luces de bengala invadieron la habitación.

Daniela se durmió en silencio mientras le acariciaba la espalda.

No quiso saber más.

Han  pasado muchos años y sigue escribiendo su lista de Navidad. Papá Noel se ha de encargar.

Escrito por Rossana Sala el 18 de diciembre de 2011.  A punto de salir de compras. ¡JOJOJO! ¡JOJOJO!

Purgatorio

Posted: 20 December, 2011 in 2011, noviembre
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He corrido. Me ha dolido. Cada paso ha sido un lastre en mi exigua humanidad. Falta de aire, mal respiro, mi alma justa y sonriente ha empezado a protestar. Fruncí el ceño, olvidé hablar. ¡Qué calor!

El paisaje silencioso, largo, lento, sin final.

Mucho tiempo sin deporte, la flojera hay que purgar.

¡Claro! ¡La culpa la tienen las sábanas: te arropan, te envuelven, te engañan! ¡Qué maldad!

Oye tú, que lees esto, que no escuchen las cobijas una idea sensacional: lucha fuerte contra ellas, empezando por recordar esa gloria que tanto se goza después de salir a trotar. ¡Tralalá!


“¡Mueve la aguja! ¡Hoy te regalo esa posibilidad! ”-me vocifera alguien que me cree amar.

Escucho atenta aquella sorpresiva promesa. Es casi imposible una oportunidad tal.

Doy vueltas y vueltas en mi mente. Pienso y me detengo al encontrar, el lugar perfecto en el que me gustaría volver a empezar.

“ ¡Hey! ” -me llaman desde lejos- “¡Tú mujer que te quejas tanto, está hoy en tus manos el poder cambiar las cosas! ¡Mueve ya esas agujas! ¡No nos hagas esperar!”

Y desde arriba, allá cerca al campanario, colgada de la manecilla metálica de un viejo reloj de cuerda – de esos que observan girar al mundo, que regulan el paso del tiempo y también nuestro fugaz andar – decido soltarme de ese fierro, bajar de la torre tan alta, ser feliz y seguir avanzando, pues lo hecho, hecho está.


No es nada.

El tiempo sin ti no es nada.

El tiempo contigo es dulce.

Me gusta, me calma, me arrulla.

Me encanta estar a tu lado.

Me río y me lleva la lluvia.

Me abrazas, vigilas los vientos.

Y  sin embargo mi cuerpo,

mi cuerpo se vuelve una llaga.

Una herida que crece,

se expande.

Me espanta.

Aspira el aire de mi alma.

Suelto más de una lágrima.

Busco pensar  que el dolor,

ese pesar que me apoca,

no es nada,

mi amor no es nada.

Y hoy, un día cualquiera,

al intentar trazar estas letras,

de tanto borrar el papel,

lo he roto.

Le hice un hueco.

Y mi  amor, te digo que al verlo,

decidí atravesar esta hoja,

continuar escribiendo al reverso,

en la página en blanco,

a tu lado.

El tiempo sin ti,

por fin, lo he exhalado.

HITO versus HITO

Posted: 14 December, 2011 in 2011, setiembre
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Cada mañana al salir a trotar llego a un puente. Es para mí un largo hito con vista al mar, pues marca el momento de mi retorno. Me indica, que corrí suficiente. Que es momento de ir a casa. De alistarme para empezar el resto del día.

Hoy, al hacer mi rutina me di cuenta que, ese puente al que llego feliz escuchando música,  con más de un gesto de cansancio, pero cargada de energía,  es conocido porque  algunas  personas  lo usan  para  tirarse  al vacío.   Al barranco.  Morir, dicho con una palabra y de un solo brinco.

¿Cómo  un  mismo  objeto   puede  tener  fines  abismalmente  diferentes? ¿Cómo  puede ser el hito de la vida o de la  muerte?

Todo depende del ritmo con el que uno lo quiera alcanzar, pensé.

Decidí cruzarlo.

Líneas. Nada más.

Posted: 11 December, 2011 in 2011, diciembre
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Podría describir al personaje con cinco líneas y dos  más.

Hacerlo de esa manera, sin embargo, no sería el objeto del curso de narrativa.

De pequeña, la profesora del jardín de infancia, huesuda y estricta como no hay más, nos llevó una mañana a dar un paseo. Recorrimos un corto camino contando pájaros azules y flores amarillas. Cruzamos un inmenso jardín, luego un muro. Allí estaban esperándonos: siete caballos pastando. Fuertes. Impecables. Vanidosos.

Al terminar el apacible recorrido,  la maestra pálida y siniestra como no hay más, nos advirtió que al día siguiente, dibujaríamos lo que hace un instante ingenuamente nos había hecho mirar. Hoy pienso que nos tendió una trampa. Todavía siento el retumbar de los vidrios,  efecto indecible de su estridente voz. Es como si estuviera escuchándola desde mi pequeña mesa de madera.

Definitivamente, fue una trampa.

Mis padres deben recordar, sin agrado y no los culpo, la tragedia de esa tarde en casa.

Entre mis sollozos, húmedos y desgarradores,  buscamos con angustia imágenes de caballos. Figuras en libros o revistas que me pudieran servir de modelo.  ¿Cómo haré mi tarea mami?

No existía el oráculo. No había Internet.

Pocos días después, mi madre fue citada a hablar con la directora del colegio.

“Esto es lo que ha pintado su hija in der Klasse”-le señaló la monja en un áspero español revuelto con alemán mientras incrustaba su dedo índice en mi obra de arte- “una línea horizontal, un poco de grama y el sol. ¡Nichts mehr! ¡Nada más!  Cuando le pregunté a su niña por los  caballos, ¿wo sind die Pferde?,  ella me explicó que estaban detrás del muro y que por eso no  podían verse. ¡No! ¡No! ¡No! ¡Nein! ¡Nein! ¡Nein!”

Está claro. No soy artista. Lo que me ha llevado impajaritablemente a pasear por esta vida  buscando alternativas. Coloreando  a los niños de espalda con pelos revueltos. Evitando engorrosas narices, ojos, bocas. Encontrado soluciones prácticas pero honrosas para salir con decoro del más tenaz aprieto.

Por eso estudié letras en la universidad. Por eso huelo a perfume y no a aguarrás. No uso lienzos, ni brochas, ni toscos mandiles manchados de verde, lila y cal. Por eso acudí a mi verborrea para describir a una celebridad. Destaqué atributos, gestos, obras, nada más.

Pero lo hice mal.

“Debiste haber pintado con palabras, como si fuera un lienzo” –me corrigió el catedrático desde su esquina.

Lo escuché en silencio, desde mi pequeña mesa de madera.

Podría describir al personaje con cinco líneas y dos  más.
Hacerlo de esa manera, sin embargo, estaría otra vez mal.

Me inspiro. Me desinspiro.

Busco en Internet a mi personaje. ¡Jaja!

¡A pintar!

El teclado del ordenador será mi paleta de colores. La letra “I”  el pincel.

Dibujaré el rostro.  Solo facciones. Cuánto menos abarque, mejor.

Esbozo el semblante cansado dentro de la cara rectangular. Con trazos firmes surco la frente.

El  mentón  imperceptible en comparación con los redondeados pómulos.

La nariz chata, como destinada  a perderse los mejores olores de la vida.

La boca algo roja. Pequeña. Prudente. Cerrada. Agotados pliegues la circundan.

¡Siento lástima!  Mejor  despinto esa seriedad.

Le esbozo una  sonrisa. Aunque sea escueta.

Dientes, aunque sean pequeños.

Todos tenemos derecho a reír, aunque sea  poco.

El cabello: abundante, chuto, blanco, negro, blanco.  No sé cómo dibujar el efecto ese que tiene, el de no brillar.  Dicen que estar contento, hacer el amor y yo le sumo, comer chocolates, hace mucho bien. Su pelo no es feliz.

Su pelo le cubre parte de la frente, como un garabato.

Las orejas carnosas. Con unos cuantos vellos para mitigar lo que, ya de viejo, no interesa escuchar.

El color del rostro: amarillo, marrón claro, algo de blanco quizás.

Ahora las gafas. Rectangulares. Metálicas.  Y tras ellas, bajo pesadas cejas blanquinegras, dos  pequeñas líneas filudas. Tanto, que dan la sensación de que a través de ellas no es posible ni mirar.

Encierro el dibujo en un recuadro, un marco oscuro, una celda de mi computador quizás.

Podría describir al personaje con unas cuantas líneas:

Cinco líneas verticales, gruesas,  largas. Que nacen del piso y mueren en un techo lejos del hogar.

Dos líneas horizontales, cortas, finas. Que dan la sensación de que a través de ellas no es posible ni mirar.

Como el muro de mis recuerdos, lo que he pintado, también está atrás.

Escrito por Rossana Sala, el 7 de diciembre de 2011. ¡Olvidé el cuello! ¡Los hombros! ¡Nein! ¡Nein! ¡Nein!


La sangre por sus venas tarda en recorrer su humanidad, su ego.  Las palabras de su boca, sin embargo, convencen pronto al que está aquí o allá.

Empezó por los balcones, marcando caminos, flameando pañuelos de paz. Hechizando a quien lo mira. Agachando el oído para mandar.

Ojos negros. Grandes manos. Busca hacerse  respetar. Con un aire majestuoso que al pequeño lo hace más. Orgulloso. Arrogante. También triste. Abruptamente puede cambiar. De copiosa cabellera, no común para su edad. Entusiasta. Sonriente. Encantador, quizás.   Es sencillo y es travieso. Su baile suelen criticar.

Su pensamiento es claro. Sus ideas son históricas. Eléctricas. Retóricas.

Ha crecido. La abundancia lo ha llevado a ser cada día más.

Todos vuelven, dice el canto. El se ha ido. Quizás quiera retornar y al hacerlo piense hallar,  a tanta gente que a brazos abiertos lo espere.  Brazos como los del Cristo. Aquél  que sembró  en un cerro, viendo al mar. Aquél a quien un día sedujo, para  que le infunda el precioso don de orar. Y orar y orar.

Rossana Sala

Lima, 2 de diciembre de 2011  (Escrito para el curso de narrativa de Alonso Cuento. Tarea: descripción de un personaje importante)




(Metacuento escrito para el curso de narrativa. Un metacuento es un cuento dentro de otro cuento.)

– A ver,  usted, la de la primera fila, lea en voz alta  la siguiente página.

Otra vez yo. ¡Caramba!  En la clase anterior el profesor me agarró de punto. ¿Y ahora cómo pretende el literato que yo lea sin errores, que tome nota, pregunte, responda, me concentre? ¡Qué fastidio!

Con letra de ojo, trato de decirle que no.  Que mejor escoja a otro alumno.

–  Usted, la de la vocecita melodiosa, por favor -me insiste con su usual tono pausado, sin haber comprendido mi silenciosa negativa.

Y empiezo:

“CAPEANDO

Acá metido veo todo. Todo es nada. Miro con asombro las puertas que se abren.  Corro de espanto pero sigo encerrado.  No tengo culpas. Las vueltas y vueltas me persiguen. Me pongo tan tenso. Me empapo. Huelo diferente. ¿Oye tú, te conozco? Creo haberte visto antes. ¿Por qué me miras así? ¿Qué llevas en las manos?  No quiero hacerte daño y te proteges de mí.   ¿Qué dices?  No, no. Esas son mentiras, calumnias. No digas eso que yo no soy así. Me acerco a hablarte y te apartas. ¿Qué pasa?¿Dónde te fuiste? ¿Te escondes? Explícame. Entiéndeme. ¿Por qué tanto alboroto? ¡Basta ya! ¡Dejen la algarabía! La bulla. El eco. La bulla.  El eco. Estoy de tu parte. ¿No comprendes? Y ahora, me punzas. Me has clavado una vara cuando solo te he mirado entre el sol y tantas sombras con triste desconcierto. Una, dos y tres veces, me has clavado. Me enfureces. Es tarde. Me falta fuerza. Necesito aire. Con orgullo, me ves caer. Sonríes con los brazos en alto. ¡Ayúdame! ¡Perdóname! ¡Acaríciame! Es que me duele que jode. ¡Coño!  El torrente sanguíneo me invade, me arde, me ahoga. ¡Oleeee! ¡Oleeee!  Vitorea feliz la plaza”.

 

–  Es muy amable –me agradece el maestro descansando los brazos sobre su escritorio.  Vemos pues –nos explica alonsamente– cuando se escribe, está permitido hacerlo con vulgaridades. Con malas palabras. Si están bien usadas refuerzan el texto. Le dan sentimiento. No vayan a pensar que su mamá se va a molestar por eso.  ¡Jeje! –bromeó escuetamente  soltando una onomatopeya.

Lea el siguiente cuento -caballerosamente me solicita.

¡Puta madre! ¡Otra vez yo!  ¿Y cómo pretende que lo haga sin errores, que tome nota, pregunte, responda, me concentre? ¡Carajo!

Escrito por Rossana Sala, el 25 de noviembre de 2011. Leído una semana después durante el curso de narrativa que alonsa, escueta y caballerosamente dicta Alonso Cueto Caballero. A ver pues ¿qué opina ahora de mi vocecita argentina? ¡Olé!

DEL ALMA DE ÉL

Posted: 3 November, 2011 in 2011
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Desde que ella lo conoció, él había crecido. Su alma era la misma en una habitación más grande.

Él trataba de borrar el pasado de la vida de ella. Trataba de dominar su presente.

Él no era perfecto. Ella lo sabía pero quería imaginarse que sí lo era. La entiendo. Después de todo ni en los cuentos de hadas las cosas son maravillosas, solo al final. Pero en el camino, a lo largo del relato, hay brujas y seres malvados, fuego y plantas extrañas.

Una y otra vez ella había vivido una leyenda encantada, pero solo en sus páginas intermedias. Su príncipe azul no aparecía. Hasta ese momento su vida era como un cuento al revés en el que el príncipe se convertía en sapo y nadie, pero nadie, le podía quitar el hechizo. Por eso, había decidido que su historia no había terminado y que debía seguirla escribiendo aunque el libro fuese más grande, como la habitación de su alma. Del alma de él.

Ella insistía en seguir soñando. Quería nuevos relatos. Una mañana, decidió partir. Se cansó de tantas páginas intermedias. De la falta de libertad. De ver crecer la habitación de su alma. La de él.

Escogió una rama con aroma a eucalipto y utilizándola para mantener el equilibrio caminó lentamente al borde de un aterrador despeñadero formado por dos montañas unidas por un profundo río. Respiró y avanzó con cuidado. El viento soplaba con fuerza. No lo soportó. No la pude ayudar. Se dejó llevar por las aguas deslizándose suavemente. Se detuvo en un pueblo. Saludó a unos niños. Ellos a ella no. Siguió el curso del río. Desembocó a orillas del mar.

El agua azul. La arena blanca. Las palmeras verdes. ¡Qué tranquilidad!

Él la seguía esperando. La habitación de su alma se empezó a achicar.

Ella chapoteaba bajo el sol como siempre quiso hacerlo. Sus rayos la acariciaban. La abrigaban. La llenaban de felicidad.

Él, cansado de no verla, la fue a buscar.

Caminó por el despeñadero que ella usó para buscar su libertad. La habitación de su alma, ahora débil y pequeña, no la pudo controlar. Cayó. Avanzó a lo largo del río entre rocas que luchaban entre ellas escandalosamente. Gritó por ayuda a unos niños.

Llegó a la playa perfecta, de frondosas palmeras, de agua transparente como el cristal.

Allí estaba ella, seguía soñando, al lado de un castillo de arena y sal, pero su beso, un beso del alma, no la pudo despertar.

(Rossana Sala, 2 de noviembre de 2011)


Drigs, Drags, Drugs.

¿Y si la soledad fuera de colores? ¿Y si el viento también lo fuera?

Drigs, Drags, Drugs.

¿Y si la luna fuera dorada? ¿Y si los mares verdes y lilas?

Drigs, Drags, Drugs.

¿Si la oscuridad fuera luminosa y las lágrimas fueran sonrisas?

Drigs, Drags, Drugs.

¿Y si las penas, malditas penas, fueran tan solo cantos del alma?

Drigs, Drags, Drugs.

Sigo mis pasos. Salto saltando, soltando risas y traqueteos. Nada de llantos.

Drigs, Drags, Drugs.

Cierro estas líneas. Me voy a casa, es que la vida, me está esperando.

 


He oído hablar de la “Cláusula Paraguas”.

Me dicen que es aquella que resguarda de manera genérica a las partes contratantes de los actos de terceros. Les da a los acuerdos un rango mayor.

Una seguridad extra que debe ser respetada.

Al escuchar esta explicación me he preguntado, si una persona puede acaso venir al mundo con la seguridad de contar con un paraguas protector. Mágico.

Me imagino a la gente andando de aquí para allá, lentamente o pegando brincos cual saltimbanqui, pero cada una bajo su propio paraguas. De otro color. Otro tamaño. Otro estilo. Hasta con personalidad. Un paraguas que blinde. Que  capulle.

A pesar del tremendo dolor que causaría este hecho (eso de dar a luz un paraguas no debe ser nada sencillo), supongo que muchas mujeres estarían dispuestas a aceptar el desafío.

Quizás algunos no lo sepamos y vinimos al mundo con ese paraguas. Invisible. Probablemente ni yo esté enterada y tengo uno o cinco. Ahora estoy bajo él sentada. Puede estar perforado por algún rayo que atravesó mi recorrido y yo ni pendiente estaba cuando hubo tormenta.

No sé si la vida, lo que nos queda delante, podemos cambiarla o es simplemente una realidad inexorable. Inapelable.

Pero si los abogados pueden inventar una “Cláusula Paraguas”, por qué carajo no se puede tener uno (un paraguas digo, no un abogado) para vivir bajo su amparo. Su calor. Fabricarlo cada día y desenvainarlo cuando nos haga falta. Cuando nos venga en gana. Compartirlo con quien todavía no lo tiene. Usar el que construimos o nos dieron.

Sospecho que al final será mejor unirlos. Juntar los paraguas del mundo. Hacer una fiesta. Intercambiarlos, prestarlos, regalarlos, colorearlos. Soñar con ellos. Bajo ellos. Y si no llueve, pues usarlos de apoyo.

Suena bien, ¿no creen?

“¡Presta atención, mujer! ¡Cruza rápido la calle que hay tormenta!” – me apuran.

Y yo, limeña de pura cepa, y por costumbre sin lluvias, no llevaba ni un pequeño paraguas a la mano. Eso creía y me empapé por no saberlo en su momento.

Escrito por Rossana Sala, hoy, un día de octubre de 2011.  Sin lluvias  y con paraguas. Todos lo tenemos. Ahora estoy segura.

*Dedicado al pequeño hijo de un amigo. La familia pidió oraciones por su salud. Yo además de eso, le quiero dar mi paraguas. 

Unamos paraguas.

Suena bien, ¿no creen?


“La energía más cara es aquella que no se tiene en el momento que se necesita” recalcó el experto. “Debemos preocuparnos por la energía para el infinito”, también señaló.

Ayer asistí a un congreso en el que gente con estudios y sapiencia ilustraba a la audiencia con firmeza y prolijas diapositivas sobre el acceso a la energía y los planes para el futuro.

“Pensemos en nuestros recursos” – instigó con firmeza algún expositor precavido – “Hablemos de reservas probadas y probables. Sin reservas probadas no puede haber compromiso. Evitemos un futuro con escasez de recursos, sin energía barata, porque esa es la que más falta hará. Varios serán los causantes de esta carencia, pero debemos saber enfrentarlos en forma eficiente. Intentemos mantener la dieta energética del mundo. Es importante saber hacerlo. Para ello necesitamos energía renovable. Cuidemos la energía. Aprendamos a enfrentar momentos de racionamiento. Para eso guardemos fuerzas. El ser humano debe ser el beneficiado. Encontremos opciones para la obtención de la energía. Busquemos seguridad de suministros. Aprendamos a asumir los riesgos que implican obtener los beneficios. Evitemos desbalances. Crecer y hacer crecer. Creemos estímulos para el desarrollo. Potenciemos capacidades. Sepamos superar etapas de crisis. Hay que estar preparados para el mañana.”

Yo que no soy experta en combustibles fósiles o energía eléctrica, ni en la que viene del sol o la que nos da el simple viento,  me fui arrullando con cierto placer, somnolencia y elegante disimulo para divagar en silencio: ¿Y si habláramos de sonrisas y felicidad en lugar de energía y recursos?:

“La sonrisa más cara es aquella que no se tiene en el momento que se necesita. Debemos preocuparnos por la alegría para el infinito. Pensemos en nuestras sonrisas. Hablemos de alegría probada y probable. Sin sonrisas probadas no puede haber felicidad. Evitemos un futuro con escasez de sonrisas, sin risas baratas, porque esas son las que más falta harán. Varios serán los causantes de esta carencia, pero debemos saber enfrentarlos en forma eficiente. Intentemos mantener la dieta de felicidad del mundo. Para ello necesitamos alegría renovable. Cuidemos la felicidad. Aprendamos…”

Así seguí tratando de comprender estos importantes temas sobre la tierra y el alma en el preciso y precioso instante que me invitaron una galleta de avena con chispas de chocolate: energía y felicidad pura. Todo en un círculo perfecto en el momento en que más lo necesitaba.

Setiembre de 2011. Escrito en Lima, por Rossana Sala, en busca de una galleta. Pienso que debí haber guardado una de las de ayer. Me temo que aprendí tarde  el tema de las reservas. Pero sonrisas, sí tengo.


Leí que alguien se denominaba “escritora vocacional”.

Yo creo que soy una simple “escritora vacacional”.

Me la paso de vacaciones.

Escribo solo en mi mente y dejo allí confusas las letras flotando. Es que en realidad yo redacto cuando troto y como en ese momento no tengo teclado, ni plumas, ni papeles donde pegar garabatos, las palabras se me quedan por allí y se me escapan para allá.

Esta situación se agrava por el hecho de haberme visto súbitamente envuelta en una etapa de “corredora vacacional”. No he trotado. Una lesión fue la culpable. Aquel dolorcito en la pierna actuó como cómplice perfecto para no levantarme temprano. Para no sentir el frío ni ver la neblina limeña. “Seguir haciendo cualquier deporte te hará más daño además de poderte resfriar”, me aconsejaba yo misma, claro.

Explorando argumentos, recordé me habían dicho que quienes trotan lo hacen para salir temprano de casa, escaparse de los problemas, meditar, relajarse, olvidar. Yo, que estoy feliz como una perdiz, concluí audazmente que era mi obligación no salir. El hacerlo, hubiera sido acaso contradictorio a mi estado emocional. Y como abogada que soy inventé una “Vacatio Deportis”, esto es, una suerte de excepción, de inmunidad, un privilegio del cuál quería gozar.

Error. Lapsus. Error. Lapsus.

Es así como fui cayendo en un estado “VACAcional”. La falta de ejercicios se me fue como acoplando al cuerpo, “adipando” diría yo. Esto, a su vez, se unió a un cierto malestar en mi temperamento que recortaba sin pedir permiso la alegría de mi corazón. “¿Porqué no empiezas a trotar temprano?”, sentí que me insistían.

Mejoré de la pierna. Tomé fuerza una mañana para levantarme sin encontrar argumentos filosóficamente válidos para no salir.

Volví a trotar.

Muchos trotadores lo hicimos. Nos vestimos de blanco. Salimos temprano de nuestras casas un sábado de agosto nublado y frío, como era de esperar. No buscamos excusas. Soltamos globos al cielo. Partimos juntos.

Sin pretextos, trotamos felices.

SIN PRETEXTOS, DEMOSLE PASO A LA PAZ.

Escrito en Lima por Rossana Sala, el domingo 14 de agosto de 2011, un día después de participar en la Carrera por la Paz.


KNOCK OUT

Posted: 7 June, 2011 in 2011
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El mundo se está moviendo. “No bajes las escaleras. No subas las escaleras.”

Las miro.

Me quedo quieta sin saber qué hacer.

Recuerdo por un momento los planes de emergencia de los que con tanta atención había oído hablar. Necesito saber aplicarlos ahora. Conocer la contingencia para poder actuar ya. “Depende de cuán preparados estemos, seremos más o menos vulnerables”.

Sigue el zarandeo.

Bomberos. Sirenas. Alarmas. Gritos. Quejas. ¡Sal, corre! ¡Usa tu instinto! ¡Pero mujer, no sigas acá! ¡Vete ya!

La tierra se estremece. Tengo miedo. Un susto que da calor. ¿Será fuego acaso? ¿Qué habrá tras esa puerta? “No la toques con la yema de los dedos. Te puedes quemar. Vas a necesitar las manos para apoyarte al bajar las gradas en caso tengas que evacuar”. Me cubro  la nariz evitando el humo que no me deja respirar.

“Las amenazas naturales son cíclicas”. Amenazas, amenazas. Las ideas me ofuscan. “Dónde ha temblado, va a temblar”. Tenían razón. “Debemos tener tantos planes de contingencia como riesgos posibles existan”. “Zona Segura”, por allí está escrito. ¿Segura de qué?

Todo está revuelto. El letrero no me ayuda.

Dan una cifra. Es la final.

Mi cerebro envía órdenes perentorias. Señales de alerta. Planes de contingencia. Opciones posibles.

Plan “K”.

Plan “O”.

Hoy ya entendí que no hay más. El Plan “O” es el definitivo.

Vuelvo a mirar las escaleras. Siguen en su lugar.

“Evacuar no necesariamente es salir. Puede ser moverse de un lugar a otro”. Trato de dormir sin ganas ni fuerzas para apagar el televisor o acaso algún incendio. ¿Reaccionar puede ser no hacer nada? ¿Esperar sin trasladarse? Estoy agotada.  Quiero descansar.
Knock Out.

Escrito en Lima por Rossana Sala, hoy 5 de junio de 2011, luego de llevar un curso de entrenamiento para brigadistas. Luego de las elecciones presidenciales peruanas. Luego de no asistir a la clase de Iván Thays en la que encargó como tarea redactar un cuento en el que el argumento principal gire respecto a una escalera. Creo que no hice bien la tarea. No le encontré utilidad a esa escalera. Un bombero lo hubiera hecho mejor. Discúlpame Iván. O.K.?

POR UNA VIDA

Posted: 20 May, 2011 in 2011
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Ya te dije que comas ésto. Te hará bien.” Me insistió.

 

No me interrumpas ahora. Estoy escribiendo un cuento”. Le respondí algo seria. Y es que nos dicen en clase que redactemos en tiempo presente, y claro, cada vez que termino una línea, ésta se vuelve pasado. Hasta los puntos, los acentos, se van quedando atrás a medida que avanzo. El presente continuo ya no existe. El futuro lo alcanzo y cuando lo hago se me va, se esfuma.

 

“¡Vive el hoy, el ahora!” Nos reclaman los libros.

 

Come ésto que te hará sentir mejor. Estás tensa. ¡Relájate mujer!” Me recalca él. Yo no quiero eso. Me hará daño. Lo miro con indiferencia, pero también con temor. Me doy vuelta y continúo mis textos tratando de narrar como me piden y mirando de reojo ese bocado, en el que desconfío aunque me digan que es bueno.

 

Vivir el presente. Escribir en presente. Describir un conflicto. Inventar un personaje principal al que le pasa todo. Que resuelve todo. Solo así habré creado un cuento. Según me aconsejan.

 

Yo puedo ser esa protagonista, pienso. La gran protagonista.

 

A mí me pueden suceder muchas cosas.

 

Pero no quiero tragarme ese bocado.

 

Y este hombre, a mi lado, quiere ayudarme. Eso me dice. El sabe.

 

Quizás solo quiere que sea yo la figura de un relato a la cual le sucede todo.

 

Quizás quiera ser él ese ser trascendental de la historia que termina con todo.

 

“Vive el hoy, el ahora”. Y lo vivo. Y lo estoy viviendo. Pero no estoy feliz.

 

Al pasado no puedo volver aunque haya sido bueno. La tarea estaría mal hecha.

 

Busco entonces el futuro. No importa me reprueben.

 

¿Cómo llego si estoy acá enfrascada? ¿Cómo llego si debo escribir en presente? Quiero huir de este estúpido tiempo literario.

 

Come, come ésto que te sanará”.

 

“Es que me duele el estómago”. “¡Me arde que jode!”.

 

“Toma, toma ésto que te calmará”.

 

“¡Es que el agua está helada y tengo tanto frío!”, replico con voz ya débil.

 

Debo entonces llegar al futuro. No hay alternativa. Aunque me equivoque. Por lo menos tengo un conflicto. Un conflicto que forma parte de este cuento. Un personaje al que le suceden las cosas y las debe resolver.


<p><em>“Come. Come. Come. Bebe mi amor, bebe.”</em></p>

Me paro. Dejo el papel. Lo dejo así, hasta donde está escrito. Ya no importa.


<p>Me voy.</p>

No acepto de ese bocado maldito.

 

No acepto de esa frialdad gélida.

 

No me despido. Solo me marcho.

 

Empiezo de nuevo. Alcanzo el futuro. Esta vez sin conflicto. No quiero un cuento.

 

Quiero una vida.

 

Escrito por Rossana Sala, hoy 20 de mayo de 2011, en tiempo presente, sin hambre, sin sed, sin conflicto. Simplemente feliz. Así, como deben empezar y terminar los cuentos.

 

(Tarea asignada en el segundo curso de narrativa dictado por Iván Thays: redactar un cuento en tiempo presente en el que exista un personaje con un problema psicológico.)


Treinta y siete opciones.

Dos  colores.

Una ruleta.

Mi destino.

He venido a Montecarlo pues una adivina así me lo ha ordenado.

Me leyó las cartas. Que apueste al trece, me exigió.  Al trece negro.

“¡Vas a ganar!”,  dijo al mirarme  secamente a los ojos. “Vas a ganar”, repitió  con una voz tan tenue y  áspera que ahondaba  sus premoniciones y daba aún más  fuerza a sus ojos fríos.

Yo le creí.

Por eso estoy acá sentado. Veo tanta gente. Van. Vienen. Ríen. Callan. Lloran. Beben. Dan vueltas. Vueltas. Vueltas. Vueltas. “¡Negro 13!” Canta el crupier al detenerse la ruleta y me apunta con su mirada seca.  Las personas se alborotan. Me aplauden. Me besan. Yo estoy allí, ahora de pie,  entre voces tenues, entre  voces ásperas.  Y no río.  Para eso había ido.

Treinta y siete opciones.

Dos  colores.

Una ruleta.

Mi destino.

Morirás muy pronto” había presagiado la bruja también aquella noche.

Guardé el dinero. El gran premio que formaba parte  de mi futuro ahora envuelto en mi pasado.

Regresé a casa.

Allí estaba mi mujer.  Me miró con sus ojos secos. Sonrió con su alegría fría. Me saludó con su voz tan tenue. Áspera.

Salí a caminar. A dar una vuelta. Vuelta. Vuelta. Vuelta.

Decidí hacerle caso a mi destino.

(Nota encontrada  en un sobre en blanco,  por una mujer con la mirada húmeda,  al pie del cadáver de un hombre  que intentaba ser  feliz  hasta que le echaron la suerte.)

EL CUENTO ES LA ULTIMA TAREA DEL CURSO DE NARRATIVA DICTADO POR IVAN THAYS… ESCRIBIR LA SIGUIENTE HISTORIA:

“UN HOMBRE, EN MONTECARLO, VA AL CASINO, GANA UN MILLÓN, VUELVE A LA CASA, SE SUICIDA”

( ESTA ES UNA NOTA ENCONTRADA EN UN CUADERNO DEL ESCRITOR RUSO ANTÓN CHEJOV)


Tuve que usar ese zapato ajustado. Tuve que ponerme en la línea de partida. Tuve que estar metida entre tanta gente. Nuestros corazones se golpeaban de galopar allí metidos en los cuerpos tratando de escapar sin poder hacerlo jamás. Teníamos frío. Habíamos esperado por horas la señal de largada. Habíamos esperado por días, por meses, este momento, entrenando cada mañana para poder llegar enteros y sin lesiones al inicio de un camino que no conocíamos. Enteros y sin lesiones al final de ese camino que debíamos alcanzar.

Más latidos de corazones.

¡Qué absurdo! Es una mezcla de emoción, felicidad, miedo.

Estamos en Nueva York. Los puentes nos esperan: hay que subirlos, bajarlos, desviarnos, encontrarlos.

Y hay mucha nieve. La nieve tan blanca pero que va a perturbar nuestro paso.

Y este zapato me aprieta. No puedo dejar de pensar en él.

Tengo la nariz helada. No siento los dedos.

Cae más nieve.

Mi corazón late poco. Lo hace suave ahora. No sé si simplemente no lo escucho o es este frío inclemente que lo está apocando.

Y las calles me esperan.

Los edificios me hacen sentir que soy tan solo una gota de hielo. Una gota de hielo que se quiere llevar el viento. El viento que silba y me avisa que estoy viva. Que adelante está mi ruta. Mi destino. Que no hay huellas, que ya no hay camino. Que para eso estoy yo. Y me siento una enana entre tanta gente, entre tanto cemento y ladrillo. Y todos somos enanos en la inmensidad de esa ciudad. Bajo la infinidad del cielo.
Y me siento tan blanca y tan niña y tan pura entre tanta nieve.

Y por fin avanzo y ya no hay nadie.

Estoy sola.

No hay latidos. No hay puentes. No hay rutas. No hay rascacielos.

Nueva York se ha hundido.

He llegado a la meta. He llegado tan alto. He alcanzado el sol y la paz florece.

Ya no me ajusta el zapato.

Escrito por Rossana Sala, el 21 de marzo de 2011. (Tarea de clase para el curso de Narrativa de Iván Thays: Redactar un cuento titulado Blanca Nieves en Nueva York)


Para Iván el Thays.

Y tus muletas  en una esquina, apoyando al muro. Yo las miro.

Como resultado de una meditación confusa y profunda, te presento aquí entre mis líneas, mi producto, mi acto, mi gesto. Simplemente la creación de un primer intento de  escribir algo que los que saben, dicen, se llama  “cuento”.

En la parte introductoria de esta impertinente historia,  te confieso en blanco y negro, que el sentido del   relato,  no  es grato y sí es  molesto,  yo lo siento,  lo siento, lo siento, pero igual acá,  te echo mi cuento.

Me distraigo por un rato de este escrito y de tu clase, y el Dios que silba no viene, y tus muletas  en una esquina, apoyando al muro.  Yo  las quiero.

Vuelvo  a mi carpeta, hurgo entre mis pensamientos una historia secreta.

Mi idea de tu curso  era aprender a crear.  Ocultarme entre relatos. Dejar de escribir sobre  rutinas, mis fantasmas,  mis vivencias.  Yo narro sobre correr y  montar bicicleta. El ejercicio no es mi meta.  Estoy atrapada en el tema.  Para mí, ese es el problema. Mi testigo privilegiado.   Que  la carrera, que no hay agua, que me agoto, y que  sudo y me sofoco,  que me duele,  que  el sol quema, que  no encuentro la burda meta, que me enredo en la bicicleta. Me tropiezo, me caigo, me paro, me río, me espanto.  Que la vida, que el spinning, que la maleta, que me siento un hámster dándole vueltas y vueltas al pedal del mundo, ¡qué cantaleta!

¡STOP!

Quiero un tema diferente. Quiero inventar, ser inconsciente. Escribir el cuento de un niño, de un ángel o quizás un vampiro. Y tú me hablas de otra cosa, del efecto mariposa, de Messi, de Maradona, de qué se yo, la rueda de un auto.  Y mis dedos y el teclado, todos se quedan pegados y me pesan y me mienten y no suben, no me sienten  y mi mente sigue trotando y avanza entre pasos y rocas,  sin estructura ni orden, mi ordenador se alborota, es un gran caos de letras, mi teclado es redundante, mis ideas ya se mezclan y se funden y me ofuscan y me agobian, sin hacer relatos ni cuentos, ebullición de garabatos…vamos a darle a la estructura…darle, darle, darle.  ¡Eso es mentira! ¡Mentira pura! ¡Eso no existe!  ¿Cómo le doy?  ¿Si no la conozco?  Y me acerco y  se me aleja y a nada se asemeja, y se queda sin sentido, sin motor, sin cola, sin  ruido. Y nadie leerá mis cuentos y menos si son lamentos. Y nadie usará mi invento. Y camino y sigo avanzando, ya sin puntos cardinales,  sin comillas  y  sin tildes ni sustos ni malabares,  los acentos ya  no sirven, son prosódicos y prosaicos, no me escuchan. ¡Quiero un cuento, una estructura, un gran concierto! Yo lo siento, Iván, lo siento.

Y tus muletas  en una esquina, apoyando al muro. ¡Dámelas!

Y el sentido de este texto, porque en serio, sí  lo tiene,  es oponerme a esa frase que citaste hoy en tu clase. Esa que dijo un tal Puig, tu héroe quizás de  infancia. Resulta que es sobre  la vida de lo que  hay que escribir.  De lo que uno es testigo, de lo que podemos sentir. Y sobre ese privilegio ya no quiero  yo más una letra.  Y tú,  Iván Thays,  me pides eso  y yo me opongo. ¡Me levanto! ¡Me sublevo! ¡Y me quedo  con tus muletas! ¡Pero no puedo!

Y así pues, de despedida, con una flor en una mano y  un libro de Buda en la otra, medito y te envío algún gesto, tan amable como molesto.

Y  te fuiste con tus conceptos, tus cuentos, tus estructuras, llevándote las muletas, dejando al muro débil y a mis ideas escuetas.

Y hoy catorce de marzo de este año,  cualquiera que sea, después de ver la estructura, tan impura e insolente, de  éste, mi cuento no nato, decido  mejor sea mañana, o  pasado, que haga otro intento.

MIS NOTAS DEL CURSO DE NARRATIVA…dictado por Iván Thays…para los que no fueron a clase…

“Escribir es ordenar, estructurar. Nada le importa al lector. Meter goles. Falta de peso en los dedos. Dios que silba. Ver la película “El Efecto Mariposa”. El sentido del texto. Escribir es meditar. ¿Conocen la anécdota de Buda y la flor? El resultado de meditar es un producto, un acto, un gesto. “Escribir sobre aquello de lo que uno es testigo privilegiado”, Manuel Puig.”

Igual sigo queriendo sus muletas.

LA CAF EN KAS

Posted: 24 February, 2011 in 2011

Y así empezó la carrera.

Un arco iris unía el cielo y nuestros pasos, la tierra.

Entusiastas y optimistas, partimos a las 6.00 a.m..

Había viajado especialmente a Venezuela, lugar en el que viví y fui feliz, para asistir a la Primera Maratón de Integración Iberoamericana que organizaba la Corporación Andina de Fomento, CAF.

Muchos correrían 42 K. Mi plan era participar en la Media Maratón, 21K.

Años atrás, con algunos colegas habíamos fundado el grupo de los “CAF Runners”. Nos reuníamos para conversar sobre los planes de entrenamiento. Trotábamos por parques y diferentes rutas caraqueñas. Luego lo hicimos por calles más alejadas compitiendo en maratones de carácter internacional. Esta vez fue lo contrario. Llegando más allá de lo que alguna vez pensamos, la CAF, decidió alcanzar la meta de la unión regional a través de deportistas de más de 20 países recorriendo esta ciudad.

Caracas está a casi 1,000 mts. de altitud. Lima, lugar donde hoy vivo, está a orillas del mar. Me dijeron que la carrera no tenía mayores pendientes. Yo, me la creí cual gafa (1). Había olvidado las hostiles colinas que amenazan por doquier, que hay subidas, que hay bajadas, falsos planos, planes falsos y otras tantas cosas también.

Antes de la partida, seguro por hacer deporte regularmente y por haberme vuelto algo más cauta en la vida, mis latidos del corazón llegaban a 45 por minuto. Pero allí estaban ellos, escondidos, agazapados, hasta preocupados, pero parejos, expectantes y saltarines. A los pocos minutos de la largada, llegaron a 188. Adrenalina pura. ¡Pobre corazón! ¡Es que en realidad sí tengo!

Ese “no te preocupes que no hay cuestas ni elevados”, como les llaman a los puentes por obvias razones aquí, me pareció una mordaz ironía al ver en el Km. 3 la primera subida. Luego supe que quien, amable y detalladamente me diera las pautas a seguir, había “practicado” la ruta ¡en automóvil! ¡Bicho! (2)

Fue entonces que sin el menor recato ni continencia alguna, cual inspiración divina, lancé al vacío algunas expresiones de uso local y otras en diversas lenguas que ni siquiera sé hablar. Y en medio de aquella verborrea es que empecé a subir, luego a bajar, a beber agua, a recargar fuerzas con mis gomitas energéticas que se pegaban inescrupulosamente entre mis dedos húmedos. Gomitas GLUE…no “GU” (3).

Avancé así por la ruta de la integración mientras irónica y paulatinamente se iba desintegrando mi ego.

El arco iris de iba desvaneciendo.

Nuestros pasos, sin embargo, no se detenían. Latían tan fuerte, tal como mi corazón lo hacía a esas alturas de la ruta y de mi garganta. Estoy segura que si decía algo, al abrir la boca, se me escaparía hasta el alma para no volverla a ver más.

Por el kilómetro 7, perdí la felicidad y el optimismo se escabulló con ella. Pensé que se me habían caído por alguna parte, pero en realidad fue que con el paso del tiempo y la distancia se habían transformado en el reto de volverlos a encontrar. Es que nunca nos deben faltar.

La música me ayudaba. Siempre hay algo en la vida, una palabra sencilla, un aplauso casero, que nos puede salvar. Había grabado unas cuantas canciones en mi IPod que estaba segura que al seguir su ritmo me darían el impulso para terminar. ¡What a feeling! (4) Cantaba Irene Cara en su versión trance. “No cierres los ojos” pensaba yo, en pleno trance y no sé con que cara.

En el kilómetro 12, quizás por eso de haber trabajado en un organismo financiero, me puse a pensar en las inversiones. ¿Por qué el 12 no se invertía convirtiéndose en un hermoso 21? ¿Por qué las cuestas cuestan? ¿Por qué la tasa fija no se modificaba a una pista plana? ¿Por qué no declarábamos resuelta la carrera en forma anticipada y automática? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Y así dejé atrás el Km. 12 y mi soberano INTERÉS por éste. No lo quise ver más nunca – como dicen acá.

Deseché las interrogantes sin obtener respuesta alguna cuando allá, en la parte más alta de otro cerro estaba escrito en forma retadora, el número 13. ¡Don’t stop me now! ordenaba alguna canción desde mi Ipod. Con mucho esfuerzo llegué a la cima para empezar luego a bajar, disfrutar de las calles, del cielo azul perfecto, de la ciudad, de los aplausos, de la algarabía de la libertad. ¡Don’t stop me now! “I am having a good time! Hey, hey, hey! (5)

Llegué sin notarlo al kilómetro 15, al 16, al 18. ¡Beep! ¡Beep! Había tomado mucha viada. Por precaución devoré otra gomita. Varios trotadores me habían mirado con ojos de preocupación y una cierta alevosía, cuando me escuchaban pedir paso gritando ¡PISTA! ¡PISTA! y me veían avanzar con tanto ímpetu, como si el impulso “Post 13” todavía recorriera mis venas.

Kilómetro 17.

¡Presbicia! ¡Presbicia! ¿Pero qué? ¿Ando tan mal de la vista? ¿Si ya debía estar llegando al 19?

Volví a integrarme en mi misma. Volví a sentirme ligera de pies y de alma cuando leí: Kilómetro 18.

¡Otra vez me faltaban 3! ¡Improperios in crescendo! ¡Todas las lenguas!  ¡ #@%#@!

¡Estaba viendo los letreros equivocados: los que guiaban a los maratonistas completos! En cambio a mí, media maratonista hecha pedazos, no me correspondían esas señas.

¡ Y M C A ! Los Village People cantaban su recordado ¡ Y. M.C .A.! Mientras me preguntaba reiteradamente…¿Why I’m here, hey? ¿¿¿WHY????  (6)

Comencé a sentir el agotamiento, el desanimo, la falta de gomita. El vertiginoso “Post 13” que me sugería respetuosamente un PÓSTRESE. Yo no quería hacerlo. Debía seguir. Entonces, muchos recuerdos empezaron a hurgar mi mente: el Ávila, energía pura, montaña verde y bulliciosa gracias al canto de las guacharacas y los loros que la habitan, al pie de la cual crece Caracas. El mar, frescura y paz, sus aguas transparentes. El calor de las playas caribeñas, el que empecé a sentir, a asentir, bajando y subiendo la cabeza, como dándole la razón a su inclemencia. ¿Why I’m here, hey?, balbuceaba mentalmente.

K 20. Ahora sí, el mío.

Nada que pensar. Solo enfocarme en la meta.

Trotar. Sonreír.

Llegar al final del arco iris. O al principio, quizás.

Esperar a los que corrieron 42K.

Escrito en Caracas por Rossana Sala, el 21 de febrero de 2011, un día después de la carrera. Todavía comiendo gomitas.

PD 1 . Esta va para ti, zorro sagaz que me diste el derrotero de la ruta plana…escuchaste esa canción de Juan Luis Guerra que dice….”…Jesús me dijo, que me riera, si el enemigo me tienta en la carrera… y también me dijo, no te mortifiques, que yo le envío mis abejas pa’ que lo piquen. ¡Ya lo veras! ” ? Ja. Ja.

PD 2: Más allá de cualquier relato, confieso haber disfrutado de la carrera. También admito con desparpajo y cierta vergüenza, no haber leído previamente la información sobre la misma. La ruta estaba detallada junto a tantas indicaciones que no debí pedir al Zorro. Excelente organización. Impecable, en realidad. Los resultados a tiempo. Espero que muchos peruanos podamos unirnos el año que viene en la siguiente Maratón de Integración Iberoamericana de la CAF.           http://maraton.caf.com/

(1) Gafo/a = tonto, idiota en Venezuela.
(2) Bicho = Expresión común de uso local. Se usa por ejemplo para decir que alguien es malo. No sé si está bien aplicado el término. Quizás es exagerado. Pero dadas las circunstancias, ustedes comprenderán que en ese momento el sujeto en cuestión merecía ese calificativo. Ya es bastante no decir su nombre.
(3) GU = Marca de goma o gel energético que se usa en los entrenamientos. Algo similar al Gatorade pero concentrado.
(4) ¡Que sentimiento!
(5) ¡No me detengas ahora! ¡Estoy teniendo un buen momento!
(6) ¿Por qué estoy aquí?

A los pocos días, salí a trotar por Lima y me encontré…con el otro lado del arco iris…