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shoesPor diferentes razones, dejé de trotar en forma regular. Durante  varios meses, demasiados, lo hacía solo de vez en cuando: me inspiraba, me olvidaba del frío, me esforzaba por no fijarme (mucho) en el pálido cielo limeño y salía a correr.

Claro. Como era de esperarse, no tenía resistencia. Me dolía todo. No disfrutaba de la ruta ni llegaba muy lejos. A mí, que me gusta avanzar por los malecones de Barranco, Miraflores, San Isidro y hasta donde pueda olfatear las olas del mar, no podía hacerlo. No tenía ganas. Me molestaban las rodillas. Me conformaba así con las calles y su tráfico, con escuchar la música de mi iPod y regresar a casa sin haber disfrutado de la brisa marina para dejar en un rincón las zapatillas e ignorarlas hasta cualquier otro día de inspiración. Si es que llegaba.

Hace algunas semanas, sin embargo, convencida por la vida y los amigos, volví a encontrarme con las pistas. Volví a disfrutar de ellas al ritmo de la música y regresé al doctor para que me ayude con aquel malestar a las rodillas que colaboró en el desarrollo exagerado de mi abulia. —Es que no puedo correr. Me duelen demasiado— mentía sin asco ocultando mi falta de ánimo y cualquier otra razón. La había.

Y fue en este proceso de “otra vez correr” y así de alguna forma  “volver a la vida”, que esta mañana troté más contenta que lo usual.

No sé si brilló el sol pero estoy segura de que mi corazón lo hizo.

Y allí, mientras saboreaba la brisa marina, me puse a pensar en cómo este deporte tan sencillo puede ayudarnos a seguir adelante. Es que cuando corres, avanzas, y a medida que lo haces dejas atrás, tirado como el escombro, en cualquier kilómetro de la ruta, tus problemas, tus confusiones, los pesos que no quieres cargar más por la vida. Y  todo eso -que me he atrevido a llamar “escombro”- es mejor que no lo dejes en el punto de partida, no vaya a ser que al llegar a casa lo encuentres de nuevo en tu puerta y no quede espacio para reemplazarlo por las sonrisas y energía que descubriste en tu camino.

Esta mañana me di cuenta​, también, de la gran diferencia que existe entre tratar de salir a flote en la vida cuando has estado haciendo deporte en forma regular, y el intentar seguir adelante cuando  el deporte ya no es parte de tu rutina.​

En momentos difíciles, reiniciar el trote es un reto tan grande como querer caminar llevando costales de arena amarrados a cada uno de tus pies.

Si no dejaste de correr, en cambio, aunque lo momentos sean duros, seguir trotando es darte cuenta que la felicidad está al alcance de tus zapatillas.

Y con esto no quiero decir que no necesites cargar contigo líquidos, gomas y geles energéticos.

Todo ayuda.

Pero pronto no serán necesarios.

Serán solo tú y tus zapatillas.

Aunque la música es otro complemento importante.

Me encanta correr al ritmo de canciones alegres, que aceleran el paso.  Sin embargo, gracias a las funciones satelitales de mi reloj que me permiten conocer la velocidad a la que troto, me doy cuenta de que muchas veces voy demasiado lento. Nadie me saluda. Todos se despiden. Eso me sucede cuando estoy muy cansada o cuando empecé a escuchar alguna cancioncilla melancólica y melosa que cargué en mi iPod en mis ratos de desmesurada nostalgia.

No.

Hay situaciones en que está claro que esas canciones no sirven.

¡Olvídalas! Sáltalas o trótalas sin entender lo que intentan susurrarte. ¡Para eso tienes puestas las zapatillas! Aprieta el paso. Y si te es posible, cómete un gel de inmediato o dale un buen sorbo a tu bebida energética favorita. Eso es lícito. ¡Vamos! Sube el mentón. Mira hacia adelante. Sonríe. Respira. Toma impulso. Levanta con fuerza las piernas. Usa tus brazos como remos.

Cualquier día te sorprenderás contigo mismo y hasta olvidarás cuánto, pero absurdamente cuánto, te llegaron a doler esas rodillas.

Dicen que la felicidad está al alcance de las manos.

Pero yo pienso que también está al alcance de las zapatillas.

Escrito en Lima, un día de octubre del año 2014. Son casi las dos de la tarde y hasta ahora no me quito las zapatillas. ¿Para qué?

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Abril, 2017.

 

Querido Mark,

Anoche, después de las casi dos horas que conversamos por teléfono, sabía que iba a soñar contigo:

Por alguna razón yo estaba en tu casa. Era una invitada. Me quedaba a pasar la noche, pero claro, en el cuarto de visitas.

Tú dormías en el dormitorio principal con tu esposa. (Sé que eres soltero. Eso me has dicho. Pero fue un sueño y lo que soñé es lo que escribo).

En algún momento (sería la mañana siguiente en el sueño), me desperté y ya no estabas.

Tu esposa tampoco.

Dos señoras bajitas, regordetas y felices, preparaban algo de comer. Por la hora debe haber sido el desayuno. (Entiendo bien esta parte del sueño. Es que de tanto hablar contigo me fui a dormir sin probar bocado).

Una niña y un niño de unos ocho años o diez aparecieron dando brincos. Eran rubios, crespos  y pecosos y vestían pantalones cortos y unos polos amarillos de algún material ligero. (Debe haber sido verano en mi sueño, lo que me llama la atención por el frío que siento estas últimas noches).

Había un tercer muchachito de doce años, me imagino. Tenía el pelo negro y liso, la piel canela y andaba también en pantalones cortos.

Interrumpí a las señoras (las que cocinaban entre cuchicheos) para preguntarles quiénes eran esos pequeños. Me dijeron que los tres eran tus hijos (¿pero no tienes, verdad? ¡No sé por qué tuve que soñar eso!).  Mencionaron también que tenías un hijo mayor que por esos días no andaba en casa. Que iba a una universidad en las afueras de la ciudad.

Entonces —sin que yo dijera palabra— las mujeres me explicaron que el niño de pelo negro lo tuviste mientras estabas casado con otra mujer. No con tu actual esposa.  “En paralelo”, aclararon.  Tu hijo el universitario, también lo habías tenido con otra mujer.  (En esta parte, el sueño tuvo ciertos rasgos de pesadilla.  ¿No te parece?).

Al irme (porque en algún momento debía marcharme de tu casa, que dicho sea de paso no tengo idea de en qué país estaba), aquellas señoras, las de los cuchicheos,  me dieron algunas cosas para que me lleve, envases vacíos, no recuerdo bien. Algo me dieron.

Me despedí de los tres niños. Había jugado con ellos en el jardín y eran muy bien educados (¡te felicito!). (Ya sé que vives en un departamento, pero sería bueno que tuvieras por lo menos un patio para los niños, ¿no crees? ¡Pero si no tienes niños!)

Entonces salí.

No me despedí ni de ti ni tu esposa pero no vayas a pensar que fue por mala educación o por celos, ¡claro que no! Fue simplemente porque, como te dije, ustedes habían salido.

Me fui manejando mi carro.

Era una carretera larga y sin gente. No había construcciones tampoco.

Avancé en silencio cuando de repente (y aquí empieza la parte interesante que con seguridad me hizo llegar feliz a la oficina porque esta mañana apenas me saludó un colega me dijo que se me veía radiante). Como te decía, manejaba cuando de repente:  te vi.

Como tenía que ser, corrías por la carretera. Trotabas. Sudabas. Venías en dirección contraria a la mía.  (Un poco de lluvia en ese momento hubiera caído  perfecta en el sueño.  ¿No es cierto?)

Me detuve.

Me alcanzaste para saludar.

Yo estaba en el carro y tú de pie al lado de mi puerta.

Entonces,  me recosté en tu pecho.  (Esa parte no la entiendo técnicamente pero sí emocionalmente, porque si estabas parado y yo sentada en el auto, no sé cómo podía recostarme en tu  pecho. Pero así fue. Y tú me agarrabas la cabeza. Me hacías cariño. Y yo no te soltaba. Eso duró mucho rato y le doy gracias a Dios porque no me desperté en ese momento, lo que me hubiera frustrado de sobremanera y me hubiera obligado a tratar de volver a dormir para continuar con ese sueño y poder sentir por más tiempo tu corazón y tu calor y tu cuerpo).

Pero en fin, las cosas buenas terminan, así que levanté la cara y me miraste con tus ojos lindos y tu barba y tu nariz perfecta,  tu sonrisa suave y tu pelo revuelto.

Y me diste un regalo:

Era rarísimo. Una invención mía obviamente. Era blanco. De plástico. Estoy segura que era blanco (y de plástico). Tenía  piezas largas y delgadas que  al juntar y cerrar formaban una bola o una flor (de plástico).

Te agradecí y de un momento a otro vimos que nos miraba impaciente, allí parado, tu hijo de doce años. El de pelo negro. Estaba aburrido de vernos.  (No sé cómo llegó al lugar si me había despedido de él en el jardín de tu casa. ¿Te acuerdas?)

Como te decía, tu hijo nos observaba. Quizás trotaba a tu lado y no me fijé en él  por mirar tus ojos y tu barba y tu pelo y tu nariz perfecta y tus manos y por sentir tu pecho.

Te fuiste con él.

Yo seguí mi camino.

Pero ya no era llano ni suave.

Tuve que atravesar un pueblo de calles angostas, llenas de piedras y barro (¿Si no había llovido?).

De pronto, allí, frente a mí, apareció una profunda pendiente.

Y yo que no soy buena al volante, frené de golpe.

Tuve que dejar de respirar.

Fue en ese momento cuando sonó el despertador.

No sé si hubiera podido seguir por esa ruta…sin ti a mi lado.

Beatrice


—¿Cuántos kilómetros vamos?—le pregunte a María Elvira.

—Once— me respondió Mónica sin perder un segundo.

—Acá me quedo— les dije—. Nunca he corrido más de diez. Estoy muerta. Esto no es para mí.

—¡Épa chama! ¿Qué te pasa? Faltan solo siete—me contestó una de las dos. No sé ni me importa cuál.

Hacía dos meses que había empezado a trotar. De lunes a viernes, cada mañana me levantaba a las cinco y media para encontrarme con un grupo de amigos en un parque a unas cuadras de mi casa. El Parque del Este. Allí, en una extensión cercada de ochenta y dos hectáreas incrustadas en medio de la ciudad, se podía hacer deporte tranquila. Sobre la grama, sobre tierra o sobre asfalto. Bajo el cielo azul de Caracas. Protegida por la sombra de más de cien tipos de árboles. Las flores azules del jacarandá, las rosadas del apamate, las amarillas del araguaney, las garzas blancas en las lagunas, las bandadas de loros y de guacamayas volando para esconderse en las copas de los árboles y las curiosas ardillas rebotando de rama en rama, sumados a las personas que uno va conociendo, formaban el ambiente ideal para empezar feliz un nuevo día.

Cada trotador, solo o acompañado, decidía su ritmo, su tiempo y su distancia.

Yo, bien equipada con mi música, tomaba una ruta que me habían dicho que era de diez kilómetros. Por lo general tardaba una hora y un poquito más en terminarla.

Pero ese sábado al llegar al parque, Mónica y María Elvira, me invitaron a correr con ellas.

—Haremos “un largo”— me dijeron.

Sin saber los tecnicismos de este deporte y segura que diez kilómetros significaban “un largo” les dije que sí, que gracias, que con gusto trotaría con ellas.

Aunque ya nos habían presentado, aceptar la invitación era una forma de integrarme a la ciudad y su gente.

Debo confesar que ya tarde como para poder cambiar de idea, noté que las dos llevaban a la cintura unas botellitas plásticas llenas de líquidos energéticos de diferentes colores lo que me llevó a tener ciertas dudas sobre el significado “extensivo” de “un largo”.

Pensé también que estando dentro de un parque por más grande que este fuera, sería fácil abandonarlas en el momento que mi cuerpo lo considerara justo, necesario, mi deber y salvación.

Así que corrí con ellas.

—¡Vamos Rossana! Toma un poco de Gatorade— me ofreció Mónica pensando que eso sería suficiente para que pudiera seguir el ritmo que llevaban.

Mientras trotábamos, María Elvira contó que había participado seis veces en el Maratón de Nueva York y que se estaba preparando para hacerlo de nuevo. Mónica también iría. —“4 meses para correr un maratón en 4 horas”. Así se llama el libro que leí para hacer ese tiempo— me dijo—. Cómpratelo que te va a servir.

Le respondí mientras pensaba “me largo”, que ya estaba cansada; que a cuarenta y dos kilómetros no me interesaba llegar; que ni loca haría un maratón; que quería regresar a mi casa.

Pero seguí trotando.

—Me duele todo— me quejé con ellas a los pocos minutos y con las últimas palabras que sentía que me quedaban en mi marchito cuerpo—. Se me están partiendo las pantorrillas. ¿Cómo hacen para que no les duela nada?

Las dos me miraron sorprendidas y escasamente transpiradas. En ese momento noté cómo los músculos de sus piernas se marcaban con cada pisada que daban. Me di cuenta también que bajo las gorras que tenían puestas, el pelo iba recogido en una perfecta cola de caballo. En cambio a mí, se me chorreaba por los ojos y por culpa del sudor se me pegaba en la cara al ser demasiado corto para sujetarlo como el de ellas.

Fue Mónica quien me respondió con firmeza. —Mira chama—recalcó sin interrumpir su inflexible paso—. ¿Cómo se te ocurre que no nos va a doler? A partir del kilómetro catorce te duele todo, solo que no le hacemos caso. Después de un rato ya no sientes nada.

Y seguí trotando.

Saludamos a cuánta persona se nos cruzó. Ellas conocían por su nombre a cada uno. Yo apenas balbuceaba un silencioso “hola”.

—¡Épale! ¡Qué arrecho corren!— nos gritó un muchacho de unos treinta años, con los músculos enérgicamente cincelados en los brazos y piernas, que avanzaba sonriente y relajado a toda velocidad en sentido contrario al nuestro.

¿Cómo que corremos arrechas? Me mantuve en silencio hasta que la curiosidad pudo conmigo. Tenía que saber, aunque me costara mi último aliento, qué nos había dicho ese descarado. —Que estamos corriendo chévere— me respondió Mónica. Entonces decidí que sería mejor no explicarles lo que yo, una peruanita en el Parque del Este, había entendido.

Con la distancia, me olvidé de la distancia.

Me distraje.

Tres mujeres cotorreando, no era para aburrirse. Poco a poco adquirí esa capacidad al parecer innata en María Elvira y Mónica de correr y conversar al mismo tiempo y sin tomar aire.

Mientras desarrollábamos nuestro ejercicio físico y verbal, nos dimos cuenta de algunas coincidencias. Las tres éramos abogadas. Las tres nos habíamos casado el mismo año. Cada una de nosotras tenía dos hijos.

La única diferencia—además de mi edad (no importa cuántos años nos llevábamos) —era que yo me había divorciado.

—¡Listo!— sentenció María Elvira—. Vamos a estirar. Hicimos diez y ocho kilómetros. Paso promedio: seis punto cinco. El rango de mis pulsaciones fue ciento setenta.

RELOJ2Mónica miró su reloj, presionó algunos botones y con la misma exactitud informó: pulsaciones promedio ciento ochenta. —Y tu chama?—

Dos horas y tres minutos—les respondí—.Yo no tengo reloj que marque la distancia, ni el paso, ni las pulsaciones. El mío solo da la hora— les dije sorprendida al enterarme que existían relojes con funciones tan sofisticadas.

—A mí me lo regaló mi esposo por nuestro aniversario—dijo Mónica.

—A mí el mío por mi cumpleaños—agregó María Elvira.

Yo que iba sintiendo el sudor salado atravesar mis ojos para alcanzar mis labios y mi lengua, les respondí con una lógica implacable y conteniendo cualquier gesto o palabra que pudiera ser considerado ordinario.

— Es que yo no tengo esposo. Debe ser por eso que no tengo un reloj como el de ustedes— les dije sofisticada y firme.

Y sin darles tiempo a que me respondan quizás con alguna broma, escuchamos la voz de un hombre que venía detrás de nosotros disfrutando sin pedir permiso de nuestras confidencias.

—No te preocupes, chamita—me dijo—. Ten paciencia. Ya tendrás un novio que te regale un reloj mejor que el de tus amigas.

Escrito por Rossana Sala en Caracas,  en setiembre del año 2006.   Han pasado siete meses desde aquella historia. Ahora llevo el cabello atado en una insuperable  cola, mis piernas lucen más fuertes  —¡Chama! ¿Y ese reloj? ¿Quién te lo regaló?—  y acabo de romper la factura.