Archive for the ‘2003’ Category


Te vas a divertir –me anticipó Matthias. Si montas bicicleta, no va a ser difícil para ti –trató de animarme.

Yo, crédula, le agradecí el cumplido.

El lunes al leer mis correos electrónicos me encontré con la noticia y las felicitaciones del caso. Estaba inscrita en la carrera del domingo.

Pasé seis días terribles. Practiqué en la trotadora. Optimista, me compré zapatillas de correr especializadas y costosas, de esas que anuncian que vas a coger impulso y ganar porque se adaptan como guantes y no pesan. Me curé unas cuantas ampollas. Sudé frio, también calor. No seas loca –opinó una amiga– anda tranquila y solo mira que no debe ser nada sencillo eso de correr diez kilómetros.

No le faltaba razón.

La distancia, perversa y eterna, me obligó a entender al milímetro el lema “Just do it” (sólo hazlo) de alguna marca deportiva. Quien lo inventó, estoy segura que conocía a Matthias.

Adolorida pero contenta, concluí la carrera con una rígida sonrisa, casi una mueca, de la cual a los pocos minutos no quedó nada. Pero mami, ¿cómo dices que te fue bien si te ganó una viejita toda arrugada? ¡Nosotros la vimos! ¡Nosotros la vimos! –me reclamaron mis hijos después de pasar casi una hora esperándome que llegue a la meta. Yo también vi a esa mujercita. Tendría por lo menos ochenta años y con algo de ayuda subió feliz al podio por su medalla. Una especie de chal gris tejido a croché, como una capa, le cubría la espalda. De vez en cuando la enarbolaba como para remarcar el triunfo que celebraba.

Igual me sentí satisfecha por haber vencido, al menos la distancia.

No estaba mal correr en Caracas.

Al buen Matthias, precavido y alemán, no lo encontré aquella mañana ni las siguientes semanas. Sin embargo, ese ambiente deportivo, de cofradía, satisfacción y felicidad, me animó a participar en otras competencias. Confieso haberme entusiasmado también por el hecho que, más adelante, mi mancillado ego se vio reconfortado al saber, que aquella viejecita escandalosa, levantó los brazos en son de triunfo al terminar la primera vuelta de la ruta. ¡Solo la primera vuelta! La muy pilla, corrió solo un tramo de la carrera proclamando su victoria con los brazos en alto aduciendo que la había completado. ¡Hizo trampa! ¡Hizo trampa! –volé a darle la noticia a mis hijos.

Años después, vistiendo una camiseta roja y blanca en la que entre la transpiración y la euforia se encontraban las cuatro letras del “Perú”, levanté los brazos (sin chal), luego de un fuerte entrenamiento y una dura carrera en el maratón de Paris. Cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros. Pero ese, es otro cuento.

Caracas, marzo 2003


—¡Todavía no ha empezado la subida! —me gritaron desde lejos.

Unos amigos me habían invitado a formar parte de un grupo de ciclistas de aventura.

Al amanecer,  salimos desde Ocumare del Tuy, un poblado escondido en un valle al sur de Caracas.

Siendo limeña de nacimiento y deportista por entusiasmo, la idea me encantó. El haber hecho spinning  —pensé— me daba la preparación perfecta para el recorrido. Por fin me escaparía de las cuatro paredes del gimnasio. Rodaría  entre verdes matorrales bajo el cielo azul caribeño.

Allí estaba yo, pedaleando tan fuerte como me lo permitían las piernas. Extenuada, seguía al equipo. Sin piedad, me acosaba el sol.

—¡Todavía no ha empezado la subida! ¡Apúrate! —me llamaron desde más lejos.

Avanzaba por bajadas entre vacas que con  ojos sorprendidos me veían pasar. Los pollitos piaban con sus alas abiertas espantados por mi inesperada aparición. Todo bajo control, con esa sensación de libertad y frescura que el viento y el sol saben regalar.

 Entonces, vino la subida: cinco kilómetros cuesta arriba. A los pocos minutos de coraje, decidí dejar de ser fuerte. —Al fin y al cabo soy mujer —pensé. Comencé a caminar y a empujar la bicicleta. Zigzagueaba entre piedras, tierra, sudor, mosquitos, sin sombra, sin nubes. No llovía. Necesitaba que lloviera. Me refrescaba con el agua de mi botella. No era suficiente. De pronto, a lo lejos, vi que los demás hacían lo mismo que yo: iban a pié, al lado de sus bicicletas. A partir de ese momento, no me sentí tan debilucha, aunque sospecho que ellos llevaban sus bicis con más prestancia de lo que yo era capaz.

Por fin nos detuvimos para almorzar. Llegamos a la conclusión de que cada uno de nosotros tenía algo de masoquista. ¿Sería cierto? El paisaje era relajante. Valía la pena estar allí. Podríamos haber ido en camioneta pero ¿acaso hubiera sido lo mismo?

Seguimos la ruta.

— ¡Ten cuidado, ahora viene un camino empinado cuesta abajo! —me advirtieron.

Los miré sobrada. Estaba convencida que con tanto deporte que practicaba, la bajada para mí sería la diversión de un niño en patineta.

Empezamos a descender. En ese momento, como una inspiración divina,  entendí por qué mis amigos se preocupaban tanto de la precisión de los frenos de las bicicletas. Me habían explicado cuándo y cómo frenar, con cuál rueda, posición de brazos. —¡Busca la ruta limpia!— Recordé las advertencias mientras mi cuerpo se zangoloteaba sobre las alborotadas  piedras. —¡Debes entrar y salir de los ríos a toda velocidad! ¡Ten cuidado con las rocas sumergidas en el Río Tuy! ¡Uy! ¡Uy! ¡Uy!— Seguí bajando a pique mientras trataba de aplicar de sopetón todas las indicaciones sobre las bajadas técnicas que iban más allá de mi apacible ser.

En esas inclinaciones abruptas donde los caminos desaparecen, extrañé tanto a mi bicicleta estacionaria. —¡Que el sol, el cielo y sus pájaros y las vacas mironas por siempre se jodan! —proclamé a los vientos. —¡Ocumare del puta mare! ¡Ocumare del puta mare! —maldije para mis adentros y grité para mis afueras repetidas veces sin el menor recato, bajando a todo vuelo y pegando brincos hasta que empezó a llover. No digo más.

Escampó.

Llegué a un edén: mitad tierra y mitad asfalto. Seguí el camino aliviada pero con algunos traqueteos. Todo le sonaba a mi pobre bicicleta, hasta yo.

Me distrajo un sugestivo aviso que ofrecía un “Servicio de la romana”. Me ilusioné al pensar que luego del extenuante recorrido, la merecida recompensa sería un tratamiento especial de relajación brindado por un  romano galante y valeroso salido de la vegetación tuyniana, arreglándose el cabello para no dejar de ser perfecto, mientras le daba reparadores masajes a mi agotado cuerpo. Me decepcioné al enterarme que se trataba de un servicio de balanzas para pesar carga. ¡Qué desperdicio!

Continué el pedaleo con la mente todavía abstraía en mis esperanzas.

Luego de casi seis horas desde la partida, por fin llegamos a nuestro destino: Valle Morín.

Nos refrescamos en un río y mojamos las bicicletas, no obstante un letrero en el que todavía se leía: “Prohibido lavar vehículos bajo pena de multa de mil bolívares o su equivalente en prisión”. ¿Un dólar o cinco minutos tras las rejas?  Corrimos el riesgo.

Pasaron tres o cuatro días hasta que por fin, recuperada de ciertas dolencias de bajo perfil, me trepé sonriente a la bicicleta estacionaria. Volví a soñar.