Archive for the ‘UN PUMA MERODEA LA CASA’ Category


–¡Indalecio! ¡Cuidémonos! ¡Un puma merodea la casa! ¿Lo sientes?

Escucho decir desde mi habitación a mi abuela.

“¿Un puma?”, pienso preocupada.

Son las siete de la noche. Estoy por dormir.

Bueno. Por tratar de dormir.

Vine a visitar a mis abuelos al campo, pero nadie me advirtió de los pumas.  Y menos que estuvieran por allí, rondando las casas.

Indalecio, mi abuelo, sabe cómo cuidarnos. Pero está viejo. Muy viejo.

“¿Y cómo será encontrarse con uno de esos animales?”, pienso con la luz de mi cuarto apagada. Los había visto en el zoológico, pero nunca libres.

Decido hacer algo, después de todo ya no tengo sueño y nada gano quedándome en la cama con la idea de que el puma está esperando que alguien abra la puerta y nos ataque.

La ventana es una buena opción para empezar mi búsqueda. Estoy en el primer piso de la casa así que, si salgo con cuidado, nadie se dará cuenta de mis planes. Además, acabo de cumplir doce años. Ya soy grande para esto.

Me pongo una chaqueta. Tomo la linterna de mi mesa de noche. Papá me la regaló unos días atrás para que la traiga a la casa de los abuelos. Él sabe que acá la electricidad falla. Decido llevar también mi gorro de lana. Debe hacer mucho frío allá afuera. La casa de mis abuelos queda en la sierra. A trece horas en tren desde Lima. Junto al río Mantaro. Algunos meses del año, como ahora, se pueden sentir las aguas arrastrar las piedras con tanta fuerza que parece que van a meterse a mi cuarto. Más de una vez me he imaginado despertar flotando en la cama, como si fuera una canoa,  navegando por el río.

Abro la ventana.

La brisa helada me congela la cara.

Las aguas se escuchan con más fuerza.

–Es la furia del río –me hubiera dicho mi abuela–. Ni te le acerques, niña.

Pero ya es tarde cuando me acuerdo de sus palabras. En realidad, igual no le hubiera hecho caso. Sí, ya sé que está mal, pero quiero encontrar a ese puma. Necesito salvar a mis abuelos.

La casa está rodeada de eucaliptos. Son muy altos y viejos y dejan caer miles de hojas que suenan cuando las piso. Es imposible no hacer bulla. Como ha llovido, la humedad amortigua en algo mis pasos. Siento que mis zapatillas se llenan de barro, pero no me importa. La luz de mi linterna me ayuda a ver el camino. No me gustaría encontrarme con algún bicho raro.

Hay un ruido detrás de mí.

Mejor no me muevo.

Un ratito más.

Volteo despacio, pero solo la cara.

¿Será el puma?

No. Parece que no hay nada.

¡Qué alivio!

Me doy cuenta de que me he alejado mucho de la casa. Con las justas veo la luz del farol que alumbra la puerta.

Ya no está.

¿Se habrá apagado?

Y ahora, ¿qué hago?

Un brillo entre los árboles me asusta, pero debo seguir caminando.

Mis dedos se entumecen. Creo que no me abrigué lo suficiente. Guantes. Mamá siempre me dice “ponte guantes” y por apurada salí sin ellos.

Las aguas del río se escuchan cada vez menos.

La vieja iglesia abandonada del lugar, interrumpe mi camino en busca del puma. Bueno, en realidad, en este momento atraparlo ya no es tan importante para mí.

¿Acaso iba a poder hacerlo?

¿Cómo se me ocurrió salir de la casa?

Mi cara está congelada y mis manos tiesas.

Me apoyo a una de las paredes de barro de la iglesia, pero antes uso la linterna para alumbrar a dónde sentarme. No quiero estar cerca de culebras, arañas, escorpiones… Me da miedo este sitio. Está lleno de tumbas. Acá enterraban a los sacerdotes. Cuántas veces vine con mis papis, pero siempre de día.

Mejor me quedo aunque no me guste.

Miro las estrellas. Quizás me distraigan.  Miles y miles de estrellas.  Brillan tan lindo. Si me fijo bien quizás encuentre una fugaz. Hasta ahora nunca vi una. Solo en la tele. En Lima el cielo no es así.

No es suficiente.

Por más que trato de distraerme estoy intranquila.

Mejor regreso.

Me paro. ¡Qué caliente está la linterna!  ¿Cuánto rato más le durarán las baterías? Debo encontrar la casa rápido. Quizás el ruido de las aguas del río me ayude. Y pensar que me daba miedo y ahora es eso lo que puede salvarme.

No debí salir de mi cuarto.

¿En qué estaba pensando?

Allí.  Por fin lo escucho. Es el río. La casa debe estar cerca.

¿Se habrán dado cuenta mis abuelos de que me fui?

El golpeteo de las rocas me avisa que estoy llegando.

Una luz. Por fin.

Debe ser el farol de la puerta.

Mejor corro.

Mi ventana.

Me acerco a la de mi cuarto. Trato de abrirla. De afuera no se puede. No hay forma.

Le doy un par de vueltas a la casa en busca de otras ventanas.

Las hojas de eucalipto vuelven a escucharse con cada uno de mis pasos. Creo que ahora crujen más fuere. Me preocupo al pensar que voy a despertar a mis abuelos.

Están cerradas.

No tengo alternativa.

Me acerco a la puerta principal con cuidado para tratar de abrirla.

Ojalá no me descubran.

–¡Indalecio! –escucho decir a mi abuela–. ¡Cuidémonos! ¡Un puma merodea la casa! ¿Lo sientes?

 

Rossana Sala

11 de marzo de 2017

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