Archive for the ‘2020’ Category


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me declaro culpable

de haberme ido en el intento

y también vuelto

 

 

 

de correr en bicicleta

de subir montañas

de alejarme de la orilla a nado

de caminar entre las nubes huecas

 

de haber caído

me declaro culpable

también de levantarme

 

de soñar

de ver el cielo anaranjado

de escuchar a las estrellas reír

de esas copas de vino

de los besos que nos dimos y perdimos

 

de haber reído

de llorar bajo el árbol de moras

me declaro culpable

de haber sentido

 

de haberme equivocado     de tener razón

de no oír

de escuchar                 de no entender

de haber comprendido

de tus abrazos y de los míos

 

me declaro culpable          por esos niños

por los girasoles azules

por las mariposas escondidas

 

por dejar todo

y al mismo tiempo nada

 

soy culpable

no pido perdón

no me absuelvan                      por favor

 

porque de querer ser feliz

no me olvido

 

Rossana Sala

Junio 202

CUANDO (para Manuel) Mayo 2020

Posted: 2 May, 2020 in 2020

2020-05-02            

y estás lejos
y estás triste
y nada de lo que yo te diga
                                    sirve
cómo poder darte un abrazo
en este mundo
                          tan terrible
y cuando las flores canten
la luna brille
las mariposas salten
y la canela perfume las nubes
               te abrigarás con sus recuerdos
                                                        y su amor
                                                          sonreirá contigo
y cuando los aviones vuelen
los cristales se derritan
y a las calles les pese la gente
                podré por fin darte ese abrazo
                                                       que hoy
                                                           deambula solo conmigo

2020-05-02 2

Rossana  Sala

2 de mayo 2020


 

Copia de 2020-04-25me gustaría ser yo una vez más

y subir montañas azules

y rojas

montar bicis de ruedas cuadradas

zambullirme en las aguas radiantes del mar

sentir el viento frío

caliente

atrevido

esta vez eso no me va a importar

dejar crecer mi pelo largo

muy largo

pintarlo de lila

y volverlo a cortar

 

teñir las paredes con manzanas y nueces

sin que me importe qué va a pasar

 

tomar una escoba y viajar por el cielo

mirar por la ventana del cuarto de mi hija

mirar por la ventana del cuarto de mi hijo

y llevarlos conmigo donde nadie nos pueda encontrar

escondernos en nubes en forma de casas

sentirlos pequeños

traviesos

tan suaves

preparar sus loncheras llenas de caramelos

jugar con conejos

mariposas

y flores

esperar la lluvia para saltar con ellos

llevarlos al colegio a patinar

llenarlos de besos y no hacerles caso

aunque se empiecen a quejar

 

escribir un cuento que sea muy breve

pero que nunca llegue al final

 

2020-04-25Rossana Sala

Abril 2020

Pandemia

 

GOTAS DE AGUA SECA

Posted: 18 April, 2020 in 2012, 2020
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2020-04-18El hombre se despertó poniendo los pies hacia afuera.

Sintió el agua helada tocar su piel. Un día más. ¿Podría soportarlo? Se sentó como pudo. Se inclinó hacia adelante hasta encontrar su reflejo en el mar.  Su rostro tenía más arrugas que el día anterior. La barba empezaba a brotar. Gris. Intentaba escapar como agujas de su rostro. A sus pelos los alborotaba en una gran confusión el viento.  Buscó entre sus cosas la gorra que usaba en sus días de pesca. Las venas cansadas, azules y gruesas, pedían auxilio al recorrer sus manos hasta alcanzar su corazón. Tomó un sorbo de agua de su botella. Si no llovía pronto, estaría en problemas. Pero ya estaba en problemas. El tono celeste y burlón del cielo, no le daba la esperanza de derramarle una sola gota de agua dulce.

El hombre se acostó poniendo los pies hacia adentro.

Sintió el sol hervir y quemar su cuerpo. Un día más. ¿Podría soportarlo? Se acomodó entre los tablones como pudo. Se inclinó hacia su lado derecho hasta encontrarse cara a cara con una madera astillada. Se sintió más pesado que el día anterior. Su barba estaba dura, húmeda, olía a sal y a restos. A sus pelos no los alborotaba el viento. Buscó en los bolsillos de su chaqueta un pedazo de pan. La chaqueta que usaba en sus días de pesca. Sintió sus manos más secas. Más duras. Más tristes. Vacías. Tomó el último sorbo de agua que guardaba en la botella. Si no llovía pronto, estaría en problemas. Pero ya estaba en problemas. El tono azul y burlón del cielo, le lanzó gotas de agua seca.

El hombre se despertó poniendo los pies hacia afuera.

Sintió el agua helada tocar su piel. Un día más. ¿Podría soportarlo? Intentó sentarse. La pesadez de su cuerpo le dificultó hacerlo. Se inclinó hacia adelante hasta encontrar su reflejo. Su mirada estaba marcada por algo que el día anterior sus ojos no habían descubierto. Su barba brotaba blanca y confusa. A sus pelos los alborotaba sin ilusión el viento.

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El hombre se acostó poniendo los pies hacia adentro.

Buscó entre sus cosas un trozo de pan. Sintió sus manos más pequeñas. Más suaves. Sonrientes. Saboreó su alimento como lo hacen los niños traviesos cuando roban a sus abuelos un chocolate o un caramelo. Si lo descubrían, estaría en problemas.

Y con ese tono burlón que aprendió del cielo, el hombre se lanzó al mar.

Rossana Sala

Abril 2020

Pandemia


Copia de 2020-04-15–¡Vamos! ¡Con fuerza! ¡Que es exigente!

¿Qué sexy gente?

Me parece oír al profesor. Pero es imposible. Imposible, porque estoy pedaleando sola, sin gorra, sin aretes, con las uñas rotas y la ropa suelta y, porque la clase que estoy viendo en YouTube, debió haber sido grabada hace cuatro o cinco meses, en Italia o en España, cuando el invierno no había llegado y nadie lo esperaba, así como vino para no irse todavía.

Me distraigo. No quiero pensar en eso.

–Comiencen suave. Este es el plan, les esperan cincuenta minutos, cuatro cuestas hasta coronar la montaña.

¿Coronar la montaña?

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El tema es que, después de muchos años, me he reencontrado con mi bicicleta estacionaria, esa que venía usando para colgar sombreros y una que otra cartera. Y he descubierto con cierto beneplácito que existen programas que, mientras el profesor te llena de indicaciones, puedes hacer ejercicio y escuchar música y ver árboles, calles, gente, autos, motos, casas, mares, montañas, el cielo azul, flores y casi sentir el viento y estar a punto de respirar aire fresco.

–¡Vamos! ¡Pronto acabaremos!

2020-04-15 6Pedaleo plano, velocidad constante y luego subo, tiro hacia arriba, me paro, la música me lleva, We will rock you, me inspira Queen, lagunas, bosques, calidad de resistencia, no puedo, si puedes, sube, ¿hasta cuándo?, párate, siéntate, quiero salir, no debes, la ruta es increíble, infinita. ¿Adelgazaré con esto? Cambios de cadencia. ¿Decadencia? Aguanta. El baile. La intensidad está en la carga, no veo el sol, no siento el viento, no huele a tierra, inventa, imagina, llegamos a la parte más dura, tu puedes, I used to rule the world… comienza Coldplay. ¿Cuándo terminará esto? Aplanemos la curva, punto de inflexión, estamos llegando. Martillazo. No encuentro flores, cuatro paredes, no siento voces, no hay colores. Ten paciencia, nadie dijo que sería fácil.

–¡Pueden tomar agua! ¡Donde está la bandera terminamos!

Con mi toalla roja me seco el sudor de la frente y de los brazos.

2020-04-15Me paro. ¡Ciento diez giros por minuto! ¡Allá voy! Hace mucho que no iba tan rápido. Y los pedales se aceleran y se escapan de mis zapatillas, no puedo controlarlos, me golpean y mis pies se quedan atrás y la música empieza de nuevo y no veo más el video, el YouTube maldito y al profesor y sus gritos y mis rodillas sangran, me falta aire, mi cuerpo se enrosca, busca ir al pasado y se protege como un feto.

Quedo atrapada entre el asiento y el volante.

–¡Estamos coronando la montaña! ¡Cuando lo logren les doy una tregua!

 ¡No puede ser! En veinte años montando bici por piedras y tierra, pantanosos bosques y bajo la lluvia, nunca me he caído y ahora, estoy enrollada en una bicicleta estacionaria, en el dormitorio de mi casa sin poderme levantar.

Me duelen los brazos, el hombro derecho, las manos. No veo luz. Traspiro. Necesito paz.

El pelo se me pega en la frente. Debí amarrármelo.

Las cuatro paredes.

¿Hasta cuándo?

–¡Todavía no tomen agua! ¡Con fuerza! ¡Seguimos de pie! ¡Vamos! ¡Que es exigente!

No joda! Que sexy nada, que estoy sola en mi casa. ¿No entiende? Me agarro del timón. El cielo está negro y cargado de estrellas. ¡Busquen su resistencia! Dice el profesor mientras le inspira Abba, You are the dancing queen y alguna cancioncita más. Desenredo mis piernas. Me levanto. Salgo de la bici. Mis heridas sangran, me duelen, las limpio con mi toalla y, como si un caballo me hubiera lanzado al suelo, me paro y vuelvo a montar.

–Cojan el ritmo, aguanten, que ya terminamos. ¡Encuentren la bandera!

Y me imagino ricas montañas, fértiles tierras, risueñas playas, autos, calles, ríos, quebradas, gorriones, bulla, gente, bocinas, supermercados, un roce, un abrazo, un beso, una caricia, mi toalla roja, es mi Perú.

2020-04-15 16Rossana Sala

Abril 2020

Pandemia

(Párrafo final inspirado en la canción “Mi Perú” de Manuel “Chato” Raygada)


IMG_1371Minutos antes de acercarme al altar para esperar a Maritza y casarme por fin con ella, Esteban Gorriti, hasta ese momento mi futuro suegro, sin ningún reparo, me dijo al oído al darme un abrazo:

“Espero que no corras la misma suerte que los anteriores”.

¿A qué se refería? ¿Anteriores? Pensé sin atreverme a revelarle que no sabía de qué estaba hablando.

Don Esteban, a sus setenta años y tras los vidrios de sus viejos anteojos de carey, así como se me acercó, se perdió entre una decena de invitados. ¿Pero quiénes eran? Me di cuenta en ese instante que, distraído y nervioso por esto de mi matrimonio, no me había percatado que esa gente que reía y conversaba y vestía de colores oscuros y no alegres como correspondía a una celebración como la que estaba a punto de llevarse a cabo, era completamente desconocida por mí.

¿Serían amigos de Maritza?

Necesitaba hablar con ella. No podía dar el “sí” eterno, sin antes saber quiénes eran “los anteriores” y cuál era la suerte, nada buena sin duda, que habían corrido o acaso los había hecho correr.

Doña Clara. Allí estaba ella. Tuve la esperanza de que la madre de Maritza, con ese afán por saberlo todo y de hablar sin detenerse a respirar o acaso pensar, alguna información podría darme. Tanto tiempo me había quejado de su capacidad de averiguar historias para luego, haciendo uso de una imaginación prolija, difundirlas por el barrio y más lejos todavía, que nunca le había prestado atención y menos aún sospechado que, en algún momento me beneficiaría de lo que ella llamaba uno de los tantos atributos que Dios en su infinita bondad le había concedido.

Las bancas de la pequeña capilla se iban ocupando. Algunos de mis familiares y amigos llegaban y yo no los saludaba ni de lejos.

Necesitaba salir lo antes posible de mis dudas.

Maritza había insistido en llevar a cabo la ceremonia en la capilla de Fordán, un pequeño pueblo frente al mar, alejado de nuestras casas pero que, por alguna razón que ella misma no sabía explicarme, decía amar. Yo, que no era devoto ni nada que se acercara a eso, no me opuse a la boda religiosa ya que para mí lo importante era que me casaba con ella y no ante quién ni dónde lo hacía.

A mis cuarenta años, por fin, contraería matrimonio y ella, que según papeles tenía exactamente mi edad, aunque debo admitir que parecía un poco mayorcita, también se había animado a casarse por primera vez en su vida.

Miré la hora. Las doce y cuarto del día. La marcha nupcial y la entrada de la novia debían comenzar en quince minutos, lo que me daba tiempo para hacerle preguntas a doña Clara y que ella me respondiera y se explayara haciendo gala, sin misericordia, de sus atributos divinos.  De su único atributo, en caso pudiera considerarse como tal, pensaba yo, pero jamás fui capaz de decirle eso.

–Doña Clarita –le dije al tomar valor y su brazo derecho con todo respeto.

Sentí que mi cuerpo sudaba. ¿Sería por ese terno azul marino que me envolvía el cuerpo o por la corbata que me ajustaba el cuello o esos zapatos que recién notaba había comprado por lo menos una talla más chica?

–Doña Clarita –le repetí apartándola de sus amigos y sin notar que la acercaba a uno de los confesionarios.

¡A un confesionario!  ¡No podía ser casualidad!

Miré el altar y le juré a Dios en silencio que, si esa era una señal de las que tanto habla la gente, no faltaría a ninguna misa de domingo, tampoco de los sábados, iría a todas las de Gallo y las de Fiestas de Guardar no me las perdería ni enfermo.

Sin darme cuenta, me encontré como nunca en mi vida rezando, haciendo promesas.

–Maritza es…

Vi la lengua y los labios de doña Clara moverse en cámara lenta y hundir con su voz pantanosa mi mundo. Sentí su perfume con olor a flores secas invadir mis pulmones y mis zapatos se volvieron aún más pequeños. 

–Pero nadie te lo había contado muchacho, si todos saben que, cuando se casa mi hija, al poco tiempo…

Continuó la mujer con los detalles, mientras yo, sin querer oír ni entender lo que salía de esa boca que letra por letra destrozaba mis ilusiones, seguí con mi rezo cada vez más devoto y con mis promesas cada vez más grandes.

Y es por eso que hoy a mis ochenta años, sigo soltero, Maritza es siete veces viuda y yo voy a misa todos los días.

Rossana Sala

Febrero 2020

LA FLECHA ROJA

Posted: 25 October, 2019 in 2020
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 –Anda, la vas a pasar bien. Te vas a distraer y olvidar de la ciudad. Con seguridad algo se te ocurrirá.

Me había dicho Teresa con su especial cariño de amigos perpetuos recomendándome el lugar: una casita rodeada de árboles eternos, de esas en las que te dejan la llave debajo de la alfombra y jamás llegas a ver la cara del dueño.

Salgo a las siete de la mañana.  Quiero aprovechar la luz del sol para caminar en el bosque. 

Me acompaña en mi mochila Juan Rulfo. Pedro Páramo, su novela.  Cargo también una libreta de notas y unos cuantos lapiceros de tinta de diferentes colores. No sé por qué, pero tengo la vieja costumbre de separar por colores los párrafos y las ideas de mis historias. A mi edad, todavía no he podido encajar con la tecnología. Tampoco hago mucho deporte, así que eso de caminar por las montañas no es usual en mí.

IMG_1475La mañana es fresca. El viento suave. La ruta está marcada por una flecha roja que debo seguir hasta llegar al rio, como señalaban las indicaciones dejadas por mi querida amiga en la puerta de mi refrigeradora.

El crujir de las hojas de los árboles al atravesar la vegetación, me da cierto temor. 

Temor a no encontrar el camino. En realidad, ¿me importa eso?

A quedarme solo en la vida; aunque esa es mi costumbre. Después de todo, siempre cambio de trabajo, de novia y, para mí, nada ni nadie es suficiente, como se encarga de repetirme Teresa.  ¿Es necesario acaso vivir con alguien? Le pregunto a ella sin recibir respuesta.

Miedo a que, estando rodeado de montañas, quiera regresar a la ciudad: a las bocinas y pitos de las calles, al olor a aceite caliente de motor, al cemento, al cielo de cartón, al café de la esquina o al pan con chorizo de la carretilla del viejo Martin. En realidad, no me afectaría dejar todo eso.

¿A Teresa?

A no inventar alguna historia: hace casi seis meses que no escribo. 

 “Samuel Carrasco, setenta años, ha publicado solo una novela. Todo un éxito literario. Éxito que nadie sabe si él mismo podrá superar.”

Dijeron las noticias después de mi última entrevista.

Pero si el mundo tiene ya suficientes libros, historias, cuentos. ¿Hace falta un escritor más?

Qué tranquilidad siento al escuchar cantar a los pájaros en medio del silencio, descubrir el vuelo calmado de unas mariposas azules y respirar la humedad de la hierba.

Y aquí estoy yo, tres años después de la publicación de mi gran novela, mi única novela, siguiendo una flecha roja, rodeado de árboles y flores, con una mochila al hombro, lapiceros de colores y una libreta en blanco.

Me quito la chalina y una de las chaquetas. Tomo agua. Me tropiezo y ensucio de barro mis manos. Me detengo para contemplar los árboles. Son inmensos. No soy experto en naturaleza por lo que decido que son pinos. También decido que los otros, los de hojas más suaves y claras, son robles, y algunos, los más altos y de gruesos troncos, son cedros. 

Se me ocurre que los pájaros que me acompañan con sus silbidos y reclamos son jilgueros y palomas, y que las distintas flores son simplemente geranios. 

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Y mientras sigo la flecha roja, una azul me distrae. Entonces cambio de flecha. Sigo la nueva por ser más resplandeciente y, sin embargo, a los pocos metros, descubro una verde que me parece más larga, más fuerte y después una amarilla, que considero más alegre, por lo que vuelvo a modificar mi destino.

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Es en esos cambios de rumbo, que pierdo todas las flechas y aunque, por la hora, el sol debería estar brillando, el bosque está oscuro y mi camino perdido.  

Envuelto en mis pensamientos, en el olor a cedro o mejor a roble, en las ideas para un cuento que no llego a alcanzar, me encuentro frente a una cabaña.

Sus gruesos troncos marrones y rojizos, el techo a dos aguas de simetría perfecta, aquel letrero que da la bienvenida yel humo de la chimenea que calienta el cielo, me invitan a acercarme a la puerta sin preocupación. La toco con delicadeza. Nadie me abre por lo que insisto con fuerza.

Allí, parado, imagino al dueño del lugar. ¿Sería un ermitaño? O un asesino. A lo mejor un psicópata. El principio de mi esperada novela.

La humedad de ese bosque cerrado comienza a invadir mis huesos. 

Me asomo a una de las ventanas para mirar el interior de la cabaña.

Y allí estoy yo, Samuel Carrasco, sentado a una mesa cuadrada, rodeado de libros, cuadernos y libretas, escribiendo.

¿Cómo es posible que yo esté allí?

No me detengo ni para tomar un sorbo de esa taza, con seguridad de té negro, que dejará de humear sin ser probada.

Alguien se le acerca a ese hombre que por su apariencia debo ser yo, pero que por el ímpetu con el que trabaja, es imposible.

El sujeto se pone de pie apoyándose en el respaldar de la silla.

¿Pero cuántos años tengo?

De un momento a otro, el hombre y su acompañante, una mujer, desparecen de mi vista. 

El crujido de la puerta principal llama mi atención.

–Ten cuidado, Teresita. Vamos. Necesito comprar lapiceros antes de que se me escapen las ideas.

Dice el hombre al agacharse, sujetándose de la perilla, para esconder una llave bajo la alfombra.

Los veo irse. Tomados de la mano, cada uno con su bastón, siguen el camino de pinos, cedros, jilgueros, palomas, simplemente geranios, lo que yo decida, marcados por fin por una sola flecha: la roja.

Rossana Sala

Octubre 2019


IMG_0985Algodón Dulce, la llama de Carlitos, es blanca y muy suave.

Carlitos, tiene diez años, blue jeans, gorra amarilla y sonrisa traviesa. Le hace cariño, conversa y juega con su llama. Le da de comer pasto tierno y la lleva de paseo al campo.

–¡Ven, salta! ¡Seguro que te va a gustar esta laguna!  –le dice sin acercarse mucho a la cara de su mascota para que no le escupa. Porque las llamas cuando se asustan, lanzan su saliva como proyectiles, muy lejos y muy fuerte, y a Carlitos no le gusta mucho eso.

Algodón Dulce hace piruetas.

IMG_0990Están felices.

Pero de pronto, la juguetona llama deja de caminar.

¿Qué le pasa?

Algodón Dulce, abre sus ojos redondos como platos y brillantes como piedras negras y bate sus blancas pestañotas.

No contesta y se esconde detrás del viejo tronco de un molle.

–¡Ay! ¡Mi patita! ¡Me duele! –dice sentándose bajo la sombra del árbol.

Carlitos se acerca a su mascota y se agacha para ver qué le ha pasado.

La quiere mucho y le gusta cuidarla. Le levanta la pata delantera para revisarla.

–Se te ha metido una astilla entre los dos dedotes de tu pezuña –le dice acariciándole la pata.

–¿Una astilla? ¡Suena horrible! –dice la llama moviendo sus puntiagudas orejas.

–Es solo un pedazo de madera. No te preocupes.

–¿Me la puedes sacar? Me duele mucho. Yo solo estaba jugando –Algodón Dulce se lame la pata con su áspera y larga lengua.

Carlitos le sopla la herida y le hace cariño en la panza redonda, peluda y tan suave que parece una nube.

–A cualquiera le puede pasar, Algodoncito. No es tu culpa.

Pero el niño no sabe cómo sacarle la astilla a su mascota. La acaricia otra vez.

Necesita ir al pueblo por ayuda.

–No te preocupes Algodón Dulce, seguro que encontramos la forma de traer al doctor para que te cure.

El muchacho y su llama se ponen a planear qué hacer. Dos cabezas siempre piensan mejor que una, ellos lo saben muy bien.

–¡Hola! ¿Qué hacen por acá?

Algodón Dulce y Carlitos sonríen.

Esa voz la conocen muy bien.

–¡Es mi hermanita, Esponja Rosada! –dice Algodón Dulce pegando un brinco, olvidándose por un segundo del dolor en su pata.

Y allí está ella, suave, elegante y, por supuesto, rosada, saltando de un lado a otro por el campo.

–Vine a jugar con ustedes.

–¿Nos puedes ayudar? A tu hermano se le ha metido una astilla en la pata y le duele al caminar. Tenemos que ir por el doctor al pueblo.

–¡Vamos! –le dice Esponja Rosada al niño–. Súbete a mi lomo que dando brincos te llevo.

–¿Brincos? –se preocupa Carlitos acomodándose la gorra y sujetándose con fuerza de la acolchada lana del animal –. Pero, por favor, con cuidado y nada de escupir.

–¡Yo no hago eso! ¡Soy muy educada! ¡Una perfecta llama! –dice traviesa Esponja Rosada despidiéndose de su hermano con la cola.

Y así, Carlitos y Esponja Rosada se van al pueblo en busca del doctor.

Mientras espera, Algodón Dulce decide tomar una siesta bajo la sombra del molle.

El cielo está azul. Falta poco para la hora del almuerzo y empieza a hacer calor.

–Qué bueno que me van a sacar la astilla de la patita –piensa Algodón Dulce y se queda dormido.

IMG_0986Al abrir los ojos, Algodón Dulce se encuentra con Carlitos y su gorra amarilla y el doctor y su mandil blanco, que lo miran muy atentos mientras Esponja Rosada, revoltosa como siempre, persigue mariposas cerca de la laguna.

–¡Ya no me duele nada! –dice Algodón Dulce mostrando sus graciosos dientes inferiores.

–Mi dulce Algodón Dulce –dice el niño apachurrando a su mascota –. Mientras dormías el doctor te sacó la astilla. ¡Ni te diste cuenta! Gracias a tu hermana, pude llegar al pueblo muy rápido.

–¡Qué bueno! –dice Algodón Dulce agachando la cabeza para mirarse la pezuña.

–Ahora vamos a la casa para que descanses –dice el doctor.

–Otro día venimos con Esponja Rosada a la laguna para que se diviertan en este campo tan verde, lleno de margaritas –dice Carlitos.

–¡Y de mariposas! –dice ella feliz.

–¡Yo también quiero venir con ustedes! –dice el doctor parándose de un gran brinco.

–¡Salta como una llama! –bromea el niño.

Todos se ríen.

Carlitos, el doctor, Algodón Dulce y Esponja Rosada, regresan a casa.

Ha sido un día muy largo y están cansados, pero felices de estar juntos.

 

Rossana Sala

Junio 2019

 

Segunda parte del cuento “Una Nube para Carlitos” publicado en este blog