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CARTA DIRIGIDA AL DR. MARIO VARGAS LLOSA

ESCRITA POR UNA JOVEN (NOVATA) CUENTISTA

¡Doctor Vargas Llosa! –me atreví a llamarlo después que apareciera la luz roja para la inspección de maletas. Sin más, como desenvainando una espada, le entregué mi tarjeta de presentación y antes de que acaso usted pudiera huir desesperado de mi envolvente verborrea, le mencioné (juro que esforzándome por ser breve) que me gusta escribir, que tengo un blog, que me presenté a un concurso de cuentos, que…–Rossana Sala –me interrumpió pausado (y cortándome la viada). –¡La voy a leer! –dijo, bajo su mirada escribidora, único testigo silencioso de aquella solemne promesa, alejándose raudo y con sofisticada cautela del resto de mis historias.

La narración de ese encuentro improvisado y extraordinario (para mí, al menos), impulsado por la mágica luz de una conveniente aduana (otra vez para mí, lo siento), pudo haberse transformado en una fantástica obra de la literatura. Sin embargo, se vio frustrada por el inexorable hecho que a usted, noble y nobel, hasta hoy le ha sido imposible cumplir con su generosa oferta, pues no he publicado libro alguno y el nombre de mi blog ¡no aparece en la tarjeta!

¡No! ¡No debo permitir que viva usted con esa carga y que el mundo diga que por culpa mía, su inspiración calla!

Es por eso y solo por eso que con mis hijos, mis mejores cartas, le hago llegar estas líneas, tan irreverentes como necesarias.

Y al terminar de leer este relato, no habrán de pesarle más mis faltas,  pues sin notarlo fue encaminado a cumplir con su palabra, honrando aquel juramento pronunciado a media noche, entre mi verbosidad inquieta y sus apuradas maletas.

Un abrazo y hasta pronto, espero.

Rossana Sala Estremadoyro
https://rodandoentrelineas.wordpress.com/
Lima, 13 de marzo de 2012
NOTA: Finalmente mis hijos no llegaron a entrevistar a MVLL y entregarle un ejemplar de  su excelente libro CARTAS A UN JOVEN NOVELISTA para que me lo dedique. La versión impresa de esta carta espera así (pacientemente) ser leída por su destinatario cuando la encuentre escondida en ese libro o cuando se tropiece con este blog. Lo que suceda primero. Nada es imposible.


Jamás había pensado que algo así me podría causar una sensación distinta al fastidio. Me tocó luz roja, pero estaba feliz. Feliz, mientras mi mente escrutaba opciones: a, b, c, d, ninguna de las anteriores.

Yo, llegaba a Lima. Tenía la esperanza que al presionar el botón de la luz de la aduana, aparezca la verde y evitar así la tediosa  inspección  de maletas. De pronto, me topé con su culta mirada. Sin quererlo, le sonreí con suave timidez recibiendo a cambio una mesurada sonrisa.

Caminaba silencioso y paciente.  Su hilera, paralela a la mía, era de esas que avanzan y avanzan hasta el infinito y que por culpa de  las inexorables  leyes matemáticas, están destinadas a no cruzarse jamás.

Pero hasta las matemáticas son impuras: rompiendo evangelios,  profecías y hasta axiomas, nuestras dos líneas equidistantes y paralelas, se cruzaron súbitamente al ser lanzadas cada una desde su propio punto, el de la luz roja de la aduana. La intersección (X) se dio así, en plena revisión del equipaje.

Y allí estaba yo, feliz. Feliz con mi luz roja, mientras mi mente escrutaba opciones: a, b, c, d, ninguna de las anteriores.

Él,  colocó sus maletas en la cinta correspondiente.  La monotonía  del equipaje entrando y saliendo por la banda, se quebró en un flash.  Ipads, Blackberries, celulares y hasta cámaras fotográficas, aparecieron de todas partes. Detrás de las máquinas, encima de las maletas, a los costados, todos querían tomarse una foto con él. Él, aceptaba los pedidos con ilustrísimas sonrisas que llegaba a esbozar, sospecho, debido a su nobel nobleza.

¿Qué hago? ¿Qué hago? –seguía yo imaginando opciones a sabiendas que se me escapaba (la presa).

Una foto. ¡Una foto más entre tantas maletas!  ¡Uf, no! ¡Qué actitud tan plebeya!

Un autógrafo. Imposible. Había dejado en casa su libro Cartas a un Joven Novelista. ¡Doctor  Vargas Llosa!  –me atreví a  llamarlo sin más. Como desenvainando una espada, le entregué mi tarjeta de presentación y antes de que acaso pudiera huir desesperado de mi envolvente  verborrea, le mencioné (juro que esforzándome por ser sucinta) que me gusta escribir, que tengo un blog, que  me  presenté a un concurso  de  cuentos,  que… –Rossana Sala– me  interrumpió  pausado   (y cortándome la viada). –¡La voy a leer! –dijo,  bajo su mirada escribidora,  único  testigo  silencioso  de aquella solemne promesa, alejándose raudo y con sofisticada cautela del resto de mis historias.

Y es así como él se fue, amable, educado, escueto, cumpliendo pulcramente aquel axioma,  pisando firme su perfecta línea paralela.

Y allí me quedé yo, sin haberle mencionado el nombre de mi blog,  sin su foto y sin su firma, infinitamente parada y lela.

Escrito por Rossana Sala, el 13 de marzo de 2012, en busca de una intersección ¡carajo!