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-Mami, te voy a hacer una pregunta pero prométeme que me vas a responder con la verdad y nada  más que la verdad –sentenció Daniela con su mirada fija y juguetona, con el cabello revuelto por aquí y por allá. Era tarde. Olía a talco.  La recuerdo sonriente, abrazada por las tibias mantas de su cama, vistiendo su pijama favorito, el de las estrellas azules. Estaba lista para soñar.

-Claro que te prometo –le respondí arropándola, haciendo a un lado el libro de cuentos que le acababa de leer.

Y  disparó su inquietud entre mis ojos, directo, bajo el impulso fortuito de la implacable luz de la mesa de noche. Sin dejar siquiera un lugar oscuro donde poderme resguardar.

-Papá Noel, ¿existe?

Y la miré.

Y me miró.

-¿Tú qué crees? –repregunté al sentirme en un callejón sin salida ante mi ingenuo juramento de decir la verdad y nada más que la verdad. Así, a quemarropa.

Allí estaba ella, chiquita, revoltosa,  colmada de su impertinente curiosidad y astucia. Pero al mismo tiempo con su carita enternecedora, como suplicando una respuesta cargada de ilusiones, trineos, renos y carcajadas. ¡JOJOJO! ¡JOJOJO!

-¿Tú qué crees, niña linda? –insistí sin haberle dado mucho tiempo para pensar y buscando  un refugio instantáneo en mi imaginación.

-No sé mami, por eso te pregunto –respondió de inmediato. Debo confesar que en ese instante, me arrepentí de haber pasado tantas horas a su lado jugando a razonar. A sumar, a restar, a calcular.

Razona Rossana, razona Rossana, decía para mis adentros. ¿Qué le digo? ¿Qué le digo?

La verdad.  Eso fue lo que salió de mi boca.

En ese momento copos de nieve, estrellas fugaces y luces de bengala invadieron la habitación.

Daniela se durmió en silencio mientras le acariciaba la espalda.

No quiso saber más.

Han  pasado muchos años y sigue escribiendo su lista de Navidad. Papá Noel se ha de encargar.

Escrito por Rossana Sala el 18 de diciembre de 2011.  A punto de salir de compras. ¡JOJOJO! ¡JOJOJO!

Líneas. Nada más.

Posted: 11 December, 2011 in 2011, diciembre
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Podría describir al personaje con cinco líneas y dos  más.

Hacerlo de esa manera, sin embargo, no sería el objeto del curso de narrativa.

De pequeña, la profesora del jardín de infancia, huesuda y estricta como no hay más, nos llevó una mañana a dar un paseo. Recorrimos un corto camino contando pájaros azules y flores amarillas. Cruzamos un inmenso jardín, luego un muro. Allí estaban esperándonos: siete caballos pastando. Fuertes. Impecables. Vanidosos.

Al terminar el apacible recorrido,  la maestra pálida y siniestra como no hay más, nos advirtió que al día siguiente, dibujaríamos lo que hace un instante ingenuamente nos había hecho mirar. Hoy pienso que nos tendió una trampa. Todavía siento el retumbar de los vidrios,  efecto indecible de su estridente voz. Es como si estuviera escuchándola desde mi pequeña mesa de madera.

Definitivamente, fue una trampa.

Mis padres deben recordar, sin agrado y no los culpo, la tragedia de esa tarde en casa.

Entre mis sollozos, húmedos y desgarradores,  buscamos con angustia imágenes de caballos. Figuras en libros o revistas que me pudieran servir de modelo.  ¿Cómo haré mi tarea mami?

No existía el oráculo. No había Internet.

Pocos días después, mi madre fue citada a hablar con la directora del colegio.

“Esto es lo que ha pintado su hija in der Klasse”-le señaló la monja en un áspero español revuelto con alemán mientras incrustaba su dedo índice en mi obra de arte- “una línea horizontal, un poco de grama y el sol. ¡Nichts mehr! ¡Nada más!  Cuando le pregunté a su niña por los  caballos, ¿wo sind die Pferde?,  ella me explicó que estaban detrás del muro y que por eso no  podían verse. ¡No! ¡No! ¡No! ¡Nein! ¡Nein! ¡Nein!”

Está claro. No soy artista. Lo que me ha llevado impajaritablemente a pasear por esta vida  buscando alternativas. Coloreando  a los niños de espalda con pelos revueltos. Evitando engorrosas narices, ojos, bocas. Encontrado soluciones prácticas pero honrosas para salir con decoro del más tenaz aprieto.

Por eso estudié letras en la universidad. Por eso huelo a perfume y no a aguarrás. No uso lienzos, ni brochas, ni toscos mandiles manchados de verde, lila y cal. Por eso acudí a mi verborrea para describir a una celebridad. Destaqué atributos, gestos, obras, nada más.

Pero lo hice mal.

“Debiste haber pintado con palabras, como si fuera un lienzo” –me corrigió el catedrático desde su esquina.

Lo escuché en silencio, desde mi pequeña mesa de madera.

Podría describir al personaje con cinco líneas y dos  más.
Hacerlo de esa manera, sin embargo, estaría otra vez mal.

Me inspiro. Me desinspiro.

Busco en Internet a mi personaje. ¡Jaja!

¡A pintar!

El teclado del ordenador será mi paleta de colores. La letra “I”  el pincel.

Dibujaré el rostro.  Solo facciones. Cuánto menos abarque, mejor.

Esbozo el semblante cansado dentro de la cara rectangular. Con trazos firmes surco la frente.

El  mentón  imperceptible en comparación con los redondeados pómulos.

La nariz chata, como destinada  a perderse los mejores olores de la vida.

La boca algo roja. Pequeña. Prudente. Cerrada. Agotados pliegues la circundan.

¡Siento lástima!  Mejor  despinto esa seriedad.

Le esbozo una  sonrisa. Aunque sea escueta.

Dientes, aunque sean pequeños.

Todos tenemos derecho a reír, aunque sea  poco.

El cabello: abundante, chuto, blanco, negro, blanco.  No sé cómo dibujar el efecto ese que tiene, el de no brillar.  Dicen que estar contento, hacer el amor y yo le sumo, comer chocolates, hace mucho bien. Su pelo no es feliz.

Su pelo le cubre parte de la frente, como un garabato.

Las orejas carnosas. Con unos cuantos vellos para mitigar lo que, ya de viejo, no interesa escuchar.

El color del rostro: amarillo, marrón claro, algo de blanco quizás.

Ahora las gafas. Rectangulares. Metálicas.  Y tras ellas, bajo pesadas cejas blanquinegras, dos  pequeñas líneas filudas. Tanto, que dan la sensación de que a través de ellas no es posible ni mirar.

Encierro el dibujo en un recuadro, un marco oscuro, una celda de mi computador quizás.

Podría describir al personaje con unas cuantas líneas:

Cinco líneas verticales, gruesas,  largas. Que nacen del piso y mueren en un techo lejos del hogar.

Dos líneas horizontales, cortas, finas. Que dan la sensación de que a través de ellas no es posible ni mirar.

Como el muro de mis recuerdos, lo que he pintado, también está atrás.

Escrito por Rossana Sala, el 7 de diciembre de 2011. ¡Olvidé el cuello! ¡Los hombros! ¡Nein! ¡Nein! ¡Nein!


La sangre por sus venas tarda en recorrer su humanidad, su ego.  Las palabras de su boca, sin embargo, convencen pronto al que está aquí o allá.

Empezó por los balcones, marcando caminos, flameando pañuelos de paz. Hechizando a quien lo mira. Agachando el oído para mandar.

Ojos negros. Grandes manos. Busca hacerse  respetar. Con un aire majestuoso que al pequeño lo hace más. Orgulloso. Arrogante. También triste. Abruptamente puede cambiar. De copiosa cabellera, no común para su edad. Entusiasta. Sonriente. Encantador, quizás.   Es sencillo y es travieso. Su baile suelen criticar.

Su pensamiento es claro. Sus ideas son históricas. Eléctricas. Retóricas.

Ha crecido. La abundancia lo ha llevado a ser cada día más.

Todos vuelven, dice el canto. El se ha ido. Quizás quiera retornar y al hacerlo piense hallar,  a tanta gente que a brazos abiertos lo espere.  Brazos como los del Cristo. Aquél  que sembró  en un cerro, viendo al mar. Aquél a quien un día sedujo, para  que le infunda el precioso don de orar. Y orar y orar.

Rossana Sala

Lima, 2 de diciembre de 2011  (Escrito para el curso de narrativa de Alonso Cuento. Tarea: descripción de un personaje importante)