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¿Y QUÉ PODÍA DECIR?

Posted: 25 June, 2018 in 2006
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—Vámonos a Morrocoy —me animó Elisabetta con su acento italiano a pesar de los casi treinta años que vivía en Caracas y añadió—: Nos llevan en peñeros a los cayos que bordean la costa. El hotel organiza todo. Es solo por el fin de semana. Conoceremos gente linda. Además nos vamos en el Alfa Romeo descapotable de mi ex esposo.

¿Y qué podía decir?

Nos pusimos los lentes de sol y partimos.

Ya instaladas en el hotel, contratamos al famoso peñero que resultó no tratarse de un yate de lujo ni nada por el estilo.  Un sencillo bote de madera con motor fuera de borda, guiado por un hosco pescador que, cual autobús de los mares, desembarcaba a los pasajeros en diferentes islotes que forman el Parque Nacional Morrocoy.

—¡Que se alisten los del cayo Sombrero! —avisó el conductor asegurándose que no le hagamos perder el tiempo.

Nos bajamos unas ocho personas, cargadas de coolers y maletines, listas para pasar un gran día en la isla más popular de la zona.

—¡A las cinco de la tarde los paso a buscar! ¡No espero a nadie! —nos advirtió mientras se alejaba dejándonos en tierra sin siquiera mirarnos, para seguir su ruta con los demás pasajeros.

El sol se anunciaba severo. Habían pronosticado unos cuarenta grados centígrados para ese día. La arena blanca, suave, estaba colmada de gente, toallas, sillas, mesas. Muchas personas se protegían bajo las palmeras, lo que me parecía por demás peligroso, en especial cuando vi caer algunos cocos que los niños corrieron a recoger felices para saborear su néctar.

En la orilla del mar, nos acomodamos como pudimos bajo la amplia sombrilla  que, precavidas, alquilamos en el hotel.

¡Pero bueno, es el Caribe!  ¡Qué lujo! El mar tranquilo, sus aguas transparentes de diferentes tonos de celeste, verde, turquesa, parecía un lienzo de movimientos serenos. Embadurnadas con cremas solares, para regresar bronceadas a Caracas cuales diosas del Olimpo, nos dispusimos a gozar de un poco de paz, descansar del trabajo, leer, dormitar, conocer gente simpática. Entonces empezaron a ofrecer sus productos, alrededor y encima nuestro, los vendedores de pareos, collares, helados y de todo tipo de menjunjes macerados con mariscos afrodisíacos de denominaciones extravagantes. —¡Rompe colchón! ¡Siete potencias!  ¡Vuelve a la vida! ¡Vendo! —pregonaban sin respeto alguno.  Al rato, nos animamos a comer  pescado con tostones y queso que llevaban hasta la playa desde los pocos restaurantes del lugar. Mientras saboreaba mi platillo, con esas lonjas de plátano frito y aroma a miel, un muchacho atrevido que caminaba por la orilla me quitó el apetito al gritar desde lejos y para el oído y mirada de todos los vecinos: ¡Mami, no comas tanto pescado que te va a crecer la barriga!

Solo me bronceé la espalda aquella tarde.

Las cinco en punto. Elisabetta, yo, la sombrilla y todos nuestros corotos nos dispusimos a esperar en el muelle a nuestra embarcación. USNAVY, así se llamaba. —Es el nombre de mi nieta mayor —nos había explicado el dueño del peñero.

Las cinco y treinta.   Los lanchones partían atiborrados de gente agotada después de un largo día de playa. Familias enteras se trepaban en ellos. USNAVY no se veía ni de lejos. Cientos de mosquitos comenzaron a atacarme.

—Ten cuidado con esos bichos. Son jejenes y su picadura arde mucho —me previno Elisabetta—. ¿Trajiste repelente?

¿Y qué podía decir?

Solo me quedó meterme al mar con el agua casi hasta la nariz, para esperar al bote.

Mi pobre amiga, iba y venía por el corto muelle. —¡Hola! ¡Hola! —intentaba comunicarse por teléfono celular con alguien del hotel hasta que al fin le contestaron. En ese momento casi pude notar la sangre italiana que recorría sus venas y le salía de la boca a borbotones convertida en furiosas oraciones: ¿Cómo que no quisimos subirnos al peñero? ¿Ma che cosa dice? ¡Vaffanculo!¿Qué vinieron por nosotras y se fueron? ¡Cretino!

Y nos dejaron en la isla.

Poco a poco la playa empezó a despoblarse. Algunas personas montaron sus carpas para pasar la noche. Por supuesto que allí no había hoteles ni nada que se les asemeje.  Los botes partían cargados de gente y sin espacio disponible para almas desamparadas como las nuestras. Elisabetta  llamaba una y otra vez al hotel. Gritaba. La oí hablar y responderse sola varias veces. Me di cuenta que además del español y del italiano sabía hablar otras lenguas incomprensibles para mí.  Me imaginé que serían dialectos creados por ella.  Por momentos la vi tan desesperada, moviendo nerviosa las manos, los dedos, la cabeza que legué a la conclusión que más de una Elisabetta habitaba su delgado cuerpo. Seguro que por eso los jejenes ni se le acercan, pensé con  envidia. A mí en cambio,  calladita, metida en el agua, no dejaban de aguijonearme la cara.

Al rato, se me acercaron preocupados unos turistas, por coincidencia italianos, que al ver a una mujer  en el muelle quejarse sola contra el horizonte, sospecharon lo peor y no se atrevieron a hablarle directamente.

—¡Ma, non c´è problema! —me dijeron cuando les expliqué nuestras desventuras—. Ya no tarda en venir nuestra barca.  Allí nos acomodamos tutti.

Y así lo hicimos. Viajamos con ellos. Elisabetta  gesticulaba y hablaba en un italiano apretado con sus coterráneos que, a pesar de todos sus esfuerzos, no pudieron calmarla, como tampoco lo hizo al día siguiente el administrador del hotel.

—¡Cretinos! ¿Cómo que no quisimos subirnos al bote? ¡Devuélvanos el dinero! ¡Nuestro dinero! ¡Además lo que pagamos por hoy!  Non siamo matte para ir con ustedes otra vez! —vociferaba con justa razón.

Y fue solo cuando alertamos de lo sucedido a los turistas que se acercaban por información, que nos devolvieron la plata y nos regalaron la sombrilla. Bueno, en realidad olvidamos devolverla. Fue una especie de botín de guerra.

Nos relajamos esa tarde en otra isla menos concurrida. Tomé sol boca arriba sin escuchar desatinados piropos.

Ya de regreso en el auto, con el techo descubierto, disfrutando del clima en ese tráfico lento y terrible que forma parte de las autopistas en Caracas, un muchacho unos diez años menor que yo, de cabello castaño y piel ligeramente tostada, se puso a conversar con nosotras desde el auto de al lado.

—Qué linda sonrisa tienes —me dijo.

No me sonrojé, pues porque ya estaba roja.

—Conversa rápido —me susurro Elisabetta— y ni pienses en quitarte los lentes de sol aunque se haga de noche.

El consejo llegó tarde. Para lucir mi bronceado, segundos antes me había deshecho de las gafas oscuras.

Elisabetta me miró de reojo. Una vez más invadida por sus ancestros romanos, me hizo muecas y, cosa rara en ella, no pudo pronunciar palabra. Solo atinó a señalar mis ojos. En ese  instante, algo extraño le pasó al muchacho de al lado ya que después de emitir un ruido ininteligible, al parecer de espanto, raspó a más de un automóvil en su frenética huída. Fue entonces cuando me vi al espejo y descubrí mis líneas de felicidad convertidas en grietas blancas, cinceladas en el rabillo de mis ojos. ¡Mis patas de gallo! Aunque todavía pequeñas, lucían hendidas y resaltaban sin pudor respecto al resto de mi tez ¡Merda! ¡Che vergogna! ¡Mamma mia! ¡Porca miseria! Ed io che non parlo l’italiano, scusa, y yo que no hablo italiano, me expresé en aquella lengua romance con una fluidez envidiable poseída por más de un antepasado de esas tierras que —debo admitir— también llevo conmigo.

¿Ma che potevo dire?

Escrito en abril de 2006, todavía sonrojada por el sol, el bochorno y los mosquitos, claro.

 

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salto avila¡Vamos a hacer rafting! —nos animó Mónica.

Por nuestras caras, seguro se dio cuenta que no teníamos idea de lo que nos proponía y como era de esperar, nos explicó lo que le convino.

—¡Es buenísimo! ¡Les va a encantar Barinas! Está a siete horas en auto desde Caracas. Saldremos el sábado al amanecer. ¡Remaremos en zódiacs rojos por el río! Es muy seguro. Además el resort es precioso. Yo me encargo de las reservas —nada la detuvo.

Fuimos cinco los convencidos.

—¡Las aguas están demasiado revueltas! Vienen cargadas de troncos, rocas y barro. No podremos zarpar hoy —nos esperó con la mala noticia Jairo, el dueño del hotel.

—Los llevaré a su dormitorio —le dijo a nuestro grupo y a seis personas que no conocíamos.

—¿Dónde están nuestras habitaciones? —le pregunté a Mónica al dirigirnos a una vieja construcción de madera rodeada de vegetación.

Diez camas camarotes. Las mismas cuatro paredes para todos. Un baño.

¡Mónica!

Nos acomodamos como pudimos.

—¡A levantarse! —nos despertó Jairo —¡Los botes nos esperan!—

Abrí los ojos y descubrí, bien instalada en mi almohada, peluda y de patas largas, a una araña que me observaba. De más está describir mi grito en estas líneas.

Una embarcación estaría dirigida por el propio Jairo. La otra, por Andrew, un muchacho australiano, cuya visible fortaleza física y nuestro aguerrido instinto de supervivencia, nos impulsó a elegir como guía.

Repartieron remos, cascos y chalecos salvavidas. Nos explicaron las partes del bote y algunas reglas imprescindibles de navegación. Practicamos los movimientos en equipo. —¡Agárrense fuerte! — ordenó nuestro capitán y empujó de espaldas al agua a Bernardo, entusiasta miembro de nuestro grupo. ¡Estabas mal sujetado! —le dijo al pobre mientras por frío o miedo, salió tiritando y sin encontrar sus anteojos.

Aferrados tanto como es posible a una balsa de jebe, partimos.

No sé si fue la energía de las aguas o la nuestra, la que nos hizo deslizar con furia. Esquivamos rocas, árboles, ramas. Nos sentimos héroes, libres. Caímos por cascadas cargadas de barro. Nos sumergimos con los zódiacs para salir a flote empapados, invencibles. —¡Auxilio! —se oyó un grito. Al ver la balsa de Jairo volcada, el australiano se puso de pie en pleno tumbo. Con una soga en la mano, se lanzó al río. El caudal arrastraba a los miembros del otro grupo. Uno a uno fuimos por ellos. Los alcanzamos. Tiramos de sus brazos y chalecos. Con miedo y exhaustos los metimos en nuestro bote mientras con la cuerda y mucha firmeza, el australiano volteó la embarcación accidentada. Los ayudamos a volver a su zódiac. De un salto, nuestro capitán retomó su puesto como si nada hubiera pasado.

Una vez más, seguimos el cauce del río.

Esquivamos todo lo que se atravesó a nuestro paso.

—¡A la derecha! — ordenó Andrew y nos obligó a detener.

Por fin un descansito, pensé.

Bajamos del bote.

—¿Y ahora qué? —le pregunté a Mónica de la forma más educada posible.

En fila india, nos hicieron trepar una roca que alcanzaba un árbol cuyas ramas se extendían sobre las aguas histéricas del rio. —¡Que salte el primero! —dispuso nuestro capitán— ¡Déjense llevar por la corriente! ¡Yo los sujetaré con la cuerda! ¡No se preocupen!

Debo confesar que en situaciones como ésta, mi afán de preservación suele confundirse con la vulgar cobardía. Poco a poco mis compañeros de aventura, se dejaron caer al río. ¡Qué ganas tuve de darle a Mónica un empujoncito! Como para que coja viada, digamos. Nada agresivo. Pero yo, como siempre amable, me contuve. En un exceso de bondad, cedí mi turno para el salto a los miembros de los dos grupos. Varias veces.

— ¡Vamos ya tírate Rossana! ¡No seas miedosa! —me insistieron apurados para poder reiniciar el viaje. Yo (precavida), a más de cinco metros de altura y con el temor de encontrarme con un tronco sumergido que me partiera las piernas y el alma, me lancé de cara. Y así fue como, con el rostro ardiente y adormecido, me dejé conducir por esas aguas.

—¡Agarra la cuerda! ¡No la sueltes!— escuché que me decían.

Me aferré como pude a ella. Ayudada por mis compañeros me trepé al bote. Por dolor y bochorno sentí mi cara colorada. ¡Es el reflejo del zódiac! —me excusé.

—¡No seas pretenciosa Rossana! ¡Coge tu remo! ¡Dale con todo! —acaté la orden sin tener tiempo para un suspiro.

bote—¿Les gustó? ¡Ahora el helicóptero! ¡Todos a popa!—nos empujó Andrew hacia la parte de atrás del bote. Nos detuvimos. Tomó de nuevo la bendita cuerda y con ella empezó a hacerlo girar con nosotros dentro. Por simples reglas de equilibrio y de gravedad (pues la cosa se puso grave), un extremo de la embarcación se levantó de golpe. En el otro, quedamos nosotros, inocentes tripulantes buscando un helicóptero en el cielo. Y es en esos menesteres que el navío transformado en hélice, empezó a hundirse, claro está, con nosotros dentro.

-¡Todos a bordo!—nos conminó Andrew— ¡Son las tres de la tarde! ¡Abrirán las compuertas de la represa! ¡Debemos avanzar un kilómetro antes que la corriente suba y nos arrase!

Remamos tan, pero tan de prisa, que no recuerdo el trayecto a Caracas. Aún sospecho que lo hicimos navegando.

A Mónica, nuestra querida Mónica, no la hemos visto desde aquel día. Quizás se quedó en el resort de Barinas siguiéndole la cuerda a Andrew y su zódiac rojo. Se lo merece.

Caracas, julio 2006


Algo que me encanta de Caracas, son sus montañas.

Al salir de la casa o la oficina, temprano en la mañana o al terminar la tarde, unos cuantos minutos y unas buenas zapatillas, son suficientes para sumergirse en el mundo vegetal.

Buen estado físico y diversión, todo al alcance de los pies.

El sábado pasado, unos amigos de la oficina y yo, quisimos alcanzar el Pico Occidental. Para ello, debíamos subir mil cuatrocientos ochenta metros desde Sabas Nieves, uno de los puntos de acceso al Parque Nacional El Ávila.

Y allí estábamos parados, a las seis y media de la mañana, siete entusiastas cuarentones (algunos más recargaditos), vestidos de botines y pantalones cortos, casacas, relojes con funciones desconocidas por nosotros, cámaras digitales, celulares y sabe Dios qué más. Llevábamos mochilas, bastones para escalar, agua, bocadillos energéticos y angelicales sonrisas. Unos perfectos exploradores bajo nuestras gorritas. Bueno, no tan perfectos, pues la guía era yo. ¡Peligro! ¡Peligro! Pero eso, recién hoy lo vengo a confesar.

Avanzamos felices. Conversamos mucho al principio y lo imprescindible después. Es que se va gastando el aliento. Lógico. Pasamos calor, frio, hambre, sed, injusticias, nos abrigamos, sudamos. Nos detuvimos para tomar fotos, ver la ciudad, comer, beber, pero nunca, jamás, para descansar. Tres horas y media cuesta arriba. Seis kilómetros de ardua caminata, amparados por la sombra de los árboles, de nuestros bastones y de los recuerdos de mi memoria para encontrar la cúspide. Y lo hicimos.

A la derecha vimos el mar. Lejano. Azul. Silencioso.

A la izquierda, Caracas. Ciudad inquieta que parecía dormida.

Relajados, sentados sobre enormes piedras, por algunos minutos nos imaginamos el banquete que nos daríamos en Galipán. Pastas, carnes, quesos, buenos vinos. Se haría justicia al llegar. Pero antes, nos esperaban subidas y bajadas por lo alto de las montañas. —¡Vamos! ¡Debemos seguir! ¡El resto del camino es pan comido! —animé a mis amigos a levantarse, mientras con la mirada buscaba el tanque de agua donde debíamos doblar a la derecha y empezar el descenso.

La noche anterior había sido de tormenta. Sospecho que las lluvias alteraron la trocha. Tuvimos que atravesar zanjas de barro y subir rocas que nunca había visto. —¡Es por acá!— señalé el rumbo con mis bastones azules e inmutable actitud. Más de una vez había hecho esa ruta. Bueno, quizás no exactamente “esa” ruta.

—¿Estás segura?—me preguntó Mónica ya obstinada, a quien acababa de despegársele la suela de una bota. —Nada de estrenar zapatos —habíamos advertido para evitar ampollas. Ella exageró. Se la tuvimos que amarrar con una pita.

Continuamos algunos metros, hasta que para mi sorpresa, en medio de la vegetación, apareció el anhelado tanque. ¡Qué alivio! Doblamos. El sendero se angostó. Bastante. La tierra estaba húmeda. Fangosa. Mis amigos empezaron a lamentarse. Mucho. El cansancio, hambre, dolor del cuerpo, se empezó a sentir en los reclamos. Lamentos.

—¿Pero a qué hora llegamos? —se quejó Bernardo.

—Mira hacia abajo—me sugirió Luis y me señaló el despeñadero— ¿Por dónde nos traes, mujer? Imagínate si nos resbalamos—.

—No exageres. No pasa nada. Te agarras fuerte de las ramas y listo— lo calmé sobrada sin volver el rostro para evitar el vértigo.

Una de la tarde. El sol empezó a brillar, a calentarnos. Los girasoles pintaban las montañas y perfumaban la brisa que nos acariciaba el cuerpo. Pequeñas casas azules decoraban los cerros. Viejas pistas de cemento se escondían entre los árboles. —¡Ay no!— fue el grito que anunció mi debacle en medio de aquel paraíso. Mi bastón se hundió y juntos partimos hacia abajo. Rodé con fuerza sin saber a dónde iría a parar ni cuándo pararía. Me impulsaba la forma curva de mi mochila. Cogí las hierbas que atravesaba. Las matas se rompían entre mis manos. Una y otra vez se hacían trizas. Me cortaban los dedos. Se me metían en los ojos, la boca. —¡Miércoles! ¡Miércoles! —fue la única palabra que repetidas veces, con injustificado respeto e inesperado ritmo, brotó de mi alma. Finalmente quedé tirada a cuatro metros de un camino de asfalto. Mi gorra por allí. Mis anteojos más allá. Pero a mi orgullo ¡ay, mi orgullo! no pude encontrarlo. Varios rasponazos. Muchos golpes.

—¿Pero que te pasó, Rossana? De pronto ya no estabas. Escuché unos gritos entrecortados y vi aparecer de vez en cuando unas piernecitas entre los arbustos. ¿Es que no te sujetaste de las hierbas? —me preguntó Luis una hora más tarde, haciendo justicia en Galipán.

El resto, fue pan comido.

Escrito por Rossana Sala, en febrero de 2006, todavía sumergida entre la vegetación y algo de barro.