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salto avila¡Vamos a hacer rafting! —nos animó Mónica.

Por nuestras caras, seguro se dio cuenta que no teníamos idea de lo que nos proponía y como era de esperar, nos explicó lo que le convino.

—¡Es buenísimo! ¡Les va a encantar Barinas! Está a siete horas en auto desde Caracas. Saldremos el sábado al amanecer. ¡Remaremos en zódiacs rojos por el río! Es muy seguro. Además el resort es precioso. Yo me encargo de las reservas —nada la detuvo.

Fuimos cinco los convencidos.

—¡Las aguas están demasiado revueltas! Vienen cargadas de troncos, rocas y barro. No podremos zarpar hoy —nos esperó con la mala noticia Jairo, el dueño del hotel.

—Los llevaré a su dormitorio —le dijo a nuestro grupo y a seis personas que no conocíamos.

—¿Dónde están nuestras habitaciones? —le pregunté a Mónica al dirigirnos a una vieja construcción de madera rodeada de vegetación.

Diez camas camarotes. Las mismas cuatro paredes para todos. Un baño.

¡Mónica!

Nos acomodamos como pudimos.

—¡A levantarse! —nos despertó Jairo —¡Los botes nos esperan!—

Abrí los ojos y descubrí, bien instalada en mi almohada, peluda y de patas largas, a una araña que me observaba. De más está describir mi grito en estas líneas.

Una embarcación estaría dirigida por el propio Jairo. La otra, por Andrew, un muchacho australiano, cuya visible fortaleza física y nuestro aguerrido instinto de supervivencia, nos impulsó a elegir como guía.

Repartieron remos, cascos y chalecos salvavidas. Nos explicaron las partes del bote y algunas reglas imprescindibles de navegación. Practicamos los movimientos en equipo. —¡Agárrense fuerte! — ordenó nuestro capitán y empujó de espaldas al agua a Bernardo, entusiasta miembro de nuestro grupo. ¡Estabas mal sujetado! —le dijo al pobre mientras por frío o miedo, salió tiritando y sin encontrar sus anteojos.

Aferrados tanto como es posible a una balsa de jebe, partimos.

No sé si fue la energía de las aguas o la nuestra, la que nos hizo deslizar con furia. Esquivamos rocas, árboles, ramas. Nos sentimos héroes, libres. Caímos por cascadas cargadas de barro. Nos sumergimos con los zódiacs para salir a flote empapados, invencibles. —¡Auxilio! —se oyó un grito. Al ver la balsa de Jairo volcada, el australiano se puso de pie en pleno tumbo. Con una soga en la mano, se lanzó al río. El caudal arrastraba a los miembros del otro grupo. Uno a uno fuimos por ellos. Los alcanzamos. Tiramos de sus brazos y chalecos. Con miedo y exhaustos los metimos en nuestro bote mientras con la cuerda y mucha firmeza, el australiano volteó la embarcación accidentada. Los ayudamos a volver a su zódiac. De un salto, nuestro capitán retomó su puesto como si nada hubiera pasado.

Una vez más, seguimos el cauce del río.

Esquivamos todo lo que se atravesó a nuestro paso.

—¡A la derecha! — ordenó Andrew y nos obligó a detener.

Por fin un descansito, pensé.

Bajamos del bote.

—¿Y ahora qué? —le pregunté a Mónica de la forma más educada posible.

En fila india, nos hicieron trepar una roca que alcanzaba un árbol cuyas ramas se extendían sobre las aguas histéricas del rio. —¡Que salte el primero! —dispuso nuestro capitán— ¡Déjense llevar por la corriente! ¡Yo los sujetaré con la cuerda! ¡No se preocupen!

Debo confesar que en situaciones como ésta, mi afán de preservación suele confundirse con la vulgar cobardía. Poco a poco mis compañeros de aventura, se dejaron caer al río. ¡Qué ganas tuve de darle a Mónica un empujoncito! Como para que coja viada, digamos. Nada agresivo. Pero yo, como siempre amable, me contuve. En un exceso de bondad, cedí mi turno para el salto a los miembros de los dos grupos. Varias veces.

— ¡Vamos ya tírate Rossana! ¡No seas miedosa! —me insistieron apurados para poder reiniciar el viaje. Yo (precavida), a más de cinco metros de altura y con el temor de encontrarme con un tronco sumergido que me partiera las piernas y el alma, me lancé de cara. Y así fue como, con el rostro ardiente y adormecido, me dejé conducir por esas aguas.

—¡Agarra la cuerda! ¡No la sueltes!— escuché que me decían.

Me aferré como pude a ella. Ayudada por mis compañeros me trepé al bote. Por dolor y bochorno sentí mi cara colorada. ¡Es el reflejo del zódiac! —me excusé.

—¡No seas pretenciosa Rossana! ¡Coge tu remo! ¡Dale con todo! —acaté la orden sin tener tiempo para un suspiro.

bote—¿Les gustó? ¡Ahora el helicóptero! ¡Todos a popa!—nos empujó Andrew hacia la parte de atrás del bote. Nos detuvimos. Tomó de nuevo la bendita cuerda y con ella empezó a hacerlo girar con nosotros dentro. Por simples reglas de equilibrio y de gravedad (pues la cosa se puso grave), un extremo de la embarcación se levantó de golpe. En el otro, quedamos nosotros, inocentes tripulantes buscando un helicóptero en el cielo. Y es en esos menesteres que el navío transformado en hélice, empezó a hundirse, claro está, con nosotros dentro.

-¡Todos a bordo!—nos conminó Andrew— ¡Son las tres de la tarde! ¡Abrirán las compuertas de la represa! ¡Debemos avanzar un kilómetro antes que la corriente suba y nos arrase!

Remamos tan, pero tan de prisa, que no recuerdo el trayecto a Caracas. Aún sospecho que lo hicimos navegando.

A Mónica, nuestra querida Mónica, no la hemos visto desde aquel día. Quizás se quedó en el resort de Barinas siguiéndole la cuerda a Andrew y su zódiac rojo. Se lo merece.

Caracas, julio 2006

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Algo que me encanta de Caracas, son sus montañas.

Al salir de la casa o la oficina, temprano en la mañana o al terminar la tarde, unos cuantos minutos y unas buenas zapatillas, son suficientes para sumergirse en el mundo vegetal.

Buen estado físico y diversión, todo al alcance de los pies.

El sábado pasado, unos amigos de la oficina y yo, quisimos alcanzar el Pico Occidental. Para ello, debíamos subir mil cuatrocientos ochenta metros desde Sabas Nieves, uno de los puntos de acceso al Parque Nacional El Ávila.

Y allí estábamos parados, a las seis y media de la mañana, siete entusiastas cuarentones (algunos más recargaditos), vestidos de botines y pantalones cortos, casacas, relojes con funciones desconocidas por nosotros, cámaras digitales, celulares y sabe Dios qué más. Llevábamos mochilas, bastones para escalar, agua, bocadillos energéticos y angelicales sonrisas. Unos perfectos exploradores bajo nuestras gorritas. Bueno, no tan perfectos, pues la guía era yo. ¡Peligro! ¡Peligro! Pero eso, recién hoy lo vengo a confesar.

Avanzamos felices. Conversamos mucho al principio y lo imprescindible después. Es que se va gastando el aliento. Lógico. Pasamos calor, frio, hambre, sed, injusticias, nos abrigamos, sudamos. Nos detuvimos para tomar fotos, ver la ciudad, comer, beber, pero nunca, jamás, para descansar. Tres horas y media cuesta arriba. Seis kilómetros de ardua caminata, amparados por la sombra de los árboles, de nuestros bastones y de los recuerdos de mi memoria para encontrar la cúspide. Y lo hicimos.

A la derecha vimos el mar. Lejano. Azul. Silencioso.

A la izquierda, Caracas. Ciudad inquieta que parecía dormida.

Relajados, sentados sobre enormes piedras, por algunos minutos nos imaginamos el banquete que nos daríamos en Galipán. Pastas, carnes, quesos, buenos vinos. Se haría justicia al llegar. Pero antes, nos esperaban subidas y bajadas por lo alto de las montañas. —¡Vamos! ¡Debemos seguir! ¡El resto del camino es pan comido! —animé a mis amigos a levantarse, mientras con la mirada buscaba el tanque de agua donde debíamos doblar a la derecha y empezar el descenso.

La noche anterior había sido de tormenta. Sospecho que las lluvias alteraron la trocha. Tuvimos que atravesar zanjas de barro y subir rocas que nunca había visto. —¡Es por acá!— señalé el rumbo con mis bastones azules e inmutable actitud. Más de una vez había hecho esa ruta. Bueno, quizás no exactamente “esa” ruta.

—¿Estás segura?—me preguntó Mónica ya obstinada, a quien acababa de despegársele la suela de una bota. —Nada de estrenar zapatos —habíamos advertido para evitar ampollas. Ella exageró. Se la tuvimos que amarrar con una pita.

Continuamos algunos metros, hasta que para mi sorpresa, en medio de la vegetación, apareció el anhelado tanque. ¡Qué alivio! Doblamos. El sendero se angostó. Bastante. La tierra estaba húmeda. Fangosa. Mis amigos empezaron a lamentarse. Mucho. El cansancio, hambre, dolor del cuerpo, se empezó a sentir en los reclamos. Lamentos.

—¿Pero a qué hora llegamos? —se quejó Bernardo.

—Mira hacia abajo—me sugirió Luis y me señaló el despeñadero— ¿Por dónde nos traes, mujer? Imagínate si nos resbalamos—.

—No exageres. No pasa nada. Te agarras fuerte de las ramas y listo— lo calmé sobrada sin volver el rostro para evitar el vértigo.

Una de la tarde. El sol empezó a brillar, a calentarnos. Los girasoles pintaban las montañas y perfumaban la brisa que nos acariciaba el cuerpo. Pequeñas casas azules decoraban los cerros. Viejas pistas de cemento se escondían entre los árboles. —¡Ay no!— fue el grito que anunció mi debacle en medio de aquel paraíso. Mi bastón se hundió y juntos partimos hacia abajo. Rodé con fuerza sin saber a dónde iría a parar ni cuándo pararía. Me impulsaba la forma curva de mi mochila. Cogí las hierbas que atravesaba. Las matas se rompían entre mis manos. Una y otra vez se hacían trizas. Me cortaban los dedos. Se me metían en los ojos, la boca. —¡Miércoles! ¡Miércoles! —fue la única palabra que repetidas veces, con injustificado respeto e inesperado ritmo, brotó de mi alma. Finalmente quedé tirada a cuatro metros de un camino de asfalto. Mi gorra por allí. Mis anteojos más allá. Pero a mi orgullo ¡ay, mi orgullo! no pude encontrarlo. Varios rasponazos. Muchos golpes.

—¿Pero que te pasó, Rossana? De pronto ya no estabas. Escuché unos gritos entrecortados y vi aparecer de vez en cuando unas piernecitas entre los arbustos. ¿Es que no te sujetaste de las hierbas? —me preguntó Luis una hora más tarde, haciendo justicia en Galipán.

El resto, fue pan comido.

Escrito por Rossana Sala, en febrero de 2006, todavía sumergida entre la vegetación y algo de barro.