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—No te imaginas —le conté a Miguel emocionada— hace unos días para la reunión en el Ministerio de Energía tuve que llevar una cantidad increíble de documentos. Mi maletín estaba atiborrado de contratos, pesadísimo. Ricardo, ya sabes, el ejecutivo de la oficina de Perú que ve los créditos, me insistió en cargarlo, así que, se lo di feliz.

—¿Y entonces? —me preguntó aburrido de tanto oír mis peroratas.

Miguel y yo, éramos buenos amigos. Al igual que yo, había sido trasladado por trabajo a Venezuela, pero él desde Colombia. Era unos diez años menor que yo y estaba a cargo de los temas crediticios de la empresa. Yo, que no voy a decir mi edad, era responsable de los aspectos legales, así que con frecuencia viajábamos juntos, lo que prácticamente lo obligaba a escuchar mis aventuras…

—Bueno, al entrar al Ministerio, por temas de seguridad en Lima, los guardias revisan todo lo que uno lleva.

—¡Uy no! que jartera…tú siempre con tus historias raras. Dime, ¿y qué pasó?—me insistió con la esperanza que le eche rápido mi cuento para seguir con el trabajo.

—La comitiva para la reunión era numerosa, y uno por uno empezamos a pasar por la inspección de carteras y maletines para evitar que la gente ingrese con armas —le expliqué—. Cuando me di cuenta de lo que estaba por suceder, ya era tarde. No podía pedirle mi maletín a Ricardo frente a todo ese pelotón de policías curiosos. Hubiera sido sospechoso ¿no crees?

—Y qué ¿No me digas que tenías una pistola? —me dijo un poco más animado.

—No para nada —le respondí ofendida—. ¿Cómo se te ocurre eso? Pero cuando el guardia abrió mi delicado maletín italiano de cuero beige, le preguntó a Ricardo en voz alta, que si todo eso era suyo. —Pero por supuesto— le respondió con aires de dignidad, inflando el pecho y con la voz más alta todavía. Me imagino que trataba de causar buena impresión gracias a la cantidad de papeles que llevaba dentro. —¿Y esto?— le insistió el policía al sacar y levantar para que todos vean las panties del bolsillo de la maleta. El pobre Ricardo, tan blanco y calvo como es, se puso colorado. ¡Si lo hubieras visto! Entonces se le acercó al oído del guardia y qué explicación le habrá dado porque lo dejó pasar entre sonrisas.

—De buena me libré—me dijo Miguel sin mirarme a los ojos— ¡No entiendo! ¿Y qué hacías tú con eso en la maleta de trabajo?

—Lo mismo me preguntó Ricardo furioso al devolvérmela.

—Y entonces, ¿para qué tenías eso? ¡Tú serás loca!

—Precavida dirás. Las llevo para emergencias. En cualquier momento puedo necesitar cambiarme las que tengo puestas —le expliqué—. Si fueras mujer me entenderías. Si se les hace un hueco y estoy en una reunión me pongo las de repuesto. No voy a andar así por todas partes.

—Tú de verdad estás mal de la cabeza. Mejor ponte a trabajar que este informe hay que entregarlo en media hora—me calló por fin.

Cuatro años después…

—Pon el micrófono en mute. Todavía faltan unos minutos para que empiece la conferencia telefónica —le dije a Miguel.

—¡Será más larga que una semana sin carne! Pero tenemos que cerrar el deal. Hemos pasado meses con el proyecto.

—¿Te traigo un café?—le ofrecí.

—¡Sí gracias! Pero no te demores que ya vienen los temas legales.

—Está bien. ¡Caramba! ¡Por apurada, se me enganchó la panty en la pata de la mesa y mira cómo se me ha roto! ¡Tremendo hueco! —le mostré a Miguel el tobillo donde empezaba a corrérseme la media de nailon—. Felizmente tengo otras. Me cambio y regreso con el café.

—¿El panty? ¿Ese es el panty?— me preguntó indignado al señalar mi pierna y levantar sus abundantes cejas negras como para que pase debajo de ellas— ¡Y yo que durante años he vivido viajando contigo, acompañándote a reuniones perturbado, imaginándome las miles de razones por las cuales podrías llevar panties de emergencia en la maleta de trabajo! ¿Cómo podían hacérseles hueco? En Colombia —continuó como aliviado— los panties son las pantaletas, ¡los calzones! No son las medias veladas. ¡Ya anda, cámbiatelas de una vez que me pones nervioso!

—¿Medias veladas?—le pregunté interesada.

—¡Aló! ¡Aló! ¿Qué está pasando en esa oficina? ¿Calzones? ¿Panties? ¿Veladas? —nos preguntaron al otro lado de la línea.

—¡Nos escucharon mujer!

—¡Pero si no hemos empezado! ¡El teléfono no está en silencio!—le advertí demasiado tarde.

—No, nada señores, debe ser una interferencia. ¿Que las medidas económicas están veladas? ¿Que no calzan? ¿Que son espantosas? ¿Aló? ¿Aló? ¿Quiubo?


 

Yo solo quería aprovechar el buen clima de diciembre, la brisa salada del mar, mi música, mis pasos. Todo eso que se siente al salir a trotar.

Iba tan feliz por los malecones. Pensaba en el verano que acababa de empezar y los deliciosos días que nos esperaban. Lima se veía tan linda. Vivir divorciada no era sencillo, pero mi ex esposo y yo lo manejábamos lo mejor  posible.

Mientras trotaba, intenté relajarme y mantener mi mirada hacia el frente para no tropezar con mis zapatos ni mis ideas, cosa que es mi especialidad.

De pronto, sentí un ruido extraño.

Decidí que sería buena idea dar un breve y curioso vistazo hacia atrás.

Un sujeto alto y fornido, elegante y garboso, se me acercaba.

Por más que intenté apretar el paso, de un par de zancadas me alcanzó. Sin mirarlo mucho, pude notar al final de sus musculosas y velludas piernas unas modernas zapatillas. Eran azules con algunos adornos de color amarillo que combinaban perfecto con el polo y el short de los mismos tonos que llevaba puestos. Parecía una persona alegre, hasta atractiva, quizás interesante. Eso no me importó en ese momento, aunque admito que lo dudé. Pero necesitaba un poco de tranquilidad. Así que luego de otro furtivo vistazo (y de volver a dudarlo), opté por la técnica de los audífonos, esa de simular estar tan concentrada con la música que el mundo está de más.

De nada sirvió. Empezó a hablarme.

Se puso a avanzar a mi ritmo. A invadir mi espacio. Me incomodé al sentir su agitada respiración tan cercana a la mía. A esas horas de la mañana un veinticinco de diciembre, no había mucha gente por las calles a quien acudir en caso de emergencia. Por lo menos gente cuerda (como yo).

Y sin saber quién era y qué (carajo) quería, empezó con sus preguntas. ¿Dónde trabajo? ¿Dónde vivo? ¿A qué hora salgo a trotar? Que mañana corramos juntos. Que si yo tenía treinta y cinco años. En pleno proceso inquisitorio, le dije que sí, pero solo al tema de la edad (obvio).  Me aseguró que cuando yo sea mayor tendría que ir en bicicleta y le contesté que a los cuarenta lo haría. Yo que con creces excedo esa edad, no consideré pertinente sacarlo del error, especialmente al contar con la complicidad de mi gorrita y de un par de lentes oscuros. Era una desfachatez de mi parte, pero se la merecía por insolente y cretino.

Siguió diciendo que él tenía veintisiete años y que en febrero viajaría al carnaval de Rio de Janeiro. A medida que avanzaba en su monólogo, fui notando como su abundante melena negra, que en un principio me había parecido graciosa y juvenil, se transformaba en hirsuta y sudorosa y se iba bamboleando pegajosa al ritmo de sus impertinentes pisadas y de mis crecientes ansias de libertad.

Intranquila con el interrogatorio y el allanamiento a mi privacidad territorial y mental,  busqué alguna escapatoria sutil y decorosa.

No debía ser grosera con aquel hombre. Me lo podría volver a encontrar y no quería imaginármelo furioso y con descabelladas ideas al verme pasar. Fue entonces cuando casi de porrazo (pues tropecé con una piedra), me inspiré al ver a unos ciclistas descansar.

Con prestancia y sagacidad, sin darle tiempo para reaccionar,  le dije al de los pelos chutos que me quedaba allí con mis amigos. Sospecho que aquella abrupta actitud le habrá encrespado los ánimos, pero sin remordimiento alguno, me uní oronda al grupo de las bicis.

Quedé así protegida por los ciclistas que me rodeaban intrigados ante mi intempestiva aparición escondiendo sus confusas miradas tras sus empañados lentes de aumento.

Yo que no conocía ni al de las barbas menos blanquecinas, me encontré de un momento a otro sometida a una nueva investigación. ¿De dónde soy? ¿De dónde vengo? ¿Qué me trajo Papa Noel? Les dije que me vi forzada a pedirles  auxilio y sin responder preguntas ni buscar pretextos, les agradecí la ayuda y, déjame que te cuente limeño, subí el volumen de mi iPod y me despedí al ritmo de un vals de Chabuca Granda, para seguir trotando por la vereda que se estremecía al ritmo de mis caderas, llegando al distrito de Barranco, cual Flor de la Canela por el Puente de los Suspiros.

Pero allí no quedaron las cosas. Ay, deja que te diga moreno, a ver si así despiertas del sueño, que a los pocos minutos de reiniciar mi rumbo, me pareció sentir unas respiraciones entrecortadas que se me iban acercando. Miré hacia atrás y al ver venir por la vereda, cual José Antonio a paso llano, al chuto melenudo con la lengua afuera, me puse a derramar lisuras y dejar a mi paso aromas de mixturas.

Con mucho temor y aspirando todavía más lisuras, le di una vuelta a la esquina para escaparme de aquel sujeto. Después de una extenuante  carrera sin llevar jazmines en el pelo ni rosas en la cara, airosa, pero casi sin aliento, pude esconderme detrás de un kiosco de periódicos muy cerca al lugar donde minutos antes había encontrado a los ciclistas.

Pero ellos se habían ido.

Opté por una rauda retirada.

Yo solo quería trotar tranquila esa mañana.

Avancé por malecones adornados con jazmines que matizaban la hermosura de la costa miraflorina.

Crucé un viejo puente.

La música volvió a acompasar mi paso por las veredas.

Recogí la risa de la brisa del mar y, cuando aún perfumaba en mi memoria el recuerdo de lo ocurrido, déjame que te diga limeño, tuve la gloria de no volver a cruzarme con el chuto melenudo  nunca más.

Escrito en Lima, a punto de salir a trotar en busca de rutas que entretengan mis sentimientos. Pero no tanto, moreno.

 

(La Flor de la Canela y José Antonio son valses peruanos escritos por Chabuca Granda)

 

 

Rossana Sala. Diciembre 2011

 

 

 


-Avenue de Champs Elysées,  Rue de Rivoli, Boulevard Soult. A ver, Rossana, ¿cómo  se llama ese palais? Ayer lo visitamos, ¿recuerdas? –me interrogaba Louis mientras corríamos en Paris.  En pleno Maratón de Paris.

Sumergidos en un efervescente clima deportivo habíamos partido entre más de treinta y cinco mil corredores. Todas las edades. Todos los colores. Nos rodearon. Nos apretujaron. Nos dejaron sentir sus corazones galopando y sus ánimos acelerados. Todos por fin avanzando en masa hacia la meta.

Louis y yo, viajamos desde Caracas después de un fuerte entrenamiento con ciertos altibajos aceptables para ser novatos y para nuestra edad. El, sofisticado y culto, era algo mayor que yo. Llevábamos  unos cuatro años seducidos por el trotar. Habíamos participado en carreras de no más de diez kilómetros. Esta vez serían cuarenta y dos y además, como para hacerlo más complicado, ciento noventa y cinco metros.

Empezamos  juntos, tranquilos, a muy buen ritmo, optimistas. A los pocos minutos, mi feliz sosiego se vio truncado por una  necesidad terrible  de acelerar y abandonar a mi compañero de ruta. Es que mi buen amigo no dejaba de ilustrarme al detalle sobre cada monumento,  calle, piedra o flor por los que íbamos trotando.  Claro,  todo Paris había sido hurgado por él, pues durante su época universitaria lo había saboreado hasta donde la juventud  y su curiosidad se lo permitieron.

-Ayer pasamos por aquí. ¿Pero no te acuerdas? -me insistía en su inmutable y peculiar estilo varonil mientras corría.

Yo lo miraba. Prefería no decir palabra. Lo consideraba más civilizado así.

-¿Y ese monumento? ¿Recuerdas porqué lo construyeron?

-Por favor –le pedí con educación exagerada y entre el golpeteo de los pasos y de mi ascendente furia- no me preguntes más. Solo avanza.

No me hizo caso. A los pocos metros, al pasar junto a una estación de servicio,  decidió saber mi opinión del alto precio del combustible.

-¿Cómo me preguntas eso?–exclamé espantada-.  ¡Estamos en un maratón! ¡Tenemos que correr más de cuarenta y dos kilómetros!  ¡No necesitamos gasolina!

-Es que soy economista -me contestó airoso.

Fue allí, cuando decidí partir con mi música. Dejarlo sumando y restando a su gusto.   ¿Acaso no lo merecía?

Sin mi querido Clovis  (me narró al detalle respecto a su nombre en francés antiguo), continué mi rumbo.

Controlé mi paso, tomé  agua. Me fijé en la gente, las pancartas y sus mensajes en diferentes idiomas. Sentí las calles empedradas. El agua suave del río y sus barcas blancas se veían apacibles.  Niños  curiosos, puentes gastados, túneles largos,  aplausos callejeros, bandas de música, me dieron más fuerza.

Luego  de varios kilómetros dejé de sentir mi cuerpo. Me movía por inercia. Escuchaba a lo lejos algunas voces. Recordé a Louis y su gasolina. Olvidé a Louis y su gasolina. No me importaban los puentes con  barcas, ni los movedizos niños. Solo veía paredes y túneles. La luz de Paris, se había apagado.

De pronto, sentí la ovación retumbar tan cerca a mis pasos. Un remezón en la zozobra.  Miles de espectadores casi me cerraban el camino. Encontré con dificultad entre el tumulto, el aviso del  kilómetro treinta y siete. Junto al agua me ofrecieron vino. El fuego cruzó mi tráquea. ¿Por qué acepté de ese trago?

Avancé y avancé. Mi mente sudaba mientras iba jalando mi cuerpo.

Kilómetro cuarenta y dos. Me  esperaba a unos metros el  Arc de Triomphe. No se había movido como sospeché por varias horas.

En un instante inesperado, saltó de los altoparlantes, impulsándome  a dar los últimos pasos,  una voz gruesa, afrancesada,  que al mismo tiempo que el público gritó  ¡Allez Perú! ¡Allez Roxanne! ¡Allez Perú!

Entre ese clamor  pude encontrar un último retazo de fuerza para levantar los brazos y esbozar una sonrisa.

Tiempo Oficial: Cuatro horas y dos minutos.

Lo hice. Me sentí contenta y adolorida.

A los pocos minutos, llegó Louis. No lucía muy bien. Sospecho que por el precio de la gasolina. Tampoco escuchó que aclamaran su nombre. Quizás lo hicieron en español o en francés antiguo.

En la zona de la meta pocos decían palabras. Se expresaban con pesadas señas.  Sin embargo,  en las miradas y hasta por el olfato, se percibía la satisfacción de los trotadores, el gozo de la vida.

Escrito en Caracas en mayo del 2007, algunos días después de la carrera, con un fuerte dolor de rodillas y del derrière. ¡Au revoir Paris!

Ritmo de Vida

Posted: 11 June, 2007 in 2007

Bajo el sol, bajo la lluvia, en la grama o el cemento, entre árboles, montañas,
con amigos o sin ellos, entre letras o en silencio,
la vida se ve sencilla, la vida se siente alegre, las sonrisas son sinceras,
las ideas vienen solas, siento fuerza, estoy contenta, si me caigo me levanto,
soy persona, un ser humano, me divierto, cumplo un reto, si estoy triste lo supero,
con el ritmo de mis pasos, con el ritmo de algún canto,
veo al mundo, lo comprendo, hay colores, tanta vida, doy las gracias, bebo agua, huelo el campo,
siento frío, el calor a veces fuerte, cada día es diferente, cada día un día nuevo,
con el ritmo de mis pasos, con el ritmo de mi vida,
mi pasión es el trotar.