¿NOS ACOMPAÑA CON UNA TAZA DE TÉ? 

Posted: 4 June, 2018 in 2012

De no ser por el hombre sentado a mi lado con ese olor a cigarrillo impregnado en el cuerpo, el viaje habría sido muy agradable. Acababa de llegar a Amsterdam. Pronto debía salir mi maleta del carrusel del equipaje. Me sorprendí al encontrar una cartera en el suelo. Por sus colores, azules y amarillos, debía ser de alguna mujer joven.

Miré a mí alrededor.

Una niña saltaba aburrida al lado de quienes me imaginé eran sus padres. Les hice una seña mostrándoles el bolso, pero me ignoraron.

—¡No deje abandonado su equipaje!—me ordenó un guardia de seguridad en un inglés bastante áspero.

—No es mío—le respondí en el mismo idioma a punto de levantar los brazos en señal de rendición.

Me vino a la mente una anécdota de uno de los cuentos de Raymond Carver que acababa de leer en el avión. En esa historia, una mujer olvida su bolso en el baño de un museo en Alemania. Una señora, al verlo, revisa su contenido y encuentra un documento de identidad con una dirección en Múnich, la ciudad donde ella estaba. Entonces, decide tomar un taxi para entregárselo a su propietaria.  

—¡Recójalo de inmediato!—insistió el guardia—. ¡Si no lo hace tendrá que acompañarme a Seguridad!

Sin pensarlo más, hice lo que tampoco debió haber hecho la mujer del cuento de Carver: tomé la cartera.

¿Qué habría en ella? ¿Qué pasaría si me veía su dueña?

Saqué mi maleta del carrusel y me paré en la cola de aduanas.

Traté de disimular mis nervios. Hacía frío, pero sentía humedad en mis manos. Empezaba a tener calor en el cuerpo. El guardia me observaba. Al salir del aeropuerto subiría al primer taxi y revisaría la cartera. Tenía que contener algún documento.

Faltaban cuatro personas para que me atendieran.

No quería ese bolso conmigo. Seguía en mi cabeza la historia de Carver. La mujer de ese cuento le devuelve la cartera a su propietaria, quien al recibirla descubre que le faltan ciento veinte dólares que ella había guardado sujetos con un clip. No le dice nada a la portadora imaginándose que quizás otra persona había cogido el dinero. En agradecimiento, la dueña del bolso y su esposo, la invitan a pasar a su casa a  tomar una taza de té.

—Su turno—escuché a un muchacho detrás de mí.

Me acerqué al oficial de aduanas. Mostré mi declaración y pasaporte junto a una tímida sonrisa. Respondí las pocas preguntas que me hizo. Ya no las recuerdo. Solo sé que traté de mostrarme serena.

—Bienvenida a Holanda—estoy segura que me dijo.

Tomé mi pasaporte y volví a sonreír.

Suspiré con disimulo.

Caminé despacio.

Salí del aeropuerto.

Sentí frío.

En cinco minutos estabaen un taxi.

—¿Dónde la llevo?—me preguntó el chofer  en inglés.

Abrí la cartera. Debía de haber algún documento, algo que me llevara a su dueña.

Una bufanda. Un  libro viejo.

Quedé pasmada.

Billetes de dólares unidos por un clip.

¿Sería otra coincidencia?

Preferí no tocarlos.

Hojeé  las  páginas del libro cayendo de ellas un pequeño papel con un texto escrito a mano.

Se lo di al chofer.

Era una dirección.

—¿Queda muy lejos?—le pregunté mientras trataba de calcular cuánto dinero habría en ese clip.

—A quince minutos—me dijo—. Acá, en Amsterdam, todo queda cerca— agregó.

¿Qué debía hacer?

En el cuento de Carver, la mujer, esa que encuentra el bolso y lo entrega a su dueña, se sienta a tomar el té tan campante y después de relatar con elegancia su vida, viajes y fortuna, muere. Sí, muere. Muere con la boca abierta en la sala de estar, dejando caer al suelo su taza y desplomándose en el sofá. Le buscan el pulso. No hay señales de vida. La dueña del bolso, conmocionada, evitando mirar al cadáver cada vez más pálido, coge la cartera de la buena mujer para tratar de averiguar en qué hotel se hospedaba. La abre. Queda perpleja. Profundamente decepcionada. Allí estaban. Todavía sujetos por el clip. Sus ciento veinte dólares.

—¿Vamos a esta dirección?—me apuró el chofer.

—Sí, por favor— le dije casi por instinto aún dudando si debía llevar la cartera a su dueña.

—¿Se siente bien?—me preguntó—. ¿Subo un poco la calefacción?

—No se preocupe.  Gracias—le respondí sin aliento.

Mis manos. Otra vez sudaban.

Me quité la chaqueta. Ordené mis cosas sin mirar más el bolso. No quería contar ese dinero.

Atravesamos varias avenidas. Cientos de bicicletas cruzaban e invadían las calles en perfecto orden. Eran casi las cuatro de la tarde. Estaba cansada. Necesitaba dormir.

—Llegamos—me dijo el taxista al devolverme el papel con la dirección—. Son dieciséis florines.

—¿Me espera? Solo debo entregar algo y regreso—le pedí buscando de alguna manera cambiar mi destino.

—Mil disculpas, señora— me respondió—. Debo ir por otro pasajero.

Rodé mis maletas muy despacio hacia la puerta de la casa.

La fachada era alta y angosta. El techo tenía forma de campana.

El cielo estaba gris.

¿Llovería?

Al igual que en el cuento de Carver, vi a una mujer asomarse a la ventana. Abrió la puerta antes de que yo acaso pudiera tocar el timbre. Su pelo era negro y muy corto. Tendría unos cuarenta años. Me recibió con una breve sonrisa, clavando la vista de inmediato en el bolso que yo cargaba en mis manos, al momento que decía en voz alta: ¡Tenías toda la razón, darling! ¡La señora trajo mi cartera!

—¡Entre, por favor! ¡Hace mucho frío! Soy Tess—me dijo al darme un rápido apretón de manos y cerrar la puerta—. Le presento a mi esposo…

Pero si yo los había visto antes.

—Mucho gusto—me saludó un hombre de cejas negras y pobladas—. Noté en el avión el entusiasmo con el que leía mis relatos—continuó al llevarse un cigarrillo a la boca—. Soy Raymond Carver. Pero no se quede allí parada, siéntese, siéntese— insistió mientras hacía espacio en el desorden de la sala—. ¿Nos acompaña con una taza de té?

 

Rossana Sala

Versión en inglés:

https://rodandoentrelineas.wordpress.com/2018/06/01/would-you-join-us-with-a-cup-of-tea/

Comments
  1. Cesar Injoque says:

    Me encanto .Gracias por compartirmelo.

  2. Nelson Zuluaica says:

    Tu cuento es genial, me encantó. Gracias por habérmelo enviado.

  3. Y en la taza de té se dibujó un perfecto círculo.

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