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Tumba sobre tumba. Una tras otra.

El pasadizo es profundo.

El silencio se rompe debido a la tristeza del viento que abraza nuestros cuerpos con amor hostil.

Al final del pasaje, por instantes, alumbra la luna. Son las nubes negras y dispersas las que la cubren.

—¿Pero qué quieren ocultarnos?— me pregunto.

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—¡No hagan bulla!— nos advierte el guía y ordena detenernos—. Dejemos descansar a los que aquí reposan.

Es la noche del treinta y uno de octubre. El año, no importa.

El lugar, el cementerio Presbítero Matías Maestro. Testimonio ¨viviente¨ del pasado ¡Qué ironía!

Se encuentra allí la cripta de los héroes donde están los restos de Miguel Grau y de tantos otros combatientes.

Ayudados por la luz de nuestras linternas avanzamos para llegar al “Pabellón de los Gordos” donde cada tumba es de un tamaño bastante cómodo para sus ocupantes.

¡Cómo si fueran a moverse inquietos! (Quizás.)

A nuestra izquierda, decenas de pequeños nichos albergan a las criaturas que murieron antes de que acaso pudieran hacer un gesto o de ser bautizadas, pasando a habitar por ello el “Pabellón de los Duendes”.

“Un feto¨. Leí en la lápida de mármol que alguna vez fue blanco, tan blanco quizás como el alma de aquel niño que no alcanzó a tener nombre. Apellido tampoco.

Luego de prestar atención a los consejos sobre las posibles consecuencias de entrar al pabellón de “Los Suicidas”, nos explican que entre otros, allí descansa un barbero chino de la calle Capón que mató a dos clientes en su propio local y luego se quitó la vida al sentirse acorralado por la policía.

Cuántas historias bajo tierra.

Emiliana Montero Torreón  1912-1929

Dice la leyenda que fue una bruja y que cuatro años después de tu entierro se cambió de nicho e hizo su propia lápida.

Manuela Dante Moretti  1830-1900

Esteban Sifuentes Paredes 1829-1875

Juan Mujica Melgar. 1809-1895

“Más grande por su humildad y virtudes que por tus títulos”.  Reza el epitafio.

El guión.

Sin importar el frio del viento, ni la oscuridad del lugar en el que se oculta cada uno de los seiscientos mil cuerpos, ni su talla, sexo, edad, raza, ni el motivo del deceso, por igual, es el guión dibujado en cada losa, el que separa el día del nacimiento y el día de la muerte.

El guión.

Es el guión el que señala la vida.

Y al alejarme de las tumbas recé.

Recé para que el guión de mi vida y de la tuya que lees este texto, sea largo.

Sea largo y tenga la forma de una sonrisa.

 

Lima, 2 de noviembre de 2015

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Decidí viajar a Washington. Relajarme un poco. Visitar a mis amigos. Tomar fuerzas.

No iba a ser fácil empezar de nuevo en Lima. Encontrar trabajo.

Caminaba feliz frente a la Casa Blanca cuando me topé con un espectáculo callejero. Una de esas presentaciones que hacen los artistas novatos para ganarse alguna propina mientras van a la universidad.  Era  realmente buena la actuación, así que me detuve a observarlos. Nada me apuraba.

Sonrientes, vestidas de blanco y con las caras pintadas, unas veinte personas conformaban el grupo. Tocaban tambores, panderetas, subían y bajaban escaleras, saltaban, bailaban como si estuvieran en Broadway.

—Deben haber ensayado bastante  —pensé al verlos levantar las piernas en movimientos rítmicos y coordinados.

—Necesito su ayuda —me dijo de pronto en inglés uno de los artistas, escapándose del espectáculo en el momento en que me colocaba unas orejas de Minnie Mouse.

—Usted es perfecta para ésto —continuó mientras me colgaba en el cuerpo algo que parecía ser un inmenso basurero y me entregaba un par de palillos.

Y allí estaba yo, convertida en parte de un llamativo espectáculo callejero frente a la Casa Blanca, mostrando unas grandes orejas negras de ratón, tocando tambor cada vez que me daban una señal y después que lo hacía mi compañero de al lado, Mickey Mouse.

Los niños que por allí pasaban, jaloneaban a sus padres para que se detengan. Aplaudían entusiasmados. Yo, que a pesar de las orejas seguía siendo una desorejada, trataba de llevar el ritmo dándole un golpe al tacho de basura cada vez que me lo indicaban. De pronto,  al levantar la mirada con el rostro desconcertado, me encontré cara a cara con una cámara de televisión. ¡Estaban filmando! ¡Me estaban filmando! De vez en cuando me enfocaban de cerca haciéndome una señal de muy bien con las manos. Espero que haya sido una señal de “muy bien”.

—¡No puede ser! ¡A lo que he llegado! —me dije. Soy una desempleada más pidiendo limosna en las calles de Washington. ¡Pero no tengo visa para ésto!  ¡Pom! ¡Pom! ¡Pom! Seguí dándole golpes al tacho mientras sonría a las cámaras con toda la dignidad que a mi edad era posible tener en una situación como tal. Si es que era posible tener alguna.

minnieAl terminar la función, varios niños  me pidieron autógrafos. Se me acercó también uno de los directores del espectáculo a solicitar mi permiso para que se publique la filmación en el canal de  Disney World.

—Estos gringos sí que hacen bien las cosas —pensé algo reconfortada al devolver mis orejas satisfecha de haber hecho (en mi opinión) un buen trabajo.

—¿Qué me habrán querido decir con que yo soy perfecta para ésto? —me pregunté esa noche al mirarme al espejo antes de dormir.

Noviembre, 2009.