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—¡No te vayas, Marcela! —me advirtieron— ¡Aquí estás a salvo! ¡Lejos no lo estarás!

Pero yo, ya no era una niña. Estaba lista para empacar.

—¡No te vayas, Marcela! —me suplicaron.

Sin más, me trepé dichosa  a la bicicleta. Necesitaba rodar y rodar.

Me fui campante. Orgullosa. Abandoné trapos, recuerdos, papeles, zapatos, sonrisas, muñecas rotas. La tristeza y la alegría. Nada era importante. Sólo pensaba en marcharme en mi bicicleta. Pasear y pasear.

Crucé montañas pedaleando. Me empapé de sol. Probé de las  gotas de lluvia que refrescaban mi andar. Abrí y cerré los ojos  irresponsablemente, para poder sentir más. Disfruté el color de la algarabía, de la vida, del cambio. La vitalidad del alma. El frío a veces cariñoso y otras abrasador, también. El aire nuevo de la esperanza. Sentía el corazón como verde.

La ruta era suave, ligera. Las bajadas tenues impulsaban mis ganas de soñar. Seguí y seguí flotando, sin tropezar jamás. Ni por un instante pensé en retornar, ni con el pretexto de poder encontrar aquellas galletas, de esas de avena, que de pequeña me encantaba picotear. No quise más.

No soy más una niña. Quiero continuar.

Inventé mi rumbo. Busqué caminos. Encontré  gente. Aprehendí  sabores. Exploré el campo. Su tierra húmeda embarró mis pies. Vi a mi paso girasoles azules. Visité el mar. Probé de sus olas saladas. Olfateé la vida. Un viento helado me acarició el alma, quizás advirtiendo la aparición de tormentas. Pero no le hice caso. ¿Para qué hacerlo si estaba feliz? No quería saber nada que no fuera el hecho de ser transportada  por lugares imaginariamente  perfectos, ilusamente  perfectos, imperfectamente perfectos.

Por un tiempo me sentí dichosa. Dispuesta a seguir lo que había iniciado.

 

No soy más una niña. Voy  a escalar.

De pronto, una poderosa montaña, llena de bosques y de vida,  se me empezó a acercar. A cada instante era más grande. Invadía mis pasos. La debía enfrentar.

Protegí mis manos y el resto de mi cuerpo  con el único ropaje que me podía ayudar: mis ideas y la fuerza de mi mente. En ellos tenía que confiar.  Mantuve los ojos abiertos,  no los debía cerrar. Envuelta en un silencio expectante, marqué mi paso con sigilo,  como el de un búho  que no quiere ulular. El camino se volvió  pedregoso, empinado. Decir tortuoso no es exagerar. Malas y altas hierbas crecían y cerraban mi paso. No importaba. Tenía ganas, me sobraba fuerza. Tenía agua, espacio y mucho aire que respirar. Estaba segura que más allá vendría el claro. Que no habría más barro, ni rocas, ni puyas, ni espantos, ni grama tosca, ni frío, ni bulla, ni aguas bravas de las que escapar. Con esa bicicleta aguantaría hasta donde me diera la gana llegar.

No soy más una niña. El camino debo enfrentar.

Sentí de pronto que me empezaba a ahogar. Y el sol y el campo impecable con su aroma a huerto y mis sueños imperfectos empezaron a quedarse atrás. Y bajé y bajé con fuerza. No podía frenar. Y se opacaban las risas, se silenciaban los cuentos y se apagaban las luces, los cantos y también la felicidad. En mis huellas fueron quedando las palabras dulces, los recuerdos suaves y aquellas  galletas de avena  que ahora  empezaba  a  extrañar. Los pedales se enredaban, me pesaban, me dolían, me ajustaban. Y aquel viento amargo y la lluvia maldita, las espinas crueles, los sofocantes gritos, no los podía dominar. Y cerré los ojos, para no ver más el rumbo, para poder olvidar. Me agarré con furia al timón de la bicicleta. Todo fue en vano. La dejé escapar.

Su cuerpo quedó mustio, empezó a tiritar.

Y sentí que mis pasos me intentaban pisar.

Su mirada se puso triste y esa sonrisa, su sonrisa, ya no está.

—¡Anímate Marcela!  ¡De ésta te vas a salvar!

Y noté, sin querer, cuánto espacio había hacia arriba y que para abajo, era imposible avanzar más.

Marcela casi no es Marcela, pero debía llegar.

Y con la mente regreso y con la mente me aferro, me animo, me impulso. Me pongo de pie para volver  a mi andar.  Tomo  aire. Respiro. Pruebo algún chocolate de mis favoritos, de los que de niña solía guardar. Veo entre arbustos mi bicicleta, aquella, la misma, que hace algún tiempo, me llevó a pasear. Y la miro y lo dudo. Y la miro y me asusto. Debo ser valiente y volverla a  montar. Y me acomodo y avanzo. Veo el campo y la vida, tan apacible, sin calamidad.

Poco a poco sonríe, ya no llora, no sufre, se deja de lamentar.

Me siento tranquila, me escabullo entre flores, entre risas y cantos, vuelvo a ser Marcela de la felicidad.

Marcela ya no es una niña y lo sabe, y de reojo sonriente, mira ella hacia atrás. Cree que todo ha pasado, que lo ha podido lograr.

—¡No te vayas Marcela! ¡Despierta! ¡Respira! —le vuelven a suplicar.

Y Marcela escuchó y abrió los ojos.

Y Marcela me miró y protestó a mis letras.

—¡Por favor! ¡Déjame viva! ¡No me gusta un desenlace fatal!

Me sorprendí al oírla, al sentir su voz y le respondí en mal tono, para acabar con ella: ¡Tú no decides Marcela! ¡Este es mi cuento, yo te he creado, yo soy quien manda en tu final!

—¡Quiero seguir, déjame libre! —continuó insistiendo  con su dulce hablar—. Tú me pediste que no me vaya. Te comprendí. No me he marchado. Fui eso que tu mente quiso crear. Sé que no es fácil.  Quiero arriesgarme. Saber caerme y levantar. Yo soy Marcela, así me llamaste, el mar y el cielo sabré conquistar. Bramarán las aguas y lo harán los vientos, mas descubriré prados y alguien que amar. ¡Es mi derecho! ¡Ya no soy tuya! ¡Soy un ser nuevo, no un cuento más!

La escuché firme, la vi sonriente, con esperanza y brillo en sus ojos, esos que siempre hablaban de más.

Y le hice caso. La dejé irse.  Se fue Marcela. Volvió a rodar.

RODAJE

Posted: 2 March, 2011 in 2010
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Hace tiempo que no los visitamos. Decidimos hacerlo un domingo cualquiera, así, como cuando éramos niños, pero esta vez, cargados de años y de recuerdos.

Fuimos a verlos todos los primos, con nuestros padres, con  nuestros hijos, con nuestros cuentos y tanta bulla. Queríamos oírlos,  saber de ellos, tenerlos cerca, vivir lo viejo. “Que ingratos fuimos” – dijeron unos- “acá están ellos y están tan solos”.  Eso no es cierto, pensé en voz alta, estoy segura que aunque de lejos, crecimos siempre con sus miradas y sus cosquillas, consejos sabios, recuerdos dulces de nuestra infancia, esa remota, que aún existe.

Allá estuvimos, todos tan juntos, allá felices contando historias  de esos  abuelos, que fueron tanto.

Y así nos fuimos  entre alborotos, dejando flores, lágrimas, cantos, llevando risas y la enseñanza de que la vida es solamente un gran rodaje que hay que ir moldeando.


 


Diez mil  corredores buscaban moverse. Todo un tumulto de gente alborotada, unida por el color amarillo incandescente de los polos que llevábamos puestos que nos convertían en un interminable pasadizo luminoso.

Por fin había llegado la noche de la carrera de Nike y Perú Runners.

Se escuchó la partida en medio de fuegos artificiales que ahora también alumbraban el cielo de Miraflores.

Estábamos literalmente radiantes.

Empezamos a correr tan juntos, tan pegados, que teníamos que abrirnos paso de la forma más amable y apresurada posible. Avanzábamos como buscando libertad. Me sentía dentro de una masa que se dirigía peligrosamente hacia adelante con tanta energía, emoción, alegría, que no sería capaz  de detenerse jamás.  No dejaba de haber gente a mi lado, a todos mis lados. No podía reconocer a nadie. ¡Tantas espaldas amarillas! Por un momento, en realidad por varios kilómetros, llegué a sentir  que éramos millones de espermatozoides fosforescentes e impacientes tratando de llegar a algún lugar.

A los pocos minutos una señora cayó al piso. Con mirada de espanto y algo de ayuda pudo levantarse. Algunos corrían zigzagueando desesperados por avanzar. Yo también. Otros, quizás simplemente cautelosos por  la oscuridad o temiendo no llegar a la meta, caminaban sin inmutarse, con elegante parsimonia, deteniendo el paso de los que venían  más atrás. El mío también.

Era una carrera tipo fiesta. Música en vivo de vez en cuando como para trotar bailando. Al final habría un concierto.

Mientras tanto yo  seguía pensando en la lucha de los espermatozoides para poder llegar y en la mía para poder desenredarme del gentío.

Poco a poco lo hice.

Comencé a ver trotadores disfrazados. Me abstraje entre mis pensamientos una vez más.

De pronto me encontré con Batman. “¡No puede ser! ¿Qué hace acá? Voy a ir a saludarlo”- me dije. Cuando estaba a punto de decirle un entusiasta “¡HOLA!”, se fue hacia un lado de la ruta de un simple ¡ZAZ! “¿Qué le pasa? ¿Dónde se va?”- me pregunté obteniendo una respuesta casi inmediata. ¡Se fue al baño!   ¡Es humano!  Sonreí soltando una carcajada. Son humanos…Batman, Superman, Ironmany hasta Woman. Por más fuertes que intentemos, aparentemos o necesitemos ser, todos somos personas con nuestras debilidades y fortalezas, aunque usemos capas o brillantes disfraces.

Al rato, volví a ver a Batman.  Esta vez preferí ni intentar adelantarlo.  No sé como hizo ya que apareció frente a  mí junto a tanta gente que corría como él tratando de llegar a la meta.  Todos la alcanzaríamos. Al fin y al cabo, no somos espermatozoides. Somos seres humanos.

En ese momento,  convertidos ya en un brillante cardumen  terrenal, teníamos la misma meta, marcada en grande e iluminada: “LLEGADA”. 10 K. Pero esa meta, aunque única, estaba dividida en 10,000 metas. Cada uno de nosotros tenía la propia  que  iba elaborando y madurando a lo largo de la ruta. Iba haciéndola diferente. Especial.

Con música o sin música, de la mano o en forma solitaria, la vida nos va llevando…es cuestión de seguir las corrientes, disfrutarlas, esquivarlas, enfrentarlas, saltar las olas…saber levantarse y arribar. No importa en que puesto.

Así llegué a mi meta y sonreí por felicidad (y para tratar de salir bien en la foto, debo admitirlo).

Puse detener al cronometro de mi reloj. Puse continuar al de mi vida.

Escrito en Lima, por Rossana Sala, hoy 7 de noviembre de 2010, un día después de la carrera, sobándome la rodilla por el golpe que me acabo de dar. Es que me caí, en plena luz del día, al salir a trotar un poco para estirar. No digan nada. No digo más.

DE YAUYOS, SU CAPITAL

Posted: 1 March, 2011 in 2010
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Yauyos, su capital Yauyos, así contesté equivocadamente cuando estaba en la escuela.

Pietro, a quien la gente por alguna razón que no llego a comprender, lo llama Piero, me dijo entusiasta y feliz que venga al “Lodge” que tiene acá, en Yauyos. He descubierto que hoy en día se denominan así a las posadas.  Me imagino es una expresión moderna   que al final lleva a lo mismo…a un albergue, a un refugio para el alma. A una posada para encontrar la calma.

Yauyos Lodge.

A unas cinco horas al sur este de Lima, sin mucha altura ni complicaciones uno puede disfrutar del campo, del sol, algo de frío, de la tierra. Del cielo azul. Ese que se extraña tanto y que a veces, los limeños, no sabemos siquiera que existe.

Hay lagunas de colores especiales, montañas para las caminatas, recordar, olvidar, hacer deporte, distraer la mente. Algún rincón para leer al aire libre. Dormitar también es bueno. Pasear en bicicleta a lo largo del rio. Simplemente hacer lo que a uno le provoque, lo que me abre el apetito y hace pensar en la fogata, las truchas, las papas andinas cocidas en ollas de barro, el pan fresco, miel, quesos locales. Pietro organiza, prepara, dirige, la gente lo escucha, sonríe, conversa. Unos niños, “sus engreídos” como se refiere a aquellos del colegio aledaño, vienen, lo visitan, juegan con Jonás, el perro que debería estar siempre moviendo la cola. No hay porque estar triste en un lugar como éste.

Pietro, su capital Yauyos.

Esa es la respuesta que debí haberle dado aquel día a la maestra.

Descrito por Rossana Sala, algún día de octubre, antes de ir a Yauyos y tal como me fuera pintado.   Todo cierto.  (http://www.yauyoslodgeperu.com)


Que las preguntas deben formularse de cierta manera. Que éste  proceso  debe ser  más corto que el judicial. Que el árbitro debe estar preparado. Que hay que saber interrogar a los testigos. ¡AGUAS! ¡Cuidado! No se confíen. Advertía el expositor mexicano.

Y así empecé mis clases de derecho arbitral.  “Hay que saber elevarse en el firmamento de los conceptos jurídicos…” profesaba el catedrático mientras yo, haciéndole caso omiso, ascendía mentalmente perdiéndome en alguna constelación celestial. No podía imaginarme levantar la vista y encontrar definiciones y conceptos legales como aconsejaban en la clase. ¿Alioth, Dubhe y Benetnasch, radiantes astros, tenían que convertirse acaso en el Deber Jurídico, los Objetos, las Sanciones y algún fugaz cometa simplemente en La Consecuencia? ¡No puede ser! El inicio del ocaso.

Seguí escuchando. La Ley Modelo. El criterio francés, también el suizo. Teorías, teorías. Las comunicaciones. El laudo arbitral. Tribunal arbitral. Acuerdo arbitral. Las partes. Competencia. Imparcialidad.  Independencia.

“Se trata de una interpretación holística”, señalaba alguien. “¡Tu comentario es írrito!” le refutaba otro mientras el profesor iba impidiendo que ésto se  transforme  en una discusión bizantina respecto al sexo de los ángeles y otra vez volviéramos al cielo, donde también es confortable estar.  El café es un buen antídoto.

La demanda, la contestación a la demanda. “Lo que es cierto en el extremo es cierto en el intermedio” declaraba un reflexivo abogado. ¡AGUAS! Advertía el otro. “No soy abogada” se excusaba alguien.  “Eso puede ser una ventaja” le susurraba sutilmente al oído un letrado. “La respuesta es la siguiente…..bla bla bla”  alegaban detalladamente usando más de un pleonasmo. “Disculpen si me mal interpreté – respondía el confundido – mejor me pongo en la orilla segura”. “Pero ese tribunal no es competente” insistía alguien más. “¡Todos los tribunales son competentes por razón de la cuantía!” le bromeaban para que deje por fin de hablar.   ¡AGUAS! “Esto no se trata de una diatriba, solo respondo a la demanda!” argüía  un alumno algo exaltado al fundamentar su discurso basándose quizás en algún dicho inveterado de los  tiempos uterinos. En algún bicho invertebrado también, creo yo.

¡AGUAS!

Diluvio de ideas.

¡Yo no me quería mojar!

Pero lo hice.

Me empapé de enseñanzas, de explicaciones. Me llené de lecciones y argumentos para poder saber ser un buen árbitro y no solo vestir como tal.

Escrito en Lima, el 2 de diciembre de 2010,  por Rossana Sala, al finalizar el curso y esperando que tomen mis líneas con mica salis,  esa chispita de sal del buen humor.

Entendiendo al árbitro…de ser posible…

¡Aguas! : En México, la palabra AGUAS se utiliza para advertir el peligro. El origen de esta expresión se remonta a la época colonial.  Antes de arrojar el contenido de las bacinicas por las ventanas, se debía gritar AGUAS en señal de advertencia para los que por allí pasaban. De no hacerlo, podían ser multados.

Laudo: “Decisión o fallo que dictan los árbitros o amigables componedores” (Diccionario de la Real Academia Española. RAE)

Holismo: “Doctrina que propugna la concepción de cada realidad como un todo distinto de la suma de las partes que lo componen” (RAE).    Que mejor no aclare que confundo, me podrán decir.

Irrito: “Inválido, nulo, sin fuerza ni obligación”  (RAE)

Discusión bizantina: Se usa esta expresión para ridiculizar discusiones que no tienen trascendencia que no tienen en cuenta los verdaderos problemas. Discusiones que no llevarán a nada.

Pleonasmo: “Demasía o redundancia viciosa de palabras” (RAE)

Diatriba: “Discurso o escrito violento e injurioso contra alguien o algo” (RAE)

Inveterado: “Antiguo, arraigado” (RAE)


Ayer asistí a una charla sobre narrativa.

Hasta hoy, me la he pasado escribiendo historias, anécdotas, verdades, mentiras, tratando de ser siempre breve.
Es más fácil que el lector termine el cuento si éste no es tan extenso. Es lo que opino, además del hecho de reconocer que mi inspiración no da para llenar más espacio.

Sin embargo, me abrieron los ojos al tratar de enseñarme “a jalar narices”, como dijo Fernando Ampuero. “Las narices de los lectores que deben ir desde la primera línea hasta la página final de la historia”. Sentenció. Yo, que practico deporte y que las letras las tengo por vicio, me he imaginado jalando así a quien me lee, desde la línea de partida hasta la meta.

“Que las letras sean como música para los oídos”, advirtió el reconocido escritor peruano. Lo que me llevó a concluir humildemente, que eso que yo plasme en papeles, debe ser armonioso y cautivante. Que quien lo lea no se vea sorprendido por el cabeceo, ya que le cae el libro en la cara o se da un porrazo en el suelo.

Pienso que, como en las carreras, es más llevadero lograr con un sucinto relato que el lector me acompañe hasta la meta. No hay tantas opciones de fuga, de pretextos ni artimañas, tampoco de falsos tropiezos y qué se yo, alguna patraña. Pero si la ruta es larga y si el libro pesa, para eso de jalar narices, ya que no soy un “Ampuero”, además de un buen perfume, mejor me valgo de alguna treta.

Es por eso que hoy imploro, a quien se de por aludido, y quizás también a Gepeto, que mientras practico y lo intento, cuente con lectores pacientes, unos modelo Pinocho, con narices largas, pero sinceros, a quienes pueda guiar cual marionetas, felices, entretenidos, línea por línea, letra por letra y que si dejan de leer solo lo hagan, porque la historia acabó y está completa.

Escrito en Lima en noviembre de 2010, por Rossana Sala. Quiero escribir un libro de verdad.

VIVIENDO A CIEGAS

Posted: 17 October, 2010 in 2010

“Me siento muy contento, fue mi primera carrera nocturna”, declaró el ciego al ser entrevistado luego de llegar feliz a la meta después de 10 kilómetros dejados atrás.

Sucedió hace algunos años, cuando vivía en Caracas. Yo también participé en esa carrera, pero como nunca, llegué tarde a la partida. Sí, a la partida. No me estoy confundiendo. Empecé a trotar e intentar alcanzar a los ancianos, a los niños, a los discapacitados con sus muletas y a aquellos que en sus sillas de ruedas modelo “sprint” picaban aprovechando las bajaditas (“¡Abran paso que voy sin frenos!” alertaban los más osados). En medio de la calle oscura, alumbrada esporádicamente por la luz de los autos, la gente gritaba ordenando que me apure mientras tocaba las bocinas para que les de paso. Otros, más condescendientes, me animaban esperando que así alcance al grupo, me decían que yo podía, que le dé con fuerza, que me mueva! Fue entonces cuando encontré a una señora con su hijo que al parecer habían estado nadando en el mar. Tenían máscaras de buceo puestas y llevaban las aletas en sus manos. Yo había llegado tarde a la carrera porque regresaba de la playa. “Brillante” – pensé – “ellos se vinieron directo y por eso llegaron a tiempo”.

Seguí avanzando. Pasé a un agotado payaso que, producto de la transpiración, empezaba a sentir desparramada la pintura de sus ojos, nariz, boca, por el resto de su cuerpo. Adelanté a una novia, que en realidad ahora dudo si se encontraba corriendo casualmente por allí, como “fugándose” de algo, mirando de vez en cuando hacia atrás, o si se había inscrito en la carrera. ¡Es que avanzaba tan agitada la pobre! Casi podía oírle su corazón latir. A los pocos minutos me encontré con un elegante y viejo zorro que, por su premura y mirada, estoy segura venía maquinando alguna artimaña para capturar con astucia alguna inocente presa. Luego hablé con Superman y le pregunté de qué se trataba todo este zaperoco. Me explicó tímidamente,  ya en ese momento transformado en Clark Kent, que era una carrera nocturna de disfraces. Por mi cara de sorpresa debe haber pensado que yo venía disfrazada de Lois Lane y acababa de descubrir sus poderes secretos. Luego vi al ciego. “Qué buen disfraz”, pensé. Trotaba guiado por otro corredor, su lazarillo, que avanzaba delante de él, ambos unidos por el mismo bastón llevado en forma horizontal.

Así seguí corriendo hasta llegar a la meta. Allí, la gente feliz y cansada, bebía agua, comía fruta, explicaba al detalle y con orgullo cada uno de sus dolores. Los reporteros de la televisión buscaban a los corredores disfrazados más pintorescos y originales entrevistando también al supuesto invidente. “Me siento muy contento, fue mi primera carrera nocturna”, contestó feliz, sonriente e irónicamente el ciego, que en realidad físicamente lo era. Pero que no necesitaba de ningún disfraz, que confiaba ciegamente en su amigo, que estaba seguro de la felicidad, que no tenía miedo, que sabía lo que quería y cómo alcanzarlo, cómo llegar, que no conocía lo que era titubear. Que era capaz de correr por las calles sin saber si era de noche o de día, avanzar por la vida, bromear de sí mismo, alcanzar sus metas sin antifaces, sin querernos dar una lección, pero haciéndolo paso a paso y sin poderlo notar. Hasta hoy lo recuerdo. Y yo que me preocupo por tropezarme y doblarme un tobillo si corro de noche en la carrera de Nike!

Escrito hoy, 16 de octubre de 2010, en Lima, esperando no llegar tarde a la partida y poder ver la meta. Las metas.


—¡Estás igualito! ¡No has cambiado en nada! ¡Por ti los años no pasan! —

Como buen abogado, el organizador de la reunión nos citó en un lugar estratégico. Clarosuro. Especial para vernos después de más de veinte años en los que en muchos casos ni nuestras trajinadas sombras se habían cruzado. Terminamos los estudios universitarios y nos marchamos con nuestras juventudes para llenar nuestras vidas, pues.

Dichosos y alborotados nos encontramos en uno de esos pubs de moda cargados de música de los ochenta. Hablamos en voz alta y escuchamos solo lo que nos interesaba oír. Unas cuantas copas. Algunas más. Abrazos, risas, fotos. ¡Qué maravilla! Las arrugas se ocultaron como si nunca se hubieran instalado en nuestras facciones. Las canas, la escasez de pelo, poco se notaban. Las calvicies se confundían entre las sombras del lugar y algunas plantas decorativas colgantes. Con desfachatez, la glotonería logró esconderse adipada en ciertas zonas corporales donde otras veces suele resplandecer.

—¡Estás igualito! ¡Estás igualito! —nos despedimos sugestionándonos.

Pido  disculpas  por no haber sido sincera aquella noche.

Nos veíamos tan distintos. ¡No jodan! ¿Igualitos? Pero si nada puede borrar el rastro del paso inapelable de los años que afecta sin reparo nuestra gentil humanidad.

Consulté al espejo para encontrar alguna respuesta evidente. Fue en vano. Me desvelé varias noches. La falta de sueño empezó a marcar aún más las huellas en mi mirar. Para tratar de relajarme me distraje durante horas con la televisión. Fue un programa sobre  animales el que por fin puso de manifiesto las leyes de la naturaleza que inconscientemente  trataba de encontrar.

La hipótesis, esto es, la conjetura del orden que descubrí aquella noche en mis observaciones, mostró de hecho una nueva ley natural pues toda ley de esta índole se cumple para una clase (mi promoción universitaria) infinitamente grande de sucesos (pliegues, adiposidades, calvicie, etc.) y es independiente del tiempo (su avance no se detendrá).

Es así que mi realista conclusión ante tantos enunciados objetivamente ciertos fue tan profunda como banal: 

          “El ropaje nos había quedado chico”

iguana2¡Era el ropaje! Cual reptiles, habíamos cambiado el que hace años llevábamos puesto, pero dentro de nuestra colorida y sensible cubierta ¡vivimos! Con más  edad y experiencia. Sonrisas, lágrimas, familia. Quizás dinero. Trabajo, sabiduría, amigos y hasta felicidad. Una pareja con quien juguetear. ¿Enamorado de la soledad?

¡Hemos mudado de piel!

Hemos crecido. ¡Somos mejores! 

¡No estamos igualitos!

¡Estamos iguanitos!

¡Como las iguanas!

 A fin de cuentas, nos marchamos con nuestras juventudes para llenar nuestras vidas, pues.

Escrito en Lima, en junio de 2010, luego de una observación concienzuda de los complejos principios que nos gobiernan y a la espera de dar a conocer  pronto esta nueva ley sobre la naturaleza iguanitaria.

Por ser justicia.

 


trotesan borjaY de repente estaba yo allí, llegaba a la meta trotando, rogando, casi rengueando.

Entrené. Me organicé. Practiqué la ruta. Grabé en mi Ipod la música indicada para que me mantenga el corazón latiendo y el cuerpo erguido. Llevé mi propia agua para que no me falte y algunas gomitas energéticas y pegajosamente reconfortantes.

En un principio me sentí libre, casi casi me encontré entonando el Himno Nacional y marchando entre un gran pelotón azul “SOMOS LIBRES SEAMOSLO SIEMPRE”. Somos liebres, pensaba también, lo admito.

Pura adrenalina. Diez kilómetros en los que fui buscando mentalmente dejar atrás todo lo que debía quedar allí. No había entrenado mucho el trote, pero sí montado bicicleta. Aproveché el impulso de la bajada, la fuerza que da la algarabía y, principalmente, mi falta de cautela.

Iba tan espídica que decidí imaginar que estaba pedaleando, claro, pero no en bicicleta estacionaria: en una bici de ruta. ¡PISTA! ¡PISTA! Decía al reclamar paso a la mancha humana que por partes no avanzaba impidiéndome adelantar. Después supe que acá, en el Perú, nadie pide “pista”, que eso se usa en Venezuela. Y  yo, que me sentía ignorada y la gente, que me creería despistada. ¡PISTA! ¡PISTA!

En el camino, guiada por alguna fuerza ilusa, iba saludando caras que nunca había visto y recordando gente, tanta gente, que alguna vez había conocido y formado parte de mi vida. Tomaba agua. La música me impulsaba y me alegraba más de lo que ya estaba al saber, que podía trotar después de meses de recuperación por problemas en las rodillas causados, quizás por la edad, quizás por correr mucho, con preferencia hacia el segundo quizás.

Quería llegar feliz a la meta.

Iba animando de vez en cuando a algún corredor cansado, agradeciendo el clamor del público de la ruta, al policía que detenía los autos para dejarnos pasar, al repartidor de agua, bendito líquido. Iba recordando otros caminos por los que había pasado, tantos, pero no todos todavía.

Luego, vino la subida. Recordé Caracas y sus cuestas. Me vino a la memoria aquel vocabulario que uso sólo mentalmente y en momentos de crisis: “¡Coño! ¡Este falso plano está burda de arrecho! ¡No jodas! ¡Vale mi pana!” (No vale la pena explicarlo. La interpretación es laxa, interminable).

Sabía que desde el kilómetro once me vendría el cansancio. La vida cuesta arriba. Pero tenía que seguir. Tenía que llegar. La velocidad no era importante ahora. I will survive, Yo sobreviviré, repetía la canción y le hacía caso en todos los idiomas. Hacía calor, y la música sonaba bastante bien. Empecé a sudar, lo que me hizo perder gota a gota la poca elegancia que me quedaba. El tiempo lo había ganado en el primer tramo, pensaba. Mi trabajo era llegar. Debía enfocarme en eso. Sin embargo, ¿dónde #@#%@## (léase, coño) estaba mi bicicleta? ¡I want to ride my bicycle! Sentía ahora que estaba sobre mis agotadas piernecitas, las que debían subir lo que habían bajado. Las que estaban prohibidas de acalambrarse. ¿Porqué no había hecho más máquinas y pesas en el entrenamiento? – me quejaba absurdamente al saber que detesto esa clase de ejercicios y que no los hago porque no me da la gana.

Ya no podía aupar a los que se quedaban andando. “¡Que se jodan solitos!” pensaba y, hoy, les pido disculpas por mi falta de solidaridad y de etiqueta mental. Tampoco tenía fuerza para agradecer el aliento de los grupos de música que de vez en cuando animaban a nosotras, las ánimas trotadoras deambulantes. Me arrepentí de haber gastado energía en esbozar alguna sonrisa. Solo quería alcanzar la meta mientras iba entendiendo aquella estrofa del himno -LARGO TIEMPO EL PERUANO OPRIMIDO- y me preguntaba, arrastrando cadenas y gimiendo en silencio, ¿quién me había mandado correr 21K? ¿Porqué no me había quedado tranquila en la casa o estaba gritando en la tribuna cargando algún cartelillo….!Tú puedes mamá! ¡Tú misma eres! ¡I love you! ?

Entre tanto titubeo, fui avanzando y al ver el aviso de LLEGADA decidí recordar mi infancia. Aquellos años en los que practicaba natación. En los que debía completar 25, 50 ó 100 metros a todo pulmón. Sin comentarios, sin música, sin pancartas, sin pensar tanto, sólo al ritmo del chapoteo del agua y del corazón galopante. Eso hice. Los últimos metros decidí sacar la energía escondida en mi pasado y en mis gomitas pegajosas, tirarme de cabeza al asfalto (metafóricamente, claro) y llegar a la meta. Allí habrían muchas personas desconocidas. Un mundo de gente. Un mundo nuevo para volver a empezar.

Y así fue. Completé los 21K. Tomé agua y recuperé el glamour. Alcancé la meta, mi propia meta, sonreí, aunque sintiendo algún dolorcillo en la baja espalda.
Sabía que, aunque no fuera fácil, podría lograr lo que me proponía. Todos lo hicimos.

Escrito por Rossana, con un cierto dolor en el derrière, unos días después del principio de mayo y del reinicio de mi vida por las pistas!

Para Elías, mi cuñado, a tres años de su partida, porque nos acompaña como un feliz espectador en el camino y con sus sonrisas, bromas y cariño, además, nos espera en la meta.

Rossana Sala


 

4761389[1]Hoy, Alfredo, el  entrenador,

me dijo en tonito retador,

que para mejorar mi paso,

¡debo rectificar  como piso!

Para entender el sentido de ésto,

me explicó, mientras le puse algún gesto,

debía  yo modificar,

mi errada forma de trotar.

Mi manera de llegar al suelo,

debía ser  como un pañuelo.

No caer con la punta del pie,

que no estaba bailando ballet.

Tampoco con el talón,

sino, más bien,  con la planta.

¡Tanto dato se me atraganta!

¿Acaso tendrá razón?

¡No quiero golpearme el mentón!

Tirar la cadera hacia adelante,

con  paso raudo y constante,

ya que  la masa corporal,

la centraba yo, bastante mal.

Debía flotar sobre un colchón,

como evitando  vidrios del suelo.

Este paso es un desvelo…

¡Me voy a la revolución!

 

Nadie debía escuchar,

mi golpeteo al pasar.

Te juro, Alfredo, que trato,

aunque pise cual garabato.

Mis rodillas se vienen gastando,

por trotar sin estar pensando.

Con mi música, voy cantando,

Y Alfredo, sigue jorobando.

“Si corrieras tan bien como escribes”,

me advierte, y no le agradezco.

No entiendo lo que me dices,

si el comentario merezco.

 

“Por ahora mejor no hagas nada”.

“Tu pisada es una cagada”.

Sentenció al final de la largada.

Le lancé una soez mirada.

Poco a poco este tema bendito,

me ha abierto el apetito.

Lo del “pasito a lo Alfredo”,

me empieza a importar un bledo.

Una pastita a lo Alfredo,

¡solucionará el enredo!

¡No te preocupes maestro,

que es una broma esta historia!

Sé, aunque no lo demuestro,

que  nos llevarás a la gloria.

En Lima, un 15 de mayo.  No te molestes,  ya  callo.

Rossana Sala


Cada mañana practicaba spinning…rodaba feliz por un mundo imaginario.

“¡Ya llegas!”… me decían allí entre las paredes del gimnasio…donde lo más cercano a la naturaleza era lo que a lo lejos se podía ver: el mar.

En realidad en mi mente salía, partía, reía, bailaba, lloraba, cantaba (es una hipérbole), soñaba, olvidaba, recordaba, llegaba, todo al ritmo de la música y del ánimo matutino. Pero no, definitivamente, no avanzaba.

Rossana, caramba, ¿es que no te has dado cuenta que la bici estacionaria no camina? ¡No insistas mujer!….pensaría seguramente más de uno al verme jadear sin detenerme y obviamente, sin tropezar.

Un día, al finalizar ese pedaleo circulante y vertiginoso, para algunos abrumador y masoquista, un amigo, vecino de bicicleta estacionaria, me dijo de reojo y con tonito cachaciento (*) y malicioso “¡Nos vemos mañana haciendo la del hámster!”. Advertí entonces, en lo que me estaba convirtiendo al pedalear en una rueda sin salida ni fortuna. Me transformaba sin querer en un roedor anónimo, pequeño, travieso y feliz, cachetón, de grandes dientes, ensimismado e ido, sin mística, sin misterio, que no puede hablar ni ver más allá de su corta nariz y de lo que sus patitas de saltimbanqui le permiten al pegar brincos , constantes y seguros, pero autistas al fin, traca, traca, traca, traca…..ad infinitum.

A la mañana siguiente miré a la bici con desdén y alevosía. A mi amigo también, pero él no se dio cuenta. Estaba en su bici.

Me eché a trotar sin remordimiento alguno. Dejé mi rueda buscando otra fortuna. Mi destino fijo y circulante lo cambié estrepitosamente por un paseo largo y extendido, trotando frente al mar, permitiendo que su brisa me abrace y que el calor del sol me abrigue. Desde ese día combino…a veces bici, a veces troto, a veces vino.

Al poco tiempo de trotar sola, fui adoptada por algunos corredores del club donde está el gimnasio. Mi nuevo grupo; lo que hasta cierto punto me llega a causar un sentimiento de extraña infidelidad con los CONTODO, mis amigos trotadores de Caracas. ¿Pero qué hago?

¡No puedo seguir sola en esa rueda infinita y hamsteriana! ¡No puedo vivir de los recuerdos con el solapado riesgo de volverme un roedor!

En mi condición de abogada existe además el agravante que en lugar de hámster, me convierta en una vil rata. Debo agregar a mi favor, que en muchos trotadores limeños, veo la cara o estilo de trote de mis amigos venezolanos. En serio. Ni es lo mismo, ni es igual, pero hay que seguir avanzando. Acá no me conocen como Perulima. No sé cómo me llaman, lo que quizás debería inducirme a cierta preocupación hamsteriana…pero en realidad no importa. No vale la pena darle vueltas al asunto. Alguien del grupo me dice que soy su liebre favorita. Está bien. Aunque mi paso no es de liebre. Mi paso es quizás de un ser libre. Hasta donde las rodillas y la vida me lo quieran permitir.

 

Hoy por hoy, mi actividad deportiva se ha reducido a algunas horas a la semana de spinning y otras de trote. Alterno la del hámster con la de la liebre; amigos recientes con viejos recuerdos; nuevas historias que serán recuerdos. La vida avanza. Uno decide. De eso se trata, por eso se trota. Por eso combino. Por eso con vino.

Ha nacido una nueva corriente filosófica: la hamsteriana libre. Ad infinitum. Acá fuera de mi rueda, en abril del 2010. Rossana Sala

(*) Se usa como sinónimo de burlón en el Perú.

ANIMUS VIVENDI

Posted: 10 March, 2010 in 2010

Las ideas me han venido y se han ido…así como los días de este último año transcurrido.Llega mi cumpleaños…y me he dado cuenta que por lo ocurrido, por lo vivido, no debería cumplir uno, sino tres o cuatro. ¡El año me vino en combo! ¡Tres por uno! Pero dejémoslo en uno. No tengo apuro.Pensar en todo lo sucedido y que solo he crecido un año y he bajado algunos kilos. No está mal.

Crecer. Suena mejor que envejecer, porque a la larga uno crece en la vida. Se enriquece. Bueno, también a veces se empobrece. Pero no me refiero a los bolsillos. A esta edad, y a cualquier otra, hay que pensar en positivo para levantar el ánimo. El Animus Sonriendi, jurídicamente inventando.

En esta época, el año pasado, estaba a punto de casarme. El 31 de marzo lo hice.

Hoy, estoy a punto de divorciarme. El 16 se dictará sentencia. Ese juez, gordito y cachetón, el de los afiches de la Guerra de las Galaxias colgados en las paredes de la Corte emitirá su fallo. Mi fallo. Estoy segura que algo sabía y que nada me dijo. Algún secreto oculto. Una amenaza fantasma. Animus Jodendi.

Será mi segundo divorcio. Me declarará recontra divorciada.

¿Será un estigma en mi vida impuesto acaso con aquella espada de luces de efectos especiales ?

La gente hoy no entiende que pasó. Tampoco tiene que hacerlo. No pretendo que lo haga, por lo que las pocas veces que lo explico, lo hago con Animus Callandi y además de manera airosa. No aireada o petulante, sino hueca y vaga. Un soplido que no dice nada, pero que dice todo. Siempre hay opiniones, criterios, ideas, cuchicheos, chismes. Basta. Al final me casé por la misma razón que me divorcié. Porque en cada momento de mi vida pensé que era la mejor. Animus Decidendi.
Desde ahora debo acuñar en mi mente y de ser posible en mi corazón, un nuevo lema…RAZONA ROZANA, RAZONA, ROZANA.

Pero Rossana a veces no escucha y pocas razona. Rossana vive feliz por la vida, levantándose cada mañana temprano a montar bicicleta estacionaria sin alcanzar a las personas que más adelante están sentadas remando en sus botes inmovilizados. Todos felices, escuchando alguna canción, sin adelantar un metro, pero avanzando por la vida al compás de ella. Animus Crescendi. Animus Ejerscitandi.

Y después de esa rutina, se va a San Antonio. Sí, otra vez a San Antonio.

Pero no a San Antonio, Texas, donde se casó, sonrió y lloró.

Ahora, irónicamente, a San Antonio, Lima, distrito donde está ubicado el escritorio de abogados en el que cada día trabaja, pero que lleva también el nombre de ese santo casamentero que ella no alcanza a comprender. !Bendito seas, por si acaso, a pesar de tu Animus Perturbandi!

Sin embargo, debo reconocer que era cierto aquello de los efectos especiales de la espada de luz de la película. ¡Cuán especiales! Una nueva esperanza. Vivo ahora cerca de mis hijos, lo que me ha llevado impajaritablemente a retomar el Animus Lucrandi para poder satisfacer ciertos caprichos de la juventud divina y de la era digital.

Eso sí, pase lo que pase en esta vida, uno no debe dejar por el camino olvidado el Animus Amandi ni otros Animus de los que me han contado.

Animus Anonymous, en San Antonio, Lima. Perú. 10 de marzo de 2010. La saga continúa…

Otra vez SI, Pero Doble

Posted: 12 January, 2010 in 2010

Otra vez SI, Pero Doble

Entonces fue cuando dije que SI ! Otra vez acepté…

Me la he pasado haciendo maletas…todo el equipaje a su lugar de origen…sacar, guardar, acomodar, mover, encontrar, abrir, cerrar, tapar, arrugar, destender, descolgar, desgastante este proceso, pesado este proceso…en el que una dice…”!Qué diablos!” (y otras expresiones en las que por decoro, recato, decencia y quizás algo de respeto a mi abuelita, que en paz descanse, prefiero no detallar…pero que de verdad las pienso y siento). “¡Porqué coño (lo siento abue, esa se me salió) las mujeres no tenemos tanta fuerza!” Del sexo débil, nos dicen y creo que es cierto…por lo menos físicamente. Viene mi hijo, alto y vigoroso; o el portero, bajo y regordete; o cualquier hombre flacucho y lánguido que quizás hasta creció sin ser bien alimentado, pero que al llenar las casillas de algún documento marca SEXO MASCULINO, y como que sin hacer esfuerzo, nada más porque sí, levanta la alfombra, la maleta, la mesa, la maleta, la televisión, la maleta, el sofá, la maleta, la cama, la maleta. ¡No es justo! No sé si me estoy debilitando por el paso de los años o es el peso de las mudanzas el que me trajo abajo o si siempre fui un ser carente de punche y recién lo noto. Debería iniciarme quizás con el levantamiento de pesas, pero no me gusta…me niego a hacerlo, lo rechazo enfáticamente. Y sigo sin entender y por falta de equidad hoy le reclamo a las alturas, ¿porqué para el hombre, la fortaleza física, valga la precisión, es un estado casi natural?
Pero, hablando de debilidades, a lo que iba…
Otra vez dije que sí.
Hace unos meses, cuando vine a Lima, me instalé en un departamento que hace tiempo quería dar en alquiler y no podía hacerlo…no encontraba inquilino…y bueno…la semana pasada…allí sentada en la sala…me pidieron alquilarlo desde ya! Les encantó! Y yo dije SI! Era muy espacioso para mí. Así que, tres días después del SI, mi equipaje y yo estamos mudados en el confortable “Hotel Mamá”, suite “Es Temporal hijita ”. Me quedaré aquí hasta que me instale en otro apartamento chévere.
Ese mismo día, a esa misma hora, la del SI (EL SITIME”), tenía una reunión con un abogado. Avisé que llegaba tarde. Mañana empiezo. Una vez más, otro SI. Me dan una oficina, trato de conseguir clientes y me dan trabajo. Todos felices. ¡¿Quién iba a pensarlo?!
Alguien me venía diciendo cuando sentía que empezaba a comenzar a vivir de nuevo, pero con arrugas, sola con mi bicicleta, allí dándole duro a los pedales…”Oye, las cosas se van a ir acomodando, se van a arreglar solas…ten paciencia, LA VIDA ES COMO UN JUEGO DE TETRIS…no es para que UNO ESTE TRISTE.”
Y ésta mañana sonreí, mirando hacia atrás, sentada desde esa misma bicicleta.
Pero desde ya digo, nunca más vuelvo a decir que SI al matrimonio: si me va mal y me divorcio mi pasado sería casi pornográfico…el siguiente podría llegar a ser mi TRIPLE EX, y eso, ni mi abuelita me lo perdonaría! Aunque suene interesante, digo yo.
En Lima, el 12 de enero del 2010.

Vuelve a la Vida

Posted: 7 January, 2010 in 2010

El sábado decidí salir a trotar un poco…volver a la vida…como esos menjurjes que venden por las playas de Venezuela… (“rompe colchón”, “siete potencias”, como les llaman).

Ni siquiera he escrito. He pensado en muchos textos, ideas, pero no salieron de mi mente, se quedaron allí, pedaleando por mi cabeza…rondándola…

Necesito volver a la vida.

Trotar es volver a la vida acaso? Quizás…o sólo es este estado de ánimo el que me tiene así, como patidifusa, como encerrada dentro de mí, haciendo spinning en mi cabeza..dándole vueltas y revueltas a las cosas, a las historias, a los errores, a las locuras…

Pero entre esta marejada de tumbos y contratumbos, me di cuenta de algo…que a pesar de todo, he estado estancada…sin avanzar…y la culpa la tiene el spinning…. claro, dale que dale con los pedales sin moverme ni un mísero milímetro hacia adelante. Sólo de un costado a otro, con el peso de mi humanidad, al ritmo de cualquier música rocanrolera, de la zumba o del ballenato… qué sé yo… Igual la paso bien.

Pero tengo que salir de este hoyo inamovible. De ese remolino de pedaleos que además de fortificar mi cuerpo debe ayudarme a fortalecer la mente. Ponerla en forma. Moldearla. Apaciguarla.

Y entonces…es éso lo que empecé a hacer: dejé de rodar mentalmente…di un salto a las ideas para ir hacia adelante trotando feliz….otra vez, aunque me molesten las rodillas un poquito. Todo se aguanta y pasa.

He comenzado a alternar: nadar, pedalear, trotar…

La triatlón de la vida!
Un poco de bici….meditar, darle vueltas a las ideas, antes de ir más adelante. Pero no quedarme atollada.

Las carreras…una vez decidido el tema, bien remoloneado mentalmente, escrutadas las aristas (esas que después te causan daño), avanzar, trotar o galopar, lo que sea más adecuado y efectivo. Lo que las circunstancias ameriten. Hasta para escaparse si lo vale. Con o sin equipaje.

Nadar…para poder salir a flote si te tropiezas. Se avanza también en el agua.

En ese orden o en cualquier desorden..estar lista para la triatlón de la vida….y también para probar otros preparados de las playitas caribeñas que hasta hoy recuerdo…porqué no?! “Helaaaaados… barquiiiiillos… refreeeeeescos….siete poteeeeencias, rompe colchooooón, vuelve a la viiiiiida!!!”..

Y VOLVI.

Rossana, desde Lima, casi a fin de año..pero no de la vida.

FELIZ 2010!!!!