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—¡Mi premio sorpresa! ¡Este es mi premio sorpresa! —me imaginé al dar el primer vistazo a mi compañero de viaje— ¡Pero qué tal tipo! ¿De dónde habría salido?—.

Yo regresaba a Caracas luego de visitar a mi familia en Lima. Viajaba en primera clase. El pasaje –vía Bogotá– me lo había ganado en una rifa.

¡Tenía que ser mi premio sorpresa!

Con recato, lo miré de reojo. Por la forma enrollada de sus piernas, debía ser bastanaugente alto. Un metro noventa o más. Me pareció menor que yo.  Diez años quizás. Se veía bastante bronceado.

De pronto, me habló. Fue él quien empezó a conversar conmigo. Yo traté de no fijarme mucho en sus perturbadores ojos verdes, en su impecable sonrisa. Pretendí ser una perfecta dama. Él resultó ser artista de telenovelas argentinas. Seguí observándolo con exagerado decoro mientras me contaba sobre su actuación en películas latinoamericanas, su afición por la natación y el ciclismo;  su estado civil, soltero; su nombre, Juan Roberto. Entre algunas copas de champaña y más de un brindis, traté de prestarle atención a sus historias. Mis esfuerzos fueron vanos. Esos ojos verdes. Esos voraces ojos verdes, me lo impedían.

—¡Oiga capitán! ¡Dele unas cuantas vueltas a la pista, antes de aterrizar en Colombia! —pensé con la esperanza de que eso de  la  telepatía  funcione. —¡No se detenga! ¡Que de aquí nadie se baje! ¡Cierren las compuertas! —me concentré.

 Sin más, una especie de tic empezó a desviar mi ojo izquierdo. ¡Era imposible controlarlo! ¿Lo notaría Juan Roberto?  En ese agitado trance, lo vi desenvolverse de su asiento y estirarse hasta rozar con su cabello castaño, suave y solo algo ensortijado, el techo de la cabina, mientras se apartaba de mi pequeñez. Llevo aún fija  en la mente esa mirada abrazadora  y el sonido de su voz de tonos graves alejarse, dejándome sentada tan solita, sin mi galán.

¡Pero si era mi premio sorpresa! ¿Acaso no me lo podía llevar?

—¿Fila A-2? —me distraje un segundo y una señora cachetona, regordeta y cargada de equipaje, se instaló al lado mío sin pedir permiso, así como una cruel pesadilla sabe incrustarse en el más exquisito soñar.

Durante el vuelo Bogotá-Caracas, esa mujer se dedicó a parlotear con su vocecilla estridente sobre  mis hombros y mi poca paciencia con otras dos personas sentadas más atrás.  En aquel barullo, traté de enderezar mi descarriado ojo, silencioso cómplice del pudor de mi mirar. Intenté relajarme, dormir entre la incomodidad y el ruido, imaginar que paseaba con Juan Roberto en bicicleta. —¡Permiso! ¡Permiso! —cacareó la impertinente fémina y se abrió paso entre mi cartera, pies y realidad—. Hemos llegado a Caracas. ¿Me deja bajar?

Han pasado cinco días y ocho horas y no he podido controlar el tic de mi ojo izquierdo. Debe de ser de tanto mirar el teléfono. Es que Juan Roberto llamará.

Caracas.  Julio del año 2005

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