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Como cada día, Martín se levantaba a las cinco de la mañana, tomaba desayuno y pasaba las horas conversando con esos amigos que, según él, nunca había visto, pero que lo conocían bien. Con esos extraños que lo escuchaban y lo querían.

Martín almorzaba rápido para ocupar la única mecedora que daba al ascensor por donde Esteban, cada día a las tres de la tarde al abrirse la puerta, aparecía.

–¿Cómo estás papá? No he podido venir en toda la semana.

Por fin sintió el anciano la voz de su hijo y ese abrazo tibio que algunas veces solo imaginaba.

Martín intentó ponerse de pie. Esteban le alcanzó el bastón y lo ayudó a pararse. Eran casi las seis, pero prefirió no decirle nada a su padre.

–Disculpa la demora. Se me complicó el trabajo.  ¿Caminamos?  Vamos al Café Azul, ese que tanto te gusta.

–Sí, son las tres. La hora perfecta. ¿Fue allí donde estuvimos con José ayer? Ese tío tuyo me debe plata hace tiempo. En realidad, me debe mucho más que eso.

–El tío José…

–Ah –dijo el anciano–.  Hace unos días lo vi en la plaza. Ni me saludó.

–¿Estás con hambre? ¿Qué te provoca?

Las hojas secas, antes verdes, rojas y amarillas, arremolinadas por el viento, anunciaban el final del otoño al invadir las veredas.

Los rayos del sol brillaban todavía calentando la tarde.

–Mira –le dijo Martín a su hijo al señalar la acera del frente–. Si no me equivoco es allí, en esa sala de teatro donde empezó la historia.  Esa tarde andaba nervioso.  Conversamos como nunca.  Compramos flores, chocolates.  Los rellenos de nueces le encantan a Teresita. Lo que el viento se llevó. ¡Qué buena película!  La función llena de gente.  Las mujeres con faldas y tacos. Teresita, delgada, alta, con su vestido azul.  Ese sombrero de lazo que según ella le acomoda tan bien el pelo.  Su pelo lacio y largo. Para que no se vuele. Me encanta verla disfrutar comiendo chocolates. Los rellenos de nueces son sus favoritos. Vas a engordar Teresita. Pero esa sonrisa de niña traviesa nadie se la quita. No se la quiero quitar yo tampoco. Y allí, sentados, frente a la pantalla, a los pocos minutos que apagaron las luces le tomé la mano.  Le tomé la mano a Teresita.  Debe de haber sentido cómo me sudaba, pero dejó quieta la suya. Qué alivio. No hizo el menor intento para sacarla. No me miró. Tampoco hablamos. Todo fue en silencio. Sentí su perfume por primera vez de tan cerca. Quería que se me impregnara para siempre.  Yo no sabía qué hacer. Solo sabía que no quería soltarla. Me debe mucho mi hermano. Después, la invité a tomar algo. Ella no quiso champaña, tampoco una copa de vino. Prefirió una taza de chocolate caliente. ¿Lo que el viento se llevó?  ¿Te conté de nuestra primera cita?

–Sí, papá.

–¿Ya es las tres de la tarde? La hora perfecta. Teresita querrá tomar su chocolate caliente.

Algunas hojas secas de la calle, antes verdes, rojas y amarillas, invadieron en silencio la terraza del café.

–La tía Teresa no puede venir, papá.

 

 

 

Rossana Sala

Setiembre 2019


–Que no te escuche Tadeo –le dijo Fátima a Ernesto.

Y Tadeo, medio dormido y medio despierto, abrió los ojos. Es que el niño necesitaba averiguar de dónde venían los regalos. ¿Quién los traía? Y, tirándola del vestido, le preguntó a su madre ¿Dónde los esconden? Tan delgado como siempre y más inquieto que cualquiera de los muchachitos de su salón de clase, Tadeo, despedido por un resorte, se levantó del sillón de la sala para encontrar lo que buscaba.

–Quédate tranquilo –le dijo Ernesto, perdonándole por esta vez a su hijo que no le hiciera caso.

–Es que el niño está muy emocionado –dijo Fátima con su tonito de madre sobreprotectora que, de vez en cuando y sin explicación alguna solía brotarle. En ese momento Ernesto abrió la puerta principal de la casa para que hicieran su aparición Luis, cargado de regalos, dos panetones y una torta de jengibre envuelta en celofán dorado, y Pamela, empujando el coche de Andrés y Andrea quienes, al sentir el golpe de luz en sus silenciosas caritas, se despertaron para transformarse en poderosas criaturas que lanzaban desenfrenados llantos y en las que, entre sollozos y quejidos podía verse de cerca el desarrollo de sus poderosas amígdalas.

–¿Y este milagro, hermanita? –dijo Fátima acercándose a recibir a sus invitados–. Tantos años esperándolos. Ya era tiempo de que vinieran que, si seguimos así, ni nos reconocemos y ni menciono a los viejitos. Los años no pasan en vano.

–¿Qué me quieres decir con eso?

–Que estamos felices de tenerlos en casa, cuñadita –interrumpió Ernesto–. Vamos, acomoden sus cosas.

El laberinto del momento fue considerado por Tadeo como preciso para, como en una cacería de leones, buscar la mejor presa.

–Y acá les presento a Tadeo –se escuchó la voz de su madre, pero el niño ya había clavado su mirada en las mamparas de la sala empujándolas para salir al patio que, al estilo de la más salvaje de las selvas, estaba lleno de pequeños pozos de agua debido a las últimas lloviznan del invierno.

La situación le encantó al pequeño quien se empapó los pantalones y, con las manos vacías pero cargado de esperanzas, entró a la casa resbalándose una, dos y tres veces con cierta cadencia que convertía la situación en cómica, pero no provocaba sonrisas entre los presentes que continuaban abocados a los saludos y preparativos.

–¿Mamá y papá, por dónde andan? –preguntó Pamela sacando a Andrea del coche y arrullando a la pequeña entre sus brazos–. Cuando empieza una, sigue el otro. A ver si me ayudas, Luis.

–Pero si son una belleza –se acercó Fátima–. Vamos, les mostraré el dormitorio de visitas para que los niños descansen.

“El dormitorio de visitas”, repitió Pamela al subir las escaleras, imitando en voz baja el cantito de su hermana.

Mientras tanto Tadeo, sin siquiera sobarse las rodillas, decidió que sería más productivo continuar con su investigación bajo techo y esta vez en la cocina donde se encontró con doña Carmela. Ella removía la cuchara de palo de la gran olla de chocolate que empezaba a hervir.

–¿En qué travesuras andas Tadeito? –le preguntó la mujer.

A los pocos pasos, atravesando los camotes sancochados, el puré de manzanas frescas y la fuente del pavo con las patas que acababan de ser envueltas en platinas, Tadeo decidió abandonar el lugar.

–¡Ven para acá! –le dijo la mujer apachurrando al niño dejándolo casi sin respiración–. Ni se te ocurra salir sin darle un beso a tu abuelita. Mira que prepararé solo para ti tus ravioles favoritos. ¿Tienes hambre?

Tadeo, no pudo escapar de los brazos carnosos de la madre de su madre, ni tampoco del olor a mantequilla, cebolla y patas de pavo muerto que ella despedía, por lo que, tan rápido como pudo, se escabulló para ponerse a salvo en la sala. Además, en ese momento, lo único que le interesaba era descubrir los regalos y ni esos ravioles con salsa de carne y queso parmesano, iban a detenerlo. Quizás más tarde.

–Acá estás, Tadeito. Te estaba esperando.

¡Atrapado!

La gruesa voz que venía del sillón de cuero no sorprendió al pequeño.

–Venga un abrazo para este viejo ¿Ya te dieron algún regalito?

–Para eso tiene que venir Santa –dijo Fátima saliendo del dormitorio de visitas acompañada de su hermana y su cuñado–. Vamos papá, que es un niño y mira quienes nos honran con su visita esta noche. Pamela y Luis, finalmente.

–¿Quiénes?

–Ya tengo seis años –dijo el pequeño saliendo de la sala entre carreras y brincos –¡Regalos! ¡Allá voy! –para continuar con su implacable cacería y evitar convertirse, esta vez, en presa de los brazos y cejas peludas de su abuelo y de los besuqueos melosos de su madre y de sus tíos. Si es una delicia el niño. ¿Acaso se lo iban a comer?

–Soy tu hija mayor papá –dijo Pamela abrazando al anciano como si lo viera seguido–. Vine con Luis. En un rato vas a conocer a tus nietos. ¿Y mamá?

El timbre de la puerta se escuchó tres veces.

¿Dónde? ¿Pero dónde estarán los regalos? En sus paseos por la ciudad, Tadeo había visto a muchos hombres, panzones y sonrientes, tocando campanas, todos vestidos de rojo, con sus barbas blancas y botas negras. No podían existir tantos Santas. Algo le estaban escondiendo y él lo descubriría.

–¡Antonieta, Natalia! Qué sorpresa tenerlas acá. ¡Ya era hora! Le daré la noticia a papá con calma. No vaya a subirle la presión al verlas.

–Ya, Fátima, no te pongas así –dijo Antonieta entregándole una botella de Moët & Chandon–. Sé que te encanta hermanita. Para que no digas que no me acuerdo de tus gustos.

–Debe estar inmenso mi ahijado –interrumpió Natalia sacando de un maletín de cuero un paquete rojo con un aparatoso lazo azul–. Espero que le gusten los autos a control remoto. Ya tiene ¿cuántos? ¿Cinco años?

–¡Es el colmo que no sepas su edad! Al menos te acordarás de su nombre. Por más ocupada que estés, no puedes desentenderte de la familia y, además, debemos esperar que Tadeo, porque así se llama tu ahijado, se duerma. Dáselo a Ernesto para que lo esconda.

–¡Ernesto! ¿Y sigue tan flaco mi cuñadito? ¿Y sigue siendo mi cuñadito? ¡Este sí que te aguanta, hermanita! ¡Cuídalo! –intervino esta vez Antonieta.

–¿Regalos? –interrumpió Tadeo saliendo de los cojines de la sala– ¡Ya sabía que Santa no existe!

En ese momento, las mamparas de la terraza se abrieron de golpe.

–¿Y ese ruido? –dijo Ernesto.

Tadeo, entró al comedor a todo pique, montado en su patineta, dispuesto a atravesar algunas piernas flacas y otras regordetas y las barrigas felices y las caras peludas y los brazos de su abuela que salía por fin de la cocina al escuchar las voces de sus hijas y los llantos desenfrenados de esos bebés que invadían su casa.

–¿Las gemelas? ¿Ya caminan? –se escuchó al abuelo que había regresado a su sillón mientras Pamela y Luis bajaban las escaleras, niños en brazos, tratando de tranquilizarlos a punta de susurros.

–Son mellizos, papá y tienen tres meses –dijo Pamela sin hacer aspavientos sabiendo que el viejo con las justas podía con su alma.

–Despacio, Tadeo, tranquilo –interrumpió Ernesto buscando detener a su pequeño.

–¡No les vaya a agarrar un aire y se resfrían! –dijo doña Carmela.

De vuelta en la terraza, Tadeo se sintió a salvo.

Pudo ver a su abuela que sonreía mientras que, con sus brazos pegajosos, asfixiaba a su mamá, a los nuevos niños y a todas esas señoras que cotorreaban en la sala.

Pudo ver a su abuelo levantarse del viejo sillón con la ayuda de su papá y de un señor sin pelo, pero con tanta barba que parecía no tener boca.

Pudo descubrir los paquetes, muchos paquetes, debajo de las luces plateadas, rojas y azules del árbol de Navidad. ¿Pero en qué momento llegaron los regalos? ¿Dónde estaba Santa?

Pudo entrar corriendo a la casa y escabullirse una vez más de tantos abrazos enredados para capturar por fin sus tesoros.

–Para Tadeo. Para Tadeo. Para Tadeo. ¡Mamá! ¡Mira cuántos regalos me trajo Santa!

–¡No seas travieso que ya sabes leer tu nombre!

–Para Tadeo, para Tadeo, para Tadeo –repitió el abuelo entre sonrisas y abrazos, animando a su esposa, hijos y nietos a salir al patio para mirar el cielo.

Rossana Sala
Julio 2019


IMG_2741Una campanada detuvo mis pasos. Llegué a contar seis mientras buscaba descubrir con la mirada de dónde venían. A unos cien metros, al final de la plaza, en lo más alto de la torre de la catedral, allí estaba: un enorme reloj anunciaba la hora.

¡Qué extraño! No había gente en el lugar. Hubiera esperado ver personas admirando a ese ángel tocando el clarín que corona la pileta o subirse apurada a un taxi para volver a casa o entrar a algún café o al teatro.

Pero no fue así.

La pileta no tenía agua, las bancas estaban vacías, el jardín no tenía flores y, alrededor de la plaza, ni siquiera había un transeúnte.

Nadie.

Decidí acercarme a la catedral. Nunca antes había estado allí. Nunca antes había estado en Lima. Me habían contado de los cientos de taxis, de las bocinas, los vendedores ambulantes de revistas y emolientes que invadían las calles. También me habían advertido de los ladrones que, como en muchas ciudades, buscan a los más despistados para sorprenderlos y yo, era el blanco perfecto.

Quería pasar mis últimos años dando vueltas por el mundo. Tomar fotos del presente como si con cada imagen pudiera cubrir el pasado. A Isabella, en realidad. Formar un inmenso mural de castillos, árboles, sonrisas, rojo, amarillo, celeste, turquesa, de todos los colores, para no ver hacia atrás y a medida que el tiempo avanzara, el mural se hiciera más y más fuerte.

–Cuidado con la cámara, don Francesco. Nada de sacar el celular –me había dicho, haciendo un esfuerzo para hablarme en italiano, el portero al salir del hotel.

Me sentía tranquilo a pesar de que el lugar parecía abandonado. ¿Sería acaso eso más peligroso?

Saqué de mi mochila mi Nikon (no pude luchar contra mis instintos) y me la colgué del cuello.

Al llegar al templo, me detuve a unos pocos metros de la torre. Los necesarios para que la luz y la sombra aporten la profundidad y textura que buscaba para una conseguir buena toma.

Otra vez las campanadas invadieron la plaza.

¡Pero si no había pasado otra hora!

Cinco. ¿Solo cinco campanadas? Quizás las había contado mal. Eso es lo que Isabella me hubiera dicho y, como siempre, tan informada y curiosa,  la mia cara, hubiera tenido razón, como cuando hace unos meses, en la Piazza Navona, conversábamos respecto a le fonti del lugar y esa historia del lago de la piazza de la cual yo nunca había escuchado. Pero Isabella, con esa mirada traviesa y llena de juventud, solo tenía cuarenta y cinco años. Por eso, mi vida no debía seguir al lado de ella, tenía que olvidarla. Por eso, yo tomaba tantísimas fotos.

Encendí la cámara. Busqué el reloj con el visor.

¡Qué raro! Ajusté la distancia focal de mi Nikon y pude notar que en la parte más alta de la torre se encontraba un antiguo e inmenso cronómetro de una esfera y una manecilla solitaria que avanzaba contando fracciones de segundo.

No se trataba de un reloj.

¿Qué hacía un objeto como ese en la torre de una iglesia? ¿A qué o a quién le medía el tiempo? ¿En qué momento se detendría esa aguja?

¿Serían campanadas? Más que eso, sentía como un eco profundo, penetrante y cercano que cada cierto instante quería anunciar algo. Dar una advertencia.

A mis más de setenta años, había visitado muchas plazas, fotografiado relojes de toda época, tipo y tamaño, pero nunca me había encontrado con un cronómetro en una torre ni con un sonido siquiera parecido al que se dejaba oír en ese lugar.

Después de sacar tres o cuatro fotos, sin dejar de tratar de entender lo que estaba ocurriendo, me detuve para observar la fachada de la catedral y al hacerlo, noté que la puerta central estaba entreabierta. “La puerta del perdón”. Había leído hace unos días, que ese era el nombre de la entrada principal.

Me pareció una buena idea conocer el interior. Investigar un poco.

El chirrido de las antiguas bisagras rompió el sagrado silencio del lugar que fue interrumpido nuevamente por el extraño sonido. Esta vez, presté mucha atención y llegué a contar con absoluta seguridad las supuestas campanadas.

Cuatro. Solo fueron cuatro.

¿Pero no habían sido cinco antes?  Y, ¿por qué tañían tan seguido?

Me imaginé la aguja del cronómetro dando vueltas a toda velocidad, como si fuera perseguida, como si quisiera llegar a algún lugar, como si esperara que alguien la detuviera. Pero si la aguja iba hacia adelante, ¿por qué era cada vez menor el número de campanadas?

“¡Qué tontería!”, pensé y avancé para conocer el templo y tomar alguna foto importante.

La catedral estaba vacía. Ni un cura, ni un monaguillo, ni una mujer de rodillas dándose golpes en el pecho. “Debe de haber pocos devotos en Lima”, me dije para tranquilizarme.

La luz era tenue. La ventilación escasa.  Los lirios, amarillos y anaranjados, al pie de las esculturas e imágenes religiosas estaban marchitos. Algunas velas en la entrada seguían encendidas dando al lugar un ambiente de recogimiento que se contrastaba con la ausencia de fieles. Me saqué la bufanda y la chaqueta. Era invierno, pero me faltaba aire o ¿sería el olor a incienso el que me impedía respirar tranquilo?

Tres golpes continuos retumbaron entre los muros del templo.

Decidí salir. Algo insólito estaba sucediendo. ¿Estaría bien Isabella? Tantos años juntos habían creado una unión especial entre nosotros. Una conexión difícil de entender y olvidar, que a veces me permitía hasta sentir ese suave perfume con aroma a salvia y madreselva que alguna vez le regalé. ¿Lo seguiría usando?

Pero soy muy viejo para ella.

Dos golpes. El lapso entre ellos se hacía más y más breve.

Fue uno solo el golpe que vibró en mi cuerpo al alcanzar “La puerta del perdón” ahora “De salida” y sentir el crujir de las bisagras detrás de mí.

La plaza seguía desierta.

El silencio era casi absoluto. Un viento desesperado arrastraba las hojas marrones, amarillas y anaranjadas, que habían dejado caer los árboles rendidos ante el tiempo.

Avancé sin mirar atrás. Pasé al lado de la fuente sin agua, del jardín sin flores, de las bancas vacías, de las hojas marrones, amarillas y anaranjadas, hasta llegar a la esquina sin escuchar el cronómetro.

Caminé dos o tres cuadras. Las bocinas de los autos, la gente cruzando la pista, las carretillas en las veredas, empezaron a invadir el lugar.

Tomé el primer taxi que encontré. Con mi español aprendido en las calles, pedí que me llevaran al Hotel Grand en el que me alojaba.

–¿Visitó la plaza? ¿Le gustó la iglesia? –me preguntó el chofer y le dije que sí, que por su puesto. No estaba seguro si la respuesta era sincera.

Al llegar al Grand, subí a mi cuarto sin detenerme a tomar una manzana del mostrador. “Llevemos un par para nuestra caminata matinal”, me hubiera sugerido Isabella, ella siempre llena de planes e ilusiones.

Me senté al pie de mi cama para ver las fotos que había tomado. ¿Serían suficientes? Trataba de entender el significado de lo sucedido.

¿Campanadas?  Venían de la calle.

No podía tratarse de una coincidencia.

Me acerqué a la ventana. La abrí de par en par.

Y allí estaba la plaza, la misma pileta sin agua con el ángel tocando el clarín, el jardín sin flores, las bancas vacías, las hojas secas que se llevaba el viento y más allá, más allá la catedral y la inmensa torre con el cronómetro, pero eso era imposible, si yo estaba lejos. Las luces de los faroles eran perfectas para conseguir interesantes tonos fotográficos.

Seis.

Estoy seguro de haber sentido el eco de seis golpes.

El viento enfrió mi habitación. Dejé las ventanas abiertas. Regresé a la cama. No quería más fotos.

Isabella.

Decidí que al día siguiente viajaría en el primer vuelo a Roma.

El suave chirrido de las bisagras de la puerta de mi cuarto, el perfume que invadió mi habitación y una frágil silueta cada vez más cercana iluminada por el brillo de la plaza, me hicieron sin embargo cambiar de opinión.

Y esta vez, esta vez fueron siete campanadas las que invadieron la plaza.

 

 

 

Rossana Sala

Julio 2019


DSCN3972–Ten cuidado con el camino –le dijo Gonzalo a Isabel esa mañana al verla salir de la casa–. Ha llovido toda la noche y las rutas al Pico Alto se ponen resbalosas. ¿Por qué no te quedas y hacemos algo juntos por acá? Me encanta estar contigo.

Isabel no quiso hacerle caso a su novio y salió sin mirar atrás.

Tenía que lograrlo sola.

La primera parte del camino era poco empinada. Un falso plano que la muchacha aprovechó para acomodar sus zapatillas, la botella de agua, la mochila y ajustar a su medida los bastones de escalar. Se hubiera sentido más segura si Gonzalo la hubiera acompañado.

Avanzaba siguiendo las nuevas rutas y canales de barro que la lluvia, arrastrando piedras, ramas y hojas, había formado la noche anterior. Si hacía bien las cosas, en unas seis horas llegaría a la cima, disfrutaría mirando el mar al otro lado de las montañas y regresaría antes del oscurecer. Sí, tenía linterna, pero ninguna intención de necesitarla.

No daría marcha atrás. Esta vez lo haría sin ayuda.

Se detuvo bajo la sombra de un eucalipto para tomar unos sorbos de agua. Se secó la frente con esa pequeña toalla de micro fibra que alguna vez le había regalado Gonzalo y que llevaba colgada a la mochila. Miró el reloj. Había pasado una hora desde su partida. La ruta estaba por cambiar. Dejaría de ser ese camino ancho bajo la sombra de los árboles para convertirse en un estrecho zigzag que bordeaba la montaña hasta llegar al Pico Alto.

Mirar hacia arriba, de frente. Es lo que tenía que hacer.

Una vibración en el cuerpo la distrajo. Que tontería, era su celular. Con seguridad, Gonzalo la estaría llamando para darle consejos. Mejor dicho, indicaciones técnicas. ¡Cómo le gustaba explicarle cada cosa a Isabel! Pero si tenía treinta años y ella sabía lo que hacía. Que la rigidez de la suela de las botas para no deslizarse, la estabilidad, la amortiguación, el Gore-Tex, que la energía solar, la retención térmica. Sí, era porque la quería, por cuidarla, pero ¡basta!

Prefirió no responderle.

La ruta se hacía más y más angosta y el fango volvía pesados sus pasos, pero era algo de lo que Isabel quería disfrutar. Su alma de exploradora y de niña traviesa, la llevaba por la vegetación sin brújula, ni mapas, ni barómetros, ni largavistas.

Isabel solo quería oler la tierra después de la llovizna, sentir el aroma a eucaliptos, respirar aire puro. El calor del sol empezaba a calentar su cuerpo. Sí, estaba muy delgada, debía alimentarse mejor, ya lo sabía. Pero así era ella y se sentía bien. ¡Basta, basta, una vez más!

Un movimiento entre las ramas detrás de la muchacha llamó su atención. No se había cruzado con nadie hasta ese instante y, además de pequeños loros de cabeza roja, abejas, mosquitos y mariposas, que recordara, jamás en esa ruta se había encontrado con otro animal.

¿Culebras?

Le vino a la memoria haber visto alguna escabullirse entre hojas secas para desaparecer sin dejar rastro. Medía como medio metro. Bueno, en realidad era más pequeña, pero se acordó de esa tarde en la que se escondió detrás del cuerpo, musculoso y ágil, de Gonzalo quien aprovechó el momento para explicarle que se trataba solo de un reptil en busca de agua y que no había de qué preocuparse, que los ofidios, por su tamaño, se alimentan de insectos entre una y cinco veces a la semana. Ofidios. Que palabra tan complicada había pensado Isabel.

–La derecha –se dijo la muchacha–. Isa, Isa, hacia la izquierda prohibido mirar.

El sol entibiaba la mañana y la vegetación se hacía más escasa a medida que Isabel se alejaba de Gonzalo, de la casa, de su oficina y la contabilidad. Sumar y restar. Sumar y restar. Los árboles eran ahora más pequeños, arbustos. El fango le ensució el pantalón, se resbalaba entre las rocas, se sostenía con las manos y los bastones. Era difícil avanzar.

“Mira hacia la derecha, Isa, acuérdate. Ya sabes que el vacío te hace sentir mal”.

Las palabas de Gonzalo retumbaron en sus oídos.  Le pareció escuchar su celular.

Uno de sus bastones se hundió sin tocar fondo. El izquierdo.

“El vacío te hace sentir mal”.

Y se vino hacia abajo.

“Si te caes, agárrate de las plantas”.

Las hojas se rompieron entre sus manos, le ardieron los dedos. ¿Gonzalo? La forma abombada de la mochila la impulsó hacia abajo. Rodó, rodó sin detenerse. ¿Hasta dónde va a llegar? Las hojas, el lodo, las hierbas, el sol iluminó su cara, zigzag, zigzag, un golpe en el brazo derecho, otro en la frente.

Alto. Por fin se detuvo. Un dolor en la cadera. ¿Cuántos metros hay hacia abajo? ¿Mil?

–¡Isa! ¿Estás bien?

¡Es Gonzalo!

–¡Ten cuidado! ¿Dónde estás? –gritó Isabel.

De pronto, lo vio rodar. Arrastraba hierbas, rocas, barro, sus bastones volaban, sus piernas giraban, zigzag.

–¿Estas bien? –le preguntó la muchacha– ¿Cómo llegaste hasta acá?

Gonzalo abrió los ojos y, sin dudarlo un instante, le dijo a Isabel al tomarle la mano:

“Por la fuerza de atracción y de la gravedad”.

 

 

Rossana Sala

Junio 2019


IMG_3982_FotorDicen que el baile te rejuvenece el alma y también el cuerpo, es por eso que me inscribí para aprender Zumba.

Los tambores retumban, el salón de clase palpita, mis tímpanos se quejan. Un movimiento hacia adelante, tres a la derecha. Según yo: el lugar es muy pequeño, mis pasos son largos y mi optimismo inmenso.

–¡Háganme espacio que allá voy! –digo.

¡La conmoción es general! ¡No tengo la culpa!

–Lo siento, lo siento –digo al hacer una venia a quienes sufren por culpa de mis saltos.

Cambia la música.

Báilame, Báilame, se escucha, con fuerza.

–¡Canta Nacho! –dice una mujer y sonríe dentro de sus estrechas mallas.

Me aparto de su figura revolvente para secar mi cara.  Con un sorbo de agua refresco mi espíritu mientras mi orgullo empieza a desvanecerse. La gente se junta, se mira, baila. Quizás este ritmo que no conozco, sea más benévolo para mi alma y mi sordo cuerpo.

Con tu figura que me atrapa, atrapa,

con tus curvas que me matan, matan,

una mirada que me ataca, ataca…

Sigue el baile y la horda se bate al unísono. Miro en el espejo con atención. ¡Pero que bien lo hago! ¡Qué ritmo, qué onda, qué cuerpo!

El movimiento de tu cadera es mítico, mítico…

Pero no, no es cierto.

El reflejo de una muchacha es el que brilla en el espejo.

–El movimiento de tu cintura es trágico, trágico. Tus pisadas nos matan, atan. Tu falta de ritmo ataca, taca –me dice la profesora al terminar la clase–. ¿Por qué no haces spinning en lugar de baile?

Sus palabras me zumban, zumban. Mi orgullo se evapora, pora. Mi corazón palpita, pita. Regreso a mi casa, asa.

Por eso monto bicicleta, cleta.

 

 

(versión en ingles: Good Bike

Rossana Sala

Junio 2019

GOOD BIKE!

Posted: 22 June, 2019 in 2012, 2019
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IMG_3982_FotorPeople say that dancing rejuvenates the soul and the body as well. That’s why I signed up to learn how to Zumba.

The drums rumble, the classroom throbs, my eardrums complain. One movement forward, three to the right. According to me: the place is too small, my steps are too long and my optimism high.

“Make room for me over there!” I say.

A huge commotion! It isn’t my fault!

“I’m sorry, I’m sorry” I say with a nod, to each one who suffers because of my hops.

The music changes.

 Báilame, Báilame, dance to me, dance to me, is heard loudly.

“Nacho sings,” a woman says and smiles compressed in her tights.

I move away from the revolving figure and dry my forehead. With a sip of water, I refresh my spirit and my evaporating pride. People gather, they look at each other and dance. Maybe this rhythm, which I do not know, is kinder for my tone-deaf body and my soul.

With your figure that traps me, traps me,

with your curves that kill me, kill me,

and your gaze that strikes me, strikes me

The dance continues and the gang beats in unison. I look at myself in the mirror in detail. But how well do I do it! What a swing, what a rhythm, what a body!

The movementof your hips are mythical, mythical….

But no, it’s not true. 

The reflection of a young student shines! Not mine!

“The movements of your hips are tragical, tragical. Your steps kills us, kills us. Your lack of rhythm attacks, attacks.” The teacher says to me at the end of the class. “Why don´t you practice spinning instead of dancing?”

The words thunder, thunder.  My pride fades, fades. My heart beats, beats. I return to my house, house. 

That’s the reason why, I ride my bike.  Good bike!

 

 

Spanish version: Por eso monto bicicleta, cleta

 

Rossana Sala

June 2019


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I bend down to see what’s inside. I open one of the two little blue doors and look in carefully to make out the objects. A red hen, yellow daisies, a woman wearing a fuchsia skirt playing the harp, a donkey with a grey belly.

I feel an intense smell of fresh paint.

“Are you going to take it to Lima?”

But who is speaking? Where are the red hen, the yellow daisies, the woman with the fuchsia skirt and the grey-bellied donkey? What darkness! I need oxygen!

But the smell of fresh paint remains.

“Open the little door with confidence, gentleman…”

Light and air again.

“We call it “retablo” in Spanish.” Continued the man’s voice. “It´s made of cedar wood,  leather hinges and the figures are made of boiled potatoes mixed with plaster. Look at this delicate work. My father, taita Fermín, made it. He is from here, Pampa de la Quinua. He learned from his taita to make altarpieces. From father to son, from son to grandson. I also build them, but those made by my taita are the best in Peru. In spite of that, I sell them cheap, eighty solcitos

“And that figure of a woman with blond hair and blue jeans? I didn´t know that they use them in the Ayacucho´s altarpieces.”

They are talking about me! How did I get inside? And now, they are picking me up! Altitude sickness?  Is it the coca tea?

“That’s weird. My taita Fermín must have modernized his altarpieces. He has never done one like this.”

“Let me see.”

Help! I try to hold on to the donkey´s tail  hoping not to fall down. What am I doing inside an altarpiece? The googly eyes of the red hen are staring at me!

“Listen maestro, your taita is really a great artist. Depending on the point of view, the woman in blue jeans looks frightened and from other angles she seems to be smiling at me. She looks so pretty. Is it Art Nouveau? Contemporary art combined with folk art…”

“Yes, of course, you are right. Are you going to buy it?”

“Will you give me a discount?”

And now he thinks that the price is too high! I will ruin the artist´s sale!

“It has a strange sound. It seems that something is loose inside, maestro.”

Don´t  shake it please or I will hit myself with the harp!

“What are you doing lying on the floor? Where did you come from? May I help you stand up, madam? You look just like the woman inside my taita´s retablo …”

“How beautiful!” adds the tourist.

“Thanks.” I say to the salesman. “I would like to buy the altarpiece that the gentleman is holding.”

“It’s very expensive, special. Costs one hundred and twenty soles. An international new trend.”

“What? It´s more expensive now?” complains the tourist.

“Can you let me see it up close?” I ask.

And indeed, inside the box with blue doors, was the woman in a fuchsia skirt accompanied by daisies (and of course by the bulging-eyed chicken) and, well mounted on the grey-bellied donkey, there, I was.

“I love it. I will give you whatever you want for this altarpiece –says the man looking at me while paying and taking the piece of art away.”

And here, sitting in the Pampa de la Quinua, under the sun, between ichu and daisies, I listen to the quena´s melody carried away in the cold wind, and watch the tourist observing his new altarpiece and opening its little blue doors carefully.

¿Should I smile?

Rossana Sala

June 2019

 

English version of Entre Ichu y Margaritas


IMG_0428Me agacho para ver qué hay allí adentro. Abro una de las dos pequeñas puertas azules. Me asomo para distinguir los objetos. Una gallina roja, margaritas amarillas, una mujer de pollera fucsia tocando el arpa, un burro de panza gris.

Aspiro un intenso olor a pintura fresca.

–¿Se lo lleva a Lima?

Pero, ¿quién habla?  ¿Dónde están la gallina roja, las margaritas amarillas, la mujer de pollera fucsia y el burro de panza gris? ¡Qué oscuridad! ¡Me falta oxígeno!

Solo queda el olor a pintura fresca.

–Abra la puertecita con confianza caballero…

Luz y aire otra vez.

–La madera es cedro –continúa la voz de un hombre–, las bisagras son de cuero y las figuras de papa hervida mezclada con yeso. Mire este trabajo tan delicado. Lo hizo mi padre, el taita  Fermín. Él es de acá, de la Pampa de la Quinua. Aprendió de sutaita a hacer retablos. De padre a hijo, de hijo a nieto. Yo también los hago, pero los de mi taita son los mejores del Perú. Se lo vendo barato no más, a ochenta solcitos.

–Y, ¿esa figura de mujer de pelo rubio y en blue jeans? No sabía que las ponían en retablos ayacuchanos.

¡Pero si hablan de mí! ¿Cómo he llegado acá adentro?  ¡Y ahora me levantan! ¿Será el mate de coca? ¿El mal de altura?

–¿Qué raro? Mi taita Fermín debe haberse modernizado. Nunca había hecho un trabajo como este.

–Déjeme ver.

¡Auxilio! ¡Que la cola del burro me aguante y que no me vaya al piso! ¿Qué hago metida en un retablo? ¡La gallina roja no me quita sus ojitos saltones de encima!

–Mire maestro, ese taitasuyo sí que sabe de arte. Dependiendo del punto de vista, la mujer de blue jeans tiene cara de susto y desde otros ángulos parece que me sonríe. Es tan linda. ¿Es Art Nouveau? La modernidad combinada con el arte popular, lo tradicional…

–Sí claro, eso. ¿Lo va a comprar?

–¿En cuánto me lo deja?

¡Y ahora piensa que está caro! Voy a arruinarle la venta al artista.

–Tiene un sonido extraño adentro. Parece que algo está suelto, maestro.

¡No lo zamaqueen por favor que me golpeo con el arpa!

–¿Y esa mujer? ¿Qué hace allí tirada en el suelo? ¿De dónde salió? ¿La ayudo a levantarse señorita? Se parece a la del retablo de mi taita

–¡Qué belleza! –dice el turista.

–Gracias –le digo al vendedor–. Le compro el que tiene en las manos el caballero.

–Es muy caro, especial, cuesta ciento veinte soles. Una nueva tendencia internacional.

–¿Qué? ¡Le subió el precio! –se queja el turista.

–¿Me permite verlo de cerca? –pido.

Y efectivamente, allí, dentro de la caja de puertas azules, estaba la mujer de pollera fucsia acompañada por margaritas (y por su puesto por la gallina de ojos saltones) y, bien montada sobre el burro de panza gris, estaba yo.

–Me encanta. Le doy lo que usted quiera por este retablo –dijo el hombre mirándome al pagar y sujetando con fuerza la obra de arte.

Y yo aquí, sentada en la Pampa de la Quinua, bajo el sol, entre el ichu y margaritas, escucho la melodía de las quenas que transporta el frío viento, mientras veo al turista observar su nuevo retablo y abrir con cuidado sus puertecitas.

¿Debería sonreír?

 

 

Rossana Sala

Junio 2019


IMG_3495Un ruido muy raro me despierta. ¿Qué estará pasando? Salgo de mi cuarto para averiguarlo. Miro por el ojo de la cerradura del dormitorio de papá y mamá. (Sí, ya sé, eso no se hace). La llave no está puesta, pero no puedo ver nada.

Seguro que mis papás están durmiendo. Es muy temprano para ir al colegio. Mejor no los despierto. En un rato, mamá preparará el desayuno: cereal con leche y jugo de naranja. Me gusta mucho, aunque los fines de semana es más rico porque comemos panqueques de canela con miel. Andrea, mi hermana, tampoco se debe de haber despertado. Ella tiene doce años, yo solo ocho. Seguro que se acostó tarde conversando con sus amigos o viendo la tele. Para mí que hasta tiene enamorado. Me gusta jugar con ella y que me ayude con mis tareas del colegio.

¡El ruido! ¡Otra vez! Vuelvo a mirar por el ojo de la cerradura. La luz está prendida, pero parece que ahora la llave está puesta.

–Daniel.

Es mamá. Es su voz detrás de la puerta.

¿Estará bien?

–¿Mamá? –la llamo despacio para que papá no se moleste.

Cuántas veces me han castigado por eso. Por despertarlo, por no tocar la puerta y meterme a escondidas en la cama de ellos. Después, me cae un coscorrón. A veces varios. Le digo papá yo no he sido, yo no he hecho nada, pero da lo mismo, no me escucha, no me hace caso.

Me molesta que me castiguen. Me duele.

El ruido. Otra vez golpes detrás de la puerta.

Corro donde mi hermana. Si ella puede hacer mis tareas también debe de saber qué está pasando.

–Andrea, ven– le hablo suavecito para no asustarla–. Es mamá. Algo le pasa.

Media dormida y media despierta, Andrea me hace caso. Mira su celular. No puede vivir sin saber qué pasa en su teléfono. Yo todavía no tengo uno. Se pone sus zapatillas celestes que no sé por qué le gustan tanto.

Por la ventana veo el cielo. Está nublado. Ojalá salga el sol para que nos dejen salir al jardín a la hora del recreo.

La puerta del cuarto está junta ahora. No necesitamos mirar por la cerradura pero nos agachamos para que no nos vean y poder escuchar bien lo que dicen.

–¡Ay, Tere! –le dice papá a mamá –. Hoy sí que te despertaste con ganas.

–¿Con ganas de qué? –le pregunto a mi hermana al entrar al cuarto.

–¿Con ganas de qué? –le pregunto a mamá al tomar desayuno.

–¿Con ganas de qué? –le pregunto a papá al despedirse para ir a su trabajo.

 

Estoy comiendo mis panqueques de canela con miel y todavía nadie me responde.

No importa. Papá no me ha castigado.  Se le ve feliz.

Debe ser bueno eso de despertarse con ganas.

 

 

Rossana Sala. Mayo 2019


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A estas alturas de la tierra, intento dormir en pleno vuelo.

Busco acoplar mi cuerpo a mi asiento treinta y siete “d”. Pongo en mi cuello la pequeña almohada que me entregaron al despegar y, la manta que también me dieron la coloco con cuidado en la parte baja de mi espalda.

No estoy cómoda.

Deslizo la almohada bajo mi codo izquierdo. Molesto al señor sentado al lado mío, por lo que la retiro sin aspavientos.

¡Hay Julio, Julito Cortázar! ¡Si, teniendo en cuenta tumajestuosa talla e inconmensurable ingenio,entre tantas historias que le dejaste al mundo, tan solo hubieras escrito “Instrucciones para dormir en pleno vuelo”!

Tres de la mañana. El avión despegó hace cincuenta minutos de Lima. Faltan más de diez horas para llegar a Madrid.

Mi vecino de viaje, usa un cojín esponjoso que trajo para descansar su cuello. Se le ve tan tranquilo.

Estoy sentada al lado del pasillo. Se me cae la almohada. La recojo antes de que la pisen. Miro a mi alrededor. Se resbala mi manta, también el libro que ya no leo. Envidio a una mujer que usa su chaqueta para reposar la cabeza.

Escucho al muchacho sentado delante de mí. Ronca. ¿Cómo pudo llegar a ese letargo?

Más adelante veo a un niño, afortunada criatura. Sus quizás diez años le permiten crear un apacible nido en su silla, mientras deja caer sus acaramelados rizos en el suave hombro de una mujer, con seguridad su madre. Ella vela por su sueño mientrasacaricia el pelo del pequeño.

¡Ay Cortázar, Cortazitar! Tus casi dos metros de altura te hubieran permitido escribir con pormenores y éxito certero la técnica para amoldarse en una de estas sillas insensibles, nefastas y severas a las que están obligados a resignarse en medio de prolongadas turbulencias nuestros afligidos cuerpos, zarandeándose por el mundo, hora tras hora, aprisionado y sin sosiego.

¡Ay Julio, Julito Cortázar! Hasta donde sé, nunca escribiste instrucciones para dormir en pleno vuelo y es por eso que me veo forzada a hacerlo ahora, en este estrecho momento y para ello, procuraré inspirarme (sin tu permiso porque ya estás muerto), de tus instrucciones para llorar, para subir escaleras, para cantar y de algunas otras que por allí recuerdo:

“Dormir en un avión, consiste en ajustar el cuerpo en una silla intransigente, reclinar los pocos centímetros que el respaldar permite, mientras sigue las instrucciones para llorar con una contracción general del rostro y un sonido espasmódico de la columna vertebral, que anuncia que, por fin, su humanidad encontró acomodo.

Pero no es cierto.

Aproximadamente tres minutos después del espasmo, cinco para los más afortunados, la columna, cual serpiente invertebrada, buscará nuevamente una posición placentera, pero esta vez acompañada de sus brazos que no encuentran espacio a los lados del oprimido cuerpo, y de las piernas que, entre bolsas y maletines, no tienen lugar bajo el asiento delantero.

Abra la ventilación que tiene casi al alcance de la mano, en el techo.

Para dormir, dirija su imaginación hacia usted mismo, mírese de lejos, como si lo hiciera desde una nube y observe a aquellos que viajan en primera clase. Desparramados en sus dóciles butacas, con una copa de champaña al lado. Parecen sonreír, pero duermen.

Olvídese por ahora de ellos. Tápese la cara usando ambas manos con las palmas hacia adentro. Para eso, apoye sus codos en la mesita para almorzar y concéntrese. Piense en un mejor trabajo que le permita volar en las primeras filas del avión como si fuera un holgazán, un rey, una reina o un magnífico caballero.

Duración media de esta posición: siete minutos (de tener suerte).

Busque con la mirada la puerta de escape. En su recorrido, encontrará tanta gente que intenta dormir. Descubrirá con beneplácito que no está solo en el intento. Unos usarán su gorra para tapar sus ojos, otros apoyarán su frente sobre la mesa delantera, dos o tres dejarán caer la mandíbula hasta casi chocar su pecho.

Las computadoras, celulares, IPads, descansarán en las manos de sus obsesivos dueños.

Al ver por fin la puerta de escape, piense enlas instrucciones de Cortázar para tener miedo. ¿Porqué las escribió? ¿Porqué son breves?

¿Porqué hay una anciana con pesados lentes, sentada en la fila de emergencia?

Cierre los ojos. No se imagine a esa mujer de avanzada edad en pleno accidente.

Intente acomodar su cuerpo en el respaldar. Extienda esas alitas de la cabecera de su asiento que no sabía que existían. ¿No las alcanza? A Cortázar con seguridad le hubieran servido de mucho. Imagínese que efectivamente le ayudan. Envuelva su manta en el cuello.Siéntala. Es tan suave. ¿Estará limpia? ¿A qué huele? ¿Quién la usó antes? ¿En qué parte del cuerpo se la pusieron?

Apague la ventilación del techo y deje caer con disimulo (además de la manta) su cabeza sobre el hombro de su compañero de viaje. Primero asegúrese de que esa opción le conviene, de lo contrario, aleje su cabeza (y su vida) hacia el pasillo del avión. En muchos casos cualquier vacío es mejor. Acéptelo.

Si la fortuna es suya, en medio de este abrumador estado, podrá batir la mandíbula y ejercitar la lengua para conversar con algún miembro de su familia, amigo o un amor, quizás, que lo acompañen en el viaje. Seguro continúan despiertos.

Existe otro aspecto que no había considerado en medio de estos acalorados aprietos. Me refiero al fortuito y bienaventurado caso de que le toque viajar al lado de una persona agradable (que además sea soltera) y que por cosas de estrechez de sillas y de integración cultural, las distancias requieran acortarse, en cuyo caso, dormir se transformaría en un desperdicio y estas reglas en un disparatado juego.

Para salir de dudas, observe otra vez a su compañero de vuelo.

¿Nada interesante? No se desespere. Después de todo, todavía le queda la opción del sueño y para eso, habría que encontrar el corazón que hace latir la nave para precaverla de los vientos y descubrir un rito para dormir entre las nubes, sobre montañas, océanos, y que los motores nos lleven mansos y orgullosos a la paz completa.

Quizás apliquen las “Instrucciones para subir escaleras”. Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan incómodas.  Quédese sentado, erguido y mire adelante. No deje caer su pesada y aturdida cabeza para ningún lado. La actitud natural consiste en mantenerla recta, los brazos apoyados en los brazos del asiento sin esfuerzo. Respire lenta y regularmente. Cada vez más despacio y, si es posible, empiece a contar ovejas, o mejor nubes, habrá miles en el cielo.”

 

Y justo en ese instante, cuando llegue a la ciento nueve y por fin se imponga el sueño en su agarrotado cuerpo, lo más probable es que el carrito de refrescos lo despierte, que el avión aterrice entre aplausos y que al llegar a su destino, intente averiguar si Cortázar inventó reglas para dormir en pleno vuelo porque las mías son triviales, pues yo no estoy a su altura ni aunque las lean de nuevo.

Ay Cortázar, Julito Cortázar, mejor ya no escribo más cuentos, me dedico a otra cosa y pago por un buen asiento.

 

 

Rossana Sala. Mayo 2019


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A noise from the ground floor of the house woke me up. The old wooden planks of the steps, warned me with their creaks that someone was coming up. My husband was next to me, my five and seven year old children never went down to the first floor during the night.

–Mathias –I whispered to my husband touching his shoulder –. Mathias, I think a thief is in the house.

Suddenly my husband jumped up, got out of bed and grabbed the baseball bat hidden in the closet. I would have loved that Mathias would wake up with so much interest when I asked him for something, but it was not the right time to start up with women demands. The truth is that, for a long time, the relationship with my husband was quite cold.

The door of our room was suddenly thrown opened and three men, gun in hand, showed us the way downstairs. We perfectly knew the way, but preferred not to comment. While going down someone took the bat away from Mathias. My mind and heart were with Gabriela and Sebastián, our children. I thought it was better not to mention them. Our surprise was huge, when we found them sitting in the armchair of the living room. They were not crying, but as soon as they saw us ran to hug us tightly.

The thieves ordered us to sit down.

And there we were, the four of us, sitting on the armchair, seeing how three armed men, dressed in black, brought down things from Mathias’s library, from the bedrooms and finally our children toys.

They came down so loaded that one of them dropped a doll.

–May I help you? –asked Gabriela, reaching towards Pepita–. It is my favorite doll –she said.

–Thank you –replied the thieve, putting Pepita in his bag –. Your children are very well educated, congratulations –he added.

I wasn’t sure what to answer thus, I thanked the comment with a half-smile. Meanwhile another of the thieves ordered my husband, pointing his pistol at him, that they would like to have something to drink, preferably beer.

While the men continued to carry televisions, computers, decorations and whatever they found in their path and put them into my SUV that was in the garage, my husband served them lemonade.

–We ran out of beer –he told them.

One of the men, the tallest one, sweaty and fat, took the juice in one gulp and then told us: Thank you. Congratulations, you have a nice family. I hope your children continue like this. That’s why it’s important that they do not listen to reggaeton, so that they do not end up like us.

–Yes, of course, don’t worry –I answered holding tightly my children’s hands, which were frozen, and without understanding how they could blame their criminal behavior to the Caribbean music.

–We like you all very much –said another thieve coming back into the house and pointing the gun at us–. Don´t worry about the SUV, isn’t it nice? As good as the lady –he added.

I didn´t know whether to say thanks or to keep quiet, but finally I opted for a smart silence.

–Maybe we´ll leave it this afternoon close by, near the Sauzal gas station. If  not, it’s because we took her away –I listened and hoped that they meant the SUV.

–My wife? –asked Mathias. I´m sure he was hoping they were referring to me.

They did not respond.

At that moment, one of the men took the keys of my SUV from the entrance hall, nice hat he said and put on my husband’s fishing cap, then approaching us, shook our hands and said goodbye to us, who were still sitting, almost static, in the armchair of the room.

–In other circumstances, I’m sure that by this time we would be having a great barbeque and drinking a cold beer together, but we must make a living from something. I hope you understand –were the last words we heard as the door closed.

 

(English version of “De algo hay que vivir, señores”)

Rossana Sala

 


IMG_0252 I went to a coffee shop to write a story. On entering, despite wearing dark glasses, which up to a certain point protected me from showing my age, I noticed with anxiety that a man, who apparently had lived many years, smiled at me.

I sat as far away as possible from him and his wrinkles, but couldn’t  stop feeling his stare and decrepit gaze.

Opening my computer I fixed my eyes on the keyboard to write a story, but couldn´t avoid giving the man a look from time to time.

And while sitting there, a couple of minutes later, between the grief and anxiety of my third divorce and my fifty and more or less years (depending on who asks), I realized that, after all, the gentleman was not so bad. At the end of the day, he had hair, and because of the sandwich he was eating, surely he even had some teeth left.

False or not, but teeth.

This brought me to mind that afternoon a few days ago, when I visited my grandfather. When arriving at the nursing home, a din in the dining room caught my attention.

–My teeth has been stolen! –I heard an old woman protesting –.Surely somebody is using them!–, continued the woman with her complain, while someone was trying to explain her that they took them to the dentist to be fixed.

–They are going to wear my teeth out! –she grumbled.

–Madam –I said from far away –, don´t worry. –What? I don´t understand –she replied–. Without teeth I can´t hear! –added the woman ventilating a naughty smile.

I left my memories for a few minutes to return to the table where I was trying to write.

The old man was still smiling.

“What you see is what you get” I remembered the saying I read in a self-help book a few evenings ago during my depression. After all, I was not as young as I pretended. The truth is that if you count with steady good health, you don´t realize the years that surround your body, until you see yourself in the mirror. I still remember feeling overwhelmed the day I discovered my first wrinkles. “Oh no!” –I said to myself –I must be looking through the magnifying glass! My wrinkles are obscene!

But no.

The mirror was not in the magnifying side.

From that day on, I opted for the dignity of sunglasses and I take this opportunity to ask whoever reads these lines, that when I die, please bury me with sunglasses. And be sure that I´m not asking this because I´m being pretentious. Absolutely not. Aren´t we suppose to see a light at the end of the tunnel when we die? Without dark glasses, the brightness may blind me and then I would not be able to find it.

–May I join you with a cup of coffee? –a voice distracted me.

“What you see is what you get” I recalled once again my self-help book and saw at my table the man who had lived many years.

And no, he had not lived many years.

The truth is that he had lived too many years.

And like in the story of the magnifying glass, his old age emerged insolently when he was near me.

At that same moment the last person that I wanted to see in my entire life, appeared. My third ex-husband came in the coffee shop holding a very young woman´s hand. I don´t have time to qualify or disqualify her, if you understand what I mean.

–Do you have sunglasses? Can you put them on? Here please, use mine –I asked the elderly man in order to protect my honor.

And when I thought that the worse was over, the man who had lived too long, smiled.

–But who stole his teeth? –I asked myself astonished.

“What you don´t see is what you don´t get” I thought as I stood up without inventing excuses and sneaking off to the next coffee shop to write this story.

 

 

 

(English version of “El hombre que había vivido demasiado” )

 

Rossana Sala. 2019


IMG_0252.jpgMe fui a un café para tratar de escribir un cuento. Al entrar, a pesar de llevar anteojos oscuros puestos, que hasta un cierto límite me protegían de la edad, noté con ansiedad que un señor con aspecto de haber vivido muchos años, me sonreía.

Me senté lejos del sujeto y sus arrugas, pero no podía dejar de sentirlo observándome con su decrépita mirada.

Abrí mi computador y fijé mis ojos en el teclado para tratar de escribir alguna historia, pero sin poder evitar darle de vez en cuando un vistazo al hombre.

Y allí, sentada, a los pocos minutos, en el desconsuelo y la zozobra de mi tercer divorcio y de mis cincuenta y más o menos años (según quien pregunte), me di cuenta que, al fin y al cabo, el caballero no estaba tan mal. Después de todo tenía pelo, y por el sándwich que se estaba comiendo, con seguridad hasta dientes le quedarían.

Naturales o no, pero dientes.

Esto me trajo a la mente aquella tarde hace unos días, cuando fui a visitar a mi abuelo. Al llegar al asilo, un barullo en el comedor llamó mi atención.

–¡Me han robado el diente! –, escuché quejarse a una anciana–. ¡Seguro lo están usando! –, siguió la mujer con sus reclamos, mientras le explicaban que lo habían llevado a pulir al dentista.

–¡Me lo van a gastar! –refunfuñó.

–Señora –le dije de lejos –, no se preocupe.

–¿Qué cosa? No entiendo –me respondió–. ¡Es que sin dientes no escucho! –agregó ventilando una sonrisa traviesa.

Dejé por unos minutos mis recuerdos para regresar a la mesa en la que trataba de escribir.

El anciano me seguía sonriendo.

“Cuando hay lo que hay, hay lo que hay” recordé haber leído en mi depresión hace unas tardes en un libro de autoayuda. Después de todo, yo ya no era tan joven como pretendía. La verdad, es que si la salud es estable, no nos damos cuenta de los años que nos envuelven el cuerpo sino hasta observarnos en el espejo. Recuerdo todavía con agobio aquella tarde cuando descubrí mis primeras arrugas, ¡Ay no! –me dije al verme– ¡Me estoy mirando en la superficie de aumento! ¡Mis arrugas son obscenas!

Y no.

El espejo no estaba en la parte de aumento.

Opté desde aquel día por la dignidad de los lentes de sol y aprovecho la oportunidad para pedir a quien lea estas líneas, que al morir me entierren con los lentes oscuros bien puestos y no es por pretensión que se los pido, de ninguna manera. ¿Acaso al morir no veremos la luz al final del túnel? No vaya a ser que sin anteojos el brillo me ciegue y después no la encuentre.

–¿Me permite que la acompañe con un café? –me distrajo una voz.

“Cuando hay lo que hay, hay lo que hay” recordé una vez más mi libro de autoayuda al ver al hombre que había vivido mucho sentarse a mi mesa.

Y no, no había vivido mucho.

La verdad es que había vivido demasiado.

Y como aquel espejo de aumento, su vejez emergió con desparpajo al tenerlo cerca.

En ese momento vi aparecer lo que menos hubiera querido en mi vida. Mi tercer ex esposo entraba al café de la mano de una muchachita a quien no tengo tiempo de calificar, o descalificar, como quieran entenderlo.

–¿Tiene lentes de sol? ¿Se los puede poner? Acá le presto los míos, por favor, rápido –le pedí a mi compañero de mesa para salvaguardar mi honra.

Y cuando pensé que lo peor había pasado, el hombre que había vivido demasiado, sonrió.

–¿Pero quien se ha robado sus dientes? –le pregunté pasmada.

“Cuando no hay, no hay”, pensé al ponerme de pie sin inventar excusas y escabullirme al café de al lado para escribir este cuento.

 

(Puede leer la versión en inglés de este cuento: “The man who lived too long”)

Rossana Sala

Abril 2019


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–Ven para acá, Nicolás, siéntate con nosotros –escuché decir a una señora de más de ochenta años a un muchacho que acababa de dejar su bicicleta en la puerta del restaurante.

El muchacho, de barba negra y tupida, vestía pantalones cortos y, con una sonrisa nerviosa, le dio un beso en la mejilla a la anciana y al anciano que la acompañaba.

–¡Qué gusto verte Nico! Te pediré un café. Estamos terminando de cenar –dijo el anciano haciendo una señal a la mesera y pidiendo un cappuccino.

–Y, ¿cómo estás? ¿Ya tienes novia? –preguntó la mujer acomodándose los anillos.

Pero antes de que Nicolás pudiera responder, el anciano le llamó la atención por andar en esos pantalones y por tener la barba tan larga. El muchacho respondió diciendo que se la estaba dejando crecer ya que habían abierto una barbería donde le harían un corte estupendo.

–Respóndele a tu tía María Angélica –dijo el anciano bebiendo la última gota de vino de su copa–, y cuéntanos ¿cuándo te casas? Ya es hora de que sientes cabeza. Tienes, ¿cuántos? ¿Treinta años?

–Treinta y cinco, tío. Pero qué bueno verlos acá y poder conversar tranquilo. En las reuniones familiares, es complicado.

–No me digas que prefieres quedarte soltero, con las ganas de tener nietos de tu mamá –interrumpió la mujer sacándose los anteojos y poniéndolos con cuidado sobre la mesa –. Y, ¿ya lo sabe ella?

–No es eso tía.  No es eso.

–Y, entonces…

–Lo que pasa es que tengo novio.

El silencio se hizo absoluto, y yo que estaba en la mesa de al lado, decidí pasar las páginas de mi periódico sin leer una sola letra mientras notaba como cientos de arrugas, pequeñas, largas, pero todas histéricas y abismales, invadían las caras y con seguridad los cuerpos de esos pobres ancianos.

–¡Qué alivio! –continuó Nicolás– Ustedes son mis tíos abuelos favoritos y necesitaba contarles.

–¿Y lo sabe tu madre? –insistió la mujer buscando aire para hacer la pregunta y tomando una servilleta para limpiarse con distinción los labios.

–¿Ves esta pulsera? –dijo Nicolás mostrándole a su tía unos hilos rojos envueltos en su muñeca.

Con seguridad se los mostró solo a ella ya que, en ese momento, el anciano todavía con la boca abierta, había sucumbido en un estado rigor mortis que a ningún ser humano con dos dedos de cordura le hubiera gustado interrumpir.

–¿Es para evitar el mal de ojo?  –comentó la tía en voz tan baja que alcancé a escuchar con esfuerzo y quizás (debo admitir) con alguna práctica–. ¿Te la trajeron de Europa? ¿Tu novio es millonario? ¿Cómo se apellida?siguió la mujer con cierto brillo en la mirada y un amago de sonrisa que delataba su pavor por la respuesta.

“Pobre María Angélica” pensé solidarizándome con la tragedia que la embargaba, “al menos si es gay que sea millonario para que la señora se sienta bien”, le recé al Padre Nuestro que está en los cielos a punto de acercarme a participar en la conversación y explicarle a Angelita con todo mi cariño (y solo a ella porque su marido no salía del soponcio), que las cosas en el mundo habían cambiado.

–No –respondió el muchacho robusteciendo el tono de su voz, acomodando su silla, poniendo las manos sobre la mesa y dando la impresión de que iba a dar una maravillosa noticia cuya expectativa me detuvo a no ser (por el momento) parte de esta interesante, sofocante y catártica tertulia (dependiendo del punto de vista de quien participe, por supuesto).

Después de todo, por lo que mis inquietos oídos habían llegado a captar sin querer, el buen Nico llevaba meses, quizás años, tratando de sincerarse con su familia. Me compadecí de él. ¿Sería acaso millonario el novio? ¿Se irían a vivir al extranjero? ¿Con qué novedad nos saldría ahora nuestro buen Nico?

–Fue por esta pulsera que mi mamá se enteró de todo–comunicó solemne–.  Cuando ella me preguntó por estos hilos rojos, le conté que eran un regalo de mi novio de la China.

–Ah, la pulsera es china –suspiró la tía.

–También mi novio –dijo Nicolás, pidiendo a la mesera una copa de Chardonnay–, y si se quedan un rato más, se los presento. Es altísimo, no se imaginan. Ya no debe tardar en llegar –agregó mirando su celular.

Fue en ese momento cuando la tía María Angélica cayó en el mismo estado rigor mortis de su esposo. El pobre Nicolás no sabía qué hacer y yo, que prácticamente a esas alturas de la vida era parte importante de aquella familia, pagué mi cuenta y antes de irme me acerqué al muchacho para susurrarle al oído:

“No te preocupes Nico, para cuando se despierten tus tíos, solo deberías haberte quitado la pulsera. Seguro que no se acordarán de nada”.

El plan hubiera funcionado perfecto de no ser porque en la puerta del restaurante, un chino alto, de impecable traje negro, me saludó coqueto.

Lo que pasó después lo vi a través del vidrio y como no soy chismoso, como no soy chismoso mejor no se los cuento.


IMG_0246Un ruido en la planta baja de la casa me despertó. Los viejos tablones de madera de las gradas avisaban entre crujidos que alguien subía. Mi marido estaba al lado mío, mis hijos de cinco y siete años no acostumbraban bajar al primer piso durante la noche.

–Matías –le susurré a mi esposo tocándole el hombro –. Matías, creo que ha entrado un ladrón.

De un momento a otro mi esposo pegó un brinco, salió de la cama y agarró el bate de baseball que escondía en el ropero. Cuánto hubiera deseado que Matías se despertara tan interesado cuando le pedía otras cosas, pero no era el momento apropiado para empezar con mis reclamos de mujer. La verdad es que, desde hace mucho tiempo, la relación con mi marido era bastante fría.

La puerta de nuestro cuarto de abrió y tres hombres, pistola en mano, nos mostraron el camino a la sala, cosa que nosotros conocíamos de más, pero que preferimos no comentar. Mientras bajábamos las escaleras y le quitaban el bate a Matías, mi mente y corazón estaban en Gabriela y Tadeo, nuestros hijos. Pensé que lo mejor sería no mencionarlos y que siguieran durmiendo. Cual sería nuestra sorpresa, al encontrarlos en el sillón de la sala. No lloraban, pero al vernos se nos acercaron para abrazarnos con mucha fuerza.

Los ladrones ordenaron que nos sentemos.

Y allí, los cuatro, desde el sillón de la sala, vimos como tres sujetos armados y vestidos de negro, bajaban primero las cosas del escritorio de Matías, luego las de los dormitorios y finalmente los juguetes de nuestros hijos. Venían tan cargados que a uno se le cayó una muñeca.

–¿Lo ayudo? –preguntó Gabriela acercándose al ladrón para alcanzarle a Pepita –. Es mi muñeca preferida –le dijo.

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–Gracias –respondió el hombre volviendo a poner la muñeca en la bolsa–. Sus hijos son muy educados, los felicito –agregó.

Sin estar muy segura sobre la pertinencia de mi respuesta, agradecí con media sonrisa el comentario, en el momento en el que otro de los ladrones le ordenaba a mi marido encañonándole con la pistola, que les sirviera algo de tomar, de preferencia cerveza.

Mientras los hombres seguían cargando televisores, computadoras, adornos y cuanto encontraban a su paso para meterlos en mi camioneta que estaba en el garaje, mi marido les sirvió limonada.

–Se nos acabó la cerveza –les dijo.

Uno de los hombres, el más alto, sudoroso y gordo, se tomó de un solo trago el jugo para a continuación decirnos: “Gracias. Los felicito, tienen una linda familia. Ojalá que sus hijos sigan así. Para eso es importante que no escuchen reguetón, no vayan a terminar como nosotros”.

–Si claro, no se preocupe –respondí tomando con fuerza las manos de mis hijos que en ese momento estaban heladas y sin entender cómo podían echarle la culpa de su conducta criminal a la música caribeña.

–Ustedes nos han caído muy bien –dijo otro de los ladrones al volver a entrar a la casa y sin dejar de apuntarnos con la pistola–, así que no se preocupen por la camioneta, es fina ¿no? Está buena como la señora –agregó y otra vez no supe si decir gracias o quedarme callada, pero finalmente opté por un sensato silencio.

–Quizás se la dejemos cerca, pasando el grifo El Sauzal. Si no la encuentran allí esta tarde, es porque nos la llevamos –escuché con la esperanza de que se refirieran a la camioneta.

–¿A mi mujer? –preguntó Matías con seguridad con la esperanza de que se refirieran a mí.

No le respondieron.

En ese momento uno de los hombres tomó la llave de mi camioneta de la entrada de la casa, lindo sombrero dijo al ponerse la gorra de pesca de mi marido, para luego acercarse, darnos la mano y despedirse uno a uno de nosotros que seguíamos sentados, casi estáticos, en el sillón de la sala.

–En otras circunstancias, estoy seguro de que estaríamos comiéndonos juntos un buen chanchito al palo y tomando unas cuantas chelas, pero de algo hay que vivir, señores y espero que nos entiendan –, fue lo último que escuchamos cuando se cerró la puerta.

 

 

(Versión en español de “We must make a living form something)


Echado en el jardín, Carlitos me dijo que quería vivir en una nube.

—¿En una nube? —le pregunté sorprendida y miré el cielo.

Y el cielo era azul y estaba lleno de nubes blancas que paseaban tranquilas, libres, volando por donde querían. Perseguían a otras nubes, bajaban, subían, se mezclaban entre ellas.

Me imaginé a Carlitos sonriente, dando brincos de una nube a otra, escondiéndose de sus papás, profesores, amigos y doctores, espiándolos travieso desde arriba.

—¡Hola! ¡A qué no me atrapan! —seguro les diría sacando la cabeza por un instante para esconderla entre los copos blancos de alguna nube gigantesca convertida ahora en la nave interespacial de Carlitos.

—¿Y por qué te gustan tanto? –quise saber.

—Es que son suaves y blancas, como mi llamita —me dijo el niño al enseñarme a su mascota de peluche.

2

Carlitos, a sus ocho años, con sus ojos traviesos y ese pelo ensortijado color caramelo que una vez más le empezaba a crecer, acarició a su animalito.

—Su nombre es Algodón Dulce y le duele mucho la barriguita —me dijo alcanzándomela.

—¿Qué le ha pasado? —le pregunté, haciéndole cariño a la panza blanca y peluda de su llamita.

—No sé. Un día me dijo que le dolía y la llevé al doctor.

—Qué esponjosa que es —le dije.

—Como las nubes —me respondió señalándome el cielo–.  Algodón Dulce quiere vivir en una nube como yo. Dice que allí ya no le va a doler nada y que va a estar feliz jugando con sus amigos.

—Quizás las nubes están llenas de llamitas blancas y tiernas, que se acurrucan y abrigan entre ellas—le dije mientras sentía la suavidad de Algodón Dulce.

—¡Sí! —respondió parándose de un brinco—. ¡Miles de llamitas para pasear a toda velocidad por el cielo!

—¡Súperllamitas!  —le dije.

—Yo nunca he montado una. Tampoco he volado en una nube—me dijo acomodándose otra vez en el jardín al lado de unas margaritas.

Se veía tan entretenido Carlitos mirando las nubes que me eché a su lado para observarlas juntos.

Descubrimos sus formas: algunas parecían aviones, manzanas, otras conejos, caballos y corazones, también había en forma de ovejas y por supuesto que de llamitas.

—Debe ser muy entretenido vivir en ellas —me dijo.

—¿Cómo sabes eso?

Carlitos volteó la cabeza para verme a los ojos y responderme muy decidido.

—¿Acaso has visto alguna vez a una llamita escaparse de una nube o caerse del cielo? —me dijo.

—Tienes razón. Yo también quiero vivir en una nube —le respondí dándome cuenta de que el niño estaba seguro de sus palabras.

—¿Qué esperamos? —me contestó— ¡Escojamos las nuestras!

 

Rossana Sala. Febrero 2019

 

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SE ME ROMPIÓ EL TACO (enero 2019)

Posted: 11 January, 2019 in 2012, 2019

Esa mañana, al ver un auto detenerse frente a mi casa, me quedé observándolo. Yo no sé mucho de carros, pero parecía una camioneta Toyota.  Me llamó la atención que además de ser negra tuviera los vidrios oscuros.

Nadie se bajó, así que volví a mis cosas.

No me gustaba llegar tarde al trabajo. Tomás, mi esposo, acababa de salir en su moto y aunque siempre ofrecía llevarme, yo prefería ir a pie.  A sus cincuenta años y sin que yo me enterara, se había comprado una tremenda Harley Davidson. Yo lo consideraba un peligro, y él, el sueño de su vida.

Bajé las escaleras. Por curiosidad femenina, instinto quizás, busqué con la mirada la camioneta que acababa de estacionarse.

¿Pero quién era ese hombre? Vestido de pantalón negro y camisa blanca, tomaba fotos a la fachada de mi casa.

Sin pensarlo, abrí la puerta principal en el momento en que el sujeto daba unas zancadas para subirse a la camioneta e irse.  Salí detrás de él para ver la matrícula, pero fue imposible. El hombre y su vehículo se mezclaron en el tráfico de la ciudad y desaparecieron.

Traté de avisarle a Tomás. Dejé repicar el teléfono varias veces hasta que la llamada entró a su grabadora. Colgué sin dejar mensaje. Me imaginé que no habría llegado a su oficina.

Al salir de casa revisé bien las puertas y ventanas.

Yo trabajaba a unas cuantas cuadras, así que caminar era mi ejercicio diario que no iba a dejar de hacer por una simple foto. Quizás el hombre se había confundido y quería fotografiar otra casa. No tenía nada de especial la mía.  Blanca, con el techo a dos aguas. Era una más del barrio.

Avancé escuchando la música de mi IPOD. Intenté sin éxito no preocuparme por el hombre de camisa blanca y su camioneta. Por Tomás y su nuevo juguete. A su edad, aprender a ir en moto era una locura. Además, me había venido con la noticia de que quería unirse a un grupo de motociclistas para hacer paseos a las montañas.

De pronto, allí estaba. La camioneta negra de lunas oscuras iba a mi lado, muy lento y sí, efectivamente era una Toyota. Apenas podía verla sin voltear la cara.

¿Me hablaban? Pink Floyd con su “Another brick in the Wall” no me dejaba entender lo que decían, pero sí continuar al ritmo de esa música que me animaba a escapar. ¿Qué quería ese hombre? No debía detenerme. No debía quitarme los audífonos. Solo debía mirar al frente. Faltaban siete cuadras para mi oficina. Al terminar la calle, en plena esquina, estaba la panadería La Espiga Dorada. A las ocho de la mañana sería fácil esconderme entre tantos clientes que, apurados y quizás medio dormidos, compraban un café y un sándwich para llevar o se sentaban a conversar con amigos. Si tenía suerte, quizás estaría Paula, una compañera de trabajo que amaba ese lugar. Le contaría lo que me estaba pasando. Con seguridad, al verme con alguien, dejarían de seguirme. Y de Tomás no tenía noticias. Ya debería haberse dado cuenta de mi llamada.

Fingiendo no haber visto ni escuchado a la camioneta, seguí mi camino hasta entrar en el local. El olor a pan recién salido del horno, las vitrinas con galletas, empanadas, jamones y quesos no llegaron a abrirme el apetito como siempre sucedía. No había nadie que yo conociera. Unos muchachos conversaban en fila para hacer su pedido. Me puse detrás de ellos. El lugar estaba repleto. Gente que tomaba algún jugo, otros metidos en sus computadores o hablando por teléfono.

Con cuidado, miré hacia la puerta. En realidad, era un lugar muy pequeño. Hasta ese momento no me había dado cuenta de lo chico que era. Traté de buscar una segunda entrada, pero no tenía. La gente llegaba y se iba solo por la parte delantera. Quizás atrás, donde preparaban las cosas, habría otra salida.

–Un americano –pedí cuando llegó mi turno.

A los pocos minutos lo recibí y me senté en la barra.

No le quité los ojos a la puerta. No le quité la mano a mi celular.

Por fin sonó. Era Tomás.

–Un hombre me sigue en una camioneta negra con vidrios oscuros –le dije casi atorándome con las palabras–. Tomó unas fotos de la casa. Me he escondido en La Espiga Dorada.

–No te preocupes. Cálmate. Sal de allí. Dobla a la derecha, como yendo a tu oficina. Anda lo más rápido que puedas hasta llegar al quiosco de periódicos. Yo te voy a recoger en la moto.

Dejé mi taza sobre la mesa.

Me dirigí a la puerta.

Miré hacia los lados sin encontrarme con el hombre de la camisa blanca, tampoco con su Toyota negro.

Caminé. Caminé. No dejé de caminar. Extrañé la música de mi iPod, pero el ritmo de Pink Floyd seguía en mi cuerpo. En mi sangre. Me sudaban las manos. Odié uno a uno, paso a paso, mis malditos tacos.  Pensé en sacarme los zapatos, pero hubiera sido absurdo. Era mejor disimular. Fingir que no pasaba nada. Me hubiera sentido relajada, protegida detrás de cualquier canción que me abstrajera de ese lugar, de la camioneta de vidrios oscuros, del desconocido que había tomado la foto de mi casa. ¿Se habría ido por fin?

Llegué al quiosco de periódicos. Miré alrededor para encontrar a Tomás.

Seguí buscando a lo lejos con los ojos.

¡La camioneta de vidrios oscuros! ¡Otra vez! Estacionada al lado derecho de la calle. Con las luces intermitentes prendidas.  No se movía. El hombre de camisa blanca debía estar allí sentado, esperándome.

Llamé a Tomás, aunque estaba segura que si manejaba la moto no me respondería.

–¿Qué periódico quiere? ¿Está bien, señorita? –me preguntó el hombre del quiosco.

Y no pude más y se lo dije.

–Esa camioneta negra de la esquina, la de las luces intermitentes, me sigue. Estoy esperando a mi esposo. Viene a ayudarme.

–Acá la cuidamos –me dijo el vendedor con una sonrisa–. Espere tranquila. ¿Le presto una revista?

Y antes de que pudiera agradecerle, vi a Tomás.  Sentado en su moto, casi llegando al semáforo, movía la cabeza de un lado a otro buscándome.

Los peatones cruzaban la calle. Los autos iban y venían. Tomás no alcanzaba a verme. El sol del día alumbraba cada vez con más intensidad haciendo el calor insoportable.

–¡Tomás! –le grité desesperada levantando una revista.

–¡Tomás! ¡Tomás! –lo llamaron también el señor del quiosco y dos, tres quizás cinco personas a quienes nunca había visto.

En ese momento, vi a mi marido ponerse de pie en la moto y acelerar haciendo un ruido muy fuerte con el motor, ese que siempre me había molestado, pero que ahora sentía que iba a salvarme.

El auto negro de la esquina no se había ido. Sus luces de emergencia se prendían y apagaban al ritmo de los latidos de mi corazón.

–¡Allí viene! –escuché que decían.

–¡Vamos! ¡Súbete! –me dijo Tomás al estacionarse al lado mío.

Me tomé de la mano que me ofreció, agradecí a Dios haber ido a trabajar en pantalones, odié mis tacos otra vez y, con esa fuerza que uno no sabe que la tiene hasta que la necesita, me subí a la moto, me abracé de la espalda de mi esposo que en ese momento más que un motociclista, parecía un jinete a galope.

Salimos del lugar entre aplausos y ovaciones de la gente del quiosco y de algunos curiosos que se habían unido al festejo.

Ya no me interesó saber dónde estaba el hombre de la camioneta. Me sentí tan segura con Tomás.  Olía tan bien con su casaca de cuero. Y yo que le había reclamado por comprarla.

Atravesamos calles, cruzamos autos, gente, semáforos. Tomás tenía toda la razón, no era nada malo tener una moto. Sentí el viento refrescarme la cara.

Nos detuvimos.

–¿Qué opinas ahora de mi moto? –me preguntó quitándose el casco para darme un beso y dejarme en la puerta de mi oficina.

Yo le dije que estaba cambiando de opinión, que había comenzado a gustarme, que quizás hasta podría divertirme.  Nos vemos en la noche, me respondió, no vayas a llegar tarde. Me regaló una sonrisa, se puso el casco y se fue.

Me quedé en la vereda mirándolo. Admirándolo, debo admitir, y mientras pensaba en lo sucedido, pasó lo que jamás hubiera esperado.

No avanzó mucho. Al llegar a esquina, el semáforo lo detuvo.

La camioneta de vidrios oscuros apareció a mi lado. Esta vez siguió de largo.

Se dirigía al mismo semáforo en el que Tomás esperaba el cambio de luz. Estuve a punto de dar un grito para advertirle que tuviera cuidado.

No fue necesario.

El automóvil negro se detuvo junto a la moto.

Vi a Tomás saludar a su conductor levantando el brazo derecho.

Fue en ese momento cuando se me rompió el taco.

 

 

Rossana Sala

 

 


la casualidad

La Casualidad. Así llamaban a la roca escondida, esa que me hizo terminar acá, en Pichidangui.

Han pasado casi veinte años y la historia aún no termina.

Navegábamos desde Antofagasta en un viaje de exploración por la costa chilena.  Aquella noche, la tormenta sacudió la embarcación con fuerza, haciendo crujir la madera del barco de tal forma que nos obligó a buscar abrigo para capearla. Estábamos a punto de llegar a Pichidangui, lugar en el que la población no pasaba de doscientas almas, cuando el vigía de la nave, entre la altura de las olas y el calor de los festejos nocturnos, no alcanzó a divisar la roca.

Yo, Francisco Bórquez, marinero de babor, debo confesar que también estaba enfiestado y que, por tanto, parado en la cubierta principal, no pude sostenerme con firmeza de las barandas y al primer impacto volé fuera de borda.

No recuerdo más de aquella noche.

De allí en adelante, mi vida o, mejor dicho, mi muerte, me ha llevado a una especie de gloria. Pero no de aquella gloria celestial que muchos quieren alcanzar y con la que soñé mientras surcaba océanos, ya que sigo aquí, en Pichidangui, en tierra firme o, para ser exacto, bajo ella.

Debió ser la furia de las aguas frías y punzantes la que me arrastró hasta la orilla entre rodales de rocas ahogadas sobre las cuales rompe el mar pesadamente.

Debieron pasar muchos días hasta que un poblador me encontrara varado como una ballena, con la barriga hinchada, revuelto entre algas, redes y arena.

Seguramente el barco en el que navegaba nunca desembarcó en Pichidangui y continuó su rumbo sin notar mi ausencia.

Así que yo, allí en la orilla, a mis cuarenta años y con ojos profundos, más que por la pureza de mi mirada porque los peces se aprovecharon de ellos, pasé a ser el acontecimiento principal del pueblo.

–¿De dónde salió? –oí que preguntaban.

–¿Qué le ha pasado en la cara, mamá? ¡Qué feo! –murmuró una niña.

–Pónganle una manta. La corriente le destrozó la ropa y el cuerpo.

Me cubrieron con algo que parecía ser un suave tul. No me había dado cuenta, pero la idea de estar desnudo ante los habitantes, me desagradaba.

Más y más voces me rodearon y aunque lo intenté, no conseguí moverme. Tampoco fui capaz de pronunciar palabra. Traté de decirles: ¡Oigan! ¡Escuchen! ¡Soy Francisco Bórquez, navegante del Piquero Azul! ¡Mi hija Isabel me espera en casa!

Fue en vano.

Mi cuerpo fue arrastrado por una masa de gente. Debieron ser las doscientas almas y cuatrocientas manos de Pichidangui las que me alejaron de la orilla para subirme a unos tablones.

Todos querían tocarme, ayudar, ver. Yo no tenía dolor alguno. Pero eso no me importaba. Solo necesitaba que supieran que podía escucharlos. Que hasta donde sabía, aunque no tenía experiencia personal en muertes, yo, Francisco Bórquez, estaba vivo.

–Cárguenlo hasta la iglesia– dijo una mujer.

¿Habría un médico allí? ¿Por qué no me llevaban al hospital?

El silencio invadió el lugar.  ¿Me habían dejado solo? ¿Dónde estaba?  El soplido del viento trajo olor a sal.  Creí que tiritaba.  ¿Se despedía de mí el mar? ¿Ese mar que me había acompañado día y noche?

Nací en el puerto de Coquimbo y las aguas del océano, esas aguas heladas pero cariñosas, me llamaron desde que tuve uso de razón, y mucho antes, según contaba mi madre. Los demás niños jugaban en la arena. Yo no dejaba de sumergirme en el mar.

A los doce años perdí a mis padres en un accidente terrestre y me dediqué a navegar.  El barco se convirtió en mi casa y las olas en los árboles que la rodeaban.

Años después, haciendo escala en Antofagasta, conocí a Emilia. Desde que la vi, no dejé de amarla.  Cada vez que zarpaba le prometía que buscaría un trabajo en la ciudad, que viviríamos juntos.  El tiempo pasó. Tuvimos una hija, Isabel. La última vez que la vi, tenía ocho años.

Me despedí de mi niña prometiéndole una caracola marina para que escuchara el susurro del mar antes de dormir.  Así sabría que la acompañaba.

Me despedí de su madre jurándole que esa sería mi última travesía, aunque ella, cansada de su larga espera, me pidió que no volviera a visitarla.

Al parecer, con mucho dolor y sin quererlo, estaba aceptando la voluntad de Emilia, pero la promesa que le hice a Isabel, esa, no la cumpliría.

–Ya viene el padre Vicente– oí la voz acelerada de una mujer–, fueron a buscarlo a Quilimarí.

La brisa envolvió mi cuerpo, era como si quisiera arrastrarme hasta la orilla de la playa, a mi hogar. Pero se detuvo.

–En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, por esta santa unción te perdone el Señor…

Olí un aroma a aceite de oliva alrededor de mi cuerpo y de mi alma también. El retumbar de los cantos y lamentos era sofocante. ¡No podía ser cierto! El tiempo se hacía interminable, pero estaba terminando.

El susurro. El susurro del mar al caer la noche. Mi hija tenía que escucharlo como se lo había prometido. Tenía que saber que la acompañaba. La quería. La cuidaba.

Y yo estaba allí. Sin voz, pero con alma. Con un alma encerrada en un cuerpo que se descomponía.

–Debemos enterrarlo– dijeron.

–Pero padre, no sabemos quién es. ¿Cómo avisamos a su familia?

–Ya veremos. Llévenlo a la Colina del Silencio.

Y así, una vez más, sentí que mi cuerpo era observado por las doscientas almas y tocado por las cuatrocientas manos de Pichidangui que, entre plegarias y suspiros, me llevaron hasta aquella loma.

O se cansaron a los pocos pasos, o el lugar no estaba lejos, pero en el trayecto solo alcancé a rezar por Isabel. En ese instante, me di cuenta de que cada vez que me acordaba de mi hija, el viento soplaba con más intensidad obligando a detenerse a quienes me cargaban.

Volví a pensar en Isabel.

–¡He perdido mi sombrero!– se quejó un hombre.

–Huele muy fuerte a mar.

–¡Sigamos! ¡Oscurece!

¿Sería el océano, ese eterno compañero, quien me ayudaría con mi promesa?

Nos detuvimos.

Cavaban.

Recordé a mi madre a orillas de la playa jugando conmigo, construyendo castillos mientras yo trataba de escapar para meterme al agua, a nadar. A mi padre dándole un beso en la mejilla y diciéndole que así era yo, que me entendiera. Vi los ojos de Emilia suplicándome para que no me fuera. Lloré. Le pedí perdón de lejos. Por tantas cosas le pedí perdón. Imaginé a Isabel oírme decir con sus ojos ilusionados que cumpliría con mi promesa.

–¡Apúrense!

Y otra vez cantos, oraciones y lamentos.

Sentí los golpes de la arena al caer sobre mi cuerpo.  Palada tras palada.  Me espanté al saber que me iba a asfixiar, que tendría calor, que estaría desesperado bajo tierra.  Pero no pasó nada.

Desde ese día, cada anochecer en Pichidangui, el viento se sintió como un susurro del mar.

Al principio, le oí decir a los pobladores que se trataba de una simple coincidencia. Desde el fondo de la tierra, decidí demostrarles que no era así.  Para eso, al final de cada tarde, pensaba en Isabel, en los momentos felices que habíamos pasado juntos. Tenía rabia por las oportunidades que había perdido de estar a su lado. Quería compensarla, acompañarla de lejos como se lo había prometido.

Poco a poco empecé a notar que decenas de personas rodeaban mi colina.

–¡Ese viento! ¡Sale de la tumba! Algo nos quiere decir.

–¡Llamen al padre Vicente!

La Colina del Silencio dejó de serlo para convertirse en un lugar bullicioso, atiborrado de gente que dejó de sollozar para ser feliz, cantar, suplicarme milagros como si fuera un santo, a mí, Francisco Bórquez, un marinero de babor que andaba de fiesta en su trabajo y no pudo cumplir las promesas que le hizo a la mujer que amaba y a su hija.

De todas partes venían a visitarme. Es un santo. Tiene poderes. Si vienes al anochecer, te acercarás a su espíritu. Yo le pedí trabajo y al día siguiente lo conseguí. Yo le pedí amor y ahora soy tan feliz. Me ha curado. Hablaban en español y en lenguas que no entendía.

Pasó el tiempo.

La Casualidad, aquella roca escondida bajo las aguas, me había transformado en una figura sagrada que sin saber cómo, ayudaba a cualquier desconocido, pero que no era capaz de llegar a mi propia hija.

Las almas de Pichidangui seguían multiplicándose.  Escuché que me construyeron una ermita.

Hasta que un atardecer de invierno, sentí su voz.

Era ella quien me visitaba. Isabel. Mi hija. Le oí decir mi nombre y contar a quienes la rodeaban que al enterarse de la historia de esa brisa marina que parecía hablar y que cada anochecer salía de la tumba de un hombre encontrado muerto en la playa, supo que se trataba de mí, que estaba cumpliendo mi promesa.

A partir de ese momento, con el susurro del mar, abrazo a mi hija.  Aquí, desde Pichidangui.

 

 

(Publicado en la Revista Literaria Nro. 140 (agosto 2018) Hispamérica Dirigida por Saúl Sosnowski. Rockville, MD 20847, USA)