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TENÍA QUE SERLO

Posted: 13 December, 2016 in 2016

imageSin pensarlo, detuve el auto.

Esa era la casa.

¿Debía tocar a la puerta? Cuántas veces había soñado con esa casa y ahora sabía que existía. Que no era parte de mi imaginación.

De madera de pino. Con techo a dos aguas. Construida en medio de la ciudad pero rodeada de árboles inmensos. Parecía metida en un bosque.

Aquellos ventanales cubiertos con cortinas azules, no dejaban entrar la luz del sol.

Se veían tristes los balcones repletos de geranios secos.

Era verano, pero aun así, estaban muertos.

En mis sueños los balcones de la casa cargaban también geranios secos.

De un momento a otro y sin darme cuenta, me encontré a punto de golpear a la puerta. Reaccioné a tiempo y no lo hice, pero justo antes de que pudiera salir de allí, una niña se asomó por la ventana.

Me miró en silencio.

El viento sopló con fuerza trayendo con él recuerdos.

Dos largas trenzas le sujetaban el pelo negro. Así, iguales a las que yo usaba de pequeña. Tantas veces había protestado contra esa forma que tenían de peinarme es que no se te ven los ojos me decía mi madre cada mañana al atarme el pelo antes de llevarme a la escuela. Yo me cubría la cara para no verme en el espejo. ¿Y ese peinado perfecto? me molestaban mis compañeras en clase ¿Tu mamá te lo hizo?

De pronto, la niña se agachó.

¿Buscaría algo? ¿Iría a abrirme la puerta? ¿Le avisaría a sus padres que una mujer desconocida observaba la casa?

Aproveché esos minutos para regresar al auto.

¡El auto! ¡Había desaparecido!

En su lugar, encontré un caballo blanco. Sin amarras.  Sin montura. Con las crines largas y sueltas. Y el olor a campo se hizo más fuerte y la calle era de tierra y de piedras y di la vuelta para mirar la casa con la esperanza de que todo fuera un sueño.

Pero seguía allí.

Y la puerta estaba abierta.

Y la niña de las trenzas parada bajo el dintel con un vestido de gasa celeste y zapatos blancos. Y esos ojos tristes.

Y ese conejo de trapo que abrazaba con fuerza.

¡No podía ser cierto!

Era yo.

La niña de las trenzas largas, ¡era yo!

Tendría ocho años, no más que eso.

Tanto tiempo en mi vida sin querer recordar mi infancia y ahora estaba allí, en la puerta de esa casa, mirándome. ¿Estaría sola? Quizás con Alicia, mi hermana más grande. Me divertía mucho al jugar con ella.

—Ven —me llamó haciéndome con las manos una seña.

Y volví a ver a mi espalda al caballo blanco y el camino de piedras y tierra.

Y miré a la pequeña.

Corrió.

Vino hacía mí.

Debe haber sido que de alguna manera la animé a acercarse o quizás fue ella quien decidió salir.

Dejó caer su conejo y con él, los lazos de sus trenzas se perdieron en el suelo.

Sonrió y juntas nos trepamos al caballo y su cuerpo se hizo mío y sin saber a dónde ir, me dejé llevar a galope, bajo el sol, rodeada de geranios rojos, rosados y celestes, por ese camino que yo no conocía, pero que estaba segura que era bueno.

Tenía que serlo.

 

Lima, 10 de diciembre de 2016

EL COFRE (cuento)

Posted: 4 December, 2016 in 2016
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                        Para Floppy,
porque le gustan mis cuentos

 

 

-No abras ese cofre -me había dicho tantas veces mi abuela.

Yo no me atrevía a preguntarle el motivo. Le hacía caso en silencio pero mi curiosidad, no se quedaba quieta.

imageCada domingo cuando toda la familia visitaba a los abuelos, el cofre estaba allí, inmóvil sobre su tocador. Era pequeño, redondo y de metal. Parecía que me esperaba, pero no era así. Mi abuela lo abría, lo observaba, sonreía, lo cerraba y colocaba en una repisa a la que yo, a mis ocho años, ni con la silla más alta de la casa, hubiera sido capaz de llegar y ella lo sabía.

-¡Ni se te ocurra intentarlo, Floppy! -me advertía, y yo la miraba intranquila desde una esquina, sintiéndome más chiquita de lo que en realidad era, tratando de imaginar qué escondía mi abuela. Qué secreto tenía. Por qué me dejaba ver solo de lejos esa cajita para luego, contenta y satisfecha, guardarla ante mis ojos.

-¡Es hora de almorzar! -como cada domingo, nos llamó el abuelo.

Pero ese domingo sería diferente. Ese domingo era mi cumpleaños y yo había decidido descubrir el tesoro escondido en ese cofre. ¿Tendría joyas antiguas? ¿Guardaría mi abuela el polvo mágico de las historias que nos contaba?

-¡El almuerzo está listo! ¡Vengan al patio! -volví a escuchar.

El abuelo, feliz, al lado de su inmensa parrilla, nos preparaba panes con salchichas y les ponía mostaza y salsa de tomate que mis primos y yo saboreábamos mientras que los más grandes se servían carnes, pollos y ensaladas que a mí no me entusiasmaban tanto.

Mi abuela y yo bajamos al patio y ella sirvió limonada y cervezas y ¿por qué no traes un poco más de pan? me pidió y fui a la cocina a buscarlo y vi las escaleras que me llevaban directo al segundo piso y allí estaba el cofre, ¡Floppy, ni se te ocurra ver lo que hay adentro! -me lo había ordenado tantas veces- y recordé la sonrisa pícara de mi abuela al abrirlo y al cerrarlo sin darme tiempo para que yo alcanzara a descubrir su contenido.

-¿Traes el pan? -oí que me pedían otra vez mientras mis piernas trepaban a zancadas los viejos escalones de madera.

-¡Ya voy abuela, dame un minuto! -le respondí de lejos para evitar sospechas.

Y, como siempre, la habitación de mis abuelos tenía la puerta abierta.

Entré.

Y allí, estoy segura que más alto que nunca, estaba el cofre que yo tanto quería.

Busqué en el armario. Mi abuelo tenía una pequeña escalera que usaba para cambiar las luces de las lámparas y arreglarlo todo como solo él sabía. La encontré. La saqué tratando de no hacer ruido. Pesaba mucho. Tan rápido como pude, la apoyé contra la pared cerca de la repisa.

La repisa del cofre.

¡Estaba tan cerca de tener en mis manos el tesoro!

¿Tendría joyas? ¿Polvos mágicos? ¿Qué haría yo con ellos?

Mi corazón latía con fuerza. Podía sentirlo.

Por fin conocería el secreto de mi abuela.

Y me detuve.

¿Acaso quería descubrirlo?

¿Quería saber qué guardaba mi abuela?

Si ella nunca me lo había dicho, ¿por qué necesitaba yo saberlo?

-¡No abras el cofre, Floppy! -volvieron a sonar las palabras en mi cabeza y con mis manos sudorosas, guardé la escalera y salí de la habitación en silencio.

-Acá está el pan.

-Gracias pequeñita -me respondió el abuelo y me fui al jardín a jugar con mis primos.

Y así pasaron las horas y mientras saltaba soga, jugábamos a las escondidas y el sol empezaba a irse, no podía dejar de pensar en ese cofre, sintiéndome sin embargo tranquila por no haberlo abierto. Era extraño. Muchos meses sufriendo con la intriga pero había preferido respetar el secreto de mi abuela.

-¡Es hora de que te cantemos por tu cumpleaños! -oí la voz del abuelo mientras salía de la cocina entre los aplausos de la familia, con una inmensa torta de chocolate y nueve velas encendidas y allí, a su lado, como lo habían hecho tantos años en su vida, caminaba la abuela y ella, con su sonrisa pícara, traía mi regalo.

Era para mí.

Desde ese momento el cofre fue mío.

Han pasado más de sesenta años de esta historia. En una repisa alta de mi dormitorio tengo guardado el cofre. De vez en cuando lo tomo en mis manos y permito, siempre de lejos, que lo vea alguno de mis nietos y, sin embargo, debo admitirlo, hasta el día de hoy, no lo he abierto.

Rossana Sala, 3 de diciembre de 2016

DE MIS PROPIOS DEDOS (noviembre 2016)

Posted: 6 November, 2016 in 2016

Fue un sábado en la mañana, cuando al abrir por fin las ventanas de mi dormitorio, sentir la humedad en mi rostro, ver el cielo y saber que una vez más el sol no iba a salir, que decidí hacerlo yo.

Salir.

Aunque el día estuviera gris y frío, tenía que dejar mi encierro.

Necesitaba ir a la Plaza de las Artes. Aquel lugar extraordinario donde pintores, músicos y poetas, de todas las edades y culturas, se reunían a diario a compartir su magia.

Estaba segura de que a mí, ni el rojo o el amarillo, ni el violeta de los frescos lienzos, ni la fuerza de la voz de Pavarotti, O sole mio, o el dulce ritmo de algún poema de Neruda, me llegarían a transmitir el don de las artes.

No era posible.

Y sin embargo, el simple hecho de estar allí, en esa Plaza, me hacía sentir parte de un mundo al que yo no pertenecía y nunca llegaría a entrar.

Desde pequeña soñaba con ser artista, pintar estrellas, duendes, pájaros, caballos, inmensos murales de colores que, por el solo hecho de verlos, causaran alegría.

Pero mis limitadas habilidades con las manos, a pesar de mis esfuerzos, no me lo permitían.

Y es que en realidad, y no era un secreto, desde niña tuve ese problema.

No tenía talento.

Era pésima.

Trataba de evitarlo cambiando un poco el sentido de mis trabajos en la escuela. Si debía dibujar a una persona, para no tener que trazar sus labios, nariz, ojos, (¡qué espanto!), simplemente la pintaba de espaldas. Así, solo tenía que encargarme de su pelo. Unas cuantas líneas largas y confusas y la obra estaba lista. Eso sí, para darle vida al cuadro, los tonos rubios y rojos, eran parte imprescindible de mi estrategia.

Pero esa tarde, en la Plaza de las Artes, allí donde existía todo y yo me sentía nada, una anciana llamó mi atención.

Vestía una túnica blanca con flores celestes y amarillas.  La suavidad de su ropa contrastaba con la dureza de su rostro.

-Acércate -me dijo al cruzarse nuestras miradas. (Hoy no estoy segura si me lo pidió con palabras o si fueron sus ojos, esos ojos profundos, verdes, de gitana, los que me hablaron).

-Pon tus manos en esta arcilla -me ordenó acercándose a mí.

Y le hice caso.

Y al tocar el barro, la mujer hundió mis dedos en él. Estaba húmedo, suave, tibio.

-Déjame guiar tus dedos -me dijo-, no temas. Todo está bien. Cierra los ojos.

Y sentí el olor a tierra fresca y mis dedos sumergirse y dejé de oír a Pavarotti y los versos de Neruda también se fueron.

Me invadió el miedo.

Traté de abrir los ojos y fue imposible y lo intenté de nuevo y el sol empezó a brillar con fuerza, no lo veía pero entibiaba mi cuerpo.

-Abre los ojos -me dijo la anciana.

Y esta vez, pude hacerlo.

Y los vi salir.

Vi salir de la arcilla pájaros, peces y también mariposas azules, caballos y duendes…

Y la gente de la plaza nos rodeó.

Cantaban. Bailaban. Reían.

Un largo arco iris llevó mi mirada al cielo.

Y el sol estaba allí y también los pájaros y las mariposas, los duendes y los caballos…

Todos habían salido de mis manos.

De mis propios dedos.

 

Rossana Sala. 5 de noviembre de 2016. Para Cronwell Jara porque gracias a sus clases de narrativa, intentan salir de mis papeles, duendes.

Y ERAN AZULES

Posted: 19 September, 2016 in 2016

Ella no siempre había sido de esa manera.

Retraída, sentada en la última fila del salón de clases, tras su pupitre y esas enormes gafas azul carey que nunca se quitaba, así era ahora Melissa. A sus trece  años, más allá de dedicarse a estudiar y pasear a Jonás, su perro pastor, al parecer, a ella ya no le interesaba nada.

Sus compañeros de clase, al no tener respuesta cuando le conversaban, dejaron de hablarle. Para tranquilidad de Melissa, a ella tampoco le hacía falta hacerlo, por lo que pasó a ser conocida como “la niña muda”.

Ella no se quejó.

Es que algo más importante le preocupaba.

Unos meses atrás había empezado a sentir un malestar en la espalda, a la altura de los hombros. Para no preocupar a sus padres, no les dijo nada, pero eso, le empezó a crecer y entonces se lo comentó a Sarah, su hermana mayor, y ella le respondió que no exagere, que no era nada, y Melissa calló y así como Melissa, eso, también creció en silencio.

Melissa tuvo que cubrirse.

—El calor es insoportable. ¿Por qué no te quitas la chaqueta? —le decía su mamá sin que la niña le hiciera caso. No podía hacerlo ya que eso, era cada vez más grande.

Allí estaba la razón por la cual la pequeña había empezado a sentarse en la última fila de su salón.

Necesitaba guardar el secreto que la hacía diferente.

Utilizando más de un espejo intentaba saber qué era aquello que, aunque no le dolía, le causaba algunas molestias.

Con mucho esfuerzo, solo alcanzaba a ver dos bultos bajo su piel, justo en la parte alta de la espalda.

Un día, acompañada por su madre, paseando a Jonás en el parque, una anciana se les acercó para pedir dinero. Melissa, con sus enormes gafas azul carey, notó que la mujer tenía algo parecido a eso que a ella empezaba a salirle en su cuerpo.

—¡Mamá! —le preguntó la niña apurada señalando a la pordiosera— ¿Qué le pasa a esa viejita? ¿Por qué camina agachada?

—No la señales y cuidado que te escucha —la corrigió su madre respondiéndole también a la pregunta—. Es una joroba. Debe ser por la edad que su columna vertebral ha tomado esa forma.

Y Melissa no entendía por qué a ella le crecía algo así y la anciana le hizo un guiño cariñoso y le sonrió con ternura y la niña sintió que aquella viejecita, sin usar palabras, le había dicho algo muy bueno.

—¡Vamos, vamos! ¿Qué haces? —le dijo la madre cuando la pequeña trató de acercarse a la anciana y, luego de darle unas monedas y alejarse de ella, se sentaron en una banca a tomar helados de vainilla.

Y pasaron los días. Eso, crecía y Melissa callaba, pero después de haber visto a aquella anciana tan dulce, estaba segura de que no podía ser tan malo lo que las dos tenían.

Hasta que una mañana cualquiera, antes de entrar en el salón de clases, todavía formando filas los alumnos en el patio de la escuela, la maestra les presentó a un nuevo alumno.

—Se llama Martín —les dijo, explicando que se trataba de un muchacho muy especial,  ya que al ser hijo del mago más famoso de España, había aprendido de su padre el arte de levitar.

En un instante, la tranquilidad del patio se convirtió en un estruendo de carcajadas.

Los niños empezaron a reírse y a burlase señalando a su nuevo compañero.

Y en ese momento lo hizo.

Ante la mirada incrédula de todos.

Martín levitó.

Y desde allí, a más de diez metros de altura, Martín fijó su atención en aquella niña de gafas azules, y ella, Melissa, recordó ese guiño tan especial que le había hecho la anciana de la joroba y lo alcanzó.

Alcanzó a Martín en el aire.

A Martín,  hijo del mago más famoso de España y ella, Melissa, estaba ahora a su lado, a más de diez metros de altura, viendo a sus pies a cientos de niños que los aplaudían y fue así como descubrió que eso, eso que a ella le crecía en la espalda, eran simplemente alas. Y eran azules.

 

Rossana Sala. 17 de setiembre de 2016


Lo vi correr. Avanzaba por la calle. Iba despavorido.  Era tan pequeño. Bueno, en realidad para mí, el mundo era diminuto. Pero ese niño de pantalones cortos y cabello ensortijado, no solo tenía poco tamaño. Estaba asustado. Tanto, que a pesar de mi estatura, no se intimidó al verme.

—¡Ayúdame! —me pidió levantando la mirada y con los ojos que hablaban más que sus palabras.

¿Estaría tan desesperada la criatura que no se daba cuenta de mi realidad? Si todos me temían, ¿porqué él, no?

Hombres, mujeres, niños, hasta los animales, se hacían a un lado al verme pasar.

Nadie me soportaba.

Mi cabeza rozaba las copas de los árboles más altos de la ciudad.  Por eso, yo no podía quedarme allí. Vivía apartado. De vez en cuando me acercaba al pueblo para observar a la gente. Para dejar de sentirme solo, aunque sea por unos momentos. Trataba de no asustarlos, pero eso, era imposible. —¡Cuidado con el gigante!— se advertían entre ellos y huían.

Pero yo nunca les había hecho nada.

—¡Ayúdame! —volvió a suplicarme el pequeño con la respiración entrecortada.

Lo observé con atención.  No tendría más de ocho años. Transpiraba. Lo levanté. Sentí su miedo. Lo puse en mi espalda y corrí. Corrí llevándolo en mis hombros sin importarme nada.

Escuché gritos detrás de mí:

—¡Detente! ¡Maldito! ¡No te lo lleves!

¿Sería su madre? ¿Sus amigos, acaso?

Tenía que salvarlo.

Avancé con fuerza, con mis pasos largos. Inalcanzables.

No me detuve hasta llegar a la orilla de la laguna. Allí, donde yo vivía. Donde cada mañana, la brisa se encargaba de esparcir el olor de los manzanos que crecían por doquier. Donde no había nadie con quien compararme.

Bajé de mi espalda al pequeño.

Me senté en el piso para quedar casi a su altura. Para mirarlo a los ojos.

Le até los cordones de sus zapatos. Estaban gastados y sucios.

Él, no se asustó.

Me dijo “gracias”.

Secó sus lágrimas.

Y al hacerlo, le vi las manos. Varios cortes transversales las surcaban. Las surcaban en todas las direcciones. Eran cicatrices. Algunas todavía estaban frescas.

—¿Me enseñas a nadar? —sonrió señalándome la inmensa laguna de aguas turquesas.

Se llama Frank y desde ese día, es mi hijo.

 

 

 

Rossana Sala. 10 de setiembre de 2016


—Tengo que encontrar  a Teresa —pensó  Melissa al salir a buscar a su hermana.

A Teresa le gustaban los jardines, hurgar, esconderse entre los arbustos. Desde muy pequeña,  le había encantado hacerlo y a sus ocho años, su habilidad para trepar por las ramas era notable.

—Mamá, voy a salir —avisaba, y la madre no volvía a saber de la pequeña durante horas.

—¿Que hará? —se preguntaba sin darle mucha importancia al hecho, ya que al final, su hija, siempre volvía contenta.

Pero una tarde, Teresa no regresó.

—¿Has visto a tu hermana? —le preguntó la madre a Melissa—. Ya debería estar acá.

—Se fue a jugar después de almuerzo —respondió Melissa—. No exageres, má. ¿Acaso se va a perder en el jardín?

Melissa era cinco años mayor que Teresa. Físicamente se parecían: ambas eran delgadas, altas para su edad, tenían el pelo color caramelo y bastante lacio, sin embargo, salvo el amor por el chocolate caliente con canela que les hacía mamá, tenían gustos muy distintos. A Teresa, además de jugar en el jardín y no obstante su corta edad, le encantaba leer. En cambio, la vida de Melissa, se centraba en los amigos y, de vez en cuando, en alguna actividad deportiva.

—¡Anda, llama a tu hermana! —le ordenó la madre a Melissa—, empieza a oscurecer. Dile que les preparé chocolate. A ver si con eso se anima a venir rápido. ¡Con éste frío!

Y Melissa salió escuchando a su madre que hablaba sola que los arbustos y las hierbas, el desorden del patio y la casa del árbol que está muy vieja y seguro que Teresa, ¡ay pobre niña!, se cayó y dio un mal golpe. Pero Melissa sabía que eso era imposible, ya que nadie conocía tan bien la parte posterior de la casa, como  su hermana. Y después de dar algunas vueltas en su búsqueda y de estar de acuerdo con su madre en que al lugar le hacía falta una buena limpieza, Melissa se topó con la pared trasera del jardín.

Y allí, escondida, entre la enramada del maracuyá, había una puerta.

¡Pero si nunca la había visto!

Y estaba abierta.

¿Se habría atrevido su hermana a escapar de la casa?

¿Debía avisarle a su mamá?

Sin pensarlo más, la  traspasó, encontrándose de un momento a otro, en el jardín de los vecinos. Según se decía, la pareja de ancianos que vivió allí, había muerto. Pero lo extraño de todo, era que los dos habían muerto con tan solo algunas horas de diferencia. —Debe ser por amor —comentaba la gente.

Sea como sea, la casa estaba deshabitada.

Melissa atravesó con cuidado el jardín.

El crujir de las hierbas secas al hundir sus pies sobre ellas en la penumbra, la hizo escuchar y hasta sentir, escorpiones, ratas y culebras.

El maullido de un gato (Melissa tenía la esperanza de que fuera solo un gato), la obligó a correr hacia la casa de los vecinos olvidando por algunos segundos a su hermana.

La casa estaba oscura, sin embargo, un golpeteo llamó su atención.

Las teclas de una vieja máquina de escribir no dejaban de sonar haciéndole sentir una nostalgia irremediable.

¿De dónde vendría ese ruido?

Recordó a su padre. Se pasó la vida frente a una vieja máquina escribiendo libros. Melissa nunca los había leído, pero sabía que a los adultos les encantaban las historias que él inventaba. Algunas noches, antes de dormir, a ella también se las contaba.

Pero no era el momento de extrañar a papá.

¿Sería realmente una máquina de escribir? ¿Vivía alguien en esa casa? ¿Los ancianos?

¿Y dónde estaba su hermana?

Con cuidado (para no hacer bulla y para no encontrarse con culebras, escorpiones, gatos y ratas), Melissa se asomó por una de las ventanas.

Le pareció ver una habitación.

La luz estaba apagada.

Buscó la puerta principal de la casa.

Tenía que encontrar a Teresa.

El ruido de la máquina se hacía más fuerte, más rápido.

¿O eran acaso los latidos de su corazón lo que sentía?

Con absoluto cuidado, giró la perilla.

Abrió la puerta.

El chirrido de las viejas bisagras la dejó sin aire.

Entró a la casa.

El olor intenso a madera húmeda saturaba el lugar.

Una luz tenue llamó su atención.

Parecía iluminar algún cuarto. ¿Sería la sala?

El teclado dejó de sonar.

¿La habrían descubierto?

No se detuvo. Tenía que encontrar a su hermana. Con seguridad estaba allí.
La luz de la habitación se apagó.

Melissa sintió frío. Las rodillas le temblaban. No le importó.

—¿Hay alguien allí? —preguntó sorprendiéndose del inusual valor que la hacía seguir.

—¿Estás acá, Teresa? —volvió a preguntar con voz firme mientras se asomaba a la habitación.

La luz volvió a encenderse. Parecía emanar de una vela.

Y allí estaba ella. La pequeña Teresa. Sentada frente a un antiguo escritorio sobre el cual había una inmensa máquina de escribir negra.

Teresa, acomodada sobre varios cojines que había colocado encima de una silla, llevaba puesta una boina de felpa a cuadros azules y rojos, igual a la que usaba su padre, y, lo más sorprendente, en la boca, tenía una pipa. Afortunadamente parecía estar apagada.

—Ven acá —le dijo Teresa a su hermana hablándole con una autoridad insólita en ella mientras acomodaba la pipa sobre un cenicero.

Melissa le hizo caso y, al acercarse, vio en la mesa muchos papeles, decenas de hojas desordenadas, en blanco, arrugadas. Algunas con letras sueltas. Líneas disparejas. De vez en cuando palabras: “jardín”, “ratas”, “velas”…

—Soy una escritora, como era papá, ¿te acuerdas? —le dijo Teresa a su hermana—. Pero ven. Siéntate. Te presto mi silla. ¿Me ayudas? Es una historia sobre una niña que todas las tardes se escapa de su casa para escribir y trata y trata, pero no puede, hasta que un día, su hermana mayor la encuentra, y juntas escriben cada palabra, hasta terminar este cuento.

Un olor a chocolate caliente y canela invadió la habitación.

Rossana Sala. Agosto 2016

È VERO!

Posted: 18 July, 2016 in 2016
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spinn (Para Leez Moncada, por sus inspiradoras clases)

—Mañana es domingo de patas—nos recordó Leez, la profesora de spinning—. No se olviden. De nueve a doce pueden traer a un amigo. Y es gratis —recalcó con firmeza como si el hecho de no tener que pagar un céntimo nos fuera a aliviar el esfuerzo.

Yo la escuché con atención, exhausta desde mi bicicleta estacionaria, tomando un trago de agua mientras trataba de imaginar quién podría ser capaz de traer a un amigo a pedalear tres horas sin respiro.

—¡Vamos no se detengan! —siguió animándonos Leez en el minuto setenta y cinco de ejercicios.

—Mejor viuda que divorciada —oí decir a Sofía, una muchacha muy maja sentada justo al lado mío.

La había visto antes, siempre sonriente y parlanchina, vestida con polos y lycras de colores de moda. Cada clase la terminaba con tanto glamour como si nunca la hubiera empezado.

La oí con disimulo, traté de sopesar sus palabras, de adentrarme en sus pensamientos. Entender si era acaso posible solidarizarme con ella.

—Y todavía gratis—completó la idea Sofía sin darse cuenta de que, a pesar del intenso remix bailable a más de cien decibles, cada una de sus palabras invadía mis oídos.

Y yo que no tengo marido y que soy de corazón dulce y mente (rara vez) satírica y perversa, por unos segundos me puse en el cerebro de Sofía:

“Traiga a su esposo el domingo y con seguridad él estirará la pata.”

—¡Con fuerza! Tú no me decepciones, ¿eh? —se acercó Leez a Sofía.

La gente tomaba agua, algún muchacho sin pelo y a punto de rendición, dejaba caer el sudor al piso, otro se secaba la frente con la toalla, yo veía el reloj de la pared que hacía tic y nunca llegaba al tac y en el salón de clase retumbaba un vallenato desesperado, Shakira y Vives, “…lleva, llévame en tu bicicleta…”, y en mi cabeza esa idea de Sofía: mejor viuda que divorciada, mejor viuda que divorciada.

Tac.

—Felicitaciones a los alumnos nuevos que vinieron a clase sin saber lo que les esperaba —dijo Leez orgullosa al iniciar el  último estiramiento.

Y al terminar la clase, la seriedad y la tensión de Sofía se le veían en el rostro. Se bajó con torpeza de la bicicleta y salió del salón despidiéndose de la profesora con estas palabras:

—Gracias. Hasta mañana —le dijo con un tono de cariño en su típico acento español, lo que hasta el momento no me causó intriga alguna.

Pero allí no terminó la cosa:

—A las nueve en punto estaré acá con mi marido. Sea como sea lo convenzo y te lo traigo. Y tú —le aclaró clavando la mirada en la pobre Leez—, no me decepciones, ¿eh?


BERGEN

 

—La vida es un viaje. Se viaja con la mente, con los libros, con el corazón. Vamos y venimos. De vez en cuando descansamos de ese viaje que empieza sin pedirnos permiso y termina sin pedirnos perdón.

La vida son también muchos viajes. Cortos, pero viajes.

Cada día, cada momento, puede ser un viaje. Un viaje al trabajo, al supermercado, al parque o una ciudad que nunca viste. Podemos hacer de ella, de la vida, lo que queramos. Salir y volver a casa. Mirar por la ventana una mañana cualquiera y ver un camino plano y seguirlo. El mar anaranjado y surcarlo. Una montaña azul y escalarla.

Imaginar también es permitido.

Con o sin equipaje. Abrigado o ligero de ropas. (Dicen que es bueno sentir frío). Decidir emprender ese viaje diario que al atardecer te lleve al lugar de donde saliste o a uno que jamás imaginaste conocer. La vida, es un viaje que hay que aprender a recorrer. A disfrutar.

Es un viaje hacia el final de la vida.

Y al terminar el día y cerrar los ojos, podrás saber qué tan bien supiste hacerlo. Y al terminar la vida y cerrar los ojos, sentirás que mañana no habrá viaje. Pero mira bien por tu ventana: hacia arriba.

—¿Y quién eres tú para hablar con esos aires sobre la vida, cuando solo piensas en el final de ella?

—¿Yo? Yo soy La Vida, pero me siento la muerte.

 

Rossana Sala, 1 de junio de 2016


Sus ojos, cargados de tristeza y humedad, se fijaron en los míos.

No era posible.

Era una tarde de lluvia gruesa, incesante, única, que había empezado a azotar los cielos de un momento a otro en medio de las montañas.

treeA mí me encanta la lluvia y fue por eso, estoy segura, que a pesar de haber visto esa mañana al levantarme, el cielo tan oscuro que anunciaba la peor de las tormentas, salí de casa dispuesta a hacer una larga caminata.

Unos días atrás me había quedado sola.

Llevaba ya más de cuatro horas disfrutando de mi paseo cuando supe, sin saber la razón, que algo iba a pasar.

Me iba a pasar.

No me importó y seguí mi camino.

Pero esos ojos. Esos ojos cargados de tristeza y humedad se fijaban en los míos allí, escondidos entre las ramas.

¿Sería posible?

En ese momento, recién me di cuenta de que ese sábado a diferencia de otros, no me había cruzado con nadie en mi trayecto. La ruta era sencilla, bastante concurrida por la gente de la ciudad que al igual que yo, buscaba entre las hojas, sobre la hierba y el barro, escapar del ruido, olvidar, encontrar un poco de soledad quizás, y poder respirar ese lejano aroma a tierra que tanta falta hace.

¿Acaso debí quedarme en casa esa mañana?

¿Sabrían los demás algo que yo ni siquiera sospechaba? Después de todo, yo era una extranjera en ese pueblo. Una turista adaptándose a una nueva vida que solo buscaba disfrutar lo que no era posible en mi ciudad.

Me quedé quieta.

Decidí no dar un paso más.

Busqué esos ojos. Ya no estaban.

La lluvia. El viento. Mi imaginación. ¿Dónde se escondía esa mirada cargada de tristeza?
Sentí frío.

La soledad había llegado a congelar mi cuerpo.

A darme miedo.

Me senté sobre una roca que me permitía observar desde la altura la ciudad entre la lluvia. Distraerme.

Estaba cansada.

Pensé esperar a que mejorara el tiempo.

Cuando de pronto, allí entre las sombras, sobre esa piedra fría y dura, algo me cubrió la espalda.

Me cobijó.

Perdí el aliento.

Mi corazón golpeó con fuerza cuando al volver el rostro me encontré con su sonrisa y su mirada.

 

 

Lima, 14 de mayo de 2016

 

 


imageFue su error. El error de María fue ése. Crear poemas, creer en ellos.

Por eso vive metida en una jaula.

Allí, en el mercado, la observan cada tarde, cada mañana.

La miran los viejos, la miran los niños, las monjas, los ladrones, los gatos, las carretas.  La olfatean los perros que atraviesan la plaza.

Pero nadie elige su jaula.

Unos pocos, los más arriesgados, se acercan a ella y al leer sus poemas,  con algún gesto de compasión o de desprecio, se marchan sin decir palabra.

Hasta que un día, un anciano de piel oscura y mirada sabia, se detuvo para observarla. Para tratar de entender qué le pasaba a esa mujer de pelo lacio y largo que vivía en el mercado encerrada,  rodeada de papeles, lápices y trapos pero que sonreía sin importarle nada.

-¿Me permites leer eso que escribes?  -le preguntó el anciano.

María sintió frio y levantó la mirada. El sol entibió su rostro. El viento le revolvió el cabello.

Un olor a hierbas secas invadió la plaza.

Otra vez se burlarían de ella, le dirían que es una escritora fracasada, que sus líneas son una farsa, que ese mundo no existe, que ya basta de soñar, que por eso merece vivir en esa jaula.

Pero al ver los ojos tan tristes de ese anciano que la contemplaba, María le entregó un poema, para que se marche pronto, que no se burle de ella ni le diga nada.

-Es para usted  -le respondió María extendiéndole una hoja blanca-. Le pido que lo lea en su casa.

El viejo tomó el manuscrito y se lo llevó sin dar las gracias.

María siguió con sus líneas, metida en esas rejas de fierro que la abrigaban.

No pasó mucho tiempo cuando María, vio al anciano de piel oscura acercarse a su jaula. Volvía con una sonrisa, con una mujer y tres niños que revoloteaban.

Y el hombre se sentó frente a María, frente a su jaula. Hicieron lo mismo los niños y la mujer que los acompañaba.

-Gracias -le dijo el anciano a María-. Gracias por escribir poemas sobre el sol, sobre la vida, sobre el amor y sobre  tantas cosas que no entendemos y no queremos aceptar que existen, los que venimos a esta plaza.

-Léenos más. Queremos historias felices  -le pidió uno de los niños metiendo una mano en la jaula para rebuscar entre las hojas blancas.

Y María, se puso de pie.

Y  leyó poemas de cielos azules y de sus sueños en las montañas.

Y la gente se detuvo a escucharla, a sonreír con ella.

Y abrieron la puerta de su jaula.

Pero no, no lo hicieron para que María salga.

Lo hicieron, para acompañarla.

 

Rossana Sala. 9 de abril de 2016


 

Ayer…

Almorzaba.

Sentado a la mesa. Solo. Solo en un pequeño café en el pueblo al que un par de años atrás, por fin, me había mudado.

Yo no hablaba mucho. Desde niño, mi madre se quejaba de mí por eso. Por mi silencio. Mi apatía. Mi falta de comunicación y de ganas de salir al patio a jugar con mis hermanos.

A mí me gustaba la música. Tocar el piano. Cerraba los ojos y el mundo se apagaba. No quería salir al jardín, patear la pelota, ni ver los árboles o sentir el  sol que tanto bien te hace como decía mi madre.piano

No.

Para mí el teclado era suficiente.

Era todo.

Pero no lo tenía. Nunca tuve un piano.   

—Es muy caro y ¿para qué va a servirte eso en la vida? —me repetía  mi padre con su mirada sabia detrás de las gafas negras.

Tantas veces me lo dijo que casi llegué a creerle.

Casi.

—Tu oído es bueno. Déjanos disfrutar de tu música —me decía mi maestro en la escuela.

Era una escuela pública. No había muchos instrumentos pero aun así, tenía un piano. Un piano de cola. Lustroso. Marrón oscuro. De alguna marca alemana que hoy no recuerdo. Sería un Schimmel. Pudo serlo. Pero era un piano. Un piano que me esperaba al final de cada tarde, solo, a mí, para jugar con él, con sus teclas blancas y sus teclas negras y juntos, hacer volar las notas musicales a los cuatro vientos.

—No dejes de estudiar matemáticas —me exigía mi madre al verme regresar de la escuela cada noche.

Por eso me vine al Sur, lugar donde ahora vivo. Para, en medio de este silencio, hacer lo que a mí me gusta.

Aunque todavía no tengo uno, soy maestro. Enseño a tocar el piano y acá sentado a la mesa, pienso en los niños. En esos traviesos de sonrisas huecas al recién haber perdido sus dientes de leche. En esos pequeños que cada mañana me esperan en la escuela, para aprender a sentir la música, crearla y divertirnos con ella, al ritmo de lo que se nos ocurra, sin que nadie nos diga déjalo, no lo toques, anda al patio.

Hoy…

Hoy amaneció un hermoso piano en la puerta de mi casa.

De cola. Marrón. Brillante.KLAVIER.jpg

Escondida en el teclado había una nota.

Una nota escrita a mano que decía perdónanos.

 

2 de abril de 2016


 

—Escribe sobre lo que te gusta —me dijo el árbol—, lo que te nazca. Sobre eso escribe.

—Es que mis cuentos son muy cortos —le respondí preocupada en el momento que una brisa tibia revolvió sus ramas.

Algunas hojas secas volaron para caer despacio, flotando sobre la hierba que a trancas y barrancas brotaba entre las raíces fuertes y seguras del árbol. De ese árbol que desde pequeño, creció en su propio mundo. Un mundo para el árbol. Creció y seguirá creciendo feliz (ja, ja), en medio de aquel inmenso huerto cerrado, rodeado de inmensas casas de fachadas blancas, habitadas por familias todas inmensamente felices.

Casi tan felices como el árbol.

¿Cuántos cuentos -todos los cuentos- de amor y de humor, habrá escrito, habrá soñado, habrá escuchado?

¡Cuántas historias se esconden entre las líneas de su tronco, pidiendo permiso para vivir a través de sus ramas y de sus hojas, permiso para sentir la luz y que así, entre la soledad y el amor, podamos disfrutar de ellas!

Y me habló sobre su vida, la historia personal de algunos de sus cuentos.

No siempre estuvo allí, dándole sombra a esa grama, sintiéndose tal vez triste alguna noche, como un reo en la nocturnidad entre esas paredes tan blancas.

No.

También lo abrigó el cielo de París y su última mudanza fue desde España.

Tantas veces amó. Con exageración o no, pero lo hizo.

Y fue en ese momento cuando el viento sopló con fuerza, anunciándome que era hora de que dejara el huerto y que volviera a casa.

—Busca cada día un momento para escribir. El mejor camino es así —me aconsejó finalmente—. Y no lo hagas a vuelo de buen cubero o como una extraña diversión. No. No le des pena a la tristeza. Está bien si tus relatos son cortos o si son largostree pero cuando escribas, hazlo siempre con deleite.—¿Y vas a leer mis cuentos? —le pregunté esperanzada al momento que colgaba mis historias en cada una de sus ramas.

—Espero que en abril —me respondió solemne.

 

Lima, marzo de 2016

Le envié este texto por mail a Alfredo Bryce Echenique…a continuación su respuesta…

De: Alfredo Bryce Echenique
Enviado el: miércoles, 06 de abril de 2016 11:18 a.m.
Para: SALA, ROSSANA
Asunto: RE: ESPERO QUE EN ABRIL

“Hola Rossana,

Muchas gracias por tu texto. Es ágil y divertido. Y ya nos veremos en abril.
Yo te llamo o escribo”.

Libros y cuentos de Alfredo Bryce  de los que se hace alusión  en el anterior relato:

A trancas y barrancas

Un mundo para Julius

La felicidad ja ja

Huerto cerrado

Todos los cuentos

Cuentos de amor y de humor

Permiso para vivir

Permiso para sentir

La historia personal de mis libros

Entre la soledad y el amor

La historia personal de mis libros

Dándole pena a la tristeza

Reo de nocturnidad

La última mudanza de Felipe Carrillo

Tantas veces Pedro

La vida exagerada de Martín Romaña

El mejor camino es así

A vuelo de buen cubero

Extraña diversión

Dándole pena a la tristeza

No me esperen en abril

 

 


—¿No recuerda usted cómo se llama? ¿No sabe quién es? —me preguntó un hombre de ojos negros y secos.

Podía sentir que estaba molesto conmigo. Nunca antes había visto a ese sujeto.

—No lo sé. ¿Usted sabe quién soy?  ¿Qué hago aquí?  —le respondí navegando en medio de las aguas de un inmenso río.

Atravesábamos la selva. La embarcación era larga y angosta. No cabrían en ella más de tres pasajeros. Las aguas oscuras nos impulsaban con furia y yo no sabía quién era aquel hombre.

boteSentí frío. Mi ropa estaba mojada. Mi cuerpo, mi pelo, estaban mojados. No llevaba zapatos puestos.

—Ayúdeme con el remo —me ordenó al tiempo que me alcanzaba uno.

Le hice caso. Remé. Traté de llevar su ritmo. Traté de olvidar mi vida a través de esos ojos negros y secos.

—¿Está segura que no se acuerda quién es usted? —me insistió.

Me dejé llevar por las aguas. Intenté no escucharlo. Su voz. La voz de ese hombre no me gustaba.

Escuché el canto de los loros.  Los vi volar.  Verdes. Turquesas. Rojos. Grandes.  Alborotados. Iban de árbol a otro. Libres. Felices. Los loros estaban felices y ahora, quizás, yo también lo estaría.

Estaría libre y feliz.

—¡Cayó un pasajero! —recordé el  grito de una mujer cuando me lancé al agua. Me sumergí de inmediato. Logré escuchar la sirena. Henry V, así se llamaba la embarcación en la que viajaba. Era bastante grande. Me pareció sentir la voz de un hombre, quizás mi esposo. Pero no podía ser él. Él  bebía cervezas en la cantina del barco. Seguí nadando. Nadé y como pude me alejé de esa nave asfixiante.

—¿Está bien? ¿Se siente bien?—me preguntó el hombre de los ojos negros y secos lanzándome su chaqueta para abrigarme.

Él no sabía quién era yo. Pero eso ya no era importante. Él no sabía que me había lanzado del gran barco en el que viajaba. Para huir de él, de mi esposo, de la vida que me esperaba a su lado.

Una lluvia torrencial empezó a caer. Los loros se escondieron entre las vegetación.

—Gracias, estoy bien— le respondí. Y remé. Seguí remando bajo las aguas que caían de ese cielo tan alto, tan cargado de nubes furiosas y negras. Remé  bajo los árboles que ahora cobijaban a esos loros turquesas, verdes, rojos y miré hacia adelante. El río se hacía cada vez más ancho, cada vez más mío y me sentí libre, libre por fin, en medio del río.


—Tiene la tos de los cien días —sentenció el doctor.

—¿De los cien días? Pero ¿qué es eso?

Y sin entender muy bien la explicación, María regresó a su casa.

Había pasado un mes y medio desde que le empezara la gripe.

La gripe se fue. La tos se quedó.

Nicolás, su esposo también se fue. Es un viaje de trabajo. No puedo evitarlo. Le dijo al salir de casa preocupado al dejarla así, entre tos y tos.

—El médico se equivocó —pensó María aquella noche. Eran las cuatro de la mañana cuando la tos la despertó de golpe. —¿De los cien días? Será de las cien noches —se dijo en pleno ataque engullendo un caramelo para calmar…—¡Ugh!—

¡No, María! ¿Por qué hiciste eso?

Agotada, María no se sentó para chupar el caramelo.

Echada en su cama, se lo metió en la boca en plena etapa previa a esa tos con la que casi convulsionaba.

Y lo aspiró.

Y lo succionaron su cuerpo y su alma.

Y en un instante quedó incrustado en su tráquea sellándose como una tapa.

—Ugh —pensó María con los ojos redondos y vidriosos y con las cejas altas—. ¿Y ahora cómo me saco esta vaina?

Y se sentó.

Y extrañó aún más a su esposo. Si Nicolás estuviera acá, conmigo, me haría alguna maniobra para sacar el caramelo…para que no muera con la boca abierta, despeinada y sin maquillaje con una pastilla atragantada… Cuando me encuentren estaré pálida, triste y con olor a desgracia.

No. No podía perder la vida en aquella facha patibularia. Y se acordó de sus hijos y también de sus nietos. ¿Cómo dejarlos con el perturbador recuerdo de que la abuela murió atorada?

Y sacó fuerza y botó aire y expulsó de porrazo aquella vaina.

Y lloró.

—Toseré cien días y también cien noches— se dijo.

Y al día siguiente se fue al club en la playa.

—El aire fresco,  ayudará a curarme— decidió.

Llevó libros y música.

Un día de sol.

Eso era lo que le hacía falta.

Pero no había un lugar libre. Y caminó mucho rato hasta encontrar una mesa y una sombrilla y una butaca desocupada.

—Lo siento —le dijo una señora—. Mi marido y yo, hemos esperado dos horas por este sitio. ¿Pero cuántos son ustedes? Quizás les podamos prestar algunas bancas.

—Estoy sola —respondió María.

—¿Sola? —preguntó la mujer estupefacta.

Y María les sonrió y siguió su camino en busca de algún lugar para pasar la tarde con sus libros y su música y tomar la siesta que le hacía falta.

Y lejos, muy lejos, encontró lo que buscaba.

—Que suerte tiene —le dijo un señor que la observaba—. Nosotros estuvimos parados por más de dos horas y tú, nada. ¿Cuántos son?

—Estoy sola —respondió María con calma.

—¿Sola y con tantas bancas? ¡Eres afortunada!

Y María decidió salir del club para dar una caminata.

—¿Está usted sola? —le preguntó la mujer que controlaba la puerta que daba acceso a la playa.

María la miró y le respondió sin entender qué pasaba.

Y María caminó a la orilla del mar. Escuchó música, se mojó los pies con el agua fría y salada, pensó en su esposo, sus hijos, sus nietos y le dio gracias a Dios por no haberla dejado morir por culpa de la tos y despeinada.

—¡Ugh!

¡María! Y ahora, ¿qué es lo que te pasa?

Y María cayó al suelo.

Dolor, ardor… De un salto se paró y salió del agua fría y salada.

Su pié derecho enrojecía, le picaba, pero además, sentía que algo se le había clavado.

Y su esposo sabría qué hacer para ayudarla.

Y se le adormeció el dedo y el tobillo y la pantorrilla.

No. No podía morir tirada en la playa, sin arreglar, con los pelos hechos un desastre y (por culpa del agua, claro está) arrugada.

Y no alcanzaría los cien días ni las cien noches de tos y no sabía qué hacer y le dolía y le hincaba.

Y como pudo, entre paso y paso y algo de tos, llegó al club.

Buscó agua dulce. Se lavó el pie.

El dolor empeoró.

image—Le picó una medusa —le dijo el médico de emergencias al sacarle el aguijón con una pinza—. ¿Vino sola?

Y María lo miró sin decir palabra.

—No debe manejar por unas horas —agregó el doctor—. Le pondré un antihistamínico para contrarrestar la alergia.

Y antes de los cien días y también de las cien noches, María dejó de toser, pues sin quererlo descubrió que con la inyección para la alergia, la tos también se calmó.

 

Rossana Sala. Febrero de 2016

María me pidió que les diga esto…

Si te atoras y estás sola…. https://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/ency/article/001983.htm.                        Cómo aplicarse la maniobra de Heimlich en uno mismo.

Si te pica una medusa o malagua… http://kidshealth.org/es/parents/jellyfish-esp.html?WT.ac=ctg#

 

Hay más información en la web…vale la pena averiguar…aunque no estés sola…

 

 


Hace tres años me enteré por una revista, que Eduardo Chirinos había escrito un libro de poemas.

-¡No puede ser!-me dije al reconocer en la foto a mi antiguo profesor.

Y con la curiosidad del caso asistí a la presentación de su poemario: “Catálogo de las naves”.

-Por lo menos esas naves siempre llegarían a buen puerto-pensé.

Y allí estaba él, con menos pelo, pero todavía rojizo. La barba, también la tenía. No lo veía hace más de treinta años y, era poeta, no profesor de geografía.

La presentación de su libro fue especialmente emotiva. Frente a tantos asistentes, lloró él y su esposa también lo hizo.  Lloré yo, al verlo tan triste. Habló del cáncer que había atravesado, habló de su vida, leyó algunos de sus poemas. Profundos. Del alma.

Pero claro, nunca mencionó la geografía.

Al terminar, compré su libro, me acerqué a saludarlo y con el ímpetu que me caracteriza y me hace hablar sin detener, le pregunté si enseñó geografía en la Academia Trener-necesitaba averiguarlo-y me dijo que sí y le conté esta historia que imageahora escribo y que él no recordaba…-¿A qué chocolate te refieres?- me preguntó…y le dije que un día en clase me llamó la atención porque mi examen de geografía había sido el peor de la academia…que no solo me había sacado cero sino que mi nota era negativa. Un menos cuatro. Una vergüenza. Entonces estudié, estudié tanto, que allí en la primera fila, frente a todos los alumnos, después de la siguiente prueba, se acercó a mi para darme un chocolate triángulo de Donofrio y mientras yo me ponía más y más roja (quizás como él o la envoltura del dulce con el que me premiaba) me felicitó. -La mejor nota de toda la academia- me dijo-. Veinte.

Y claro, después de toda esta historia, no podía haberme confundido…y me dedicó su libro…para Rossana, con un chocolate, de su viejo profesor de geografía…y me despedí de él sin saber que nunca más lo vería…

 

Rossana Sala. Lima, 20 de febrero de 2016

 

 

 

 


—Y, papá, ¿por qué no te llevas a Martín a pescar?

—¿A Martín? ¿De pesca?— respondió don Andrés casi sin mirar a su nieto que correteaba por la sala de la casa.

Habían pasado tres años desde que el anciano no iba de pesca. Cuando era joven, subía a sus dos hijos en la camioneta y, acompañado por su esposa, recorría caminos de tierra que atravesaban el campo entre las montañas y bordeaban el río. De vez en cuando se detenía para observar. Observaba a su esposa, siempre sonriente. Observaba a Pablo y Nicolás, no dejaban de jugar. Observaba las montañas verdes, marrones, amarillas, inalcanzables. Observaba las aguas transparentes y veloces del río y justo, donde se detenían, observaba a las truchas nadar. ¡Alli! ¡Allí están! Les señalaba a sus hijos. Ellos, apurados, sacaban la cabeza por las ventanas para tratar de ver a esos pececillos revoloteando. ¿Qué les parece si nos bajamos acá? ¡Seguro que atrapamos más de una! Los animaba. Con la venia de los niños y la alegría de su mujer, todos bajaban alborotados de la camioneta y, mientras don Andrés preparaba las cañas y anzuelos, su esposa les hacía algo ligero para picotear. Algún sándwich de queso, galletas de mantequilla, manzanas. En pleno crecimiento, no había momento en que los niños rechazaran bocado.

—¡Vamos papá! ¡Anímate! Lleva a tu nieto de pesca, seguro que le va a encantar— le insistió Pablo a don Andrés sacándolo de sus recuerdos.

—¿Estás seguro, Pablo?—intervino susurrando su esposa—. Tú papá está viejo y mira, el cielo está bastante nublado. Va a llover.

—¿De pesca?

Fue Martín quien interrumpió entusiasmado. A sus siete años, era un niño delgado y risueño, de movimientos ágiles,  de pelo castaño y mirada dulce, tanto como el color caramelo de sus ojos.

—¿Me llevas, abuelito? ¿Qué vamos a pescar?

—Truchas— respondió Pablo, intentando no darle tiempo a su padre para rechazar el pedido del niño.

—Ya estoy viejo. Fuera de práctica. No sirvo para nada— se quejó sin embargo don Andrés—. Además no tengo ni sedal, ni anzuelo, ni…

Y mientras el abuelo buscaba y encontraba toda clase de pretextos, Pablo sacó de su dormitorio dos hermosas cañas de pescar. Una muy larga para el abuelo y otra corta para el niño.

—Lo tenías planeado, hijo— le dijo don Andrés—. Yo te conozco…

—¿Estás seguro que es buena idea?— volvió a preguntar la mamá de Martín cuando ya era tarde, pues  abuelo y nieto se alejaban de la casa llevando al hombro sus cañas.

DSCN4770Martín y don Andrés empezaron a caminar hacia el río. Además de señuelos redondos y alargados, plateados, dorados y rojos, todos brillantes para llamar la atención de los peces, llevaban consigo jugo de naranja y galletas de avena que el abuelo tomó rápido de la cocina y metió en un bolso antes de salir. —La pesca requiere de mucha paciencia—le dijo a su nieto— y siempre es bueno mantener al estómago tranquilo—agregó.

Avanzaron en busca de “el lugar perfecto”, como lo bautizó Martín, al llegar a una pequeña cascada cuyas aguas formaban un silencioso embalse.

Abuelo y nieto, se treparon a un pequeño tronco desde donde pudieron ver  las truchas nadar. El niño llegó a contar quince, por lo que insistió que era el lugar perfecto y le pidió a su abuelo no caminar más.

—¡Listo! ¡Hoy será el primer día de pesca de tu vida!— dijo el abuelo con la esperanza de atrapar al menos un pececillo. Estaba fuera de práctica. Tres años atrás, al morir su esposa, su vida había cambiado. De un día para otro, don Andrés se olvidó de reír. Se sintió inútil. Una carga para la familia. Se le fue el apetito y con él, las ganas de salir de pesca, de caminar por las montañas verdes, marrones y amarillas, inalcanzables. De ver a los amigos. Las visitas de sus hijos, nueras y nietos no servían de mucho para hacerlo salir de su tristeza.

Unas cuántas gotas de lluvia empezaron a caer mojando el pelo de Martín. De inmediato, el abuelo le puso la chaqueta al niño quitándose su gorra para ponérsela al pequeño.

Un viento helado atravesó el valle.

—No hay problema Martín— le dijo mientras colocaba un señuelo plateado a la caña de pescar del niño—. Mientras no haya tormenta podemos estar tranquilos.

Con impaciencia, el niño miró al abuelo atar el anzuelo en el sedal. Cuando estuvo todo listo se acercaron a la orilla.

Las aguas transparentes permitían ver a las truchas avanzar contra la corriente sin saber lo que quizás, al menos a una, le esperaba.

El viento se transformó en una agradable brisa.

Con la ayuda del abuelo, Martín lanzó por primera vez el sedal al agua.

—Debes enrollarlo con movimientos tranquilos, despacio, para atraer a las truchas— le explicó el abuelo—. Además así no dejas que el anzuelo se atasque en las piedras.

DSCN4771Martín y su abuelo pasaron un par de horas recorriendo la zona e intentando pescar alguna trucha. De vez en cuando el niño abandonaba la caña, curioseaba el lugar o se acercaba al bolso de las galletas del abuelo para, a escondidas, comerse más de una.

El campo que bordeaba el río era muy verde. Algunas rocas cubiertas de musgo se dejaban ver. Pequeñas flores amarillas y anaranjadas, así como el agua celeste y turquesa del río pintaban el lugar.

—¡Picó una! ¡Acércate Martín! ¡Ayúdame!

Con cuidado, abuelo y nieto sacaron a la trucha del agua. Medía unos quince centímetros y se movía de un lado al otro tratando de liberarse.

El abuelo liberó con delicadeza al animalito del anzuelo.

Martín, vio con mucha atención al pececito. Sus tonos plateados brillaban con el reflejo del sol.

FullSizeRender—¡Déjame tocar a mi pescadito, abuelo! ¿Lo llevamos a la casa?

—Acarícialo despacio—le dijo el abuelo—, cuidado que te haces daño con las escamas. Mejor lo dejamos en el agua.

El abuelo se acercó a la orilla del río inclinándose para soltar al animal que se escabulló entre las piedras.

Martín se despidió de su pescadito al mismo tiempo que la lluvia empezó a caer con fuerza.

El viento helado sopló una vez más.

—Debemos regresar—dijo el abuelo mientras desarmaba las cañas de pescar y acomodaba el bolso,  para sujetar luego al niño de la mano y caminar con él hacia la casa.

La ruta por la que habían llegado al lugar perfecto desapareció.

—Es una tempestad— le dijo el abuelo al niño cuando el ruido de los truenos interrumpió sus palabras—.  Regresaremos por un atajo que conozco.

Don Andrés y su nieto avanzaron entre la maleza.

—No te preocupes Martín. Pronto estaremos en casa.

—No me preocupo, abuelo—le respondió el niño—. Con tu mano me siento tranquilo.

La lluvia y el viento no tenían la menor intención de detenerse.

Abuelo y nieto atravesaron el campo, se llenaron de barro y de sonrisas, hasta  llegar  por fin a casa.

El  papá y la mamá de Martín no estaban.

—Seguro que nos fueron a buscar—dijo Martín.

El abuelo acomodó al niño al pie de la chimenea. Le quitó la chaqueta, lo limpió y secó con una toalla. Encendió los leños y fue a la cocina para preparar algo caliente.

El suave calor de los eucaliptos entibió el lugar.

La puerta de la casa se abrió.

El papá y la mamá de Martín entraron de prisa.

Se sintieron tranquilos al ver a su hijo.

En ese momento el abuelo entró a la sala sonriente y con dos tazones de leche chocolatada. —Qué bueno que llegaron!—dijo—. Justo quería contarles que me llevaré a Martín mañana a pescar. Iremos al lugar perfecto. ¿Nos acompañan?

 

Rossana Sala. Yauyos, 14 de febrero de 2016.