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Hace tres años me enteré por una revista, que Eduardo Chirinos había escrito un libro de poemas.

-¡No puede ser!-me dije al reconocer en la foto a mi antiguo profesor.

Y con la curiosidad del caso asistí a la presentación de su poemario: “Catálogo de las naves”.

-Por lo menos esas naves siempre llegarían a buen puerto-pensé.

Y allí estaba él, con menos pelo, pero todavía rojizo. La barba, también la tenía. No lo veía hace más de treinta años y, era poeta, no profesor de geografía.

La presentación de su libro fue especialmente emotiva. Frente a tantos asistentes, lloró él y su esposa también lo hizo.  Lloré yo, al verlo tan triste. Habló del cáncer que había atravesado, habló de su vida, leyó algunos de sus poemas. Profundos. Del alma.

Pero claro, nunca mencionó la geografía.

Al terminar, compré su libro, me acerqué a saludarlo y con el ímpetu que me caracteriza y me hace hablar sin detener, le pregunté si enseñó geografía en la Academia Trener-necesitaba averiguarlo-y me dijo que sí y le conté esta historia que imageahora escribo y que él no recordaba…-¿A qué chocolate te refieres?- me preguntó…y le dije que un día en clase me llamó la atención porque mi examen de geografía había sido el peor de la academia…que no solo me había sacado cero sino que mi nota era negativa. Un menos cuatro. Una vergüenza. Entonces estudié, estudié tanto, que allí en la primera fila, frente a todos los alumnos, después de la siguiente prueba, se acercó a mi para darme un chocolate triángulo de Donofrio y mientras yo me ponía más y más roja (quizás como él o la envoltura del dulce con el que me premiaba) me felicitó. -La mejor nota de toda la academia- me dijo-. Veinte.

Y claro, después de toda esta historia, no podía haberme confundido…y me dedicó su libro…para Rossana, con un chocolate, de su viejo profesor de geografía…y me despedí de él sin saber que nunca más lo vería…

 

Rossana Sala. Lima, 20 de febrero de 2016

 

 

 

 

¡NO JODA!

Posted: 29 April, 2015 in 2012
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Me llamaron la atención las botas negras de la señora que viajaba al lado mío en el avión. Aunque no eran tan altas, se veían poco femeninas y pesadas.

Íbamos de Perú hacia Venezuela, lugares en los que en esta época del año —abril— todavía se siente con fuerza el calor.

Caminar en Caracas con esas botas, pensé, debe ser un horno.

Yo tenía puestas zapatillas para correr ya que viajaba para participar en una media maratón.

Me las quité a los pocos minutos de sentarme. Las dejé al lado de mi bolso, bajo la butaca delantera. Sobre mis medias deportivas, me puse unas de algodón un poco más gruesas que me abrigaban los pies y daban comodidad. Aunque el color de mis zapatillas era demasiado alegre para usarlas a diario (una mezcla de tonos fucsias, amarillos y verdes), preferí llevarlas puestas y evitar así el riesgo de perderlas. Había entrenado con ellas y sería bastante difícil conseguir un par similar.

Leía un cuento de Carver, cuando me interrumpió la aeromoza para ofrecerme el almuerzo. Era aproximadamente la una. El avión había partido con retraso lo que me había dado tiempo para comer algo antes del vuelo así que casi no probé bocado.

Dejé la fuente en la mesita del asiento libre que había entre la señora de las botas y yo.

Abrí los ojos.

Me había quedado dormida. No debió ser por mucho rato puesto que la bandeja seguía donde yo la había dejado.

pan pocilloSin embargo, el pan que no toqué, ya no estaba.

Seguí observando.

La ensalada de papas y zanahorias que empecé a probar pensando que eran piñas y naranjas (presbicia), había desaparecido incluyendo el pocillo de plástico rojo en el que fue servida.

Pobre mujer, pensé. Ciertamente tenía hambre.

Y cuando decidí tomar un sorbo de mi agua, mi vaso tampoco estaba.

Fue en ese punto cuando miré de reojo y sin compasión alguna a la señora de las botas negras.

Mi agua. ¿Cómo se atrevió a tomársela?

Ella, frente a su fuente vacía y sin ningún pocillo rojo, dormía apoyada a la ventana.

Su blusa a rayas azules le cubría el mentón. No era una mujer tan gruesa pero tampoco se veía desnutrida. Tendría unos cuarenta años.

Abrió los ojos.

Se dio cuenta de que la observaba.

No pronunció palabra.

Se paró en el instante en el que un niño en el asiento de atrás empezó a pegar alaridos y a despedir un olor que obligó a su madre a llevárselo al baño (¡gracias a Dios!).

Mi vecina en cambio —ya sin hambre ni sed, me imagino— pasó delante de mí para dirigirse al pasillo no sin antes preguntarme: ¿podré ir al baño de adelante?

—No creo— le respondí parca.

—¡No joda!— me dijo y con su paso firme y sus botas negras se dirigió a primera clase.

A los pocos minutos regresó a su asiento.

Le pedí a la aeromoza otro vaso con agua.

La señora de las botas pidió el suyo.

Me acomodé para dormir asegurando mi cartera y demás pertenencias.

A manera de señuelo dejé tres cuartas partes de agua en mi vaso en la mesa de la butaca vacía que (una vez más gracias a Dios) nos separaba.

La miré con disimulo un par de veces.

Ella no tocó mi vaso.

Yo tampoco.

Yo me quedé dormida.

Sospecho que ella también.

Me desperté con la voz del capitán que anunciaba que faltaban treinta minutos para el aterrizaje.

aguaMi vaso seguía casi lleno.

¿Le habría dado algún sorbo esa mujer?

Pensé en la media maratón que correría dentro de dos días. Veintiún kilómetros. Hacía mucho tiempo que no participaba en una, pero cualquier pretexto era bueno para viajar a Caracas y visitar a los amigos. Había vivido allí por nueve años y era además el lugar donde había empezado a trotar.

—¿Es tuya?— me distrajo la señora señalando la botella del bolsillo delante de mi asiento.

Una cicatriz profunda se dejó ver debajo de la manga de su blusa a rayas.

—Sí— respondí confundida mientras pensaba que quizás esa herida era producto de alguna quemadura. ¿Qué le habría pasado? ¿Por qué tendría tanta sed?

—¿Me puedes servir un poco en este vaso?—

¡Pero si era mi vaso, mi agua y ahora además quería la de mi botella!

—Tome la del vaso— le respondí con sequedad.

Así lo hizo.

Se había comido mi pan, mi ensalada, bebido mi  agua. ¿No era suficiente?

Podía entender que tuviera hambre, pero ¿por qué no le pedía algo de tomar a la azafata?

Por otra parte, responderle que le pidiera un vaso a la aeromoza podría haber sonado descortés de mi parte.

Traté de olvidarme del tema volviendo a mi lectura de Carver.

No habían pasado ni quince minutos cuando el capitán anunció que estábamos próximos a aterrizar.

Empecé a guardar mi libro y a arreglar mis documentos.

¿De qué sería esa marca en el brazo?

El  niño del asiento de atrás chilló de nuevo.

Me quité las medias de viaje y busqué mis zapatillas.

No estaban.

Moví unas mantas y almohadas que la señora de las botas había puesto en el piso bajo los asientos delante de nosotros.

El avión tocó tierra mientras yo seguía sin encontrar mis zapatillas.

¿Cómo podían haber desaparecido? Y ahora, ¿qué haría en la carrera?

El niño dejó de sufrir.

Y allí, agachada entre mi cartera y las mantas, me pareció tocar una bota negra.

Y al ver sus pies (los de la señora), por fin pude encontrarlas.

¡Mis zapatillas!

Y ella…las tenía puestas.

—No joda—. Estaba a punto de repetirle su propias palabras cuando su celular timbró.

—Dios te bendiga, mijo—respondió sonriente—. Sí, ya me devolvieron de Lima—agregó al levantar la voz con un cierto tono de orgullo—. Estoy bien, llegando a Venezuela. Por fin me dejaron salir, mi amor. Nos vemos pronto— se despidió de suijo, mirándome al salir del avión con un silencioso no jodas, llevándose mi botella y mis zapatillas bien puestas.

Escrito por Rossana Sala, en Caracas el 26 de abril del 2015. Acabo de llegar al hotel luego de la carrera. La organización excelente. Bastante hidratación. Seguridad. Música. Aplausos. Tambores. ¡Una gran fiesta! Recordé mis años disfrutando trotar en esas calles.

Debo decir, sin embargo, que fue bastante duro correr bajo el sol inclemente llevando puestas aquellas botas negras.

Además, fue por el kilómetro doce, en plena cuesta, cuando vi lo que hace unos días había dado por perdidas: mis zapatillas.

Puedo jurar que eran las mías. Las llevaba puestas mi vecina de viaje.

¡Era ella!

Tenía en sus manos varias botellas de agua, de esas que reparten a los participantes, y corría perseguida por el personal de apoyo de la competencia.

En esas condiciones, cualquiera hace un buen tiempo. ¡No joda!

ATRAPADA (poema)

Posted: 24 January, 2015 in 2012
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Y al abrir los ojos

allí estabas.

No fue necesario que me toques.

Bastó tu mirada.

Enero 2015


Así, casi de la nada,

solo con sonrisas y miradas,

construí un castillo de arena.

Así, casi de la nada,

solo con espuma y aguas saladas,

se lo llevó la marea.

Y donde el sol me acarició,

donde sentí paz,

y tanta, tanta calma,

allí,

no quedó nada.

¿Nada?

Pero quedó la arena.

Tanta, tanta arena.

También mis manos

y el calor del sol

y la espuma del mar

blanca, suave y callada.

(Escrito por mí. Mañana)

(Rossana Sala. Octubre 2014)


bici marcela

—¡No te vayas, Marcela! —me advirtieron— ¡Aquí estás a salvo! ¡Lejos no lo estarás!

Pero yo, ya no era una niña.

—¡No te vayas, Marcela! —me suplicaron.

Sin más, me trepé dichosa  a la bicicleta.

Necesitaba rodar y rodar.

Me fui campante. Abandoné trapos, recuerdos, papeles, zapatos, sonrisas, muñecas rotas. La tristeza y la alegría. Nada era importante.

Crucé montañas.

Me empapé de sol. Probé de las  gotas de lluvia que refrescaban mi andar. Abrí y cerré los ojos irresponsablemente como para  poder sentir más. Disfruté el color de la algarabía, de la vida, del cambio. La vitalidad del alma. El frío a veces cariñoso y otras abrasador. El aire nuevo de la esperanza.

Sentí el corazón verde.

La ruta era suave, ligera. Las bajadas tenues impulsaban mis sueños. Seguí y seguí flotando. Ni por un instante pensé en retornar, ni con el pretexto de  ir por mis  galletas,  esas de avena, que de pequeña me encantaba picotear.

Inventé mi rumbo. Busqué caminos.

Encontré  gente. Aprehendí  sabores. Exploré el campo. La tierra húmeda embarró mis pies. Vi a mi paso girasoles azules. Visité el mar. Probé de sus olas saladas. Olfateé la vida. Un viento helado me acarició el alma, quizás me advertía la aparición de tormentas. Pero no le hice caso. ¿Para qué hacerlo si estaba feliz?  

Quería ser transportada  por lugares imaginariamente  perfectos, ilusamente  perfectos, imperfectamente perfectos.

De pronto, una poderosa montaña llena de bosques y de pesadas nubes  se me empezó a acercar.

A cada instante era más grande.

Me acorraló.

Con mis ideas y la fuerza de mi mente, protegí mis manos y el resto de mi cuerpo.  

Mantuve los ojos abiertos.

Envuelta en un silencio expectante, marqué mi rumbo con el sigilo de  un búho  que no quiere ni ulular.

El recorrido se volvió  pedregoso, empinado, tortuoso.

Malas y fuertes hierbas crecían y cerraban mi camino.

Un olor a animales muertos invadió el lugar.

Pero no me importó.

Tenía ganas, me sobraba fuerza.

Tenía agua, había mucho espacio.

Estaba segura que vendría el claro. Que no habría más  barro, ni rocas, ni puyas, ni espantos, ni grama tosca, ni frío, ni bulla, ni aguas bravas de las que escapar.  

Pero  ese sol y ese campo impecable con su aroma a huerto y mis sueños imperfectos se  empezaron a quedar atrás.

Y bajé. Bajé con fuerza sin poder detenerme. Y se opacaron las risas, se silenciaron los cuentos y se apagaron las luces, los cantos y también la felicidad.

En mis huellas se quedaron las palabras dulces, los recuerdos suaves y aquellas galletas de avena  que algún día quise olvidar.

Los  pedales se enredaron. Me pesaban, me dolían, me ajustaban. Y a ese viento amargo y esa lluvia maldita, las espinas crueles y los sofocantes gritos, no los pude dominar.

Y cerré los ojos, para no ver  el rumbo.

Me agarré con furia del timón de la bicicleta.

Todo fue en vano.

Su cuerpo quedó mustio, empezó a tiritar.

Y mis propios pasos intentaron pisarme.

Su mirada se puso triste y esa sonrisa, su sonrisa, ya no está.

Y noté, sin querer, cuánto espacio había hacia arriba y que para abajo, era imposible avanzar.

Y con la mente regreso y con la mente me aferro, me animo, me impulso. Me pongo de pie.  Tomo  aire. Respiro. Pruebo algún chocolate de mis favoritos, de los que de niña solía guardar.

Veo entre arbustos mi bicicleta.

Y la miro y lo dudo.

Y la miro y me asusto.

Pero debo ser valiente y me subo y me acomodo y avanzo. Veo el campo y la vida, tan apacibles, sin calamidad.

Poco a poco sonríe, ya no llora, no sufre.

Me siento tranquila, me escabullo entre flores, entre risas y cantos, vuelvo a ser Marcela de la felicidad.

Marcela ya no es una niña y lo sabe, y de reojo sonriente, mira ella hacia atrás.

Cree que todo ha pasado. Pero se equivoca. Pronto llegará su final.  

Marcela caerá de nuevo y esta vez, no se levantará.

Marcela morirá entre hierbas. De ella nadie más sabrá.

Y Marcela me escuchó y me miró a los ojos.

Y pedaleó con fuerza y  protestó a mis letras.

—¡Déjame viva! ¡No me gusta un desenlace fatal!

Me sorprendí al oírla, al sentir su voz y le respondí en mal tono, para acabar con ella:

¡Tú no decides Marcela! ¡Este es mi cuento, yo te he creado, yo soy quien manda en tu final!

—¡Quiero seguir, déjame libre! Tú me pediste que no me vaya. Te comprendí. No me he marchado. Fui lo que tu mente quiso crear. Sé que no es fácil. Quiero arriesgarme. Saber caerme y levantar. Yo soy Marcela, así me llamaste, el mar y el cielo sabré conquistar. Bramarán las aguas y lo harán los vientos, mas descubriré prados y  alguien que amar. ¡Es mi derecho! ¡No soy un cuento! ¡Ya no soy tuya! ¡Soy un ser nuevo!

La escuché firme, la vi sonriente, con esperanza y brillo en sus ojos, esos que siempre hablaban de más.

Y le hice caso. La dejé viva.  Se fue Marcela. Volvió a rodar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Decidí viajar a Washington. Relajarme un poco. Visitar a mis amigos. Tomar fuerzas.

No iba a ser fácil empezar de nuevo en Lima. Encontrar trabajo.

Caminaba feliz frente a la Casa Blanca cuando me topé con un espectáculo callejero. Una de esas presentaciones que hacen los artistas novatos para ganarse alguna propina mientras van a la universidad.  Era  realmente buena la actuación, así que me detuve a observarlos. Nada me apuraba.

Sonrientes, vestidas de blanco y con las caras pintadas, unas veinte personas conformaban el grupo. Tocaban tambores, panderetas, subían y bajaban escaleras, saltaban, bailaban como si estuvieran en Broadway.

—Deben haber ensayado bastante  —pensé al verlos levantar las piernas en movimientos rítmicos y coordinados.

—Necesito su ayuda —me dijo de pronto en inglés uno de los artistas, escapándose del espectáculo en el momento en que me colocaba unas orejas de Minnie Mouse.

—Usted es perfecta para ésto —continuó mientras me colgaba en el cuerpo algo que parecía ser un inmenso basurero y me entregaba un par de palillos.

Y allí estaba yo, convertida en parte de un llamativo espectáculo callejero frente a la Casa Blanca, mostrando unas grandes orejas negras de ratón, tocando tambor cada vez que me daban una señal y después que lo hacía mi compañero de al lado, Mickey Mouse.

Los niños que por allí pasaban, jaloneaban a sus padres para que se detengan. Aplaudían entusiasmados. Yo, que a pesar de las orejas seguía siendo una desorejada, trataba de llevar el ritmo dándole un golpe al tacho de basura cada vez que me lo indicaban. De pronto,  al levantar la mirada con el rostro desconcertado, me encontré cara a cara con una cámara de televisión. ¡Estaban filmando! ¡Me estaban filmando! De vez en cuando me enfocaban de cerca haciéndome una señal de muy bien con las manos. Espero que haya sido una señal de “muy bien”.

—¡No puede ser! ¡A lo que he llegado! —me dije. Soy una desempleada más pidiendo limosna en las calles de Washington. ¡Pero no tengo visa para ésto!  ¡Pom! ¡Pom! ¡Pom! Seguí dándole golpes al tacho mientras sonría a las cámaras con toda la dignidad que a mi edad era posible tener en una situación como tal. Si es que era posible tener alguna.

minnieAl terminar la función, varios niños  me pidieron autógrafos. Se me acercó también uno de los directores del espectáculo a solicitar mi permiso para que se publique la filmación en el canal de  Disney World.

—Estos gringos sí que hacen bien las cosas —pensé algo reconfortada al devolver mis orejas satisfecha de haber hecho (en mi opinión) un buen trabajo.

—¿Qué me habrán querido decir con que yo soy perfecta para ésto? —me pregunté esa noche al mirarme al espejo antes de dormir.

Noviembre, 2009.


“La esperanza es el sueño del hombre despierto” (Aristóteles)

Cuatro meses de hot yoga para recuperarme de la lesión a la espalda,  para mí, eran suficientes.

Mi instinto me llamaba en busca de una puerta de escape. Y fue justamente el portero del edificio en el que vivo el que la abrió: ¡Mañana es la carrera de San Isidro! —me dijo al verme salir a trotar, después de muchos meses de abstinencia.

Yo sabía que no debía ir. Avanzar  sola no es lo mismo que hacerlo impulsada por  una cofradía. Podría hacerme daño por no haber entrenado. Juro que traté de evitarlo.

-¡Únete al grupo!—me invitó Paiva desde la partida sin sospechar que ya había corrido tres kilómetros.

trotesan borjaCon cuánta razón decía Aristóteles que los recuerdos son espíritus que viajan por la sangre hasta el corazón. Lo hicieron tan rápido que, embelesada como una niña tras el Flautista de Hamelin, formé parte de un torrente de personas vestidas de rojo dispuestas a darle la vuelta a San Isidro.

Al leer el polo de uno de los participantes supe que la ruta era de ocho kilómetros. —¡Eso no es nada! —pensé extrañando la época en la que trotaba más de una hora diaria. El público exaltado, nos daba fuerzas con banderolas. Decenas de niños aplaudían atentos mientras esperaban su turno para correr. ¡Qué maravilla!

Allí, entre cientos de atletas, iba yo tan rápido como podía, o sea, lento. Me di cuenta de ello cuando me adelantó una señora con su chihuahua. Pero eso no me importó. Recién me preocupé al ver a un hombre que cargaba un letrero en la espalda que decía: “Jesús, llévame con tu aliento”.  Y yo que empezaba a perder el mío, tuve miedo de partir con Él.

Y es en esos devaneos, que los espíritus filosofales, invadieron mi sangre hasta ganar el corazón…

Recordé a mi hijo de pequeño.  Me acompañaba orgulloso a las carreras. Cuando no iba, me esperaba en la casa con esa sonrisa ilusionada que me animaba a seguir. Felizmente a todos nos dan una medalla al llegar a la meta. Ya de más grande,  participé con él en un par de competencias. Aunque últimamente había vuelto a trotar, nunca lo noté muy animado por este deporte. Debió ser por lo de las medallas. Llegué a tener demasiadas.No debí engañarle de esa forma

¡Qué ruta!  Si no fuera porque llevaba puesto el reloj que  marcaba la distancia, hubiera jurado que estaba mal medida y maldecido al pobre Paiva el resto del trayecto.  ¡Y yo que trotaba diez kilómetros diarios! Pero éstos eran más largos.

Iba por el kilómetro cinco y los espíritus no abandonaban mi sangre….

—¡Gracias! ¡Qué linda pulsera! ¡La voy a cuidar para siempre! les prometí  a mis abuelos cuando tenía quince años. Era brillante, grande y pesada. Después de buscarla durante meses, hace poco la encontré metida en un cajón. Qué sorpresa me llevé al descubrir que no era lo espectacular que pensaba. De no haber estado grabado mi nombre en ella, hubiera sospechado que era otra.

¿Pero qué le pasó a la pulsera? ¿Porqué la distancia era tan larga?

Agotada, comencé a caminar.

—¡Vamos, no te detengas!— me gritó de lejos la mujer del perrito.

Y con la ayuda de algún espíritu caritativo, alcancé la meta a paso decoroso.

¡No era posible! Mi hijo recogía su medalla mientras conversaba distraído con sus amigos de la universidad. ¡Pero qué grande estaba!  ¡No podía ser él!

¡Qué desconcierto! ¡Qué locura! ¡La distancia! ¡La pulsera! ¡Ahora mi hijo!

Fue entonces cuando decidí buscar entre la multitud a ese perro.

—¡Estoy segura que se trataba de un galgo inglés! —les expliqué a mis amigos del hot yoga y les mostré mi medalla.

—¡Es enorme!— me felicitaron.

Rossana Sala,  diciembre de 2012.

 

 

 


—Mami, cuéntame algo de cuando yo era chica.

—Está bien Camila, siéntate acá conmigo, en el sillón de la sala, pero solo por un rato. Ya es hora de ir a la cama bebita. La noche está fresca. ¿Escuchas el viento? Déjame que te tape con una manta. Ahh, tu siempre acurrucándote como una ovejita.

—Ya mami pues, cuéntame. ¿Me sobas la espalda?

—A ver qué se me ocurre… a ver… Sería hace unos siete años. Tú tendrías cuatro, no más que eso. Como cada verano cuando vivíamos en Lima, tú y tu hermano pasaban la temporada en la casa de la nonna en Paracas. Tu papi y yo, los visitábamos los viernes al salir de la oficina para estar el fin de semana juntos. ¿Te acuerdas de la carretera tan larga para llegar a la playa? Había que manejar unas tres horas, pero valía la pena.

—Claro ma, ¿cómo me voy a olvidar?  ¿Pero qué pasó?

—Bueno, casi al terminar ese verano, tomé vacaciones para quedarme una semana con ustedes y divertirnos juntos en el mar. El domingo en la tarde, la nonna y tu papi regresaron a Lima. Al anochecer me pediste salir a caminar por el malecón. Era un lindo paseo a lo largo de la playa que siempre hacíamos durante el día. La noche era ventosa, pero me pediste un Piruchi. ¿Te acuerdas de esa limonada con granadina que te encantaba? La rosada que preparaban en el hotel.

—Claro mami, todavía es mi favorita. ¿Pero qué pasó?

­—Tu hermano era muy chiquito. No tendría ni dos años.  Así que apenas se durmió lo dejamos con la nana y salimos a buscar tu Piruchi. El viento aumentaba. Te abrigué con tu casaca roja cortavientos, una larga con capucha que te encantaba usar. La vereda que nos llevaba al hotel estaba oscura. Las luces de las casas apagadas. La mayoría de gente había regresado a Lima porque las clases empezaban. Pero bajo el cielo estrellado de Paracas,  tú y yo felices de la mano, empezamos nuestra caminata.

—Sí  ma, pero ¿qué me pasó a mí?

—Después de unos diez minutos de caminata, mami, me duele acá, me dijiste agarrándote la barriguita.  No te lo expliqué en ese momento pero a mí me habían operado de la apéndice y era justo allí donde te dolía. —¿La apéndice?— La apéndice es una parte del cuerpo, cerca al estómago, que si se inflama duele mucho y algunas veces hay que sacarla.  —¡Qué miedo mami! ¿Y me la sacaron? — Déjame que te siga contando. Bueno, en esa época no existía el celular —¡No puede ser mami!— Así que en esa soledad del malecón podíamos hacer dos cosas: regresar  a la casa donde no había teléfono o, llegar al hotel que todavía estaba lejos pero donde había teléfono y quizás alguien nos ayudaría. —¿Y qué hicimos mami? ¿Qué hicimos?—  Tú que a los cuatro años no eras nada chiquita, te abrazaste de mi cuello y me dijiste que no podías caminar más. Que te dolía mucho. Empezaste a llorar. Contigo enrollada como una monita triste, caminé como pude entre tu casaca, la mía, el viento que no me dejaba abrir bien los ojos y la oscuridad. Unos veinticinco minutos después, estábamos en el lobby del hotel de turistas. Tú gemías despacito. Yo sudaba y temblaba. No se veía mucha gente. Seguro por ser domingo en la noche.

Un elegante muchacho vestido de negro y con corbata michi, nos vio llegar  desde la mesa de recepción y muy atento nos preguntó qué nos pasaba.

—¡Necesitamos urgente un médico! —le pedí.

Me respondió que no tenían. Que debía llamar a uno de la base naval de Pisco, pero que no sabía cuánto demoraría en llegar.

—¿Y no habrá algún huésped del hotel que sea doctor? —le pregunté.

Me dijo que lo sentía mucho, pero que no podía revisar las fichas con esa información. Que era confidencial.

—Pero por favor —le supliqué—. ¡Mire que mi hija puede tener apendicitis!

Tú allí asustada, pobrecita, te escondías entre mis piernas sin dejar de lloriquear. Yo no dejaba de transpirar.

—Está bien— me dijo.

¡Por fin lo pude convencer! Buscamos hasta que…

—¡Acá alguien anotó que es médico!— casi gritó el recepcionista orgulloso mientras me alcanzaba el  teléfono y apuntaba el número de la habitación para que yo llame.

Marqué.

Una voz de hombre muy ronca y seria me respondió. —¿El doctor Pettroni por favor? — pregunté suave y suplicante.

Pero colgó.

Y volví a marcar.

Y volvió a colgar.

Le pedí al recepcionista que él  hiciera la llamada.

—¡Me van a sancionar por esto señora! —me dijo preocupado.

Le rogué que insista. —Es una emergencia. Sus jefes lo van a entender— intenté tranquilizarlo.

Le respondieron. Explicó lo que pasaba. Me dio el auricular. Le hice al médico una corta y dulce explicación del problema. Debió darse cuenta que estaba desesperada. Me avisó que saldría de inmediato para verte. No te imaginas mi alivio, pequeñita.

Apareció el médico. Era un señor mayor, de unos setenta años, no muy alto, un poco gordito, tenía poco pelo pero  una barba tupida, larga y muy negra. Usaba anteojos redondos de marcos de carey oscuros. Se le veía preocupado. Nos saludó rápido. Nos prestaron una habitación del hotel. Te echaste en una cama boca arriba. Te examinó la barriguita. Movió tus piernecitas en varias direcciones. Hizo unas cuantas preguntas sobre la rutina de ese día.

—Indigestión —dijo—. Lo que tiene esta niña es cólico estomacal. Nada para preocuparse. No debería tomar tantas gaseosas. Una dieta suave la va a curar.

Ya más tranquila, le agradecí por atenderte y le pregunté cuánto le debía. Pero no me quiso cobrar y más bien me pidió disculpas por haber colgado el teléfono tantas veces.  —Es que nunca puedo salir tranquilo de vacaciones— se quejó—. Soy psiquiatra, y no se imagina señora todo lo que hacen mis pacientes para perseguirme por todas partes.

—¿Camila? ¿Camila? Te quedaste dormida bebita.

—Sí mami, ¿y qué pasó con mi dolor de barriga? ¿Y me tomé el Piruchi? ¿Preparamos uno juntas mami?

Lima, 2012

 


—Vámonos a Morrocoy —me animó Elisabetta con su acento italiano a pesar de los casi treinta años que vivía en Caracas y añadió—: Nos llevan en peñeros a los cayos que bordean la costa. El hotel organiza todo. Es solo por el fin de semana. Conoceremos gente linda. Además nos vamos en el Alfa Romeo descapotable de mi ex esposo.

¿Y qué podía decir?

Nos pusimos los lentes de sol y partimos.

Ya instaladas en el hotel, contratamos al famoso peñero que resultó no tratarse de un yate de lujo ni nada por el estilo.  Un sencillo bote de madera con motor fuera de borda guiado por un hosco pescador, cual autobús de los mares, desembarcaba a los pasajeros en diferentes islotes que forman el Parque Nacional Morrocoy.

—¡Que se alisten los del cayo Sombrero! —avisó el conductor asegurándose que no le hagamos perder el tiempo.

Nos bajamos unas ocho personas, cargadas de coolers y maletines, listas para pasar un gran día en la isla más popular de la zona.

—¡A las cinco de la tarde los paso a buscar! ¡No espero a nadie! —nos advirtió mientras se alejaba dejándonos en tierra sin siquiera mirarnos, para seguir su ruta con los demás pasajeros.

El sol se anunciaba severo. Habían pronosticado unos cuarenta grados centígrados para ese día. La arena blanca, suave, estaba colmada de gente, toallas, sillas, mesas. Muchas personas se protegían bajo las palmeras lo que me parecía por demás peligroso, en especial cuando vi caer algunos cocos que los niños corrieron a recoger felices para saborear su néctar.

Nos acomodamos como pudimos bajo la sombrilla  que precavidas habíamos alquilado en el hotel.

¡Pero bueno, es el Caribe!  ¡Qué lujo! El mar tranquilo, sus aguas transparentes de diferentes tonos de celeste, verde, turquesa, parecía un lienzo de movimientos serenos. Embadurnadas con cremas solares, para regresar tostadas y regias a Caracas, nos dispusimos a gozar de un poco de paz, descansar del trabajo, leer, conocer gente simpática. Entonces empezaron a ofrecer sus productos, alrededor y encima nuestro, los vendedores de pareos, collares, helados y de todo tipo de menjunjes macerados con mariscos afrodisíacos de denominaciones extravagantes. —¡Rompe colchón! ¡Siete potencias!  ¡Vuelve a la vida! ¡Vendooo! —pregonaban sin respeto alguno.  Al rato, nos animamos a comer  pescado con tostones y queso que llevaban hasta la playa desde los pocos restaurantes del lugar. Mientras saboreaba mi platillo con esas lonjas de plátano frito y aroma a miel, un muchacho atrevido que caminaba por la orilla me quitó el apetito al gritar desde lejos para el oído y mirada de los demás veraneantes: ¡Mami, no comas tanto pescado que te va a crecer la barriga!

¿Y qué podía decir?

Solo me bronceé la espalda aquella tarde.

Las cinco en punto. Elisabetta, yo, la sombrilla y todos nuestros corotos nos dispusimos a esperar a nuestra embarcación en el muelle. USNAVY, así se llamaba. —Es el nombre de mi nieta mayor —nos había explicado el dueño del peñero.

Las cinco y treinta.   Los lanchones partían atiborrados de gente agotada después de un largo día de playa. Familias enteras se trepaban en ellos. USNAVY no se veía ni de lejos. Cientos de mosquitos comenzaron a atacarme.

—Ten cuidado con esos bichos. Son jejenes. Su picadura arde muchísimo —me previno Elisabetta—. ¿Trajiste repelente?

¿Y qué podía decir?

Solo me quedó esperar nuestro bote metida en el mar con el agua casi hasta la nariz.

Mi pobre amiga iba y venía por el corto muelle. —¡Hola! ¡Hola! —intentaba comunicarse con el hotel por el celular hasta que al fin le contestaron. En ese momento pude notar la sangre italiana que recorría sus venas y le salía de la boca a borbotones convertida en furiosas oraciones: ¿Ma che cosa dice? ¿Cómo que no quisimos subirnos al peñero?¡Vaffanculo! ¿Qué vinieron por nosotras y se fueron? ¡Cretino!

Y nos dejaron en la isla.

Poco a poco la playa empezó a despoblarse. Algunas personas montaron sus carpas para pasar la noche. Por supuesto que allí no había hoteles ni nada que se les asemeje.  Los botes partían cargados de gente y sin espacio disponible para almas desamparadas como las nuestras. Elisabetta  llamaba una y otra vez al hotel. Gritaba. La oí hablar y responderse sola varias veces. Me di cuenta que además del español y del italiano sabía hablar otras lenguas incomprensibles para mí.  Me imaginé que serían dialectos creados por ella.  Por momentos la vi tan desesperada, moviendo nerviosa las manos, los dedos, la cabeza que legué a la conclusión que más de una Elisabetta habitaba su delgado cuerpo. Seguro que por eso los jejenes ni se le acercan, pensé con  envidia. A mí en cambio no dejaban de aguijonearme la cara.

Al rato, se me acercaron preocupados unos turistas, por coincidencia italianos, que al ver a una mujer  en el muelle quejarse sola contra el horizonte, sospecharon lo peor y no se atrevieron a hablarle.

—¡Ma, non c´è problema! —me dijeron cuando les expliqué nuestras desventuras—. Ya no tarda en venir nuestra barca.  Allí nos acomodamos tutti.

Y así lo hicimos. Viajamos con ellos. Elisabetta gesticulaba y hablaba en un italiano apretado con sus coterráneos quienes a pesar de todos sus esfuerzos, no pudieron calmarla, como tampoco lo hizo al día siguiente el administrador del hotel.

 —¡Cretinos! ¡Devuélvanos el dinero! ¡Nuestro dinero! ¡También lo que pagamos por hoy!  Non siamo matte para ir con ustedes otra vez! —vociferaba con justa razón.

Y fue solo cuando alertamos de lo sucedido a los turistas que se acercaban por información, que nos devolvieron la plata y nos regalaron la sombrilla. Bueno, en realidad olvidamos devolverla. Fue una especie de botín de guerra.

Nos relajamos esa tarde en otra isla menos concurrida. Tomé sol boca arriba sin escuchar desatinados piropos.

Ya de regreso con el techo descubierto, seguimos disfrutando del sol en medio del tráfico tan pesado que forma parte de las autopistas al llegar a Caracas. De pronto, un muchacho de cabello castaño y piel ligeramente tostada, se puso a conversar con nosotras desde el auto de al lado.

—Qué linda sonrisa tienes —me dijo.

No me sonrojé, pues porque ya estaba roja.

—Conversa rápido —me susurro Elisabetta— y ni pienses en quitarte los lentes de sol aunque se haga de noche.

El consejo llegó tarde. Para lucir mi bronceado, segundos antes me había deshecho de las gafas oscuras.

Elisabetta me miró de reojo. Una vez más invadida por sus ancestros romanos, me hizo muecas y, cosa rara en ella, no pudo pronunciar palabra. Solo atinó a señalar mis ojos. En ese  instante, algo extraño le pasó al muchacho de al lado ya que después de emitir un ruido ininteligible, al parecer de espanto, raspó a más de un automóvil en su frenética huída. Fue entonces cuando me vi al espejo y descubrí mis líneas de felicidad convertidas en grietas blancas, cinceladas en el rabillo de mis ojos. ¡Mis patas de gallo! Aunque todavía pequeñas, lucían hendidas y resaltaban sin pudor respecto al resto de mi tez ¡Merda! ¡Che vergogna! ¡Mamma mia! ¡Porca miseria! Ed io che non parlo l’italiano, scusa,  y yo que no hablo italiano, me expresé en aquella lengua romance con una fluidez envidiable poseída por más de un antepasado de esas tierras que —debo admitir— también llevo conmigo.

¿Ma che potevo dire?

Escrito en abril de 2006, han pasado siete días desde que volvimos de la playa y todavía en las noches me pongo lentes oscuros.

Escrito en abril de 2007, todavía sonrojada por el sol, el bochorno y los mosquitos, claro.


salto avila¡Vamos a hacer rafting! —nos animó Mónica.

Por nuestras caras, seguro se dio cuenta que no teníamos idea de lo que nos proponía y como era de esperar, nos explicó lo que le convino.

—¡Es buenísimo! ¡Les va a encantar Barinas! Está a siete horas en auto desde Caracas. Saldremos el sábado al amanecer. ¡Remaremos en zódiacs rojos por el río! Es muy seguro. Además el resort es precioso. Yo me encargo de las reservas —nada la detuvo.

Fuimos cinco los convencidos.

—¡Las aguas están demasiado revueltas! Vienen cargadas de troncos, rocas y barro. No podremos zarpar hoy —nos esperó con la mala noticia Jairo, el dueño del hotel.

—Los llevaré a su dormitorio —le dijo a nuestro grupo y a seis personas que no conocíamos.

—¿Dónde están nuestras habitaciones? —le pregunté a Mónica al dirigirnos a una vieja construcción de madera rodeada de vegetación.

Diez camas camarotes. Las mismas cuatro paredes para todos. Un baño.

¡Mónica!

Nos acomodamos como pudimos.

—¡A levantarse! —nos despertó Jairo —¡Los botes nos esperan!—

Abrí los ojos y descubrí, bien instalada en mi almohada, peluda y de patas largas, a una araña que me observaba. De más está describir mi grito en estas líneas.

Una embarcación estaría dirigida por el propio Jairo. La otra, por Andrew, un muchacho australiano, cuya visible fortaleza física y nuestro aguerrido instinto de supervivencia, nos impulsó a elegir como guía.

Repartieron remos, cascos y chalecos salvavidas. Nos explicaron las partes del bote y algunas reglas imprescindibles de navegación. Practicamos los movimientos en equipo. —¡Agárrense fuerte! — ordenó nuestro capitán y empujó de espaldas al agua a Bernardo, entusiasta miembro de nuestro grupo. ¡Estabas mal sujetado! —le dijo al pobre mientras por frío o miedo, salió tiritando y sin encontrar sus anteojos.

Aferrados tanto como es posible a una balsa de jebe, partimos.

No sé si fue la energía de las aguas o la nuestra, la que nos hizo deslizar con furia. Esquivamos rocas, árboles, ramas. Nos sentimos héroes, libres. Caímos por cascadas cargadas de barro. Nos sumergimos con los zódiacs para salir a flote empapados, invencibles. —¡Auxilio! —se oyó un grito. Al ver la balsa de Jairo volcada, el australiano se puso de pie en pleno tumbo. Con una soga en la mano, se lanzó al río. El caudal arrastraba a los miembros del otro grupo. Uno a uno fuimos por ellos. Los alcanzamos. Tiramos de sus brazos y chalecos. Con miedo y exhaustos los metimos en nuestro bote mientras con la cuerda y mucha firmeza, el australiano volteó la embarcación accidentada. Los ayudamos a volver a su zódiac. De un salto, nuestro capitán retomó su puesto como si nada hubiera pasado.

Una vez más, seguimos el cauce del río.

Esquivamos todo lo que se atravesó a nuestro paso.

—¡A la derecha! — ordenó Andrew y nos obligó a detener.

Por fin un descansito, pensé.

Bajamos del bote.

—¿Y ahora qué? —le pregunté a Mónica de la forma más educada posible.

En fila india, nos hicieron trepar una roca que alcanzaba un árbol cuyas ramas se extendían sobre las aguas histéricas del rio. —¡Que salte el primero! —dispuso nuestro capitán— ¡Déjense llevar por la corriente! ¡Yo los sujetaré con la cuerda! ¡No se preocupen!

Debo confesar que en situaciones como ésta, mi afán de preservación suele confundirse con la vulgar cobardía. Poco a poco mis compañeros de aventura, se dejaron caer al río. ¡Qué ganas tuve de darle a Mónica un empujoncito! Como para que coja viada, digamos. Nada agresivo. Pero yo, como siempre amable, me contuve. En un exceso de bondad, cedí mi turno para el salto a los miembros de los dos grupos. Varias veces.

— ¡Vamos ya tírate Rossana! ¡No seas miedosa! —me insistieron apurados para poder reiniciar el viaje. Yo (precavida), a más de cinco metros de altura y con el temor de encontrarme con un tronco sumergido que me partiera las piernas y el alma, me lancé de cara. Y así fue como, con el rostro ardiente y adormecido, me dejé conducir por esas aguas.

—¡Agarra la cuerda! ¡No la sueltes!— escuché que me decían.

Me aferré como pude a ella. Ayudada por mis compañeros me trepé al bote. Por dolor y bochorno sentí mi cara colorada. ¡Es el reflejo del zódiac! —me excusé.

—¡No seas pretenciosa Rossana! ¡Coge tu remo! ¡Dale con todo! —acaté la orden sin tener tiempo para un suspiro.

bote—¿Les gustó? ¡Ahora el helicóptero! ¡Todos a popa!—nos empujó Andrew hacia la parte de atrás del bote. Nos detuvimos. Tomó de nuevo la bendita cuerda y con ella empezó a hacerlo girar con nosotros dentro. Por simples reglas de equilibrio y de gravedad (pues la cosa se puso grave), un extremo de la embarcación se levantó de golpe. En el otro, quedamos nosotros, inocentes tripulantes buscando un helicóptero en el cielo. Y es en esos menesteres que el navío transformado en hélice, empezó a hundirse, claro está, con nosotros dentro.

-¡Todos a bordo!—nos conminó Andrew— ¡Son las tres de la tarde! ¡Abrirán las compuertas de la represa! ¡Debemos avanzar un kilómetro antes que la corriente suba y nos arrase!

Remamos tan, pero tan de prisa, que no recuerdo el trayecto a Caracas. Aún sospecho que lo hicimos navegando.

A Mónica, nuestra querida Mónica, no la hemos visto desde aquel día. Quizás se quedó en el resort de Barinas siguiéndole la cuerda a Andrew y su zódiac rojo. Se lo merece.

Caracas, julio 2006


De quererlo, pocos lo hacen, porque aunque alegre y generoso, de ojos grises casi amables, Juan, el de las cejas pobladas, tiene muy mal carácter, lo que ahuyenta a sus amigos y hasta algunos animales que sin saber qué les espera, se le acercan a olfatearlo. Con casi un metro noventa, cabello rubio, ensortijado y dócil, piel canela por el Sol, su cómplice, deportista y entusiasta, se hace a veces llamar “don”. Pero esas poses que derrama y que ¡ay!, lo hacen tan petulante, al extremo del ridículo, aleja a tantas mujeres y hasta a ciertos hombres incautos. Y a pesar de esa sonrisa, tan suya, tan fresca, tan blanca, y del buen vestir del que yo admito, con justa razón se jacta, sigue estando soltero y ya bordea los cincuenta (claro está, él lo rechaza). Afirma que la soledad no es importante, ¡qué va! Que está feliz con su dinero, se ufana. Se considera un gran jurista y político de renombre, aunque quiso ser congresista y no le alcanzaron los votos.

Seguirá intentándolo, seguirá, pues para eso, el bueno de Juan, tiene a su madre, ahhh, su madre, quien ciega de amor lo apoya en sus más “precoces” proyectos. Lo banca, lo alaba, lo arrulla, le cocina dulces potajes para que crezca sano y muy fuerte, y le cubre con absoluto descaro su vergonzoso origen, su turbio pasado, ese del que poco se sabe y yo les juro también ignoro.

Dicen que como él, no hay muchos. ¡Qué va!

¿Y como ella?

(Tarea para el curso de narrativa dictado por Enrique Planas: la creación de un personaje)

Octubre 2,012


Look at yourself fixedly in the mirror! Concentrate! Recognize your face! And there I was, just after half past six in the morning, staring at myself.

Several months ago, because of a terrible pain in my back and legs, I stopped jogging. I started indoor cycling (spinning) without any major problems. So, I became a desperate but happy hamster pedaling to the rhythm of my music without going forward. Everything was nice and well, but one day, my back pain came back accompanied by a shoulder discomfort. X-rays, CT scans, ultrasounds, medicine and sixteen sessions of physiotherapy, were not good enough. The beginning of a lumbar hernia was causing me a terrible twinge. The shoulder problem came from a slight “bulge” of my spine, the doctor said. Thus, I was sure I was being attacked by “The Age”, and cowardly from my back.

Look at yourself fixedly in the mirror! Recognize your face! Bring  your elbows forward and away from your chest!  What? Up! Ohhhh! Exhale the air vigorously making the “haaaaa” noise.  Haaaaa went the girl at my side. Haaaaa, the perfect body of another student.  As a wise Japanese, discreet and in absolute silence, I decided it was safer to look out from the corner of my eyes. The teacher was the only one with the right to speak and did it giving us firm instructions in Spanish and in another language that I could not understand. There was no music. The temperature was getting hotter every minute. We will practice twenty-six postures, each one twice! Full lungs, until you feel dizzy! What?

We stretched toward all angles of our joints, we bent, bowed down, stood up, sat in imaginary and uncomfortable chairs, knelt down, rolled up and unrolled. Can I have some water? Not yet!  Breath!  Stretch your body down as a ham sandwich until you feel a small heart attack. What? A hard attack? Dandayamana, Tuladandasana. Right leg lift up and stretch forward. Kick harder!  Do not bend yourself like a rabbit, Rossana! Chin up! Open your eyes!  Trikanasana. Padangustasana. Savasana. What? Turn your mat and lie down on your back. Dead body pose. Water. Ahhhh!

That was the warming up exercise. Now the class begins.  Uhh?  Nobody leaves until we finish!  Ninety minutes of pain worth ninety years of health. Relax your face, Rossana!  Don´t worry. If you get dizzy, it means that you are doing the exercises well. What?  Right ear on your mat. Palms facing up. Arms on the towel. Happy face. Don´t let anyone ever steal your smiles. (And what about my water,  uhh?)

The letters of my name written on my floppy mat began to spread, to evaporate, and with them my body and my soul. Cobra Pose. Don´t blink, Rossana! (And what about all the salty sweat coming into my eyes and ears, uhh?)

Between balances and imbalances, Half Tortoise and completely tortured poses, we continued the different positions. Ustrasana, Sasangasana, and other sane, insane and rossane poses, that I prefer not to describe for fear of sullying my diluted honor and wetting, with the sweat of my brow, the letters of the keyboard which I am using to write these hot lines.

It has been more than half an hour since the end of the class and I’m still burning. Haaaaaa! Breath of Fire.

For a few days, I let my writing rest, but not my body and my mind.

I have already had five hot yoga lessons.

Today, I know that the teacher, obviously overestimating us, sometimes speaks in an old Indian language: Sanskrit. I have also learned that the one hundred and ten Fahrenheit  degrees of the Bikram Yoga room (“Hot Yoga”  as they call it to make it more tempting), have therapeutic purposes.

I can tell you, that after my second class, I slyly turned my mat, as I had read, that inexperienced students who find an empty space near the stove, proudly and gratefully choose it smiling.  Huge mistake. That´s the reason why I took possession of a place near the door, the same one that the teacher opens occasionally to ventilate the room. Haaaaa! Moreover, with the humility that characterizes me, skillfully I developed the art of  “shut up and be sane”.  An old technique which teaches that it is better to ask for forgiveness than for permission. So, when “water not yet!” is heard between the sweating walls, it´s  too late. The liquid has already cooled my veins and comforted most of my soul. Haaaaa!

At this point of my story, I find it important to mention that it´s not because of masochism –as I am sure you may be thinking– that I continue in these endeavors. I must say in my favor and also of Bikram Choudhury´s, the founder of the routine, that after a couple of classes, my back has improved. My legs and shoulders are also recovered. Nowadays, when I look at my exhausted face in the mirror, I concentrate on strengthening my body so that I can go back to jogging, cycling, and if it´s possible, to my entire youth. Come on Master Choudhury, don´t tell me that you forgot the wrinkles!  Concentrate, Rossana!  Meditate!  No collapsing! Don´t give up!  Forehead on the right knee! Left leg locked on the floor.  Suck your stomach in!   Elbows locked! Keep calm. There’s no rush. Next time we will practice the advanced postures.  What?

Written by Rossana Sala, still in the middle of the Awkward Pose.  Relax on your back Rossana, please!  Uhhh?

Lima, August 31, 2012.

Spanish version of  this text: ¡Girenzumat! ¿ahhh? https://rodandoentrelineas.wordpress.com/2012/08/18/girenzumat-ahhhh/


¡Mírense fijo en el espejo! ¡Reconozcan su rostro! Y allí estaba yo, pasadas las seis y media de la mañana, contemplándome.

Debido al dolor de espalda y piernas, hace varios meses dejé de trotar. Sin hacerme rollos (y para evitarlos) me dediqué al spinning. Volví así a mi época de hámster desesperado pero feliz, pedaleando sin avanzar, al ritmo de la música (1). Me fue bien, hasta que un día me regresó el fastidio a la espalda acompañado por el del hombro. Radiografías, tomografías, ecografías, medicinas y diez y seis fisioterapias, no fueron suficientes. Un principio de hernia me causaba una punzada lumbar. El malestar del hombro, provenía de un leve “abombamiento” de la columna, según me dijo el doctor. Claro, de allí que toda esta situación me empezara a oler tan mal.

¡Mírense fijo en el espejo! ¡Reconozcan su rostro! ¡Los brazos rectos estirados hacia  adelante a la altura de los hombros! ¿Ahhh? Más abajo. ¡No tan abajo! ¡Ahhhh! Expulsen con fuerza el aire haciendo el ruido de “jaaaaa”. Jaaaaaaa hacía la chica de al lado. Jaaaaa el cuerpo perfecto de otro alumno. Yo, prudente y en absoluto silencio, los observaba de reojo. Nadie conversaba. La profesora era la única con derecho a hablar y lo hacía dándonos indicaciones en español y en un idioma que yo no llegaba a entender. No había música. La temperatura aumentaba. ¡Repitamos el ejercicio! ¡Son veintiséis posiciones que vamos a practicar dos veces cada una!

Nos estiramos hacia todos los ángulos de nuestras articulaciones, nos agachamos, inclinamos, empinamos, nos sentamos en incómodas sillas imaginarias, nos arrodillamos, enrollamos y desenrollamos. ¿Puedo tomar agua? ¡No es el momento! Posición del águila. Peguen su cuerpo como un sándwich de jamón japonés hasta sentir un pequeño infarto al corazón. Ese pequeño infarto los va a proteger de un gran infarto. ¿Ahhh? Dandayamana; Tuladandasana. Levanten el pie derecho. ¡Pateen! La mano al espejo. ¡Que toque el espejo!  El mentón al pecho. ¡Rossana! ¡No te agaches como un conejo! ¡Levanta la cabeza! ¿Ahhh? ¡El mentón al techo! ¡Ahhhh!  ¡Sigue! Trikanasana.  Padangustasana. ¿Ahhh? Girenzumat. ¿Ahhh? ¡Gira tu mat! ¡Que gires tu esterilla y te eches, Rossana! ¡Ahhhh!  Savasana. Posición del cadáver. Ya pueden tomar agua. ¡Ahhhh!

Terminó el calentamiento.  Empecemos la clase. ¿Ahhh? ¡Nadie sale hasta acabar! Son solo noventa minutos de dolor que equivalen a noventa años de salud.  Si se marean,  es que lo están haciendo bien. ¡Todos boca abajo! Oreja derecha sobre el mat. Palmas de las manos hacia arriba. Brazos a los lados. Sean felices. Que nadie les robe nunca la sonrisa del rostro. ¡Todavía agua no, Rossana!

Las letras de mi nombre escritas con plumón indeleble en el mat, empezaron a esparcirse, a evaporarse y con ellas mi cuerpo y mi alma.

Posición de la media tortuga.  Entre equilibrios y desequilibrios siguieron las diferentes posturas Supta, Ardha, Ustra, todas sanas, insanas y rossanas, las que prefiero no describir por temor a mancillar mi diluida honra y a empapar, con el sudor de mi frente, las letras del teclado con el que escribo estas calientes líneas.

Ha pasado más de media hora desde que terminó la clase y me sigo consumiendo. ¡Jaaaaaa! Respiración del fuego.

Por unos días, dejé  descansar mi escrito, pero no mi cuerpo ni mi mente.

Voy por mi quinta clase de  yoga.

Hoy sé que la profesora, sobreestimándonos claro, se dirige a nosotros en una antigua lengua de la India: el sánscrito.

He aprendido también, que los cuarenta grados centígrados de la sala de Bikram Yoga (“Hot Yoga” o “Yoga Caliente”  como lo llaman  para que sea más tentador), tienen fines terapéuticos.

Les puedo decir que, a partir de la segunda clase, giré mi mat con astucia, pues leí en alguna parte, que son los alumnos novatos, quienes al encontrar un espacio vacío -cerca a las estufas- orgullosos y agradecidos los escogen  sonrientes.  Craso error. Es por eso que he tomado posesión de un lugar cercano a la puerta, la misma que de vez en cuando abren, para ventilar la habitación. ¡Haaaaa! Además,  con la humildad que me caracteriza, me he permitido desarrollar con destreza la técnica del “calla y sana”. Una vieja fórmula que enseña que es mejor pedir perdón a pedir permiso. Así que cuando el “¡Agua todavía no!”  se escucha entre el sudor de las paredes, es demasiado tarde. El líquido ya me ha enfriado las venas y reconfortado gran parte del alma. ¡Haaaaa!

Después de este relato, creo importante mencionar que no es por masoquismo -como seguro estarán pensando- que sigo en estos afanes. Debo decir a mi favor y también de Bikram Choudhury, el creador de la rutina, que luego de un par de clases ha mejorado mi espalda. Mis piernas y hombros también se recuperan. Por eso ahora, al mirar mi exhausto rostro al espejo, me concentro en fortalecer mi cuerpo para volver a trotar, a montar bicicleta y, si fuera posible, recobrar mi juventud completa. ¡Vamos Bikram Choudhury, no me digas que no pensaste en eso! ¿Qué hay con las arrugas? ¡No jodas! ¡No te distraigas, Rossana! ¡Los ojos abiertos! ¡La cabeza sobre la pierna derecha levantada! Pierna izquierda bloqueada en el piso. ¡Metan el mentón! ¡Contraigan la barriga! ¡Los brazos sobre las orejas! ¡Bloqueen los codos! ¡La espalda recta! Poco a poco. No hay apuro. Otro día haremos los movimientos avanzados.  ¿Ahhhh?

Escrito  por Rossana Sala, en plena posición de  langosta completa. ¡Jaaaaaa!

Lima, 18 de agosto de 2012.(versión en inglés de este texto en: https://rodandoentrelineas.wordpress.com/2012/09/03/the-back-attacks-back-english-version-of-girenzumat-ahhh/

(1) Algo que escribí sobre mi época de hámster..https://rodandoentrelineas.wordpress.com/2010/04/15/corriente-hamsteriana/

(2) Otra actividad deportiva en la que he incursionado…la Zumba…https://rodandoentrelineas.wordpress.com/2009/06/11/zumba-que-zumba/


Este cuento a mí me sabe,

a historias, guisos, poemas.

Ochocientas sonrisas,

varias carcajadas,

una pizca de sol,

algunas gotas de lluvia

con pasión espolvoreadas.

 

¡Pero hay un niño  allí escondido,

entre suspiros y salsas!

Dice que no le gustan las leyes,

pero le encantan las causas.

 

Este asunto a mí me huele,

a canela, metáforas, prosas.

Se mezclan, se escriben, se amasan,

se ciernen con dulce cariño,

se funden con voces muy frescas,

se cuecen ideas y vinos.

 

¿Qué hace el niño allí saltando,

entre lomitas y setas?

¡Él no quiere ser abogado!

¡Él,  inventa  recetas!

 

 

 

Y los demás ingredientes,

para alcanzar mil palabras,

no es necesario  detalle,

entre estas líneas escuetas.

¡Para eso está el buen gusto

y el olfato culinario!

 

Y es así que esta mañana,

en una olla de amor,

de esas que también son de barro,

he puesto a hornear  muchas letras,

que a cada bocado nos cuenten,

cuánto valemos y anhelamos,

¡carajo!

¡juntos los peruanos!

(Poema escrito al enterarme que el famoso chef peruano, Gastón Acurio, era miembro del jurado del concurso de cuentos de 1,000 palabras de la Revista Caretas, 2012)


(A propósito de Marcela, ese personaje rebelde de un cuento con final feliz.)

 ¡No es solo cuestión de estilo,

a ese cuento le falta un hilo!

De la primera línea a la final,

debe existir algún canal.

La sensación de ficción se ha roto.

Sentenció Tola al leer mi escrito.

¡Mal, mal, mal!

Y siguió:

¡No puede sacar al lector,

de la fantasía en que estaba!

Además un final tan feliz

no es propio de grandes relatos.

¡Estos son garabatos!

¡Así no se piensa mujer!

Ahora corrija sus líneas.

Escriba, calle y escriba.
Fúmese un cigarrito,
que el cuento le saldrá más bonito.

Seguro se inspira y Marcela,

al final de su historia muere y vuela.

¡Mal, mal, mal!

Y me agobié:

¡Ay, Marcela, Marcela adorada,

no te vayas o repruebo este curso!

Buscaré el hilo de ese discurso.

Te ataré con él para que no huyas.

Pintaré una tragedia despiadada.

¡Morirás, pero seré aprobada!

¡Mal, mal, mal!

Y me perdí:

Pero acá es donde me confundo.

¿Cómo construir  una historia

que Tola no me reproche?

Si acaba triste, lo alegro.
Si acaba alegre, lo pongo triste.
Si la escribo en prosa, no es cuento.
Si la cuento en rima,  es un verso.
Si la onettiso me pierdo.

¡Los hilos y grandes dramas,

no solucionarán mi ruina!

¡Qué hago?

¡Eureka!

¡Encontré el hilo!

Empezó a desenrollarse al inicio del relato:

Marcela y su bicicleta,

sus ansias de libertad completa.

Consiguió lo que quería,

sin que nadie la someta.

¡La dejé ir al cortar el hilo!

¡La historia estaba completa!

¡Ay Marcela, vete otra vez,

feliz en tu bicicleta!

¡Entre la a y la zeta,

que en tus letras nadie se meta!

¡Vive Marcela!
¡Sigue tu curso!

Yo haré lo mismo en las clases con Tola.

Aunque maestro,

lo siento tanto,

me es imposible seguir su ola,

los cuentos tristes no son mi estilo,

pero haré caso, a eso del hilo.

Escrito por Rossana Sala el 30 de enero de 2012, buscando una aguja.

https://rodandoentrelineas.wordpress.com/category/2010/abril-2010/   (Letra Viva..el cuento de Marcela)


Fui a buscarte esta mañana.

Te habías ido.

“Lo hiciste una vez más” te culpé consternada mientras sentí que mis pies se hundían en el agua espumosa, salada y  triste del mar. Mientras  la arena suave y blanca intentaba consolar mis pasos y el sol tomaba fuerza para apartar a esas nubes pesadas y  tercas que le impedían darme su calor para sanar.

“No te encuentro.  ¿Dónde estás?” 

Empecé a sentir las olas. Su ronquido constante al acariciar la orilla, recogía recuerdos y los llevaba al fondo, donde dicen que es en vano intentar llegar. Traía rocas, erizos,  conchas, estrellas marinas, todas ajetreadas rodaban y desaparecían y se querían asomar. Comencé  a avanzar con ellas, hurgando  entre mis pasos  tus ojos morenos y esas sonrisas serenas con las que me solías amar.  

“¿Por qué no me llevas, me arrastras contigo?” le supliqué a un remolino que me empezó a abrazar. “¡Quiero irme! ¡Llévame lejos! Mis lágrimas caen. Me cansé de llorar. ¡Él se ha ido y lo quiero a mi lado!”

“¡Sumérgete! ¡Acompáñame!” bramó una inmensa ola, muy diferente a las demás. Era imponente. De aspecto tan turbio. Lucía furiosa. Me apartó de la tierra. Me envolvió sin piedad. Las cargadas brumas, tan densas, oscuras, silenciaban mi vista y así la esperanza de poder volverte a tocar. Quedé acorralada. Lloraban los vientos. Silbaban soberbios, levantaban las aguas, ocultaban tus manos, esas manos tan tuyas, que fueron tan mías y no estaban más.

Cerré los ojos en busca de calma.

Recordé aquel tiempo en que vivimos juntos. Las montañas verdes. Algún arcoíris nos pintaba el cielo. Todo a tu lado era siempre sencillo. Tomaste mi mano y con ella mi vida, que hasta hace unos días no podías soltar. Esos años juntos, compartimos tanto y luego dos niños nos hicieron brillar. Crecían felices. Nos queríamos tanto. Pero un día te fuiste. Sin decir palabra. Nos dejaste solos. No te vimos más.

Y en aquella zozobra, de mi cuerpo y mi alma, pude ver a lo lejos, que a pesar de las aguas, de la arena y del viento,  habían abrazos calientes, paseos y nueces y también mucha  paz.  Veinte niños saltaban entre sombras y luces y sus tiernas sonrisas bailaban felices, tan alborotadas, gozando la playa, de aquí para allá. 

 “¡Libérenme ahora!”  le reclamé de pronto, a las cielos y mares, para que salven mi vida y poder regresar.

 Y allí estaba yo, con la barriga al aire, tendida en la playa,  tomando algo de sol, buscando descansar. Disfrutaba el domingo, una tarde cualquiera, cuando unas manitas tiernas me empezaron a acariciar y me cubrieron las sombras de dos rostros sonrientes que me miraron fijo queriéndome despertar.  Una lágrima triste se escapó de mis ojos y al verla mi hijo, la intentó secar. Pero antes que pueda, esa lágrima sabia, se fundió con las aguas, las aguas del mar. Avanzó hacia el fondo, ese fondo profundo, donde dicen que es en vano intentar llegar.

 Arrullé a mis niños, les di un abrazo eterno, de esos que nunca se deben olvidar. Y al limpiar sus caritas, tan dulces, felices, te encontré en sus miradas, te sentí una vez más. “¡Allí estabas travieso! ¡Y yo que intentaba irte a buscar!”

Los tomé de las manos, tan pequeñas, tan tibias, y entre sombras y luces  bailamos los cuatro, por la orilla del mar.


 

CARTA DIRIGIDA AL DR. MARIO VARGAS LLOSA

ESCRITA POR UNA JOVEN (NOVATA) CUENTISTA

¡Doctor Vargas Llosa! –me atreví a llamarlo después que apareciera la luz roja para la inspección de maletas. Sin más, como desenvainando una espada, le entregué mi tarjeta de presentación y antes de que acaso usted pudiera huir desesperado de mi envolvente verborrea, le mencioné (juro que esforzándome por ser breve) que me gusta escribir, que tengo un blog, que me presenté a un concurso de cuentos, que…–Rossana Sala –me interrumpió pausado (y cortándome la viada). –¡La voy a leer! –dijo, bajo su mirada escribidora, único testigo silencioso de aquella solemne promesa, alejándose raudo y con sofisticada cautela del resto de mis historias.

La narración de ese encuentro improvisado y extraordinario (para mí, al menos), impulsado por la mágica luz de una conveniente aduana (otra vez para mí, lo siento), pudo haberse transformado en una fantástica obra de la literatura. Sin embargo, se vio frustrada por el inexorable hecho que a usted, noble y nobel, hasta hoy le ha sido imposible cumplir con su generosa oferta, pues no he publicado libro alguno y el nombre de mi blog ¡no aparece en la tarjeta!

¡No! ¡No debo permitir que viva usted con esa carga y que el mundo diga que por culpa mía, su inspiración calla!

Es por eso y solo por eso que con mis hijos, mis mejores cartas, le hago llegar estas líneas, tan irreverentes como necesarias.

Y al terminar de leer este relato, no habrán de pesarle más mis faltas,  pues sin notarlo fue encaminado a cumplir con su palabra, honrando aquel juramento pronunciado a media noche, entre mi verbosidad inquieta y sus apuradas maletas.

Un abrazo y hasta pronto, espero.

Rossana Sala Estremadoyro
https://rodandoentrelineas.wordpress.com/
Lima, 13 de marzo de 2012
NOTA: Finalmente mis hijos no llegaron a entrevistar a MVLL y entregarle un ejemplar de  su excelente libro CARTAS A UN JOVEN NOVELISTA para que me lo dedique. La versión impresa de esta carta espera así (pacientemente) ser leída por su destinatario cuando la encuentre escondida en ese libro o cuando se tropiece con este blog. Lo que suceda primero. Nada es imposible.


Jamás había pensado que algo así me podría causar una sensación distinta al fastidio. Me tocó luz roja, pero estaba feliz. Feliz, mientras mi mente escrutaba opciones: a, b, c, d, ninguna de las anteriores.

Yo, llegaba a Lima. Tenía la esperanza que al presionar el botón de la luz de la aduana, aparezca la verde y evitar así la tediosa  inspección  de maletas. De pronto, me topé con su culta mirada. Sin quererlo, le sonreí con suave timidez recibiendo a cambio una mesurada sonrisa.

Caminaba silencioso y paciente.  Su hilera, paralela a la mía, era de esas que avanzan y avanzan hasta el infinito y que por culpa de  las inexorables  leyes matemáticas, están destinadas a no cruzarse jamás.

Pero hasta las matemáticas son impuras: rompiendo evangelios,  profecías y hasta axiomas, nuestras dos líneas equidistantes y paralelas, se cruzaron súbitamente al ser lanzadas cada una desde su propio punto, el de la luz roja de la aduana. La intersección (X) se dio así, en plena revisión del equipaje.

Y allí estaba yo, feliz. Feliz con mi luz roja, mientras mi mente escrutaba opciones: a, b, c, d, ninguna de las anteriores.

Él,  colocó sus maletas en la cinta correspondiente.  La monotonía  del equipaje entrando y saliendo por la banda, se quebró en un flash.  Ipads, Blackberries, celulares y hasta cámaras fotográficas, aparecieron de todas partes. Detrás de las máquinas, encima de las maletas, a los costados, todos querían tomarse una foto con él. Él, aceptaba los pedidos con ilustrísimas sonrisas que llegaba a esbozar, sospecho, debido a su nobel nobleza.

¿Qué hago? ¿Qué hago? –seguía yo imaginando opciones a sabiendas que se me escapaba (la presa).

Una foto. ¡Una foto más entre tantas maletas!  ¡Uf, no! ¡Qué actitud tan plebeya!

Un autógrafo. Imposible. Había dejado en casa su libro Cartas a un Joven Novelista. ¡Doctor  Vargas Llosa!  –me atreví a  llamarlo sin más. Como desenvainando una espada, le entregué mi tarjeta de presentación y antes de que acaso pudiera huir desesperado de mi envolvente  verborrea, le mencioné (juro que esforzándome por ser sucinta) que me gusta escribir, que tengo un blog, que  me  presenté a un concurso  de  cuentos,  que… –Rossana Sala– me  interrumpió  pausado   (y cortándome la viada). –¡La voy a leer! –dijo,  bajo su mirada escribidora,  único  testigo  silencioso  de aquella solemne promesa, alejándose raudo y con sofisticada cautela del resto de mis historias.

Y es así como él se fue, amable, educado, escueto, cumpliendo pulcramente aquel axioma,  pisando firme su perfecta línea paralela.

Y allí me quedé yo, sin haberle mencionado el nombre de mi blog,  sin su foto y sin su firma, infinitamente parada y lela.

Escrito por Rossana Sala, el 13 de marzo de 2012, en busca de una intersección ¡carajo!