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—Sin desmerecer al cura —me interrumpió el chofer—, acá donde me ves tengo cincuenta años y estuve preso veinticinco en el penal de Piedras Gordas.

Y me quedé en silencio.

—No tomes cualquier taxi de la calle  —me decían mis hijos—. Es peligroso.

“¿Veinticinco años preso?”

—Por si acaso no maté a nadie —agregó en su defensa el hombre.

Pero ya era tarde.

Metida en el zanjón camino a Miraflores, no había forma de decir “me bajo en la esquina”.

—¿De dónde viene tan apurada? —me había preguntado el conductor al subirme al auto a dos cuadras de la Plaza de Armas.

Le expliqué que acababa de dejar un cuento de mil palabras para el concurso de la revista Caretas. Que esa era la última fecha para entregarlo, por lo que había decidido hacerlo personalmente.

—¿Es usted escritora?

Le dije que no, que una simple aficionada.

El tráfico se puso muy intenso. Los autos empezaron a reducir la velocidad hasta detenerse, lo que le dio tiempo al chofer para voltear la cara y mirarme a los ojos.

Una cicatriz vertical recorría el lado derecho de su rostro hasta casi alcanzarle la frente. Su pelo negro y ensortijado parecía haberle crecido más copioso justo a lo largo de su profunda marca.

—Me llamo Pedro. ¿Por qué no me cuentas de qué se trata tu historia? —me tuteó arrogándose ese derecho quizás al descubrir que yo no era famosa—. Parece que tenemos para rato hasta llegar a Miraflores.

Y claro, cuando a mí me preguntan algo así, no paro de hablar y menos me detengo a imaginar la razón de esa herida en la cara, así que, con mi natural verborrea, empecé a decirle casi sin respirar, que la historia se trataba de una mujer muy atractiva, de vestido rojo y soltera que viajaba desde Madrid a Lima, que al llegar al aeropuerto de Barajas le había rezado a Dios para que se sentara a su lado un hombre bueno, gentil, inteligente y atractivo y que al parecer, exageró en su pedido, pues a su lado se sentó un sacerdote. (1)

—¿Un cura? ¡Bien hecho! —me dijo sonriendo al volver una vez más el rostro hacia atrás—. Eso les pasa a las mujeres por exigentes.

—Bueno, se trata solo de un cuento.

—¿Y qué más? ¿Se enamoró del curita?

—Resulta que la mujer, se preocupó al saber que iba a estar once horas al lado de un sacerdote y,  pensado que por eso terminaría confesándole sus pecados, decidió hacer ella las preguntas. El cura le dijo que estuvo a punto de morir en varias oportunidades y en cada una le ofrecía a Dios dedicarle su vida si lo salvaba pero nunca cumplió sus promesas. Le dijo que antes de unirse a la Orden, había sido policía, pero de los corruptos, que tomaba mucho licor y era mujeriego.

—Sin desmerecer al cura —me interrumpió el taxista—, acá donde me ves tengo cincuenta años y estuve preso veinticinco en el penal de Piedras Gordas.

—¿Veinticinco años preso?

—Pero no maté a nadie. En realidad mi condena fue por diez, pero el imbécil de mi abogado apeló y la ampliaron. Con tu perdón por la grosería.

Los autos del carril por el que transitábamos empezaron a moverse. La curiosidad venció mi miedo así que traté de averiguar qué es lo que había hecho ese hombre para recibir tremenda pena.

Me explicó que a él y a un grupo de amigos, los acusaron de terroristas. Habían estado en el levantamiento de Vilca en el que hubo varios muertos. Estando en la cárcel, algunos periodistas americanos lo entrevistaron y siempre terminaba apareciendo en los reportajes como un asesino. Nadie le creía. Al cumplir su condena, entre él y sus amigos se compraron un Hyundai para hacer taxi.

—¡Excelente! —le dije calculando cuánto faltaba para llegar a mi destino.

—Y, usted señorita, ¿me cree?

—¡Pero por supuesto! —respondí dejando aflorar mi instinto de supervivencia mientras notaba que la imagen de la Virgen de la Candelaria que colgaba del espejo retrovisor se balanceaba queriendo quizás advertirme algo.

—La verdad —continuó sin darle importancia a mi respuesta —, la plata no alcanza. Me gustaría publicar mi historia.

Finalmente, salimos del zanjón.

—Doble por favor a la izquierda —señalé la avenida Benavides.

—Como te decía, quiero publicar mi historia. Que la gente sepa qué paso en Vilca, porqué luchábamos y que mis amigos y yo somos inocentes y a pesar de eso estuvimos veinticinco años en la cárcel.

—Llegamos —señalé un edificio de vidrios de espejo dorado.

Levanté el pestillo antes de que se detuviera el auto.

—Un momento. No se baje todavía.

“¿Por qué ahora me trataba de usted?”

Los pestillos se cerraron.

Me miró otra vez.

La marca que le surcaba el rostro se volvió más profunda.

Sin importarle el tráfico, detuvo el auto.

“No tomes cualquier taxi de la calle”.

—No le interesa mi verdad, ¿acaso? ¡El motivo de nuestra lucha! Llámeme y nos reunimos para que la escriba. Seguro que será un gran libro y ganará más premios que con su historia esa del curita.

—Bueno —le dije al ver su celular sobre la consola—. Si me da su número nos comunicamos.

—Es que lo no sé —me dijo—. El teléfono es nuevo. Más bien si me dictas el tuyo yo lo marco en este momento y así me tienes grabado. No me has dicho tu nombre.

Y fue en ese instante cuando mi habilidad por contar cuentos tuvo un in crescendo emocional y mi sentido de la hipocresía se desarrolló en señal de auxilio.

—Es que yo tampoco sé mi número. Me prestaron este teléfono para ir al Centro.

—Apunta mi correo electrónico.

—Dime, dime —saqué la mano de la manija de la puerta para tomar nota y lo tuteé en son de confianza.

—Piedras gordas arroba gmail punto com. No le pongas punto entre piedras y gordas. ¿Y cómo te llamas?

Y al bajar del auto, de un solo portazo,  le puse punto a su historia y la mía.

(Sin desmerecer al taxista, por supuesto).

 

(1) Cuento ¿Te ayudo?….el cuento del Curita…

https://rodandoentrelineas.wordpress.com/2017/02/21/te-ayudo/

Rossana Sala.

 

 

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–Cuando ese negro mastín se te mete en el alma, echa el diente a tus sueños de juventud –me había dicho Morgan al momento de coger su petaca.

Morgan, acababa de regresar de la guerra. Volvió ileso. No tenía un solo rasguño, pero yo lo veía diferente. Lo sentía distinto. Había dejado de ser ese hermano grande y bonachón con quien yo disfrutaba sonreír y que me contaba tantas historias cuando paseábamos por el bosque cercano a la casa.

Esa noche fui a mi habitación más temprano que de costumbre recordando sus palabras. “El negro mastín se te mete en el alma”.

Necesitaba saber qué es lo que quería decirme. Tenía que recuperar a mi hermano.

Me puse pijama y salí de mi cuarto.

Sin hacer bulla, bajé las escaleras hasta llegar al dormitorio de mi abuelo.

Él era bastante sordo así que empujé la puerta sin golpearla antes.

Lo vi sentado en su mecedora con un libro en las manos. Interrumpió su lectura para mirarme sonriente e invitarme con una seña a sentar en la alfombra blanca y peluda que había a los pies de su cama.

–Tengo que contarte algo importante –le dije.

Mi abuelo prestó atención a cada una de mis palabras observándome con sus ojos grises y redondos, con ese cariño y paciencia que solo puede tenerle un abuelo a su nieto.

–¿El negro mastín? –me preguntó al final –. No te preocupes Chip. Ahora anda a dormir que yo lo arreglo.

Me puse de pie. Me acerqué a mi abuelo para que me dé en la frente el beso de las buenas noches y salí de su dormitorio patinando con mis zapatillas de dormir como me gustaba hacerlo.

–¡Te vas a caer! –lo oí decir al salir de su cuarto.

El abuelo me ayudaría con mi hermano.

Podía dormir tranquilo.

A la mañana siguiente era domingo, así que no era necesario levantarme temprano.

Después de remolonear un rato en la cama, bajé a desayunar.

Mamá me esperaba con el desayuno listo. Huevos revueltos, tocino frito y tostadas. Leche fresca fría y jugo de naranja. El verano era caluroso así que la naranja era ideal para empezar la mañana.

Pero Morgan no estaba en casa. Tampoco el abuelo.

–Salieron temprano –me explicó papá–. El abuelo se llevó a tu hermano y no quiso decirnos dónde.

Yo me senté a la mesa y tan rápido como pude terminé todo lo que me habían servido. Me hubiera gustado saborearlo con más calma y hasta comer un poco más de tocino, pero no tenía tiempo.

Subí a mi habitación.

Desde mi ventana los vería tan pronto llegaran a la casa. ¿Dónde se habrían ido? ¿Por qué el abuelo no me pidió que los acompañe? ¿Seguiría triste Morgan?

Y mientras pensaba y pensaba vi llegar a mi abuelo. Caminaba con mi hermano  bajo la sombra de los eucaliptos que crecían a lo largo de la entrada. A medida que se acercaban empecé a escuchar sus voces. Conversaban felices. Morgan reía como hace mucho tiempo no lo había hecho.

Llevaba algo en sus brazos.

–¡Ven para acá muchacho! ¡Conseguimos el mastín napolitano negro que me pediste para tu hermano!

 

 

Rossana Sala. Agosto 2017

 

 


La leona corría tras la cebra.

Sentados en un Land Rover, en plena sabana del Serengueti,  la vimos.

El árbol que la protegía del sol estaba a unos quince pasos del jeep desde donde la habíamos estado observando.

Cariñosa. Apacible. Maternal. De un dulce color caramelo. Segundos antes relamía la cabeza y la barriga de sus crías, cuando se detuvo para observar su presa.

Ponerse de pie.

Dejar todo atrás para ir por su objetivo.

Iniciar su asalto.

Transformarse en una fiera.

La leona alargó sus zancadas con ímpetu, dejando ver la perfección de sus movimientos, buscando lanzarse sobre el lomo de su víctima para luego matarla seccionándole la tráquea.

La cebra, distraída tal vez, había cometido un gran error: alejarse de su manada y convertirse en alimento fácil de otras bestias.

—Deben de tener tres meses de nacidos —nos había informado el guía al llegar a la zona y ver a dos pequeños leones disfrutar de las caricias de su madre y sentir la suavidad de su lengua recorrerles el cuerpo.

La misma lengua con la que más tarde, si tenía éxito, saborearía la carne y en especial la grasa de su presa.

—La leona está tranquila, no se preocupen. Recién almorzó —había añadido en inglés británico uno de los pasajeros del Land Rover. Por su tono pausado al hablar, daba la impresión de ser un experto en animales. Al subir al vehículo se había presentado, algo distante pero muy educado, como escritor de la revista sobre naturaleza “Lovely World” y claro, todos confiamos en sus conocimientos. Lucía tan culto y refinado el hombre, que solo le faltaba fumar pipa para parecer un “lord”. Entonces, me olvidé de la leona. Sentí el calor del verano. Espanté a los mosquitos que no dejaban de picarme la cara, el cuello, las manos y los tobillos, mientras observaba a lo lejos decenas de ñus avanzar por la llanura en interminables hileras para cruzar un río. Vi algunas jirafas comer hojas de acacias.

Éramos seis los ocupantes del vehículo. Además de Javier, mi esposo, (quien me había convencido para ir a relajarnos en un safari fotográfico),  del conductor tanzano y el inglés de revista, conformaban el grupo una pareja de japoneses cargados de lentes y manuales que leían a cada instante (para identificar la flora, fauna y gea) y que de vez en cuando sonreían silenciosos, quizás, al confirmar sus descubrimientos.  Y también estaba yo, María, una simple mujer que bordeaba los cincuenta años, que había dejado la blusa, falda y pantis de seda para usar camisas, pantalones y un sombrero alado de paño verde (cuyos tonos combinaban con la ropa, por supuesto) y que había estado dispuesta a reemplazar durante quince días los tacos de oficina para ponerse unos simples botines y recorrer Tanzania.

—¡Agáchense! —escuché al inglés de revista y no pude ver más, pues Javier me incrustó bajo el asiento del jeep (cosa que yo nunca había creído posible al estar algo subida de peso, pero que él había logrado hacer con una facilidad que todavía no entiendo).

—Qué espacioso el Land Rover. Los Defenders son muy cómodos. Es un 110 —me dijo.

Pero a mí, las ventajas del vehículo y peor aún de su modelo, en ese preciso instante, me importaban un bledo.

Yo necesitaba salir del estado de atoro corporal al que había llegado.

Quería ver, desenrollarme y sacar al menos un ojo entre las patas del asiento, las piernas de Javier y los costados del bendito Defender (que por supuesto no tenía puertas, ventanas ni techo, por lo que un simple toldo de lona gris, la fuerza de mi marido y cierta dosis de bondad del cielo, eran los que me protegían).

—¿Se podrá escapar? —me preocupé por la cebra —. Pobre animal —pensé mientras construía en mi cabeza una tragedia africana—, tan hermoso, con esas rayas elegantes y blancas, ahora galopa, suda y sufre por salvar su vida entre la grama, las espinas y las piedras.

—Las cebras son veloces. A veces pueden huir o incluso dar una patada mortal a sus agresores —oí decir al escritor de revista como si hubiera leído mis pensamientos.

Con el único ojo que tenía a mi disposición, clavé la mirada en la leona.

La vi correr en círculos furiosos tras la cebra.

Círculos furiosos que empezaron a acercarse a nuestra comodísima Land Rover y rodearnos para convertirnos en el epicentro de una persecución Serenguética.

La leona había dejado a sus crías, su dulzura, su sosiego, su tierno color caramelo y, con seguridad, hasta cambiado el olor de su cuerpo, para transformarse en una bestia hambrienta.

Y yo, María, de casi cincuenta años, había dejado, mis faldas, blusas, tacos aguja y pantis de seda para convertirme en un pionono bajo el asiento, acorralada por una leona hambrienta y una sabrosa cebra casi muerta.

—¿Y no era que recién había almorzado? —escuché al japonés reclamarle en un inglés apretado al escritor de revista quien por supuesto no dijo nada.

—¡Kusaidia!

El grito en suajili me hizo llegar a la conclusión que nuestro guía tanzano nos había dado una orden de alerta. (Después supe que se trataba de un pedido de auxilio).

Sin tener tiempo para opinar y gracias al jalón de brazo que me dio mi marido, sentí mi cuerpo desenrollarse, ágil y veloz como el de un serpiente, para quedar, tendida bajo el vehículo junto a todos los que lo habíamos ocupado.

“Qué alto el Land Rover” con seguridad habría querido decir Javier, palabras que no llegó a pronunciar gracias a mi mirada todavía vivípada.

No fue necesario que alguien diera la orden de silencio para que nos quedáramos callados y quietos.

El ritmo del galope de la cebra interrumpía por instantes el silencio del Serengueti.

Sin que seamos capaces de sentir ni su furia ni sus pasos, la leona arremetía en busca de comida para su manada.

—No mires —me dijo Javier al tomar con fuerza mi mano derecha. Hasta ahora no sé si fue el inglés quien apretó mi mano izquierda o si uno de los japoneses lo hizo, pero no importa.

Todos teníamos miedo y la escena debió ser terrible.

—¡Súbanse a la camioneta! ¡Rápido! —nos ordenó el guía.

Tomamos nuestros lugares otra vez, así como lo hizo la leona al regresar a jugar con sus crías, después de esconder entre los árboles los restos de la cebra. Así como lo hice yo, al volver días después a mi oficina, con falda y tacos aguja, para escribir esta historia y continuar mi vida.  ¿Y Javier? Pues Javier recorre la ciudad en su Kia.

 

Rossana Sala 14 de julio de 2017


En el peor momento de mi vida, yo corría.

Corría por la vida como un pollo solitario sin cabeza que no sabe a dónde ir. Que no quiere luchar, ser feliz, amar y menos aún tener puesta la cabeza una vez más.

—¡Qué alivio! ¡Es un sueño! —pensé al recordar que debía haberme quedado dormida frente a la laguna de aguas turquesas donde disfrutaba muchas tardes bajo el sol y sentía el aire fresco del otoño.

Y sin embargo, no fui capaz de abrir los ojos.

De ver.

Con mucho esfuerzo, me puse de pie.

“¿Seguiría soñando?”

Di vueltas sin sentido hasta topar con algo que me pareció un árbol.

Caí.

Tirada en la grama pensé:

“Ahora sí. Podré levantarme”.

Pero me fue imposible.

Me di cuenta entonces que de haber sido un pollo sin cabeza, ésta vez no la dejaría ir. Correría tras ella llevando mi corazón, hasta encontrarla, quizás por instinto, por su olor. Después de todo, era parte de mi cuerpo, de mi vida, y allí estaban mis ojos, mi cerebro, mis oidos y necesitaba tenerlos conmigo. Ser yo una vez más.

Por tercera vez hice el intento.

No podía fallar.

Con mis manos acaricié la tersura de la grama todavía húmeda por la lluvia de la noche anterior. Moví los dedos. Sentí el aroma de los eucaliptos que crecían en el lugar.

“¿Cuántos años tendrían?”

Recordé cómo era el valle durante mi infancia. En ese entonces, los árboles empezaban a crecer.

Me vino a la mente la imagen de mi madre, con sus ojos grises que solo podian transmitir ternura, contándome que fue su papá quien hizo traer los eucaliptos de Australia.

—Cuando seas grande —me dijo mi abuelo una tarde—, podrás echarte bajo la sombra de éstos àrboles. Serán viejos, inmensos, frondosos. Yo ya no estaré aquí, pero tú sí.

—¿Y llegarán sus ramas hasta el cielo? —le pregunté.

—Seguro que lo harán —me respondió inclinándose con esfuerzo para besar mi frente.

—Entonces, desde el cielo, podrás tocar las hojas más altas y yo desde sus raíces llegaré a ti —le dije.

Y tirada en la grama, volví a sentir las raíces del eucalipto contra el cual me había golpeado.

Y abrí los ojos.

Y descubrí que yo no era un simple pollo sin cabeza.

Fui yo una vez más y pude sonreír.

En el peor momento de mi vida, mi vida estaba allí.

 

Rossana Sala
10 de junio de 2017


Sentada en su mecedora, Lucinda, mi abuela de pelo azul, miraba el atardecer.

Silenciosa, melancólica, vestida de amarillo, no bajaba la mirada para evitar perderse un solo detalle de las tonalidades del cielo.

Anaranjado, rojo, violeta, los colores se mezclaban poniéndose cada vez más oscuros, pero no por eso más tristes, señalando que era hora de entrar a casa, encender la chimenea, cenar con la familia y dormir.

Camila, Martín y yo, Óscar, el más pequeño de los nietos, la veíamos cada tarde así, sentada en su mecedora, moviéndose hacia adelante y atrás, mientras escuchábamos el crujir de su silla, como el tic tac de un reloj invisible que marcaba el tiempo.

Cric crac, cric crac, tic tac…

—¿Qué le pasa a la abuela? —le pregunté un día a mamá.

—¿Te acuerdas del periquito amarillo? ¿Ese que cantaba y paseaba en su hombro? —me dijo.

Y claro que lo recordaba. Por mucho tiempo, lo había visto acompañar a la abuela. El periquito no pronunciaba ni una palabra, pero a través de ella nos contaba cuentos.

—¡Atención! ¡Atención! ¡Silencio! —anunciaba la abuela Lucinda—. Acá Balo, mi perico parlanchín, les quiere contar una historia.

Entonces, la abuela sonreía como una niña traviesa e inventaba un cuento de focas o alguno de lobos, de gatos, de perros, todos amigos de Balo el parlanchín, por supuesto.

Bajo el sol a los pies de su mecedora, bajo la luna alrededor de la fogata calentando marshmallows, Lucinda, nuestra abuela de pelo azul, disfrutaba quizás más que nosotros al  inventar cuentos.

Pero una mañana, cuando la abuela se acercó a la jaula de Balos para darle un trozo de manzana, descubrió que su animalito había desaparecido y con él, las historias de gatos y de perros.

—Es por eso que la abuela se sienta cada tarde en la terraza a esperarlo mirando el cielo —me explicó mamá.

Mis hermanos y yo decidimos hacer algo. Después de todo nos sentíamos grandes. Camila tenía doce años; Martín diez y yo, acababa de cumplir ocho. Y, además de querer ver feliz a la abuela, nos divertía mucho escucharla.

Un sábado, mis hermanos y yo, le dijimos a mamá que saldríamos a pasar la tarde al campo. Le confesamos nuestro plan de regresar a casa con una sorpresa para la abuela.

Nuestra idea era atrapar un periquito amarillo y entregárselo.

Ella se pondría feliz y otra vez contaría cuentos.

Nos despedimos de la abuela Lucinda y, como siempre, ella se quedó sentada en su mecedora cric crac, cric crac, tic tac, mirando el cielo.

Estuvimos varias horas metidos entre arbustos, corriendo y saltando alrededor del lago. Hicimos trampas con pitas y cajas. Usamos migajas de pan como señuelo.

Pusimos todo nuestro empeño.

Más de siete veces estuvimos a punto de atrapar algún periquito silvestre. La verdad que al tercer intento dejó de ser importante el color que tuviera el pájaro. Tampoco nos interesaba más su especie.

—Basta que sea un ave —decidió Camila.

Pero fue imposible.

Todas eran más rápidas que nosotros y además volaban.

Agotados, mis hermanos y yo, nos sentamos sobre una inmensa roca frente al lago.

Nos consolamos en silencio.

Y así, sin decir palabra y con las manos vacías, nos paramos para regresar a casa.

Estábamos tan tristes que avanzamos mirando el suelo.

Recuerdo el grito de mi hermana.

—¡Miren esa tortuga! ¡Es inmensa! —nos dijo señalándonos un animalito de unos quince centímetros de largo. La verdad que a mí no me pareció tan grande, pero su tamaño le permitía dejarse ver entre las hierbas.

Y Martín nos dijo:

—¡Listo! ¡Esa sí que no se nos escapa! Se la llevaremos a la abuela.

Y eso hicimos.

Por turnos, cargamos a la tortuga hasta llegar a casa. Se veía vieja. Quizás tanto como la abuela.

Su caparazón gris, medio azulado, y sus patas ásperas y gruesas tenían algo de barro.

Llegamos.

Al entrar al jardín escuchamos la silla.

Cric crac, cric crac, tic tac…

La abuela dejó de buscar en el cielo.

Camila se le acercó, le dio un beso en la frente y puso a la tortuga en su regazo.

Mi abuela de pelo azul, miró al animalito y sonrió.

—Bienvenida a casa “Pasolento” —le dijo al bautizarla mientras le hacía cariño limpiándole las patitas y el caparazón.

La levantó para acercársela al oído y dijo:

—¡Ay, esta tortuga! ¡Esta tortuga, es muda! Pero no se preocupen —nos tranquilizó al esbozar su sonrisa de niña traviesa, de esas que pensábamos que nunca más nos regalaría—.  ¡Tengo una idea!

Y los cuatro entramos a la casa y luego vino mamá y acompañados de Pasolento, nos sentamos frente a la chimenea a escuchar a nuestra abuela de pelo azul narrarnos la historia de Balo, el periquito que contaba cuentos.

—Cric crac, cric crac, tic tac…—me pareció oír decir a Pasolento.

 

Rossana Sala

27 de mayo de 2017


–¡Ven! ¡Acércate! ¡Te leeré la palma de la mano! –me dijo la gitana de vestido rojo.

Como cada tarde, paseaba por el parque con Teresa, mi hija de ocho años.

–¡Ven! –me insistió una vez más la mujer. Su pelo largo y negro, recogido con un brillante lazo del mismo color que el traje, le hacía destacar la blancura de la piel.

La gitana se acercó a nosotras de tal forma, que nos obligó a apoyarnos en el muro de una casa que daba directo a la angosta vereda por la que caminábamos.

Y allí estábamos Teresa y yo, rodeadas de sedas y tules, verdes, amarillos, granates y turquesas, que cubrían los cuerpos de unas siete mujeres, pero sus miradas no.

De pronto, sucedió lo inevitable: los ojos verdes de la mujer se clavaron en los míos marrones y en ese momento llorosos.

Quedé dominada.

“¡Mi hija!” pensé saliendo por un instante del hechizo al sentir que mi pequeña se abrazaba con fuerza de una de mis piernas.

–¡Muéstrame la palma de la mano izquierda! –me ordenó la mujer de sedas rojas–. ¡Te diré tu futuro!

Yo no le respondí nada y no es que no quisiera haberlo hecho, sino que no fui capaz de ello.

–La fuerza de las olas del mar jamás te dejará libre –me dijo la gitana al tomar mi mano con suavidad y observar sus líneas–. Las invito a que me acompañen a mi mansión mágica.

—Las olas del mar. Las olas del mar… —repetían las mujeres en un suave tono que me hacía sentir parte de ellas.

–¡Magia! ¡Magia! –oí decir a Teresa.

–¡Es pura magia! –recalcó la gitana–. ¡Las llevaré a nuestra mansión donde serán felices para siempre!

—Las olas del mar. Las olas del mar…

–¡Mi anillo! ¡Devuélvamelo! —le reclamé a la mujer de rojo que seguía clavándome sus ojos verdes y malditos.

–Solo es magia –dijo susurrándome al oído mientras frotaba muy despacio y haciendo pequeños círculos las yemas de sus dedos índice y pulgar y me explicaba que allí estaba mi anillo de oro, convertido ahora en retazos de paja.

–Al llegar a nuestra mansión tendrás otra vez tu anillo en la mano –agregó la gitana de turquesa.

“¿Cómo habían conseguido quitármelo? Si las acompañaba a su mansión ¿podría recuperar mi anillo de matrimonio? ¿Tendrían acaso una mansión? ¿Debía aceptarle esos retazos de paja?”

Con detenimiento observé las manos de la gitana de rojo. No dejaba de frotar en círculos sus dedos huesudos, secos y arrugados.

Quedé perdida una vez más, pero esta vez era el movimiento parejo y rítmico de sus dedos el que me dominaba.

–¡Vámonos, mami! ¡Tengo miedo!

La voz nerviosa de Teresa me sacó del estado de abstracción al que me habían llevado esas mujeres que cada vez se nos acercaban más, invadiendo nuestro espacio, robándonos el aire y hasta la posibilidad de salir de ese torbellino.

Sentí a mi hija al abrazarse de una de mis piernas. Era tan chiquita.

–Es solo magia. Es solo magia. La fuerza de las olas… –repetían las gitanas a coro haciendo un círculo a nuestro alrededor.

–Vengan a nuestra mansión.  Allí encontrarán el anillo –dijo la gitana de rojo.

¿Y mi cartera?

Sí. Allí estaba. Todavía la tenía colgada del hombro.

El color anaranjado de mi bolso se dejaba ver entre los tules y sedas que por instantes habían llegado a envolvernos.

–¡No les creo! ¡Devuélvame mi anillo ahora! –reclamé levantando la voz–. ¡Policía!

Y la mujer se frotó las yemas de los dedos haciendo círculos constantes y se me acercó al oído una vez más para susurrarme “tranquila, mujer, tranquila” y de un momento a otro, sin que yo pudiera entender cómo, aquel retazo de paja, volvió a ser mi anillo.

–¡No puedo respirar, mami!

–¡Policía! ¡Auxilio! –grité con toda mi fuerza al sentir la angustia de mi hija y, de pronto, en medio de aquel laberinto, vi abrirse la puerta que había en el muro de la casa al que en algún momento las gitanas nos habían obligado a apoyarnos.

–¡Vengan! ¡Vengan! –nos invitó a pasar el hombre que se asomó por ella.

La sonrisa tierna del sujeto, me hizo sentir confianza en él. Su cara llena de pequeñas arrugas y el pelo abundante y blanco, hacían ver que se trataba de una persona bastante mayor.

“De alguna forma habrá escuchado mis gritos” –pensé.

A esa hora de la mañana, el parque estaba casi vacío, así que, irónicamente, nuestra única salida era entrar por esa puerta.

Tomé aire con fuerza.

Traté de arrancharle mi anillo a la gitana.

Ella cerró el puño impidiéndome recuperar mi joya.

En ese momento, levanté a mi hija, la protegí entre mis brazos y al hacerlo, dejé caer mi bolso.

No me importó.

Tenía que hacerme paso entre esas mujeres y alcanzar la puerta.

–¡Entren! ¡Entren! –nos dijo el hombre al cerrarla de golpe detrás mío y de mi hija–. Bienvenidas.

Teresa y yo, seguimos a nuestro salvador en silencio. Atravesamos el largo jardín trasero que llevaba a la sala.

Nos invitó a entrar.

La casa era inmensa. Parecía un castillo de techos altos y plateados. Los pisos estaban cubiertos con tantas alfombras persas que casi no se alcanzaba a ver el mármol que protegían. Los sillones estaban cubiertos por mantos y cojines amarillos y azules con incrustaciones brillantes. Antiguos jarrones y candelabros de plata la hacían ver aún más lujosa. Lámparas colgantes celestes decoraban el techo.

–¡Mamá! –dijo Teresa–. ¡Tu cartera está en la mesa!

Y fue en ese momento cuando sentí entre mis dedos el anillo. ¡No podía ser cierto! ¡Lo tenía puesto!

El ruido de un golpeteo constante llamó mi atención. Venía acompañado de una brisa fría y salada que se colaba por alguna puerta o ventana y que sentía en mi rostro.

Busqué con la mirada y me encontré con la mampara de la parte delantera de la casa.

–¡Qué lindo! –dijo Teresa–. ¡Es el mar!

Una tras otra, la fuerza de las olas azotaba la arena, arrastrándola.

–¡Bienvenidas a nuestra mansión! –nos dijo la gitana de rojo.

 

 

Rossana Sala

Mayo 2017

AL LUGAR DONDE FUISTE FELIZ

Posted: 3 May, 2017 in 2017

Llegaba tarde al almuerzo.

Elena manejaba apurada tratando de recordar la última vez que había estado en ese pueblito a orillas del mar. “Han pasado más de veinte años”, se dijo.  Sus hijos, en ese entonces todavía pequeños, jugaban en la arena. Ella y Daniel, su esposo, almorzaban en una mesita del restaurante al que solían ir. ¿Seguiría siendo tan sencillo el sitio? Precisamente era eso lo que adoraba. La tranquilidad. El tomar las manos de Daniel, ver a sus hijos contentos y soñar. Inventar proyectos y viajes.

¡Cuántos veranos habían disfrutado juntos en ese balneario!

“¿Cómo estará ahora?”, quiso imaginarse mientras le venía a la mente la canción de Joaquín Sabina que dice que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”.

Y allí estaba Elena, intentando regresar al lugar donde había sido feliz.

La ruta que bordeaba el acantilado, plagada de curvas, cuestas y bajadas, la hacía pensar en su vida.

¿Por qué Daniel le había dicho para reunirse en ese restaurante?

Él sabía que para ella, después de tantos años y recuerdos, le sería muy difícil ir.

Él sabía que desde hace unos meses ella andaba viviendo triste.

Desde una camioneta negra le tocaron la bocina para que acelere la marcha.

Lo hizo.

El camino de un solo carril de ida y vuelta, seguía estrecho como tantos años atrás.

Su hija menor se había ido del país para empezar los estudios universitarios; el mayor la pasaba bien en su nueva vida de casado y, la del medio, viajaba por el mundo buscando encontrarse con ella misma mientras hacía algún trabajo relajado que la ayudaba a vivir. “Se divertían tanto en la arena”. En esa arena que Elena estaba a punto de ver otra vez, en la que construyeron castillos y dibujaron sirenas, frente a las olas en las que chapoteaban y se zambullían sin tenerle miedo a nada.

Y ahora, ahora era ella quien tenía miedo de volver.

¿Por qué Daniel le había pedido algo así?

Se acercaba una pendiente. La montaña, plagada de curvas zigzagueantes y de árboles oscuros y viejos que anunciaba que estaban a punto de llegar a la playa, seguía tan imponente como siempre. “La montaña loca”, así la llamaban sus hijos. Recordaba bien ese camino. En otra época su auto sufría en ese trecho. Ahora, era fácil treparlo en su camioneta.

¿Cómo les estaría yendo realmente a sus hijos?

Llegó a la cima.

El mirador hecho de troncos, continuaba allí.

Llegaría tarde a la reunión con su marido pero no le importó.

“¡Estaciónate acá! ¡Vamos a ver el mar desde arriba!” le hubieran pedido sus hijos. Ella les hubiera hecho caso para sentarse los cuatro en la banca y ponerse a contar los veleros que atravesaban el océano participando en alguna regata.

Elena detuvo la camioneta, se bajó y se apoyó en un árbol para observar.

El mar azul. El cielo sin nubes. A lo lejos, debía estar el restaurante. Sí. Allí estaría Daniel tomando una copa de vino blanco, esperándola.

Ella no debía demorar más. Seguro que él se preocuparía. En esa zona, la comunicación telefónica era complicada, pero Elena no tenía muchas ganas de advertirle sobre su tardanza.

Le molestaba tener que ir.

“Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, recordó una vez más.

“¿Sería cierto?”

Entró a la camioneta.

Cuánto más se acercaba al balneario, más tristeza sentía.

“Quizás Daniel me tenga alguna sorpresa”, trató de animarse. Al principio de su matrimonio, Daniel siempre le tenía alguna. Cenas a la luz de las velas. Chocolates escondidos bajo su almohada. Aquella tarde en que le regaló un cachorrito, un cocker spaniel color caramelo al que los niños bautizaron Gaspar.

¿Y si la esperaban también sus hijos? Llevaba tanto tiempo sin verlos.

Siguió su camino, ya de bajada y con una sonrisa.

Un auto, detenido a la mitad de la vía, interrumpió su paso.

—¡Vaya por la derecha! —le gritó el conductor—. ¡Siga la trocha que la llevará hasta el pueblo!

Elena siguió las instrucciones.

Adelantó unos doscientos metros cuando se encontró con un camión que venía de subida.

El chofer, un hombre de cara redonda y seria, la miró y eso fue suficiente para que Elena empezara a retroceder dándole paso así al inmenso camión cargado de sacos de cemento.

De pronto la camioneta de Elena se detuvo.

Algo le impedía avanzar.

Parecía haberse atascado con una piedra.  Debía de ser bastante grande.

“¿Cómo no la vi?” pensó al retroceder.

Y fue entonces cuando ocurrió lo que Elena nunca había esperado (o quizás sí).

De un momento a otro ella estaba allí: atrapada en la camioneta.

La mitad del vehículo flotaba sobre el abismo y la otra, se aferraba a algo que debía ser la roca.

El hombre de cara redonda la miró de lejos bajándose de inmediato de su camión y llevando una soga en las manos. Se acercó a la camioneta tanto como pudo, allí justo al lado de lo único que unía a Elena con la tierra: la roca.

—¡Baje el vidrio!  —le hizo una seña clavándole la mirada como si al hacerlo pudiera alcanzar las manos de la mujer.

Elena bajó la ventana con cuidado.

Luego de tres intentos fallidos, un extremo de la soga llegó a sus manos.

—¡Apúrese señora! —le gritó el hombre poniéndose cada vez más rojo-. ¡La camioneta está balanceándose!

Elena miró al hombre en silencio.

“Al lugar donde has sido feliz…”

¿Quería acaso agarrar la cuerda?

En ese instante el teléfono de Elena, timbró.

 

 

Rossana Sala.

Lima, 29 de abril de 2017

 

(EL TÍTULO ESTÁ AL FINAL DEL CUENTO)

Posted: 29 March, 2017 in 2017

—¡Mira! —le dije a mi abuelo una noche señalándole a lo alto el cielo.

—¿Qué pasa Pascal? —me preguntó quitándose su gran sombrero de copa, para no perderse un solo detalle.

Él me conocía bien. Sabía de mis inventos; que me gustaba imaginarme y dibujar  muchas cosas que pocos niños a mi edad podían y, lo mejor de todo, siempre me acompañaba feliz en mis aventuras.

—Es el tren sobre las nubes —le dije—. ¡Parece que quiere atrapar a la Luna!

—¿Y qué esperas? —me respondió—. ¡Vamos!

Esa vez fue el abuelo quien me tomó por sorpresa.

Al observar las nubes, yo podía ver aviones, cometas, trenes voladores, hasta allí llegaban mis ideas, bueno, quizás un poco más lejos,  pero ¿ir con mi abuelo a la Luna?

—Es tarde. Mamá nos espera en la casa y ya sabes lo estricta que es —le dije señalándole el camino de regreso.

Y de pronto, lo vi volar.

—¡Agárrame! —me pidió —¡Ven conmigo!

Entonces, me sujeté duro de una de sus piernas para tratar de detenerlo pero no pude y así, fue así como empezó nuestra travesía.

Cruzamos los árboles del parque. Él gritaba feliz ¡Viva la vida! ¡Viva la vida! y yo le apretaba la pierna con todas mis fuerzas y con la esperanza de no quitarle los pantalones y el zapato y caer de golpe al suelo. Y lo escuchaba decir ¡llévame, llévame a los cielos! ¡Vamos Pascal que el tren nos espera!

Me asusté todavía más cuando miré hacia abajo y me di cuenta de que las bancas del parque, los árboles,  la laguna, todo se hacía cada vez más chiquito.

Cerré bien los ojos con la esperanza que al hacerlo pudiera salir de esa aventura.

—Es un sueño —pensé—. Es solo un sueño. ¡Pero que tonto he sido! ¡Tengo nueve años y a mi edad uno tiene esa clase de ideas!

Y fue justo en ese momento cuando mi cuerpo, todavía bien pegado a la pierna de mi abuelo, empezó a dar vueltas.

Quedé atrapado en un remolino.

—¡No es un sueño, es una pesadilla! —pensé, pero la voz de mi abuelo seguía acompañándome  y gracias a Dios su zapato también.

—¡Ya llegamos! —le oí decir.

De un momento a otro, todo se detuvo.

Y allí estábamos sentados.

Él conducía la locomotora con su sombrero de copa bien puesto.

Yo, todavía mareado, sacaba la cabeza por la ventana para no perderme de nada.

Surcábamos las nubes y, tal como mi abuelo había dicho, nos dirigíamos a la Luna.

—¡Yuhuuu! ¡La Luna! ¡Allá vamos! —exclamó mostrándome sus dientes delanteros  blancos e inmensos que lo hacían ver aún más alegre de lo que ya era.

—¡Abuelo Conejo! ¡Abuelo Conejo! —lo llamé como mis primos y yo siempre le decíamos.

—¡Allá vamos! —gritó haciendo silbar al tren.

Me di cuenta una vez más que, efectivamente, todo tenía que tratarse de un sueño y que debía salir de él antes de llegar a la Luna.

—Abuelo Conejo —le dije poniendo esa vocecita que usaba al pedirle un chocolate o un caramelo—, mamá nos espera en la casa.

Pero mi abuelo siguió su camino.

—Abuelito lindo —le supliqué usando mi mirada de niño sufrido— ¿podemos por favor regresar?

—Mira pequeñito —me dijo enseñándome de nuevo sus largos dientes delanteros —¿acaso no viste lo que llevamos en los vagones de carga?
De un momento a otro, el abuelo viró el timón de la locomotora para hacerle dar una vuelta al tren y que yo pudiera descubrir qué es lo que cargábamos:

Miles y miles de huevos de pascua dorados, verdes, plateados, azules, todos brillantes, enormes, llenaban los vagones. Algunos tenían forma de mariposas, otros de elefantes, de liebres, palomas,  árboles, corazones…

—¡Los dejaremos caer para que los encuentren los niños en el parque! —me dijo entusiasmado— ¡Prepárate para dar muchas vueltas!

Y otra vez el remolino.

Y otra vez la pierna de mi abuelo.

Y su zapato grande y fuerte.

Y su alboroto.

Y su sonrisa.

Y sus dientes delanteros blancos e inmensos.

Y fuimos bajando hasta llegar al parque.

—Mira —me dijo señalándome el cielo—, el tren sobre las nubes. Parece que quiere atrapar a la Luna. ¿Me acompañas?

—No gracias abuelito, esta noche prefiero buscar huevos de Pascua en el parque. ¿Me puedes ayudar a encontrarlos? ¿Tú te encargas de la linterna?

 

Entonces, deslumbrado por la iluminación de la Luna, luego de observar los amplios jardines del palacio, Pascal Le-brochas, gran pintor de ilusiones, estremecido, decidió dar la primera pincelada de su brillante proyecto que él titulaba:

EL JARDÍN DE MI ABUELO CONEJO”

 

 

Rossana Sala   25 de marzo de 2017


Abro los ojos.  Estoy echado en la grama. El agua de un riachuelo corre a mi lado. Algunos zancudos intentan picarme sin éxito.

¿Será el olor de mi cuerpo el que los espanta?

Transpiro.

Una semilla blanca y redonda flota sobre la hierba.

Parece un copo de algodón.

¿Me escribirá Lucía?

“Si la semilla llega a ti, significa que recibirás una carta de la persona que te ama”. Eso decía mi abuela cuando yo era niño. Y por eso estoy aquí.

El sol quema mi cara y mis brazos mientras unas gotas de sudor resbalan por mis sienes.

Las palmas de mis manos están húmedas.

Escucho un ruido de motores.

El copo de algodón se aleja.

¿Y Lucía?

Un helicóptero sobrevuela las montañas. Lleva algo amarrado a unas cuerdas. Al parecer es una camilla. ¿A dónde irá? ¿Habrá ocurrido un accidente?

Me gusta el cielo tan azul. Ni una sola nube me protege del calor y sin embargo, es raro, una especie de frío recorre mi cuerpo. Siento ráfagas heladas.

Una lagartija. Su color turquesa llama mi atención. Es pequeña y parece estar cargada de energía. Me observa por unos segundos y se va.

¿Qué habrá sido de Lucía? ¡Maldita seas Lucía! ¿Por qué te fuiste?

Una vez más. Es el helicóptero. Reconozco su ruido. Lo busco con la mirada. Quiero estar seguro si tiene una camilla. Sí. Allí está. Cuelga. ¿Llevará a alguien? No me imagino qué sería estar allí, volando atado encima de las montañas. ¿Qué habrá pasado?

“¡Tráiganlo!”

Una voz a lo lejos.

¿Pero quién es? ¿A quién deben traer?

“Muévanlo con cuidado.”

¿Qué pasa?

Cierro los ojos. Estoy cansado. Necesito dormir un poco más.

Algo se interpone entre mi cuerpo y el sol.

Una brisa helada invade el lugar.

¿Serán nubes?  Aunque tengo curiosidad me da flojera abrir los ojos, pero debo encontrar esa semilla.

¿Por qué no traje otra chaqueta?

Trato de pararme. Una fuerza extraña me lo impide.

No oigo más el correr de las aguas del riachuelo. Me daba tanta tranquilidad.

¡Debo saber qué pasa!

La  semilla blanca flota sobre la hierba.

“Si la semilla llega a ti, significa que recibirás una carta de la persona que te ama.”

Una corriente de viento cargada de polvo raspa mi cara y me obliga a cerrar los ojos. No quiero perderla. ¿Se la llevará la fuerza del aire? ¿Recibiré la carta? Lucía…

“Con cuidado que está herido.”

¿Quién habla?

“Con él son doce las víctimas del accidente.”

“¿Está muy mal?”

Trato de ver a mi alrededor  Es la semilla…otra vez.

“Amárrenlo en la camilla. En cinco minutos llega el siguiente helicóptero. Que le vayan limpiando la sangre de la cara.”

¿Eres tú, Lucía?

Un copo de algodón acaricia mi rostro.

 

 

Rossana Sala

Chile, febrero/Lima, marzo. 2017


–¡Indalecio! ¡Cuidémonos! ¡Un puma merodea la casa! ¿Lo sientes?

Escucho decir desde mi habitación a mi abuela.

“¿Un puma?”, pienso preocupada.

Son las siete de la noche. Estoy por dormir.

Bueno. Por tratar de dormir.

Vine a visitar a mis abuelos al campo, pero nadie me advirtió de los pumas.  Y menos que estuvieran por allí, rondando las casas.

Indalecio, mi abuelo, sabe cómo cuidarnos. Pero está viejo. Muy viejo.

“¿Y cómo será encontrarse con uno de esos animales?”, pienso con la luz de mi cuarto apagada. Los había visto en el zoológico, pero nunca libres.

Decido hacer algo, después de todo ya no tengo sueño y nada gano quedándome en la cama con la idea de que el puma está esperando que alguien abra la puerta y nos ataque.

La ventana es una buena opción para empezar mi búsqueda. Estoy en el primer piso de la casa así que, si salgo con cuidado, nadie se dará cuenta de mis planes. Además, acabo de cumplir doce años. Ya soy grande para esto.

Me pongo una chaqueta. Tomo la linterna de mi mesa de noche. Papá me la regaló unos días atrás para que la traiga a la casa de los abuelos. Él sabe que acá la electricidad falla. Decido llevar también mi gorro de lana. Debe hacer mucho frío allá afuera. La casa de mis abuelos queda en la sierra. A trece horas en tren desde Lima. Junto al río Mantaro. Algunos meses del año, como ahora, se pueden sentir las aguas arrastrar las piedras con tanta fuerza que parece que van a meterse a mi cuarto. Más de una vez me he imaginado despertar flotando en la cama, como si fuera una canoa,  navegando por el río.

Abro la ventana.

La brisa helada me congela la cara.

Las aguas se escuchan con más fuerza.

–Es la furia del río –me hubiera dicho mi abuela–. Ni te le acerques, niña.

Pero ya es tarde cuando me acuerdo de sus palabras. En realidad, igual no le hubiera hecho caso. Sí, ya sé que está mal, pero quiero encontrar a ese puma. Necesito salvar a mis abuelos.

La casa está rodeada de eucaliptos. Son muy altos y viejos y dejan caer miles de hojas que suenan cuando las piso. Es imposible no hacer bulla. Como ha llovido, la humedad amortigua en algo mis pasos. Siento que mis zapatillas se llenan de barro, pero no me importa. La luz de mi linterna me ayuda a ver el camino. No me gustaría encontrarme con algún bicho raro.

Hay un ruido detrás de mí.

Mejor no me muevo.

Un ratito más.

Volteo despacio, pero solo la cara.

¿Será el puma?

No. Parece que no hay nada.

¡Qué alivio!

Me doy cuenta de que me he alejado mucho de la casa. Con las justas veo la luz del farol que alumbra la puerta.

Ya no está.

¿Se habrá apagado?

Y ahora, ¿qué hago?

Un brillo entre los árboles me asusta, pero debo seguir caminando.

Mis dedos se entumecen. Creo que no me abrigué lo suficiente. Guantes. Mamá siempre me dice “ponte guantes” y por apurada salí sin ellos.

Las aguas del río se escuchan cada vez menos.

La vieja iglesia abandonada del lugar, interrumpe mi camino en busca del puma. Bueno, en realidad, en este momento atraparlo ya no es tan importante para mí.

¿Acaso iba a poder hacerlo?

¿Cómo se me ocurrió salir de la casa?

Mi cara está congelada y mis manos tiesas.

Me apoyo a una de las paredes de barro de la iglesia, pero antes uso la linterna para alumbrar a dónde sentarme. No quiero estar cerca de culebras, arañas, escorpiones… Me da miedo este sitio. Está lleno de tumbas. Acá enterraban a los sacerdotes. Cuántas veces vine con mis papis, pero siempre de día.

Mejor me quedo aunque no me guste.

Miro las estrellas. Quizás me distraigan.  Miles y miles de estrellas.  Brillan tan lindo. Si me fijo bien quizás encuentre una fugaz. Hasta ahora nunca vi una. Solo en la tele. En Lima el cielo no es así.

No es suficiente.

Por más que trato de distraerme estoy intranquila.

Mejor regreso.

Me paro. ¡Qué caliente está la linterna!  ¿Cuánto rato más le durarán las baterías? Debo encontrar la casa rápido. Quizás el ruido de las aguas del río me ayude. Y pensar que me daba miedo y ahora es eso lo que puede salvarme.

No debí salir de mi cuarto.

¿En qué estaba pensando?

Allí.  Por fin lo escucho. Es el río. La casa debe estar cerca.

¿Se habrán dado cuenta mis abuelos de que me fui?

El golpeteo de las rocas me avisa que estoy llegando.

Una luz. Por fin.

Debe ser el farol de la puerta.

Mejor corro.

Mi ventana.

Me acerco a la de mi cuarto. Trato de abrirla. De afuera no se puede. No hay forma.

Le doy un par de vueltas a la casa en busca de otras ventanas.

Las hojas de eucalipto vuelven a escucharse con cada uno de mis pasos. Creo que ahora crujen más fuere. Me preocupo al pensar que voy a despertar a mis abuelos.

Están cerradas.

No tengo alternativa.

Me acerco a la puerta principal con cuidado para tratar de abrirla.

Ojalá no me descubran.

–¡Indalecio! –escucho decir a mi abuela–. ¡Cuidémonos! ¡Un puma merodea la casa! ¿Lo sientes?

 

Rossana Sala

11 de marzo de 2017

LAS CAMPANADAS

Posted: 9 March, 2017 in 2017
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—No se sorprenda si el tren llega vacío —me advirtió el alcalde.

Unos días atrás, en mi visita al Valle del Suc, lo había conocido. Sentado en la plaza mayor, Patricio Huertas, el alcalde del pueblo, se acercó a conversar conmigo.

Yo le dije que estaba de paseo. Que había leído historias interesantes del lugar y que por eso visitaba el valle.

Pero mi respuesta era mentira.

Él me invitó a que ese domingo lo acompañara a ver llegar al tren. Y es por eso que estaba allí, sentado en la banca de la antigua estación, esperando que el tren hiciera lo suyo.

Tantas cosas se había dicho del Suc, pero la que más había llamado mi atención, fue aquella que hablaba de las campanadas. Y es que cada lunes —decían las noticias—, no se escuchaba a los pájaros cantar ni el cacareo de los gallos existía.

No.

Cada lunes en el pueblo, era el tintineo de las campanas el que despertaba a la gente y, sin embargo, las campanas no se veían, pero su compás era alegre, rítmico, constante. Su canto parecía salir de la plaza central, de alguna parte, y es por eso que hasta allí llegaba cada uno de los habitantes del valle.

“Están hipnotizados”, leí en algún diario.

La vida les había cambiado.

—Sucedió de un día a otro —me explicó el alcalde Huertas, con los ojos redondos y brillantes, sacando una vieja pipa de su bolsillo y encendiéndola para continuar la charla.

“¿Qué tenía que ver él en todo eso?” me pregunté, mientras lo veía expulsar de la boca un humo azul con intenso aroma avinagrado.

—En un principio —continuó el alcalde—, el valle era sorprendente. Lleno de vida. Todos vivíamos felices. Los turistas nos visitaban más por  la alegría de los habitantes que por la belleza del lugar. Era como si quisieran llegar para aprender a reír. Pero poco a poco, al parecer sin razón alguna, la chispa, se fue apagando. Yo, como alcalde, me preocupé al notar eso.

—¿Y cuál sería la razón? —lo interrumpí.

—El pueblo se volvió triste, silencioso —continuó hablando luego de una breve pausa, pero como si yo no hubiera preguntado nada—. La gente ya no estaba feliz, ni conversaba. No salía de sus casas. Los niños dejaron de corretear por las calles, de montar bicicleta, de jugar al yo-yo o al trompo o cualquier otra cosa que solo ellos saben inventar. Los pájaros no cantaron más. No se oía el mugir de las vacas, ni el rebuzno de los burros que pastaban en el campo. Nada —me dijo, dejando ver en sus ojos su añoranza—. Cada día moríamos un poco más.

El alcalde, saliendo por un instante de la historia, permaneció en absoluto silencio, observando los rieles del tren.

Parecía escuchar algo.

Las hojas secas y algún periódico viejo volaron con el viento, por lo que continuó con su relato sin que yo me atreviera a preguntar algo más.

—Los turistas —dijo— empezaron a visitar menos nuestro valle.  El tren dejó de venir a diario. Hasta que un día sucedió lo que tanto había temido.

—¿Y qué pasó? —pregunté por impulso, sabiendo que no sería escuchado.

—Un domingo, el tren llegó vacío —me dijo—. Sin carga. Sin pasajeros. La verdad que no me sorprendió el verlo así —continuó—. Después de todo, ¿quién querría visitar un pueblo muerto? Pero fue al amanecer del día siguiente en que el tren llegó vacío, que desperté al oír eternas campanadas.

—¡Las campanadas! —exclamé al escuchar por fin las palabras que me habían llevado hasta ese lugar.

—¡Fueron increíbles! —me dijo dejando ver en su sonrisa las manchas en sus dientes causadas por el tabaco—. Agudas y livianas, alegres, bailarinas. ¡Una armonía inesperada! Sin haberlo programado, poco a poco, la plaza de Suc se llenó de gente. Los niños, claro, fueron los primeros en aparecer. Casi arrastraban a sus padres y abuelos para que los lleven a ver qué es lo que pasaba. ¿De dónde venían esas campanadas que podían oírse hasta muy lejos pero que nadie podía encontrar?

—¿Desde ese día volvieron a ser felices? —le pregunté al alcalde.

—Desde ese día, cada domingo en la mañana, vengo a esperar al tren —me dijo—. Y no. No es un tren fantasma, como dicen las noticias. Simplemente es el tren de las campanadas.

En ese momento, escuchamos el chirrido de los frenos de la locomotora. Una polvareda invadió la estación. El tren se acercó a nosotros como si volara atravesando nubes. El maquinista salió sonriente, con su barriga grande y redonda, como si su alegría la acumulara en ese pedazo de cuerpo. Se sacó la gorra azul y dorada y repartiendo aún más sonrisas, le dio la mano al alcalde Huertas, luego estrechó la mía y dijo:

“Acá está el equipaje. Lo he disfrutado durante el todo el trayecto como no se imaginan. Prepárense para lo que les espera esta semana”.

—¿De dónde viene? —le pregunté—. ¿Qué es lo que trae?

Y el hombre desapareció al entrar a la oficina principal, no sin antes acariciar su gran barriga y reír a carcajadas, por supuesto.

—Listo —dijo el alcalde—. Lo tenemos.

—¿Eso es todo? —le reclamé desilusionado al notar que el tren no transportaba gente y que tampoco tenía vagones de carga.

—Mañana lo sabrá —me respondió airoso—. Duérmase tranquilo.

El hotel en el que me alojaba tenía una magnífica vista a la plaza. La plaza de las campanadas.

Había escogido una habitación en el segundo piso, estratégicamente ubicada. Estaba dispuesto a no dormir un solo instante para poder descubrir el secreto de lo que pasaba en el Valle del Suc.

No podía creer que cada domingo llegara un tren vacío, que el lunes la plaza se llenara de campanadas y que a partir de eso, la gente estuviera simplemente radiante durante toda la semana.

¿Qué traía ese tren?

¿De dónde venía la felicidad del pueblo?

El maquinista debía tramar algo. Esa sonrisa. Esa barriga. Algo sabía ese hombre que quizás el alcalde ni se imaginaba.

Decidí quedarme de pie toda la noche. Meterme en la cama podía destrozar mis planes.

Tenía que estar despierto.

El sol se fue.

El cielo empezó a oscurecer para llenarse de estrellas. Hasta allí recuerdo todo muy bien, cuando la luz del sol me topó en la cara sacándome de la cama.

Corrí hacia el ventanal.

Miré la plaza.

Un suave viento la recorría levantando polvo.

Las hojas de los árboles brillaban plateadas y cobrizas.

Vi a mucha gente llegar. Casi bailaban saludándose, despidiéndose luego  sonrientes para empezar sus días.

¿Y las campanadas?

No podía escuchar ninguna.

¿Dónde estaba ese ruido que decían que alegraba a la gente de tal manera que había hecho que cambie sus vidas?

Y más aún, las campanas tampoco podían verse.

Busqué al alcalde para preguntarle qué había pasado. ¿Por qué la gente cantaba y se movía dichosa en la plaza si no se escuchaban las campanadas?

—¿No las sentiste, acaso? —me preguntó levantando sus pesadas cejas de tal forma que parecían mezclarse con su pelo negro.

—No oí nada —le dije decidido a quedarme hasta esperar que llegara el domingo.

Tenía que hablar con el conductor.

Preguntarle qué es lo que traía. De dónde venía.

Necesitaba escuchar esas campanas.

El domingo temprano volví a la estación del tren.

Saludé de lejos al alcalde quien, fiel a su trabajo, estaba sentado en la misma banca en la que una semana atrás yo lo había acompañado.

A los pocos minutos el viento sopló con fuerza, anunciando quizás que pronto llegaría el tren, como en efecto lo hizo.

Mis manos empezaron a transpirar. Mi frente también. El cielo azul no tenía ni una sola nube, lo que aumentaba aún más el calor del mediodía.

Estaba allí por algo y no me iría sin tener una respuesta.

Como si no me hubiera visto nunca, el maquinista, con esa barriga redonda y feliz,  me saludó con una breve venia al pasar al lado mío mientras se dirigía a la oficina principal.

—¿Y las campanadas? —le pregunté apurado esperando que no se me escape la respuesta—. No las he escuchado —le reclamé.

El hombre se detuvo.

Se quitó la gorra azul y dorada.

Me miró a los ojos.

Parecía sentir compasión por mí.

¿Pero por qué me miraba de esa manera?

¿Me tenía lástima, acaso?

¿Cómo había notado mi tristeza?  ¿Había descubierto el motivo de mi visita al Valle del Suc?

—¿Y no las escuchas? —me preguntó—. ¿Dónde buscaste?

Le respondí de inmediato. Le dije que las había buscado en la plaza, en cada rincón del pueblo, que tampoco en el tren las había escuchado. Que no estaban en ninguna parte.

Él me miró con una sonrisa breve, casi irónica.

—Ah —me dijo—, entonces  solo buscaste por fuera.

Y se fue.

Y camino al hotel, al ver a los niños jugar en la calle, me puse a pensar en mi infancia, en los paseos al campo con mis padres, con mis hermanos, en aquella tarde en la que pescamos truchas (nunca antes había atrapado una). Eran tantos los recuerdos. ¿Pero dónde habían estado metidos? Mis amigos de la escuela, los partidos de futbol, las clases en la universidad, mi primer beso, esa mirada…su cariño…mis hijos…y sin darme cuenta un extraño ritmo empezó a mezclarse con mis pasos. Sencillo, parejo, alegre. ¡Las campanadas!

Rossana Sala

4 de marzo de 2017

¿TE AYUDO?

Posted: 21 February, 2017 in 2017
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“Hombres sin mujeres”. Lucía empezó a leer el libro de cuentos de Murakami cuando alguien se sentó junto a ella.

Desde la sala de embarque, Lucía, a sus treinta y cinco años, había rezado para que durante el vuelo de Madrid a Lima, pudiera conocer a un hombre bueno, simpático, inteligente, deportista, guapo y soltero.

Y le pareció haberlo visto.

Haciendo la fila para mostrar el pasaporte, un muchacho de pelo castaño y chaqueta celeste, le regaló una suave sonrisa y le cedió su turno.

¿Sería él?

Volvió a fijarse en su sonrisa.

foto2Ya en el avión, sin embargo, temió haber exagerado con su pedido al cielo al sentarse junto a ella, vestido de negro, con tan solo una pequeña tira blanca en el cuello, el propio Representante de Dios en la Tierra.

Once horas.

—¿Serán once horas suficientes para confesarle mis pecados? —pensó al ver al sacerdote persignarse mientras se desvanecían sus esperanzas de conversar con el muchacho de la suave sonrisa.

Lucía, sin ser tan devota, se santiguó tres veces para estar protegida en caso de turbulencias.

Despegaron.

Siguió leyendo a Murakami.

El  primer cuento trataba de lo mal que conducen autos las mujeres.

Una voz femenina se escuchó por el altoparlante. —Les habla la capitana —dijo, dando a continuación los detalles del vuelo.

—¡Dios mío! —reflexionó Lucía—. Aunque se quejen de la forma de manejar de las mujeres, confío en que sepan hacerlo surcando cielos.

El sacerdote volvió a persignarse.

Lucía lo observó  tratando de adivinar si se santiguaba por convicción o por miedo.

—Mi nombre es Giorgio —le dijo dándole la mano y obligándola a abandonar sus pensamientos.

—Soy Lucía —respondió ella solemne intentando, a pesar de su pronunciado escote, ajustado vestido y desarrollada figura, parecer  sin pecado concebida.

—Estuve en Roma. Visité al Papa —añadió el cura.

Y antes de que le empezara a predicar la palabra de Cristo y pretendiera averiguar sus pecados concebidos, ella lo tuteó con la voz cortante advirtiéndole así que no estaba dispuesta a contarle su presente, su futuro y menos aún, su pasado:

—¿Siempre quisiste ser sacerdote?

—La historia es larga —respondió el hombre—. Pero tenemos tiempo.

—¿Cómo fue el llamado del Señor?

—La verdad —explicó Giorgio—, él no fue quien me llamó primero. Antes, fui policía. Y de los corruptos.

Lucía, dejó caer el libro de Murakami al suelo. Trató de recogerlo de inmediato.

—Además, me encantaban las mujeres y tomaba licor seguido — continuó el cura agachándose  solícito para ayudarla y entregárselo.

La conversación fue interrumpida por la azafata quien les sirvió la cena.

Giorgio pidió dos botellitas de vino tinto.

Y mientras comían y el sacerdote se explayaba con su historia y bebía entusiasmado, Lucía trataba de comprender cómo ese hombre alto y fornido, había sido todas esas cosas de las que se ufanaba sin recato y muchas otras aún más terribles que, cual dama, ella pretendía no escuchar.

—¿Pero qué fue lo que te alejó de la corrupción, el alcohol y las mujeres? —insistió Lucía.

—Una suma de cosas —respondió el religioso acomodándose en su asiento—. Estuve por morir varias veces. Primero, en Santa Elena, el pueblo colombiano donde nací. En esa época mataban a los policías. A mí me descubrieron y allí, tirado en el suelo, con la pistola en la sien, le prometí al Señor que si me ayudaba, le dedicaría mi vida. Me salvó, pero no le dediqué nada. Yo andaba enamorado y estaba contento con mi trabajo.

—Ya lo creo —afirmó ella.

—Sin embargo —agregó él—, una tarde para visitar a una amiga, tomé un bus en un horario diferente al usual. Al día siguiente supe que el vehículo en el que hubiera viajado se estrelló. El Señor me volvió a salvar. Empecé a participar en retiros espirituales. Me escapaba de la comisaría para poder asistir. Un día, el obispo pidió que se pusieran de pie quienes estaban dispuestos  a casarse con Dios. Yo no entendí la pregunta y me paré. Quería casarme, ¡pero con una mujer! Casi me llevan al seminario. Me di cuenta entonces que yo buscaba tranquilidad, amor, alguien con quien ser feliz. Todo, lo encontré en el Señor.

En ese momento, la capitana ordenó a los pasajeros que se abrochen los cinturones ya que venían turbulencias y las turbulencias los envolvieron y allí, en medio de  la tormenta, Lucía no fue capaz de dedicarle a Dios su vida y, asustada, al lado de aquel hombre que no debía tener mujeres,  para evitar cualquier acto que pudiera ponerlos en aprietos, se cubrió con una manta y durmió el resto del viaje.

Se despertó con el anuncio del aterrizaje y con la cabeza bien plantada en el hombro de Giorgio y la de él acurrucada sobre la suya.

—¡Dios mío! ¡Perdóname! ¡Nunca quise dormir con un sacerdote! —suplicó con vehemencia viendo a su compañero de viaje persignarse breves y reiteradas veces e imaginándose qué hubiera sucedido si en lugar del bendito cura, el muchacho de la sonrisa suave se hubiera sentado al lado de ella.

Ya en tierra, se despidió de Giorgio diciéndole:

“Creí que iba a confesarte mis pecados, pero lo hiciste tú”.

Sin pronunciar palabra el sacerdote encendió sus ojos verdes en Lucía, desconcentrando a la pobre mujer.

Lucía fingió no haberse dado cuenta de su mirada, se acomodó  el vestido y volvió el rostro hacia su bolso para guardar el libro de Murakami.

—¿Acaso no podían existir hombres sin mujeres? —se preguntó.

Fue en ese instante cuando se imaginó que si ella, una simple mortal, le había suplicado al cielo sentarse junto a un muchacho bueno, simpático, inteligente, deportista, guapo y soltero, ¿qué es lo que el cura, con sus divinas influencias, habría pedido?

—Con razón que Giorgio se persignaba tanto —decidió ella—. No lo hizo por convicción ni miedo. ¡Fue por agradecido!

Lucía sintió rabia e intentó ponerse la chaqueta para seguir su camino.

—¿Te ayudo?

—¿Sería el muchacho de la sonrisa suave? —pensó desconcertada al buscar de dónde venía la voz.

Y el libro de Murakami volvió a caer al suelo.

YO VOY CON USTEDES (cuento) Enero 2017

Posted: 16 January, 2017 in 2017
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solUn ruido inusual entró por mi ventana.

Abrí los ojos.

El sonido de un golpeteo constante y confuso inundó mi habitación.

¿Vendría del jardín?

Sabía que no debía hacerlo, pero mi curiosidad de niña de ocho años hizo que quisiera levantarme de la cama. Sin embargo, aún no había salido el sol y podía despertar a Luci, mi hermana. Ella tenía un año menos que yo y, aunque la idea no me entusiasmaba, compartíamos el cuarto.

La miré. Su pelo castaño, lacio y largo le cubría parte del rostro. Se veía tranquila. Pero la agitación que venía desde afuera no terminaba.

¡Tenía que saber qué pasaba!

No lo pensé más.

Me destapé despacito. En silencio. Salí de la cama sin darme tiempo para poner las zapatillas de levantar. Con seguridad mamá me hubiera llamado la atención por eso.

Me acerqué a la ventana.

Corrí las cortinas.

Allí estaban.

Cientos de mariposas felices revoloteaban mezclándose unas con otras. Parecían acariciarse entre ellas, besarse al ritmo del viento. Grandes, pequeñas, medianas. Eran tantas que el rozar de sus alas se dejaba escuchar.

Por primera vez nuestro jardín, verde, con flores amarillas, rojas y fucsias, estaba salpicado por diferentes tonalidades de azul que le daban esos insectos voladores.

Desde muy pequeña, mi madre me había contado esa historia. La historia de las mariposas azules que una vez al año visitaban Armuz, la ciudad donde vivíamos. Vienen a llenar las calles de vida.  A alegrar a la gente.

Y es que eran tan tristes las casas de Armuz. La nuestra, sin embargo, era la única que tenía jardín. Nunca supe cómo lo hizo, pero mamá se había encargado de convertir ese terreno seco y oscuro de nuestro patio, en un impresionante campo de flores rodeado de árboles inmensos que nos protegían del calor y del viento, donde jugábamos al regresar del colegio.

—El poder de esas mariposas las vuelve capaces de animar a la gente a convertirse en una de ellas —nos decía mamá.

—¿Pero es verdad eso? —le pregunté varias veces y ella siempre me respondió que sí, que por supuesto que era cierto y que más de un pariente nuestro se había convertido en mariposa azul.

Me fijé en mi hermana.

Ella seguía dormida, tranquila, con su camisón de franela celeste que le encantaba usar, sin imaginar que si yo lo decidía, en ese momento podría convertirme en un animalito libre que surca los cielos con sus propias alas.

Volví a mirar hacia el jardín.

El sol empezaba a brillar con fuerza regalándole a las mariposas un brillo cautivador, un reflejo suave y tornasolado, inquietante, que me animaba a ser parte de ellas, de un mundo desconocido que me permitiría dejarme llevar por el viento. Alegrar a los niños al verme volar por sus patios grises con la esperanza, claro, de que no quieran atraparme.

—¿Y si las dejo pasar? —pensé—. ¿Se molestaría mamá? ¿Se asustaría Luci?

Y sin dudarlo más, abrí la ventana de par en par.

¿Cómo me sentiría siendo mariposa?

Una brisa fría entró en la habitación y con ella, una nube de insectos voladores me rodeó haciéndome caer al suelo y oscureciendo mi cuarto. ¡Luci! Ya no quería convertirme en uno de esos bichos. No quería ser parte de ese mundo. Quería mi cama, mi casa, a mamá, a mi hermana, a mis amigas de la escuela, hasta a Frida, esa profesora de mal carácter que disfrutaba llamándome la atención, hasta a ella la quería. Pero no podía hacer nada.

—¡Luciana! —le ordené sin alcanzar a verla entre el alboroto—. ¡Métete debajo de mis sábanas!  ¡Ven conmigo!

—¡Mami! —la llamé sabiendo que era imposible que me escuchara desde su cuarto.

Cerré los ojos con fuerza para protegerme. Me tapé la cara con las manos y regresé a mi cama sintiendo el aleteo de los animales entrar por la ventana.

Me refugié debajo de las sábanas.

¡Allí estaba!

¡Encontré a Luci!

—Hola, hermana —me susurró entre risitas como si se tratara de un juego—. ¿De quién nos escondemos?

—De las mariposas —le respondí al sentir un sudor frío en mis manos—. De las mariposas del cuento de mamá. No te asustes. Están afuera —le dije.

—Pero si son buenas —me tranquilizó como si ella fuera mayor que yo retirando las sábanas que nos defendían—. No van a hacernos nada.

—¡Por favor escuchen! ¡Quédense quietas! —les pidió Luci a las mariposas quienes al oírla empezaron a reposar una a una sobre las camas, cortinas,  cuadros, repisas, sobre nuestras muñecas…

—Les presento a Ema. Ella, es mi hermana mayor —sonrió dejando ver entre sus labios ese vacío típico de las niñas que acaban de perder sus dientes delanteros.

En ese momento, todas, absolutamente todas las mariposas de la habitación detuvieron su vuelo para observarnos mientras batían con suavidad sus alas.

—Vamos Ema, que hoy nos llevan a volar por el río —me animó.

—¿Volar?

—Confía en mí.

Y Luci, las mariposas y yo, nos acercamos a la ventana.

Un par de alas azules y tersas empezaron a brotar de la espalda de mi hermana.

—Tú también tienes —me dijo—. Pero no te las toques. Son muy delicadas —me advirtió de inmediato al notar mis intenciones.

—¿Y mamá? —le pregunté—. Si nos vamos, se va a molestar.

—No te preocupes  —la oí decir mientras entraba a la habitación desplegando unas resplandecientes alas azules punteadas color caramelo. Yo voy con ustedes.

Rossana Sala

14 de enero de 2017