Archive for the ‘2015’ Category


 

IMG_5095

Tumba sobre tumba. Una tras otra.

El pasadizo es profundo.

El silencio se rompe debido a la tristeza del viento que abraza nuestros cuerpos con amor hostil.

Al final del pasaje, por instantes, alumbra la luna. Son las nubes negras y dispersas las que la cubren.

—¿Pero qué quieren ocultarnos?— me pregunto.

IMG_5088

—¡No hagan bulla!— nos advierte el guía y ordena detenernos—. Dejemos descansar a los que aquí reposan.

Es la noche del treinta y uno de octubre. El año, no importa.

El lugar, el cementerio Presbítero Matías Maestro. Testimonio ¨viviente¨ del pasado ¡Qué ironía!

Se encuentra allí la cripta de los héroes donde están los restos de Miguel Grau y de tantos otros combatientes.

Ayudados por la luz de nuestras linternas avanzamos para llegar al “Pabellón de los Gordos” donde cada tumba es de un tamaño bastante cómodo para sus ocupantes.

¡Cómo si fueran a moverse inquietos! (Quizás.)

A nuestra izquierda, decenas de pequeños nichos albergan a las criaturas que murieron antes de que acaso pudieran hacer un gesto o de ser bautizadas, pasando a habitar por ello el “Pabellón de los Duendes”.

“Un feto¨. Leí en la lápida de mármol que alguna vez fue blanco, tan blanco quizás como el alma de aquel niño que no alcanzó a tener nombre. Apellido tampoco.

Luego de prestar atención a los consejos sobre las posibles consecuencias de entrar al pabellón de “Los Suicidas”, nos explican que entre otros, allí descansa un barbero chino de la calle Capón que mató a dos clientes en su propio local y luego se quitó la vida al sentirse acorralado por la policía.

Cuántas historias bajo tierra.

Emiliana Montero Torreón  1912-1929

Dice la leyenda que fue una bruja y que cuatro años después de tu entierro se cambió de nicho e hizo su propia lápida.

Manuela Dante Moretti  1830-1900

Esteban Sifuentes Paredes 1829-1875

Juan Mujica Melgar. 1809-1895

“Más grande por su humildad y virtudes que por tus títulos”.  Reza el epitafio.

El guión.

Sin importar el frio del viento, ni la oscuridad del lugar en el que se oculta cada uno de los seiscientos mil cuerpos, ni su talla, sexo, edad, raza, ni el motivo del deceso, por igual, es el guión dibujado en cada losa, el que separa el día del nacimiento y el día de la muerte.

El guión.

Es el guión el que señala la vida.

Y al alejarme de las tumbas recé.

Recé para que el guión de mi vida y de la tuya que lees este texto, sea largo.

Sea largo y tenga la forma de una sonrisa.

 

Lima, 2 de noviembre de 2015


A Manuel lo conocí en la plaza. Era un día de sol. Yo paseaba en bicicleta.

Lo vi cruzar la acera y mis ojos no dejaron de seguirlo hasta que por fin se detuvo.

Lo vi comprar un ramo de flores rojas.

¿Para quién serían?

De golpe. Fue así como yo también me detuve pues caí al suelo y me puse de pie veloz con la esperanza de que nadie hubiera notado mi torpeza.

Pero ya era tarde. Cuando levanté los ojos, allí estaba él. Frente a mí. Extendiéndome la mano y quizás, la vida.

Y es que yo estaba  triste. Vivía triste.

Sin dudarlo, Manuel me regaló aquel inmenso ramo de claveles rojos. Todavía puedo sentir el suave perfume que despedían.

—Para que siempre sonrías—me dijo.

Y fue así como empezó nuestra vida juntos. Compartimos historias, comidas y copas de vino.

Él trabajaba en el campo. Tenía vacas y algunas ovejas. Yo era la dueña de una pequeña librería en el pueblo. Mi trabajo era tranquilo, iba bien, pero no lograba salir de mi dolor y Manuel no lo entendía y yo no podía explicárselo. En realidad yo no quería.

Todas las mañanas me visitaba en la tienda de libros.

—Deja ya esa carita triste— me pedía—. ¿Por qué no me cuentas qué es lo que te pasa?

Varias veces estuve a punto de decírselo. De contarle todo sobre mi vida. Pero era tan difícil explicarle el motivo de mis miedos, de mis angustias. No quería asustarlo. Con seguridad, Manuel me dejaría.

Y a pesar de eso, entre paseos, ríos y montañas, continuó nuestra vida juntos.

Él siempre tranquilo, respetaba mi silencio.

Hasta que una tarde, sucedió lo que yo tanto temía.

—Cásate conmigo— me pidió.

—No puedo hacerlo— le respondí de inmediato bajando el tono de mi voz al mismo tiempo que mi rostro—. He enterrado a dos esposos.

Y Manuel estiró la mano. Con el dedo índice levantó mi mentón y sin inmutarse me miró a los ojos y dijo:

—No te preocupes Maritza. Mi bella Maritza. ¿Para quiénes crees que eran esos claveles rojos que compraba aquella tarde cuando te conocí en la plaza? Yo soy viudo tres veces y no perdí las esperanzas…

Rossana Sala

Lima, 7 de noviembre de 2015


FullSizeRender (4)

El cielo está gris,

a ella le da igual.

Toma su paleta.

Deja el celular.

Elige  los tonos,

los pone en su lienzo,

empieza a soñar.

Su madre se acerca,

le guía la mano

y le enseña a la niña,

cómo colorear.

FullSizeRender (8)Ema tiene siete años,

no piensa en las letras,

ni leyes,

ni nubes,

ni sumas,

ni restas,

ni nada en el mundo,

que la haga cambiar.

Usa verdes, naranjas,

azules y rojos

amarillos y lilas,

el cielo oscurece,

a ella le da igual.

Ojalá que viva,

para pintar sus sueños,

para ser siempre Ema,

la Ema descalza,

de la orilla del mar.

FullSizeRender (6)

¡Ay Ema, Emita!

¿Dejas la paleta?

¿A dónde te vas?

Y Ema me mira,

y sonríe traviesa.

Es que la llaman

por el celular.

¡Sí, papi!- responde-

¡Ya sé pintar!

FullSizeRender (10)

Rossana Sala. Montevideo, Uruguay.

22 de octubrede 2015


El día se ilumina.

Miro  tus ojos. Siento que me miras.

No hago ni digo nada.

Te veo derramar una lágrima. No puedo secártela.

¡Qué impotencia la mía!

Tengo la esperanza, sin embargo, que esa lágrima que recorre tu rostro, lo hace feliz.

No podría ser de otra manera. No debe.

Tantos momentos  juntas convertidos  hoy en recuerdos.

Si tan solo pudiera yo, dejar caer una lágrima. Solo una. Lo haría. Lo haría con alivio. Lo haría con una sonrisa. ¡Qué locura!

Hoy nuestros encuentros son esporádicos. Son breves. De vez en cuando me visitas. Lo haces sin saberlo y me llenas de alegría. Cada vez que te miro estás diferente. Siempre tan linda.

Y no te puedo hablar.

Trato de oír tu voz, de descifrar tus labios. Lo he intentado tantas veces. Lo juro.

Pero es imposible.

Entonces, invento.

Invento que me dices que me quieres, que me extrañas. Que recuerdas que jugamos mucho, que pintamos juntas, que reímos y paseamos,  que te llevé al parque y a montar el poni, que te compré galletas y helados de fresa,  que canté contigo y te hice cosquillas, que te acaricié el pelo como te gustaba, que te llevé al mar y nos mojamos los pies en el agua helada.

¡Cómo nos divertíamos!

Y fuiste creciendo y dejaste de ser mi niña y te llevé a las fiestas, conversamos tanto,  leímos, también bailamos…y llegó el momento, te fuiste de casa.

Hiciste tu vida.

Me quedé entre lágrimas, pero como las tuyas: de amor, de alegría, de orgullo, de calma.

Y hoy una vez más, contemplas mi foto.

Miro tus ojos. Siento que me miras.

Papel. Tinta.

Historias en sepia. El tiempo me convirtió en eso.

Oscurece el día.

Acá  te espero, te espero tranquila, sin decir palabra.

No dejes de abrir el álbum.

Quizás mañana.

 

Rossana Sala.  Lima,  3 de octubre de 2015

  CAF RUNNERS. EL ORIGEN

Posted: 17 September, 2015 in 2015
Tags: , , , ,

Seis  y media de la mañana.

La ciudad está en silencio.

Algunos faroles iluminan con timidez el parque Los Caobos.

Una brisa fría nos alivia del calor que más tarde no nos soltará.

Se da la partida.

Yo formo parte del segundo grupo. Soy una de los cinco mil participantes del Medio Maratón CAF. Treinta minutos antes empezaron a correr los del maratón completo: cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros, distancia que en mis viejos tiempos alguna vez alcancé. Jóvenes tiempos, mejor dicho.

Mi corazón se acelera. Esquivo a los corredores que avanzan con lentitud.

Necesito espacio.

Salir del embudo.

Agarrar mi ritmo.

Caracas. Ciudad en la que viví nueve años. Ciudad en la que por primera vez troté.

Sería el 2004 cuando empecé a correr en el Parque del Este. Poco a poco fui conociendo más gente. —¡Épale, chama! ¿Corres mañana?—

Participaba en una carrera de diez kilómetros, luego en otra.  

Me encontraba en el Parque con amigos de la oficina.  —¿Tú también corres? ¡Qué sorpresa!  ¡Otro día nos vemos!—

Siento el golpeteo de los pasos a mí alrededor. —Mientras no pasen encima de mí,  todo va bien— reflexiono con optimismo.

Me acomodo el reloj. Escucho la música de mi Ipod. Me gusta correr al ritmo de alguna canción. Me siento ligera. Una especie de dieta psicológica.

Kilómetro tres. Se acerca la primera cuesta. Me esperan cinco más.

¡Cómo pude haber hecho eso! Inscribir a Luis Enrique y a su amigo Antonio en la carrera del Valle Arriba. Allá en el 2005. Debieron odiarme. —Esto no es humano, no es natural, mujer— me repetía Luis Enrique al llegar a la meta jadeando en plena subida. Pensé que él ya no volvería a trotar. Que seguiría dándole golpes a sus pelotitas de golf y yendo y viniendo en la piscina.

¡Agua! Por fin un punto de agua. Me refresco. La temperatura empieza a elevarse. Ahora que vivo en Lima, extraño ese verde tan vivo de las montañas. El Ávila. El cielo azul. Los entrenamientos al amanecer en el Parque del Este.

Me execraron Luis Enrique— recordé haberle dicho compungida una mañana cuando me vio en el Parque trotar sola (y desvalida). Es que no me gustó el nombre que querían ponerle al grupo con el que corría, se los dije y me expulsaron.

—¡No necesitamos de ellos!— exclamó olvidándose del dolor de piernas que había sufrido en Valle Arriba por mi culpa—. ¡Fundaremos nuestro propio grupo en CAF!sentenció con esa voz convincente que lo caracteriza. Hablemos con Marcos, con Jairo.

He creado un monstruo— pensé preocupada.

—Convócalos para hoy mismo.

He creado un monstruono tuve duda.

Kilómetro ocho. Avanzo por la avenida O’higgins para llegar a la Redoma de la India.

Me alegro al encontrarme con Jairo. Jaironman como lo bautizamos. Fiel a su estilo, corre erguido. A paso firme. Lleva puesta la franela gris y azul de los CAF Runners.

CAF Runners, ese nombre fue escogido por mayoría de votos y propuesto por mí. (Clara ironía del destino). En segundo lugar quedó TROTACAF. —Suena a jarabe para la tosme comentó Germán el día del escrutinio. 

Entre todos diseñamos el logo: un hombrecillo que corría y dejaba atrás rayas horizontales.

Mandamos a hacer nuestras franelas las que con sonrisas “cafkeanas” estrenamos como niños con juguete nuevo un sábado cualquiera en el Parque del Este.

FOTO2A vista e impaciencia de mis “execradores” corrimos bajo la sombra de los apamates y jacarandás y esquivamos los frutos caídos sobre la grama.Debes tener cuidado con el esguince de mango”— me advirtieron un día (ya tarde).

Siento una punzada en el estómago. Será por hambre o mi mal entrenamiento.

No es el momento de averiguarlo.

Tomo agua mientras saboreo una gomita energizante con gusto a cereza.

Sin sombra y sin pretextos debo seguir mi camino. Correr los diez kilómetros que todavía me faltan. “Quiero verte sonreir” escucho en mi Ipod cantar a Carlos Vives. Sonrío. No por hacerle caso a Vives por supuesto, sino porque me siento bien.

FOTO 1Estoy contenta de estar en Venezuela.

Avanzo entre caras nuevas para mí: Xavi, Fabiola, Fred, Carlos, Pablo, Lissette. Tanta gente de la oficina venida de España, Colombia, Bolivia, Ecuador, Panamá y no pienso ya en eso que me agoto y debo seguir.

Mis piernas no se detienen. Mis recuerdos tampoco.

Y allí está Emilio: El Zorro.  (Alguna vez ganó una competencia en la que él mismo no había participado. ¡Qué astucia!). Y Marcos: El Comandante. (Dirige los eventos pre y post maratón. ¡Salud! Claro que corríamos por nuestra salud.)  Y Fidel y Carolina y Marcos Junior, Alejandro, Abel, Nelson, Manuel, María Angélica, Luzeth y tantos, tantos más.

CAF Runners y Afines, así fue bautizado.

Y nos empezaron a gustar las distancias largas…Paris, Nueva York…y clasificaron para Boston y se fueron a Buenos Aires, Berlín, Madrid y siguieron corriendo y lo siguen haciendo y el grupo de cinco pasó a ser de diez y luego de treinta, después de cincuenta y yo troto y yo sudo, por el kilómetro veinte, entre miles de pasos y miles de gentes, alcanzo la meta.

Termino feliz.

Recibo mi medalla de la cuarta edición del Maratón CAF.

Me estiro, converso con amigos y con desconocidos, comparamos tiempos, dolores y una que otra anécdota.

Es medio día.

El sol vertical ilumina el Ávila y calienta nuestros cuerpos.

Algunos deportistas siguen llegando. Organizadores y voluntarios no cesan en su trabajo y mezclados entre el público, agradecemos y aplaudimos los CAF Runners:  los viejos, los nuevos y los que pronto se unirán.

Escrito por Rossana Sala (La Sub Comandante), a los diez años de la Fundación de los CAF Runners

Lima, 5 de septiembre de 2015

 

HISTORIA EN CIFRAS

FOTO4CAF Runners: fue fundado en el mes de marzo del año 2005 por Luis Enrique Berrizbeitia, Marcos Subía, Jairo Zapata y Rossana Sala.

Ha cumplido 10 años de fundación y cuenta en la actualidad con alrededor de 50 miembros inscritos.

A partir del año 2011 la Corporación Andina de Fomento (CAF), ha organizado el “Maratón CAF Caracas”, un maratón que progresivamente ha ganado relevancia por ser una competencia reconocida por las instancias deportivas nacionales e internacionales, tales como: la Federación Venezolana de Atletismo (FVA) y la International Association of Athletics Federations (IAAF), y es miembro activo de la Association of International Marathons and Distances Races (AIMS).

En abril del 2015 se llevó  a cabo la cuarta edición del Maratón CAF:

-Se inscribieron 3,363 corredores para los 42 K. y 7,420 para los 21 K.

FOTO5-Corrieron/ terminaron 2,357 de los participantes en 42 K. y 4,841 de los de 21 k.

http://maraton.caf.com/

Created by PhotoWatermark Professional

Created by PhotoWatermark Professional

FOTO8FOTO9FOTO10
FOTO6

¿Un poquito más?

Posted: 15 September, 2015 in 2015
Tags: , ,

Panqueques de avena,pancake_de_avena_con_manzana_y_miel_0
manzanas calientes
y miel.

¡Abuela yo quiero!
Le pido otra vez.

Me mira.
Sonríe.
No escucha,
quizás.

Me mira.
Me entiende,
al ver mis ojos brillar.

Me invita orgullosa
de ese manjar.

Abuela,
me sirves
¿un poquito más?

Escrito a las tres de la mañana por Rossana Sala.
Estos sueños tan dulces
hacen engordar.
Con algo de canela
tampoco van mal.

Lima, 15 de setiembre de 2015


Abrí los ojos.

Tirada entre la maleza no podía ver nada.

Tenía la boca seca. ¿Cuánto rato llevaría en ese lugar?

Intenté levantarme.  Un leve mareo y un fuerte dolor en el brazo izquierdo me lo impidieron.

Esperé unos minutos.

Al ponerme de pie, me vi sumergida en un profundo agujero. Parecía un antiguo pozo abandonado. —La vegetación y pequeños arbustos debieron amortiguar el golpe—pensé.

¿Cómo había llegado hasta allí?

Traté de ver la hora pero no tenía el reloj puesto. Me imaginé que se me había caído. ¿Me lo habrían robado? Mi mochila. ¡Tampoco estaba mi mochila!

Aunque sin fuerza, el sol llegaba a alumbrar el lugar donde me encontraba. ¿Cuánto tiempo de luz me quedaría?

En ese silencio total, lo único que podía oír eran los latidos acelerados de mi corazón. Sin embargo, un perfume a madreselvas me daba tranquilidad. No me gustaba pero recordaba ese aroma. Yo conocía ese lugar.

Empecé a sentir calor.

Me quité la chaqueta y me acomodé sobre ella.

Respiré profundo.

Traté de acordarme de lo sucedido.

Esa mañana. Debió de ser al amanecer de esa misma mañana cuando salí  a subir la montaña. El Supremo. Así llamaban a ese monte a los pies del cual había crecido toda una ciudad, Zuma, al sur de El Carbajal en Venezuela.

Yo no conocía al grupo de escaladores, pero entusiasmada, me inscribí a través de una página web. Había visitado el monte Supremo cuatro o cinco veces durante el último año y no quería hacerlo otra vez sola.

Desde que los vi, no me gustaron. Algo me intranquilizó. Sus rostros. Sus miradas. Quizás su forma de vestir o de hablar. Ese tatuaje en forma de serpiente alada que llevaba en la pierna el que parecía ser el jefe del grupo. No había ni una mujer entre ellos. Pero ya metida en el autobús que nos llevaría a la montaña, no fui capaz de dar marcha atrás…así como una novia no puede decir que no ante el altar.

Faltaban pocos días para mi boda. Cada hora que pasaba tenía más miedo. Más ganas de escapar. ¿Sería mejor perderme en las montañas que decir que no al matrimonio? Quizás fue esa la razón para unirme con esos extraños.

Ahora eso no era importante. Ahora solo debía salir de allí.

¿Pero acaso quería hacerlo? ¿Quería salir de allí?

Volví a pararme para buscar a mi alrededor. Definitivamente mi mochila no estaba. Tampoco mis palos de escalar ni el celular.

Había perdido todo y sin embargo no me importaba.

Ya no me importaba.

Me senté.

El silencio era embriagante. Demasiado agradable. A lo lejos pude oír el agua de algún manantial. No debía ser tan profundo el pozo.

El brazo dejó de dolerme.

Me quedaría allí. ¿Para qué salir y enfrentar aquello que no era capaz de hacer?  Decir que no. Decirle que no a Sebastián. Que no me casaría con él. Que tenía miedo.

Mi corazón latía ahora casi imperceptible. Me sentía segura. Protegida por las suaves hierbas y los muros de piedra de ese viejo pozo.

De pronto, dejé de oír el correr de las aguas.

El perfume a madreselvas se hizo más y más intenso.

Recordé el olor de la esposa de mi padre. ¡Cómo la odiaba! Desde niña nunca supo quererme ni yo a ella.

—Dice tu papá que ya es hora. Que salgas del cuarto— me ordenó con esa voz punzante a la que jamás me pude acostumbrar—. ¡Vamos, vamos, que Sebastián te espera!

Rossana Sala. 29 de agosto de 2015


 Te despiertas con el ruido insoportable del despertador.

Lo apagas.

—Quince minutos— me pides.

El cansancio. La flojera. No puedes vencerlos. No debiste acostarte tan tarde anoche, David. Te lo advertí. Me escuchaste, pero no me hiciste caso. Relájate. Te doy quince minutos pero ni uno más. Ayer me dijiste lo mismo y mira, dormiste hasta las ocho y no te paraste para salir a trotar. Sabes que el deporte te gusta. Que te hace sentir bien por el resto del día. Si no haces ejercicios, luego te arrepientes.

—Ya cállate—me dices—. Que te deje en paz esos quince minutos.

¿No lo escuchas? Es otra vez tu despertador. ¡Ponte las zapatillas y sal!

Te levantas.

Los pies te pesan casi como los latidos del corazón.

Te miras al espejo. Te peinas esos crespos alborotados. Te lavas la cara. Te vistes. Te vienen unas ganas terribles de regresar a la cama. Hace frío allá afuera, lo sé. Mucho frío. Y tu cama está tan calientita.

Ya, David. Déjate de estupideces y pretextos. ¡Eres joven y fuerte! ¡No jodas! ¿Hace cuántos meses que no corres? Sí, sí. Todos saben que María te dejó. Que se fue de la casa. Que se llevó al niño. Que desde entonces piensas que solo tienes mala suerte. ¿Y acaso crees en eso, David? ¿Crees tú en la mala suerte?

Te prometo que hoy será un buen día. Será diferente.

Vas a ver.

Por fin. No te olvides de la música. Te hará bien trotar con ella.

¿Viste? Empezaste a correr y te saludó una muchacha. ¡Sonríe hombre, sonríe! Que van a pensar que eres un amargado y tú no eres así. Nunca lo fuiste. ¡Vamos, dale un poco de música y ritmo a tu vida!

El mar. ¿Lo hueles? ¿Sientes su brisa? Está un poco fría pero te hace bien. ¡Aprieta el paso!  ¿Ves a esa señora? Si te fijas bien, se ríe. Yo creo que hasta canta.

El cielo. Míralo bien, David. Sí. Ya sé que en Lima es gris, pero tú puedes verlo del color que te dé la gana. Tú escoges. Imagínatelo celeste y con sol y que un viento fresco te impulsa. ¿Lo sientes? No me digas que no, David, porque a mí ya me están dando tremendas ganas de salir a correr y los latidos del corazón se me están yendo a galope. Escucha los tuyos. Van cada vez más rápido como si supieran que algo bueno te espera. ¡Vamos!

Y ahora ¿qué?

Te pones a pensar en Alonso. Y, claro. Es natural que extrañes a tu hijo. ¿Cómo no vas a echarlo de menos, David? En una de esas te animas y le dices que salga a correr contigo. Ya cumplió diez años. Con seguridad le encanta la idea. ¡Salir a correr con papá! Sí. Por fin te saco una sonrisa. ¿Te lo imaginas? Tu hijo. Tu Alonso.  Trotando a tu lado. ¡Sabes cuánto te quiere! ¡Dale! No bajes el paso. Siento tu corazón ir con más fuerza. ¡Cómo se te acelera, David! ¡Ese corazón tuyo sí que palpita con furia! Te dije que hoy sería un buen día. ¡Suda! ¡Toma aire! ¡Canta! ¡Para eso llevas tu música! Nadie te escucha. Eres libre. Siente la vida. ¡Disfrútala!

¿Y entonces?

¿Cuál es tu apuro?

¿A dónde crees que vas? ¡David! ¡Ven acá! ¡Es una orden! ¿No me entiendes? ¿Qué te pasa?

¡No sé lo que piensas!

¡Sonríes!

Por fin te veo feliz.

¡Vete ya!

Lima, 22 de agosto de 2015


—¡Cuando corres, cantas!— me dijo un muchacho de gorra amarilla.

Yo iba feliz por los malecones de Miraflores acompañada solo por la música de mi Ipod, cuando el muchacho de la gorra se puso a trotar a mi lado.

Hasta hoy no entiendo como alguien en su sano juicio, tuvo el coraje de acercarse a mí, una desorejada total.

Lo miré de reojo mientras seguí mi ritmo. I want to ride my bicycle decía la canción.

No tenía ganas de conversar con nadie esa mañana. Disfrutaba del sol, de la brisa del mar,  ¡de mi música!

—Disculpa si te interrumpo— insistió—, pero siempre te veo correr por acá y me provocó saludarte.

Para no caer antipática, me quité un audífono. Solo uno. Tampoco es cosa de ser mal educada por las pistas y después de todo, trotar acompañada, también es agradable.

—Hola.  Sí, creo que nos hemos cruzado algunas veces— le confirmé mientras recordaba a ese muchacho de barba negra y poblada, un poco más alto que yo, siempre vestido con algún polo de color alegre.

—Me llamo José. ¿Cuál es tu nombre? ¿Vienes todos los días a esta hora?

En ese momento me arrepentí de quitarme ese audífono. Debí haberme hecho la que no escuchaba nada y seguir mi rumbo.

—Bueno sí— le dije parca sin responder adrede a la primera de sus preguntas.

—Soy urbanista— continuó sin que yo se lo hubiera preguntado—. Trabajo en un proyecto de desarrollo en la ciudad. Y tú, ¿qué haces?

Es mi oportunidad de hacerlo huir—pensé—.  Decir que soy abogada había espantado a más de uno (sin fundamento por supuesto).

—Soy abogada— le advertí con una sonrisa sarcástica mientras miraba mi reloj para revisar mi paso.

Pero mi plan falló.

El muchacho continuó con su soliloquio: que sus proyectos, que las calles, que el tráfico, que el desarrollo.

Todo interesante hasta que preguntó:

—¿Y tú crees que entre un urbanista y una abogada pueda suceder “algo”?

—No, si hay un ingeniero de por medio— le contesté de saque, extrañando una vez más mi audífono mientras que con el otro alcanzaba a oír a los Beatles con su inolvidable Help.

—Ah— me dijo en lo que me pareció ser un suspiro que lo animaría a efectuar un fugaz y digno escape.

Pero no se cayó ni se calló.

Siguió a mi lado tratando de hacerse el gracioso, explicándome que según la gente los arquitectos nunca fueron capaces de ser ingenieros y que los urbanistas nunca tan inteligentes como para ser arquitectos.

Yo, ya metida en esta conversación sin sentido, le objeté su “chiste” defendiendo (como es natural en los abogados) a los arquitectos y, a pesar de todo, a los urbanistas.

—Bueno— le dije decidida a dar por zanjada de un solo paso aquella charla—. Acá doy media vuelta y regreso.

Había atravesado el Puente Villena. Me faltaban algunos kilómetros para llegar a Larcomar y terminar mi ruta, pero preferí volver a mi casa.

—¿Corremos juntos mañana? ¿A qué hora nos vemos? ¿Vamos uno de estos días a bailar?— insistió.

Lo miré.

Eso bastó.

—Mejor nos despedimos—reaccionó a mis ojos—, pero dile a tu esposo, que por si no lo ha notado, tiene en ti a una gran mujer que además de ser deportista, tiene una linda sonrisa.

—Debe saberlo— le aseguré—. Ya te he dicho que él es ingeniero, no es urbanista.

Y se fue risueño.

Pobre. Sospecho que no entendió mí ironía. ¿Y de dónde se le había ocurrido que yo estaba casada con el ingeniero?

Pasaron algunos meses sin que el urbanista se cruzara por mi camino, hasta que un día me saludó mientras yo trotaba cantando distraída.

Me quité un audífono, lo que fue un derroche de cortesía de mi parte y lo que confirmó además el grado de abstracción en el que me encontraba.

—Estuve de viaje. Me fui a Chile a pasar las Fiestas con la familia de mi mujer— me comentó.

—Ah, qué bueno— lo felicité mientras trataba de recordar en qué momento, aquel día que conocí a ese hombre, me había contado que estaba casado. ¿Pero si quería ir a bailar conmigo?

—¿Y qué tal las Fiestas? ¿Cómo está tu esposo?— me preguntó.

—Yo no soy casada— le dije.

—Pero…¿y el ingeniero?— me reclamó tragando saliva y secándose el sudor con el polo.

—Salía con él. Hace semanas que ni sé de su vida.

—Y entonces, ya que no hay un ingeniero de por medio, ¿puedes ir a bailar conmigo?— me invitó sin perder el ritmo.

—¡Cómo han cambiado las cosas!— le dije al urbanista al ajustarme bien mi segundo audífono y mirar al frente sin dejar de trotar—. Cuando te conocí, me diste a entender que eras soltero y pensaste que yo estaba casada. Ahora, resulta que yo soy la soltera y que tú estás completamente casado.

Movió sus labios con alguna prisa, pero yo ya no lo escuché hablar.

Me fui cantando.

Sentí el impulso del aire marino.

La técnica de los audífonos surtía efecto una vez más.

          Escrito por Rossana Sala, el 15 de julio del año 2015. Acabo de regresar de montar bicicleta estacionaria en el gimnasio. —Además de pedalear, ¿cantas?— me preguntó el muchacho de la bici de al lado. Pensé en quitarme un audífono o mejor los dos. 

ADVERTENCIA: LA HISTORIA Y LOS PERSONAJES NO SON NECESARIAMENTE REALES. LO ÚNICO INCUESTIONABLE, ES QUE CUANDO HAGO DEPORTE, CANTO (MAL).


Demasiadas olas,
demasiados sueños,
demasiadao viento
y sol.

Demasiadas risas,
Demasiados besos,
demasiado frío
y color.

Demasiados pasos,
demasiado tiempo,
chocolate
y amor.

¿Demasiado?
¿Cuánto es demasiado?

De vez en cuando 
demasiado, 
le da a la vida
sabor.

Por tus sonrisas breves y recuerdos eternos

Como muchos sábados, a la hora que me levanto,  voy a trotar.

La distancia y la ruta no las programo.

Mi plan es simple: pasarla bien. Salgo sola y esa independencia me permite no planificar.

Si me encuentro con algún conocido, nos acompañamos conversando un rato o quizás hasta el final del camino (todo depende de su capacidad para soportar mi perorata).

Esto tampoco está calculado (por ninguno de los dos).

Y fue así como hoy, sonriente y ligera, sin notar que el sol calentaba con la saña que el verano le autoriza, salí a correr.

Avancé por las calles acompañada por mi música, mis pensamientos, mis ganas de no detenerme jamás.

Llevaba puestos esos accesorios que me transforman en un ser de apariencia peculiar: rodilleras protectoras de achaques rotulares; cinturón con botellas de agua y gomas energéticas; reloj que indica la velocidad y la distancia; gorra y anteojos de sol con lunas de espejo que compasivamente intentan esconderme de esa cruel realidad que los años traen consigo (y conmigo).

Fui por los malecones desde San Isidro hacia Barranco.

Siete kilómetros.

Once y media de la mañana.

Crucé el puente de la Bajada de Armendáriz.

Momento de regresar a casa.

El calor quemaba cada vez con más fuerza. El sudor invadía mis  ojos, mis labios.

Me fijé en mis piernas, en mis brazos.

El protector solar había dejado de hacer efecto.

Una vez más cuando me pregunten mis amigos por qué estoy tan bronceada—pensé—, tendré que responder que troté sola y me distraje.

Sin detenerme, tomé agua al tiempo que derretía en mi boca una gomita energética con sabor a cereza.

Vi pasar a una pareja que corría tomada de las manos. Insólito. Pero al igual que yo, lo hacían felices.

Me di cuenta entonces que  volver por los malecones sería avanzar a cielo abierto.

Sin sombra.

Decidí regresar atravesando el antiguo Miraflores. Cualquier calle sería buena. Era cuestión de ir por el lado de la acera en el que los árboles pudieran refrescarme. Por lo menos a ratos.

Avenida 28 de Julio. Larco. Pardo. Miré hacia la derecha. Comandante Espinar.

Allí estaba. En plena esquina. Y esta vez con la puerta abierta.

La casa que había sido de mi abuela.

La vendieron cuando yo tendría diez años.

Nunca más volví a entrar.

Funcionaba ahora como un centro público de salud.

Sin dudarlo, sin pedir permiso, sin quitarme la gorra ni los anteojos, con mis rodilleras bien puestas, mis botellas de agua y la piel salada de transpirar, me dejé llevar por la sombra y los recuerdos.

Sospecho que por mi vestimenta no debí haber pasado inadvertida, pero nadie perdió su tiempo en preguntarme quién era yo o qué es lo que hacía deambulando por allí en esa facha.

En la sala funcionaba la recepción.

En el comedor había escritorios.

¿Sería acaso la cantidad de muebles, papeles, personas desconocidas por mí, que hacían ver el lugar tan pequeño?

La piscina ya no existía. Tampoco el vivero. —Debes tener más cuidado con las plantas, chiquita— recordé las palabras de mi abuela cuando me sacó una espina de la mano.

Gordita, bajita. De sonrisa breve, silenciosa y dulce. Sus labios pintados de un suave tono rosa. El pelo gris siempre arreglado. Así la recuerdo. Con algún vestido azul de diminutas flores. Un sombrero de ala en el verano.

El patio se había convertido en la sección para lactancia de bebes. Le hubiera gustado a mi abuela ver esto, pensé  al encontrar a varios niños esconderse entre las piernas de sus mamás, de las enfermeras. ¿Se escapaban de las inyecciones como yo lo hacía?

Nadie me miraba. Nadie me hablaba. ¿Podrían verme?

Volví al lugar donde antes estaba la sala. Subí las escaleras que llevaban a los dormitorios. Sentí el crujido de mis pasos (y rodillas) sobre las viejas gradas de madera. No vi ningún letrero que prohibiera entrar, solo uno que señalaba la zona de psiquiatría.

¿Sería por eso que me permitían andar así tan campante?

Las habitaciones, convertidas en consultorios, estaban cerradas.

Atraída por la luz del balcón, me dirigí hacia él. Su piso de azulejos no había cambiado. Cerrado por grandes ventanales, era ahora otra oficina, pero a diferencia de las demás, estaba muy iluminada.

—Buenas tardes— distraje a una señora que leía informes en su escritorio.

Sin  permitirle abrir la boca, justifiqué  mi presencia.

—En esta casa nació mi papá. Y ese era el dormitorio de mi abuela— le dije mientras señalaba la puerta que daba al balcón.

—Cuéntame tu historia— me pidió invitándome a sentar en un diván imaginario.

Tuve tiempo para leer el rótulo de su mesa: “Dra. Emma Gutiérrez. Psiquiatra”.

—De niña venía a esta casa para visitar a mi abuela—continué—. Nos reuníamos con mis tíos y primos. Bajo las escaleras había un pequeño bar. Olía raro pero me gustaba. Recién  de grande descubrí que era a corcho rancio…

—¿Y alguien murió acá?— me sacó de los recuerdos.

—No que yo sepa— reaccioné a la defensiva.

—Es que sentimos golpes. Creemos que se trata de un espíritu— me explicó mientras buscaba mis ojos tras mis lentes.

—Debe ser mi abuela—le dije devolviéndole el reflejo de mi mirada y regresando con mi memoria a la infancia—. Era una mujer muy alegre. Le decíamos Amama. Yo la quería mucho. Le encantaba cocinar, hacerle ropa a mis muñecas. Siempre encontraba un pretexto para viajar en familia. Nunca estaba quieta y sin embargo estar con ella me daba tranquilidad.  Pero no se preocupe, doctora— agregué sin dejar que me interrumpa—. Ya no va a escuchar más esos golpes. He venido para llevarme a mi abuela— me sorprendí diciéndole al mismo tiempo que abandonaba el balcón.

—¡Vuelva pronto!— se despidió de mí—. ¿Le programo una cita?

Y troté feliz hacia mi casa y me di cuenta que allí donde busqué la sombra, encontré el sol y que esta vez, lo llevaba conmigo.

Mañana cuando me pregunten por qué estoy tan bronceada, no mentiré si respondo:

-Es que corrí acompañada por mi Amama.

                                                                                            

Lima, sábado 21 de febrero  de 2015