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De quererlo, pocos lo hacen, porque aunque alegre y generoso, de ojos grises casi amables, Juan, el de las cejas pobladas, tiene muy mal carácter, lo que ahuyenta a sus amigos y hasta algunos animales que sin saber qué les espera, se le acercan a olfatearlo. Con casi un metro noventa, cabello rubio, ensortijado y dócil, piel canela por el Sol, su cómplice, deportista y entusiasta, se hace a veces llamar “don”. Pero esas poses que derrama y que ¡ay!, lo hacen tan petulante, al extremo del ridículo, aleja a tantas mujeres y hasta a ciertos hombres incautos. Y a pesar de esa sonrisa, tan suya, tan fresca, tan blanca, y del buen vestir del que yo admito, con justa razón se jacta, sigue estando soltero y ya bordea los cincuenta (claro está, él lo rechaza). Afirma que la soledad no es importante, ¡qué va! Que está feliz con su dinero, se ufana. Se considera un gran jurista y político de renombre, aunque quiso ser congresista y no le alcanzaron los votos.

Seguirá intentándolo, seguirá, pues para eso, el bueno de Juan, tiene a su madre, ahhh, su madre, quien ciega de amor lo apoya en sus más “precoces” proyectos. Lo banca, lo alaba, lo arrulla, le cocina dulces potajes para que crezca sano y muy fuerte, y le cubre con absoluto descaro su vergonzoso origen, su turbio pasado, ese del que poco se sabe y yo les juro también ignoro.

Dicen que como él, no hay muchos. ¡Qué va!

¿Y como ella?

(Tarea para el curso de narrativa dictado por Enrique Planas: la creación de un personaje)

Octubre 2,012