SEBASTIÁN TE ESPERA

Posted: 2 September, 2015 in 2015
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Abrí los ojos.

Tirada entre la maleza no podía ver nada.

Tenía la boca seca. ¿Cuánto rato llevaría en ese lugar?

Intenté levantarme.  Un leve mareo y un fuerte dolor en el brazo izquierdo me lo impidieron.

Esperé unos minutos.

Al ponerme de pie, me vi sumergida en un profundo agujero. Parecía un antiguo pozo abandonado. —La vegetación y pequeños arbustos debieron amortiguar el golpe—pensé.

¿Cómo había llegado hasta allí?

Traté de ver la hora pero no tenía el reloj puesto. Me imaginé que se me había caído. ¿Me lo habrían robado? Mi mochila. ¡Tampoco estaba mi mochila!

Aunque sin fuerza, el sol llegaba a alumbrar el lugar donde me encontraba. ¿Cuánto tiempo de luz me quedaría?

En ese silencio total, lo único que podía oír eran los latidos acelerados de mi corazón. Sin embargo, un perfume a madreselvas me daba tranquilidad. No me gustaba pero recordaba ese aroma. Yo conocía ese lugar.

Empecé a sentir calor.

Me quité la chaqueta y me acomodé sobre ella.

Respiré profundo.

Traté de acordarme de lo sucedido.

Esa mañana. Debió de ser al amanecer de esa misma mañana cuando salí  a subir la montaña. El Supremo. Así llamaban a ese monte a los pies del cual había crecido toda una ciudad, Zuma, al sur de El Carbajal en Venezuela.

Yo no conocía al grupo de escaladores, pero entusiasmada, me inscribí a través de una página web. Había visitado el monte Supremo cuatro o cinco veces durante el último año y no quería hacerlo otra vez sola.

Desde que los vi, no me gustaron. Algo me intranquilizó. Sus rostros. Sus miradas. Quizás su forma de vestir o de hablar. Ese tatuaje en forma de serpiente alada que llevaba en la pierna el que parecía ser el jefe del grupo. No había ni una mujer entre ellos. Pero ya metida en el autobús que nos llevaría a la montaña, no fui capaz de dar marcha atrás…así como una novia no puede decir que no ante el altar.

Faltaban pocos días para mi boda. Cada hora que pasaba tenía más miedo. Más ganas de escapar. ¿Sería mejor perderme en las montañas que decir que no al matrimonio? Quizás fue esa la razón para unirme con esos extraños.

Ahora eso no era importante. Ahora solo debía salir de allí.

¿Pero acaso quería hacerlo? ¿Quería salir de allí?

Volví a pararme para buscar a mi alrededor. Definitivamente mi mochila no estaba. Tampoco mis palos de escalar ni el celular.

Había perdido todo y sin embargo no me importaba.

Ya no me importaba.

Me senté.

El silencio era embriagante. Demasiado agradable. A lo lejos pude oír el agua de algún manantial. No debía ser tan profundo el pozo.

El brazo dejó de dolerme.

Me quedaría allí. ¿Para qué salir y enfrentar aquello que no era capaz de hacer?  Decir que no. Decirle que no a Sebastián. Que no me casaría con él. Que tenía miedo.

Mi corazón latía ahora casi imperceptible. Me sentía segura. Protegida por las suaves hierbas y los muros de piedra de ese viejo pozo.

De pronto, dejé de oír el correr de las aguas.

El perfume a madreselvas se hizo más y más intenso.

Recordé el olor de la esposa de mi padre. ¡Cómo la odiaba! Desde niña nunca supo quererme ni yo a ella.

—Dice tu papá que ya es hora. Que salgas del cuarto— me ordenó con esa voz punzante a la que jamás me pude acostumbrar—. ¡Vamos, vamos, que Sebastián te espera!

Rossana Sala. 29 de agosto de 2015

Comments
  1. pesadilla, dile que no de frente!

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