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—Sin desmerecer al cura —me interrumpió el chofer—, acá donde me ves tengo cincuenta años y estuve preso veinticinco en el penal de Piedras Gordas.

Y me quedé en silencio.

“No tomes cualquier taxi de la calle. Es peligroso.”  Me decían mis hijos.

—¿Veinticinco años preso?

—Por si acaso no maté a nadie…

Pero ya era tarde.

Metida en el zanjón camino a Miraflores, no había forma de decir “me bajo en la esquina”.

—¿De dónde viene tan apurada? —me había preguntado el conductor al subirme al auto a dos cuadras de la Plaza de Armas.

Le expliqué que acababa de dejar un cuento de mil palabras para el concurso de la revista Caretas. Que esa era la última fecha para entregarlo, por lo que había decidido hacerlo personalmente.

—¿Es usted escritora?

Le dije que no, que una simple aficionada.

El tráfico se puso muy intenso. Los autos empezaron a reducir la velocidad hasta detenerse, lo que le dio tiempo al chofer para voltear la cara y mirarme a los ojos.

Una cicatriz vertical recorría el lado derecho de su rostro hasta casi alcanzarle la frente. Su pelo negro y ensortijado parecía haberle crecido más copioso justo a lo largo de su profunda marca.

—Me llamo Pedro. ¿Por qué no me cuentas de qué se trata tu historia? —me tuteó arrogándose ese derecho quizás al descubrir que yo no era famosa—. Parece que tenemos para rato hasta llegar a Miraflores.

Y claro, cuando a mí me preguntan algo así, no paro de hablar y menos me detengo a imaginar la razón de esa herida en la cara, así que, con mi natural verborrea, empecé a decirle casi sin respirar, que la historia se trataba de una mujer muy atractiva, de vestido rojo y soltera que viajaba desde Madrid a Lima, que al llegar al aeropuerto de Barajas le había rezado a Dios para que se sentara a su lado un hombre bueno, gentil, inteligente y atractivo y que al parecer, exageró en su pedido, pues a su lado se sentó un sacerdote. (1)

—¿Un cura? ¡Bien hecho! —me dijo sonriendo al volver una vez más el rostro hacia atrás—. Eso les pasa a las mujeres por exigentes.

—Bueno, se trata solo de un cuento.

—¿Y qué más? ¿Se enamoró del curita?

—Resulta que la mujer, se preocupó al saber que iba a estar once horas al lado de un sacerdote y,  pensado que por eso terminaría confesándole sus pecados, decidió hacer ella las preguntas. El cura le dijo que estuvo a punto de morir en varias oportunidades y en cada una le ofrecía a Dios dedicarle su vida si lo salvaba pero nunca cumplió sus promesas. Le dijo que antes de unirse a la Orden, había sido policía, pero de los corruptos, que tomaba mucho licor y era mujeriego.

—Sin desmerecer al cura —me interrumpió el taxista—, acá donde me ves tengo cincuenta años y estuve preso veinticinco en el penal de Piedras Gordas.

—¿Veinticinco años preso?

—Por si acaso no maté a nadie. En realidad mi condena fue por diez, pero el muy imbécil de mi abogado apeló y la ampliaron. Con tu perdón por la grosería.

Los autos del carril por el que transitábamos empezaron a moverse. Bajé un poco el vidrio de mi ventana. El día estaba nublado y frío, pero empecé a sentir calor, falta de aire.

La curiosidad venció mi miedo así que traté de averiguar qué es lo que había hecho ese hombre para recibir tremenda pena.

Me explicó que a él y a un grupo de amigos, los acusaron de terroristas. Habían estado en el levantamiento de Vilca en el que hubo varios muertos. Estando en la cárcel, algunos periodistas americanos lo entrevistaron y siempre terminaba apareciendo en los reportajes como un asesino. Nadie le creía. Al cumplir su condena, entre él y sus amigos se compraron un Hyundai para hacer taxi.

—¡Excelente! —le dije calculando cuánto faltaba para llegar a mi destino.

—Y, usted señorita, ¿me cree?

—¡Pero por supuesto! —respondí dejando aflorar mi instinto de supervivencia mientras notaba que la imagen de la Virgen de la Candelaria que colgaba del espejo retrovisor se balanceaba queriendo quizás advertirme algo.

—La verdad —continuó sin darle importancia a mi respuesta —, la plata no alcanza. Me gustaría publicar mi historia.

Finalmente, salimos del zanjón.

—Doble por favor a la izquierda —señalé la avenida Benavides.

—Como te decía, quiero publicar mi historia. Que la gente sepa qué paso en Vilca, porqué luchábamos y que mis amigos y yo somos inocentes y a pesar de eso estuvimos veinticinco años en la cárcel.

—Llegamos —señalé un edificio de vidrios de espejo dorado.

Levanté el pestillo antes de que se detuviera el auto.

—Un momento. No se baje todavía.

“¿Por qué ahora me trataba de usted?”

Los pestillos se cerraron.

Me miró otra vez.

La marca que le surcaba el rostro se volvió más profunda.

Sin importarle el tráfico, detuvo el auto.

“No tomes cualquier taxi de la calle”.

—No le interesa mi verdad, ¿acaso? ¡El motivo de nuestra lucha! Llámeme y nos reunimos para que la escriba. Seguro que será un gran libro y ganará más premios que con su historia esa del curita.

—Bueno —le dije al ver su celular sobre la consola—. Si me da su número nos comunicamos.

—Es que lo no sé —me dijo—. El teléfono es nuevo. Más bien si me dictas el tuyo yo lo marco en este momento y así me tienes grabado. No me has dicho tu nombre.

Y fue en ese instante cuando mi habilidad por contar cuentos tuvo un in crescendo emocional y mi sentido de la hipocresía se desarrolló en señal de auxilio.

—Es que yo tampoco sé mi número. Me prestaron este teléfono para ir al Centro.

—Apunta mi correo electrónico. ¿Cómo te llamas?

—Dime, dime —saqué la mano de la manija de la puerta para tomar nota y lo tuteé en son de confianza.

—Piedras gordas arroba gmail punto com. No le pongas punto entre piedras y gordas.

Y al bajar del auto, de un solo portazo,  le puse punto a su historia.

(Sin desmerecer al taxista, por supuesto).

 

(1) Cuento ¿Te ayudo?….el cuento del Curita…

https://rodandoentrelineas.wordpress.com/2017/02/21/te-ayudo/

Rossana Sala.