Archive for the ‘Octubre (Al alcance de las zapatillas)’ Category


shoesPor diferentes razones, dejé de trotar en forma regular. Durante  varios meses, demasiados, lo hacía solo de vez en cuando: me inspiraba, me olvidaba del frío, me esforzaba por no fijarme (mucho) en el pálido cielo limeño y salía a correr.

Claro. Como era de esperarse, no tenía resistencia. Me dolía todo. No disfrutaba de la ruta ni llegaba muy lejos. A mí, que me gusta avanzar por los malecones de Barranco, Miraflores, San Isidro y hasta donde pueda olfatear las olas del mar, no podía hacerlo. No tenía ganas. Me molestaban las rodillas. Me conformaba así con las calles y su tráfico, con escuchar la música de mi iPod y regresar a casa sin haber disfrutado de la brisa marina para dejar en un rincón las zapatillas e ignorarlas hasta cualquier otro día de inspiración. Si es que llegaba.

Hace algunas semanas, sin embargo, convencida por la vida y los amigos, volví a encontrarme con las pistas. Volví a disfrutar de ellas al ritmo de la música y regresé al doctor para que me ayude con aquel malestar a las rodillas que colaboró en el desarrollo exagerado de mi abulia. —Es que no puedo correr. Me duelen demasiado— mentía sin asco ocultando mi falta de ánimo y cualquier otra razón. La había.

Y fue en este proceso de “otra vez correr” y así de alguna forma  “volver a la vida”, que esta mañana troté más contenta que lo usual.

No sé si brilló el sol pero estoy segura de que mi corazón lo hizo.

Y allí, mientras saboreaba la brisa marina, me puse a pensar en cómo este deporte tan sencillo puede ayudarnos a seguir adelante. Es que cuando corres, avanzas, y a medida que lo haces dejas atrás, tirado como el escombro, en cualquier kilómetro de la ruta, tus problemas, tus confusiones, los pesos que no quieres cargar más por la vida. Y  todo eso -que me he atrevido a llamar “escombro”- es mejor que no lo dejes en el punto de partida, no vaya a ser que al llegar a casa lo encuentres de nuevo en tu puerta y no quede espacio para reemplazarlo por las sonrisas y energía que descubriste en tu camino.

Esta mañana me di cuenta​, también, de la gran diferencia que existe entre tratar de salir a flote en la vida cuando has estado haciendo deporte en forma regular, y el intentar seguir adelante cuando  el deporte ya no es parte de tu rutina.​

En momentos difíciles, reiniciar el trote es un reto tan grande como querer caminar llevando costales de arena amarrados a cada uno de tus pies.

Si no dejaste de correr, en cambio, aunque lo momentos sean duros, seguir trotando es darte cuenta que la felicidad está al alcance de tus zapatillas.

Y con esto no quiero decir que no necesites cargar contigo líquidos, gomas y geles energéticos.

Todo ayuda.

Pero pronto no serán necesarios.

Serán solo tú y tus zapatillas.

Aunque la música es otro complemento importante.

Me encanta correr al ritmo de canciones alegres, que aceleran el paso.  Sin embargo, gracias a las funciones satelitales de mi reloj que me permiten conocer la velocidad a la que troto, me doy cuenta de que muchas veces voy demasiado lento. Nadie me saluda. Todos se despiden. Eso me sucede cuando estoy muy cansada o cuando empecé a escuchar alguna cancioncilla melancólica y melosa que cargué en mi iPod en mis ratos de desmesurada nostalgia.

No.

Hay situaciones en que está claro que esas canciones no sirven.

¡Olvídalas! Sáltalas o trótalas sin entender lo que intentan susurrarte. ¡Para eso tienes puestas las zapatillas! Aprieta el paso. Y si te es posible, cómete un gel de inmediato o dale un buen sorbo a tu bebida energética favorita. Eso es lícito. ¡Vamos! Sube el mentón. Mira hacia adelante. Sonríe. Respira. Toma impulso. Levanta con fuerza las piernas. Usa tus brazos como remos.

Cualquier día te sorprenderás contigo mismo y hasta olvidarás cuánto, pero absurdamente cuánto, te llegaron a doler esas rodillas.

Dicen que la felicidad está al alcance de las manos.

Pero yo pienso que también está al alcance de las zapatillas.

Escrito en Lima, un día de octubre del año 2014. Son casi las dos de la tarde y hasta ahora no me quito las zapatillas. ¿Para qué?