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Jamás imaginé, cuánto iba a cambiar mi vida por haberme atrevido a pasar debajo de la escalera. Ya me lo había advertido tantas veces mi madre, y yo, a mis trece años, no le creía.

—Eres muy supersticiosa —le decía mi padre a quien no le gustaban ese tipo de ideas.

Recuerdo bien aquel día. Como si fuera ayer.

Era invierno. Mis manos estaban heladas y mis labios secos.

Disfrutábamos las vacaciones en la hacienda de mi abuelo en las montañas.

Lucía (la menor de mis hermanas) y yo, jugábamos en el granero.

Fue allí donde vi la escalera.

Pero yo tenía trece años y según mi madre, ese era un número de suerte.

Por hacerme la valiente, reté a mi hermana.

—¡A que caminamos debajo de la escalera y no nos pasa nada! —le dije.

Allí estaba la escalera. Hecha de troncos amarrados con sogas.  Apoyada a una vieja pared de adobe, esperando con paciencia, que alguien se atreviera a pasar debajo de ella.

Y Lucía, a sus cinco años, me siguió sin miedo.

Y al llegar al otro lado, le vi la cara.

—¿Hermana, qué te pasa? —me preguntó asustada—. ¿Por qué me miras así?

Un calor profundo invadió mi cuerpo.

Mis manos sudaban.

¡La cara de Lucía estaba plagada de triángulos!

De triángulos blancos y negros.

¿Qué le había pasado? ¿Cómo estaría la mía?

Me quedé en silencio.

¿Por qué mi hermana no me decía nada?

Hice un esfuerzo para tratar de mirar la punta de mi nariz.

No pude.

Como si todo estuviera bien, seguimos avanzando, mientras yo  buscaba  algún charco de agua cristalina para ver mi reflejo.

—¿Qué te pasa, Melissa? ¿Por qué vamos tan rápido? —se quejó inocente.

—Mejor regresamos a  la casa —le respondí—. Ya es tarde. Parece que va a llover — mentí.

Intenté no fijarme mucho en su cara, pero me pareció que los triángulos, blancos y negros,  empezaban a llegarle al cuello.

—Pero,¿qué clase de triángulos serían? —pensé al observarla ahora con detenimiento—. ¿Serían triángulos equiláteros? ¿Isósceles? ¿Escalenos? No estaba segura, pero todos, uno al lado del otro, cubrían la piel tan suave de mi hermana, sin dejar un espacio libre entre ellos. Sus ojos, esos ojos chispeantes color caramelo, se veían ahora tan pequeños. Cada vez más escondidos.

—¡Pobre Lucía! Y todo era mi culpa —me arrepentí—, por no creer, como mamá, en la escalera y la mala suerte. ¿Y no era el trece un buen número, acaso? ¿Por qué le había pasado eso?

—Quizás, si no tuviera el pelo amarrado en una cola de caballo, no se le verían  tanto esos triángulos — me ilusioné mientras se la soltaba.

Lucía, no se inmutó y siguió caminando y haciéndome las preguntas de siempre, sobre el nombre de algún nevado que veíamos a la distancia o del extraño olor de los  árboles que nos acompañaban a lo largo de nuestro paseo y yo le respondí que era el Pico Blanco, el más alto de la zona, y que se trataba del aroma a pinos que fueron traídos hace muchísimos años desde Australia y le puse mi chaqueta para protegerla del viento y ella sonrió orgullosa de mí, su hermana mayor, dejando ver sus pequeños dientes rodeados de triángulos blancos y negros.

—Pero, ¿qué clase de triángulos serían? —seguí tratando de recordar—. ¡Dios mío! — recé, recé y recé con un fervor inusual en mí—. ¡Bórrale esas figuras geométricas a mi hermanita!

Y fue en ese momento cuando encontré un estanque al pié de unas rocas inmensas. Algunos patos que nadaban en la orilla, volaron asustados al sentirnos llegar.

El  color esmeralda de las aguas era perfecto: brillaba como un espejo.

Tenía que mirar mi cara en el reflejo sin que Lucía me descubriera. Entonces, le pedí  (bueno, la verdad que le ordené), que buscara retamas para llevarle a mamá quien, entre tantas otras cosas, creía que colgarlas detrás de la puerta principal de la casa, traían buena suerte.

Quizás era cierto.

Por fin me acerqué al estanque.

¡Y no!  Como  sospechaba ¡no tenía  triángulos, ni círculos, ni cuadrados perfectos!

Nada.

Ni siquiera una línea recta atravesaba mi frente.

—¡Dios mío! —me concentré otra vez—. Te prometo que voy a estudiar y sacarme las mejores notas de la clase, si vuelves a mi hermana como era antes. ¡Si tú quieres, llena mi cara de triángulos…!

 

—¡Melissa! —me interrumpió la profesora—. ¡Baja de una vez de las nubes! ¡Es hora que entregues el examen!

—¡Un ratito, por favor, un ratito! —le supliqué al acordarme por fin de la respuesta a la última de las preguntas de la prueba de geometría.

—”Isósceles” —escribí segura y tan rápido como pude—. “Triángulo isósceles”.

—¡Pero niña! ¿Qué te ha pasado? —me preguntó la maestra al abrir los ojos como nunca antes se los había visto.

 

 

Rossana Sala. 20 de agosto de 2016

È VERO!

Posted: 18 July, 2016 in 2016
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spinn (Para Leez Moncada, por sus inspiradoras clases)

—Mañana es domingo de patas—nos recordó Leez, la profesora de spinning—. No se olviden. De nueve a doce pueden traer a un amigo. Y es gratis —recalcó con firmeza como si el hecho de no tener que pagar un céntimo nos fuera a aliviar el esfuerzo.

Yo la escuché con atención, exhausta desde mi bicicleta estacionaria, tomando un trago de agua mientras trataba de imaginar quién podría ser capaz de traer a un amigo a pedalear tres horas sin respiro.

—¡Vamos no se detengan! —siguió animándonos Leez en el minuto setenta y cinco de ejercicios.

—Mejor viuda que divorciada —oí decir a Sofía, una muchacha muy maja sentada justo al lado mío.

La había visto antes, siempre sonriente y parlanchina, vestida con polos y lycras de colores de moda. Cada clase la terminaba con tanto glamour como si nunca la hubiera empezado.

La oí con disimulo, traté de sopesar sus palabras, de adentrarme en sus pensamientos. Entender si era acaso posible solidarizarme con ella.

—Y todavía gratis—completó la idea Sofía sin darse cuenta de que, a pesar del intenso remix bailable a más de cien decibles, cada una de sus palabras invadía mis oídos.

Y yo que no tengo marido y que soy de corazón dulce y mente (rara vez) satírica y perversa, por unos segundos me puse en el cerebro de Sofía:

“Traiga a su esposo el domingo y con seguridad él estirará la pata.”

—¡Con fuerza! Tú no me decepciones, ¿eh? —se acercó Leez a Sofía.

La gente tomaba agua, algún muchacho sin pelo y a punto de rendición, dejaba caer el sudor al piso, otro se secaba la frente con la toalla, yo veía el reloj de la pared que hacía tic y nunca llegaba al tac y en el salón de clase retumbaba un vallenato desesperado, Shakira y Vives, “…lleva, llévame en tu bicicleta…”, y en mi cabeza esa idea de Sofía: mejor viuda que divorciada, mejor viuda que divorciada.

Tac.

—Felicitaciones a los alumnos nuevos que vinieron a clase sin saber lo que les esperaba —dijo Leez orgullosa al iniciar el  último estiramiento.

Y al terminar la clase, la seriedad y la tensión de Sofía se le veían en el rostro. Se bajó con torpeza de la bicicleta y salió del salón despidiéndose de la profesora con estas palabras:

—Gracias. Hasta mañana —le dijo con un tono de cariño en su típico acento español, lo que hasta el momento no me causó intriga alguna.

Pero allí no terminó la cosa:

—A las nueve en punto estaré acá con mi marido. Sea como sea lo convenzo y te lo traigo. Y tú —le aclaró clavando la mirada en la pobre Leez—, no me decepciones, ¿eh?

UNA HERMOSA ACUARELA POR LA VENTANA

Posted: 4 July, 2016 in 2016

image1 (2) —No hagas caso —me dijo mi madre—. Si no te invitaron, no te invitaron. Ahora Teresita, olvídate y anda a jugar con tus hermanos al parque.

—¡Pero mamá!—le reclamé con firmeza—. ¿Será que no llegó la tarjeta?

Y yo sabía la respuesta.

Mi madre también la sabía.

La tarjeta había llegado, pero yo no tenía un vestido lindo ni un regalo especial para ir a esa fiesta.

A la fiesta de Ana.

Yo la había visto. Había visto a Ana en el salón de clase hacer la lista de sus invitadas. Allí estaba  mi nombre. Celebraba sus once años. Yo también tenía once años. Los había cumplido unos meses antes, todavía en verano, pero no había hecho ninguna fiesta.

El dieciocho de abril era su santo. Empezaba el otoño y el viento soplaba y los parques y avenidas se llenaban de hojas amarillas, rojas, azules, pardas. Todas secas.

Mi abuelo decía que algunas tardes llegaban a convertirse en acuarelas.

Ana no era mi mejor amiga, es cierto. Sus calificaciones en clase no eran muy buenas. En todo lo demás ella, era perfecta. La recuerdo bien. Regalaba sonrisas. Su pelo color caramelo, lacio, con ese cerquillo que no llegaba a cubrirle su mirada traviesa. El mandil a cuadros azules y celestes, siempre limpio. Las medias blancas, a la misma altura debajo de las rodillas. Los zapatos negros y brillantes.

De charol.

Pude verle los zapatos de charol a través de la ventana de su casa.

Había logrado escabullirme.

Mamá creerá que juego en el parque con mis hermanos, pensé.

Aunque no podía entrar, necesitaba de alguna manera estar en ese cumpleaños. Sentirme allí. Ver a mis amigas. Saber qué hacían.

Las invitadas llegaban acompañadas de sus madres. Dichosas, con sus vestidos de encaje y listones de seda, cargadas con grandes regalos envueltos en papeles plateados y dorados, ellas, entraban a la fiesta.

Yo las miraba escondida tras unos arbustos. No llevaba puesto un vestido. Tampoco tenía zapatos de charol ni un regalo maravilloso para Ana.

Me di cuenta entonces que mi madre tenía razón. Que mejor era pensar que no me habían invitado.

—¡Entra a la casa! —me hizo una señal con la mano un señor desde el otro lado de la ventana por la que me asomaba.

¡Me descubrieron! ¿Pero quién me invitaba?

Y antes de que yo pudiera salir corriendo, allí estaba él. Al lado mío. Con muchísimas arrugas en la cara. Con ese pelo abundante, blanco y suave con el que me divertía al revolotear mis dedos cuando se inclinaba para abrazarme. Con esa gran joroba que lo distinguía de cualquier otro abuelo que salía a caminar con sus nietos.

El mío.

Era mi abuelo el que me invitaba a pasar.

¡Pero no podía ser cierto!

—¿Qué haces acá, abuelito? —quise saber de inmediato—. ¿Cómo entraste a la casa de Ana?

—Cierra y abre los ojos, Teresita —me pidió con esa voz tan dulce que hoy todavía recuerdo.

Y lo obedecí sin dudarlo mientras trataba de entender por qué si ya nunca lo veía, estaba allí mi abuelo.

Y al abrir los ojos me encontré en el jardín de la casa.

De la casa de Ana.

Allí estaba yo, rodeada de globos y serpentinas de colores.

Payasos y magos se paseaban de un lado a otro. Los invitados conversaban, reían, participaban de los trucos y juegos. Algunas de mis amigas, tomadas de las manos, jugaban a la ronda mientras cantaban el Arroz con Leche.

Al centro, debajo de un toldo inmenso y rosado, una torta cubierta de crema chantillí y fresas esperaba ser saboreada por las niñas y sus madres. Todas hambrientas. Caramelos, galletas, panecillos de miles de sabores formaban parte momentánea de la decoración de la enorme mesa.

¿Y cómo había llegado yo a ese lugar extraordinario?

Y Ana corrió y se me acercó y que linda tu ropa me dijo, y yo ya no tenía puesto un blue jean ni esa blusa a cuadros rojos que no me gustaba. Llevaba un vestido celeste y zapatos de charol brillantes y pude sentir mi pelo recogido con un lazo de seda y gracias por mi regalo me dijo mi amiga y tomó de mis manos un pequeño cesto y sacó de allí un cachorro de orejas blancas, negras, marrones, muy largas.

Y todas las niñas nos rodearon para saber qué pasaba.

—¿Con quién viniste, Teresita? —me preguntó la mamá de Ana.

Y ¿mi abuelo?

Lo busqué en el jardín. Lo busqué en la sala. Lo busqué entre los árboles con la mirada. Y el cielo estaba azul. Y las hojas volaban con fuerza. El viento se las llevaba. Rojas, pardas, amarillas, anaranjadas.

Vi una hermosa acuarela por la ventana.

 

 

Rossana Sala, 2 de julio 2016


Era un sábado cualquiera. El despertador sonó a las seis de la mañana, como si fuera un lunes. Estaba por nacer su nieta. Se puso de pie todavía escuchando el ruido del reloj que lo obligó a abrir los ojos.

Pronto nacerá mi nieta, se dijo. Mi primera nieta.

Sonrió.

Recordó su sueño: un ángel vestido de harapos dormitaba en una banca en la Plaza Regocijo.

Regocijo. ¿Y dónde quedaba ese sitio? ¿Existía, acaso? ¿Un ángel vestido de harapos?, se preguntó.

—Voy a salir a dar una vuelta— le avisó a su mujer que todavía descansaba.

Al abrir la puerta de su casa, sintió la brisa fresca del viento al empujar las hojas de los robles  que crecían a lo largo de la avenida. Treinta. Cuarenta años. ¿Qué edad tendrían esos troncos? ¡Taxi! Escuchó a un hombre que le ofrecía el servicio.    A la Plaza de Armas, dijo. Regocijo. Me gusta ese nombre, pensó mientras un viejo Chevrolet negro lo llevaba al centro de la ciudad.

—Acá lo dejo —le dijo el chofer—. Va a tener que ir a pie unas cuantas cuadras. La entrada a la plaza está cerrada.

Y se bajó del taxi.

Gente, mucha gente caminaba a lo largo de las estrechas calles. Iba y venía apurada como si fuera un lunes. Pero era un sábado cualquiera. Ocho de la mañana. Vendedores de lápices, cuadernos, libros usados, de piedras brillantes de algún lugar de la sierra. Caramelos, café, hierbas y pan dulce. Le ofrecían de todo mientras avanzaba por la vereda. Va a nacer mi nieta.  Mi primera nieta.  ¿Y cómo la llamarán? Mi hija me ha dicho que su nombre me va a gustar. Que será una sorpresa. ¿Tendrá acaso  el nombre de mi madre?

Se distrajo.

angel2Se detuvo al ver a una niña. No tendría más de doce años la pequeña. Vendía ángeles de porcelana al otro lado de la acera.

Cruzó. Cruzó la acera.

Un ángel para mi nieta.

Un ruido estremecedor le hizo mirar hacia atrás.

Un auto rojo en la vereda. Avanza. El auto rojo avanza sobre la gente, los libros usados, las piedras brillantes de algún lugar de la sierra. Gritos. Llantos. ¡Cuidado! ¡No lo toquen! ¿Está muerto? Una ambulancia. ¡Auxilio!

¿Y él?

Él: único testigo de lo que pudo haber sido el final de su vida de no haber cruzado hacia la otra acera.

La pequeña que vendía los ángeles se le acerca. ¿Un ángel para su nieta?

—No vas a creerlo —le dijo a su esposa al llegar a casa, todavía asustado, contarle lo sucedido y mostrarle el querubín de porcelana que compró para su nieta—. La niña que me lo vendió vestía de harapos.

Rossana Sala. 18 de junio de 2016

 

Este relato, se basa en parte en una historia real…de cuando yo iba a nacer y mi abuelo.
Lo raro de todo, es que lo escribí el sábado y ayer, lunes, mi mami sin haberlo leído me dijo…mira lo que te traje de Cuzco y le tomé una foto a su regalo y la pegué en este cuento…

 


bank—¿Siempre desea morir? —le pregunté al hombre acercándome a él con la mirada.

Y con un gesto me dijo que sí, pero al fijarme bien en sus ojos húmedos, descubrí que detrás de ellos era un niño quien hablaba. Que intentaba responder que no. Que quería salir.  Un niño preso en ese cuerpo cansado, que no hacía más que viajar con la mente, saltar, reír, cruzar los ríos, montar bicicleta, ir de pesca con sus hermanos por las montañas.

Un niño atrapado en ese mundo que hoy lo rodeaba.

Entonces le volví a preguntar —¿Siempre desea morir?—

Pero esta vez, no me dijo nada.

—Llevémoslo al jardín.  Un poco de aire fresco es lo que le hace falta —le dije a la enfermera—. Que camine. Le va a hacer bien mover las piernas.

Y al abrirse la puerta, el hombre se cubrió los ojos.

¿Para protegerse del sol? ¿Para no averiguar lo que había más allá?

Nunca lo supe.

Lo vi tratar de  entrar otra vez en la casa.

¿Tendría miedo?

Y él se llamaba Manuel y yo le dije Manolín, así como seguro le decían de pequeño.

—Sal, Manolín —le pedí con cariño—. Ve al  patio a dar un paseo.

Fue entonces cuando volvió su rostro para mirarme, para agradecer mis palabras. Y sonrió, así como los niños lo hacen al imaginar que hay algo bueno y divertido afuera.

—Hay que dejarlo solo —le dije a mi asistente—. Va a estar bien.

Y lo vimos, paso a paso, dar una vuelta por el patio hasta detenerse a descansar en una banca.

Y lo vimos  sentir la brisa fresca que le soplaba en la cara. Mirar los pájaros que uno a uno se le acercaban. Sonreír con esa picardía que  con seguridad tenía en su infancia. Contemplar los árboles verdes, frondosos, fuertes.

Encontrar el camino que él buscaba.

 

Rossana Sala. 11 de junio de 2016

 


al otro ladoHay olores que te hacen viajar en el tiempo. El olor a granadilla, por ejemplo. Con él voy directo a ese jugo que, cuando tenía cinco años, llevaba en mi lonchera a la escuela.

El olor a  colonia, casi a talco, me trae a la mente a mi abuelo y ese pañuelo tan suave y tan blanco con el que me secaba cada  lágrima.

Hay olores que sin que nos demos cuenta, nos traen recuerdos.

El olor a alguien especial que ya no está a tu lado, pero que no se ha ido.

Canela. ¡Cómo me gusta su aroma! Algún día quizás descubra sus secretos en mi pasado. Es que hay olores que se pierden en el tiempo.

El olor a arcilla,  a témpera, el de los colores del salón de clase cuando todavía no nos dejaban tareas. El olor a libertad, el de las piñatas y el de los juguetes y caramelos al caer de ellas. El de los chicles de globo y el de las sorpresas al volver a casa después de reír en las fiestas.

El olor a césped recién cortado, mis hermanas y yo jugando a la ronda, a la pega inmóvil, al lobo feroz, mientras allí, de lejos, sentaba en una banca, cuidado que se caigan, nos decía la abuela.

El olor de mi madre y yo en sus brazos. El de mis hijos en los míos.

A mis enredos con hilos, lanas, agujas y  telas. Es que para la costura, nunca fui buena.

El olor a tinta, lápiz, tiza, borrador azul, a cuaderno nuevo. El olor al recreo, niños es hora de salir al patio,  el olor a plástico de mi pelota nueva.

El olor al primer día de clases.

No.

No  todos los olores se disfrutan.

Lo sé.

Hay olores tristes, que asfixian, molestan, lloran.

Pero para eso existe el olor a tinta, el olor a lápiz, a cuaderno nuevo, el del borrador azul, el de las acuarelas. Y también está, el olor a sueños, que si lo seguimos, nos puede llevar, hasta el otro lado de la Tierra.

 

                                                                                                                                                                      Rossana Sala. Lima 6.6. 2016


sterneEl paisaje frente a mí era tan hermoso. Montañas. El cielo azul del final de la tarde. Algunas estrellas empezaban a dejarse ver.

Me senté en el balcón de la casa. El silencio solo me permitía escuchar el viento. Sentirlo.

Necesitaba un poco de espacio.

De pronto, oí a alguien hablar. No era posible. No había nadie más en casa. Me mantuve quieta. ¿Alguien entraba?

Las conversaciones continuaron. ¿Qué es lo que decían?

Me puse de pie. Tenía que saber quiénes hablaban. Dónde estaban.

Recorrí las habitaciones del departamento. El ruido venía de la sala. De la chimenea tal vez. Sí. Las voces salían de allí.

¿Pero cómo era posible?

Presté atención.

Era una niña. Ardillas, abejas, flores. Logré escuchar esas palabras. Luego, la voz de un hombre. De un hombre viejo. Sigue leyendo mi pequeña, decía con cariño. Me gusta escuchar tus historias. La niña continuó. Un conejo se escapa por un agujero. Una paloma azul alcanza el cielo. Chispas de colores lo iluminan. Galletas de avena recién salidas del horno. Un rey. Una princesa. Una sirena. Un caballo blanco atraviesa a galope el campo. Una estrella dorada se lleva al abuelo.

Llantos.

La pequeña lloraba. No oía más la voz del abuelo. Llantos. ¿Cómo consolarla? No podía verla. No sabía quién era ni dónde estaba. ¿Habría alguien más con ella?  ¡Hola niña! Me entrometí sin miedo. Otra vez silencio. ¿Estás bien?, pregunté en voz alta a través del ducto de la chimenea.

Sentí el calor de las cenizas.

Salí al balcón.

Un conejo se escapaba por un agujero. Un caballo blanco galopaba por el campo. Chispas de colores iluminaban el cielo.

Una estrella dorada se llevaba al abuelo.

 

Lima, 4 de junio de 2016


IMG_9863 (1)Han pasado siete días y no ha aparecido el tren.

No he escuchado su silbato ni el chirrido de sus frenos al llegar a la estación de Manches. No he visto salir a sus pasajeros con maletas y cestos cargados de uvas y manzanas y costales  de papas y tomates frescos.

No he visto bajar a ese muchacho de pelo rojo, que con la cara pintada de blanco y esos zapatos gigantescos y gastados,  hace reír a más de uno y de vez en cuando los sorprende  con su magia.

No.

No lo he visto llegar.

Es ya más de una semana que no brilla ese sol que vivía atiborrado de rayos y nos regalaba calor y esperanzas.

Tengo frío.

Preocupada, la gente habla, escucha, inventa, llora, dice que el tren nunca más llegará  a Manches. Porque no saldrá. Porque nadie lo verá pasar. Quién sabe.

¿Será acaso la nieve de las montañas la que no permitió que parta o es que lo hizo y no pudo continuar su marcha?

No lo sabremos hasta que algún poblador de Manches decida ir en su busca o hasta que con sus vagones entusiastas y cargados, echando humo y entre silbidos  y frenazos, como si no se hubiera ido, nos diga que ha regresado.

Me voy a casa.

Quizás lo sienta llegar al alba y los niños rían y las horas vuelen y la tierra tiemble y el sol nunca más parta.

Tal vez mañana.

 

Rossana Sala. 3 de junio de 2016. En Manches.


BERGEN

 

—La vida es un viaje. Se viaja con la mente, con los libros, con el corazón. Vamos y venimos. De vez en cuando descansamos de ese viaje que empieza sin pedirnos permiso y termina sin pedirnos perdón.

La vida son también muchos viajes. Cortos, pero viajes.

Cada día, cada momento, puede ser un viaje. Un viaje al trabajo, al supermercado, al parque o una ciudad que nunca viste. Podemos hacer de ella, de la vida, lo que queramos. Salir y volver a casa. Mirar por la ventana una mañana cualquiera y ver un camino plano y seguirlo. El mar anaranjado y surcarlo. Una montaña azul y escalarla.

Imaginar también es permitido.

Con o sin equipaje. Abrigado o ligero de ropas. (Dicen que es bueno sentir frío). Decidir emprender ese viaje diario que al atardecer te lleve al lugar de donde saliste o a uno que jamás imaginaste conocer. La vida, es un viaje que hay que aprender a recorrer. A disfrutar.

Es un viaje hacia el final de la vida.

Y al terminar el día y cerrar los ojos, podrás saber qué tan bien supiste hacerlo. Y al terminar la vida y cerrar los ojos, sentirás que mañana no habrá viaje. Pero mira bien por tu ventana: hacia arriba.

—¿Y quién eres tú para hablar con esos aires sobre la vida, cuando solo piensas en el final de ella?

—¿Yo? Yo soy La Vida, pero me siento la muerte.

 

Rossana Sala, 1 de junio de 2016


Sus ojos, cargados de tristeza y humedad, se fijaron en los míos.

No era posible.

Era una tarde de lluvia gruesa, incesante, única, que había empezado a azotar los cielos de un momento a otro en medio de las montañas.

treeA mí me encanta la lluvia y fue por eso, estoy segura, que a pesar de haber visto esa mañana al levantarme, el cielo tan oscuro que anunciaba la peor de las tormentas, salí de casa dispuesta a hacer una larga caminata.

Unos días atrás me había quedado sola.

Llevaba ya más de cuatro horas disfrutando de mi paseo cuando supe, sin saber la razón, que algo iba a pasar.

Me iba a pasar.

No me importó y seguí mi camino.

Pero esos ojos. Esos ojos cargados de tristeza y humedad se fijaban en los míos allí, escondidos entre las ramas.

¿Sería posible?

En ese momento, recién me di cuenta de que ese sábado a diferencia de otros, no me había cruzado con nadie en mi trayecto. La ruta era sencilla, bastante concurrida por la gente de la ciudad que al igual que yo, buscaba entre las hojas, sobre la hierba y el barro, escapar del ruido, olvidar, encontrar un poco de soledad quizás, y poder respirar ese lejano aroma a tierra que tanta falta hace.

¿Acaso debí quedarme en casa esa mañana?

¿Sabrían los demás algo que yo ni siquiera sospechaba? Después de todo, yo era una extranjera en ese pueblo. Una turista adaptándose a una nueva vida que solo buscaba disfrutar lo que no era posible en mi ciudad.

Me quedé quieta.

Decidí no dar un paso más.

Busqué esos ojos. Ya no estaban.

La lluvia. El viento. Mi imaginación. ¿Dónde se escondía esa mirada cargada de tristeza?
Sentí frío.

La soledad había llegado a congelar mi cuerpo.

A darme miedo.

Me senté sobre una roca que me permitía observar desde la altura la ciudad entre la lluvia. Distraerme.

Estaba cansada.

Pensé esperar a que mejorara el tiempo.

Cuando de pronto, allí entre las sombras, sobre esa piedra fría y dura, algo me cubrió la espalda.

Me cobijó.

Perdí el aliento.

Mi corazón golpeó con fuerza cuando al volver el rostro me encontré con su sonrisa y su mirada.

 

 

Lima, 14 de mayo de 2016

 

 

EL CERCO (cuento corto)

Posted: 20 May, 2016 in 2016
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Mmuroe veo a mi mismo construir un cerco. Un cerco grueso y alto que no permita a nada ni a nadie invadir mí tiempo.

Desde que me mudé a Santana, un pueblo abandonado en las montañas, no importa ya exactamente donde, me dediqué a arreglar la casa que acababa de comprar. Al enterarme que estaba en venta, sin tomarme el tiempo siquiera para conocerla, pagué por ella y me fui a habitarla.

Parecía el lugar perfecto para estar solo. Encontrar la paz que tanto buscaba para sentarme a escribir mis cuentos.

Al abrir la puerta descubrí, con cierto agrado, que había mucho por hacer en ella. Las paredes pedían cemento. Pedían color. Los pisos pedían brillo. Las habitaciones, luz.

Y yo tenía tanto para darles. Así que me dedique a eso.

Me veo a mi mismo pintar paredes, construir puertas, suavizar pisos y reparar muebles.

Me veo a mi mismo mirar por la ventana. Disfrutar del campo verde y del sabor del viento. El frío se hace más y más fuerte y la cierro. Cierro con fuerza la ventana. Entro a la cocina para prepararme algo caliente.

Abro la despensa.

Busco café.

Encuentro un duende.

Me veo a mi mismo sorprendido. Sorprendido al verme conversar con ese personaje pequeño, verdusco, de orejas puntiagudas y prominentes.

Me veo a mi mismo escucharlo atento. Me veo reír. Mueve las manos y hace mil  gestos. Camina de un lado a otro, con pasos cortos, sin detenerse. Hoy, desde acá, no sé qué me dice pero al parecer, allí donde me veo ahora, allí sí lo entiendo.

Lo veo entonces ponerse de pie y ayudarme a pintar paredes, arreglar ventanas, suavizar los pisos, darles calor a los cuartos viejos.

Me veo a mi mismo construir un cerco. Un cerco grueso  y alto que no deje escapar de mi casa al duende.

Me veo a mi mismo sentado a la mesa y ponerme por fin a escribir un cuento.

Lima, 7 de mayo, 2016


image—¿En qué momento va a terminar el cuadro? —le pregunté al pintor mientras me retrataba.

Por muchos años quise tener uno. No un pintor. Un retrato. Hacía siete días, en una de esas revistas de moda, leí que alababan a un tal Fabrizio Montagne. Un famoso artista argentino que, acompañado de su paleta y oleos, visitaba Lima en busca de caras nuevas.

Lo llamé de inmediato y le dije que quería un cuadro que me muestre así, como soy, con esas marcas que te dejan los años, por reír, por llorar, por vivir, digamos.

Abrí la puerta y lo hice pasar.

Se le veía un hombre simpático, alto y con una chaqueta blanca que lo hacía lucir como un importante artista.

Y estaba ahora allí, observándome en silencio mientras con sus pinceles dibujaba el lienzo tratando quizás de descubrir mi vida a través de mi rostro.

Yo, sin paletas ni brochas, hacia lo mismo.  Lo miraba. Esperaba con curiosidad saber qué es lo que buscaba en mí ese hombre de barba y bigotes canos. Pelos, solo tenía en la cara. Era un perfecto calvo. En realidad le brillaba la cabeza, lo que no debía convertirlo en un hombre brillante. Aunque quizás sí. Quizás de allí le venía esa fama de hacer hablar a sus cuadros. Eso decía la revista. Que Fabrizio Montagne o don Fabrizio como lo llamaban seguro para engrandecerlo (después de todo, era argentino), se caracterizaba por hacer retratos que casi hablaban. Eran tan expresivos que, sin llegar a parecer una foto, muchos sentían una extraña energía en ellos. Más de uno se había enfermado al ver a su mujer, a su marido o a su hijo, ya muertos, vivos en las pinturas de Montagne.

Y entonces, insistí y volví a preguntarle, ¿en qué momento va a terminar el cuadro? ¿Puedo verlo?

Pero el hombre no me respondió y se  puso de pie y sin siquiera mirarme o dejar que acaso le dé un vistazo a su obra de arte, se acercó al retrato. A mi retrato. Se acercó para tomarlo en sus manos y decirle:

¿Vos estás lista, piba? Vámonos, que te llevo a casa.

Y se fue llevándose mi cuadro.

Todo hubiera podido considerarse una extravagancia del artista, hasta que intenté encontrar mi rostro en el espejo.

 

 

Rossana Sala. 16.04.16


Teresa sintió caer las hojas.

Como cada sábado de verano después del almuerzo, caminaba tranquila, con sus zapatos chatos, por la vereda ancha que la llevaba al puerto.

A sus trece años, Teresa disfrutaba de un helado de vainilla, mientras el calor del sol le abrigaba el cuerpo.

Pero ese sábado no fue como cualquier otro.

Ese sábado a Teresa le sucedió lo que no esperaba. Y había sol. Y caminaba con sus zapatos chatos, con su helado de vainilla, por la vereda de siempre.

Ese sábado sintió caer hojas. Miles de hojas. Hojas gruesas y secas de árboles viejos y tercos.

No.

No era posible. Era verano. Un día hermoso.

Y su helado de vainilla cayó al suelo.

Los árboles no debían perder sus hojas. El aire no debía envolverle de esa manera tan áspera y tosca, no debía murmurarle al oído, decirle que no, decirle que sí.

Pero, ¿por qué le hablaba el viento?

Ella solo paseaba con sus trece años, sus zapatos chatos, su helado de vainilla, camino al puerto.

Y sin embargo esa tarde, el viento que a veces es suave y cariñoso pero que otras se convierte en un vendaval obstinado y feroz, le susurró frío al oído. Muy frío. Le susurró cargado de hojas amarillas, de hojas rotas, le susurro con la humedad del tiempo.

Le susurró lo que ella no quiso.

Lo sé.

Lo sé por sus ojos.

Lo sé porque esa corriente se llevó su sonrisa y le hizo volver la mirada al suelo.

Fue entonces cuando Teresa dejó cubrir su rostro con su largo pelo. ¿Lo hizo acaso para ocultar sus lágrimas?

Yo no soy Teresa y por más que le he preguntado, Teresa, ¿qué te dijo el viento? 

Teresa se ha mantenido en silencio.

—No te asustes, no hagas caso, mi niña —le he dicho—. Es solo el viento que sopla y que silba y hace caer las hojas aunque no sea el momento. Pero de la vida, ¿qué sabe de la vida el viento?

Y Teresa recogió su helado del suelo.

Y como cada sábado de verano después del almuerzo, con sus zapatos chatos,  por esa vereda ancha, siguió su camino al puerto. ¿A otro?

Rossana Sala. 14 de abril de 2016


imageFue su error. El error de María fue ése. Crear poemas, creer en ellos.

Por eso vive metida en una jaula.

Allí, en el mercado, la observan cada tarde, cada mañana.

La miran los viejos, la miran los niños, las monjas, los ladrones, los gatos, las carretas.  La olfatean los perros que atraviesan la plaza.

Pero nadie elige su jaula.

Unos pocos, los más arriesgados, se acercan a ella y al leer sus poemas,  con algún gesto de compasión o de desprecio, se marchan sin decir palabra.

Hasta que un día, un anciano de piel oscura y mirada sabia, se detuvo para observarla. Para tratar de entender qué le pasaba a esa mujer de pelo lacio y largo que vivía en el mercado encerrada,  rodeada de papeles, lápices y trapos pero que sonreía sin importarle nada.

-¿Me permites leer eso que escribes?  -le preguntó el anciano.

María sintió frio y levantó la mirada. El sol entibió su rostro. El viento le revolvió el cabello.

Un olor a hierbas secas invadió la plaza.

Otra vez se burlarían de ella, le dirían que es una escritora fracasada, que sus líneas son una farsa, que ese mundo no existe, que ya basta de soñar, que por eso merece vivir en esa jaula.

Pero al ver los ojos tan tristes de ese anciano que la contemplaba, María le entregó un poema, para que se marche pronto, que no se burle de ella ni le diga nada.

-Es para usted  -le respondió María extendiéndole una hoja blanca-. Le pido que lo lea en su casa.

El viejo tomó el manuscrito y se lo llevó sin dar las gracias.

María siguió con sus líneas, metida en esas rejas de fierro que la abrigaban.

No pasó mucho tiempo cuando María, vio al anciano de piel oscura acercarse a su jaula. Volvía con una sonrisa, con una mujer y tres niños que revoloteaban.

Y el hombre se sentó frente a María, frente a su jaula. Hicieron lo mismo los niños y la mujer que los acompañaba.

-Gracias -le dijo el anciano a María-. Gracias por escribir poemas sobre el sol, sobre la vida, sobre el amor y sobre  tantas cosas que no entendemos y no queremos aceptar que existen, los que venimos a esta plaza.

-Léenos más. Queremos historias felices  -le pidió uno de los niños metiendo una mano en la jaula para rebuscar entre las hojas blancas.

Y María, se puso de pie.

Y  leyó poemas de cielos azules y de sus sueños en las montañas.

Y la gente se detuvo a escucharla, a sonreír con ella.

Y abrieron la puerta de su jaula.

Pero no, no lo hicieron para que María salga.

Lo hicieron, para acompañarla.

 

Rossana Sala. 9 de abril de 2016


 

Ayer…

Almorzaba.

Sentado a la mesa. Solo. Solo en un pequeño café en el pueblo al que un par de años atrás, por fin, me había mudado.

Yo no hablaba mucho. Desde niño, mi madre se quejaba de mí por eso. Por mi silencio. Mi apatía. Mi falta de comunicación y de ganas de salir al patio a jugar con mis hermanos.

A mí me gustaba la música. Tocar el piano. Cerraba los ojos y el mundo se apagaba. No quería salir al jardín, patear la pelota, ni ver los árboles o sentir el  sol que tanto bien te hace como decía mi madre.piano

No.

Para mí el teclado era suficiente.

Era todo.

Pero no lo tenía. Nunca tuve un piano.   

—Es muy caro y ¿para qué va a servirte eso en la vida? —me repetía  mi padre con su mirada sabia detrás de las gafas negras.

Tantas veces me lo dijo que casi llegué a creerle.

Casi.

—Tu oído es bueno. Déjanos disfrutar de tu música —me decía mi maestro en la escuela.

Era una escuela pública. No había muchos instrumentos pero aun así, tenía un piano. Un piano de cola. Lustroso. Marrón oscuro. De alguna marca alemana que hoy no recuerdo. Sería un Schimmel. Pudo serlo. Pero era un piano. Un piano que me esperaba al final de cada tarde, solo, a mí, para jugar con él, con sus teclas blancas y sus teclas negras y juntos, hacer volar las notas musicales a los cuatro vientos.

—No dejes de estudiar matemáticas —me exigía mi madre al verme regresar de la escuela cada noche.

Por eso me vine al Sur, lugar donde ahora vivo. Para, en medio de este silencio, hacer lo que a mí me gusta.

Aunque todavía no tengo uno, soy maestro. Enseño a tocar el piano y acá sentado a la mesa, pienso en los niños. En esos traviesos de sonrisas huecas al recién haber perdido sus dientes de leche. En esos pequeños que cada mañana me esperan en la escuela, para aprender a sentir la música, crearla y divertirnos con ella, al ritmo de lo que se nos ocurra, sin que nadie nos diga déjalo, no lo toques, anda al patio.

Hoy…

Hoy amaneció un hermoso piano en la puerta de mi casa.

De cola. Marrón. Brillante.KLAVIER.jpg

Escondida en el teclado había una nota.

Una nota escrita a mano que decía perdónanos.

 

2 de abril de 2016


 

—Escribe sobre lo que te gusta —me dijo el árbol—, lo que te nazca. Sobre eso escribe.

—Es que mis cuentos son muy cortos —le respondí preocupada en el momento que una brisa tibia revolvió sus ramas.

Algunas hojas secas volaron para caer despacio, flotando sobre la hierba que a trancas y barrancas brotaba entre las raíces fuertes y seguras del árbol. De ese árbol que desde pequeño, creció en su propio mundo. Un mundo para el árbol. Creció y seguirá creciendo feliz (ja, ja), en medio de aquel inmenso huerto cerrado, rodeado de inmensas casas de fachadas blancas, habitadas por familias todas inmensamente felices.

Casi tan felices como el árbol.

¿Cuántos cuentos -todos los cuentos- de amor y de humor, habrá escrito, habrá soñado, habrá escuchado?

¡Cuántas historias se esconden entre las líneas de su tronco, pidiendo permiso para vivir a través de sus ramas y de sus hojas, permiso para sentir la luz y que así, entre la soledad y el amor, podamos disfrutar de ellas!

Y me habló sobre su vida, la historia personal de algunos de sus cuentos.

No siempre estuvo allí, dándole sombra a esa grama, sintiéndose tal vez triste alguna noche, como un reo en la nocturnidad entre esas paredes tan blancas.

No.

También lo abrigó el cielo de París y su última mudanza fue desde España.

Tantas veces amó. Con exageración o no, pero lo hizo.

Y fue en ese momento cuando el viento sopló con fuerza, anunciándome que era hora de que dejara el huerto y que volviera a casa.

—Busca cada día un momento para escribir. El mejor camino es así —me aconsejó finalmente—. Y no lo hagas a vuelo de buen cubero o como una extraña diversión. No. No le des pena a la tristeza. Está bien si tus relatos son cortos o si son largostree pero cuando escribas, hazlo siempre con deleite.—¿Y vas a leer mis cuentos? —le pregunté esperanzada al momento que colgaba mis historias en cada una de sus ramas.

—Espero que en abril —me respondió solemne.

 

Lima, marzo de 2016

Libros y cuentos de Alfredo Bryce  de los que se hace alusión  en el anterior relato:

A trancas y barrancas

Un mundo para Julius

La felicidad ja ja

Huerto cerrado

Todos los cuentos

Cuentos de amor y de humor

Permiso para vivir

Permiso para sentir

La historia personal de mis libros

Entre la soledad y el amor

La historia personal de mis libros

Dándole pena a la tristeza

Reo de nocturnidad

La última mudanza de Felipe Carrillo

Tantas veces Pedro

La vida exagerada de Martín Romaña

El mejor camino es así

A vuelo de buen cubero

Extraña diversión

Dándole pena a la tristeza

No me esperen en abril

 

 


—¿No recuerda usted cómo se llama? ¿No sabe quién es? —me preguntó un hombre de ojos negros y secos.

Podía sentir que estaba molesto conmigo. Nunca antes había visto a ese sujeto.

—No lo sé. ¿Usted sabe quién soy?  ¿Qué hago aquí?  —le respondí navegando en medio de las aguas de un inmenso río.

Atravesábamos la selva. La embarcación era larga y angosta. No cabrían en ella más de tres pasajeros. Las aguas oscuras nos impulsaban con furia y yo no sabía quién era aquel hombre.

boteSentí frío. Mi ropa estaba mojada. Mi cuerpo, mi pelo, estaban mojados. No llevaba zapatos puestos.

—Ayúdeme con el remo —me ordenó al tiempo que me alcanzaba uno.

Le hice caso. Remé. Traté de llevar su ritmo. Traté de olvidar mi vida a través de esos ojos negros y secos.

—¿Está segura que no se acuerda quién es usted? —me insistió.

Me dejé llevar por las aguas. Intenté no escucharlo. Su voz. La voz de ese hombre no me gustaba.

Escuché el canto de los loros.  Los vi volar.  Verdes. Turquesas. Rojos. Grandes.  Alborotados. Iban de árbol a otro. Libres. Felices. Los loros estaban felices y ahora, quizás, yo también lo estaría.

Estaría libre y feliz.

—¡Cayó un pasajero! —recordé el  grito de una mujer cuando me lancé al agua. Me sumergí de inmediato. Logré escuchar la sirena. Henry V, así se llamaba la embarcación en la que viajaba. Era bastante grande. Me pareció sentir la voz de un hombre, quizás mi esposo. Pero no podía ser él. Él  bebía cervezas en la cantina del barco. Seguí nadando. Nadé y como pude me alejé de esa nave asfixiante.

—¿Está bien? ¿Se siente bien?—me preguntó el hombre de los ojos negros y secos lanzándome su chaqueta para abrigarme.

Él no sabía quién era yo. Pero eso ya no era importante. Él no sabía que me había lanzado del gran barco en el que viajaba. Para huir de él, de mi esposo, de la vida que me esperaba a su lado.

Una lluvia torrencial empezó a caer. Los loros se escondieron entre las vegetación.

—Gracias, estoy bien— le respondí. Y remé. Seguí remando bajo las aguas que caían de ese cielo tan alto, tan cargado de nubes furiosas y negras. Remé  bajo los árboles que ahora cobijaban a esos loros turquesas, verdes, rojos y miré hacia adelante. El río se hacía cada vez más ancho, cada vez más mío y me sentí libre, libre por fin, en medio del río.


                                                                                                                                                                                                Para Marcia, por llenar de colores                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             la  vida de sus hijos:                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     María Guadalupé y André…

 

—Y tú, ¿por qué no pintas como los demás niños? —me preguntó el maestro en la clase.

—Es que no sé dibujar —le dije en voz baja, sin atreverme a levantar la mirada.

El muchacho sentado junto a mí sonrió.Estoy seguro que lo hizo, al igual que los otros niños. Allí todos, frente a sus obras de arte. Pinceles, témperas, crayolas, lápices, casas, árboles, flores. Y mi lienzo en blanco.

—Te burlas de mí —insistió el profesor acercándose a mi mesa con sus zapatos negros y su pisada furiosa.

No le dije nada. No pude hacerlo.

Lo vi cada vez más grande. Cada vez más molesto.

Yo tenía diez años. No sabía usar los colores. Es que en mi casa no habían: sillones, cuadros, paredes, mesas, sillas, manteles, mi ropa, mis padres, mis hermanos, hasta el jardín, todo era blanco y negro.

Y no levanté la cara, para esconder mis lágrimas.

Y el maestro pasó al lado mío. No se detuvo.

Caminó firme.

Llegó a la ventana.

La abrió de par en par.

Una brisa fría con olor a eucalipto refrescó el salón de clase.

Los niños soltaron sus pinceles y sus lápices. Dejaron de reírse de mí.

Tuvimos miedo. ¿Qué nos iba a pasar?

Y con una sonrisa suave y los ojos brillantes, así como se le iluminaban cada vez que nos hablaba sobre arte, nuestro profesor nos dijo:

image“Escuchen. Abran bien sus ojos. Observen. El cielo, el sol, los árboles, los pájaros que vuelan de rama en rama, todo tiene colores. Aunque por alguna razón no podamos verlos, los tienen. Nunca lo olviden.”

Y aquel día llevé a mi casa acuarelas rojas, verdes, amarillas y azules y pinté el sofá, las mesas, las paredes, los manteles y dibujé sonrisas y columpios y mariposas y nunca más dejé de soñar.

 

Rossana Sala. 5 de marzo de 2016


—Tiene la tos de los cien días —sentenció el doctor.

—¿De los cien días? Pero ¿qué es eso?

Y sin entender muy bien la explicación, María regresó a su casa.

Había pasado un mes y medio desde que le empezara la gripe.

La gripe se fue. La tos se quedó.

Nicolás, su esposo también se fue. Es un viaje de trabajo. No puedo evitarlo. Le dijo al salir de casa preocupado al dejarla así, entre tos y tos.

—El médico se equivocó —pensó María aquella noche. Eran las cuatro de la mañana cuando la tos la despertó de golpe. —¿De los cien días? Será de las cien noches —se dijo en pleno ataque engullendo un caramelo para calmar…—¡Ugh!—

¡No, María! ¿Por qué hiciste eso?

Agotada, María no se sentó para chupar el caramelo.

Echada en su cama, se lo metió en la boca en plena etapa previa a esa tos con la que casi convulsionaba.

Y lo aspiró.

Y lo succionaron su cuerpo y su alma.

Y en un instante quedó incrustado en su tráquea sellándose como una tapa.

—Ugh —pensó María con los ojos redondos y vidriosos y con las cejas altas—. ¿Y ahora cómo me saco esta vaina?

Y se sentó.

Y extrañó aún más a su esposo. Si Nicolás estuviera acá, conmigo, me haría alguna maniobra para sacar el caramelo…para que no muera con la boca abierta, despeinada y sin maquillaje con una pastilla atragantada… Cuando me encuentren estaré pálida, triste y con olor a desgracia.

No. No podía perder la vida en aquella facha patibularia. Y se acordó de sus hijos y también de sus nietos. ¿Cómo dejarlos con el perturbador recuerdo de que la abuela murió atorada?

Y sacó fuerza y botó aire y expulsó de porrazo aquella vaina.

Y lloró.

—Toseré cien días y también cien noches— se dijo.

Y al día siguiente se fue al club en la playa.

—El aire fresco,  ayudará a curarme— decidió.

Llevó libros y música.

Un día de sol.

Eso era lo que le hacía falta.

Pero no había un lugar libre. Y caminó mucho rato hasta encontrar una mesa y una sombrilla y una butaca desocupada.

—Lo siento —le dijo una señora—. Mi marido y yo, hemos esperado dos horas por este sitio. ¿Pero cuántos son ustedes? Quizás les podamos prestar algunas bancas.

—Estoy sola —respondió María.

—¿Sola? —preguntó la mujer estupefacta.

Y María les sonrió y siguió su camino en busca de algún lugar para pasar la tarde con sus libros y su música y tomar la siesta que le hacía falta.

Y lejos, muy lejos, encontró lo que buscaba.

—Que suerte tiene —le dijo un señor que la observaba—. Nosotros estuvimos parados por más de dos horas y tú, nada. ¿Cuántos son?

—Estoy sola —respondió María con calma.

—¿Sola y con tantas bancas? ¡Eres afortunada!

Y María decidió salir del club para dar una caminata.

—¿Está usted sola? —le preguntó la mujer que controlaba la puerta que daba acceso a la playa.

María la miró y le respondió sin entender qué pasaba.

Y María caminó a la orilla del mar. Escuchó música, se mojó los pies con el agua fría y salada, pensó en su esposo, sus hijos, sus nietos y le dio gracias a Dios por no haberla dejado morir por culpa de la tos y despeinada.

—¡Ugh!

¡María! Y ahora, ¿qué es lo que te pasa?

Y María cayó al suelo.

Dolor, ardor… De un salto se paró y salió del agua fría y salada.

Su pié derecho enrojecía, le picaba, pero además, sentía que algo se le había clavado.

Y su esposo sabría qué hacer para ayudarla.

Y se le adormeció el dedo y el tobillo y la pantorrilla.

No. No podía morir tirada en la playa, sin arreglar, con los pelos hechos un desastre y (por culpa del agua, claro está) arrugada.

Y no alcanzaría los cien días ni las cien noches de tos y no sabía qué hacer y le dolía y le hincaba.

Y como pudo, entre paso y paso y algo de tos, llegó al club.

Buscó agua dulce. Se lavó el pie.

El dolor empeoró.

image—Le picó una medusa —le dijo el médico de emergencias al sacarle el aguijón con una pinza—. ¿Vino sola?

Y María lo miró sin decir palabra.

—No debe manejar por unas horas —agregó el doctor—. Le pondré un antihistamínico para contrarrestar la alergia.

Y antes de los cien días y también de las cien noches, María dejó de toser, pues sin quererlo descubrió que con la inyección para la alergia, la tos también se calmó.

 

Rossana Sala. Febrero de 2016

María me pidió que les diga esto…

Si te atoras y estás sola…. https://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/ency/article/001983.htm.                        Cómo aplicarse la maniobra de Heimlich en uno mismo.

Si te pica una medusa o malagua… http://kidshealth.org/es/parents/jellyfish-esp.html?WT.ac=ctg#

 

Hay más información en la web…vale la pena averiguar…aunque no estés sola…