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Y ERAN AZULES

Posted: 19 September, 2016 in 2016

Ella no siempre había sido de esa manera.

Retraída, sentada en la última fila del salón de clases, tras su pupitre y esas enormes gafas azul carey que nunca se quitaba, así era ahora Melissa. A sus trece  años, más allá de dedicarse a estudiar y pasear a Jonás, su perro pastor, al parecer, a ella ya no le interesaba nada.

Sus compañeros de clase, al no tener respuesta cuando le conversaban, dejaron de hablarle. Para tranquilidad de Melissa, a ella tampoco le hacía falta hacerlo, por lo que pasó a ser conocida como “la niña muda”.

Ella no se quejó.

Es que algo más importante le preocupaba.

Unos meses atrás había empezado a sentir un malestar en la espalda, a la altura de los hombros. Para no preocupar a sus padres, no les dijo nada, pero eso, le empezó a crecer y entonces se lo comentó a Sarah, su hermana mayor, y ella le respondió que no exagere, que no era nada, y Melissa calló y así como Melissa, eso, también creció en silencio.

Melissa tuvo que cubrirse.

—El calor es insoportable. ¿Por qué no te quitas la chaqueta? —le decía su mamá sin que la niña le hiciera caso. No podía hacerlo ya que eso, era cada vez más grande.

Allí estaba la razón por la cual la pequeña había empezado a sentarse en la última fila de su salón.

Necesitaba guardar el secreto que la hacía diferente.

Utilizando más de un espejo intentaba saber qué era aquello que, aunque no le dolía, le causaba algunas molestias.

Con mucho esfuerzo, solo alcanzaba a ver dos bultos bajo su piel, justo en la parte alta de la espalda.

Un día, acompañada por su madre, paseando a Jonás en el parque, una anciana se les acercó para pedir dinero. Melissa, con sus enormes gafas azul carey, notó que la mujer tenía algo parecido a eso que a ella empezaba a salirle en su cuerpo.

—¡Mamá! —le preguntó la niña apurada señalando a la pordiosera— ¿Qué le pasa a esa viejita? ¿Por qué camina agachada?

—No la señales y cuidado que te escucha —la corrigió su madre respondiéndole también a la pregunta—. Es una joroba. Debe ser por la edad que su columna vertebral ha tomado esa forma.

Y Melissa no entendía por qué a ella le crecía algo así y la anciana le hizo un guiño cariñoso y le sonrió con ternura y la niña sintió que aquella viejecita, sin usar palabras, le había dicho algo muy bueno.

—¡Vamos, vamos! ¿Qué haces? —le dijo la madre cuando la pequeña trató de acercarse a la anciana y, luego de darle unas monedas y alejarse de ella, se sentaron en una banca a tomar helados de vainilla.

Y pasaron los días. Eso, crecía y Melissa callaba, pero después de haber visto a aquella anciana tan dulce, estaba segura de que no podía ser tan malo lo que las dos tenían.

Hasta que una mañana cualquiera, antes de entrar en el salón de clases, todavía formando filas los alumnos en el patio de la escuela, la maestra les presentó a un nuevo alumno.

—Se llama Martín —les dijo, explicando que se trataba de un muchacho muy especial,  ya que al ser hijo del mago más famoso de España, había aprendido de su padre el arte de levitar.

En un instante, la tranquilidad del patio se convirtió en un estruendo de carcajadas.

Los niños empezaron a reírse y a burlase señalando a su nuevo compañero.

Y en ese momento lo hizo.

Ante la mirada incrédula de todos.

Martín levitó.

Y desde allí, a más de diez metros de altura, Martín fijó su atención en aquella niña de gafas azules, y ella, Melissa, recordó ese guiño tan especial que le había hecho la anciana de la joroba y lo alcanzó.

Alcanzó a Martín en el aire.

A Martín,  hijo del mago más famoso de España y ella, Melissa, estaba ahora a su lado, a más de diez metros de altura, viendo a sus pies a cientos de niños que los aplaudían y fue así como descubrió que eso, eso que a ella le crecía en la espalda, eran simplemente alas. Y eran azules.

 

Rossana Sala. 17 de setiembre de 2016


Lo vi correr. Avanzaba por la calle. Iba despavorido.  Era tan pequeño. Bueno, en realidad para mí, el mundo era diminuto. Pero ese niño de pantalones cortos y cabello ensortijado, no solo tenía poco tamaño. Estaba asustado. Tanto, que a pesar de mi estatura, no se intimidó al verme.

—¡Ayúdame! —me pidió levantando la mirada y con los ojos que hablaban más que sus palabras.

¿Estaría tan desesperada la criatura que no se daba cuenta de mi realidad? Si todos me temían, ¿porqué él, no?

Hombres, mujeres, niños, hasta los animales, se hacían a un lado al verme pasar.

Nadie me soportaba.

Mi cabeza rozaba las copas de los árboles más altos de la ciudad.  Por eso, yo no podía quedarme allí. Vivía apartado. De vez en cuando me acercaba al pueblo para observar a la gente. Para dejar de sentirme solo, aunque sea por unos momentos. Trataba de no asustarlos, pero eso, era imposible. —¡Cuidado con el gigante!— se advertían entre ellos y huían.

Pero yo nunca les había hecho nada.

—¡Ayúdame! —volvió a suplicarme el pequeño con la respiración entrecortada.

Lo observé con atención.  No tendría más de ocho años. Transpiraba. Lo levanté. Sentí su miedo. Lo puse en mi espalda y corrí. Corrí llevándolo en mis hombros sin importarme nada.

Escuché gritos detrás de mí:

—¡Detente! ¡Maldito! ¡No te lo lleves!

¿Sería su madre? ¿Sus amigos, acaso?

Tenía que salvarlo.

Avancé con fuerza, con mis pasos largos. Inalcanzables.

No me detuve hasta llegar a la orilla de la laguna. Allí, donde yo vivía. Donde cada mañana, la brisa se encargaba de esparcir el olor de los manzanos que crecían por doquier. Donde no había nadie con quien compararme.

Bajé de mi espalda al pequeño.

Me senté en el piso para quedar casi a su altura. Para mirarlo a los ojos.

Le até los cordones de sus zapatos. Estaban gastados y sucios.

Él, no se asustó.

Me dijo “gracias”.

Secó sus lágrimas.

Y al hacerlo, le vi las manos. Varios cortes transversales las surcaban. Las surcaban en todas las direcciones. Eran cicatrices. Algunas todavía estaban frescas.

—¿Me enseñas a nadar? —sonrió señalándome la inmensa laguna de aguas turquesas.

Se llama Frank y desde ese día, es mi hijo.

 

 

 

Rossana Sala. 10 de setiembre de 2016


—Tengo que encontrar  a Teresa —pensó  Melissa al salir a buscar a su hermana.

A Teresa le gustaban los jardines, hurgar, esconderse entre los arbustos. Desde muy pequeña,  le había encantado hacerlo y a sus ocho años, su habilidad para trepar por las ramas era notable.

—Mamá, voy a salir —avisaba, y la madre no volvía a saber de la pequeña durante horas.

—¿Que hará? —se preguntaba sin darle mucha importancia al hecho, ya que al final, su hija, siempre volvía contenta.

Pero una tarde, Teresa no regresó.

—¿Has visto a tu hermana? —le preguntó la madre a Melissa—. Ya debería estar acá.

—Se fue a jugar después de almuerzo —respondió Melissa—. No exageres, má. ¿Acaso se va a perder en el jardín?

Melissa era cinco años mayor que Teresa. Físicamente se parecían: ambas eran delgadas, altas para su edad, tenían el pelo color caramelo y bastante lacio, sin embargo, salvo el amor por el chocolate caliente con canela que les hacía mamá, tenían gustos muy distintos. A Teresa, además de jugar en el jardín y no obstante su corta edad, le encantaba leer. En cambio, la vida de Melissa, se centraba en los amigos y, de vez en cuando, en alguna actividad deportiva.

—¡Anda, llama a tu hermana! —le ordenó la madre a Melissa—, empieza a oscurecer. Dile que les preparé chocolate. A ver si con eso se anima a venir rápido. ¡Con éste frío!

Y Melissa salió escuchando a su madre que hablaba sola que los arbustos y las hierbas, el desorden del patio y la casa del árbol que está muy vieja y seguro que Teresa, ¡ay pobre niña!, se cayó y dio un mal golpe. Pero Melissa sabía que eso era imposible, ya que nadie conocía tan bien la parte posterior de la casa, como  su hermana. Y después de dar algunas vueltas en su búsqueda y de estar de acuerdo con su madre en que al lugar le hacía falta una buena limpieza, Melissa se topó con la pared trasera del jardín.

Y allí, escondida, entre la enramada del maracuyá, había una puerta.

¡Pero si nunca la había visto!

Y estaba abierta.

¿Se habría atrevido su hermana a escapar de la casa?

¿Debía avisarle a su mamá?

Sin pensarlo más, la  traspasó, encontrándose de un momento a otro, en el jardín de los vecinos. Según se decía, la pareja de ancianos que vivió allí, había muerto. Pero lo extraño de todo, era que los dos habían muerto con tan solo algunas horas de diferencia. —Debe ser por amor —comentaba la gente.

Sea como sea, la casa estaba deshabitada.

Melissa atravesó con cuidado el jardín.

El crujir de las hierbas secas al hundir sus pies sobre ellas en la penumbra, la hizo escuchar y hasta sentir, escorpiones, ratas y culebras.

El maullido de un gato (Melissa tenía la esperanza de que fuera solo un gato), la obligó a correr hacia la casa de los vecinos olvidando por algunos segundos a su hermana.

La casa estaba oscura, sin embargo, un golpeteo llamó su atención.

Las teclas de una vieja máquina de escribir no dejaban de sonar haciéndole sentir una nostalgia irremediable.

¿De dónde vendría ese ruido?

Recordó a su padre. Se pasó la vida frente a una vieja máquina escribiendo libros. Melissa nunca los había leído, pero sabía que a los adultos les encantaban las historias que él inventaba. Algunas noches, antes de dormir, a ella también se las contaba.

Pero no era el momento de extrañar a papá.

¿Sería realmente una máquina de escribir? ¿Vivía alguien en esa casa? ¿Los ancianos?

¿Y dónde estaba su hermana?

Con cuidado (para no hacer bulla y para no encontrarse con culebras, escorpiones, gatos y ratas), Melissa se asomó por una de las ventanas.

Le pareció ver una habitación.

La luz estaba apagada.

Buscó la puerta principal de la casa.

Tenía que encontrar a Teresa.

El ruido de la máquina se hacía más fuerte, más rápido.

¿O eran acaso los latidos de su corazón lo que sentía?

Con absoluto cuidado, giró la perilla.

Abrió la puerta.

El chirrido de las viejas bisagras la dejó sin aire.

Entró a la casa.

El olor intenso a madera húmeda saturaba el lugar.

Una luz tenue llamó su atención.

Parecía iluminar algún cuarto. ¿Sería la sala?

El teclado dejó de sonar.

¿La habrían descubierto?

No se detuvo. Tenía que encontrar a su hermana. Con seguridad estaba allí.
La luz de la habitación se apagó.

Melissa sintió frío. Las rodillas le temblaban. No le importó.

—¿Hay alguien allí? —preguntó sorprendiéndose del inusual valor que la hacía seguir.

—¿Estás acá, Teresa? —volvió a preguntar con voz firme mientras se asomaba a la habitación.

La luz volvió a encenderse. Parecía emanar de una vela.

Y allí estaba ella. La pequeña Teresa. Sentada frente a un antiguo escritorio sobre el cual había una inmensa máquina de escribir negra.

Teresa, acomodada sobre varios cojines que había colocado encima de una silla, llevaba puesta una boina de felpa a cuadros azules y rojos, igual a la que usaba su padre, y, lo más sorprendente, en la boca, tenía una pipa. Afortunadamente parecía estar apagada.

—Ven acá —le dijo Teresa a su hermana hablándole con una autoridad insólita en ella mientras acomodaba la pipa sobre un cenicero.

Melissa le hizo caso y, al acercarse, vio en la mesa muchos papeles, decenas de hojas desordenadas, en blanco, arrugadas. Algunas con letras sueltas. Líneas disparejas. De vez en cuando palabras: “jardín”, “ratas”, “velas”…

—Soy una escritora, como era papá, ¿te acuerdas? —le dijo Teresa a su hermana—. Pero ven. Siéntate. Te presto mi silla. ¿Me ayudas? Es una historia sobre una niña que todas las tardes se escapa de su casa para escribir y trata y trata, pero no puede, hasta que un día, su hermana mayor la encuentra, y juntas escriben cada palabra, hasta terminar este cuento.

Un olor a chocolate caliente y canela invadió la habitación.

Rossana Sala. Agosto 2016


 

Jamás imaginé, cuánto iba a cambiar mi vida por haberme atrevido a pasar debajo de la escalera. Ya me lo había advertido tantas veces mi madre, y yo, a mis trece años, no le creía.

—Eres muy supersticiosa —le decía mi padre a quien no le gustaban ese tipo de ideas.

Recuerdo bien aquel día. Como si fuera ayer.

Era invierno. Mis manos estaban heladas y mis labios secos.

Disfrutábamos las vacaciones en la hacienda de mi abuelo en las montañas.

Lucía (la menor de mis hermanas) y yo, jugábamos en el granero.

Fue allí donde vi la escalera.

Pero yo tenía trece años y según mi madre, ese era un número de suerte.

Por hacerme la valiente, reté a mi hermana.

—¡A que caminamos debajo de la escalera y no nos pasa nada! —le dije.

Allí estaba la escalera. Hecha de troncos amarrados con sogas.  Apoyada a una vieja pared de adobe, esperando con paciencia, que alguien se atreviera a pasar debajo de ella.

Y Lucía, a sus cinco años, me siguió sin miedo.

Y al llegar al otro lado, le vi la cara.

—¿Hermana, qué te pasa? —me preguntó asustada—. ¿Por qué me miras así?

Un calor profundo invadió mi cuerpo.

Mis manos sudaban.

¡La cara de Lucía estaba plagada de triángulos!

De triángulos blancos y negros.

¿Qué le había pasado? ¿Cómo estaría la mía?

Me quedé en silencio.

¿Por qué mi hermana no me decía nada?

Hice un esfuerzo para tratar de mirar la punta de mi nariz.

No pude.

Como si todo estuviera bien, seguimos avanzando, mientras yo  buscaba  algún charco de agua cristalina para ver mi reflejo.

—¿Qué te pasa, Melissa? ¿Por qué vamos tan rápido? —se quejó inocente.

—Mejor regresamos a  la casa —le respondí—. Ya es tarde. Parece que va a llover — mentí.

Intenté no fijarme mucho en su cara, pero me pareció que los triángulos, blancos y negros,  empezaban a llegarle al cuello.

—Pero,¿qué clase de triángulos serían? —pensé al observarla ahora con detenimiento—. ¿Serían triángulos equiláteros? ¿Isósceles? ¿Escalenos? No estaba segura, pero todos, uno al lado del otro, cubrían la piel tan suave de mi hermana, sin dejar un espacio libre entre ellos. Sus ojos, esos ojos chispeantes color caramelo, se veían ahora tan pequeños. Cada vez más escondidos.

—¡Pobre Lucía! Y todo era mi culpa —me arrepentí—, por no creer, como mamá, en la escalera y la mala suerte. ¿Y no era el trece un buen número, acaso? ¿Por qué le había pasado eso?

—Quizás, si no tuviera el pelo amarrado en una cola de caballo, no se le verían  tanto esos triángulos — me ilusioné mientras se la soltaba.

Lucía, no se inmutó y siguió caminando y haciéndome las preguntas de siempre, sobre el nombre de algún nevado que veíamos a la distancia o del extraño olor de los  árboles que nos acompañaban a lo largo de nuestro paseo y yo le respondí que era el Pico Blanco, el más alto de la zona, y que se trataba del aroma a pinos que fueron traídos hace muchísimos años desde Australia y le puse mi chaqueta para protegerla del viento y ella sonrió orgullosa de mí, su hermana mayor, dejando ver sus pequeños dientes rodeados de triángulos blancos y negros.

—Pero, ¿qué clase de triángulos serían? —seguí tratando de recordar—. ¡Dios mío! — recé, recé y recé con un fervor inusual en mí—. ¡Bórrale esas figuras geométricas a mi hermanita!

Y fue en ese momento cuando encontré un estanque al pié de unas rocas inmensas. Algunos patos que nadaban en la orilla, volaron asustados al sentirnos llegar.

El  color esmeralda de las aguas era perfecto: brillaba como un espejo.

Tenía que mirar mi cara en el reflejo sin que Lucía me descubriera. Entonces, le pedí  (bueno, la verdad que le ordené), que buscara retamas para llevarle a mamá quien, entre tantas otras cosas, creía que colgarlas detrás de la puerta principal de la casa, traían buena suerte.

Quizás era cierto.

Por fin me acerqué al estanque.

¡Y no!  Como  sospechaba ¡no tenía  triángulos, ni círculos, ni cuadrados perfectos!

Nada.

Ni siquiera una línea recta atravesaba mi frente.

—¡Dios mío! —me concentré otra vez—. Te prometo que voy a estudiar y sacarme las mejores notas de la clase, si vuelves a mi hermana como era antes. ¡Si tú quieres, llena mi cara de triángulos…!

 

—¡Melissa! —me interrumpió la profesora—. ¡Baja de una vez de las nubes! ¡Es hora que entregues el examen!

—¡Un ratito, por favor, un ratito! —le supliqué al acordarme por fin de la respuesta a la última de las preguntas de la prueba de geometría.

—”Isósceles” —escribí segura y tan rápido como pude—. “Triángulo isósceles”.

—¡Pero niña! ¿Qué te ha pasado? —me preguntó la maestra al abrir los ojos como nunca antes se los había visto.

 

 

Rossana Sala. 20 de agosto de 2016

È VERO!

Posted: 18 July, 2016 in 2016
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spinn (Para Leez Moncada, por sus inspiradoras clases)

—Mañana es domingo de patas—nos recordó Leez, la profesora de spinning—. No se olviden. De nueve a doce pueden traer a un amigo. Y es gratis —recalcó con firmeza como si el hecho de no tener que pagar un céntimo nos fuera a aliviar el esfuerzo.

Yo la escuché con atención, exhausta desde mi bicicleta estacionaria, tomando un trago de agua mientras trataba de imaginar quién podría ser capaz de traer a un amigo a pedalear tres horas sin respiro.

—¡Vamos no se detengan! —siguió animándonos Leez en el minuto setenta y cinco de ejercicios.

—Mejor viuda que divorciada —oí decir a Sofía, una muchacha muy maja sentada justo al lado mío.

La había visto antes, siempre sonriente y parlanchina, vestida con polos y lycras de colores de moda. Cada clase la terminaba con tanto glamour como si nunca la hubiera empezado.

La oí con disimulo, traté de sopesar sus palabras, de adentrarme en sus pensamientos. Entender si era acaso posible solidarizarme con ella.

—Y todavía gratis—completó la idea Sofía sin darse cuenta de que, a pesar del intenso remix bailable a más de cien decibles, cada una de sus palabras invadía mis oídos.

Y yo que no tengo marido y que soy de corazón dulce y mente (rara vez) satírica y perversa, por unos segundos me puse en el cerebro de Sofía:

“Traiga a su esposo el domingo y con seguridad él estirará la pata.”

—¡Con fuerza! Tú no me decepciones, ¿eh? —se acercó Leez a Sofía.

La gente tomaba agua, algún muchacho sin pelo y a punto de rendición, dejaba caer el sudor al piso, otro se secaba la frente con la toalla, yo veía el reloj de la pared que hacía tic y nunca llegaba al tac y en el salón de clase retumbaba un vallenato desesperado, Shakira y Vives, “…lleva, llévame en tu bicicleta…”, y en mi cabeza esa idea de Sofía: mejor viuda que divorciada, mejor viuda que divorciada.

Tac.

—Felicitaciones a los alumnos nuevos que vinieron a clase sin saber lo que les esperaba —dijo Leez orgullosa al iniciar el  último estiramiento.

Y al terminar la clase, la seriedad y la tensión de Sofía se le veían en el rostro. Se bajó con torpeza de la bicicleta y salió del salón despidiéndose de la profesora con estas palabras:

—Gracias. Hasta mañana —le dijo con un tono de cariño en su típico acento español, lo que hasta el momento no me causó intriga alguna.

Pero allí no terminó la cosa:

—A las nueve en punto estaré acá con mi marido. Sea como sea lo convenzo y te lo traigo. Y tú —le aclaró clavando la mirada en la pobre Leez—, no me decepciones, ¿eh?


BERGEN

 

—La vida es un viaje. Se viaja con la mente, con los libros, con el corazón. Vamos y venimos. De vez en cuando descansamos de ese viaje que empieza sin pedirnos permiso y termina sin pedirnos perdón.

La vida son también muchos viajes. Cortos, pero viajes.

Cada día, cada momento, puede ser un viaje. Un viaje al trabajo, al supermercado, al parque o una ciudad que nunca viste. Podemos hacer de ella, de la vida, lo que queramos. Salir y volver a casa. Mirar por la ventana una mañana cualquiera y ver un camino plano y seguirlo. El mar anaranjado y surcarlo. Una montaña azul y escalarla.

Imaginar también es permitido.

Con o sin equipaje. Abrigado o ligero de ropas. (Dicen que es bueno sentir frío). Decidir emprender ese viaje diario que al atardecer te lleve al lugar de donde saliste o a uno que jamás imaginaste conocer. La vida, es un viaje que hay que aprender a recorrer. A disfrutar.

Es un viaje hacia el final de la vida.

Y al terminar el día y cerrar los ojos, podrás saber qué tan bien supiste hacerlo. Y al terminar la vida y cerrar los ojos, sentirás que mañana no habrá viaje. Pero mira bien por tu ventana: hacia arriba.

—¿Y quién eres tú para hablar con esos aires sobre la vida, cuando solo piensas en el final de ella?

—¿Yo? Yo soy La Vida, pero me siento la muerte.

 

Rossana Sala, 1 de junio de 2016


Sus ojos, cargados de tristeza y humedad, se fijaron en los míos.

No era posible.

Era una tarde de lluvia gruesa, incesante, única, que había empezado a azotar los cielos de un momento a otro en medio de las montañas.

treeA mí me encanta la lluvia y fue por eso, estoy segura, que a pesar de haber visto esa mañana al levantarme, el cielo tan oscuro que anunciaba la peor de las tormentas, salí de casa dispuesta a hacer una larga caminata.

Unos días atrás me había quedado sola.

Llevaba ya más de cuatro horas disfrutando de mi paseo cuando supe, sin saber la razón, que algo iba a pasar.

Me iba a pasar.

No me importó y seguí mi camino.

Pero esos ojos. Esos ojos cargados de tristeza y humedad se fijaban en los míos allí, escondidos entre las ramas.

¿Sería posible?

En ese momento, recién me di cuenta de que ese sábado a diferencia de otros, no me había cruzado con nadie en mi trayecto. La ruta era sencilla, bastante concurrida por la gente de la ciudad que al igual que yo, buscaba entre las hojas, sobre la hierba y el barro, escapar del ruido, olvidar, encontrar un poco de soledad quizás, y poder respirar ese lejano aroma a tierra que tanta falta hace.

¿Acaso debí quedarme en casa esa mañana?

¿Sabrían los demás algo que yo ni siquiera sospechaba? Después de todo, yo era una extranjera en ese pueblo. Una turista adaptándose a una nueva vida que solo buscaba disfrutar lo que no era posible en mi ciudad.

Me quedé quieta.

Decidí no dar un paso más.

Busqué esos ojos. Ya no estaban.

La lluvia. El viento. Mi imaginación. ¿Dónde se escondía esa mirada cargada de tristeza?
Sentí frío.

La soledad había llegado a congelar mi cuerpo.

A darme miedo.

Me senté sobre una roca que me permitía observar desde la altura la ciudad entre la lluvia. Distraerme.

Estaba cansada.

Pensé esperar a que mejorara el tiempo.

Cuando de pronto, allí entre las sombras, sobre esa piedra fría y dura, algo me cubrió la espalda.

Me cobijó.

Perdí el aliento.

Mi corazón golpeó con fuerza cuando al volver el rostro me encontré con su sonrisa y su mirada.

 

 

Lima, 14 de mayo de 2016

 

 


imageFue su error. El error de María fue ése. Crear poemas, creer en ellos.

Por eso vive metida en una jaula.

Allí, en el mercado, la observan cada tarde, cada mañana.

La miran los viejos, la miran los niños, las monjas, los ladrones, los gatos, las carretas.  La olfatean los perros que atraviesan la plaza.

Pero nadie elige su jaula.

Unos pocos, los más arriesgados, se acercan a ella y al leer sus poemas,  con algún gesto de compasión o de desprecio, se marchan sin decir palabra.

Hasta que un día, un anciano de piel oscura y mirada sabia, se detuvo para observarla. Para tratar de entender qué le pasaba a esa mujer de pelo lacio y largo que vivía en el mercado encerrada,  rodeada de papeles, lápices y trapos pero que sonreía sin importarle nada.

-¿Me permites leer eso que escribes?  -le preguntó el anciano.

María sintió frio y levantó la mirada. El sol entibió su rostro. El viento le revolvió el cabello.

Un olor a hierbas secas invadió la plaza.

Otra vez se burlarían de ella, le dirían que es una escritora fracasada, que sus líneas son una farsa, que ese mundo no existe, que ya basta de soñar, que por eso merece vivir en esa jaula.

Pero al ver los ojos tan tristes de ese anciano que la contemplaba, María le entregó un poema, para que se marche pronto, que no se burle de ella ni le diga nada.

-Es para usted  -le respondió María extendiéndole una hoja blanca-. Le pido que lo lea en su casa.

El viejo tomó el manuscrito y se lo llevó sin dar las gracias.

María siguió con sus líneas, metida en esas rejas de fierro que la abrigaban.

No pasó mucho tiempo cuando María, vio al anciano de piel oscura acercarse a su jaula. Volvía con una sonrisa, con una mujer y tres niños que revoloteaban.

Y el hombre se sentó frente a María, frente a su jaula. Hicieron lo mismo los niños y la mujer que los acompañaba.

-Gracias -le dijo el anciano a María-. Gracias por escribir poemas sobre el sol, sobre la vida, sobre el amor y sobre  tantas cosas que no entendemos y no queremos aceptar que existen, los que venimos a esta plaza.

-Léenos más. Queremos historias felices  -le pidió uno de los niños metiendo una mano en la jaula para rebuscar entre las hojas blancas.

Y María, se puso de pie.

Y  leyó poemas de cielos azules y de sus sueños en las montañas.

Y la gente se detuvo a escucharla, a sonreír con ella.

Y abrieron la puerta de su jaula.

Pero no, no lo hicieron para que María salga.

Lo hicieron, para acompañarla.

 

Rossana Sala. 9 de abril de 2016


 

Ayer…

Almorzaba.

Sentado a la mesa. Solo. Solo en un pequeño café en el pueblo al que un par de años atrás, por fin, me había mudado.

Yo no hablaba mucho. Desde niño, mi madre se quejaba de mí por eso. Por mi silencio. Mi apatía. Mi falta de comunicación y de ganas de salir al patio a jugar con mis hermanos.

A mí me gustaba la música. Tocar el piano. Cerraba los ojos y el mundo se apagaba. No quería salir al jardín, patear la pelota, ni ver los árboles o sentir el  sol que tanto bien te hace como decía mi madre.piano

No.

Para mí el teclado era suficiente.

Era todo.

Pero no lo tenía. Nunca tuve un piano.   

—Es muy caro y ¿para qué va a servirte eso en la vida? —me repetía  mi padre con su mirada sabia detrás de las gafas negras.

Tantas veces me lo dijo que casi llegué a creerle.

Casi.

—Tu oído es bueno. Déjanos disfrutar de tu música —me decía mi maestro en la escuela.

Era una escuela pública. No había muchos instrumentos pero aun así, tenía un piano. Un piano de cola. Lustroso. Marrón oscuro. De alguna marca alemana que hoy no recuerdo. Sería un Schimmel. Pudo serlo. Pero era un piano. Un piano que me esperaba al final de cada tarde, solo, a mí, para jugar con él, con sus teclas blancas y sus teclas negras y juntos, hacer volar las notas musicales a los cuatro vientos.

—No dejes de estudiar matemáticas —me exigía mi madre al verme regresar de la escuela cada noche.

Por eso me vine al Sur, lugar donde ahora vivo. Para, en medio de este silencio, hacer lo que a mí me gusta.

Aunque todavía no tengo uno, soy maestro. Enseño a tocar el piano y acá sentado a la mesa, pienso en los niños. En esos traviesos de sonrisas huecas al recién haber perdido sus dientes de leche. En esos pequeños que cada mañana me esperan en la escuela, para aprender a sentir la música, crearla y divertirnos con ella, al ritmo de lo que se nos ocurra, sin que nadie nos diga déjalo, no lo toques, anda al patio.

Hoy…

Hoy amaneció un hermoso piano en la puerta de mi casa.

De cola. Marrón. Brillante.KLAVIER.jpg

Escondida en el teclado había una nota.

Una nota escrita a mano que decía perdónanos.

 

2 de abril de 2016


 

—Escribe sobre lo que te gusta —me dijo el árbol—, lo que te nazca. Sobre eso escribe.

—Es que mis cuentos son muy cortos —le respondí preocupada en el momento que una brisa tibia revolvió sus ramas.

Algunas hojas secas volaron para caer despacio, flotando sobre la hierba que a trancas y barrancas brotaba entre las raíces fuertes y seguras del árbol. De ese árbol que desde pequeño, creció en su propio mundo. Un mundo para el árbol. Creció y seguirá creciendo feliz (ja, ja), en medio de aquel inmenso huerto cerrado, rodeado de inmensas casas de fachadas blancas, habitadas por familias todas inmensamente felices.

Casi tan felices como el árbol.

¿Cuántos cuentos -todos los cuentos- de amor y de humor, habrá escrito, habrá soñado, habrá escuchado?

¡Cuántas historias se esconden entre las líneas de su tronco, pidiendo permiso para vivir a través de sus ramas y de sus hojas, permiso para sentir la luz y que así, entre la soledad y el amor, podamos disfrutar de ellas!

Y me habló sobre su vida, la historia personal de algunos de sus cuentos.

No siempre estuvo allí, dándole sombra a esa grama, sintiéndose tal vez triste alguna noche, como un reo en la nocturnidad entre esas paredes tan blancas.

No.

También lo abrigó el cielo de París y su última mudanza fue desde España.

Tantas veces amó. Con exageración o no, pero lo hizo.

Y fue en ese momento cuando el viento sopló con fuerza, anunciándome que era hora de que dejara el huerto y que volviera a casa.

—Busca cada día un momento para escribir. El mejor camino es así —me aconsejó finalmente—. Y no lo hagas a vuelo de buen cubero o como una extraña diversión. No. No le des pena a la tristeza. Está bien si tus relatos son cortos o si son largostree pero cuando escribas, hazlo siempre con deleite.—¿Y vas a leer mis cuentos? —le pregunté esperanzada al momento que colgaba mis historias en cada una de sus ramas.

—Espero que en abril —me respondió solemne.

 

Lima, marzo de 2016

Libros y cuentos de Alfredo Bryce  de los que se hace alusión  en el anterior relato:

A trancas y barrancas

Un mundo para Julius

La felicidad ja ja

Huerto cerrado

Todos los cuentos

Cuentos de amor y de humor

Permiso para vivir

Permiso para sentir

La historia personal de mis libros

Entre la soledad y el amor

La historia personal de mis libros

Dándole pena a la tristeza

Reo de nocturnidad

La última mudanza de Felipe Carrillo

Tantas veces Pedro

La vida exagerada de Martín Romaña

El mejor camino es así

A vuelo de buen cubero

Extraña diversión

Dándole pena a la tristeza

No me esperen en abril

 

 


—¿No recuerda usted cómo se llama? ¿No sabe quién es? —me preguntó un hombre de ojos negros y secos.

Podía sentir que estaba molesto conmigo. Nunca antes había visto a ese sujeto.

—No lo sé. ¿Usted sabe quién soy?  ¿Qué hago aquí?  —le respondí navegando en medio de las aguas de un inmenso río.

Atravesábamos la selva. La embarcación era larga y angosta. No cabrían en ella más de tres pasajeros. Las aguas oscuras nos impulsaban con furia y yo no sabía quién era aquel hombre.

boteSentí frío. Mi ropa estaba mojada. Mi cuerpo, mi pelo, estaban mojados. No llevaba zapatos puestos.

—Ayúdeme con el remo —me ordenó al tiempo que me alcanzaba uno.

Le hice caso. Remé. Traté de llevar su ritmo. Traté de olvidar mi vida a través de esos ojos negros y secos.

—¿Está segura que no se acuerda quién es usted? —me insistió.

Me dejé llevar por las aguas. Intenté no escucharlo. Su voz. La voz de ese hombre no me gustaba.

Escuché el canto de los loros.  Los vi volar.  Verdes. Turquesas. Rojos. Grandes.  Alborotados. Iban de árbol a otro. Libres. Felices. Los loros estaban felices y ahora, quizás, yo también lo estaría.

Estaría libre y feliz.

—¡Cayó un pasajero! —recordé el  grito de una mujer cuando me lancé al agua. Me sumergí de inmediato. Logré escuchar la sirena. Henry V, así se llamaba la embarcación en la que viajaba. Era bastante grande. Me pareció sentir la voz de un hombre, quizás mi esposo. Pero no podía ser él. Él  bebía cervezas en la cantina del barco. Seguí nadando. Nadé y como pude me alejé de esa nave asfixiante.

—¿Está bien? ¿Se siente bien?—me preguntó el hombre de los ojos negros y secos lanzándome su chaqueta para abrigarme.

Él no sabía quién era yo. Pero eso ya no era importante. Él no sabía que me había lanzado del gran barco en el que viajaba. Para huir de él, de mi esposo, de la vida que me esperaba a su lado.

Una lluvia torrencial empezó a caer. Los loros se escondieron entre las vegetación.

—Gracias, estoy bien— le respondí. Y remé. Seguí remando bajo las aguas que caían de ese cielo tan alto, tan cargado de nubes furiosas y negras. Remé  bajo los árboles que ahora cobijaban a esos loros turquesas, verdes, rojos y miré hacia adelante. El río se hacía cada vez más ancho, cada vez más mío y me sentí libre, libre por fin, en medio del río.


—Tiene la tos de los cien días —sentenció el doctor.

—¿De los cien días? Pero ¿qué es eso?

Y sin entender muy bien la explicación, María regresó a su casa.

Había pasado un mes y medio desde que le empezara la gripe.

La gripe se fue. La tos se quedó.

Nicolás, su esposo también se fue. Es un viaje de trabajo. No puedo evitarlo. Le dijo al salir de casa preocupado al dejarla así, entre tos y tos.

—El médico se equivocó —pensó María aquella noche. Eran las cuatro de la mañana cuando la tos la despertó de golpe. —¿De los cien días? Será de las cien noches —se dijo en pleno ataque engullendo un caramelo para calmar…—¡Ugh!—

¡No, María! ¿Por qué hiciste eso?

Agotada, María no se sentó para chupar el caramelo.

Echada en su cama, se lo metió en la boca en plena etapa previa a esa tos con la que casi convulsionaba.

Y lo aspiró.

Y lo succionaron su cuerpo y su alma.

Y en un instante quedó incrustado en su tráquea sellándose como una tapa.

—Ugh —pensó María con los ojos redondos y vidriosos y con las cejas altas—. ¿Y ahora cómo me saco esta vaina?

Y se sentó.

Y extrañó aún más a su esposo. Si Nicolás estuviera acá, conmigo, me haría alguna maniobra para sacar el caramelo…para que no muera con la boca abierta, despeinada y sin maquillaje con una pastilla atragantada… Cuando me encuentren estaré pálida, triste y con olor a desgracia.

No. No podía perder la vida en aquella facha patibularia. Y se acordó de sus hijos y también de sus nietos. ¿Cómo dejarlos con el perturbador recuerdo de que la abuela murió atorada?

Y sacó fuerza y botó aire y expulsó de porrazo aquella vaina.

Y lloró.

—Toseré cien días y también cien noches— se dijo.

Y al día siguiente se fue al club en la playa.

—El aire fresco,  ayudará a curarme— decidió.

Llevó libros y música.

Un día de sol.

Eso era lo que le hacía falta.

Pero no había un lugar libre. Y caminó mucho rato hasta encontrar una mesa y una sombrilla y una butaca desocupada.

—Lo siento —le dijo una señora—. Mi marido y yo, hemos esperado dos horas por este sitio. ¿Pero cuántos son ustedes? Quizás les podamos prestar algunas bancas.

—Estoy sola —respondió María.

—¿Sola? —preguntó la mujer estupefacta.

Y María les sonrió y siguió su camino en busca de algún lugar para pasar la tarde con sus libros y su música y tomar la siesta que le hacía falta.

Y lejos, muy lejos, encontró lo que buscaba.

—Que suerte tiene —le dijo un señor que la observaba—. Nosotros estuvimos parados por más de dos horas y tú, nada. ¿Cuántos son?

—Estoy sola —respondió María con calma.

—¿Sola y con tantas bancas? ¡Eres afortunada!

Y María decidió salir del club para dar una caminata.

—¿Está usted sola? —le preguntó la mujer que controlaba la puerta que daba acceso a la playa.

María la miró y le respondió sin entender qué pasaba.

Y María caminó a la orilla del mar. Escuchó música, se mojó los pies con el agua fría y salada, pensó en su esposo, sus hijos, sus nietos y le dio gracias a Dios por no haberla dejado morir por culpa de la tos y despeinada.

—¡Ugh!

¡María! Y ahora, ¿qué es lo que te pasa?

Y María cayó al suelo.

Dolor, ardor… De un salto se paró y salió del agua fría y salada.

Su pié derecho enrojecía, le picaba, pero además, sentía que algo se le había clavado.

Y su esposo sabría qué hacer para ayudarla.

Y se le adormeció el dedo y el tobillo y la pantorrilla.

No. No podía morir tirada en la playa, sin arreglar, con los pelos hechos un desastre y (por culpa del agua, claro está) arrugada.

Y no alcanzaría los cien días ni las cien noches de tos y no sabía qué hacer y le dolía y le hincaba.

Y como pudo, entre paso y paso y algo de tos, llegó al club.

Buscó agua dulce. Se lavó el pie.

El dolor empeoró.

image—Le picó una medusa —le dijo el médico de emergencias al sacarle el aguijón con una pinza—. ¿Vino sola?

Y María lo miró sin decir palabra.

—No debe manejar por unas horas —agregó el doctor—. Le pondré un antihistamínico para contrarrestar la alergia.

Y antes de los cien días y también de las cien noches, María dejó de toser, pues sin quererlo descubrió que con la inyección para la alergia, la tos también se calmó.

 

Rossana Sala. Febrero de 2016

María me pidió que les diga esto…

Si te atoras y estás sola…. https://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/ency/article/001983.htm.                        Cómo aplicarse la maniobra de Heimlich en uno mismo.

Si te pica una medusa o malagua… http://kidshealth.org/es/parents/jellyfish-esp.html?WT.ac=ctg#

 

Hay más información en la web…vale la pena averiguar…aunque no estés sola…

 

 


Hace tres años me enteré por una revista, que Eduardo Chirinos había escrito un libro de poemas.

-¡No puede ser!-me dije al reconocer en la foto a mi antiguo profesor.

Y con la curiosidad del caso asistí a la presentación de su poemario: “Catálogo de las naves”.

-Por lo menos esas naves siempre llegarían a buen puerto-pensé.

Y allí estaba él, con menos pelo, pero todavía rojizo. La barba, también la tenía. No lo veía hace más de treinta años y, era poeta, no profesor de geografía.

La presentación de su libro fue especialmente emotiva. Frente a tantos asistentes, lloró él y su esposa también lo hizo.  Lloré yo, al verlo tan triste. Habló del cáncer que había atravesado, habló de su vida, leyó algunos de sus poemas. Profundos. Del alma.

Pero claro, nunca mencionó la geografía.

Al terminar, compré su libro, me acerqué a saludarlo y con el ímpetu que me caracteriza y me hace hablar sin detener, le pregunté si enseñó geografía en la Academia Trener-necesitaba averiguarlo-y me dijo que sí y le conté esta historia que imageahora escribo y que él no recordaba…-¿A qué chocolate te refieres?- me preguntó…y le dije que un día en clase me llamó la atención porque mi examen de geografía había sido el peor de la academia…que no solo me había sacado cero sino que mi nota era negativa. Un menos cuatro. Una vergüenza. Entonces estudié, estudié tanto, que allí en la primera fila, frente a todos los alumnos, después de la siguiente prueba, se acercó a mi para darme un chocolate triángulo de Donofrio y mientras yo me ponía más y más roja (quizás como él o la envoltura del dulce con el que me premiaba) me felicitó. -La mejor nota de toda la academia- me dijo-. Veinte.

Y claro, después de toda esta historia, no podía haberme confundido…y me dedicó su libro…para Rossana, con un chocolate, de su viejo profesor de geografía…y me despedí de él sin saber que nunca más lo vería…

 

Rossana Sala. Lima, 20 de febrero de 2016

 

 

 

 


—Y, papá, ¿por qué no te llevas a Martín a pescar?

—¿A Martín? ¿De pesca?— respondió don Andrés casi sin mirar a su nieto que correteaba por la sala de la casa.

Habían pasado tres años desde que el anciano no iba de pesca. Cuando era joven, subía a sus dos hijos en la camioneta y, acompañado por su esposa, recorría caminos de tierra que atravesaban el campo entre las montañas y bordeaban el río. De vez en cuando se detenía para observar. Observaba a su esposa, siempre sonriente. Observaba a Pablo y Nicolás, no dejaban de jugar. Observaba las montañas verdes, marrones, amarillas, inalcanzables. Observaba las aguas transparentes y veloces del río y justo, donde se detenían, observaba a las truchas nadar. ¡Alli! ¡Allí están! Les señalaba a sus hijos. Ellos, apurados, sacaban la cabeza por las ventanas para tratar de ver a esos pececillos revoloteando. ¿Qué les parece si nos bajamos acá? ¡Seguro que atrapamos más de una! Los animaba. Con la venia de los niños y la alegría de su mujer, todos bajaban alborotados de la camioneta y, mientras don Andrés preparaba las cañas y anzuelos, su esposa les hacía algo ligero para picotear. Algún sándwich de queso, galletas de mantequilla, manzanas. En pleno crecimiento, no había momento en que los niños rechazaran bocado.

—¡Vamos papá! ¡Anímate! Lleva a tu nieto de pesca, seguro que le va a encantar— le insistió Pablo a don Andrés sacándolo de sus recuerdos.

—¿Estás seguro, Pablo?—intervino susurrando su esposa—. Tú papá está viejo y mira, el cielo está bastante nublado. Va a llover.

—¿De pesca?

Fue Martín quien interrumpió entusiasmado. A sus siete años, era un niño delgado y risueño, de movimientos ágiles,  de pelo castaño y mirada dulce, tanto como el color caramelo de sus ojos.

—¿Me llevas, abuelito? ¿Qué vamos a pescar?

—Truchas— respondió Pablo, intentando no darle tiempo a su padre para rechazar el pedido del niño.

—Ya estoy viejo. Fuera de práctica. No sirvo para nada— se quejó sin embargo don Andrés—. Además no tengo ni sedal, ni anzuelo, ni…

Y mientras el abuelo buscaba y encontraba toda clase de pretextos, Pablo sacó de su dormitorio dos hermosas cañas de pescar. Una muy larga para el abuelo y otra corta para el niño.

—Lo tenías planeado, hijo— le dijo don Andrés—. Yo te conozco…

—¿Estás seguro que es buena idea?— volvió a preguntar la mamá de Martín cuando ya era tarde, pues  abuelo y nieto se alejaban de la casa llevando al hombro sus cañas.

DSCN4770Martín y don Andrés empezaron a caminar hacia el río. Además de señuelos redondos y alargados, plateados, dorados y rojos, todos brillantes para llamar la atención de los peces, llevaban consigo jugo de naranja y galletas de avena que el abuelo tomó rápido de la cocina y metió en un bolso antes de salir. —La pesca requiere de mucha paciencia—le dijo a su nieto— y siempre es bueno mantener al estómago tranquilo—agregó.

Avanzaron en busca de “el lugar perfecto”, como lo bautizó Martín, al llegar a una pequeña cascada cuyas aguas formaban un silencioso embalse.

Abuelo y nieto, se treparon a un pequeño tronco desde donde pudieron ver  las truchas nadar. El niño llegó a contar quince, por lo que insistió que era el lugar perfecto y le pidió a su abuelo no caminar más.

—¡Listo! ¡Hoy será el primer día de pesca de tu vida!— dijo el abuelo con la esperanza de atrapar al menos un pececillo. Estaba fuera de práctica. Tres años atrás, al morir su esposa, su vida había cambiado. De un día para otro, don Andrés se olvidó de reír. Se sintió inútil. Una carga para la familia. Se le fue el apetito y con él, las ganas de salir de pesca, de caminar por las montañas verdes, marrones y amarillas, inalcanzables. De ver a los amigos. Las visitas de sus hijos, nueras y nietos no servían de mucho para hacerlo salir de su tristeza.

Unas cuántas gotas de lluvia empezaron a caer mojando el pelo de Martín. De inmediato, el abuelo le puso la chaqueta al niño quitándose su gorra para ponérsela al pequeño.

Un viento helado atravesó el valle.

—No hay problema Martín— le dijo mientras colocaba un señuelo plateado a la caña de pescar del niño—. Mientras no haya tormenta podemos estar tranquilos.

Con impaciencia, el niño miró al abuelo atar el anzuelo en el sedal. Cuando estuvo todo listo se acercaron a la orilla.

Las aguas transparentes permitían ver a las truchas avanzar contra la corriente sin saber lo que quizás, al menos a una, le esperaba.

El viento se transformó en una agradable brisa.

Con la ayuda del abuelo, Martín lanzó por primera vez el sedal al agua.

—Debes enrollarlo con movimientos tranquilos, despacio, para atraer a las truchas— le explicó el abuelo—. Además así no dejas que el anzuelo se atasque en las piedras.

DSCN4771Martín y su abuelo pasaron un par de horas recorriendo la zona e intentando pescar alguna trucha. De vez en cuando el niño abandonaba la caña, curioseaba el lugar o se acercaba al bolso de las galletas del abuelo para, a escondidas, comerse más de una.

El campo que bordeaba el río era muy verde. Algunas rocas cubiertas de musgo se dejaban ver. Pequeñas flores amarillas y anaranjadas, así como el agua celeste y turquesa del río pintaban el lugar.

—¡Picó una! ¡Acércate Martín! ¡Ayúdame!

Con cuidado, abuelo y nieto sacaron a la trucha del agua. Medía unos quince centímetros y se movía de un lado al otro tratando de liberarse.

El abuelo liberó con delicadeza al animalito del anzuelo.

Martín, vio con mucha atención al pececito. Sus tonos plateados brillaban con el reflejo del sol.

FullSizeRender—¡Déjame tocar a mi pescadito, abuelo! ¿Lo llevamos a la casa?

—Acarícialo despacio—le dijo el abuelo—, cuidado que te haces daño con las escamas. Mejor lo dejamos en el agua.

El abuelo se acercó a la orilla del río inclinándose para soltar al animal que se escabulló entre las piedras.

Martín se despidió de su pescadito al mismo tiempo que la lluvia empezó a caer con fuerza.

El viento helado sopló una vez más.

—Debemos regresar—dijo el abuelo mientras desarmaba las cañas de pescar y acomodaba el bolso,  para sujetar luego al niño de la mano y caminar con él hacia la casa.

La ruta por la que habían llegado al lugar perfecto desapareció.

—Es una tempestad— le dijo el abuelo al niño cuando el ruido de los truenos interrumpió sus palabras—.  Regresaremos por un atajo que conozco.

Don Andrés y su nieto avanzaron entre la maleza.

—No te preocupes Martín. Pronto estaremos en casa.

—No me preocupo, abuelo—le respondió el niño—. Con tu mano me siento tranquilo.

La lluvia y el viento no tenían la menor intención de detenerse.

Abuelo y nieto atravesaron el campo, se llenaron de barro y de sonrisas, hasta  llegar  por fin a casa.

El  papá y la mamá de Martín no estaban.

—Seguro que nos fueron a buscar—dijo Martín.

El abuelo acomodó al niño al pie de la chimenea. Le quitó la chaqueta, lo limpió y secó con una toalla. Encendió los leños y fue a la cocina para preparar algo caliente.

El suave calor de los eucaliptos entibió el lugar.

La puerta de la casa se abrió.

El papá y la mamá de Martín entraron de prisa.

Se sintieron tranquilos al ver a su hijo.

En ese momento el abuelo entró a la sala sonriente y con dos tazones de leche chocolatada. —Qué bueno que llegaron!—dijo—. Justo quería contarles que me llevaré a Martín mañana a pescar. Iremos al lugar perfecto. ¿Nos acompañan?

 

Rossana Sala. Yauyos, 14 de febrero de 2016.


 

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Tumba sobre tumba. Una tras otra.

El pasadizo es profundo.

El silencio se rompe debido a la tristeza del viento que abraza nuestros cuerpos con amor hostil.

Al final del pasaje, por instantes, alumbra la luna. Son las nubes negras y dispersas las que la cubren.

—¿Pero qué quieren ocultarnos?— me pregunto.

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—¡No hagan bulla!— nos advierte el guía y ordena detenernos—. Dejemos descansar a los que aquí reposan.

Es la noche del treinta y uno de octubre. El año, no importa.

El lugar, el cementerio Presbítero Matías Maestro. Testimonio ¨viviente¨ del pasado ¡Qué ironía!

Se encuentra allí la cripta de los héroes donde están los restos de Miguel Grau y de tantos otros combatientes.

Ayudados por la luz de nuestras linternas avanzamos para llegar al “Pabellón de los Gordos” donde cada tumba es de un tamaño bastante cómodo para sus ocupantes.

¡Cómo si fueran a moverse inquietos! (Quizás.)

A nuestra izquierda, decenas de pequeños nichos albergan a las criaturas que murieron antes de que acaso pudieran hacer un gesto o de ser bautizadas, pasando a habitar por ello el “Pabellón de los Duendes”.

“Un feto¨. Leí en la lápida de mármol que alguna vez fue blanco, tan blanco quizás como el alma de aquel niño que no alcanzó a tener nombre. Apellido tampoco.

Luego de prestar atención a los consejos sobre las posibles consecuencias de entrar al pabellón de “Los Suicidas”, nos explican que entre otros, allí descansa un barbero chino de la calle Capón que mató a dos clientes en su propio local y luego se quitó la vida al sentirse acorralado por la policía.

Cuántas historias bajo tierra.

Emiliana Montero Torreón  1912-1929

Dice la leyenda que fue una bruja y que cuatro años después de tu entierro se cambió de nicho e hizo su propia lápida.

Manuela Dante Moretti  1830-1900

Esteban Sifuentes Paredes 1829-1875

Juan Mujica Melgar. 1809-1895

“Más grande por su humildad y virtudes que por tus títulos”.  Reza el epitafio.

El guión.

Sin importar el frio del viento, ni la oscuridad del lugar en el que se oculta cada uno de los seiscientos mil cuerpos, ni su talla, sexo, edad, raza, ni el motivo del deceso, por igual, es el guión dibujado en cada losa, el que separa el día del nacimiento y el día de la muerte.

El guión.

Es el guión el que señala la vida.

Y al alejarme de las tumbas recé.

Recé para que el guión de mi vida y de la tuya que lees este texto, sea largo.

Sea largo y tenga la forma de una sonrisa.

 

Lima, 2 de noviembre de 2015


A Manuel lo conocí en la plaza. Era un día de sol. Yo paseaba en bicicleta.

Lo vi cruzar la acera y mis ojos no dejaron de seguirlo hasta que por fin se detuvo.

Lo vi comprar un ramo de flores rojas.

¿Para quién serían?

De golpe. Fue así como yo también me detuve pues caí al suelo y me puse de pie veloz con la esperanza de que nadie hubiera notado mi torpeza.

Pero ya era tarde. Cuando levanté los ojos, allí estaba él. Frente a mí. Extendiéndome la mano y quizás, la vida.

Y es que yo estaba  triste. Vivía triste.

Sin dudarlo, Manuel me regaló aquel inmenso ramo de claveles rojos. Todavía puedo sentir el suave perfume que despedían.

—Para que siempre sonrías—me dijo.

Y fue así como empezó nuestra vida juntos. Compartimos historias, comidas y copas de vino.

Él trabajaba en el campo. Tenía vacas y algunas ovejas. Yo era la dueña de una pequeña librería en el pueblo. Mi trabajo era tranquilo, iba bien, pero no lograba salir de mi dolor y Manuel no lo entendía y yo no podía explicárselo. En realidad yo no quería.

Todas las mañanas me visitaba en la tienda de libros.

—Deja ya esa carita triste— me pedía—. ¿Por qué no me cuentas qué es lo que te pasa?

Varias veces estuve a punto de decírselo. De contarle todo sobre mi vida. Pero era tan difícil explicarle el motivo de mis miedos, de mis angustias. No quería asustarlo. Con seguridad, Manuel me dejaría.

Y a pesar de eso, entre paseos, ríos y montañas, continuó nuestra vida juntos.

Él siempre tranquilo, respetaba mi silencio.

Hasta que una tarde, sucedió lo que yo tanto temía.

—Cásate conmigo— me pidió.

—No puedo hacerlo— le respondí de inmediato bajando el tono de mi voz al mismo tiempo que mi rostro—. He enterrado a dos esposos.

Y Manuel estiró la mano. Con el dedo índice levantó mi mentón y sin inmutarse me miró a los ojos y dijo:

—No te preocupes Maritza. Mi bella Maritza. ¿Para quiénes crees que eran esos claveles rojos que compraba aquella tarde cuando te conocí en la plaza? Yo soy viudo tres veces y no perdí las esperanzas…

Rossana Sala

Lima, 7 de noviembre de 2015


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El cielo está gris,

a ella le da igual.

Toma su paleta.

Deja el celular.

Elige  los tonos,

los pone en su lienzo,

empieza a soñar.

Su madre se acerca,

le guía la mano

y le enseña a la niña,

cómo colorear.

FullSizeRender (8)Ema tiene siete años,

no piensa en las letras,

ni leyes,

ni nubes,

ni sumas,

ni restas,

ni nada en el mundo,

que la haga cambiar.

Usa verdes, naranjas,

azules y rojos

amarillos y lilas,

el cielo oscurece,

a ella le da igual.

Ojalá que viva,

para pintar sus sueños,

para ser siempre Ema,

la Ema descalza,

de la orilla del mar.

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¡Ay Ema, Emita!

¿Dejas la paleta?

¿A dónde te vas?

Y Ema me mira,

y sonríe traviesa.

Es que la llaman

por el celular.

¡Sí, papi!- responde-

¡Ya sé pintar!

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Rossana Sala. Montevideo, Uruguay.

22 de octubrede 2015


El día se ilumina.

Miro  tus ojos. Siento que me miras.

No hago ni digo nada.

Te veo derramar una lágrima. No puedo secártela.

¡Qué impotencia la mía!

Tengo la esperanza, sin embargo, que esa lágrima que recorre tu rostro, lo hace feliz.

No podría ser de otra manera. No debe.

Tantos momentos  juntas convertidos  hoy en recuerdos.

Si tan solo pudiera yo, dejar caer una lágrima. Solo una. Lo haría. Lo haría con alivio. Lo haría con una sonrisa. ¡Qué locura!

Hoy nuestros encuentros son esporádicos. Son breves. De vez en cuando me visitas. Lo haces sin saberlo y me llenas de alegría. Cada vez que te miro estás diferente. Siempre tan linda.

Y no te puedo hablar.

Trato de oír tu voz, de descifrar tus labios. Lo he intentado tantas veces. Lo juro.

Pero es imposible.

Entonces, invento.

Invento que me dices que me quieres, que me extrañas. Que recuerdas que jugamos mucho, que pintamos juntas, que reímos y paseamos,  que te llevé al parque y a montar el poni, que te compré galletas y helados de fresa,  que canté contigo y te hice cosquillas, que te acaricié el pelo como te gustaba, que te llevé al mar y nos mojamos los pies en el agua helada.

¡Cómo nos divertíamos!

Y fuiste creciendo y dejaste de ser mi niña y te llevé a las fiestas, conversamos tanto,  leímos, también bailamos…y llegó el momento, te fuiste de casa.

Hiciste tu vida.

Me quedé entre lágrimas, pero como las tuyas: de amor, de alegría, de orgullo, de calma.

Y hoy una vez más, contemplas mi foto.

Miro tus ojos. Siento que me miras.

Papel. Tinta.

Historias en sepia. El tiempo me convirtió en eso.

Oscurece el día.

Acá  te espero, te espero tranquila, sin decir palabra.

No dejes de abrir el álbum.

Quizás mañana.

 

Rossana Sala.  Lima,  3 de octubre de 2015

  CAF RUNNERS. EL ORIGEN

Posted: 17 September, 2015 in 2015
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Seis  y media de la mañana.

La ciudad está en silencio.

Algunos faroles iluminan con timidez el parque Los Caobos.

Una brisa fría nos alivia del calor que más tarde no nos soltará.

Se da la partida.

Yo formo parte del segundo grupo. Soy una de los cinco mil participantes del Medio Maratón CAF. Treinta minutos antes empezaron a correr los del maratón completo: cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros, distancia que en mis viejos tiempos alguna vez alcancé. Jóvenes tiempos, mejor dicho.

Mi corazón se acelera. Esquivo a los corredores que avanzan con lentitud.

Necesito espacio.

Salir del embudo.

Agarrar mi ritmo.

Caracas. Ciudad en la que viví nueve años. Ciudad en la que por primera vez troté.

Sería el 2004 cuando empecé a correr en el Parque del Este. Poco a poco fui conociendo más gente. —¡Épale, chama! ¿Corres mañana?—

Participaba en una carrera de diez kilómetros, luego en otra.  

Me encontraba en el Parque con amigos de la oficina.  —¿Tú también corres? ¡Qué sorpresa!  ¡Otro día nos vemos!—

Siento el golpeteo de los pasos a mí alrededor. —Mientras no pasen encima de mí,  todo va bien— reflexiono con optimismo.

Me acomodo el reloj. Escucho la música de mi Ipod. Me gusta correr al ritmo de alguna canción. Me siento ligera. Una especie de dieta psicológica.

Kilómetro tres. Se acerca la primera cuesta. Me esperan cinco más.

¡Cómo pude haber hecho eso! Inscribir a Luis Enrique y a su amigo Antonio en la carrera del Valle Arriba. Allá en el 2005. Debieron odiarme. —Esto no es humano, no es natural, mujer— me repetía Luis Enrique al llegar a la meta jadeando en plena subida. Pensé que él ya no volvería a trotar. Que seguiría dándole golpes a sus pelotitas de golf y yendo y viniendo en la piscina.

¡Agua! Por fin un punto de agua. Me refresco. La temperatura empieza a elevarse. Ahora que vivo en Lima, extraño ese verde tan vivo de las montañas. El Ávila. El cielo azul. Los entrenamientos al amanecer en el Parque del Este.

Me execraron Luis Enrique— recordé haberle dicho compungida una mañana cuando me vio en el Parque trotar sola (y desvalida). Es que no me gustó el nombre que querían ponerle al grupo con el que corría, se los dije y me expulsaron.

—¡No necesitamos de ellos!— exclamó olvidándose del dolor de piernas que había sufrido en Valle Arriba por mi culpa—. ¡Fundaremos nuestro propio grupo en CAF!sentenció con esa voz convincente que lo caracteriza. Hablemos con Marcos, con Jairo.

He creado un monstruo— pensé preocupada.

—Convócalos para hoy mismo.

He creado un monstruono tuve duda.

Kilómetro ocho. Avanzo por la avenida O’higgins para llegar a la Redoma de la India.

Me alegro al encontrarme con Jairo. Jaironman como lo bautizamos. Fiel a su estilo, corre erguido. A paso firme. Lleva puesta la franela gris y azul de los CAF Runners.

CAF Runners, ese nombre fue escogido por mayoría de votos y propuesto por mí. (Clara ironía del destino). En segundo lugar quedó TROTACAF. —Suena a jarabe para la tosme comentó Germán el día del escrutinio. 

Entre todos diseñamos el logo: un hombrecillo que corría y dejaba atrás rayas horizontales.

Mandamos a hacer nuestras franelas las que con sonrisas “cafkeanas” estrenamos como niños con juguete nuevo un sábado cualquiera en el Parque del Este.

FOTO2A vista e impaciencia de mis “execradores” corrimos bajo la sombra de los apamates y jacarandás y esquivamos los frutos caídos sobre la grama.Debes tener cuidado con el esguince de mango”— me advirtieron un día (ya tarde).

Siento una punzada en el estómago. Será por hambre o mi mal entrenamiento.

No es el momento de averiguarlo.

Tomo agua mientras saboreo una gomita energizante con gusto a cereza.

Sin sombra y sin pretextos debo seguir mi camino. Correr los diez kilómetros que todavía me faltan. “Quiero verte sonreir” escucho en mi Ipod cantar a Carlos Vives. Sonrío. No por hacerle caso a Vives por supuesto, sino porque me siento bien.

FOTO 1Estoy contenta de estar en Venezuela.

Avanzo entre caras nuevas para mí: Xavi, Fabiola, Fred, Carlos, Pablo, Lissette. Tanta gente de la oficina venida de España, Colombia, Bolivia, Ecuador, Panamá y no pienso ya en eso que me agoto y debo seguir.

Mis piernas no se detienen. Mis recuerdos tampoco.

Y allí está Emilio: El Zorro.  (Alguna vez ganó una competencia en la que él mismo no había participado. ¡Qué astucia!). Y Marcos: El Comandante. (Dirige los eventos pre y post maratón. ¡Salud! Claro que corríamos por nuestra salud.)  Y Fidel y Carolina y Marcos Junior, Alejandro, Abel, Nelson, Manuel, María Angélica, Luzeth y tantos, tantos más.

CAF Runners y Afines, así fue bautizado.

Y nos empezaron a gustar las distancias largas…Paris, Nueva York…y clasificaron para Boston y se fueron a Buenos Aires, Berlín, Madrid y siguieron corriendo y lo siguen haciendo y el grupo de cinco pasó a ser de diez y luego de treinta, después de cincuenta y yo troto y yo sudo, por el kilómetro veinte, entre miles de pasos y miles de gentes, alcanzo la meta.

Termino feliz.

Recibo mi medalla de la cuarta edición del Maratón CAF.

Me estiro, converso con amigos y con desconocidos, comparamos tiempos, dolores y una que otra anécdota.

Es medio día.

El sol vertical ilumina el Ávila y calienta nuestros cuerpos.

Algunos deportistas siguen llegando. Organizadores y voluntarios no cesan en su trabajo y mezclados entre el público, agradecemos y aplaudimos los CAF Runners:  los viejos, los nuevos y los que pronto se unirán.

Escrito por Rossana Sala (La Sub Comandante), a los diez años de la Fundación de los CAF Runners

Lima, 5 de septiembre de 2015

 

HISTORIA EN CIFRAS

FOTO4CAF Runners: fue fundado en el mes de marzo del año 2005 por Luis Enrique Berrizbeitia, Marcos Subía, Jairo Zapata y Rossana Sala.

Ha cumplido 10 años de fundación y cuenta en la actualidad con alrededor de 50 miembros inscritos.

A partir del año 2011 la Corporación Andina de Fomento (CAF), ha organizado el “Maratón CAF Caracas”, un maratón que progresivamente ha ganado relevancia por ser una competencia reconocida por las instancias deportivas nacionales e internacionales, tales como: la Federación Venezolana de Atletismo (FVA) y la International Association of Athletics Federations (IAAF), y es miembro activo de la Association of International Marathons and Distances Races (AIMS).

En abril del 2015 se llevó  a cabo la cuarta edición del Maratón CAF:

-Se inscribieron 3,363 corredores para los 42 K. y 7,420 para los 21 K.

FOTO5-Corrieron/ terminaron 2,357 de los participantes en 42 K. y 4,841 de los de 21 k.

http://maraton.caf.com/

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