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DILE QUE NO (poemita) agosto 2020

Posted: 21 August, 2020 in 2020
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16387250_10154976436816737_8328956582741734766_n

te hará daño 

              así que dile

que no

no lo busques

que no te encuentre

               es un tirano

 

dile que no

toma valor

busca tu fuerza 

y dile que no

para que no te

arrepientas

 

seducen las calles

            están muy cerca

el sol el aire la gente la bulla

y sin darte cuenta

                       un roce

             tu debilidad acecha 

 

dile que no

porque te quieres mucho

porque la vida es una

porque el mañana existe

porque no eres de piedra

 

los abrazos

girasoles

cafés con bocas y orejas

                 la familia

las estrellas

niños que saltan

cuentos de Bryce

                       Cortázar

o quien tú más quieras

                           hojas revueltas

y ese beso que se atascó en un tren

                 asomarán por tu puerta

 

los paseos en bicicleta

         a la orilla del mar

las sonrisas desnudas

las montañas rebeldes

                            te esperan

 

vamos

      protégete

          no te dejes llevar

¿quién se ha creído?

quédate en casa

                colorea la lluvia

                     despierta tus sueños

porque cualquier día

el mundo

      le quitará esa corona

              que nunca mereció

                                y  hoy

                                nos aprieta

Rossana Sala

Agosto 2020

Pandemia

QUIZÁ (julio 2020)

Posted: 14 July, 2020 in 2020
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2020-07-14 2Ella se detiene a ver el mar. Siente el agua helada mojar sus pies. Se hunde en los granos de la arena un poco más.

A lo lejos, el sol.

Ella sabe que va a caer. Caerá amarillo, naranjado, rojo, caerá de golpe, como si alguien del otro lado del mundo se lo quisiera quitar, para que ella no pueda verlo una vez más.

Ella se deja llevar por esa línea, por ese brillo de tonos dorados, que la conduce hasta el final del horizonte, hasta el calor que pronto se irá.

Las palabras del viento la calman y la empujan. La arena acaricia y hiere su piel. El olor a sal invade sus pulmones. Su vestido celeste, blanco, se llena de aire, sube, baja, baila y se bate hacia adelante, como si la empujaran hacia el mar.

Su pelo cobrizo, ondulado y risueño, se llena de nudos.

Algo le roza la pantorrilla derecha.

Se distrae para averiguar de qué se trata.

Es una fruta.

Anaranjada, grande, redonda. Flota a su lado.

Se agacha para tomarla en sus manos. Se moja el vestido celeste y blanco.

¿La habrán traído las olas?

Por un instante, el reflejo del sol, la ciega.

La imagen de un niño en el agua, justo al lado de ella, la desconcierta.

–¿Me invitas?

La voz, alegre, triste, inesperada, del muchacho la detiene. La obliga a retroceder. A abandonar el mar. A sentarse en la arena, todavía tibia, para compartir los gajos ácidos y dulces y ver juntos al sol escabullirse hasta el otro lado del mundo. Amarillo, anaranjado, rojo, de golpe, encadenado.

–¿Volverá mañana?

–Quizá.

 

Rossana Sala

14 de julio 202

 


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me declaro culpable

de haberme ido en el intento

y también vuelto

 

 

 

de correr en bicicleta

de subir montañas

de alejarme de la orilla a nado

de caminar entre las nubes huecas

 

de haber caído

me declaro culpable

también de levantarme

 

de soñar

de ver el cielo anaranjado

de escuchar a las estrellas reír

de esas copas de vino

de los besos que nos dimos y perdimos

 

de haber reído

de llorar bajo el árbol de moras

me declaro culpable

de haber sentido

 

de haberme equivocado     de tener razón

de no oír

de escuchar                 de no entender

de haber comprendido

de tus abrazos y de los míos

 

me declaro culpable          por esos niños

por los girasoles azules

por las mariposas escondidas

 

por dejar todo

y al mismo tiempo nada

 

soy culpable

no pido perdón

no me absuelvan                      por favor

 

porque de querer ser feliz

no me olvido

 

Rossana Sala

Junio 202

CUANDO (Mayo 2020)

Posted: 2 May, 2020 in 2020

2020-05-02            

y estás lejos
y estás triste
y nada de lo que yo te diga
                                    sirve
cómo poder darte un abrazo
en este mundo
                          tan terrible
y cuando las flores canten
la luna brille
las mariposas salten
y la canela perfume las nubes
               te abrigarás con sus recuerdos
                                                        y su amor
                                                          sonreirá contigo
y cuando los aviones vuelen
los cristales se derritan
y a las calles les pese la gente
                podré por fin darte ese abrazo
                                                       que hoy
                                                           deambula solo conmigo

2020-05-02 2

Rossana  Sala

2 de mayo 2020


 

Copia de 2020-04-25me gustaría ser yo una vez más

y subir montañas azules

y rojas

montar bicis de ruedas cuadradas

zambullirme en las aguas radiantes del mar

sentir el viento frío

caliente

atrevido

esta vez eso no me va a importar

dejar crecer mi pelo largo

muy largo

pintarlo de lila

y volverlo a cortar

 

teñir las paredes con manzanas y nueces

sin que me importe qué va a pasar

 

tomar una escoba y viajar por el cielo

mirar por la ventana del cuarto de mi hija

mirar por la ventana del cuarto de mi hijo

y llevarlos conmigo donde nadie nos pueda encontrar

escondernos en nubes en forma de casas

sentirlos pequeños

traviesos

tan suaves

preparar sus loncheras llenas de caramelos

jugar con conejos

mariposas

y flores

esperar la lluvia para saltar con ellos

llevarlos al colegio a patinar

llenarlos de besos y no hacerles caso

aunque se empiecen a quejar

 

escribir un cuento que sea muy breve

pero que nunca llegue al final

 

2020-04-25Rossana Sala

Abril 2020

Pandemia

 

GOTAS DE AGUA SECA

Posted: 18 April, 2020 in 2012, 2020
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2020-04-18El hombre se despertó poniendo los pies hacia afuera.

Sintió el agua helada tocar su piel. Un día más. ¿Podría soportarlo? Se sentó como pudo. Se inclinó hacia adelante hasta encontrar su reflejo en el mar.  Su rostro tenía más arrugas que el día anterior. La barba empezaba a brotar. Gris. Intentaba escapar como agujas de su rostro. A sus pelos los alborotaba en una gran confusión el viento.  Buscó entre sus cosas la gorra que usaba en sus días de pesca. Las venas cansadas, azules y gruesas, pedían auxilio al recorrer sus manos hasta alcanzar su corazón. Tomó un sorbo de agua de su botella. Si no llovía pronto, estaría en problemas. Pero ya estaba en problemas. El tono celeste y burlón del cielo, no le daba la esperanza de derramarle una sola gota de agua dulce.

El hombre se acostó poniendo los pies hacia adentro.

Sintió el sol hervir y quemar su cuerpo. Un día más. ¿Podría soportarlo? Se acomodó entre los tablones como pudo. Se inclinó hacia su lado derecho hasta encontrarse cara a cara con una madera astillada. Se sintió más pesado que el día anterior. Su barba estaba dura, húmeda, olía a sal y a restos. A sus pelos no los alborotaba el viento. Buscó en los bolsillos de su chaqueta un pedazo de pan. La chaqueta que usaba en sus días de pesca. Sintió sus manos más secas. Más duras. Más tristes. Vacías. Tomó el último sorbo de agua que guardaba en la botella. Si no llovía pronto, estaría en problemas. Pero ya estaba en problemas. El tono azul y burlón del cielo, le lanzó gotas de agua seca.

El hombre se despertó poniendo los pies hacia afuera.

Sintió el agua helada tocar su piel. Un día más. ¿Podría soportarlo? Intentó sentarse. La pesadez de su cuerpo le dificultó hacerlo. Se inclinó hacia adelante hasta encontrar su reflejo. Su mirada estaba marcada por algo que el día anterior sus ojos no habían descubierto. Su barba brotaba blanca y confusa. A sus pelos los alborotaba sin ilusión el viento.

2020-04-18 5

El hombre se acostó poniendo los pies hacia adentro.

Buscó entre sus cosas un trozo de pan. Sintió sus manos más pequeñas. Más suaves. Sonrientes. Saboreó su alimento como lo hacen los niños traviesos cuando roban a sus abuelos un chocolate o un caramelo. Si lo descubrían, estaría en problemas.

Y con ese tono burlón que aprendió del cielo, el hombre se lanzó al mar.

Rossana Sala

Abril 2020

Pandemia


Copia de 2020-04-15–¡Vamos! ¡Con fuerza! ¡Que es exigente!

¿Qué sexy gente?

Me parece oír al profesor. Pero es imposible. Imposible, porque estoy pedaleando sola, sin gorra, sin aretes, con las uñas rotas y la ropa suelta y, porque la clase que estoy viendo en YouTube, debió haber sido grabada hace cuatro o cinco meses, en Italia o en España, cuando el invierno no había llegado y nadie lo esperaba, así como vino para no irse todavía.

Me distraigo. No quiero pensar en eso.

–Comiencen suave. Este es el plan, les esperan cincuenta minutos, cuatro cuestas hasta coronar la montaña.

¿Coronar la montaña?

2020-04-15 11

El tema es que, después de muchos años, me he reencontrado con mi bicicleta estacionaria, esa que venía usando para colgar sombreros y una que otra cartera. Y he descubierto con cierto beneplácito que existen programas que, mientras el profesor te llena de indicaciones, puedes hacer ejercicio y escuchar música y ver árboles, calles, gente, autos, motos, casas, mares, montañas, el cielo azul, flores y casi sentir el viento y estar a punto de respirar aire fresco.

–¡Vamos! ¡Pronto acabaremos!

2020-04-15 6Pedaleo plano, velocidad constante y luego subo, tiro hacia arriba, me paro, la música me lleva, We will rock you, me inspira Queen, lagunas, bosques, calidad de resistencia, no puedo, si puedes, sube, ¿hasta cuándo?, párate, siéntate, quiero salir, no debes, la ruta es increíble, infinita. ¿Adelgazaré con esto? Cambios de cadencia. ¿Decadencia? Aguanta. El baile. La intensidad está en la carga, no veo el sol, no siento el viento, no huele a tierra, inventa, imagina, llegamos a la parte más dura, tu puedes, I used to rule the world… comienza Coldplay. ¿Cuándo terminará esto? Aplanemos la curva, punto de inflexión, estamos llegando. Martillazo. No encuentro flores, cuatro paredes, no siento voces, no hay colores. Ten paciencia, nadie dijo que sería fácil.

–¡Pueden tomar agua! ¡Donde está la bandera terminamos!

Con mi toalla roja me seco el sudor de la frente y de los brazos.

2020-04-15Me paro. ¡Ciento diez giros por minuto! ¡Allá voy! Hace mucho que no iba tan rápido. Y los pedales se aceleran y se escapan de mis zapatillas, no puedo controlarlos, me golpean y mis pies se quedan atrás y la música empieza de nuevo y no veo más el video, el YouTube maldito y al profesor y sus gritos y mis rodillas sangran, me falta aire, mi cuerpo se enrosca, busca ir al pasado y se protege como un feto.

Quedo atrapada entre el asiento y el volante.

–¡Estamos coronando la montaña! ¡Cuando lo logren les doy una tregua!

 ¡No puede ser! En veinte años montando bici por piedras y tierra, pantanosos bosques y bajo la lluvia, nunca me he caído y ahora, estoy enrollada en una bicicleta estacionaria, en el dormitorio de mi casa sin poderme levantar.

Me duelen los brazos, el hombro derecho, las manos. No veo luz. Traspiro. Necesito paz.

El pelo se me pega en la frente. Debí amarrármelo.

Las cuatro paredes.

¿Hasta cuándo?

–¡Todavía no tomen agua! ¡Con fuerza! ¡Seguimos de pie! ¡Vamos! ¡Que es exigente!

No joda! Que sexy nada, que estoy sola en mi casa. ¿No entiende? Me agarro del timón. El cielo está negro y cargado de estrellas. ¡Busquen su resistencia! Dice el profesor mientras le inspira Abba, You are the dancing queen y alguna cancioncita más. Desenredo mis piernas. Me levanto. Salgo de la bici. Mis heridas sangran, me duelen, las limpio con mi toalla y, como si un caballo me hubiera lanzado al suelo, me paro y vuelvo a montar.

–Cojan el ritmo, aguanten, que ya terminamos. ¡Encuentren la bandera!

Y me imagino ricas montañas, fértiles tierras, risueñas playas, autos, calles, ríos, quebradas, gorriones, bulla, gente, bocinas, supermercados, un roce, un abrazo, un beso, una caricia, mi toalla roja, es mi Perú.

2020-04-15 16Rossana Sala

Abril 2020

Pandemia

(Párrafo final inspirado en la canción “Mi Perú” de Manuel “Chato” Raygada)


IMG_1371Minutos antes de acercarme al altar para esperar a Maritza y casarme por fin con ella, Esteban Gorriti, hasta ese momento mi futuro suegro, sin ningún reparo, me dijo al oído al darme un abrazo:

“Espero que no corras la misma suerte que los anteriores”.

¿A qué se refería? ¿Anteriores? Pensé sin atreverme a revelarle que no sabía de qué estaba hablando.

Don Esteban, a sus setenta años y tras los vidrios de sus viejos anteojos de carey, así como se me acercó, se perdió entre una decena de invitados. ¿Pero quiénes eran? Me di cuenta en ese instante que, distraído y nervioso por esto de mi matrimonio, no me había percatado que esa gente que reía y conversaba y vestía de colores oscuros y no alegres como correspondía a una celebración como la que estaba a punto de llevarse a cabo, era completamente desconocida por mí.

¿Serían amigos de Maritza?

Necesitaba hablar con ella. No podía dar el “sí” eterno, sin antes saber quiénes eran “los anteriores” y cuál era la suerte, nada buena sin duda, que habían corrido o acaso los había hecho correr.

Doña Clara. Allí estaba ella. Tuve la esperanza de que la madre de Maritza, con ese afán por saberlo todo y de hablar sin detenerse a respirar o acaso pensar, alguna información podría darme. Tanto tiempo me había quejado de su capacidad de averiguar historias para luego, haciendo uso de una imaginación prolija, difundirlas por el barrio y más lejos todavía, que nunca le había prestado atención y menos aún sospechado que, en algún momento me beneficiaría de lo que ella llamaba uno de los tantos atributos que Dios en su infinita bondad le había concedido.

Las bancas de la pequeña capilla se iban ocupando. Algunos de mis familiares y amigos llegaban y yo no los saludaba ni de lejos.

Necesitaba salir lo antes posible de mis dudas.

Maritza había insistido en llevar a cabo la ceremonia en la capilla de Fordán, un pequeño pueblo frente al mar, alejado de nuestras casas pero que, por alguna razón que ella misma no sabía explicarme, decía amar. Yo, que no era devoto ni nada que se acercara a eso, no me opuse a la boda religiosa ya que para mí lo importante era que me casaba con ella y no ante quién ni dónde lo hacía.

A mis cuarenta años, por fin, contraería matrimonio y ella, que según papeles tenía exactamente mi edad, aunque debo admitir que parecía un poco mayorcita, también se había animado a casarse por primera vez en su vida.

Miré la hora. Las doce y cuarto del día. La marcha nupcial y la entrada de la novia debían comenzar en quince minutos, lo que me daba tiempo para hacerle preguntas a doña Clara y que ella me respondiera y se explayara haciendo gala, sin misericordia, de sus atributos divinos.  De su único atributo, en caso pudiera considerarse como tal, pensaba yo, pero jamás fui capaz de decirle eso.

–Doña Clarita –le dije al tomar valor y su brazo derecho con todo respeto.

Sentí que mi cuerpo sudaba. ¿Sería por ese terno azul marino que me envolvía el cuerpo o por la corbata que me ajustaba el cuello o esos zapatos que recién notaba había comprado por lo menos una talla más chica?

–Doña Clarita –le repetí apartándola de sus amigos y sin notar que la acercaba a uno de los confesionarios.

¡A un confesionario!  ¡No podía ser casualidad!

Miré el altar y le juré a Dios en silencio que, si esa era una señal de las que tanto habla la gente, no faltaría a ninguna misa de domingo, tampoco de los sábados, iría a todas las de Gallo y las de Fiestas de Guardar no me las perdería ni enfermo.

Sin darme cuenta, me encontré como nunca en mi vida rezando, haciendo promesas.

–Maritza es…

Vi la lengua y los labios de doña Clara moverse en cámara lenta y hundir con su voz pantanosa mi mundo. Sentí su perfume con olor a flores secas invadir mis pulmones y mis zapatos se volvieron aún más pequeños. 

–Pero nadie te lo había contado muchacho, si todos saben que, cuando se casa mi hija, al poco tiempo…

Continuó la mujer con los detalles, mientras yo, sin querer oír ni entender lo que salía de esa boca que letra por letra destrozaba mis ilusiones, seguí con mi rezo cada vez más devoto y con mis promesas cada vez más grandes.

Y es por eso que hoy a mis ochenta años, sigo soltero, Maritza es siete veces viuda y yo voy a misa todos los días.

Rossana Sala

Febrero 2020

LA FLECHA ROJA

Posted: 25 October, 2019 in 2020
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 –Anda, la vas a pasar bien. Te vas a distraer y olvidar de la ciudad. Con seguridad algo se te ocurrirá.

Me había dicho Teresa con su especial cariño de amigos perpetuos recomendándome el lugar: una casita rodeada de árboles eternos, de esas en las que te dejan la llave debajo de la alfombra y jamás llegas a ver la cara del dueño.

Salgo a las siete de la mañana.  Quiero aprovechar la luz del sol para caminar en el bosque. 

Me acompaña en mi mochila Juan Rulfo. Pedro Páramo, su novela.  Cargo también una libreta de notas y unos cuantos lapiceros de tinta de diferentes colores. No sé por qué, pero tengo la vieja costumbre de separar por colores los párrafos y las ideas de mis historias. A mi edad, todavía no he podido encajar con la tecnología. Tampoco hago mucho deporte, así que eso de caminar por las montañas no es usual en mí.

IMG_1475La mañana es fresca. El viento suave. La ruta está marcada por una flecha roja que debo seguir hasta llegar al rio, como señalaban las indicaciones dejadas por mi querida amiga en la puerta de mi refrigeradora.

El crujir de las hojas de los árboles al atravesar la vegetación, me da cierto temor. 

Temor a no encontrar el camino. En realidad, ¿me importa eso?

A quedarme solo en la vida; aunque esa es mi costumbre. Después de todo, siempre cambio de trabajo, de novia y, para mí, nada ni nadie es suficiente, como se encarga de repetirme Teresa.  ¿Es necesario acaso vivir con alguien? Le pregunto a ella sin recibir respuesta.

Miedo a que, estando rodeado de montañas, quiera regresar a la ciudad: a las bocinas y pitos de las calles, al olor a aceite caliente de motor, al cemento, al cielo de cartón, al café de la esquina o al pan con chorizo de la carretilla del viejo Martin. En realidad, no me afectaría dejar todo eso.

¿A Teresa?

A no inventar alguna historia: hace casi seis meses que no escribo. 

 “Samuel Carrasco, setenta años, ha publicado solo una novela. Todo un éxito literario. Éxito que nadie sabe si él mismo podrá superar.”

Dijeron las noticias después de mi última entrevista.

Pero si el mundo tiene ya suficientes libros, historias, cuentos. ¿Hace falta un escritor más?

Qué tranquilidad siento al escuchar cantar a los pájaros en medio del silencio, descubrir el vuelo calmado de unas mariposas azules y respirar la humedad de la hierba.

Y aquí estoy yo, tres años después de la publicación de mi gran novela, mi única novela, siguiendo una flecha roja, rodeado de árboles y flores, con una mochila al hombro, lapiceros de colores y una libreta en blanco.

Me quito la chalina y una de las chaquetas. Tomo agua. Me tropiezo y ensucio de barro mis manos. Me detengo para contemplar los árboles. Son inmensos. No soy experto en naturaleza por lo que decido que son pinos. También decido que los otros, los de hojas más suaves y claras, son robles, y algunos, los más altos y de gruesos troncos, son cedros. 

Se me ocurre que los pájaros que me acompañan con sus silbidos y reclamos son jilgueros y palomas, y que las distintas flores son simplemente geranios. 

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Y mientras sigo la flecha roja, una azul me distrae. Entonces cambio de flecha. Sigo la nueva por ser más resplandeciente y, sin embargo, a los pocos metros, descubro una verde que me parece más larga, más fuerte y después una amarilla, que considero más alegre, por lo que vuelvo a modificar mi destino.

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Es en esos cambios de rumbo, que pierdo todas las flechas y aunque, por la hora, el sol debería estar brillando, el bosque está oscuro y mi camino perdido.  

Envuelto en mis pensamientos, en el olor a cedro o mejor a roble, en las ideas para un cuento que no llego a alcanzar, me encuentro frente a una cabaña.

Sus gruesos troncos marrones y rojizos, el techo a dos aguas de simetría perfecta, aquel letrero que da la bienvenida yel humo de la chimenea que calienta el cielo, me invitan a acercarme a la puerta sin preocupación. La toco con delicadeza. Nadie me abre por lo que insisto con fuerza.

Allí, parado, imagino al dueño del lugar. ¿Sería un ermitaño? O un asesino. A lo mejor un psicópata. El principio de mi esperada novela.

La humedad de ese bosque cerrado comienza a invadir mis huesos. 

Me asomo a una de las ventanas para mirar el interior de la cabaña.

Y allí estoy yo, Samuel Carrasco, sentado a una mesa cuadrada, rodeado de libros, cuadernos y libretas, escribiendo.

¿Cómo es posible que yo esté allí?

No me detengo ni para tomar un sorbo de esa taza, con seguridad de té negro, que dejará de humear sin ser probada.

Alguien se le acerca a ese hombre que por su apariencia debo ser yo, pero que por el ímpetu con el que trabaja, es imposible.

El sujeto se pone de pie apoyándose en el respaldar de la silla.

¿Pero cuántos años tengo?

De un momento a otro, el hombre y su acompañante, una mujer, desparecen de mi vista. 

El crujido de la puerta principal llama mi atención.

–Ten cuidado, Teresita. Vamos. Necesito comprar lapiceros antes de que se me escapen las ideas.

Dice el hombre al agacharse, sujetándose de la perilla, para esconder una llave bajo la alfombra.

Los veo irse. Tomados de la mano, cada uno con su bastón, siguen el camino de pinos, cedros, jilgueros, palomas, simplemente geranios, lo que yo decida, marcados por fin por una sola flecha: la roja.

Rossana Sala

Octubre 2019


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Como cada día, Martín se levantaba a las cinco de la mañana, tomaba desayuno y pasaba las horas conversando con esos amigos que, según él, nunca había visto, pero que lo conocían bien. Con esos extraños que lo escuchaban y lo querían.

Martín almorzaba rápido para ocupar la única mecedora que daba al ascensor por donde Esteban, cada día a las tres de la tarde al abrirse la puerta, aparecía.

–¿Cómo estás papá? No he podido venir en toda la semana.

Por fin sintió el anciano la voz de su hijo y ese abrazo tibio que algunas veces solo imaginaba.

Martín intentó ponerse de pie. Esteban le alcanzó el bastón y lo ayudó a pararse. Eran casi las seis, pero prefirió no decirle nada a su padre.

–Disculpa la demora. Se me complicó el trabajo.  ¿Caminamos?  Vamos al Café Azul, ese que tanto te gusta.

–Sí, son las tres. La hora perfecta. ¿Fue allí donde estuvimos con José ayer? Ese tío tuyo me debe plata hace tiempo. En realidad, me debe mucho más que eso.

–El tío José…

–Ah –dijo el anciano–.  Hace unos días lo vi en la plaza. Ni me saludó.

–¿Estás con hambre? ¿Qué te provoca?

Las hojas secas, antes verdes, rojas y amarillas, arremolinadas por el viento, anunciaban el final del otoño al invadir las veredas.

Los rayos del sol brillaban todavía calentando la tarde.

–Mira –le dijo Martín a su hijo al señalar la acera del frente–. Si no me equivoco es allí, en esa sala de teatro donde empezó la historia.  Esa tarde andaba nervioso.  Conversamos como nunca.  Compramos flores, chocolates.  Los rellenos de nueces le encantan a Teresita. Lo que el viento se llevó. ¡Qué buena película!  La función llena de gente.  Las mujeres con faldas y tacos. Teresita, delgada, alta, con su vestido azul.  Ese sombrero de lazo que según ella le acomoda tan bien el pelo.  Su pelo lacio y largo. Para que no se vuele. Me encanta verla disfrutar comiendo chocolates. Los rellenos de nueces son sus favoritos. Vas a engordar Teresita. Pero esa sonrisa de niña traviesa nadie se la quita. No se la quiero quitar yo tampoco. Y allí, sentados, frente a la pantalla, a los pocos minutos que apagaron las luces le tomé la mano.  Le tomé la mano a Teresita.  Debe de haber sentido cómo me sudaba, pero dejó quieta la suya. Qué alivio. No hizo el menor intento para sacarla. No me miró. Tampoco hablamos. Todo fue en silencio. Sentí su perfume por primera vez de tan cerca. Quería que se me impregnara para siempre.  Yo no sabía qué hacer. Solo sabía que no quería soltarla. Me debe mucho mi hermano. Después, la invité a tomar algo. Ella no quiso champaña, tampoco una copa de vino. Prefirió una taza de chocolate caliente. ¿Lo que el viento se llevó?  ¿Te conté de nuestra primera cita?

–Sí, papá.

–¿Ya es las tres de la tarde? La hora perfecta. Teresita querrá tomar su chocolate caliente.

Algunas hojas secas de la calle, antes verdes, rojas y amarillas, invadieron en silencio la terraza del café.

–La tía Teresa no puede venir, papá.

 

 

 

Rossana Sala

Setiembre 2019


–Que no te escuche Tadeo –le dijo Fátima a Ernesto.

Y Tadeo, medio dormido y medio despierto, abrió los ojos. Es que el niño necesitaba averiguar de dónde venían los regalos. ¿Quién los traía? Y, tirándola del vestido, le preguntó a su madre ¿Dónde los esconden? Tan delgado como siempre y más inquieto que cualquiera de los muchachitos de su salón de clase, Tadeo, despedido por un resorte, se levantó del sillón de la sala para encontrar lo que buscaba.

–Quédate tranquilo –le dijo Ernesto, perdonándole por esta vez a su hijo que no le hiciera caso.

–Es que el niño está muy emocionado –dijo Fátima con su tonito de madre sobreprotectora que, de vez en cuando y sin explicación alguna solía brotarle. En ese momento Ernesto abrió la puerta principal de la casa para que hicieran su aparición Luis, cargado de regalos, dos panetones y una torta de jengibre envuelta en celofán dorado, y Pamela, empujando el coche de Andrés y Andrea quienes, al sentir el golpe de luz en sus silenciosas caritas, se despertaron para transformarse en poderosas criaturas que lanzaban desenfrenados llantos y en las que, entre sollozos y quejidos podía verse de cerca el desarrollo de sus poderosas amígdalas.

–¿Y este milagro, hermanita? –dijo Fátima acercándose a recibir a sus invitados–. Tantos años esperándolos. Ya era tiempo de que vinieran que, si seguimos así, ni nos reconocemos y ni menciono a los viejitos. Los años no pasan en vano.

–¿Qué me quieres decir con eso?

–Que estamos felices de tenerlos en casa, cuñadita –interrumpió Ernesto–. Vamos, acomoden sus cosas.

El laberinto del momento fue considerado por Tadeo como preciso para, como en una cacería de leones, buscar la mejor presa.

–Y acá les presento a Tadeo –se escuchó la voz de su madre, pero el niño ya había clavado su mirada en las mamparas de la sala empujándolas para salir al patio que, al estilo de la más salvaje de las selvas, estaba lleno de pequeños pozos de agua debido a las últimas lloviznan del invierno.

La situación le encantó al pequeño quien se empapó los pantalones y, con las manos vacías pero cargado de esperanzas, entró a la casa resbalándose una, dos y tres veces con cierta cadencia que convertía la situación en cómica, pero no provocaba sonrisas entre los presentes que continuaban abocados a los saludos y preparativos.

–¿Mamá y papá, por dónde andan? –preguntó Pamela sacando a Andrea del coche y arrullando a la pequeña entre sus brazos–. Cuando empieza una, sigue el otro. A ver si me ayudas, Luis.

–Pero si son una belleza –se acercó Fátima–. Vamos, les mostraré el dormitorio de visitas para que los niños descansen.

“El dormitorio de visitas”, repitió Pamela al subir las escaleras, imitando en voz baja el cantito de su hermana.

Mientras tanto Tadeo, sin siquiera sobarse las rodillas, decidió que sería más productivo continuar con su investigación bajo techo y esta vez en la cocina donde se encontró con doña Carmela. Ella removía la cuchara de palo de la gran olla de chocolate que empezaba a hervir.

–¿En qué travesuras andas Tadeito? –le preguntó la mujer.

A los pocos pasos, atravesando los camotes sancochados, el puré de manzanas frescas y la fuente del pavo con las patas que acababan de ser envueltas en platinas, Tadeo decidió abandonar el lugar.

–¡Ven para acá! –le dijo la mujer apachurrando al niño dejándolo casi sin respiración–. Ni se te ocurra salir sin darle un beso a tu abuelita. Mira que prepararé solo para ti tus ravioles favoritos. ¿Tienes hambre?

Tadeo, no pudo escapar de los brazos carnosos de la madre de su madre, ni tampoco del olor a mantequilla, cebolla y patas de pavo muerto que ella despedía, por lo que, tan rápido como pudo, se escabulló para ponerse a salvo en la sala. Además, en ese momento, lo único que le interesaba era descubrir los regalos y ni esos ravioles con salsa de carne y queso parmesano, iban a detenerlo. Quizás más tarde.

–Acá estás, Tadeito. Te estaba esperando.

¡Atrapado!

La gruesa voz que venía del sillón de cuero no sorprendió al pequeño.

–Venga un abrazo para este viejo ¿Ya te dieron algún regalito?

–Para eso tiene que venir Santa –dijo Fátima saliendo del dormitorio de visitas acompañada de su hermana y su cuñado–. Vamos papá, que es un niño y mira quienes nos honran con su visita esta noche. Pamela y Luis, finalmente.

–¿Quiénes?

–Ya tengo seis años –dijo el pequeño saliendo de la sala entre carreras y brincos –¡Regalos! ¡Allá voy! –para continuar con su implacable cacería y evitar convertirse, esta vez, en presa de los brazos y cejas peludas de su abuelo y de los besuqueos melosos de su madre y de sus tíos. Si es una delicia el niño. ¿Acaso se lo iban a comer?

–Soy tu hija mayor papá –dijo Pamela abrazando al anciano como si lo viera seguido–. Vine con Luis. En un rato vas a conocer a tus nietos. ¿Y mamá?

El timbre de la puerta se escuchó tres veces.

¿Dónde? ¿Pero dónde estarán los regalos? En sus paseos por la ciudad, Tadeo había visto a muchos hombres, panzones y sonrientes, tocando campanas, todos vestidos de rojo, con sus barbas blancas y botas negras. No podían existir tantos Santas. Algo le estaban escondiendo y él lo descubriría.

–¡Antonieta, Natalia! Qué sorpresa tenerlas acá. ¡Ya era hora! Le daré la noticia a papá con calma. No vaya a subirle la presión al verlas.

–Ya, Fátima, no te pongas así –dijo Antonieta entregándole una botella de Moët & Chandon–. Sé que te encanta hermanita. Para que no digas que no me acuerdo de tus gustos.

–Debe estar inmenso mi ahijado –interrumpió Natalia sacando de un maletín de cuero un paquete rojo con un aparatoso lazo azul–. Espero que le gusten los autos a control remoto. Ya tiene ¿cuántos? ¿Cinco años?

–¡Es el colmo que no sepas su edad! Al menos te acordarás de su nombre. Por más ocupada que estés, no puedes desentenderte de la familia y, además, debemos esperar que Tadeo, porque así se llama tu ahijado, se duerma. Dáselo a Ernesto para que lo esconda.

–¡Ernesto! ¿Y sigue tan flaco mi cuñadito? ¿Y sigue siendo mi cuñadito? ¡Este sí que te aguanta, hermanita! ¡Cuídalo! –intervino esta vez Antonieta.

–¿Regalos? –interrumpió Tadeo saliendo de los cojines de la sala– ¡Ya sabía que Santa no existe!

En ese momento, las mamparas de la terraza se abrieron de golpe.

–¿Y ese ruido? –dijo Ernesto.

Tadeo, entró al comedor a todo pique, montado en su patineta, dispuesto a atravesar algunas piernas flacas y otras regordetas y las barrigas felices y las caras peludas y los brazos de su abuela que salía por fin de la cocina al escuchar las voces de sus hijas y los llantos desenfrenados de esos bebés que invadían su casa.

–¿Las gemelas? ¿Ya caminan? –se escuchó al abuelo que había regresado a su sillón mientras Pamela y Luis bajaban las escaleras, niños en brazos, tratando de tranquilizarlos a punta de susurros.

–Son mellizos, papá y tienen tres meses –dijo Pamela sin hacer aspavientos sabiendo que el viejo con las justas podía con su alma.

–Despacio, Tadeo, tranquilo –interrumpió Ernesto buscando detener a su pequeño.

–¡No les vaya a agarrar un aire y se resfrían! –dijo doña Carmela.

De vuelta en la terraza, Tadeo se sintió a salvo.

Pudo ver a su abuela que sonreía mientras que, con sus brazos pegajosos, asfixiaba a su mamá, a los nuevos niños y a todas esas señoras que cotorreaban en la sala.

Pudo ver a su abuelo levantarse del viejo sillón con la ayuda de su papá y de un señor sin pelo, pero con tanta barba que parecía no tener boca.

Pudo descubrir los paquetes, muchos paquetes, debajo de las luces plateadas, rojas y azules del árbol de Navidad. ¿Pero en qué momento llegaron los regalos? ¿Dónde estaba Santa?

Pudo entrar corriendo a la casa y escabullirse una vez más de tantos abrazos enredados para capturar por fin sus tesoros.

–Para Tadeo. Para Tadeo. Para Tadeo. ¡Mamá! ¡Mira cuántos regalos me trajo Santa!

–¡No seas travieso que ya sabes leer tu nombre!

–Para Tadeo, para Tadeo, para Tadeo –repitió el abuelo entre sonrisas y abrazos, animando a su esposa, hijos y nietos a salir al patio para mirar el cielo.

Rossana Sala
Julio 2019


IMG_0985Algodón Dulce, la llama de Carlitos, es blanca y muy suave.

Carlitos, tiene diez años, blue jeans, gorra amarilla y sonrisa traviesa. Le hace cariño, conversa y juega con su llama. Le da de comer pasto tierno y la lleva de paseo al campo.

–¡Ven, salta! ¡Seguro que te va a gustar esta laguna!  –le dice sin acercarse mucho a la cara de su mascota para que no le escupa. Porque las llamas cuando se asustan, lanzan su saliva como proyectiles, muy lejos y muy fuerte, y a Carlitos no le gusta mucho eso.

Algodón Dulce hace piruetas.

IMG_0990Están felices.

Pero de pronto, la juguetona llama deja de caminar.

¿Qué le pasa?

Algodón Dulce, abre sus ojos redondos como platos y brillantes como piedras negras y bate sus blancas pestañotas.

No contesta y se esconde detrás del viejo tronco de un molle.

–¡Ay! ¡Mi patita! ¡Me duele! –dice sentándose bajo la sombra del árbol.

Carlitos se acerca a su mascota y se agacha para ver qué le ha pasado.

La quiere mucho y le gusta cuidarla. Le levanta la pata delantera para revisarla.

–Se te ha metido una astilla entre los dos dedotes de tu pezuña –le dice acariciándole la pata.

–¿Una astilla? ¡Suena horrible! –dice la llama moviendo sus puntiagudas orejas.

–Es solo un pedazo de madera. No te preocupes.

–¿Me la puedes sacar? Me duele mucho. Yo solo estaba jugando –Algodón Dulce se lame la pata con su áspera y larga lengua.

Carlitos le sopla la herida y le hace cariño en la panza redonda, peluda y tan suave que parece una nube.

–A cualquiera le puede pasar, Algodoncito. No es tu culpa.

Pero el niño no sabe cómo sacarle la astilla a su mascota. La acaricia otra vez.

Necesita ir al pueblo por ayuda.

–No te preocupes Algodón Dulce, seguro que encontramos la forma de traer al doctor para que te cure.

El muchacho y su llama se ponen a planear qué hacer. Dos cabezas siempre piensan mejor que una, ellos lo saben muy bien.

–¡Hola! ¿Qué hacen por acá?

Algodón Dulce y Carlitos sonríen.

Esa voz la conocen muy bien.

–¡Es mi hermanita, Esponja Rosada! –dice Algodón Dulce pegando un brinco, olvidándose por un segundo del dolor en su pata.

Y allí está ella, suave, elegante y, por supuesto, rosada, saltando de un lado a otro por el campo.

–Vine a jugar con ustedes.

–¿Nos puedes ayudar? A tu hermano se le ha metido una astilla en la pata y le duele al caminar. Tenemos que ir por el doctor al pueblo.

–¡Vamos! –le dice Esponja Rosada al niño–. Súbete a mi lomo que dando brincos te llevo.

–¿Brincos? –se preocupa Carlitos acomodándose la gorra y sujetándose con fuerza de la acolchada lana del animal –. Pero, por favor, con cuidado y nada de escupir.

–¡Yo no hago eso! ¡Soy muy educada! ¡Una perfecta llama! –dice traviesa Esponja Rosada despidiéndose de su hermano con la cola.

Y así, Carlitos y Esponja Rosada se van al pueblo en busca del doctor.

Mientras espera, Algodón Dulce decide tomar una siesta bajo la sombra del molle.

El cielo está azul. Falta poco para la hora del almuerzo y empieza a hacer calor.

–Qué bueno que me van a sacar la astilla de la patita –piensa Algodón Dulce y se queda dormido.

IMG_0986Al abrir los ojos, Algodón Dulce se encuentra con Carlitos y su gorra amarilla y el doctor y su mandil blanco, que lo miran muy atentos mientras Esponja Rosada, revoltosa como siempre, persigue mariposas cerca de la laguna.

–¡Ya no me duele nada! –dice Algodón Dulce mostrando sus graciosos dientes inferiores.

–Mi dulce Algodón Dulce –dice el niño apachurrando a su mascota –. Mientras dormías el doctor te sacó la astilla. ¡Ni te diste cuenta! Gracias a tu hermana, pude llegar al pueblo muy rápido.

–¡Qué bueno! –dice Algodón Dulce agachando la cabeza para mirarse la pezuña.

–Ahora vamos a la casa para que descanses –dice el doctor.

–Otro día venimos con Esponja Rosada a la laguna para que se diviertan en este campo tan verde, lleno de margaritas –dice Carlitos.

–¡Y de mariposas! –dice ella feliz.

–¡Yo también quiero venir con ustedes! –dice el doctor parándose de un gran brinco.

–¡Salta como una llama! –bromea el niño.

Todos se ríen.

Carlitos, el doctor, Algodón Dulce y Esponja Rosada, regresan a casa.

Ha sido un día muy largo y están cansados, pero felices de estar juntos.

 

Rossana Sala

Junio 2019

 

Segunda parte del cuento “Una Nube para Carlitos” publicado en este blog

 

 

 

 


IMG_2741Una campanada detuvo mis pasos. Llegué a contar seis mientras buscaba descubrir con la mirada de dónde venían. A unos cien metros, al final de la plaza, en lo más alto de la torre de la catedral, allí estaba: un enorme reloj anunciaba la hora.

¡Qué extraño! No había gente en el lugar. Hubiera esperado ver personas admirando a ese ángel tocando el clarín que corona la pileta o subirse apurada a un taxi para volver a casa o entrar a algún café o al teatro.

Pero no fue así.

La pileta no tenía agua, las bancas estaban vacías, el jardín no tenía flores y, alrededor de la plaza, ni siquiera había un transeúnte.

Nadie.

Decidí acercarme a la catedral. Nunca antes había estado allí. Nunca antes había estado en Lima. Me habían contado de los cientos de taxis, de las bocinas, los vendedores ambulantes de revistas y emolientes que invadían las calles. También me habían advertido de los ladrones que, como en muchas ciudades, buscan a los más despistados para sorprenderlos y yo, era el blanco perfecto.

Quería pasar mis últimos años dando vueltas por el mundo. Tomar fotos del presente como si con cada imagen pudiera cubrir el pasado. A Isabella, en realidad. Formar un inmenso mural de castillos, árboles, sonrisas, rojo, amarillo, celeste, turquesa, de todos los colores, para no ver hacia atrás y a medida que el tiempo avanzara, el mural se hiciera más y más fuerte.

–Cuidado con la cámara, don Francesco. Nada de sacar el celular –me había dicho, haciendo un esfuerzo para hablarme en italiano, el portero al salir del hotel.

Me sentía tranquilo a pesar de que el lugar parecía abandonado. ¿Sería acaso eso más peligroso?

Saqué de mi mochila mi Nikon (no pude luchar contra mis instintos) y me la colgué del cuello.

Al llegar al templo, me detuve a unos pocos metros de la torre. Los necesarios para que la luz y la sombra aporten la profundidad y textura que buscaba para una conseguir buena toma.

Otra vez las campanadas invadieron la plaza.

¡Pero si no había pasado otra hora!

Cinco. ¿Solo cinco campanadas? Quizás las había contado mal. Eso es lo que Isabella me hubiera dicho y, como siempre, tan informada y curiosa,  la mia cara, hubiera tenido razón, como cuando hace unos meses, en la Piazza Navona, conversábamos respecto a le fonti del lugar y esa historia del lago de la piazza de la cual yo nunca había escuchado. Pero Isabella, con esa mirada traviesa y llena de juventud, solo tenía cuarenta y cinco años. Por eso, mi vida no debía seguir al lado de ella, tenía que olvidarla. Por eso, yo tomaba tantísimas fotos.

Encendí la cámara. Busqué el reloj con el visor.

¡Qué raro! Ajusté la distancia focal de mi Nikon y pude notar que en la parte más alta de la torre se encontraba un antiguo e inmenso cronómetro de una esfera y una manecilla solitaria que avanzaba contando fracciones de segundo.

No se trataba de un reloj.

¿Qué hacía un objeto como ese en la torre de una iglesia? ¿A qué o a quién le medía el tiempo? ¿En qué momento se detendría esa aguja?

¿Serían campanadas? Más que eso, sentía como un eco profundo, penetrante y cercano que cada cierto instante quería anunciar algo. Dar una advertencia.

A mis más de setenta años, había visitado muchas plazas, fotografiado relojes de toda época, tipo y tamaño, pero nunca me había encontrado con un cronómetro en una torre ni con un sonido siquiera parecido al que se dejaba oír en ese lugar.

Después de sacar tres o cuatro fotos, sin dejar de tratar de entender lo que estaba ocurriendo, me detuve para observar la fachada de la catedral y al hacerlo, noté que la puerta central estaba entreabierta. “La puerta del perdón”. Había leído hace unos días, que ese era el nombre de la entrada principal.

Me pareció una buena idea conocer el interior. Investigar un poco.

El chirrido de las antiguas bisagras rompió el sagrado silencio del lugar que fue interrumpido nuevamente por el extraño sonido. Esta vez, presté mucha atención y llegué a contar con absoluta seguridad las supuestas campanadas.

Cuatro. Solo fueron cuatro.

¿Pero no habían sido cinco antes?  Y, ¿por qué tañían tan seguido?

Me imaginé la aguja del cronómetro dando vueltas a toda velocidad, como si fuera perseguida, como si quisiera llegar a algún lugar, como si esperara que alguien la detuviera. Pero si la aguja iba hacia adelante, ¿por qué era cada vez menor el número de campanadas?

“¡Qué tontería!”, pensé y avancé para conocer el templo y tomar alguna foto importante.

La catedral estaba vacía. Ni un cura, ni un monaguillo, ni una mujer de rodillas dándose golpes en el pecho. “Debe de haber pocos devotos en Lima”, me dije para tranquilizarme.

La luz era tenue. La ventilación escasa.  Los lirios, amarillos y anaranjados, al pie de las esculturas e imágenes religiosas estaban marchitos. Algunas velas en la entrada seguían encendidas dando al lugar un ambiente de recogimiento que se contrastaba con la ausencia de fieles. Me saqué la bufanda y la chaqueta. Era invierno, pero me faltaba aire o ¿sería el olor a incienso el que me impedía respirar tranquilo?

Tres golpes continuos retumbaron entre los muros del templo.

Decidí salir. Algo insólito estaba sucediendo. ¿Estaría bien Isabella? Tantos años juntos habían creado una unión especial entre nosotros. Una conexión difícil de entender y olvidar, que a veces me permitía hasta sentir ese suave perfume con aroma a salvia y madreselva que alguna vez le regalé. ¿Lo seguiría usando?

Pero soy muy viejo para ella.

Dos golpes. El lapso entre ellos se hacía más y más breve.

Fue uno solo el golpe que vibró en mi cuerpo al alcanzar “La puerta del perdón” ahora “De salida” y sentir el crujir de las bisagras detrás de mí.

La plaza seguía desierta.

El silencio era casi absoluto. Un viento desesperado arrastraba las hojas marrones, amarillas y anaranjadas, que habían dejado caer los árboles rendidos ante el tiempo.

Avancé sin mirar atrás. Pasé al lado de la fuente sin agua, del jardín sin flores, de las bancas vacías, de las hojas marrones, amarillas y anaranjadas, hasta llegar a la esquina sin escuchar el cronómetro.

Caminé dos o tres cuadras. Las bocinas de los autos, la gente cruzando la pista, las carretillas en las veredas, empezaron a invadir el lugar.

Tomé el primer taxi que encontré. Con mi español aprendido en las calles, pedí que me llevaran al Hotel Grand en el que me alojaba.

–¿Visitó la plaza? ¿Le gustó la iglesia? –me preguntó el chofer y le dije que sí, que por su puesto. No estaba seguro si la respuesta era sincera.

Al llegar al Grand, subí a mi cuarto sin detenerme a tomar una manzana del mostrador. “Llevemos un par para nuestra caminata matinal”, me hubiera sugerido Isabella, ella siempre llena de planes e ilusiones.

Me senté al pie de mi cama para ver las fotos que había tomado. ¿Serían suficientes? Trataba de entender el significado de lo sucedido.

¿Campanadas?  Venían de la calle.

No podía tratarse de una coincidencia.

Me acerqué a la ventana. La abrí de par en par.

Y allí estaba la plaza, la misma pileta sin agua con el ángel tocando el clarín, el jardín sin flores, las bancas vacías, las hojas secas que se llevaba el viento y más allá, más allá la catedral y la inmensa torre con el cronómetro, pero eso era imposible, si yo estaba lejos. Las luces de los faroles eran perfectas para conseguir interesantes tonos fotográficos.

Seis.

Estoy seguro de haber sentido el eco de seis golpes.

El viento enfrió mi habitación. Dejé las ventanas abiertas. Regresé a la cama. No quería más fotos.

Isabella.

Decidí que al día siguiente viajaría en el primer vuelo a Roma.

El suave chirrido de las bisagras de la puerta de mi cuarto, el perfume que invadió mi habitación y una frágil silueta cada vez más cercana iluminada por el brillo de la plaza, me hicieron sin embargo cambiar de opinión.

Y esta vez, esta vez fueron siete campanadas las que invadieron la plaza.

 

 

 

Rossana Sala

Julio 2019


DSCN3972–Ten cuidado con el camino –le dijo Gonzalo a Isabel esa mañana al verla salir de la casa–. Ha llovido toda la noche y las rutas al Pico Alto se ponen resbalosas. ¿Por qué no te quedas y hacemos algo juntos por acá? Me encanta estar contigo.

Isabel no quiso hacerle caso a su novio y salió sin mirar atrás.

Tenía que lograrlo sola.

La primera parte del camino era poco empinada. Un falso plano que la muchacha aprovechó para acomodar sus zapatillas, la botella de agua, la mochila y ajustar a su medida los bastones de escalar. Se hubiera sentido más segura si Gonzalo la hubiera acompañado.

Avanzaba siguiendo las nuevas rutas y canales de barro que la lluvia, arrastrando piedras, ramas y hojas, había formado la noche anterior. Si hacía bien las cosas, en unas seis horas llegaría a la cima, disfrutaría mirando el mar al otro lado de las montañas y regresaría antes del oscurecer. Sí, tenía linterna, pero ninguna intención de necesitarla.

No daría marcha atrás. Esta vez lo haría sin ayuda.

Se detuvo bajo la sombra de un eucalipto para tomar unos sorbos de agua. Se secó la frente con esa pequeña toalla de micro fibra que alguna vez le había regalado Gonzalo y que llevaba colgada a la mochila. Miró el reloj. Había pasado una hora desde su partida. La ruta estaba por cambiar. Dejaría de ser ese camino ancho bajo la sombra de los árboles para convertirse en un estrecho zigzag que bordeaba la montaña hasta llegar al Pico Alto.

Mirar hacia arriba, de frente. Es lo que tenía que hacer.

Una vibración en el cuerpo la distrajo. Que tontería, era su celular. Con seguridad, Gonzalo la estaría llamando para darle consejos. Mejor dicho, indicaciones técnicas. ¡Cómo le gustaba explicarle cada cosa a Isabel! Pero si tenía treinta años y ella sabía lo que hacía. Que la rigidez de la suela de las botas para no deslizarse, la estabilidad, la amortiguación, el Gore-Tex, que la energía solar, la retención térmica. Sí, era porque la quería, por cuidarla, pero ¡basta!

Prefirió no responderle.

La ruta se hacía más y más angosta y el fango volvía pesados sus pasos, pero era algo de lo que Isabel quería disfrutar. Su alma de exploradora y de niña traviesa, la llevaba por la vegetación sin brújula, ni mapas, ni barómetros, ni largavistas.

Isabel solo quería oler la tierra después de la llovizna, sentir el aroma a eucaliptos, respirar aire puro. El calor del sol empezaba a calentar su cuerpo. Sí, estaba muy delgada, debía alimentarse mejor, ya lo sabía. Pero así era ella y se sentía bien. ¡Basta, basta, una vez más!

Un movimiento entre las ramas detrás de la muchacha llamó su atención. No se había cruzado con nadie hasta ese instante y, además de pequeños loros de cabeza roja, abejas, mosquitos y mariposas, que recordara, jamás en esa ruta se había encontrado con otro animal.

¿Culebras?

Le vino a la memoria haber visto alguna escabullirse entre hojas secas para desaparecer sin dejar rastro. Medía como medio metro. Bueno, en realidad era más pequeña, pero se acordó de esa tarde en la que se escondió detrás del cuerpo, musculoso y ágil, de Gonzalo quien aprovechó el momento para explicarle que se trataba solo de un reptil en busca de agua y que no había de qué preocuparse, que los ofidios, por su tamaño, se alimentan de insectos entre una y cinco veces a la semana. Ofidios. Que palabra tan complicada había pensado Isabel.

–La derecha –se dijo la muchacha–. Isa, Isa, hacia la izquierda prohibido mirar.

El sol entibiaba la mañana y la vegetación se hacía más escasa a medida que Isabel se alejaba de Gonzalo, de la casa, de su oficina y la contabilidad. Sumar y restar. Sumar y restar. Los árboles eran ahora más pequeños, arbustos. El fango le ensució el pantalón, se resbalaba entre las rocas, se sostenía con las manos y los bastones. Era difícil avanzar.

“Mira hacia la derecha, Isa, acuérdate. Ya sabes que el vacío te hace sentir mal”.

Las palabas de Gonzalo retumbaron en sus oídos.  Le pareció escuchar su celular.

Uno de sus bastones se hundió sin tocar fondo. El izquierdo.

“El vacío te hace sentir mal”.

Y se vino hacia abajo.

“Si te caes, agárrate de las plantas”.

Las hojas se rompieron entre sus manos, le ardieron los dedos. ¿Gonzalo? La forma abombada de la mochila la impulsó hacia abajo. Rodó, rodó sin detenerse. ¿Hasta dónde va a llegar? Las hojas, el lodo, las hierbas, el sol iluminó su cara, zigzag, zigzag, un golpe en el brazo derecho, otro en la frente.

Alto. Por fin se detuvo. Un dolor en la cadera. ¿Cuántos metros hay hacia abajo? ¿Mil?

–¡Isa! ¿Estás bien?

¡Es Gonzalo!

–¡Ten cuidado! ¿Dónde estás? –gritó Isabel.

De pronto, lo vio rodar. Arrastraba hierbas, rocas, barro, sus bastones volaban, sus piernas giraban, zigzag.

–¿Estas bien? –le preguntó la muchacha– ¿Cómo llegaste hasta acá?

Gonzalo abrió los ojos y, sin dudarlo un instante, le dijo a Isabel al tomarle la mano:

“Por la fuerza de atracción y de la gravedad”.

 

 

Rossana Sala

Junio 2019


IMG_3982_FotorDicen que el baile te rejuvenece el alma y también el cuerpo, es por eso que me inscribí para aprender Zumba.

Los tambores retumban, el salón de clase palpita, mis tímpanos se quejan. Un movimiento hacia adelante, tres a la derecha. Según yo: el lugar es muy pequeño, mis pasos son largos y mi optimismo inmenso.

–¡Háganme espacio que allá voy! –digo.

¡La conmoción es general! ¡No tengo la culpa!

–Lo siento, lo siento –digo al hacer una venia a quienes sufren por culpa de mis saltos.

Cambia la música.

Báilame, Báilame, se escucha, con fuerza.

–¡Canta Nacho! –dice una mujer y sonríe dentro de sus estrechas mallas.

Me aparto de su figura revolvente para secar mi cara.  Con un sorbo de agua refresco mi espíritu mientras mi orgullo empieza a desvanecerse. La gente se junta, se mira, baila. Quizás este ritmo que no conozco, sea más benévolo para mi alma y mi sordo cuerpo.

Con tu figura que me atrapa, atrapa,

con tus curvas que me matan, matan,

una mirada que me ataca, ataca…

Sigue el baile y la horda se bate al unísono. Miro en el espejo con atención. ¡Pero que bien lo hago! ¡Qué ritmo, qué onda, qué cuerpo!

El movimiento de tu cadera es mítico, mítico…

Pero no, no es cierto.

El reflejo de una muchacha es el que brilla en el espejo.

–El movimiento de tu cintura es trágico, trágico. Tus pisadas nos matan, atan. Tu falta de ritmo ataca, taca –me dice la profesora al terminar la clase–. ¿Por qué no haces spinning en lugar de baile?

Sus palabras me zumban, zumban. Mi orgullo se evapora, pora. Mi corazón palpita, pita. Regreso a mi casa, asa.

Por eso monto bicicleta, cleta.

 

 

(versión en ingles: Good Bike

Rossana Sala

Junio 2019

GOOD BIKE!

Posted: 22 June, 2019 in 2012, 2019
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IMG_3982_FotorPeople say that dancing rejuvenates the soul and the body as well. That’s why I signed up to learn how to Zumba.

The drums rumble, the classroom throbs, my eardrums complain. One movement forward, three to the right. According to me: the place is too small, my steps are too long and my optimism high.

“Make room for me over there!” I say.

A huge commotion! It isn’t my fault!

“I’m sorry, I’m sorry” I say with a nod, to each one who suffers because of my hops.

The music changes.

 Báilame, Báilame, dance to me, dance to me, is heard loudly.

“Nacho sings,” a woman says and smiles compressed in her tights.

I move away from the revolving figure and dry my forehead. With a sip of water, I refresh my spirit and my evaporating pride. People gather, they look at each other and dance. Maybe this rhythm, which I do not know, is kinder for my tone-deaf body and my soul.

With your figure that traps me, traps me,

with your curves that kill me, kill me,

and your gaze that strikes me, strikes me

The dance continues and the gang beats in unison. I look at myself in the mirror in detail. But how well do I do it! What a swing, what a rhythm, what a body!

The movementof your hips are mythical, mythical….

But no, it’s not true. 

The reflection of a young student shines! Not mine!

“The movements of your hips are tragical, tragical. Your steps kills us, kills us. Your lack of rhythm attacks, attacks.” The teacher says to me at the end of the class. “Why don´t you practice spinning instead of dancing?”

The words thunder, thunder.  My pride fades, fades. My heart beats, beats. I return to my house, house. 

That’s the reason why, I ride my bike.  Good bike!

 

 

Spanish version: Por eso monto bicicleta, cleta

 

Rossana Sala

June 2019


IMG_0428
I bend down to see what’s inside. I open one of the two little blue doors and look in carefully to make out the objects. A red hen, yellow daisies, a woman wearing a fuchsia skirt playing the harp, a donkey with a grey belly.

I feel an intense smell of fresh paint.

“Are you going to take it to Lima?”

But who is speaking? Where are the red hen, the yellow daisies, the woman with the fuchsia skirt and the grey-bellied donkey? What darkness! I need oxygen!

But the smell of fresh paint remains.

“Open the little door with confidence, gentleman…”

Light and air again.

“We call it “retablo” in Spanish.” Continued the man’s voice. “It´s made of cedar wood,  leather hinges and the figures are made of boiled potatoes mixed with plaster. Look at this delicate work. My father, taita Fermín, made it. He is from here, Pampa de la Quinua. He learned from his taita to make altarpieces. From father to son, from son to grandson. I also build them, but those made by my taita are the best in Peru. In spite of that, I sell them cheap, eighty solcitos

“And that figure of a woman with blond hair and blue jeans? I didn´t know that they use them in the Ayacucho´s altarpieces.”

They are talking about me! How did I get inside? And now, they are picking me up! Altitude sickness?  Is it the coca tea?

“That’s weird. My taita Fermín must have modernized his altarpieces. He has never done one like this.”

“Let me see.”

Help! I try to hold on to the donkey´s tail  hoping not to fall down. What am I doing inside an altarpiece? The googly eyes of the red hen are staring at me!

“Listen maestro, your taita is really a great artist. Depending on the point of view, the woman in blue jeans looks frightened and from other angles she seems to be smiling at me. She looks so pretty. Is it Art Nouveau? Contemporary art combined with folk art…”

“Yes, of course, you are right. Are you going to buy it?”

“Will you give me a discount?”

And now he thinks that the price is too high! I will ruin the artist´s sale!

“It has a strange sound. It seems that something is loose inside, maestro.”

Don´t  shake it please or I will hit myself with the harp!

“What are you doing lying on the floor? Where did you come from? May I help you stand up, madam? You look just like the woman inside my taita´s retablo …”

“How beautiful!” adds the tourist.

“Thanks.” I say to the salesman. “I would like to buy the altarpiece that the gentleman is holding.”

“It’s very expensive, special. Costs one hundred and twenty soles. An international new trend.”

“What? It´s more expensive now?” complains the tourist.

“Can you let me see it up close?” I ask.

And indeed, inside the box with blue doors, was the woman in a fuchsia skirt accompanied by daisies (and of course by the bulging-eyed chicken) and, well mounted on the grey-bellied donkey, there, I was.

“I love it. I will give you whatever you want for this altarpiece –says the man looking at me while paying and taking the piece of art away.”

And here, sitting in the Pampa de la Quinua, under the sun, between ichu and daisies, I listen to the quena´s melody carried away in the cold wind, and watch the tourist observing his new altarpiece and opening its little blue doors carefully.

¿Should I smile?

Rossana Sala

June 2019

 

English version of Entre Ichu y Margaritas


IMG_0428Me agacho para ver qué hay allí adentro. Abro una de las dos pequeñas puertas azules. Me asomo para distinguir los objetos. Una gallina roja, margaritas amarillas, una mujer de pollera fucsia tocando el arpa, un burro de panza gris.

Aspiro un intenso olor a pintura fresca.

–¿Se lo lleva a Lima?

Pero, ¿quién habla?  ¿Dónde están la gallina roja, las margaritas amarillas, la mujer de pollera fucsia y el burro de panza gris? ¡Qué oscuridad! ¡Me falta oxígeno!

Solo queda el olor a pintura fresca.

–Abra la puertecita con confianza caballero…

Luz y aire otra vez.

–La madera es cedro –continúa la voz de un hombre–, las bisagras son de cuero y las figuras de papa hervida mezclada con yeso. Mire este trabajo tan delicado. Lo hizo mi padre, el taita  Fermín. Él es de acá, de la Pampa de la Quinua. Aprendió de sutaita a hacer retablos. De padre a hijo, de hijo a nieto. Yo también los hago, pero los de mi taita son los mejores del Perú. Se lo vendo barato no más, a ochenta solcitos.

–Y, ¿esa figura de mujer de pelo rubio y en blue jeans? No sabía que las ponían en retablos ayacuchanos.

¡Pero si hablan de mí! ¿Cómo he llegado acá adentro?  ¡Y ahora me levantan! ¿Será el mate de coca? ¿El mal de altura?

–¿Qué raro? Mi taita Fermín debe haberse modernizado. Nunca había hecho un trabajo como este.

–Déjeme ver.

¡Auxilio! ¡Que la cola del burro me aguante y que no me vaya al piso! ¿Qué hago metida en un retablo? ¡La gallina roja no me quita sus ojitos saltones de encima!

–Mire maestro, ese taitasuyo sí que sabe de arte. Dependiendo del punto de vista, la mujer de blue jeans tiene cara de susto y desde otros ángulos parece que me sonríe. Es tan linda. ¿Es Art Nouveau? La modernidad combinada con el arte popular, lo tradicional…

–Sí claro, eso. ¿Lo va a comprar?

–¿En cuánto me lo deja?

¡Y ahora piensa que está caro! Voy a arruinarle la venta al artista.

–Tiene un sonido extraño adentro. Parece que algo está suelto, maestro.

¡No lo zamaqueen por favor que me golpeo con el arpa!

–¿Y esa mujer? ¿Qué hace allí tirada en el suelo? ¿De dónde salió? ¿La ayudo a levantarse señorita? Se parece a la del retablo de mi taita

–¡Qué belleza! –dice el turista.

–Gracias –le digo al vendedor–. Le compro el que tiene en las manos el caballero.

–Es muy caro, especial, cuesta ciento veinte soles. Una nueva tendencia internacional.

–¿Qué? ¡Le subió el precio! –se queja el turista.

–¿Me permite verlo de cerca? –pido.

Y efectivamente, allí, dentro de la caja de puertas azules, estaba la mujer de pollera fucsia acompañada por margaritas (y por su puesto por la gallina de ojos saltones) y, bien montada sobre el burro de panza gris, estaba yo.

–Me encanta. Le doy lo que usted quiera por este retablo –dijo el hombre mirándome al pagar y sujetando con fuerza la obra de arte.

Y yo aquí, sentada en la Pampa de la Quinua, bajo el sol, entre el ichu y margaritas, escucho la melodía de las quenas que transporta el frío viento, mientras veo al turista observar su nuevo retablo y abrir con cuidado sus puertecitas.

¿Debería sonreír?

 

 

Rossana Sala

Junio 2019


IMG_3495Un ruido muy raro me despierta. ¿Qué estará pasando? Salgo de mi cuarto para averiguarlo. Miro por el ojo de la cerradura del dormitorio de papá y mamá. (Sí, ya sé, eso no se hace). La llave no está puesta, pero no puedo ver nada.

Seguro que mis papás están durmiendo. Es muy temprano para ir al colegio. Mejor no los despierto. En un rato, mamá preparará el desayuno: cereal con leche y jugo de naranja. Me gusta mucho, aunque los fines de semana es más rico porque comemos panqueques de canela con miel. Andrea, mi hermana, tampoco se debe de haber despertado. Ella tiene doce años, yo solo ocho. Seguro que se acostó tarde conversando con sus amigos o viendo la tele. Para mí que hasta tiene enamorado. Me gusta jugar con ella y que me ayude con mis tareas del colegio.

¡El ruido! ¡Otra vez! Vuelvo a mirar por el ojo de la cerradura. La luz está prendida, pero parece que ahora la llave está puesta.

–Daniel.

Es mamá. Es su voz detrás de la puerta.

¿Estará bien?

–¿Mamá? –la llamo despacio para que papá no se moleste.

Cuántas veces me han castigado por eso. Por despertarlo, por no tocar la puerta y meterme a escondidas en la cama de ellos. Después, me cae un coscorrón. A veces varios. Le digo papá yo no he sido, yo no he hecho nada, pero da lo mismo, no me escucha, no me hace caso.

Me molesta que me castiguen. Me duele.

El ruido. Otra vez golpes detrás de la puerta.

Corro donde mi hermana. Si ella puede hacer mis tareas también debe de saber qué está pasando.

–Andrea, ven– le hablo suavecito para no asustarla–. Es mamá. Algo le pasa.

Media dormida y media despierta, Andrea me hace caso. Mira su celular. No puede vivir sin saber qué pasa en su teléfono. Yo todavía no tengo uno. Se pone sus zapatillas celestes que no sé por qué le gustan tanto.

Por la ventana veo el cielo. Está nublado. Ojalá salga el sol para que nos dejen salir al jardín a la hora del recreo.

La puerta del cuarto está junta ahora. No necesitamos mirar por la cerradura pero nos agachamos para que no nos vean y poder escuchar bien lo que dicen.

–¡Ay, Tere! –le dice papá a mamá –. Hoy sí que te despertaste con ganas.

–¿Con ganas de qué? –le pregunto a mi hermana al entrar al cuarto.

–¿Con ganas de qué? –le pregunto a mamá al tomar desayuno.

–¿Con ganas de qué? –le pregunto a papá al despedirse para ir a su trabajo.

 

Estoy comiendo mis panqueques de canela con miel y todavía nadie me responde.

No importa. Papá no me ha castigado.  Se le ve feliz.

Debe ser bueno eso de despertarse con ganas.

 

 

Rossana Sala. Mayo 2019


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A estas alturas de la tierra, intento dormir en pleno vuelo.

Busco acoplar mi cuerpo a mi asiento treinta y siete “d”. Pongo en mi cuello la pequeña almohada que me entregaron al despegar y, la manta que también me dieron la coloco con cuidado en la parte baja de mi espalda.

No estoy cómoda.

Deslizo la almohada bajo mi codo izquierdo. Molesto al señor sentado al lado mío, por lo que la retiro sin aspavientos.

¡Hay Julio, Julito Cortázar! ¡Si, teniendo en cuenta tumajestuosa talla e inconmensurable ingenio,entre tantas historias que le dejaste al mundo, tan solo hubieras escrito “Instrucciones para dormir en pleno vuelo”!

Tres de la mañana. El avión despegó hace cincuenta minutos de Lima. Faltan más de diez horas para llegar a Madrid.

Mi vecino de viaje, usa un cojín esponjoso que trajo para descansar su cuello. Se le ve tan tranquilo.

Estoy sentada al lado del pasillo. Se me cae la almohada. La recojo antes de que la pisen. Miro a mi alrededor. Se resbala mi manta, también el libro que ya no leo. Envidio a una mujer que usa su chaqueta para reposar la cabeza.

Escucho al muchacho sentado delante de mí. Ronca. ¿Cómo pudo llegar a ese letargo?

Más adelante veo a un niño, afortunada criatura. Sus quizás diez años le permiten crear un apacible nido en su silla, mientras deja caer sus acaramelados rizos en el suave hombro de una mujer, con seguridad su madre. Ella vela por su sueño mientrasacaricia el pelo del pequeño.

¡Ay Cortázar, Cortazitar! Tus casi dos metros de altura te hubieran permitido escribir con pormenores y éxito certero la técnica para amoldarse en una de estas sillas insensibles, nefastas y severas a las que están obligados a resignarse en medio de prolongadas turbulencias nuestros afligidos cuerpos, zarandeándose por el mundo, hora tras hora, aprisionado y sin sosiego.

¡Ay Julio, Julito Cortázar! Hasta donde sé, nunca escribiste instrucciones para dormir en pleno vuelo y es por eso que me veo forzada a hacerlo ahora, en este estrecho momento y para ello, procuraré inspirarme (sin tu permiso porque ya estás muerto), de tus instrucciones para llorar, para subir escaleras, para cantar y de algunas otras que por allí recuerdo:

“Dormir en un avión, consiste en ajustar el cuerpo en una silla intransigente, reclinar los pocos centímetros que el respaldar permite, mientras sigue las instrucciones para llorar con una contracción general del rostro y un sonido espasmódico de la columna vertebral, que anuncia que, por fin, su humanidad encontró acomodo.

Pero no es cierto.

Aproximadamente tres minutos después del espasmo, cinco para los más afortunados, la columna, cual serpiente invertebrada, buscará nuevamente una posición placentera, pero esta vez acompañada de sus brazos que no encuentran espacio a los lados del oprimido cuerpo, y de las piernas que, entre bolsas y maletines, no tienen lugar bajo el asiento delantero.

Abra la ventilación que tiene casi al alcance de la mano, en el techo.

Para dormir, dirija su imaginación hacia usted mismo, mírese de lejos, como si lo hiciera desde una nube y observe a aquellos que viajan en primera clase. Desparramados en sus dóciles butacas, con una copa de champaña al lado. Parecen sonreír, pero duermen.

Olvídese por ahora de ellos. Tápese la cara usando ambas manos con las palmas hacia adentro. Para eso, apoye sus codos en la mesita para almorzar y concéntrese. Piense en un mejor trabajo que le permita volar en las primeras filas del avión como si fuera un holgazán, un rey, una reina o un magnífico caballero.

Duración media de esta posición: siete minutos (de tener suerte).

Busque con la mirada la puerta de escape. En su recorrido, encontrará tanta gente que intenta dormir. Descubrirá con beneplácito que no está solo en el intento. Unos usarán su gorra para tapar sus ojos, otros apoyarán su frente sobre la mesa delantera, dos o tres dejarán caer la mandíbula hasta casi chocar su pecho.

Las computadoras, celulares, IPads, descansarán en las manos de sus obsesivos dueños.

Al ver por fin la puerta de escape, piense enlas instrucciones de Cortázar para tener miedo. ¿Porqué las escribió? ¿Porqué son breves?

¿Porqué hay una anciana con pesados lentes, sentada en la fila de emergencia?

Cierre los ojos. No se imagine a esa mujer de avanzada edad en pleno accidente.

Intente acomodar su cuerpo en el respaldar. Extienda esas alitas de la cabecera de su asiento que no sabía que existían. ¿No las alcanza? A Cortázar con seguridad le hubieran servido de mucho. Imagínese que efectivamente le ayudan. Envuelva su manta en el cuello.Siéntala. Es tan suave. ¿Estará limpia? ¿A qué huele? ¿Quién la usó antes? ¿En qué parte del cuerpo se la pusieron?

Apague la ventilación del techo y deje caer con disimulo (además de la manta) su cabeza sobre el hombro de su compañero de viaje. Primero asegúrese de que esa opción le conviene, de lo contrario, aleje su cabeza (y su vida) hacia el pasillo del avión. En muchos casos cualquier vacío es mejor. Acéptelo.

Si la fortuna es suya, en medio de este abrumador estado, podrá batir la mandíbula y ejercitar la lengua para conversar con algún miembro de su familia, amigo o un amor, quizás, que lo acompañen en el viaje. Seguro continúan despiertos.

Existe otro aspecto que no había considerado en medio de estos acalorados aprietos. Me refiero al fortuito y bienaventurado caso de que le toque viajar al lado de una persona agradable (que además sea soltera) y que por cosas de estrechez de sillas y de integración cultural, las distancias requieran acortarse, en cuyo caso, dormir se transformaría en un desperdicio y estas reglas en un disparatado juego.

Para salir de dudas, observe otra vez a su compañero de vuelo.

¿Nada interesante? No se desespere. Después de todo, todavía le queda la opción del sueño y para eso, habría que encontrar el corazón que hace latir la nave para precaverla de los vientos y descubrir un rito para dormir entre las nubes, sobre montañas, océanos, y que los motores nos lleven mansos y orgullosos a la paz completa.

Quizás apliquen las “Instrucciones para subir escaleras”. Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan incómodas.  Quédese sentado, erguido y mire adelante. No deje caer su pesada y aturdida cabeza para ningún lado. La actitud natural consiste en mantenerla recta, los brazos apoyados en los brazos del asiento sin esfuerzo. Respire lenta y regularmente. Cada vez más despacio y, si es posible, empiece a contar ovejas, o mejor nubes, habrá miles en el cielo.”

 

Y justo en ese instante, cuando llegue a la ciento nueve y por fin se imponga el sueño en su agarrotado cuerpo, lo más probable es que el carrito de refrescos lo despierte, que el avión aterrice entre aplausos y que al llegar a su destino, intente averiguar si Cortázar inventó reglas para dormir en pleno vuelo porque las mías son triviales, pues yo no estoy a su altura ni aunque las lean de nuevo.

Ay Cortázar, Julito Cortázar, mejor ya no escribo más cuentos, me dedico a otra cosa y pago por un buen asiento.

 

 

Rossana Sala. Mayo 2019