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CAMINO AL PUERTO

Posted: 10 July, 2021 in 2021

Teresa sintió caer las hojas.

Como cada sábado de verano después del almuerzo, caminaba tranquila, con sus zapatos chatos, por la vereda ancha que la llevaba al puerto.A sus trece años, disfrutaba de un helado de vainilla, mientras el calor del sol le abrigaba el cuerpo.

Pero ese sábado no fue como cualquier otro. Ese sábado le sucedió lo que no esperaba. Y había sol. Y caminaba con sus zapatos chatos, con su helado de vainilla, por la vereda de siempre.

Ese sábado sintió caer hojas. Miles de hojas. Hojas gruesas y secas de árboles viejos y tercos. No. No era posible. Era verano. Un día hermoso. Y su helado de vainilla cayó al suelo.

Los árboles no debían perder sus hojas. El aire no debía envolverla de esa manera tan áspera y tosca, no debía murmurarle al oído, decirle que no, decirle que sí. Pero, ¿por qué le hablaba el viento? Ella solo paseaba con sus trece años, sus zapatos chatos, su helado de vainilla, camino al puerto.

Y, sin embargo, esa tarde, el viento que a veces es suave y cariñoso pero otras un vendaval obstinado y feroz, le susurró al oído, muy frío. Le susurró cargado de hojas amarillas, de hojas rotas, le susurro con la humedad del tiempo. Le susurró lo que ella no quiso. Lo sé. Lo sé por sus ojos. Lo sé porque la corriente se llevó sus risas y le hizo volver la mirada al suelo.

Fue entonces cuando Teresa dejó cubrir su rostro con su largo pelo. ¿Para ocultar sus lágrimas? Yo no soy Teresa y por más que le he preguntado, Teresa, ¿qué te dijo el viento?, Teresa se ha mantenido en silencio.

No te asustes, no hagas caso, mi niña, le he dicho, es solo la brisa que sopla y que silba y hace caer las hojas, aunque no sea el momento. Pero de la vida, ¿qué sabe de la vida el viento?

Y Teresa recogió su helado del suelo. Y como cada sábado de verano después del almuerzo, con sus zapatos chatos, por esa vereda ancha, sigue su camino al puerto. 


Rossana Sala

VIDA EN SUSPENSO

Posted: 2 June, 2021 in 2012

hoy me desperté con ganas de ser redonda 

                                                             mullida 

                                                                         blanca

                                                                             silenciosa

me dejaré llevar por el viento 

                                                me dije

       y 

         si tengo suerte

a eso del mediodía

estaré en la playa sur de Aspacosta

                        ahh esa playa

esa playa donde los niños y sus padres 

                        se tiran sobre sus toallas 

                            en la arena caliente

                                  desparramados boca arriba

                                      para mirar el cielo mientras conversan

se meten en el agua fría 

                      con sabor a sal

                                    olor a risas

para disfrutar del mar de Aspacosta

          mientras juegan a que me buscan

                        y me encuentran para descubrir mis colores

                                                                           adivinar mi traza 

y yo

   tan redonda 

              mullida 

                 blanca y silenciosa 

los protegeré de los rayos impacientes del sol 

                           mientras recorro mi camino despacio

                                            muy despacio

                   para no cambiar mi forma

          para no perderme entre ráfagas y aviones

los más pequeños dirán

                                         papá allí está ella 

algunos me pondrán de nombre Clementina

                                                Cornelia

otros simplemente 

                     nube en forma de oveja 

porque eso seré hoy

       y quizá un perro de dos colas 

                                                mañana

                     un cohete que descansa  

                                                    en marzo

                          un sueño que no soñamos 

                                                               en invierno

pero siempre

             siempre 

una masa de gotas de agua 

              que mantiene su vida en suspenso 

mientras retoza

Rossana Sala 

2 de junio de 2021

CASI

Posted: 28 March, 2021 in 2021

Montaba bicicleta frente a un parque cuando, delante mío, vi a un niño de unos dos años a quien su padre paseaba en una silleta detrás de su bici.  Al lado de ellos pedaleaba la madre del pequeño.  

La mujer miró al niño. 

El niño extendió su brazo para acercarse a ella. 

La madre extendió el suyo para tocar la mano de su hijo. Por sus miradas, pude imaginarme cuánto disfrutaban de la vida.

La madre perdió la estabilidad de su bicicleta. El padre también lo hizo.

Las bicis se acercaron una a la otra a menos de diez centímetros logrando separarse zigzagueando para seguir sus caminos paralelos y quizá infinitos.

–Todo se veía muy lindo, hasta que casi se caen.

Les dije al adelantarlos.

Y mientras ellos se reían en voz alta, el niño disfrutaba imperturbable de su paseo con papá y mamá y yo sonreía por mi broma (todo tras mascarillas), me di cuenta que lo importante de esta historia era la palabra “casi”, como tantas veces en la vida.

Rossana Sala

Domingo 28 de marzo 2021 (casi lunes)


–¡Entrégasela tú! –dijo Daniel al devolverme el sobre–. ¡Tengo que irme con la comitiva! ¡Perdóname!

Hace ya varios años, al volver a Xitusan, me encontré en el aeropuerto con Ezequiel de la Riva Zerpa, el novelista. No era tan alto ni guapo como se veía en la televisión, pero tenía una cierta sonrisa que lo transformaba en un hombre interesante. A pesar de esa chaqueta Príncipe de Gales que lo hacía ver tan esquivo, se tomaba fotos con quien se le acercaba. Yo decidí ser diferente. En lugar de pedirle un retrato juntos (más tarde me arrepentí de eso), me presenté. Me gusta escribir, le dije, tengo un blog donde publico mis cuentos, seguí hablando, lo felicito por el Premio Nobel, nada me detenía. 

Le di mi tarjeta personal. 

Lo sentí suspirar. 

–La voy a leer –habló por fin después de un largo silencio mirándome a los ojos. 

A los pocos segundos (quizá una eternidad), volvió su mirada a ese pequeño recorte de cartulina blanca que le había puesto en las manos y antes de que yo pusiera en marcha una vez más mi locuacidad y desparpajo, se despidió para llevarse su sonrisa y protegerse de mi verborrea.

Y allí estaba yo, viendo al autor de “Las calles sin rimas”, entre tantas otras novelas y cuentos, irse con su chaqueta de pequeños cuadros marrones y grises, entre el calor de las maletas, los policías de la aduana, autógrafos, luces rojas y verdes, al lado de una mujer de pelo rojo, con seguridad su esposa. 

Pero ¿cómo iba a leerme si no era ni soy famosa y, aparte de mi nombre y número de teléfono, la tarjeta solo decía que soy abogada? 

¿Cómo iba a cumplir el Nobel con su promesa? 

Le escribiré, pensé en ese instante, y eso fue lo que durante varios días hice. Pero al terminar, me di cuenta de que no tenía cómo hacerle llegar mi carta a Ezequiel de la Riva Zerpa, el novelista. 

Fue así como empezó mi búsqueda. Consulté al oráculo: Google. No quiso darme una respuesta. Amigos, profesores de mis cursos de literatura, nadie sabía nada. La dirección era un tabú. Y mientras seguía mi vida y le quitaba letras y palabras a mi escrito, así como se deshojan las margaritas, llegó el momento en el que conseguí lo que tanta falta me hacía. Vive frente al Parque de los Robles, me dijeron dándome el nombre de una calle y el número 1330. Imprimí la carta y la rocié con delicadeza (para que no se corrieran las letras) con ese perfume amaderado y floral que uso desde que me separé de Nicolás, hace ya una década. De esa manera, me dije, aunque no sean lo suficientemente buenas, olerán bien mis letras. 

Y, sin embargo, pasó el tiempo sin que recibiera una sola nota. Esta vez, no podía existir pretexto para que no me respondiera: había tenido el cuidado de apuntar mi dirección electrónica (puse también la de mi casa por si se le ocurría enviarme chocolates o flores para pedir disculpas por esa extenuante tardanza en contestar mis embadurnadas líneas). 

A través de la televisión y el periódico me enteré de que el novelista recorría el mundo, pero ni entre correos no deseados, ni bajo mi ansiosa puerta, recibí noticias (la esperanza de ramos y dulces, me duró solo tres días). Recuerdo bien ese domingo en la mañana, serían casi las once, cuando estuve a punto de acercarme al edificio en el que dejara el sobre, para esperar allí, en el lobby, y ver si al llegar o salir, aunque no recordara mi rostro ni mi palabrería, el renombrado literato, reconocía mi aroma.

No fui. 

Uno, dos, tres años sucedieron sin una línea, una letra, ni siquiera puntos suspensivos. Pero no me desanimé, ya que estaba segura, de que el pobre hombre sufría al no poder cumplir su compromiso conmigo. 

La voy a leer, me había dicho con cierta sonrisa, y lo haría. (Ahora que la imagino… ¿si se trató de una ironía?)

Hasta que un viernes cualquiera, Daniel, a quien menciono al empezar este texto (que tal vez imprima en letra gótica o corrida), me llamó por teléfono a la oficina y me dijo ven, apúrate, en media hora se presenta de la Riva en el Parque de la Concordia, trae tu carta que yo me encargo del resto. Y claro, no había tiempo para bañar de olor mi escrito, ni comprar hojas de colores, ni una envoltura digna para el Nobel. Un papel formato A4, letra Arial catorce (para que no se le escape nada, pues digamos que no era tan joven) y un sobre con el logo de mi empresa, era todo lo que tenía. 

Me imaginé aquellas cartas que se sellan con labios y carmín, para llamar la atención a cualquier destinatario y obligarlo a leer hasta alcanzar la última sílaba. Pero no era lo correcto. Se trataba de ayudar a cumplir un ofrecimiento solemne hecho por un hombre casado de apellido de la Riva.

Así que tomé el envoltorio y lo metí en mi cartera. Me fui en el primer taxi que se detuvo en el tráfico de Xitusan, al Parque de la Concordia, dije sin saber que pronto, muy pronto, allí se llevaría a cabo una zapatiesta (para mí es una palabra nueva que me cautivó y representa lo que ocurrió esa mañana con el novelista, su esposa y esa misiva que, sin que fuera intención mía, en unas cuantas horas se haría tan popular en el mundo, como yo no lo consigo, todavía). 

Frente a reporteros, cámaras de televisión y decenas de espectadores, el autor de “Dímelo mientras te (ad)miro” y tantas obras maestras, casi empezaba a recitar un poema de César Vallejo, cuando Daniel, ese muchacho alto, delgado y afable de mis clases de literatura, que conocía de memoria mi carta y mis intentos por deshacerme de ella, me vio llegar. Le di el sobre. Volvió a su sitio en la primera fila. Ocupé una silla bajo la sombra de un toldo azul. Era verano. La brisa de los sauces llorones por fin me refrescaba. No me había dado cuenta del calor que sentía. …Si no veis a nadie, si os asustan los lápices sin punta; si la madre España cae -digo, es un decir- salid, niños; id a buscarla! Terminó el escritor para ceder el uso de la palabra a la alcaldesa de turno, cuyo nombre no viene al caso mencionar. Sin embargo, contra cualquier expectativa, entre el “bienvenidos señores” y “estamos aquí para”, un ruido estridente y a la vez profundo, la hizo callar.

Veinte, treinta personas, hombres y mujeres, vestidos con casacas de cuero negras y marrones, faldas y pantalones oscuros, entre ruidos de motores y soplidos de vuvuzelas rojas y amarillas (estoy segura de que hasta alcancé a ver a un muchacho que hacía silbar una inmensa concha marina), silenciaron a los presentes. 

Y así, ante los afligidos sauces y en medio de funcionarios de gobierno, invitados, curiosos, camarógrafos y reporteros, de mi compañero de curso, de Ezequiel de la Riva Zerpa, su mujer de pelo rojo y una abogada cargada de ilusiones, los fortuitos visitantes ocuparon el centro del parque.

De un momento a otro, así como pocas veces nos sorprende la vida, ante el desconcierto de quienes estábamos reunidos para celebrar el “Día de las Letras” (y la entrega de mi misiva), aquellos que llegaron entre motores y vuvuzelas, levantaron en hombros una réplica tamaño natural, hecha de papel periódico, de la regidora de turno. La figura de la mujer, con la cabeza hacia abajo y las piernas estranguladas por una soga, colgaba de una madera a punto de ser quemada y convertirse en un cuerpo incandescente que desaparecería hecho cenizas. 

Fue en ese instante -digo, es un decir- cuando empezó la zapatiesta (¡qué palabra tan exquisita y cierta!).

Y justo cuando me esforzaba por entender el reclamo que aquellas personas hacían…¡mi carta!  

–¡Entrégasela tú! –dijo Daniel al devolverme el sobre–. ¡Tengo que irme con la comitiva! ¡Perdóname!

Y lo perdoné, claro que lo hice, pero una vez más tenía entre mis manos aquel sobre, y, al volver el rostro hacia cualquier lugar, menos el suelo porque jamás me rindo, allí, a mi lado derecho, huía de la muchedumbre: ella.

–¿Se la da por favor a su marido?

Le pedí a la pelirroja con una voz tan tímida como suave que, recién en ese momento, a mis cuarenta y buenos años, descubrí que tengo. Ella me miró a los ojos (somos de la misma altura), quizá ni pudo escucharme (eso sí fue mi culpa), y, sin decir palabra, tomó el sobre (no tuve alternativa) para ir donde su esposo quien la esperaba a unos diez metros escoltado por la policía.

Los vi irse. 

Vi a la alcaldesa caminar a paso firme junto a la brigada de seguridad y al Nobel que tomaba el brazo izquierdo de su mujer quien, con la mano derecha en alto (bien extendida), se protegía la cara de los reporteros y de las cámaras de televisión, con ese envoltorio blanco que con inmensas letras de molde rojas grabadas en una esquina, llevaba escrito el nombre de la empresa de cobranzas coactivas en la que yo trabajaba, todavía. 

Hace tres días, Ezequiel de la Riva me envió su respuesta. Me sorprendió hasta el rubor debido a su vocabulario, atrevimiento y gentileza. Y, ahora que la pelirroja se fue a vivir a Miami (dicen que para siempre y sola), espero con anhelo mis chocolates y flores y quizá aquella foto que nunca nos tomamos entre luces y maletas.

Rossana Sala

Febrero 2021


 

dejo la sombra de la palmera

el sol me pega en el cuerpo

     me pega

            me pega

                     me pega

 

busco algo que me proteja

             de ti

                de mí

                   del sol

de la sombra de la palmera

 

huele a pasto

                  a tierra

                      a viento fresco

 

cae una hoja entre las hierbas secas

es oscura

         pero es verde

tiene espinas      

           pero es larga

lo suficiente para protegerme

              de mí

                  de ti

                        del sol

 

debo ir por ella pero está

bajo la sombra de la palmera

Rossana Sala

enero 2021



–1234567890

–0987654321

Yo, Ivo Guarniz, fui obligado a abandonar la sala de la torre de control, desde donde no pude despedirme de Joel Espíritu. Dejé mi puesto de trabajo sin saber qué le había sucedido a ese hombre.

Conocí a Joel durante una hora. Conversamos el tiempo suficiente para que, sin haberle visto el rostro ni parte alguna de su cuerpo, me adentrara tanto en su vida, que hasta hoy le escribo.

Le escribo y le agradezco.

Te escribo a ti, Joel. A ti te escribo. Y, por más que trato, no puedo dejar de hacerlo, en especial ahora, en este momento que cruzo los cielos. Y no, no vuelo en una avioneta como lo hicieras tú, sin compañía alguna, hace ya algún tiempo. Porque no soy piloto. Soy un simple pasajero a bordo de un Jet 727. Tampoco lo hago obligado a regresar a Venezuela, sin poder alcanzar Cuba, por falta de combustible. Vuelo a Miami, al lado de mi familia, a pasar las vacaciones.

Te esperan los rescatistas en medio del mar, te dije, no te preocupes, ellos saben tus coordenadas. Y las sabían, Joel, las sabían. Y recuerdo todo como si fuera hoy. 

Lo recuerdo mientras vuelo sobre las mismas aguas que hace veinte años nos unieran por una hora y para siempre. 

Atravieso nubes blancas, no negras, cielo celeste, no gris. La distancia, no me permite distinguir el mar como tu pudiste verlo.

1234567890, te oí decir. 

0987654321, repetí para mis adentros.

Todo va a estar bien. Quizá los dos deseábamos eso al mismo tiempo. ¿Cuántas veces habremos deseado lo mismo, Joel? ¿Cuántas veces?

Tú, en la fragilidad de tu avioneta, con seguridad sabías que nunca nos conoceríamos. Estarías seguro de que nada saldría bien, al menos en tu vida. Era imposible que alcanzaras la tierra. La aguja que marcaba el combustible retrocedía, se hundía. Los truenos y la lluvia, te atrapaban. Yo podía sentirlos a través de la radio. Me temblaban las manos, me sudaban, mi corazón se sacudía al mismo ritmo que el tuyo, me faltaba aire, hasta el olor de la brisa marina me envolvía. Tus palabras se iban y venían entre ecos y silencios. Miedo. Yo también tenía miedo. Los dos lo teníamos, pero no debíamos hablar de eso y mientras tanto, la manecilla que sellaba tu tiempo, nuestro tiempo, caía rendida. 

El cielo vertía su agua dulce para mezclarla con la sal del océano.

Me dijiste que eras abogado, que ser piloto para ti, era un hobby. Que trabajabas más de setenta horas a la semana en una firma en la que te pagaban por cada minuto de tu tiempo. Que el viaje que hacías a Cuba no era de placer, por supuesto. Lanzaste varias carcajadas como si estuvieras orgulloso de eso. El golpe de tu voz, me hizo imaginar que eras un hombre alto, tosco, decidido, no debías tener más de cuarenta años, pero sí un afán intenso de ganarte el mundo, cueste lo que cueste. Yo te dije que escribía cuentos, algunos poemas, que ser controlador de torre era mi profesión, porque no podía vivir solo de mis letras. Me pediste que te recite alguno de mis versos. Me sorprendí al oír a un hombre como tú, pidiéndome algo como eso. Yo te dije que no. Sentí vergüenza por mis líneas: sencillas, confusas, cobardes. No era famoso, como lo soy ahora, quizá gracias a ti. Lo siento.

¿Quién era yo para leerle mis escritos a un abogado que piloteaba su propia avioneta?

Me sentí incapaz de recordar, de inventar, palabras que te dieran tranquilidad, coraje, que no te dejaran caer a ese mar hambriento y eterno, así como se transforman las aguas mansas cuando sabemos que nuestro destino es sumergirnos en ellas. Para siempre. Recordé algunos de mis textos. Hablaban de montañas y calles desiertas. Historias banales, como era mi vida hasta ese momento. 

Y, entre palabras y rimas, sonrisas y tristezas, no tuve forma de salvarte. 

No pude hacerlo.

Y el grupo de rescate sabía tus coordenadas, Joel, las sabía con exactitud. Se lanzó al agua para sacarte de ellas. Te buscaron desde dos helicópteros, seis buzos se metieron al mar y te encontraron, Joel, lo hicieron, pero al abrir la puerta de tu avioneta, estabas muerto.

Fue un golpe en la nuca, me dijeron al día siguiente.

Y mientras vuelo, no puedo dejar de mirar por mi ventana, ovalada, pequeña, infinita. No soy un hombre delgado, más bien tengo unos kilos de más (quizá te puedas imaginar cómo se preocupa mi mujer por eso). Debería sentarme al lado del pasillo para estirar las piernas, pero necesito encontrarte, Joel, darte las gracias, pedirte perdón, hablarte cara a cara, como nunca pude hacerlo.

No te veo. 

Reclino mi asiento para estar más cómodo, observar con calma la tierra y la orilla del mar. Un hilo blanco, hecho de espuma, hilvana el agua con la arena. Te imagino bajando de tu avioneta. Pienso en tu sonrisa bulliciosa y ronca, esa misma con la que en algún momento, al empezar nuestra conversación, me contaste de Melissa y de Jomeli. Diles que me las llevo en el corazón al cielo, me dijiste minutos antes que empezaras el conteo final, antes que perdieras el contacto conmigo, con la tierra. Diles que vuelen alto en la vida pero que nunca dejen de quererme. Diles que las amo, aunque jamás supe hacerlo.

Y conocí a tu esposa, Joel, y también a tu hija. Hablé con ellas como me pediste. Jomeli, esa niña tan delgada y pecosa, me contó que se parecía a ti en los ojos color caramelo y las orejas pequeñas. Y Melissa. De Melissa debo decirte que no pudo perdonar la forma en la que te fuiste, que te hayas subido en esa avioneta. Tu sabías de la tormenta, me dijo. Una vez más, preferiste tu trabajo. Por tener más dinero, las dejaste. Lo recuerdo bien, entre rabia y lágrimas, eso fue lo que Melissa dijo. La perdiste entre esas nubes negras, esas en las que por muchos años vivieron metidos sin poder salir de ellas.

He dejado de escribir por unos minutos, para recibir de la azafata un café y unas galletas de avena. No huelen a nada. Si tuvieran sabor, sería una grata sorpresa. Miro otra vez por la ventana. La tierra se fue. También el mar con su hilo blanco. Ahora, son algodones los que abrigan la tierra. 

Te imagino a lo lejos.

Algo interrumpe mis pensamientos. No entiendo qué pasa. Todo se mueve. ¿Será el cielo que dejó de acariciar el avión? Siento que empieza a arañarlo, a remecerlo. Miro por mi ventana. El reflejo del sol me obliga a cerrar por un instante los ojos. La voz del capitán nos dice que volvamos a nuestros asientos. La lluvia y los truenos se acercan. Mi corazón se estremece. Las alarmas y luces rojas nos indican que abrochemos nuestros cinturones. Me preocupo por los de Melissa y Jomeli. 

Ellas vuelan alto, Joel, así como tu querías. 

Ellas vuelan alto y se sientan a mi lado, porque desde que las conocí, quizá lo sepas, no pude separarme de ellas. 

Nunca me cansaré de darte las gracias por eso. 

Pero pedirte perdón, no puedo hacerlo, aunque cada día que te escribo, yo, Ivo Guarniz, lo intento.

Rossana Sala

16 de noviembre del 2020


–¿Esperas el siguiente vuelo igual que yo? –me preguntó.

–Sí –le dije–, prefiero pasear en lugar de estar sentada en el aeropuerto.

Por razones de trabajo, debía viajar con frecuencia a Bolivia.

En uno de tantos viajes o “misiones” como se les llama en la organización, el avión hizo escala en Santa Cruz de la Sierra. Debía esperar más de cinco horas para mi siguiente vuelo.

Me habían dicho que esa ciudad era interesante, de clima tropical, diferente a muchos lugares de Bolivia, así que animada por la curiosidad y por la invitación de la aerolínea, decidí conocerla.

En el trayecto de más de media hora en autobús hasta llegar al centro, uno a uno fueron bajándose los pasajeros hasta quedar sólo una monjita que se acercó a conversar conmigo. Era pequeña, más baja que yo, parecía ser muy delgada. Tendría unos treinta años, aunque por el hábito marrón que llevaba puesto no era sencillo calcularle la edad. La piel de su rostro parecía haber sido tersa y muy blanca, pero lucía reseca y quemada por el sol. Un profundo surco horizontal atravesaba casi la totalidad de su frente, lo que le daba un aspecto de severidad robándole la dulzura que podría haber tenido.

–Me llamo Clara, acompáñame a conocer la catedral– me dijo.

Como estudié en un colegio de monjas y estoy acostumbrada a recibir órdenes de ellas, accedí sin dudarlo.

–Antes de entrar a la catedral, visitaremos su museo–me advirtió.

Al intentar pagar la entrada no aceptaron mi dinero por acompañar a la hermana, me informó el encargado de la boletería, haciéndome sentir venerable aunque sea por un instante.

Después de recorrer vitrinas adornadas con antiguos hábitos –se llaman casullas, me corrigió Clara–, biblias, viejos retratos, joyas y medallas eclesiásticas, todo divinamente conservado, por fin ingresamos a la catedral.

Fuimos directo a la primera fila. Yo, turista respetuosa de la santísima trinidad, luego de la breve reverencia de estilo y una corta pero efusiva señal de la cruz, me puse a admirar el altar mayor. Absorta, observaba el fino trabajo en plata labrada cuando Clara (mejor dicho, sor Clara), se paró a mi lado para rezar en voz alta:

“Padre Nuestro que estás en los cielos…”. En media oración se detuvo. Me sorprendí, pero continué el rezo como los hacíamos a coro las alumnas de mi colegio. “El pan nuestro de cada día dánoslo hoy…Amén”, terminé orgullosa como para que me pongan un veinte.

Pero allí no acabó la cosa.

“Dios te salve Reina y Madre…”,  interrumpió otra vez la oración la bendita monja seguro para averiguar qué tan practicante era yo. “Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios…Amén”. Recordé el final con las justas, mientras empezaba a sudar frío, pero segura de haber pasado la segunda prueba.

“Nada te turbe, nada te espante…” empezó con otra oración. 

–Esa no me la sé –le dije sonrojada cuando se detuvo para que yo siguiese–. Ese día debo haber faltado a clases– agregué toda turbada y toda espantada no obstante sus plegarias.

–No te preocupes–me tranquilizó–, no tienes por qué conocerla. Es a Santa Teresa, la virgen de mi congregación.

–Las madres de mi colegio son dominicas– me volví a excusar mientras buscaba una forma de escabullirme y pasar el resto de la tarde sin ser sometida a la santa inquisición.

Pero fue imposible. La buena mujer me pidió que la acompañara a almorzar. Le dije que sí por su puesto, y le invité un plato cruceño preparado con plátanos y huevos fritos y una suculenta ensalada de verduras que le encantó. Yo me contenté con un pedazo de pastel de choclo, pues la verdad no tenía mucho apetito. A esas alturas del día estaba segura de que todo se trataba de una prueba celestial. ¡Demasiadas coincidencias! Santa Cruz; un viaje de misión; una monjita que no me dejaba ir; esa hendidura en el rostro de la cual no podía apartar mis ojos.

Algo estaba por suceder.

Durante el almuerzo, Clara me contó sobre su vida. Venía de La Paz. Vivía en El Alto, ciudad a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar donde cuidaba ancianos desamparados. Viajaba a Colombia para visitar a sus padres. Era la menor de once hermanos y, al igual que yo, había estudiado en un colegio católico.

Aunque debía sentirme tranquila por haberla conocido un poco más, ese surco en la frente no dejaba de preocuparme.

De regreso al aeropuerto, decidí aprovechar la situación para salir de ciertas dudas que durante la infancia me habían atormentado.

—Debajo de la toca, ¿cómo es que va el pelo? —le pregunté.

Sin decir palabra, se quitó el velo regalándome una angelical sonrisa al mismo tiempo que desaparecía la marca transversal de su rostro.  Se le veía animada, con ese brillo en sus ojos negros que solo un corazón feliz puede provocar. Sacó un peine del bolso para arreglarse el cabello. Era castaño claro, casi rubio, y se notaba muy liso. Al contrario de lo que me había imaginado era bastante largo. Le llegaba más abajo de los hombros, lo que me llamó la atención.

Agradecí a Dios por no haber hecho primero mi otra pregunta: ¿qué llevaba puesto debajo del hábito?

Decidí que mi vida sería mejor sin saberlo.

De pronto, se acercó a mi oído y entre susurros alcancé a entender que me decía:

–Cuando tenía ocho años, sentí el Llamado del Señor. ¿Tú no lo sentiste? ¿No oíste acaso que el Señor tocó la puerta de tu corazón?–me preguntó apartándose de mí, con la voz aguda y seca, con sus ojos oscuros que habían dejado de brillar y otra vez con ese surco amargo que le atravesaba la frente y que estoy segura llegaba hasta su corazón.

–No. Perdón. No escuché nada –le respondí–. Quizás lo hizo y me llamó muy despacito –me disculpé al sospechar que se trataba de un reclamo proveniente de las alturas.

–Estate atenta–me dijo al despedirse, entregarme un papel con su número de teléfono y pedir el mío, que claro está, se lo entregué de inmediato.

Han transcurrido más de cuatro años desde ese encuentro. Hasta hoy, sor Clara y yo jamás hemos hablado, pues nunca la llamé…y si ella lo hizo, debe haberlo hecho muy despacito.

Rossana Sala

Abril 2013

(Acuarela pintada por Claudia Guerrero Canale)

Cuento publicado en mi libro “No vaya a despertar a los caballos” (Altazor 2016)

SI SOÑABA CON ELLA

Posted: 2 November, 2020 in 2020

                              
así como se despertó el soñado 
en el sueño de la mujer que soñaba
así le sorprendió a ella
el mensaje que encontró 
                                       en la botella
 
y el joven que era soñado
no quería soñar
               ni pensar
                    ni sentir       ni probar
ni encontrar su catalejo
para ver
el sueño de la mujer
             que lo soñaba
     ya sin querer
 
pero una noche de luna eterna
de esas que solo existen en sueños
el hombre que no quería soñar
se soñó despierto 
                       pero sin aire
vivo
        pero con frío
y para estar bien 
para estar seguro
se vistió de leyes 
      sumas
         restas
             cuentos
              esferas blancas
                y agotadores muros
 
y esa noche de luna eterna
el joven que era soñado
se soñó también entre risas  
recuerdos
no quería hacerlo
                           no
            no debía soñar con eso
pero se soñó feliz
         entre armoniosos estruendos 
con destellos confusos
                                  plenos
 
se soñó con amor      
          sin amor
con distancias cercanas
                        iniciáticas
                                  finalíticas
                                       continuáticas
conversaciones lógicas    
                     ilógicas
besos 
     caricias 
 
no quería hacerlo
                         no
       no debía soñar con eso
 
y el joven que era soñado
se despertó
       encontró su catalejo
se sorprendió a sí mismo
y sorprendió 
        con un mensaje en la botella
a la mujer 
que lo soñaba 
             sin querer

 
y en un destello confuso
entre armoniosos estruendos
la mujer que lo soñaba
                      le dijo que sí
pero que no la despierte
                      le dijo que sí
si soñaba con ella
 
 
 


Rossana Sala
Octubre 2020
Escrito después de leer “Ruinas Circulares” de Borges

ACÁ TE ESPERO

Posted: 21 October, 2020 in 2020
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No debiste entrar al mar ese atardecer.  Ya la noche anterior, tú y yo habíamos sentido cómo las olas embestían la orilla con hambre, ansias y bramidos. Con ganas de arrastrar consigo, entre ataques y resacas, la arena, piedras y hasta a un lobo de mar que, tras cuatro días varado, se dejaba por fin succionar por moscas y desgarrar por buitres que lo rodeaban atraídos por el olor a muerte que corroe el alma.

Ls castiga.

Las olas deben medir más de dos metros, te dije antes que me dieras ese beso. La curva suave de tu boca, mezclada con la tenue luz del sol de las seis y treinta, el graznido de una bandada de gaviotas y tu pelo alborotado y suave, color ceniza, se convirtieron en una de tus caricias, de esas que sabías darme, sin siquiera rozar mi piel, cuando querías pedirme algo y estabas seguro que yo no estaría de acuerdo y, sin embargo, me dejaría llevar por ti. 

Solo por ti. 

Quise imaginar que sabías lo que hacías, que conocías esas playas. Habías crecido en ellas. Los músculos de tus brazos eran todavía firmes. Regreso en media hora, me dijiste y tu espalda húmeda brilló con el reflejo del mar frío y cristalino que tantas veces nos había escuchado reír, discutir, nos había visto tocarnos y también alejar para volver a querernos y estar juntos para siempre. 

Quizá.  

Y vi tu cuerpo esconderse entre la espuma blanca de esa agua cada vez más voraz, cada vez más pesada y sedienta y volteaste a mirarme y tratar de decirme con tus ojos silenciosos y tus manos ásperas y suaves y el brillo plateado de tu pelo, estoy bien, sonríe conmigo, ya regreso y más atrás el sol empezaba a hundirse y la luna en cuarto menguante se dejaba ver en el cielo anaranjado y celeste y un velero de alas blancas navegaba a lo lejos y el mar, abierto al horizonte, rugía cubierto por una mancha espesa, infinita,  gris. Vi al lobo de mar cercado por algas, lombrices, moscas y buitres. Fue en ese momento cuando me distrajo el viento, tibio y salvaje como el que viene del sur, a veces, del cual habíamos disfrutado volando la cometa roja y amarilla, con forma de dragón, que hacía tres años me habías traído de Tailandia o acaso fue de la China, ¿te acuerdas?, cómo pasa el tiempo mi vida, sé que nunca dejarás de ser una niña, me dijiste cuando abrí la caja de madera que la escondía. 

Pero ese atardecer, no debiste entrar al mar. 

No debiste.

Ese atardecer, un vendaval envolvió mis piernas, torso, brazos, invadió con arena turbia y afilada, mis labios, nariz, mi pelo largo y triste. Me obligó a cerrar los ojos, te juro que fue solo un instante, para abrirlos y no verte, para abrirlos y no oírte, ¿Javier dónde estás?, para no sentir tu olor a mí, ni tu fuerza, para mezclarse como un remolino vertiginoso con esa agua amarga y sucia y llevarse la suave curva de tu boca, ¡Javier!, y tu espalda y tus manos, para ocultar el vibrar de tu voz entre los últimos rayos de sol y el primer destello de la luna. 

Y el velero de alas blancas tampoco estaba.

Ya la noche anterior, tú y yo habíamos sentido cómo las olas atacaban la orilla y devoraban las piedras con hambre, rugidos, sed y espumas grises. 

Regreso en media hora, te oí decir después de ese beso que me diste.

Acá te espero.

Acá.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                            

Rossana Sala

                                                                                                                                                                                                                                                            9 de octubre 2020


IMG_0465Me pongo la mascarilla. No puedo olvidarla. Ya es parte de mi vida.

Desde el piso quince en el que vivo disfruto del horizonte, pero sólo con la mirada. Veo techos, edificios rojos y grises, pinos que crecen entre parques vacíos, las aguas oscuras del mar, la Isla San Lorenzo. No es suficiente. Necesito bajar, salir, caminar, montar bicicleta, gritar. Sentir la luz del sol. Oler las buganvilias. Mojar mis pies en la playa helada. Visitar a mi hermana Claudia, a Sandra mi amiga y también a Nicolás.

Entro al ascensor. La vida me espera y, sin embargo, el espejo devuelve la imagen de mi rostro: parece que llevo presa mucho tiempo.

Aprieto el botón número uno.

¿Por qué subo? Alguien me lleva hacia arriba.

IMG_0474 2Llego al piso veintiuno. El último.

Se abre la puerta.

–¡Pero usted lleva la mascarilla puesta! No debería estar aquí –me dice una mujer alta, de tacones rojos, de unos treinta años y sonrisa blanca.

–No entiendo. ¿De qué se trata todo esto? –le respondo y se me acerca.

El elevador se cierra detrás de mí, mientras ingreso a un gran salón. Los techos son altos, quizá alcancen los tres metros. El piso blanco, de mármol, me hace sentir un frío extraño… Quiero pensar que no es cierto. Mesas de vidrio. Sillas de vidrio. Ventanales inmensos que permiten ver los parques, los edificios, el mar, la isla, pero están cerrados y no dejan entrar al viento.

Decenas de personas me observan. Me escrutan con miradas desiertas. Unos están de pie, otros sentados. No se mueven. La mitad de mi rostro sigue oculto, el de ellos en cambio está libre como yo anhelo serlo. Presiento que quieren llorar, pero no se atreven.

Nadie me saluda. Difícil que lo hagan. Me pasa lo mismo las pocas veces que recorro las calles desde que sucedió todo esto.

Busco a algún conocido y, en este mundo tan grande y pequeño, por supuesto que lo encuentro. Allí está Martín Gutiérrez. ¿Qué hace acá? Él vivía en el piso siete y no se mudó, sino que se fue, igual que doña Elena, la anciana con quien yo solía conversar en el parque de molles y que se negaba a usar protector facial y ahora está sentada en una de esas sillas de cristal que no sé si de verdad existen o están en mi mente. Y también puedo ver a Ernesto, mi colega del trabajo, él que tanto se cuidaba, pero sus hijos no y por eso se fue, así como Martín y doña Elena y también Silvia, la costurera, que no pudo dejar de trabajar y terminó acá… Pero yo sí tengo mi mascarilla puesta. Uso la K100 y, para montar bicicleta, una azul con válvulas que se supone son mejores que cualquier otra de esas.

Hace mucho tiempo, un año o más desde que sucedió todo esto, que no veía en directo rostros enteros. Había olvidado el movimiento de los labios, los ojos completos que sólo encontraba en Netflix, Facebook, TikTok, Singlass, en alguna llamada con mi familia, amigos, usando el WhatsApp o aplicaciones más modernas que siempre alguien inventa.

–Si ha llegado hasta acá debería ser para quedarse –me dice la mujer de los tacos rojos con un tono apenas autoritario, que me hace pensar que es porque no está segura de sus palabras ni de lo que piensa.

“Debería ser”.

Un verbo condicional que yo, experta en peroratas y argumentos, podría dejar pasar, pero no quiero.

–Es un error –respondo con voz firme para intimidarla mientras siento la protección de mi K100 que no me quito ni en sueños–. ¿Acaso sabe mi nombre? ¿Qué clase de administradora es usted? ¿No tiene una lista de personas a quienes les corresponde entrar? ¿Cómo es posible que aquí nadie lleve la mascarilla puesta?

Y al hacer tantas preguntas y sentir una opresión invadir mi alma y mi cuerpo, pienso que los del piso veintiuno deben estar mejor que yo: en silencio, inmóviles, pero juntos y con los rostros descubiertos. No están solos ni confinados, ni se consuelan con llamadas de Zoom, música, películas, libros y algún paseo a pie o en bicicleta.

Qué fácil encuentro una respuesta.

–Descúbrase el rostro –me exige la mujer sin hacer caso a mis preguntas.

–¿Quién es usted para darme órdenes?

–¡Vamos! Tiene que obedecer. Dígame sus nombres y apellidos.

IMG_0460

–¿Y si los contagio? ¿Ha pensado en eso? –le contesto con voz inocente, casi infantil y por eso astuta–. Acá, en el piso veintiuno, nadie esconde sus caras, en cambio yo llevo oculta la mía. ¿Por qué cree que lo hago?

La mujer de los tacos rojos sonríe con sarcasmo, tal vez tristeza, y antes de que me responda o llame a seguridad o haga cualquier cosa y me detenga, la puerta del ascensor se abre detrás de mí y deja ingresar a siete, ocho, nueve personas: niños, ancianos, hombres, mujeres, todos con las bocas libres pero las miradas desiertas.

–Bienvenidos –les dice con la misma sonrisa blanca con la que me recibió al conocerla, mientras yo me confundo entre los nuevos visitantes y me meto en el elevador del edificio en el que vivo sin sospechar del mundo de acá arriba y sin querer volver a verlo.

Presiono el botón número uno. El ascensor baja despacio. Pocos minutos después se detiene y se abre la puerta.

Salgo por fin a la calle.

IMG_0457Necesito caminar, correr, gritar, montar bicicleta, sentir la luz del sol. Me encuentro con gente que viene y va, que está demasiado cerca, me abraza su calor, aliento, piel, pelo, voces, bulla, imprudencia.

Decido regresar a mi departamento, quedarme allí hasta que termine todo esto.

Oprimo el botón número quince. La vida me espera.

Pero algo le pasa al ascensor. ¡Se mueve más rápido de lo que recuerdo!

El espejo me hace notar que ya no llevo la mascarilla puesta.

¿Debí usar las escaleras?

IMG_0456

Rossana Sala

Setiembre 2020

DILE QUE NO (poemita) agosto 2020

Posted: 21 August, 2020 in 2020
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16387250_10154976436816737_8328956582741734766_n

te hará daño 

              así que dile

que no

no lo busques

que no te encuentre

               es un tirano

 

dile que no

toma valor

busca tu fuerza 

y dile que no

para que no te

arrepientas

 

seducen las calles

            están muy cerca

el sol el aire la gente la bulla

y sin darte cuenta

                       un roce

             tu debilidad acecha 

 

dile que no

porque te quieres mucho

porque la vida es una

porque el mañana existe

porque no eres de piedra

 

los abrazos

girasoles

cafés con bocas y orejas

                 la familia

las estrellas

niños que saltan

cuentos de Bryce

                       Cortázar

o quien tú más quieras

                           hojas revueltas

y ese beso que se atascó en un tren

                 asomarán por tu puerta

 

los paseos en bicicleta

         a la orilla del mar

las sonrisas desnudas

las montañas rebeldes

                            te esperan

 

vamos

      protégete

          no te dejes llevar

¿quién se ha creído?

quédate en casa

                colorea la lluvia

                     despierta tus sueños

porque cualquier día

el mundo

      le quitará esa corona

              que nunca mereció

                                y  hoy

                                nos aprieta

Rossana Sala

Agosto 2020

Pandemia

QUIZÁ (julio 2020)

Posted: 14 July, 2020 in 2020
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2020-07-14 2Ella se detiene a ver el mar. Siente el agua helada mojar sus pies. Se hunde en los granos de la arena un poco más.

A lo lejos, el sol.

Ella sabe que va a caer. Caerá amarillo, naranjado, rojo, caerá de golpe, como si alguien del otro lado del mundo se lo quisiera quitar, para que ella no pueda verlo una vez más.

Ella se deja llevar por esa línea, por ese brillo de tonos dorados, que la conduce hasta el final del horizonte, hasta el calor que pronto se irá.

Las palabras del viento la calman y la empujan. La arena acaricia y hiere su piel. El olor a sal invade sus pulmones. Su vestido celeste, blanco, se llena de aire, sube, baja, baila y se bate hacia adelante, como si la empujaran hacia el mar.

Su pelo cobrizo, ondulado y risueño, se llena de nudos.

Algo le roza la pantorrilla derecha.

Se distrae para averiguar de qué se trata.

Es una fruta.

Anaranjada, grande, redonda. Flota a su lado.

Se agacha para tomarla en sus manos. Se moja el vestido celeste y blanco.

¿La habrán traído las olas?

Por un instante, el reflejo del sol, la ciega.

La imagen de un niño en el agua, justo al lado de ella, la desconcierta.

–¿Me invitas?

La voz, alegre, triste, inesperada, del muchacho la detiene. La obliga a retroceder. A abandonar el mar. A sentarse en la arena, todavía tibia, para compartir los gajos ácidos y dulces y ver juntos al sol escabullirse hasta el otro lado del mundo. Amarillo, anaranjado, rojo, de golpe, encadenado.

–¿Volverá mañana?

–Quizá.

 

Rossana Sala

14 de julio 202

 


IMG_3601 2

 

me declaro culpable

de haberme ido en el intento

y también vuelto

 

 

 

de correr en bicicleta

de subir montañas

de alejarme de la orilla a nado

de caminar entre las nubes huecas

 

de haber caído

me declaro culpable

también de levantarme

 

de soñar

de ver el cielo anaranjado

de escuchar a las estrellas reír

de esas copas de vino

de los besos que nos dimos y perdimos

 

de haber reído

de llorar bajo el árbol de moras

me declaro culpable

de haber sentido

 

de haberme equivocado     de tener razón

de no oír

de escuchar                 de no entender

de haber comprendido

de tus abrazos y de los míos

 

me declaro culpable          por esos niños

por los girasoles azules

por las mariposas escondidas

 

por dejar todo

y al mismo tiempo nada

 

soy culpable

no pido perdón

no me absuelvan                      por favor

 

porque de querer ser feliz

no me olvido

 

Rossana Sala

Junio 202

CUANDO (Mayo 2020)

Posted: 2 May, 2020 in 2020

2020-05-02            

y estás lejos
y estás triste
y nada de lo que yo te diga
                                    sirve
cómo poder darte un abrazo
en este mundo
                          tan terrible
y cuando las flores canten
la luna brille
las mariposas salten
y la canela perfume las nubes
               te abrigarás con sus recuerdos
                                                        y su amor
                                                          sonreirá contigo
y cuando los aviones vuelen
los cristales se derritan
y a las calles les pese la gente
                podré por fin darte ese abrazo
                                                       que hoy
                                                           deambula solo conmigo

2020-05-02 2

Rossana  Sala

2 de mayo 2020


 

Copia de 2020-04-25me gustaría ser yo una vez más

y subir montañas azules

y rojas

montar bicis de ruedas cuadradas

zambullirme en las aguas radiantes del mar

sentir el viento frío

caliente

atrevido

esta vez eso no me va a importar

dejar crecer mi pelo largo

muy largo

pintarlo de lila

y volverlo a cortar

 

teñir las paredes con manzanas y nueces

sin que me importe qué va a pasar

 

tomar una escoba y viajar por el cielo

mirar por la ventana del cuarto de mi hija

mirar por la ventana del cuarto de mi hijo

y llevarlos conmigo donde nadie nos pueda encontrar

escondernos en nubes en forma de casas

sentirlos pequeños

traviesos

tan suaves

preparar sus loncheras llenas de caramelos

jugar con conejos

mariposas

y flores

esperar la lluvia para saltar con ellos

llevarlos al colegio a patinar

llenarlos de besos y no hacerles caso

aunque se empiecen a quejar

 

escribir un cuento que sea muy breve

pero que nunca llegue al final

 

2020-04-25Rossana Sala

Abril 2020

Pandemia

 

GOTAS DE AGUA SECA

Posted: 18 April, 2020 in 2012, 2020
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2020-04-18El hombre se despertó poniendo los pies hacia afuera.

Sintió el agua helada tocar su piel. Un día más. ¿Podría soportarlo? Se sentó como pudo. Se inclinó hacia adelante hasta encontrar su reflejo en el mar.  Su rostro tenía más arrugas que el día anterior. La barba empezaba a brotar. Gris. Intentaba escapar como agujas de su rostro. A sus pelos los alborotaba en una gran confusión el viento.  Buscó entre sus cosas la gorra que usaba en sus días de pesca. Las venas cansadas, azules y gruesas, pedían auxilio al recorrer sus manos hasta alcanzar su corazón. Tomó un sorbo de agua de su botella. Si no llovía pronto, estaría en problemas. Pero ya estaba en problemas. El tono celeste y burlón del cielo, no le daba la esperanza de derramarle una sola gota de agua dulce.

El hombre se acostó poniendo los pies hacia adentro.

Sintió el sol hervir y quemar su cuerpo. Un día más. ¿Podría soportarlo? Se acomodó entre los tablones como pudo. Se inclinó hacia su lado derecho hasta encontrarse cara a cara con una madera astillada. Se sintió más pesado que el día anterior. Su barba estaba dura, húmeda, olía a sal y a restos. A sus pelos no los alborotaba el viento. Buscó en los bolsillos de su chaqueta un pedazo de pan. La chaqueta que usaba en sus días de pesca. Sintió sus manos más secas. Más duras. Más tristes. Vacías. Tomó el último sorbo de agua que guardaba en la botella. Si no llovía pronto, estaría en problemas. Pero ya estaba en problemas. El tono azul y burlón del cielo, le lanzó gotas de agua seca.

El hombre se despertó poniendo los pies hacia afuera.

Sintió el agua helada tocar su piel. Un día más. ¿Podría soportarlo? Intentó sentarse. La pesadez de su cuerpo le dificultó hacerlo. Se inclinó hacia adelante hasta encontrar su reflejo. Su mirada estaba marcada por algo que el día anterior sus ojos no habían descubierto. Su barba brotaba blanca y confusa. A sus pelos los alborotaba sin ilusión el viento.

2020-04-18 5

El hombre se acostó poniendo los pies hacia adentro.

Buscó entre sus cosas un trozo de pan. Sintió sus manos más pequeñas. Más suaves. Sonrientes. Saboreó su alimento como lo hacen los niños traviesos cuando roban a sus abuelos un chocolate o un caramelo. Si lo descubrían, estaría en problemas.

Y con ese tono burlón que aprendió del cielo, el hombre se lanzó al mar.

Rossana Sala

Abril 2020

Pandemia


Copia de 2020-04-15–¡Vamos! ¡Con fuerza! ¡Que es exigente!

¿Qué sexy gente?

Me parece oír al profesor. Pero es imposible. Imposible, porque estoy pedaleando sola, sin gorra, sin aretes, con las uñas rotas y la ropa suelta y, porque la clase que estoy viendo en YouTube, debió haber sido grabada hace cuatro o cinco meses, en Italia o en España, cuando el invierno no había llegado y nadie lo esperaba, así como vino para no irse todavía.

Me distraigo. No quiero pensar en eso.

–Comiencen suave. Este es el plan, les esperan cincuenta minutos, cuatro cuestas hasta coronar la montaña.

¿Coronar la montaña?

2020-04-15 11

El tema es que, después de muchos años, me he reencontrado con mi bicicleta estacionaria, esa que venía usando para colgar sombreros y una que otra cartera. Y he descubierto con cierto beneplácito que existen programas que, mientras el profesor te llena de indicaciones, puedes hacer ejercicio y escuchar música y ver árboles, calles, gente, autos, motos, casas, mares, montañas, el cielo azul, flores y casi sentir el viento y estar a punto de respirar aire fresco.

–¡Vamos! ¡Pronto acabaremos!

2020-04-15 6Pedaleo plano, velocidad constante y luego subo, tiro hacia arriba, me paro, la música me lleva, We will rock you, me inspira Queen, lagunas, bosques, calidad de resistencia, no puedo, si puedes, sube, ¿hasta cuándo?, párate, siéntate, quiero salir, no debes, la ruta es increíble, infinita. ¿Adelgazaré con esto? Cambios de cadencia. ¿Decadencia? Aguanta. El baile. La intensidad está en la carga, no veo el sol, no siento el viento, no huele a tierra, inventa, imagina, llegamos a la parte más dura, tu puedes, I used to rule the world… comienza Coldplay. ¿Cuándo terminará esto? Aplanemos la curva, punto de inflexión, estamos llegando. Martillazo. No encuentro flores, cuatro paredes, no siento voces, no hay colores. Ten paciencia, nadie dijo que sería fácil.

–¡Pueden tomar agua! ¡Donde está la bandera terminamos!

Con mi toalla roja me seco el sudor de la frente y de los brazos.

2020-04-15Me paro. ¡Ciento diez giros por minuto! ¡Allá voy! Hace mucho que no iba tan rápido. Y los pedales se aceleran y se escapan de mis zapatillas, no puedo controlarlos, me golpean y mis pies se quedan atrás y la música empieza de nuevo y no veo más el video, el YouTube maldito y al profesor y sus gritos y mis rodillas sangran, me falta aire, mi cuerpo se enrosca, busca ir al pasado y se protege como un feto.

Quedo atrapada entre el asiento y el volante.

–¡Estamos coronando la montaña! ¡Cuando lo logren les doy una tregua!

 ¡No puede ser! En veinte años montando bici por piedras y tierra, pantanosos bosques y bajo la lluvia, nunca me he caído y ahora, estoy enrollada en una bicicleta estacionaria, en el dormitorio de mi casa sin poderme levantar.

Me duelen los brazos, el hombro derecho, las manos. No veo luz. Traspiro. Necesito paz.

El pelo se me pega en la frente. Debí amarrármelo.

Las cuatro paredes.

¿Hasta cuándo?

–¡Todavía no tomen agua! ¡Con fuerza! ¡Seguimos de pie! ¡Vamos! ¡Que es exigente!

No joda! Que sexy nada, que estoy sola en mi casa. ¿No entiende? Me agarro del timón. El cielo está negro y cargado de estrellas. ¡Busquen su resistencia! Dice el profesor mientras le inspira Abba, You are the dancing queen y alguna cancioncita más. Desenredo mis piernas. Me levanto. Salgo de la bici. Mis heridas sangran, me duelen, las limpio con mi toalla y, como si un caballo me hubiera lanzado al suelo, me paro y vuelvo a montar.

–Cojan el ritmo, aguanten, que ya terminamos. ¡Encuentren la bandera!

Y me imagino ricas montañas, fértiles tierras, risueñas playas, autos, calles, ríos, quebradas, gorriones, bulla, gente, bocinas, supermercados, un roce, un abrazo, un beso, una caricia, mi toalla roja, es mi Perú.

2020-04-15 16Rossana Sala

Abril 2020

Pandemia

(Párrafo final inspirado en la canción “Mi Perú” de Manuel “Chato” Raygada)


IMG_1371Minutos antes de acercarme al altar para esperar a Maritza y casarme por fin con ella, Esteban Gorriti, hasta ese momento mi futuro suegro, sin ningún reparo, me dijo al oído al darme un abrazo:

“Espero que no corras la misma suerte que los anteriores”.

¿A qué se refería? ¿Anteriores? Pensé sin atreverme a revelarle que no sabía de qué estaba hablando.

Don Esteban, a sus setenta años y tras los vidrios de sus viejos anteojos de carey, así como se me acercó, se perdió entre una decena de invitados. ¿Pero quiénes eran? Me di cuenta en ese instante que, distraído y nervioso por esto de mi matrimonio, no me había percatado que esa gente que reía y conversaba y vestía de colores oscuros y no alegres como correspondía a una celebración como la que estaba a punto de llevarse a cabo, era completamente desconocida por mí.

¿Serían amigos de Maritza?

Necesitaba hablar con ella. No podía dar el “sí” eterno, sin antes saber quiénes eran “los anteriores” y cuál era la suerte, nada buena sin duda, que habían corrido o acaso los había hecho correr.

Doña Clara. Allí estaba ella. Tuve la esperanza de que la madre de Maritza, con ese afán por saberlo todo y de hablar sin detenerse a respirar o acaso pensar, alguna información podría darme. Tanto tiempo me había quejado de su capacidad de averiguar historias para luego, haciendo uso de una imaginación prolija, difundirlas por el barrio y más lejos todavía, que nunca le había prestado atención y menos aún sospechado que, en algún momento me beneficiaría de lo que ella llamaba uno de los tantos atributos que Dios en su infinita bondad le había concedido.

Las bancas de la pequeña capilla se iban ocupando. Algunos de mis familiares y amigos llegaban y yo no los saludaba ni de lejos.

Necesitaba salir lo antes posible de mis dudas.

Maritza había insistido en llevar a cabo la ceremonia en la capilla de Fordán, un pequeño pueblo frente al mar, alejado de nuestras casas pero que, por alguna razón que ella misma no sabía explicarme, decía amar. Yo, que no era devoto ni nada que se acercara a eso, no me opuse a la boda religiosa ya que para mí lo importante era que me casaba con ella y no ante quién ni dónde lo hacía.

A mis cuarenta años, por fin, contraería matrimonio y ella, que según papeles tenía exactamente mi edad, aunque debo admitir que parecía un poco mayorcita, también se había animado a casarse por primera vez en su vida.

Miré la hora. Las doce y cuarto del día. La marcha nupcial y la entrada de la novia debían comenzar en quince minutos, lo que me daba tiempo para hacerle preguntas a doña Clara y que ella me respondiera y se explayara haciendo gala, sin misericordia, de sus atributos divinos.  De su único atributo, en caso pudiera considerarse como tal, pensaba yo, pero jamás fui capaz de decirle eso.

–Doña Clarita –le dije al tomar valor y su brazo derecho con todo respeto.

Sentí que mi cuerpo sudaba. ¿Sería por ese terno azul marino que me envolvía el cuerpo o por la corbata que me ajustaba el cuello o esos zapatos que recién notaba había comprado por lo menos una talla más chica?

–Doña Clarita –le repetí apartándola de sus amigos y sin notar que la acercaba a uno de los confesionarios.

¡A un confesionario!  ¡No podía ser casualidad!

Miré el altar y le juré a Dios en silencio que, si esa era una señal de las que tanto habla la gente, no faltaría a ninguna misa de domingo, tampoco de los sábados, iría a todas las de Gallo y las de Fiestas de Guardar no me las perdería ni enfermo.

Sin darme cuenta, me encontré como nunca en mi vida rezando, haciendo promesas.

–Maritza es…

Vi la lengua y los labios de doña Clara moverse en cámara lenta y hundir con su voz pantanosa mi mundo. Sentí su perfume con olor a flores secas invadir mis pulmones y mis zapatos se volvieron aún más pequeños. 

–Pero nadie te lo había contado muchacho, si todos saben que, cuando se casa mi hija, al poco tiempo…

Continuó la mujer con los detalles, mientras yo, sin querer oír ni entender lo que salía de esa boca que letra por letra destrozaba mis ilusiones, seguí con mi rezo cada vez más devoto y con mis promesas cada vez más grandes.

Y es por eso que hoy a mis ochenta años, sigo soltero, Maritza es siete veces viuda y yo voy a misa todos los días.

Rossana Sala

Febrero 2020

LA FLECHA ROJA

Posted: 25 October, 2019 in 2020
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 –Anda, la vas a pasar bien. Te vas a distraer y olvidar de la ciudad. Con seguridad algo se te ocurrirá.

Me había dicho Teresa con su especial cariño de amigos perpetuos recomendándome el lugar: una casita rodeada de árboles eternos, de esas en las que te dejan la llave debajo de la alfombra y jamás llegas a ver la cara del dueño.

Salgo a las siete de la mañana.  Quiero aprovechar la luz del sol para caminar en el bosque. 

Me acompaña en mi mochila Juan Rulfo. Pedro Páramo, su novela.  Cargo también una libreta de notas y unos cuantos lapiceros de tinta de diferentes colores. No sé por qué, pero tengo la vieja costumbre de separar por colores los párrafos y las ideas de mis historias. A mi edad, todavía no he podido encajar con la tecnología. Tampoco hago mucho deporte, así que eso de caminar por las montañas no es usual en mí.

IMG_1475La mañana es fresca. El viento suave. La ruta está marcada por una flecha roja que debo seguir hasta llegar al rio, como señalaban las indicaciones dejadas por mi querida amiga en la puerta de mi refrigeradora.

El crujir de las hojas de los árboles al atravesar la vegetación, me da cierto temor. 

Temor a no encontrar el camino. En realidad, ¿me importa eso?

A quedarme solo en la vida; aunque esa es mi costumbre. Después de todo, siempre cambio de trabajo, de novia y, para mí, nada ni nadie es suficiente, como se encarga de repetirme Teresa.  ¿Es necesario acaso vivir con alguien? Le pregunto a ella sin recibir respuesta.

Miedo a que, estando rodeado de montañas, quiera regresar a la ciudad: a las bocinas y pitos de las calles, al olor a aceite caliente de motor, al cemento, al cielo de cartón, al café de la esquina o al pan con chorizo de la carretilla del viejo Martin. En realidad, no me afectaría dejar todo eso.

¿A Teresa?

A no inventar alguna historia: hace casi seis meses que no escribo. 

 “Samuel Carrasco, setenta años, ha publicado solo una novela. Todo un éxito literario. Éxito que nadie sabe si él mismo podrá superar.”

Dijeron las noticias después de mi última entrevista.

Pero si el mundo tiene ya suficientes libros, historias, cuentos. ¿Hace falta un escritor más?

Qué tranquilidad siento al escuchar cantar a los pájaros en medio del silencio, descubrir el vuelo calmado de unas mariposas azules y respirar la humedad de la hierba.

Y aquí estoy yo, tres años después de la publicación de mi gran novela, mi única novela, siguiendo una flecha roja, rodeado de árboles y flores, con una mochila al hombro, lapiceros de colores y una libreta en blanco.

Me quito la chalina y una de las chaquetas. Tomo agua. Me tropiezo y ensucio de barro mis manos. Me detengo para contemplar los árboles. Son inmensos. No soy experto en naturaleza por lo que decido que son pinos. También decido que los otros, los de hojas más suaves y claras, son robles, y algunos, los más altos y de gruesos troncos, son cedros. 

Se me ocurre que los pájaros que me acompañan con sus silbidos y reclamos son jilgueros y palomas, y que las distintas flores son simplemente geranios. 

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Y mientras sigo la flecha roja, una azul me distrae. Entonces cambio de flecha. Sigo la nueva por ser más resplandeciente y, sin embargo, a los pocos metros, descubro una verde que me parece más larga, más fuerte y después una amarilla, que considero más alegre, por lo que vuelvo a modificar mi destino.

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Es en esos cambios de rumbo, que pierdo todas las flechas y aunque, por la hora, el sol debería estar brillando, el bosque está oscuro y mi camino perdido.  

Envuelto en mis pensamientos, en el olor a cedro o mejor a roble, en las ideas para un cuento que no llego a alcanzar, me encuentro frente a una cabaña.

Sus gruesos troncos marrones y rojizos, el techo a dos aguas de simetría perfecta, aquel letrero que da la bienvenida yel humo de la chimenea que calienta el cielo, me invitan a acercarme a la puerta sin preocupación. La toco con delicadeza. Nadie me abre por lo que insisto con fuerza.

Allí, parado, imagino al dueño del lugar. ¿Sería un ermitaño? O un asesino. A lo mejor un psicópata. El principio de mi esperada novela.

La humedad de ese bosque cerrado comienza a invadir mis huesos. 

Me asomo a una de las ventanas para mirar el interior de la cabaña.

Y allí estoy yo, Samuel Carrasco, sentado a una mesa cuadrada, rodeado de libros, cuadernos y libretas, escribiendo.

¿Cómo es posible que yo esté allí?

No me detengo ni para tomar un sorbo de esa taza, con seguridad de té negro, que dejará de humear sin ser probada.

Alguien se le acerca a ese hombre que por su apariencia debo ser yo, pero que por el ímpetu con el que trabaja, es imposible.

El sujeto se pone de pie apoyándose en el respaldar de la silla.

¿Pero cuántos años tengo?

De un momento a otro, el hombre y su acompañante, una mujer, desparecen de mi vista. 

El crujido de la puerta principal llama mi atención.

–Ten cuidado, Teresita. Vamos. Necesito comprar lapiceros antes de que se me escapen las ideas.

Dice el hombre al agacharse, sujetándose de la perilla, para esconder una llave bajo la alfombra.

Los veo irse. Tomados de la mano, cada uno con su bastón, siguen el camino de pinos, cedros, jilgueros, palomas, simplemente geranios, lo que yo decida, marcados por fin por una sola flecha: la roja.

Rossana Sala

Octubre 2019


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Como cada día, Martín se levantaba a las cinco de la mañana, tomaba desayuno y pasaba las horas conversando con esos amigos que, según él, nunca había visto, pero que lo conocían bien. Con esos extraños que lo escuchaban y lo querían.

Martín almorzaba rápido para ocupar la única mecedora que daba al ascensor por donde Esteban, cada día a las tres de la tarde al abrirse la puerta, aparecía.

–¿Cómo estás papá? No he podido venir en toda la semana.

Por fin sintió el anciano la voz de su hijo y ese abrazo tibio que algunas veces solo imaginaba.

Martín intentó ponerse de pie. Esteban le alcanzó el bastón y lo ayudó a pararse. Eran casi las seis, pero prefirió no decirle nada a su padre.

–Disculpa la demora. Se me complicó el trabajo.  ¿Caminamos?  Vamos al Café Azul, ese que tanto te gusta.

–Sí, son las tres. La hora perfecta. ¿Fue allí donde estuvimos con José ayer? Ese tío tuyo me debe plata hace tiempo. En realidad, me debe mucho más que eso.

–El tío José…

–Ah –dijo el anciano–.  Hace unos días lo vi en la plaza. Ni me saludó.

–¿Estás con hambre? ¿Qué te provoca?

Las hojas secas, antes verdes, rojas y amarillas, arremolinadas por el viento, anunciaban el final del otoño al invadir las veredas.

Los rayos del sol brillaban todavía calentando la tarde.

–Mira –le dijo Martín a su hijo al señalar la acera del frente–. Si no me equivoco es allí, en esa sala de teatro donde empezó la historia.  Esa tarde andaba nervioso.  Conversamos como nunca.  Compramos flores, chocolates.  Los rellenos de nueces le encantan a Teresita. Lo que el viento se llevó. ¡Qué buena película!  La función llena de gente.  Las mujeres con faldas y tacos. Teresita, delgada, alta, con su vestido azul.  Ese sombrero de lazo que según ella le acomoda tan bien el pelo.  Su pelo lacio y largo. Para que no se vuele. Me encanta verla disfrutar comiendo chocolates. Los rellenos de nueces son sus favoritos. Vas a engordar Teresita. Pero esa sonrisa de niña traviesa nadie se la quita. No se la quiero quitar yo tampoco. Y allí, sentados, frente a la pantalla, a los pocos minutos que apagaron las luces le tomé la mano.  Le tomé la mano a Teresita.  Debe de haber sentido cómo me sudaba, pero dejó quieta la suya. Qué alivio. No hizo el menor intento para sacarla. No me miró. Tampoco hablamos. Todo fue en silencio. Sentí su perfume por primera vez de tan cerca. Quería que se me impregnara para siempre.  Yo no sabía qué hacer. Solo sabía que no quería soltarla. Me debe mucho mi hermano. Después, la invité a tomar algo. Ella no quiso champaña, tampoco una copa de vino. Prefirió una taza de chocolate caliente. ¿Lo que el viento se llevó?  ¿Te conté de nuestra primera cita?

–Sí, papá.

–¿Ya es las tres de la tarde? La hora perfecta. Teresita querrá tomar su chocolate caliente.

Algunas hojas secas de la calle, antes verdes, rojas y amarillas, invadieron en silencio la terraza del café.

–La tía Teresa no puede venir, papá.

 

 

 

Rossana Sala

Setiembre 2019