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—¡Cuando corres, cantas!— me dijo un muchacho de gorra amarilla.

Yo iba feliz por los malecones de Miraflores acompañada solo por la música de mi Ipod, cuando el muchacho de la gorra se puso a trotar a mi lado.

Hasta hoy no entiendo como alguien en su sano juicio, tuvo el coraje de acercarse a mí, una desorejada total.

Lo miré de reojo mientras seguí mi ritmo. I want to ride my bicycle decía la canción.

No tenía ganas de conversar con nadie esa mañana. Disfrutaba del sol, de la brisa del mar,  ¡de mi música!

—Disculpa si te interrumpo— insistió—, pero siempre te veo correr por acá y me provocó saludarte.

Para no caer antipática, me quité un audífono. Solo uno. Tampoco es cosa de ser mal educada por las pistas y después de todo, trotar acompañada, también es agradable.

—Hola.  Sí, creo que nos hemos cruzado algunas veces— le confirmé mientras recordaba a ese muchacho de barba negra y poblada, un poco más alto que yo, siempre vestido con algún polo de color alegre.

—Me llamo José. ¿Cuál es tu nombre? ¿Vienes todos los días a esta hora?

En ese momento me arrepentí de quitarme ese audífono. Debí haberme hecho la que no escuchaba nada y seguir mi rumbo.

—Bueno sí— le dije parca sin responder adrede a la primera de sus preguntas.

—Soy urbanista— continuó sin que yo se lo hubiera preguntado—. Trabajo en un proyecto de desarrollo en la ciudad. Y tú, ¿qué haces?

Es mi oportunidad de hacerlo huir—pensé—.  Decir que soy abogada había espantado a más de uno (sin fundamento por supuesto).

—Soy abogada— le advertí con una sonrisa sarcástica mientras miraba mi reloj para revisar mi paso.

Pero mi plan falló.

El muchacho continuó con su soliloquio: que sus proyectos, que las calles, que el tráfico, que el desarrollo.

Todo interesante hasta que preguntó:

—¿Y tú crees que entre un urbanista y una abogada pueda suceder “algo”?

—No, si hay un ingeniero de por medio— le contesté de saque, extrañando una vez más mi audífono mientras que con el otro alcanzaba a oír a los Beatles con su inolvidable Help.

—Ah— me dijo en lo que me pareció ser un suspiro que lo animaría a efectuar un fugaz y digno escape.

Pero no se cayó ni se calló.

Siguió a mi lado tratando de hacerse el gracioso, explicándome que según la gente los arquitectos nunca fueron capaces de ser ingenieros y que los urbanistas nunca tan inteligentes como para ser arquitectos.

Yo, ya metida en esta conversación sin sentido, le objeté su “chiste” defendiendo (como es natural en los abogados) a los arquitectos y, a pesar de todo, a los urbanistas.

—Bueno— le dije decidida a dar por zanjada de un solo paso aquella charla—. Acá doy media vuelta y regreso.

Había atravesado el Puente Villena. Me faltaban algunos kilómetros para llegar a Larcomar y terminar mi ruta, pero preferí volver a mi casa.

—¿Corremos juntos mañana? ¿A qué hora nos vemos? ¿Vamos uno de estos días a bailar?— insistió.

Lo miré.

Eso bastó.

—Mejor nos despedimos—reaccionó a mis ojos—, pero dile a tu esposo, que por si no lo ha notado, tiene en ti a una gran mujer que además de ser deportista, tiene una linda sonrisa.

—Debe saberlo— le aseguré—. Ya te he dicho que él es ingeniero, no es urbanista.

Y se fue risueño.

Pobre. Sospecho que no entendió mí ironía. ¿Y de dónde se le había ocurrido que yo estaba casada con el ingeniero?

Pasaron algunos meses sin que el urbanista se cruzara por mi camino, hasta que un día me saludó mientras yo trotaba y cantando distraída.

Me quité un audífono, lo que fue un derroche de cortesía de mi parte y lo que confirmó además el grado de abstracción en el que me encontraba.

—Estuve de viaje. Me fui a Chile a pasar las Fiestas con la familia de mi mujer— me comentó.

—Ah, qué bueno— lo felicité mientras trataba de recordar en qué momento, aquel día que conocí a ese hombre, me había contado que estaba casado. ¿Pero si quería ir a bailar conmigo?

—¿Y qué tal las Fiestas? ¿Cómo está tu esposo?— me preguntó.

—Yo no soy casada— le dije.

—Pero…¿y el ingeniero?— me reclamó tragando saliva y secándose el sudor con el polo.

—Salía con él. Hace semanas que ni sé de su vida.

—Y entonces, ya que no hay un ingeniero de por medio, ¿puedes ir a bailar conmigo?— me invitó sin perder el ritmo.

—¡Cómo han cambiado las cosas!— le dije al urbanista al ajustarme bien mi segundo audífono y mirar al frente sin dejar de trotar—. Cuando te conocí, me diste a entender que eras soltero y pensaste que yo estaba casada. Ahora, resulta que yo soy la soltera y que tú estás completamente casado.

Movió sus labios con alguna prisa, pero yo ya no lo escuché hablar.

Me fui cantando.

Sentí el impulso del aire marino.

La técnica de los audífonos surtía efecto una vez más.

          Escrito por Rossana Sala, el 15 de julio del año 2015. Acabo de regresar de montar bicicleta estacionaria en el gimnasio. —Además de pedalear, ¿cantas?— me preguntó el muchacho de la bici de al lado. Pensé en quitarme un audífono o mejor los dos. 

ADVERTENCIA: LA HISTORIA Y LOS PERSONAJES NO SON NECESARIAMENTE REALES. LO ÚNICO INCUESTIONABLE, ES QUE CUANDO HAGO DEPORTE, CANTO (MAL).


Me acerqué al carrusel del equipaje. Acababa de llegar a Amsterdam. Pronto debía salir mi maleta. Me sorprendí al encontrar una cartera en el suelo. Por sus colores, azules y amarillos, debía ser de alguna muchacha joven. Miré a mí alrededor. Una niña saltaba aburrida al lado de quienes me imaginé eran sus padres. Les hice una seña mostrándoles el bolso  pero me ignoraron.

—¡No deje abandonada su cartera!— me ordenó un guardia de seguridad en un inglés bastante áspero.

—No es mía— le respondí en el mismo idioma estando a punto de levantar las manos en señal de rendición.

Recordé una anécdota de uno de los cuentos de Carver que acababa de leer en el avión. Once horas de vuelo desde Lima, me habían dado el tiempo suficiente para dormir y darle además una detallada lectura al libro. De no ser por el hombre sentado a mi lado con ese olor a cigarrillo impregnado en su cuerpo, el viaje habría sido muy agradable.

—¡Recójala de inmediato!— insistió el guardia—. ¡Si no lo hace tendrá que acompañarme a Seguridad!

En ese cuento, una mujer olvida su bolso en el baño de un museo en Alemania. Una señora, al verlo, revisa su contenido y encuentra un documento de identidad con una dirección en Múnich, la ciudad donde ella estaba. Entonces, decide tomar un taxi para entregárselo a su propietaria.

Sin pensarlo más, hice lo que tampoco debió haber hecho la mujer del cuento de Carver: levanté la cartera.

¿Qué habría en ella? ¿Qué pasaría si me veía su dueña?

Saqué mi maleta del carrusel y me paré en la cola de aduanas. Traté de disimular mis nervios. Hacía frío pero sentía humedad en mis manos. Empezaba a tener calor en el cuerpo. No debía quitarme la chaqueta. El guardia me observaba. Al salir del aeropuerto subiría al primer taxi y revisaría la cartera. Debía contener algún documento.

Faltaban cuatro personas para que me atendieran.

No quería ese bolso conmigo. Seguía en mi cabeza la historia de Carver. La mujer de ese cuento, le entrega la cartera a su propietaria quien al recibirla descubre que le faltan ciento veinte dólares que ella había guardado sujetos con un clip. No le dice nada a la portadora imaginándose que quizás otra persona había cogido el dinero. En agradecimiento, la dueña del bolso y su esposo, la invitan a pasar a su casa para que los acompañe con una taza de té.

La fila avanzaba con lentitud. Una muchacha fue sacada del lugar por los guardias. ¿Sería la dueña de la cartera que yo tenía en mis manos? Traté de verle la cara para poder identificarla luego en algún documento del bolso. Hubiera querido saber qué había en él pero no me atreví a abrirlo. En todo caso, no pesaba mucho. La muchacha levantó la voz y dijo palabras en algún idioma que no llegué a entender. Tendría unos treinta años. Era bastante blanca. Pecosa. Su pelo rojizo y ondulado le cubría los ojos. Casi lloraba. Sí, parecía llorar. Pobrecita, pensé sintiéndome frustrada y hasta culpable por no ayudarla.

—Su turno— escuché a un muchacho detrás de mí.

Me acerqué al oficial de aduanas. Mostré mi declaración y pasaporte junto a una tímida sonrisa. Respondí las pocas preguntas que me hizo. Ya no las recuerdo. Solo sé que traté de mostrarme serena.

—Bienvenida a Holanda— estoy segura que me dijo.

Tomé mi pasaporte y volví a sonreír.

Suspiré con disimulo.

Caminé despacio.

Sentí frío.

Salí del aeropuerto.

En tres minutos ya estaba en un taxi.

—¿Dónde la llevo?— me preguntó el chofer  en inglés.

Abrí la cartera. Debía haber algún documento, algo que me llevara a su dueña.

Una bufanda. Un cuaderno. Un  libro viejo.

Quedé pasmada.

Billetes de dólares unidos por un clip.

¿Sería otra coincidencia?

Preferí no tocarlos.

Hojeé  las  páginas del libro cayendo de ellas un pequeño papel con un texto escrito a mano.

Se lo di al chofer.

Era una dirección.

—¿Queda muy lejos?— le pregunté mientras trataba de calcular cuánto dinero habría en ese clip.

—A quince minutos—me dijo—. Acá, en Amsterdam, todo queda cerca— agregó notando que era mi primera visita a la ciudad.

¿Qué debía hacer?

En el cuento de Carver, la mujer, esa que encuentra el bolso y lo entrega a su dueña, se sienta a tomar el té tan campante y después de relatar con elegancia su vida, viajes y fortuna, muere. Sí, muere. Muere con la boca abierta en la sala de estar, dejando caer al suelo su taza y desplomándose en el sofá. Le buscan el pulso. No hay señales de vida. La dueña del bolso, conmocionada, evitando mirar al cadáver cada vez más pálido, coge la cartera de la buena mujer para tratar de averiguar en qué hotel se hospedaba. La abre. Queda perpleja. Profundamente decepcionada. Allí estaban. Todavía sujetos por el clip. Sus ciento veinte dólares.

—¿Vamos a esta dirección?—me apuró el chofer.

¿Debería llevar la cartera?

—Sí, por favor— le dije casi por instinto.

—¿Se siente bien?— me preguntó—. ¿Subo un poco la calefacción?

—No, así está bien. Gracias— le respondí sin aliento.

Mis manos. Otra vez sudaban.

Me quité la chaqueta. Ordené mis cosas sin mirar más el bolso. No quería contar ese dinero.
FullSizeRenderAtravesamos varias avenidas. Cientos de  bicicletas cruzaban e invadían las calles en un perfecto orden. Eran casi las cinco de la tarde. Estaba cansada. Necesitaba dormir.

—Llegamos— me dijo el taxista al devolverme el papel con la dirección— Son trece euros.

—¿Me puede esperar? Solo debo entregar algo y regreso— le pedí buscando de alguna manera cambiar mi destino.

—Mil disculpas, señora— me respondió—. Tengo una llamada de la central y debo ir por otro pasajero.

Rodé mis maletas muy despacio hacia la puerta de la casa.

La fachada era alargada y angosta. El techo tenía forma de campana.

El cielo estaba gris.

¿Llovería?

Al igual que en el cuento de Carver, vi a una mujer asomarse por la ventana.

Abrió la puerta antes de que yo acaso pudiera tocar el timbre.

Tenía el pelo negro y muy corto. Me recibió con una sonrisa breve, clavando la vista de inmediato en el bolso que yo cargaba en mis manos, al momento que decía en voz alta: ¡Raymond! ¡Tenías toda la razón, darling! ¡La señora trajo mi cartera!

—¡Entre, por favor! ¡Hace mucho frío! Soy Tess —me dijo al darme un rápido apretón de manos—. Este es mi esposo, Raymond Carver.

—Mucho gusto—me dijo al cerrar la puerta un hombre de cejas pobladas y negras.

Pero si yo lo había visto antes.

—Noté en el avión el entusiasmo con el que leía mis relatos—continuó el hombre al llevarse un cigarrillo a la boca—. No se quede allí parada, siéntese, siéntese— insistió mientras hacía espacio en el desorden de la sala—. ¿Nos acompaña con una taza de té?

Rossana Sala.
Lima, 5 de junio de 2015

Basado en parte del relato de Raymond Carver “Póngase usted en mi lugar” publicado en el libro titulado ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?

¡NO JODA!

Posted: 29 April, 2015 in 2012
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Me llamaron la atención las botas negras de la señora que viajaba al lado mío en el avión. Aunque no eran tan altas, se veían poco femeninas y pesadas.

Íbamos de Perú hacia Venezuela, lugares en los que en esta época del año —abril— todavía se siente con fuerza el calor.

Caminar en Caracas con esas botas, pensé, debe ser un horno.

Yo tenía puestas zapatillas para correr ya que viajaba para participar en una media maratón.

Me las quité a los pocos minutos de sentarme. Las dejé al lado de mi bolso, bajo la butaca delantera. Sobre mis medias deportivas, me puse unas de algodón un poco más gruesas que me abrigaban los pies y daban comodidad. Aunque el color de mis zapatillas era demasiado alegre para usarlas a diario (una mezcla de tonos fucsias, amarillos y verdes), preferí llevarlas puestas y evitar así el riesgo de perderlas. Había entrenado con ellas y sería bastante difícil conseguir un par similar.

Leía un cuento de Carver, cuando me interrumpió la aeromoza para ofrecerme el almuerzo. Era aproximadamente la una. El avión había partido con retraso lo que me había dado tiempo para comer algo antes del vuelo así que casi no probé bocado.

Dejé la fuente en la mesita del asiento libre que había entre la señora de las botas y yo.

Abrí los ojos.

Me había quedado dormida. No debió ser por mucho rato puesto que la bandeja seguía donde yo la había dejado.

pan pocilloSin embargo, el pan que no toqué, ya no estaba.

Seguí observando.

La ensalada de papas y zanahorias que empecé a probar pensando que eran piñas y naranjas (presbicia), había desaparecido incluyendo el pocillo de plástico rojo en el que fue servida.

Pobre mujer, pensé. Ciertamente tenía hambre.

Y cuando decidí tomar un sorbo de mi agua, mi vaso tampoco estaba.

Fue en ese punto cuando miré de reojo y sin compasión alguna a la señora de las botas negras.

Mi agua. ¿Cómo se atrevió a tomársela?

Ella, frente a su fuente vacía y sin ningún pocillo rojo, dormía apoyada a la ventana.

Su blusa a rayas azules le cubría el mentón. No era una mujer tan gruesa pero tampoco se veía desnutrida. Tendría unos cuarenta años.

Abrió los ojos.

Se dio cuenta de que la observaba.

No pronunció palabra.

Se paró en el instante en el que un niño en el asiento de atrás empezó a pegar alaridos y a despedir un olor que obligó a su madre a llevárselo al baño (¡gracias a Dios!).

Mi vecina en cambio —ya sin hambre ni sed, me imagino— pasó delante de mí para dirigirse al pasillo no sin antes preguntarme: ¿podré ir al baño de adelante?

—No creo— le respondí parca.

—¡No joda!— me dijo y con su paso firme y sus botas negras se dirigió a primera clase.

A los pocos minutos regresó a su asiento.

Le pedí a la aeromoza otro vaso con agua.

La señora de las botas pidió el suyo.

Me acomodé para dormir asegurando mi cartera y demás pertenencias.

A manera de señuelo dejé tres cuartas partes de agua en mi vaso en la mesa de la butaca vacía que (una vez más gracias a Dios) nos separaba.

La miré con disimulo un par de veces.

Ella no tocó mi vaso.

Yo tampoco.

Yo me quedé dormida.

Sospecho que ella también.

Me desperté con la voz del capitán que anunciaba que faltaban treinta minutos para el aterrizaje.

aguaMi vaso seguía casi lleno.

¿Le habría dado algún sorbo esa mujer?

Pensé en la media maratón que correría dentro de dos días. Veintiún kilómetros. Hacía mucho tiempo que no participaba en una, pero cualquier pretexto era bueno para viajar a Caracas y visitar a los amigos. Había vivido allí por nueve años y era además el lugar donde había empezado a trotar.

—¿Es tuya?— me distrajo la señora señalando la botella del bolsillo delante de mi asiento.

Una cicatriz profunda se dejó ver debajo de la manga de su blusa a rayas.

—Sí— respondí confundida mientras pensaba que quizás esa herida era producto de alguna quemadura. ¿Qué le habría pasado? ¿Por qué tendría tanta sed?

—¿Me puedes servir un poco en este vaso?—

¡Pero si era mi vaso, mi agua y ahora además quería la de mi botella!

—Tome la del vaso— le respondí con sequedad.

Así lo hizo.

Se había comido mi pan, mi ensalada, bebido mi  agua. ¿No era suficiente?

Podía entender que tuviera hambre, pero ¿por qué no le pedía algo de tomar a la azafata?

Por otra parte, responderle que le pidiera un vaso a la aeromoza podría haber sonado descortés de mi parte.

Traté de olvidarme del tema volviendo a mi lectura de Carver.

No habían pasado ni quince minutos cuando el capitán anunció que estábamos próximos a aterrizar.

Empecé a guardar mi libro y a arreglar mis documentos.

¿De qué sería esa marca en el brazo?

El  niño del asiento de atrás chilló de nuevo.

Me quité las medias de viaje y busqué mis zapatillas.

No estaban.

Moví unas mantas y almohadas que la señora de las botas había puesto en el piso bajo los asientos delante de nosotros.

El avión tocó tierra mientras yo seguía sin encontrar mis zapatillas.

¿Cómo podían haber desaparecido? Y ahora, ¿qué haría en la carrera?

El niño dejó de sufrir.

Y allí, agachada entre mi cartera y las mantas, me pareció tocar una bota negra.

Y al ver sus pies (los de la señora), por fin pude encontrarlas.

¡Mis zapatillas!

Y ella…las tenía puestas.

—No joda—. Estaba a punto de repetirle su propias palabras cuando su celular timbró.

—Dios te bendiga, mijo—respondió sonriente—. Sí, ya me devolvieron de Lima—agregó al levantar la voz con un cierto tono de orgullo—. Estoy bien, llegando a Venezuela. Por fin me dejaron salir, mi amor. Nos vemos pronto— se despidió de suijo, mirándome al salir del avión con un silencioso no jodas, llevándose mi botella y mis zapatillas bien puestas.

Escrito por Rossana Sala, en Caracas el 26 de abril del 2015. Acabo de llegar al hotel luego de la carrera. La organización excelente. Bastante hidratación. Seguridad. Música. Aplausos. Tambores. ¡Una gran fiesta! Recordé mis años disfrutando trotar en esas calles.

Debo decir, sin embargo, que fue bastante duro correr bajo el sol inclemente llevando puestas aquellas botas negras.

Además, fue por el kilómetro doce, en plena cuesta, cuando vi lo que hace unos días había dado por perdidas: mis zapatillas.

Puedo jurar que eran las mías. Las llevaba puestas mi vecina de viaje.

¡Era ella!

Tenía en sus manos varias botellas de agua, de esas que reparten a los participantes, y corría perseguida por el personal de apoyo de la competencia.

En esas condiciones, cualquiera hace un buen tiempo. ¡No joda!


Demasiadas olas,
demasiados sueños,
demasiadao viento
y sol.

Demasiadas risas,
Demasiados besos,
demasiado frío
y color.

Demasiados pasos,
demasiado tiempo,
chocolate
y amor.

¿Demasiado?
¿Cuánto es demasiado?

De vez en cuando 
demasiado, 
le da a la vida
sabor.

Por tus sonrisas breves y recuerdos eternos

Como muchos sábados, a la hora que me levanto,  voy a trotar.

La distancia y la ruta no las programo.

Mi plan es simple: pasarla bien. Salgo sola y esa independencia me permite no planificar.

Si me encuentro con algún conocido, nos acompañamos conversando un rato o quizás hasta el final del camino (todo depende de su capacidad para soportar mi perorata).

Esto tampoco está calculado (por ninguno de los dos).

Y fue así como hoy, sonriente y ligera, sin notar que el sol calentaba con la saña que el verano le autoriza, salí a correr.

Avancé por las calles acompañada por mi música, mis pensamientos, mis ganas de no detenerme jamás.

Llevaba puestos esos accesorios que me transforman en un ser de apariencia peculiar: rodilleras protectoras de achaques rotulares; cinturón con botellas de agua y gomas energéticas; reloj que indica la velocidad y la distancia; gorra y anteojos de sol con lunas de espejo que compasivamente intentan esconderme de esa cruel realidad que los años traen consigo (y conmigo).

Fui por los malecones desde San Isidro hacia Barranco.

Siete kilómetros.

Once y media de la mañana.

Crucé el puente de la Bajada de Armendáriz.

Momento de regresar a casa.

El calor quemaba cada vez con más fuerza. El sudor invadía mis  ojos, mis labios.

Me fijé en mis piernas, en mis brazos.

El protector solar había dejado de hacer efecto.

Una vez más cuando me pregunten mis amigos por qué estoy tan bronceada—pensé—, tendré que responder que troté sola y me distraje.

Sin detenerme, tomé agua al tiempo que derretía en mi boca una gomita energética con sabor a cereza.

Vi pasar a una pareja que corría tomada de las manos. Insólito. Pero al igual que yo, lo hacían felices.

Me di cuenta entonces que  volver por los malecones sería avanzar a cielo abierto.

Sin sombra.

Decidí regresar atravesando el antiguo Miraflores. Cualquier calle sería buena. Era cuestión de ir por el lado de la acera en el que los árboles pudieran refrescarme. Por lo menos a ratos.

Avenida 28 de Julio. Larco. Pardo. Miré hacia la derecha. Comandante Espinar.

Allí estaba. En plena esquina. Y esta vez con la puerta abierta.

La casa que había sido de mi abuela.

La vendieron cuando yo tendría diez años.

Nunca más volví a entrar.

Funcionaba ahora como un centro público de salud.

Sin dudarlo, sin pedir permiso, sin quitarme la gorra ni los anteojos, con mis rodilleras bien puestas, mis botellas de agua y la piel salada de transpirar, me dejé llevar por la sombra y los recuerdos.

Sospecho que por mi vestimenta no debí haber pasado inadvertida, pero nadie perdió su tiempo en preguntarme quién era yo o qué es lo que hacía deambulando por allí en esa facha.

En la sala funcionaba la recepción.

En el comedor había escritorios.

¿Sería acaso la cantidad de muebles, papeles, personas desconocidas por mí, que hacían ver el lugar tan pequeño?

La piscina ya no existía. Tampoco el vivero. —Debes tener más cuidado con las plantas, chiquita— recordé las palabras de mi abuela cuando me sacó una espina de la mano.

Gordita, bajita. De sonrisa breve, silenciosa y dulce. Sus labios pintados de un suave tono rosa. El pelo gris siempre arreglado. Así la recuerdo. Con algún vestido azul de diminutas flores. Un sombrero de ala en el verano.

El patio se había convertido en la sección para lactancia de bebes. Le hubiera gustado a mi abuela ver esto, pensé  al encontrar a varios niños esconderse entre las piernas de sus mamás, de las enfermeras. ¿Se escapaban de las inyecciones como yo lo hacía?

Nadie me miraba. Nadie me hablaba. ¿Podrían verme?

Volví al lugar donde antes estaba la sala. Subí las escaleras que llevaban a los dormitorios. Sentí el crujido de mis pasos (y rodillas) sobre las viejas gradas de madera. No vi ningún letrero que prohibiera entrar, solo uno que señalaba la zona de psiquiatría.

¿Sería por eso que me permitían andar así tan campante?

Las habitaciones, convertidas en consultorios, estaban cerradas.

Atraída por la luz del balcón, me dirigí hacia él. Su piso de azulejos no había cambiado. Cerrado por grandes ventanales, era ahora otra oficina, pero a diferencia de las demás, estaba muy iluminada.

—Buenas tardes— distraje a una señora que leía informes en su escritorio.

Sin  permitirle abrir la boca, justifiqué  mi presencia.

—En esta casa nació mi papá. Y ese era el dormitorio de mi abuela— le dije mientras señalaba la puerta que daba al balcón.

—Cuéntame tu historia— me pidió invitándome a sentar en un diván imaginario.

Tuve tiempo para leer el rótulo de su mesa: “Dra. Emma Gutiérrez. Psiquiatra”.

—De niña venía a esta casa para visitar a mi abuela—continué—. Nos reuníamos con mis tíos y primos. Bajo las escaleras había un pequeño bar. Olía raro pero me gustaba. Recién  de grande descubrí que era a corcho rancio…

—¿Y alguien murió acá?— me sacó de los recuerdos.

—No que yo sepa— reaccioné a la defensiva.

—Es que sentimos golpes. Creemos que se trata de un espíritu— me explicó mientras buscaba mis ojos tras mis lentes.

—Debe ser mi abuela—le dije devolviéndole el reflejo de mi mirada y regresando con mi memoria a la infancia—. Era una mujer muy alegre. Le decíamos Amama. Yo la quería mucho. Le encantaba cocinar, hacerle ropa a mis muñecas. Siempre encontraba un pretexto para viajar en familia. Nunca estaba quieta y sin embargo estar con ella me daba tranquilidad.  Pero no se preocupe, doctora— agregué sin dejar que me interrumpa—. Ya no va a escuchar más esos golpes. He venido para llevarme a mi abuela— me sorprendí diciéndole al mismo tiempo que abandonaba el balcón.

—¡Vuelva pronto!— se despidió de mí—. ¿Le programo una cita?

Y troté feliz hacia mi casa y me di cuenta que allí donde busqué la sombra, encontré el sol y que esta vez, lo llevaba conmigo.

Mañana cuando me pregunten por qué estoy tan bronceada, no mentiré si respondo:

-Es que corrí acompañada por mi Amama.

                                                                                            

Lima, sábado 21 de febrero  de 2015

ATRAPADA (poema)

Posted: 24 January, 2015 in 2012
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Y al abrir los ojos

allí estabas.

No fue necesario que me toques.

Bastó tu mirada.

Enero 2015


FullSizeRender—Si golpeas con fuerza la olla, seguro que atraparás una— me aseguró Lucía mientras caminábamos entre los arbustos.

Serían casi las siete de la noche.

El sol se había escondido.

El frio de las montañas empezaba a entrar en nuestros cuerpos.

Mis dedos estaban entumecidos y helados, pero no lo suficiente como para que me impidan batir con entusiasmo la cuchara de palo dentro de la olla.

Tenía que conseguir por lo menos una gambusina.

Por mucho tiempo había oído hablar de ellas, pero nunca las había visto.

—El ruido las atrae, Melissa— me explicó Lucía con firmeza pero sin levantar mucho la voz. No quería espantar a esos animalitos luminosos que, guiados por el eco de las ollas y de nuestro suave llamado a manera de canto (¡Gambusinas! ¡Gambusinas!), en cualquier momento podríamos atrapar.

Ella sabía todo sobre las gambusinas y días antes me había prometido que en nuestras vacaciones a las montañas yo también las conocería.

Por fin podría verlas.

—¡Un beso, ya regresamos!— nos habíamos despedido de nuestra mamá al salir de la casa cargando los implementos necesarios para nuestro propósito: un par de ollas metálicas grandes pero livianas, dos cucharas largas de palo, una bolsa para guardar a las  gambusinas y una cuerda. —Hay que amarrar la bolsa rápido cuando las atrapemos— me había advertido Lucía—. Pero con cuidado. No debemos hacerles daño.

Las nubes ocultaban la luna que de vez en cuando se asomaba curiosa y llena y que, cómplice de nuestras aventuras, alumbraba apenas lo suficiente para que pudiéramos avanzar en la oscuridad entre los árboles del interminable jardín trasero de la casa.

El viento soplaba casi silencioso.

El ambiente era perfecto para atrapar a esos animalitos brillantes y redondos, de no más de diez centímetros de diámetro, sin rostro, escurridizos, alados y con patas imperceptibles. Así me los había descrito  Lucía y así es como yo quería verlos.

Lucía tenía trece años. Su pelo castaño, largo y lacio, le llegaba debajo de los hombros. Era delgada y, para su edad, bastante alta. Nunca estaba quieta. Hablaba mucho pero siempre segura de sus palabras.

Yo, con solo ocho años y el pelo todavía muy corto, confiaba en todo lo que ella me decía.

Era mi hermana mayor.

—¡Atrapé una!— gritó— ¡Abre la bolsa para meterla y ciérrala bien, Melissa! ¡No dejes que se escape! Es inmensa y de las amarillas.

—¡Pero no hay nada!—le reclamé—. La bolsa está vacía.

—¿Cómo que no? Fíjate bien. ¿No la sientes revolotear?

No le respondí.

Traté  de creerle.

Y fue así como esa noche, según Lucía, llenamos la bolsa de gambusinas.

Ella atrapó una roja, dos verdes, tres anaranjadas. Todas relucientes. Dos eran pequeñas y demasiado traviesas.

—Esta huele a margaritas— me dijo con tanta firmeza que pude sentir su aroma a flores frescas—. ¡Qué lugar tan raro para esconderse!  —comentó al sacar a una de las ramas de un arbusto—. Son tan delicadas. Presta atención. ¿Sientes sus susurros? Están  felices. ¡Ey! ¡Mira! ¡Tienes una! Ten cuidado. Suéltala. Aunque ciertas gambusinas nos gusten, a veces tenemos que dejarlas libres. Pero hay que saber cuándo y a cuáles. Si te fijas bien, algunas bailan y cantan. No dejes que esas se vayan. Son especiales. No es fácil encontrarlas. Una vez que las tienes debes saber cuidarlas. Acuérdate que son muy escurridizas.

Yo no entendí nada esa noche.

La bolsa siempre estuvo vacía, pero fue lindo salir a jugar con mi hermana.

Han pasado diez años desde que ocurrió esta historia y, a pesar de sentirme un poco desilusionada cada vez que la recuerdo, también le tengo cierto cariño.

Pero hoy Lucía se fue de la casa.

No vivirá  más con nosotros.

Y al despedirse y verme tan triste, sonrió tranquila, me dio un abrazo fuerte y me dijo: Melissa, es hora que vaya por mis gambusinas. Nunca dejes de buscar las tuyas. Ellas te esperan.

Rossana Sala.  Lima, 8 de enero de 2015

Para Lucía, me hermana menor.

Por sus gambusinas.


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Ericka, una niña de mi Kindergarten, acababa de decirme cómo soñar a colores.

Yo tenía cinco años y una gran curiosidad.

—Si antes de dormir pones estas semillas debajo de tu almohada, tus sueños serán a colores— me había asegurado Ericka al abrir la palma de su mano y mostrarme algo parecido a pequeñas piñas de madera con diminutos agujeros—. Son de los pinos. Por estos huequitos es que cuando duermes salen chispas mágicas— añadió mostrándome de cerca tres o cuatro semillas para guardarlas luego en el bolsillo de su mandil.

Yo no sabía con certeza si mis sueños eran a colores, sin embargo acababa de descubrir que existía una fórmula para que lo fueran.

—No todas sirven—me dijo—. No pueden ser muy grandes ni muy chicas. Las especiales, son las que caen de los árboles que están más allá, al terminar el muro— agregó señalándome la extensa pared de piedras que, bordeada de pinos, protegía el jardín del colegio donde disfrutábamos de nuestros recreos.

—¡Niñas! ¡Suena la campana! ¡A la clase!— oí a la distancia a la maestra.

Demasiado tarde.

En ese momento yo estaba arrodillada escarbando entre la tierra y el pasto.

il_fullxfull.361033176_pwuvDe pequeña no sabía que eso que trataba de encontrar, eran en realidad conos donde los pinos albergan sus semillas. Pero todos eran grandes o demasiado chicos. Por fin encontré uno que me pareció del tamaño perfecto. Tenían que ser de los mágicos. Seguí  buscando.

Conseguí cuatro más.

Me preocupé al pensar que no serían suficientes pero debía regresar a mi salón. Con suerte la profesora no habría notado mi ausencia.

Levanté la vista para ponerme de pie y correr a mi clase.

Me atraparon.

Cerré el puño de la mano derecha con fuerza.  Me dolió al hacerlo pero necesitaba proteger mis semillas.

—¿Qué haces acá Melissa?—me preguntó la profesora mirándome sobre la montura de sus anteojos.

Metí mis manos en los bolsillos al mismo tiempo que veía sus delgados labios arrugarse, preparándose para llamarme la atención.

Con seguridad debían estar muy sucios mis dedos, llenos de barro por rebuscar la tierra.

No me importaba. En ese momento ya tenía mis semillas mágicas y por nada del mundo iba a perderlas.

—¿Qué estabas haciendo?— insistió la maestra—. ¿No escuchaste la campana?

La verdad es que me había distraído tanto, que más allá de algunos pajaritos rojos cantando en las ramas de los árboles, no había visto ni oído nada.

Preferí no contestarle a la profesora quien al parecer no esperaba una respuesta mía, ya que de inmediato me pidió que la siguiera.

Fue exactamente lo que hice aunque  yo esperaba que al llegar a la clase, haría que le muestre mis manos y bolsillos. Era extraño que no lo hubiera hecho apenas me vio.

Para salvar mis semillas mágicas, decidí desviar mi camino por unos segundos y ocultarlas detrás de una maceta con flores lilas.

Nadie me las quitaría.

—¿Qué haces Melissa? —me dijo la profesora.

Una vez más, la pregunta llegó tarde. Mi tesoro estaba a salvo y cuando la maestra me pidió que le enseñe las manos y bolsillos, solo quedaban en ellos rastros de tierra.

—¡A lavarte y directo al aula!— me ordenó—. Y límpiate bien que hoy trabajaremos con plastilina.

Le hice caso.

Y allí sentada en mi carpeta, mientras amasaba mi gran bola de plastilina blanca, me puse a pensar en cómo recuperar mis semillas.

Pedí permiso para ir al baño.

Corrí por ellas. Las guardé en mi bolsillo. Una, dos, tres. Solo conté hasta tres.

¡Pero eran cinco! Una, dos, tres.

Con la mirada busqué rápido a mí alrededor. Como yo era pequeña, era fácil llegar a cada rincón del suelo.

Habían desaparecido.

—No importa— pensé al dar una última mirada—.Tres deben ser suficientes.

Volví a mi salón.

Sudaba.

Hice un muñeco de nieve con la plastilina.

—Está chueco y un poco sucio— me dijo la niña que se sentaba a mi lado cuyo nombre hoy no recuerdo.

—Es que hace calor y se está derritiendo. Es de nieve— le respondí  a sabiendas de mi poca destreza en las artes manuales y sonriendo al escuchar las campanadas que anunciaban el final de otro día de clase.

Debajo del arco de cipreses de la entrada del colegio, rodeada de otras mamás, me esperaba la mía.

—¿Qué tal te fue?— me preguntó.

—Bien, ma— le dije pensando si acaso los sueños podían ser a colores.

Esa tarde me dediqué a contemplar mis semillas.

Las miré de cerca y las miré de lejos. No eran ni muy grandes ni muy pequeñas. Eran secas y duras. No hincaban aunque tampoco eran suaves. No tenían mucho olor. ¡Me atreví a probar una con la punta de la lengua! No tenía sabor a nada.

¿Serían de verdad mágicas? ¿Qué habría pasado con las dos que desaparecieron?

Después de cenar, me despedí rápido de mi mami y de mi papi.

—No dejes de darle el beso de buenas noches al abuelo y de lavarte los dientes antes de dormir— me recordó mi mami.

—¡Sí, ma! Nunca me olvido.

A la mañana siguiente, antes de que mi papi viniera a levantarme para ir al colegio, me fui despacito, todavía en pijama, al cuarto de mi abuelo.

—Te escucho— me dijo con la voz gastada cuando abrí la puerta de su dormitorio—. No puedo verte, chiquita, pero sé que eres Melissa. Ven. Quiero darte un besito.

—Sí, abue. Acá estoy.

Me acerqué a él y con mucho cuidado, busqué mis semillas debajo de su almohada.

Allí estaban, justo en el rincón en el que la noche anterior las había escondido.

Una, dos, tres, ¡cuatro, cinco!   ¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible que estuvieran completas?

—No vas a creerlo chiquita— me susurró acariciándome el pelo—. Yo que ya estoy viejo y ciego, casi me había olvidado, ¡qué lindos son los colores! Siéntate acá un ratito. Déjame que te cuente mi sueño.

 

 

 


Así, casi de la nada,

solo con sonrisas y miradas,

construí un castillo de arena.

Así, casi de la nada,

solo con espuma y aguas saladas,

se lo llevó la marea.

Y donde el sol me acarició,

donde sentí paz,

y tanta, tanta calma,

allí,

no quedó nada.

¿Nada?

Pero quedó la arena.

Tanta, tanta arena.

También mis manos

y el calor del sol

y la espuma del mar

blanca, suave y callada.

(Escrito por mí. Mañana)

(Rossana Sala. Octubre 2014)


—Si no tuvieras arrugas, serías perfecta— fueron sus últimas palabras antes de cerrar la puerta.

Melissa acababa de terminar con su novio.

Bueno, no exactamente. Era su novio quien había cerrado la puerta.

—¿Por qué no te vas a Italia?—le recomendaron las amigas—. Teniendo sangre italiana, deberías ir. Tómate unas vacaciones. Te ves agotada. ¡Diviértete y descansa! Olvídate de tu ex. Mauricio no te merece.  Mira las cosas que te dice. ¿Cómo lo soportas? Dos años con él son más que suficientes.

Entonces Melissa se miró al espejo.

—¡Uy! ¡No! —se quejó al ver tan nítidas las líneas que rodeaban sus ojos—. ¡Qué susto! Era el lado de aumento del espejo— se tranquilizó—. Con razón que se me ve tan arrugada.

Pero, ¡uy! ¡No!

No era el lado de aumento.

Melissa tenía cuarenta y cinco años, un divorcio y una gran cantidad de costosas cremas que usaba para tratar de verse joven (por lo menos a si misma). El problema era que no se acordaba o le faltaba tiempo para aplicárselas. Se pasaba el día trabajando y, ya de noche, al llegar a casa, lo último en lo que pensaba era en sus arrugas, sus manchas o en la flacidez que, a pesar de ser delgada y practicar algo de deporte, empezaba a invadirle algunas partes del cuerpo que (hay que reconocer su destreza al vestir)  lograba ocultar con cierta dignidad.

Melissa cerró su oficina, embadurnó de crema cada rincón de su cuerpo y de su alma, hizo maletas y voló.

Llegó a Milano un día cualquiera de abril.

Eran las cinco de la tarde. El clima estaba fresco y el sol brillaba con timidez aunque con más fuerza que en Lima, la ciudad donde había nacido.

En el aeropuerto la esperaba Elizabetta, una amiga de su juventud (porque Melissa en algún momento fue joven) quien al terminar la universidad se había ido a vivir a Italia.

—¡Ma, tanto tempo sin verte cara amica!—

Tanto, tantissimo tampoco— aclaró Melissa al tirar con energía las ruedas de su maleta y notar que su amiga no le hacía el típico comentario de la gente al reencontrarse.

No. No le dijo que estaba igualita, ni que se veía bien, ni nada por el estilo.

—Estás igualita—

Fue Melissa quien se lo dijo a Elizabetta. Ella sí estaba igualita.

Elizabetta seguía siendo una mujer muy delgada. Tenía el pelo castaño claro que llevaba amarrado en una perfecta cola de caballo que le hacía ver el rostro firme. —¿Sería por eso que casi no tenía arrugas?— pensó Melissa al escrutar con disimulo la cara de su amiga.

Elizabetta la llevó a su departamento, le presentó al mio amore Francesco, a su hijo Livio de nueve años y, entre el movimiento agitado de sus brazos, manos y dedos, le dio explicaciones exhaustivas (pues Melissa quedó exhausta) sobre los lugares que debía visitar en Italia.

Francesco se quedó dormido en el sillón de la sala.

Livio, las observaba sin decir palabra dando saltos sobre las maletas.

—Venezia, Firenze, Roma. Tienes una semana para conocer esas ciudades—le dijo Elizabetta a su amiga.

A la mañana siguiente, después de un cappuccino endulzado con edulcorante y algunos panecillos ciabatta integral con gruesas lonjas de queso parmigiano, largas rebanadas de prosciutto di Parma y unas gotas de aceite de oliva (aunque estaban a dieta, las amigas tenían hambre), dejaron al niño en la escuela y se fueron a una agencia de viajes.

Melissa compró sus boletos de tren. Hizo reservas de hotel.

Venezia, Firenze, Roma.

—Nada de tours—dispuso Elizabetta—. Compras la guía de Italia ¡c´e di tutto! Con eso disfrutarás del viaje sin presiones. Irás dónde te provoque—concluyó—. No te lo he dicho  antes pero te ves fatal. ¿No me digas que sigues extrañando a tu ex novio? A Mauricio. ¡Ese cretino!

—Vamos—le contestó Melissa interrumpiéndola—, demos una vuelta por Milano. Quiero conocer la ciudad. Acuérdate que mañana temprano parto a Venezia.

FullSizeRender (5)Elizabetta y Melissa tomaron otro cappuccino y entre palabras y sonrisas, olvidaron el mundo para disfrutar de la Piazza del Duomo, el Duomo —es una de las catedrales góticas más grandes del planeta—, la Galleria Vittorio Emanuele II —fíjate en la maravilla de su techo de vidrio— y el Museo de Arte Contemporáneo en el Palazzo Reale —cerrado por restauración ¿Y ahora?—.

—Te encantará Italia— concluyó Elizabetta mientras se dirigían en su Alfa Romeo descapotable a recoger a Livio—. No vas a querer regresar a Lima. Las calles, plazas, iglesias, la campiña, el sol…  ¡Tutto è  bello! ¡Bellisimo!

Le advirtió lo que consideraba su regla de oro: la comida italiana e molto buona y eso engorda, en especial a nuestra edad. Pero hay algo más—recalcó Elizabetta. Y luego de un interminable silencio agregó:

No. Mejor no te lo diré.

Y aunque Melissa insistió para tratar de conocer ese “algo más”, estaba segura que así como su amiga sabía hablar, sabía callar.

Al día siguiente Elizabetta me acompañó a la estación central de la Piazza Duca d´Acosta.

Volví a preguntarle eso que no me había querido decir.

— No te lo diré. Confía en mí— me respondió Elizabetta esa mañana cuando partí en el tren de Milano.

Después de dos horas y media, llegué a Santa Lucía de Venezia.

Antes de registrarme en el hotel, me senté a descansar en un café para revisar la guía de la ciudad mientras disfrutaba de un barquillo con helado de crema de leche y finas láminas de chocolate crujiente —Un gelato alla stracciatella— le había pedido al mozo intentado denotar con mi acento y mirada, que la porción debía ser generosa. Bastante generosa.

—¡Buongiorno!  E´ una bella mattina. ¿Es tu primera vez en Venezia?

—Bueno, sí— le respondí al sujeto de anteojos redondos y de escasa barba negra que se detuvo al lado de mi mesa.

Una chaqueta de gamuza beige no lo hacía ver tan mal.

Algo de pelo hubiera enriquecido su apariencia.

—¿Necesitas ayuda?— continuó en su idioma al apoyar sus pesadas manos sobre mi mesa y dar un vistazo a mi libro.

No grazie— le respondí en italiano “segundo nivel” que recordaba de mis clases  (esforzándome para que le queden claras mis palabras) y fijando la mirada en mi helado (para que le quede clara mi decisión de ignorarlo).

—¿Te invito un ristretto?

—No gracias, señor.

—No me digas señor. Me haces sentir viejo. Te acompaño al hotel. Veo que tu maleta es bastante pesada. Permíteme ayudarte.

—No moleste a la signora— intervino un muchacho—. ¿No ve que la incomoda?

—¿Y quién eres tú?— le dijo el hombre de escasa barba al muchacho al mismo tiempo que yo me hacía la misma pregunta.

Con voz delgada pero firme, aquel joven a quien todavía no le asomaba un miserable vello en el rostro, se atrevió a decir:

—Soy su esposo. Il marito.

Dicho lo cual y sin dudarlo, el hombre de barba se fue.

Dicho lo cual y sin dudarlo, el muchacho sin barba se sentó a mi mesa.

—Me llamo Pablo— se presentó el joven—. ¿Cuál es tu nombre? ¿Te puedo invitar algo?

—No te preocupes—le respondí—. Pero gracias por ayudarme.

—Algunos italianos son muy atrevidos— dijo Pablo engrosando el tono de su voz—. Y entonces, ¿me permites acompañarte? Veo que llevas bastante equipaje.

—No gracias— insistí.

Tomé el último sorbo de mi helado, me puse de pie, tiré con fuerza (y dignidad) la maleta y me dirigí pronto prontissimo a mi hotel abandonando sin contemplación alguna a mi “salvador”.

Entré a mi habitación y le di una vuelta a la llave de la puerta.

—Nada de sentarme para almorzar. Ni siquiera a tomar un helado—decidí.

Esa tarde recorrí en góndola los canales de Venezia. Quedé encantada con sus puentes y coloridas casas. Me sentí segura en esas aguas, protegida por el remo de il gondolieri,   patrón de aquella larga y estrecha barca. 

—No hablo italiano—  le dije en español al gondolero antes de que el hombre pudiera acaso abrir la boca. De esta manera, di por zanjada cualquier ilusión que pudiera haber nacido del espíritu galante de aquel  sujeto regordete y sonriente de camisa a rayas rojas.

A la mañana siguiente, un “autobús” acuático al que llamaban vaporetto, me llevó a la Piazza San Marco.

Disfruté al ver a las palomas revolotear mientras picoteaban las semillas que les lanzaban los turistas.

Conocí la Basílica y —guía en mano y sin mirar a nadie—, exploré con curiosidad las calles e islas aledañas.

Al terminar la tarde, subí al vaporetto y volví a mi hotel a descansar mientras pensaba qué sería lo que Elizabetta no me había querido decir.

Mi siguiente objetivo: tomar el tren a Firenze.

Después de dos horas de viaje, campos de trigales y viejas casas esparcidas entre cipreses me dieron la bienvenida al corazón de Toscana.

A las diez de la mañana, llegué a la estación de Santa María Novella.

No me atreví a detenerme a tomar café. Tampoco un helado.

Lo único que tomé, fue un taxi al hotel.

A los pocos minutos de instalada busqué mi guía de calles y salí a caminar.

Atravesé el Puente Vecchio y recorrí las plazas.

Tomé un bus que me llevó a la Piazzale Micelangelo desde donde disfruté de una maravillosa vista de la ciudad.

Volví al centro y, antes de regresar al hotel, me compré un cono de mi helado favorito que saboreé feliz mientras caminaba.

A las seis de la tarde me dirigí a la Piazza della Signoria.

Según el libro, Perseo debía estar muy cerca.

¿Pero dónde?

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Y allí estaba yo, sonriéndole a la vida, parada a los pies de la estatua de bronce de Perseo desnudo y orgulloso sobre el cuerpo decapitado de Medusa y con su cabeza tomada por los pelos formados por serpientes venenosas.

Mientras contemplaba con curiosidad aquella escultura de Benvenuto Celllini, un italiano —de carne y hueso— se me acercó.

Fumaba un cigarrillo.

Me preguntó la hora.

Espiró su pesado humo obligándome a tragarlo.

Intentó averiguar sobre mi vida.

Con más de un pretexto —estoy apurada; no le entiendo; mi esposo me espera— logré que se aleje.

Mi triunfo fue fugaz.

A los pocos minutos reinició su acecho.

Se me acercó. Ya no fumaba, pero el humo seguía impregnado en su cuerpo (y estoy segura que en su alma).

Un pesado anillo dorado adornaba el dedo meñique de su mano izquierda.  Debajo de las mangas de su chaqueta de cuero negro, pude notar la esfera del reloj que llevaba puesto. ¡Pero si me había  preguntado la hora!

Mi preocupación fue in crescendo.

El sujeto mediría un metro ochenta. Era delgado pero se le notaba fuerte. Tendría cuarenta años. No me atrevía a verlo a los ojos (y no tenía un helado stracciatella para disimular mi angustia). Sin embargo, de manera asolapada —como sabemos mirar las mujeres— pude notar su nariz aguileña que resaltaba de su afilada cara entre esos pequeños ojos oscuros que no dejaban de observarme. Su piel blanca, contrastaba con la negrura de su pelo engominado que llevaba hacia un lado hasta alcanzar la perfección.

No. Definitivamente no era mi tipo.

—Mire señor, si no me deja tranquila, chiamo i carabinieri— le advertí.

Me miró arrogante y se alejó hablando solo, echando humo, agitando las manos y los brazos y los dedos, confundiéndose entre la gente.

La tarde de abril era fresca, pero empecé a temblar.

Los turistas iban y venían admirando los monumentos de la gran piazza.

Hércules y Cacus, Patroclo y Menelao, ¿serían acaso los únicos testigos inmóviles y silenciosos (y por su puesto desnudos) de mi angustia?

—Ni siquiera son las siete de la noche—pensé—, pero mejor regreso al hotel. Esto me pasa por viajar sola y hacerle caso a Elizabetta. ¿Qué fue lo que no me dijo? ¡No puede ser! ¡El hombre de la chaqueta y del anillo! ¡Otra vez! ¿Por qué se me acerca tanto?

Ti amo molto. ¿Mi vuoi sposare?— me pidió de rodillas allí, a los pies de Perseo desnudo.

—Tengo un esposo celoso y cinco hijos. Cinque figli, tutti piccoli e anche malcriadini— le mentí en dos idiomas.

Pero se quedó parado y sin decir palabra (cosa insólita en un italiano) solo atinó a abrir sus ojos oscuros y levantar las cejas para quedar estupefacto.

Hasta hoy no sé si aquella expresión —sorprendente, por cierto— fue generada por los celos del esposo, la historia de mis hijos, porque no me entendió una palabra o porque el adjetivo malcriadini —después lo supe—era un invento mío.

Miré a mí alrededor.

No había un solo policía, pero pude descubrir entre la multitud a un hombre alto, pálido, de pelo blanco.

—¿Quizás pueda ayudarme? No tiene pinta de italiano—pensé.

Sin responderle al hombre de la chaqueta ni darle tiempo para que reaccione me escurrí entre la gente guiada por mi profundo instinto de supervivencia.

Excuse me, sir — le dije en impecable inglés al caballero de pelo blanco, notando que mi voz se debilitaba al mismo tiempo que descubría en los ojos de aquel “sir”, que se trataba de un ser albino—. ¡A man is following me! ¡Help me, please!

Felice di aiutarti!— me respondió mostrándome su escasa, pero dorada y brillante dentadura.

¡Otro italiano! Intenté tranquilizarme. No todos serían como el de la chaqueta negra. ¿O sí?  —¡Elizabetta! ¿Qué fue lo que no me dijiste?— Tenía que llamarla a hacerle esa pregunta.

Algo estaba pasando en Italia.

Algo iba a pasar en Italia.

—Mire señor,—le expliqué very proper a aquel sujeto desdentado, pero al parecer fino— por favor, solo le pido que converse conmigo unos minutos mientras vemos el espectáculo —un mimo pegaba brincos y la gente reía regalándole aplausos y euros—. Solo hasta que se vaya ese hombre. El de la esquina. ¿Lo ve? El alto de chaqueta oscura.

—¡Con gusto carissima! Pero trátame de tú, bellezza.

¿Carissima? ¿Bellezza?

Unas cuantas piruetas de mimo después…

—Bueno. Grazie mille. Me despido. El hombre ya se fue —le dije—. Sei un perfetto gentiluomo— agregué mirándolo directo a sus ojos translúcidos.

—Te acompaño a tu casa. ¿Cómo voy a dejar caminar sola por estas calles oscuras a una bella donna? Io sono un vero gentiluomo!

¡Me atacó con mi propia defensa!

—No gracias. Puedo irme sola. Solísima. Solitísma— respondí ampliando una vez más el realísimo diccionario de la lengua italiana.

—Pero te invito una copa de champagne cara mia.

—No es necesario. Yo me voy sola. Solísima. Solitísima— respondí nerviosa.

—Pero te acompaño.

Arrivederlo— le dije alejándome de su sonrisa hueca y de su mirada abismal.

—Mejor caminaré unas cuantas cuadras por los alrededores antes de llegar al hotel. No vayan  a seguirme— pensé.

—Óigame señor—le pedí al botones—. Nadie puede subir a mi cuarto. En esta ciudad no conozco a nadie. ¡Nessuno! ¿Hai capito?

Entré a mi habitación. Le di dos vueltas a la llave de la puerta.

—No más salidas después de las seis de la tarde— decidí resignada.

Aquella noche dormí sin cenar.

Siete de la mañana. De acuerdo con mi plan de viaje, iría a Toscana.

Después de un café acompañado de un croissant con prosciutto (servicio a la habitación, por supuesto), me uní a un tour.

—¿Viene sola?— me preguntó el conductor abriendo con exagerado entusiasmo la puerta delantera del pequeño autobús.

Sola, solísima, solitísima, pensé al sentarme sin responder.

—¡Benvenutti!— me dijo contándome que se llamaba Mario al mismo tiempo que me presentaba a los demás miembros del grupo: cuatro mujeres y cuatro hombres. Pronto descubriría que tres de las parejas estaban de luna de miel y la cuarta celebraba  veinticinco años de matrimonio. ¿Y yo? Sola, solísima, solitísima, sentada junto a Mario.

—Pero no importa—pensé—. Será interesante el paseo y practicaré italiano.

Atravesamos el campo verde y florido, hasta detenernos en Chianti para catar vino y degustar quesos y fiambres.

Rodeada de parejas de enamorados, recordé la película “Bajo el sol de Toscana”, en la cual la protagonista, deprimida luego de su divorcio, se instaló en una vieja casona donde conoció al hombre de su vida. Bueno, a decir verdad, no recordaba el final de la película, pero era lógico que algo así sucediera.

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El chofer se detuvo para que los pasajeros disfrutemos de aquella vista repleta de girasoles y del cielo azul que en Lima solo podía imaginar.

—Siena fue uno de los sitios donde se rodó  “Bajo el Sol de Toscana”—dijo el chofer al mirarme a los ojos como si supiera lo que yo pensaba. —¿Y cómo es que una mujer como tú viene sola a Italia?— me preguntó frente a todos los turistas—.Tengo la impresión que te quieres quedar a vivir acá. Yo puedo acompañarte—  agregó.

—No lo comprendo. No hablo italiano— mentí en español y no volví a abrir la boca hasta llegar al hotel de Firenze.

Entré a mi habitación. Le di de tres vueltas a la llave.

Al día siguiente tomé el tren a Roma.

Durante el viaje no le dirigí la palabra a nadie. En silencio, contemplé el paisaje, leí, escuché música y, en los momentos que así lo requerían, esos en los que tenía la impresión de que alguien estaba a punto de invadir mi espacio vital, simulé estar dormida.

En el camino, bajé del tren tan apurada para conocer la Torre di Pisa, que más de uno habrá pensado que temía su hundimiento antes de tomarme una foto.

Pero no corría por eso.

Es que entre los pasajeros, estaba segura de haber visto a un hombre pálido, de pelo muy blanco y dientes escasos.

—Piano. Piano— me aconsejó una anciana.

—Piano. Piano. Tranquila, Melissa. Es tu imaginación. Nadie te sigue—  me dije.

Y fue así como llegué a Roma, mi último destino en Italia, sin haber podido comunicarme con Elizabetta (su línea telefónica siempre estaba ocupada).

Dispuesta a conocer la ciudad sin interrupciones, usé lentes oscuros y me coloqué audífonos para escuchar al guía del ómnibus de turistas. Bajé en algunas estaciones sin quitarme los audífonos ni los anteojos y mirando con cuidado a mi alrededor.

No quería toparme con  aquel hombre de escasos dientes y perturbadora sonrisa.

Por tres días me dediqué a visitar el Pantheon de Agripa, el Museo del Vaticano, la Basílica de San Pedro en la que me detuve a rezar un rosario completo, vi de lejos al Papa, conocí el Coliseo, el Foro Romano y la Fontana de Trevi en la que me animé a lanzar una moneda. Durante mi recorrido no me senté a probar bocado. Solo de pie, entre fuentes, iglesias y coliseos, saboreaba mi helado stracciatella. Estaba a punto de sentirlo en mi cintura, pero no le di importancia. Al regresar a Lima haría deporte y dieta. Además de mi amor por el helado, por nada del mundo quería sentarme a comer ya que existía el riesgo que se me acercara a conversar algún desconocido o, peor aún, el hombre sin dientes.

Estaba segura de haberlo visto en el tren.

Fue durante mi última noche en Roma, al caminar de regreso al hotel por la Vía del Corso, cuando decidí hacer algo diferente.

Estaba aburrida de los helados. Mi estómago pedía algo tibio, algo salado.

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Pasé por un restaurante cuando escuché la música de un órgano y la voz alegre de un italiano que cantaba al ritmo de su teclado.

La tentación por entrar a ese lugar fue grande.

No quedaba ni una mesa libre, así que me acomodé en la barra.

Empecé a saborear unos  tortellini al pomodoro con salsa al basilico e ricotta acompañados de una copa de Chianti.

De pronto, escuché al italiano de la voz alegre presentarse al público como Riccardo y preguntar a la gente de dónde venía.

No estaba mal el italiano. Tendría unos cuarenta años. La piel muy blanca. Desde donde me sentaba, casi podía asegurar que sus ojos eran claros. Me los imaginé verdes. Su pelo debía ser negro. Castaño oscuro, quizás. Lo llevaba amarrado en una cola muy corta que le caía sobre la espalda. Parecía una persona relajada y lo más importante: sonreía. No dejaba de hacer comentarios alegres.  Su mirada y su rostro relucían.

Cuando llegó mi turno, tuvo curiosidad por saber mi nombre.

—Melissa— me demoré en responderle por contemplarlo absorta.

Desde aquel momento, el alegre organista no dejó de dedicarme canciones y cuando no lo hacía me pedía disculpas.

Me divertí tanto que me animé a pedir otra copa de vino.

De pronto, vi pasar por la puerta del restaurante a un hombre. Iba y venía con pasos cortos y firmes. No dejaba de llevarse un cigarrillo a la boca. De mirarme. Entre idas y venidas, no lo vi más.

Me sentí aliviada.

¿Pero quién podía ser? ¿Sería el albino de dientes escasos?

No. Tenía que ser el hombre de la chaqueta de cuero negro que no dejaba de fumar. El que me había pedido la mano bajo la estatua de Perseo desnudo.

De un momento a otro, empecé a sentir olor a cigarrillo.

—Te invito una copa de vino—   me ofreció alguien sentado a mi lado.

—¿Qué haces acá?— le pregunté asustada—. ¿Cómo me encontraste?

No me respondió.

Miré a Riccardo.

Riccardo me miró. No me conocía. No podía entender lo que pasaba. No me ayudaría. Sin embargo, notó mi angustia y me lanzó un suave guiñó y media sonrisa.

Me sentí más tranquila.

¿Cómo me habían encontrado en Roma?

—¿Por qué no vienes a esta mesa?— me invitó Riccardo señalándome un lugar cercano a donde él tocaba su música.

Me paré.

—¡No te vayas! Quédate conmigo— me dijeron.

—¡Déjame en paz!— respondí confundida abandonando mi banca en la barra para ocupar el lugar que me había ofrecido Riccardo quien volvió a regalarme media sonrisa, completando así la otra mitad que tanta falta me hacía. Siguió cantando. Por fin lo veía  de cerca. Su pelo era muy lacio, castaño oscuro.

Me concentré en la música y la alegría de la gente. Algunos bailaban.

Sería más de las once de la noche.

—Es hora de irme— reaccioné.

Hice una seña para pedir la cuenta. —Va por la casa— me dijo una muchacha—. Te invita Riccardo.

Mientras trataba de comprender lo que pasaba, el organista feliz apareció a mi lado.

Todo sucedió tan rápido.

Volví a echarle un vistazo a la barra. Allí seguía él. Mirándome. Parecía triste.

—¡Tanto piacere bellísima!— me dijo el cantante al darme un beso en cada mejilla.

Eran verdes. Sus ojos eran tan verdes como me los había imaginado. Pero no, no tenía cuarenta años.  Unos treinta y cinco, podría ser. ¡Dios mío! ¡Era mucho menor que yo!

Y mientras lo contemplaba y él hacía lo mismo conmigo, alguien se acercó a nuestra mesa.

—Disculpe, ¿puede dejar tranquila a la señorita?— exigió Riccardo en italiano—. ¿Quién es usted?

—Soy su novio— respondió Mauricio en español—. Y he venido a llevármela. Te extraño,  Melissa.

—Mi ex novio— lo corregí en tres palabras, mientras al oír su voz venían a mi mente los años de mi vida bajo sus reproches.

—Vamos Melissa. ¿Quieres salir a caminar?— me ofreció Riccardo (con seguridad sin entender las palabras de Mauricio pero sí mi preocupación)—. ¿Quién es ese hombre?—me preguntó en la puerta del restaurante—. ¿No es muy viejo para ti?

Tanto, tantissimo tampoco— le respondí sonriendo.

—¿Ti piacerebbe un gelato alla stracciatella, bellisima?— me dijo, apoyando con suavidad su brazo sobre mi hombro.

Fue en ese momento cuando descubrí lo que Elizabetta no quiso contarme aquella mañana, cuando partí en el tren de Milano.

Rossana Sala. Noviembre 2014


shoesPor diferentes razones, dejé de trotar en forma regular. Durante  varios meses, demasiados, lo hacía solo de vez en cuando: me inspiraba, me olvidaba del frío, me esforzaba por no fijarme (mucho) en el pálido cielo limeño y salía a correr.

Claro. Como era de esperarse, no tenía resistencia. Me dolía todo. No disfrutaba de la ruta ni llegaba muy lejos. A mí, que me gusta avanzar por los malecones de Barranco, Miraflores, San Isidro y hasta donde pueda olfatear las olas del mar, no podía hacerlo. No tenía ganas. Me molestaban las rodillas. Me conformaba así con las calles y su tráfico, con escuchar la música de mi iPod y regresar a casa sin haber disfrutado de la brisa marina para dejar en un rincón las zapatillas e ignorarlas hasta cualquier otro día de inspiración. Si es que llegaba.

Hace algunas semanas, sin embargo, convencida por la vida y los amigos, volví a encontrarme con las pistas. Volví a disfrutar de ellas al ritmo de la música y regresé al doctor para que me ayude con aquel malestar a las rodillas que colaboró en el desarrollo exagerado de mi abulia. —Es que no puedo correr. Me duelen demasiado— mentía sin asco ocultando mi falta de ánimo y cualquier otra razón. La había.

Y fue en este proceso de “otra vez correr” y así de alguna forma  “volver a la vida”, que esta mañana troté más contenta que lo usual.

No sé si brilló el sol pero estoy segura de que mi corazón lo hizo.

Y allí, mientras saboreaba la brisa marina, me puse a pensar en cómo este deporte tan sencillo puede ayudarnos a seguir adelante. Es que cuando corres, avanzas, y a medida que lo haces dejas atrás, tirado como el escombro, en cualquier kilómetro de la ruta, tus problemas, tus confusiones, los pesos que no quieres cargar más por la vida. Y  todo eso -que me he atrevido a llamar “escombro”- es mejor que no lo dejes en el punto de partida, no vaya a ser que al llegar a casa lo encuentres de nuevo en tu puerta y no quede espacio para reemplazarlo por las sonrisas y energía que descubriste en tu camino.

Esta mañana me di cuenta​, también, de la gran diferencia que existe entre tratar de salir a flote en la vida cuando has estado haciendo deporte en forma regular, y el intentar seguir adelante cuando  el deporte ya no es parte de tu rutina.​

En momentos difíciles, reiniciar el trote es un reto tan grande como querer caminar llevando costales de arena amarrados a cada uno de tus pies.

Si no dejaste de correr, en cambio, aunque lo momentos sean duros, seguir trotando es darte cuenta que la felicidad está al alcance de tus zapatillas.

Y con esto no quiero decir que no necesites cargar contigo líquidos, gomas y geles energéticos.

Todo ayuda.

Pero pronto no serán necesarios.

Serán solo tú y tus zapatillas.

Aunque la música es otro complemento importante.

Me encanta correr al ritmo de canciones alegres, que aceleran el paso.  Sin embargo, gracias a las funciones satelitales de mi reloj que me permiten conocer la velocidad a la que troto, me doy cuenta de que muchas veces voy demasiado lento. Nadie me saluda. Todos se despiden. Eso me sucede cuando estoy muy cansada o cuando empecé a escuchar alguna cancioncilla melancólica y melosa que cargué en mi iPod en mis ratos de desmesurada nostalgia.

No.

Hay situaciones en que está claro que esas canciones no sirven.

¡Olvídalas! Sáltalas o trótalas sin entender lo que intentan susurrarte. ¡Para eso tienes puestas las zapatillas! Aprieta el paso. Y si te es posible, cómete un gel de inmediato o dale un buen sorbo a tu bebida energética favorita. Eso es lícito. ¡Vamos! Sube el mentón. Mira hacia adelante. Sonríe. Respira. Toma impulso. Levanta con fuerza las piernas. Usa tus brazos como remos.

Cualquier día te sorprenderás contigo mismo y hasta olvidarás cuánto, pero absurdamente cuánto, te llegaron a doler esas rodillas.

Dicen que la felicidad está al alcance de las manos.

Pero yo pienso que también está al alcance de las zapatillas.

Escrito en Lima, un día de octubre del año 2014. Son casi las dos de la tarde y hasta ahora no me quito las zapatillas. ¿Para qué?


 

Abril, 2017.

 

Querido Mark,

Anoche, después de las casi dos horas que conversamos por teléfono, sabía que iba a soñar contigo:

Por alguna razón yo estaba en tu casa. Era una invitada. Me quedaba a pasar la noche, pero claro, en el cuarto de visitas.

Tú dormías en el dormitorio principal con tu esposa. (Sé que eres soltero. Eso me has dicho. Pero fue un sueño y lo que soñé es lo que escribo).

En algún momento (sería la mañana siguiente en el sueño), me desperté y ya no estabas.

Tu esposa tampoco.

Dos señoras bajitas, regordetas y felices, preparaban algo de comer. Por la hora debe haber sido el desayuno. (Entiendo bien esta parte del sueño. Es que de tanto hablar contigo me fui a dormir sin probar bocado).

Una niña y un niño de unos ocho años o diez aparecieron dando brincos. Eran rubios, crespos  y pecosos y vestían pantalones cortos y unos polos amarillos de algún material ligero. (Debe haber sido verano en mi sueño, lo que me llama la atención por el frío que siento estas últimas noches).

Había un tercer muchachito de doce años, me imagino. Tenía el pelo negro y liso, la piel canela y andaba también en pantalones cortos.

Interrumpí a las señoras (las que cocinaban entre cuchicheos) para preguntarles quiénes eran esos pequeños. Me dijeron que los tres eran tus hijos (¿pero no tienes, verdad? ¡No sé por qué tuve que soñar eso!).  Mencionaron también que tenías un hijo mayor que por esos días no andaba en casa. Que iba a una universidad en las afueras de la ciudad.

Entonces —sin que yo dijera palabra— las mujeres me explicaron que el niño de pelo negro lo tuviste mientras estabas casado con otra mujer. No con tu actual esposa.  “En paralelo”, aclararon.  Tu hijo el universitario, también lo habías tenido con otra mujer.  (En esta parte, el sueño tuvo ciertos rasgos de pesadilla.  ¿No te parece?).

Al irme (porque en algún momento debía marcharme de tu casa, que dicho sea de paso no tengo idea de en qué país estaba), aquellas señoras, las de los cuchicheos,  me dieron algunas cosas para que me lleve, envases vacíos, no recuerdo bien. Algo me dieron.

Me despedí de los tres niños. Había jugado con ellos en el jardín y eran muy bien educados (¡te felicito!). (Ya sé que vives en un departamento, pero sería bueno que tuvieras por lo menos un patio para los niños, ¿no crees? ¡Pero si no tienes niños!)

Entonces salí.

No me despedí ni de ti ni tu esposa pero no vayas a pensar que fue por mala educación o por celos, ¡claro que no! Fue simplemente porque, como te dije, ustedes habían salido.

Me fui manejando mi carro.

Era una carretera larga y sin gente. No había construcciones tampoco.

Avancé en silencio cuando de repente (y aquí empieza la parte interesante que con seguridad me hizo llegar feliz a la oficina porque esta mañana apenas me saludó un colega me dijo que se me veía radiante). Como te decía, manejaba cuando de repente:  te vi.

Como tenía que ser, corrías por la carretera. Trotabas. Sudabas. Venías en dirección contraria a la mía.  (Un poco de lluvia en ese momento hubiera caído  perfecta en el sueño.  ¿No es cierto?)

Me detuve.

Me alcanzaste para saludar.

Yo estaba en el carro y tú de pie al lado de mi puerta.

Entonces,  me recosté en tu pecho.  (Esa parte no la entiendo técnicamente pero sí emocionalmente, porque si estabas parado y yo sentada en el auto, no sé cómo podía recostarme en tu  pecho. Pero así fue. Y tú me agarrabas la cabeza. Me hacías cariño. Y yo no te soltaba. Eso duró mucho rato y le doy gracias a Dios porque no me desperté en ese momento, lo que me hubiera frustrado de sobremanera y me hubiera obligado a tratar de volver a dormir para continuar con ese sueño y poder sentir por más tiempo tu corazón y tu calor y tu cuerpo).

Pero en fin, las cosas buenas terminan, así que levanté la cara y me miraste con tus ojos lindos y tu barba y tu nariz perfecta,  tu sonrisa suave y tu pelo revuelto.

Y me diste un regalo:

Era rarísimo. Una invención mía obviamente. Era blanco. De plástico. Estoy segura que era blanco (y de plástico). Tenía  piezas largas y delgadas que  al juntar y cerrar formaban una bola o una flor (de plástico).

Te agradecí y de un momento a otro vimos que nos miraba impaciente, allí parado, tu hijo de doce años. El de pelo negro. Estaba aburrido de vernos.  (No sé cómo llegó al lugar si me había despedido de él en el jardín de tu casa. ¿Te acuerdas?)

Como te decía, tu hijo nos observaba. Quizás trotaba a tu lado y no me fijé en él  por mirar tus ojos y tu barba y tu pelo y tu nariz perfecta y tus manos y por sentir tu pecho.

Te fuiste con él.

Yo seguí mi camino.

Pero ya no era llano ni suave.

Tuve que atravesar un pueblo de calles angostas, llenas de piedras y barro (¿Si no había llovido?).

De pronto, allí, frente a mí, apareció una profunda pendiente.

Y yo que no soy buena al volante, frené de golpe.

Tuve que dejar de respirar.

Fue en ese momento cuando sonó el despertador.

No sé si hubiera podido seguir por esa ruta…sin ti a mi lado.

Beatrice


 

Y con aquellas manos te llevaste el polvo.

 

No eran sonrisas, ni cantos, ni danzas.

No eran pasiones, ni celos, ni arpas.

Eran intentos,

eran recuerdos,

eran los restos de las esperanzas.

 

Y con aquellas manos se borró la magia.

 

fotoY me subí a mi tabla,

y dejé la orilla,

y me puse de pie,

y remé con fuerza,

y me alejé sin rumbo

en busca de olas,

de vientos,

de calma.

 

f2Y canté en voz alta,

y bailé sin ritmo,

perdí el equilibrio

y sentí las aguas

frías

y saladas.

 

Y nadé con ganas,

y volví a mi tabla.

Me abrazó el sol,

y con aquellas manos regresó la magia.

f3

 

SWAP

Posted: 27 March, 2014 in 2005, Diciembre (SWAP) Relato

nycDespués de difíciles negociaciones, por fin habíamos cerrado la operación. Catorce días en una oficina, sin conocer la vida de Nueva York, fueron suficientes.

—Conseguí reservas en el nuevo restaurant thai de Soho. A las ocho menos cuarto nos vemos en el lobby del Hilton para salir juntos  —nos dijo Fabio, un entusiasta argentino que conocía los points de moda.

Era viernes.

Al día siguiente debíamos volver a nuestros países de origen, pero antes disfrutaríamos de esa intensa ciudad.

La decoración minimalista en blanco y negro y la música chill-out  cargada de energía, creaban la atmósfera perfecta para una linda noche.

—¿Is this your coat? —me preguntó con voz grave un muchacho alto, de pelo castaño y espesa barba. Me miró tan fijo con esos ojos verdes y traviesos que yo, con un vergonzoso inglés de escuela primaria, le respondí: “yes it is”.

Efectivamente, era mi abrigo. Minutos antes lo había dejado sobre una banca junto a la barra del restaurante.

—¿What´s your name?—siguió averiguando el gringo mientras yo lo observaba de pies a cabeza pero con recato.

El blazer azul marino, el pantalón plomo y los zapatos de gamuza gris, lo hacían ver elegante y sobrio. Tendría solo algunos años menos que yo. Su acento parecía británico. No estaba segura. Pero, de lo que no tenía dudas, era de su aroma. A madera. A hombre. Olía demasiado bien.

Nueva York se ponía interesante.

—Rossana —le respondí tímida.

—Es un lindo nombre. Soy Jeff. ¿Viniste con tu esposo? —me preguntó en perfecto español.

—No, no —lo corregí rápido—. Estoy con colegas —le dije al señalarlos—. Los tres de la derecha son abogados, igual que yo, y la de la izquierda, es ambientalista.

Mis amigos conversaban entusiasmados sin notar mi ausencia.

Yo, a mis cuarenta años, era la mayor del grupo.

—¿Y no te cansas? ¿Todo el día juntos y además salen de noche? Acompáñame  a mi mesa que estoy solo. Te prometo que la pasaremos bien.

La propuesta era tentadora, pero la rechacé de plano.

—¡No gracias! ¿Cómo voy a hacerles eso a mis amigos?

—Les preguntaré —me dijo y se les acercó.

—¿How ya goin’? My name is Jeff Davis. Soy australiano, piloto de NZ Airlines. Acabo de conocer a Rossana. ¿Podría invitarla a cenar conmigo? Ustedes siempre la ven…—les pidió haciendo sonar los hielos de su vaso de whisky.

—¿Cómo se le ocurre que me van a dejar con un desconocido? —pensé.

—¿Quierges llevargté a Rossaná? ¿Estás segurgó? ¡Ella es aburgridá! ¡Soló tgrabajá!—le advirtió Philippe, como siempre haciendo gárgaras con las palabras.

—A mí me parece divertida —insistió el piloto.

—Si eso cgreés, podrgrás llevagrtelá si nos trgaés a una chicá a cambió —dijo.

Philippe era un francés de ingenio extraordinario que usaba en los momentos más inesperados.

—Haremos una operación de Swap. Un intercambio, una permuta —precisó Camilo, el colombiano del grupo.

Todos estuvieron de acuerdo salvo Kate,  la ambientalista irlandesa, quien soltó atropelladas sílabas.

Yo, al fin y al cabo abogada, aparenté no aceptar la propuesta, así que el australiano se dio media vuelta despidiéndose con un ¡See ya later maits!

Y cumplió su promesa.

Media hora después, nos volvió a ver.

Se nos acercó escoltando a una mujer muy joven y tan alta como él.

—Les presento a Sharon —dijo.

Jamás había visto los ojos de mis amigos resplandecer de aquella forma.  Debió ser la sonrisa deslumbrante de esa rubia de curvas, vestido rojo y escote, lo que casi los obligó a babear.

Luego de cómplices miradas y de la implícita aprobación del Swap por mis colegas (menos Kate, quien  balbuceaba), el australiano se dirigió a Sharon:

Darling —le dijo—, acabo de encontrarme con mi querida amiga Rossana. No la veo hace muchísimo tiempo. Serías tan amable de quedarte con sus simpáticos compañeros mientras ceno con ella.

La cara de Philippe quedó desencajada.

Kate enmudeció.

Yo no sabía dónde esconderme.

A Sharon se le contrajo el rostro y se marchó furiosa.

—¿Dónde vas, piba?— le preguntó Fabio.

—El Swap fue un fracaso —concluyó el colombiano desesperanzado.

A mis colegas y a mí, solo nos quedó probar una mezcla de sabores dulces, picantes, agrios, amargos y salados típicos de la comida thai y de la vida nocturna neoyorquina.

Pero el piloto australiano no se rindió.

Al momento del postre, se puso de pie desde su solitaria mesa para  acercarse a la nuestra y pedir acompañarnos.

Acepté feliz. Era lo mínimo que merecía semejante caballero después de su inconmensurable esfuerzo por pasar un rato conmigo.

Tres botones abiertos de su camisa blanca dejaban ver los pelos de su pecho.

Apoyó sus rudas pero suaves manos sobre la mesa.

En su lengua natal, me describió sus aventuras atravesando el  mundo.

Después de dejarme tan atónita como mis amigos cuando apareció (y desapareció) la rubia, le conté sobre mi vida.

—¿Cuál es tu edad? ¿Tienes hijos de quince y trece años? —me interrumpió mientras acomodaba mi cartera en la silla.

En ese instante  me vi obligada a voltear la cara para buscar ayuda.

—Philippe, ¿qué hago? ¡Solo tiene veintiocho años y quiere saber mi edad!

—Miéntele o no respondas —me aconsejó sin gorjeos.

Pero cuando volví el  rostro, el piloto ya no estaba.

—Salió a fumar—me dijo Fabio—. Para mí, que te cambió  por la mina de rojo, ché. Andá, borrá esa carita triste. Salí conmigo. Vamos a bailar a un boliche —me sorprendió.

— ¿Otrgó Swap? —intervino Philippe sarcástico, cuando de pronto el piloto, mi piloto, se sentó a mi lado una vez más.

Nueva York. Diciembre del año 2005


fot —¡Síganme! —les dije a mis hermanas.

 Estábamos en Mariposilandia.

Unas cuantas horas en auto, desde Lima con dirección a las montañas, eran suficientes para llegar a un paraíso repleto de mariposas amarillas, azules y anaranjadas que revoloteaban sobre lirios y fucsias, y se escondían entre retamas.

Con hermanas de cinco y cuatro años, yo que tenía ocho, era la jefa natural del grupo.  —Háganle caso a su hermana mayor —les repetía mi papi confiando siempre en mis decisiones.

—¡Tras ellas! —les ordenaba a Lore y Chivi para empezar nuestra cacería con una delicada red. Belo, mi perro de ojos tristes, nos seguía con la lengua afuera y a punto de pisarse las orejotas con cada paso que daba.

El plan era verlas de cerca, rozarlas con las yemas de nuestros dedos y admirar el reflejo de sus colores a la luz del sol. En el colegio habíamos estudiado cómo se transforman las orugas en mariposas, pero esto era mucho mejor. Después de tenerlas prisioneras por unos minutos y en especial cuando mi papi descubría nuestra hazaña, las dejábamos libres. Belo trataba de alcanzarlas entre ladridos y sin saltar muy alto debido a sus patas cortas y pesado cuerpo.

Una tarde fue diferente.

Como siempre, nuestra vieja camioneta blanca estaba estacionada a la orilla de la carretera. Árboles de gruesos troncos  crecían a lo largo de la ruta. Podía sentirse la corriente del río empujar las rocas. El ambiente era fresco, con un delicioso aroma a tierra mojada a causa de la lluvia que minutos antes se había detenido. Las gotas de agua almacenadas en las copas de los cedros nos salpicaban de vez en cuando.

El clima era perfecto para que las mariposas salieran a disfrutarlo y deambular al suave ritmo del viento.

Mi papi preparaba en el auto los típicos sándwiches de jamón y queso que solía hacernos mi mami en los paseos.  Pero ella ya no estaba con nosotros y mi papi se esforzaba por hacerlos tan ricos como los recordábamos. Me ofreció uno, pero no acepté. —Guárdamelo para más tarde —le pedí. Tenía algo de hambre, pero por nada del mundo quería perderme los últimos rayos de sol iluminando a las mariposas.

Pronto debíamos irnos de Mariposilandia para regresar al hotel en el que nos hospedábamos.

—¡Belo!  —lo llamé cuando se escabulló para perseguir a un grupo de seis o siete enormes mariposas. Parecían más grandes que las palmas de mis manos. Eran azules salpicadas con puntos negros. Nunca las había visto batir sus frágiles alas con esos movimientos tan finos y veloces. ¡Podían volar hasta donde quisieran! ¡Seguro que llegaban al cielo!

—¡Regresa! —le exigí otra vez, pero Belo, que adoraba ir tras cualquier bicho que cruzara por sus narices, empezó a dar brincos y correr al borde de un riachuelo para intentar alcanzarlas.

Traté de detenerlo. ¡No podía escaparse!  Mi papi buscaría cualquier pretexto para llamarme la atención.  Él no me entendía. No quería que yo tuviera un perro.

—¡Belo! —volví a gritarle.

Pero desapareció.

También las mariposas.

Asustada, bajé con dificultad por una pendiente pedregosa y bañada de musgo.

Doblé a la derecha entre tupidos matorrales.

Dejé de oír las aguas del riachuelo.

No había nadie.

—¡Papi! ¿Me escuchas?

Sentí pasos.

—¡Lore! ¡Chivi! ¿Dónde están?

Cientos de hojas doradas, pardas y verdes caían de los árboles.  Las ramas no dejaban de hacer ruidos al golpearse unas contra otras.

Empecé a escuchar unos chirridos. Eran loros. Tenía que pensar que eran loros.

Decidí protegerme. Salir de allí.

¿Me habrían seguido mis hermanas? ¿Estarían  perdidas como yo? —No te alejes del carro —me decía siempre mi mami—. Háganle caso a Diana que es su hermana mayor —les decía a ellas. ¿Por qué tuvo que irse al cielo y dejarnos solitas? ¡No podía perder a Belo ahora!

Sentí mis pies resbalarse. ¡Era barro! Mis zapatillas favoritas estaban empapadas y sucias. ¡Qué asco!

—¡Papi!

Caminé por el bosque buscándolo. Lloré bajito. ¿Se irían sin mí? ¿Por qué no aparecía Belo? Tenía hambre y frío. Temblaba. Felizmente le había hecho caso a mi papi poniéndome la chaqueta cuando comenzó la lluvia. ¡Y yo que no quería usarla!

Empezó a oscurecer así que me senté sobre unas hojas. Las moví primero con una rama. ¿Habría arañas? ¿Culebras? Me distraje gracias a un caramelito de fresa que encontré al rebuscar en mis bolsillos. A pesar de que yo era una niña bastante delgada, me encantaban los dulces y siempre llevaba alguno escondido. Estaba un poco pegajoso, pero sabía más rico que otras veces.

Me acurruqué apoyada al tronco de un árbol.

¡Odiaba Mariposilandia!  ¡Quería irme de allí!

Ya no se veía el cielo.

Unas lucecitas amarillas empezaron a destellar entre las plantas.  Pequeños puntos  fosforescentes se prendían y apagaban sin cesar.

—Deben ser luciérnagas —pensé—. En el colegio nos habían enseñado sobre ellas. ¡Pero qué lindas eran! ¿Cómo se verían de cerca? ¿Se podrían atrapar?

De pronto, sentí que algo se me acercaba.

Traté de no hacer bulla. Podía ser un animal de las montañas.

fot2¡Qué alivio! ¡Era Belo! ¡Por fin aparecía!

Lo abracé con toda mi fuerza.

—¡Sabía que tú nunca me abandonarías! Yo te cuidaré —le prometí a mi perrito—. Sí, yo también tengo hambre. ¡Qué calientito estás! Ven conmigo, no te me alejes —le dije.

—¡Despierta Diana! ¡Ya amaneció pequeñita!

Abrí los ojos.

¡Era mi papi!

—¡Te he buscado toda la noche! ¡Gracias a Dios que estás bien! —me dijo mientras me  envolvía entre sus brazos y me cubría con su casaca. Él siempre olía tan rico. Creí que lloraba. Pero no era posible. Era mi papi.

—Tengo hambre, pa. ¿Y mis hermanas?

—Tranquila. Están bien —me respondió dándome un besito en la frente.

—¡No te olvides de Belo, papi! —le pedí—. Él me abrigó toda la noche con sus orejas largas.

—¿Belo? ¡Ay mi chiquitita! ¡Tú y tus fantasías! Ya sabes que Belo no existe —me dijo al hacerme un guiño y acariciar mi cabello—. Es hora de comprarte un perro.

 

Lima, Octubre de 2013


—¿Cuántos kilómetros vamos?—le pregunte a María Elvira.

—Once— me respondió Mónica sin perder un segundo.

—Acá me quedo— les dije—. Nunca he corrido más de diez. Estoy muerta. Esto no es para mí.

—¡Épa chama! ¿Qué te pasa? Faltan solo siete—me contestó una de las dos. No sé ni me importa cuál.

Hacía dos meses que había empezado a trotar. De lunes a viernes, cada mañana me levantaba a las cinco y media para encontrarme con un grupo de amigos en un parque a unas cuadras de mi casa. El Parque del Este. Allí, en una extensión cercada de ochenta y dos hectáreas incrustadas en medio de la ciudad, se podía hacer deporte tranquila. Sobre la grama, sobre tierra o sobre asfalto. Bajo el cielo azul de Caracas. Protegida por la sombra de más de cien tipos de árboles. Las flores azules del jacarandá, las rosadas del apamate, las amarillas del araguaney, las garzas blancas en las lagunas, las bandadas de loros y de guacamayas volando para esconderse en las copas de los árboles y las curiosas ardillas rebotando de rama en rama, sumados a las personas que uno va conociendo, formaban el ambiente ideal para empezar feliz un nuevo día.

Cada trotador, solo o acompañado, decidía su ritmo, su tiempo y su distancia.

Yo, bien equipada con mi música, tomaba una ruta que me habían dicho que era de diez kilómetros. Por lo general tardaba una hora y un poquito más en terminarla.

Pero ese sábado al llegar al parque, Mónica y María Elvira, me invitaron a correr con ellas.

—Haremos “un largo”— me dijeron.

Sin saber los tecnicismos de este deporte y segura que diez kilómetros significaban “un largo” les dije que sí, que gracias, que con gusto trotaría con ellas.

Aunque ya nos habían presentado, aceptar la invitación era una forma de integrarme a la ciudad y su gente.

Debo confesar que ya tarde como para poder cambiar de idea, noté que las dos llevaban a la cintura unas botellitas plásticas llenas de líquidos energéticos de diferentes colores lo que me llevó a tener ciertas dudas sobre el significado “extensivo” de “un largo”.

Pensé también que estando dentro de un parque por más grande que este fuera, sería fácil abandonarlas en el momento que mi cuerpo lo considerara justo, necesario, mi deber y salvación.

Así que corrí con ellas.

—¡Vamos Rossana! Toma un poco de Gatorade— me ofreció Mónica pensando que eso sería suficiente para que pudiera seguir el ritmo que llevaban.

Mientras trotábamos, María Elvira contó que había participado seis veces en el Maratón de Nueva York y que se estaba preparando para hacerlo de nuevo. Mónica también iría. —“4 meses para correr un maratón en 4 horas”. Así se llama el libro que leí para hacer ese tiempo— me dijo—. Cómpratelo que te va a servir.

Le respondí mientras pensaba “me largo”, que ya estaba cansada; que a cuarenta y dos kilómetros no me interesaba llegar; que ni loca haría un maratón; que quería regresar a mi casa.

Pero seguí trotando.

—Me duele todo— me quejé con ellas a los pocos minutos y con las últimas palabras que sentía que me quedaban en mi marchito cuerpo—. Se me están partiendo las pantorrillas. ¿Cómo hacen para que no les duela nada?

Las dos me miraron sorprendidas y escasamente transpiradas. En ese momento noté cómo los músculos de sus piernas se marcaban con cada pisada que daban. Me di cuenta también que bajo las gorras que tenían puestas, el pelo iba recogido en una perfecta cola de caballo. En cambio a mí, se me chorreaba por los ojos y por culpa del sudor se me pegaba en la cara al ser demasiado corto para sujetarlo como el de ellas.

Fue Mónica quien me respondió con firmeza. —Mira chama—recalcó sin interrumpir su inflexible paso—. ¿Cómo se te ocurre que no nos va a doler? A partir del kilómetro catorce te duele todo, solo que no le hacemos caso. Después de un rato ya no sientes nada.

Y seguí trotando.

Saludamos a cuánta persona se nos cruzó. Ellas conocían por su nombre a cada uno. Yo apenas balbuceaba un silencioso “hola”.

—¡Épale! ¡Qué arrecho corren!— nos gritó un muchacho de unos treinta años, con los músculos enérgicamente cincelados en los brazos y piernas, que avanzaba sonriente y relajado a toda velocidad en sentido contrario al nuestro.

¿Cómo que corremos arrechas? Me mantuve en silencio hasta que la curiosidad pudo conmigo. Tenía que saber, aunque me costara mi último aliento, qué nos había dicho ese descarado. —Que estamos corriendo chévere— me respondió Mónica. Entonces decidí que sería mejor no explicarles lo que yo, una peruanita en el Parque del Este, había entendido.

Con la distancia, me olvidé de la distancia.

Me distraje.

Tres mujeres cotorreando, no era para aburrirse. Poco a poco adquirí esa capacidad al parecer innata en María Elvira y Mónica de correr y conversar al mismo tiempo y sin tomar aire.

Mientras desarrollábamos nuestro ejercicio físico y verbal, nos dimos cuenta de algunas coincidencias. Las tres éramos abogadas. Las tres nos habíamos casado el mismo año. Cada una de nosotras tenía dos hijos.

La única diferencia—además de mi edad (no importa cuántos años nos llevábamos) —era que yo me había divorciado.

—¡Listo!— sentenció María Elvira—. Vamos a estirar. Hicimos diez y ocho kilómetros. Paso promedio: seis punto cinco. El rango de mis pulsaciones fue ciento setenta.

RELOJ2Mónica miró su reloj, presionó algunos botones y con la misma exactitud informó: pulsaciones promedio ciento ochenta. —Y tu chama?—

Dos horas y tres minutos—les respondí—.Yo no tengo reloj que marque la distancia, ni el paso, ni las pulsaciones. El mío solo da la hora— les dije sorprendida al enterarme que existían relojes con funciones tan sofisticadas.

—A mí me lo regaló mi esposo por nuestro aniversario—dijo Mónica.

—A mí el mío por mi cumpleaños—agregó María Elvira.

Yo que iba sintiendo el sudor salado atravesar mis ojos para alcanzar mis labios y mi lengua, les respondí con una lógica implacable y conteniendo cualquier gesto o palabra que pudiera ser considerado ordinario.

— Es que yo no tengo esposo. Debe ser por eso que no tengo un reloj como el de ustedes— les dije sofisticada y firme.

Y sin darles tiempo a que me respondan quizás con alguna broma, escuchamos la voz de un hombre que venía detrás de nosotros disfrutando sin pedir permiso de nuestras confidencias.

—No te preocupes, chamita—me dijo—. Ten paciencia. Ya tendrás un novio que te regale un reloj mejor que el de tus amigas.

Escrito por Rossana Sala en Caracas,  en setiembre del año 2006.   Han pasado siete meses desde aquella historia. Ahora llevo el cabello atado en una insuperable  cola, mis piernas lucen más fuertes  —¡Chama! ¿Y ese reloj? ¿Quién te lo regaló?—  y acabo de romper la factura.

¡En sus marcas, listos, fuera!

Posted: 3 January, 2014 in 2013
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imagePor fin llegó el sábado. Nos pusimos los polos rojos y las zapatillas que nos regalaron para empezar a entrenar.
-¡Me gusta correr!- le dije a uno de mis amigos  mientras le mostraba qué bien me quedaban   mis nuevas zapatillas . Él es más grande que yo y por eso me ayudó a amarrarme los pasadores.  Yo solo tengo siete años pero igual voy a ganar. Al final me darán una medalla. La colgaré en mi cuarto. Seguro en Navidad, cuando vea a mi mami,  va a estar feliz conmigo. De ahora en adelante, todos los sábados en la mañana correremos. Van a venir a enseñarnos. Yo seré un corredor.

¡En sus marcas, listos, fuera!

Y ya lo era. Todos lo eran.

265 niños y niñas entre tres y diecisiete años, reunidos bajo una inmensa señal de partida, recorrieron con sonrisas la vuelta de un kilómetro marcada de color naranja entre los jardines del Puericultorio Pérez Aranibar. Algunos, emocionados, sin perder el aliento ni el paso, se dieron dos o tres vueltas más. ¡Nada los detenía!

Ellos no lo saben todavía.

En realidad, no solo se trataba de la señal para el inicio de esa ruta sencilla.

¡En sus marcas, listos,  fuera!

Era la señal que marcaba el comienzo de una nueva vida.

Es que correr es tener un amigo, un hermano que va a tu lado, que no te deja solo, que te escucha, a quien tú escuchas, que no te permite salir del camino, te da nuevas metas, te mantiene sano, te hace feliz.

Bastan un polo, unos pantalones y un par de zapatillas. El resto, son las ganas para hacerlo. ¡265 niños, las tenían!

Lima, 26 de octubre de 2013 (Escrito después de acompañar a un grupo de Perú Runners en su nuevo proyecto en el Puericultorio Pérez Aranibar)


imageI see something falling from the sky.
It isn´t rain. I see something falling from the sky.
It isn´t snow.
I see something falling from the sky.
They are letters.
They are red,
they are green,
they are blue and white,
rolling on my paper,
painting what they want.
They smell like clouds
and taste like stars.
They make words,
write songs, dance
and jump.

I see something coming down from heaven.
It´s Santa flying in his sleigh.
He reads your letters,
sees your behavior,
eats lots of cookies
of ginger and nuts.
He hides and watches you in silence,
brings gifts,
laughs loudly,
and sings carols for fun.

I see something going to heaven.
It´s THANK YOU.


image

Veo algo que cae del cielo
y no es lluvia.
Veo algo que cae del cielo
y no es nieve.
Veo algo que cae del cielo
y son letras.
Son letras rojas,
son letras verdes,
azules y blancas,
que ruedan sobre mi papel
y lo pintan,
se juntan,
se enredan,
y huelen a nubes,
y saben a estrellas,
y forman palabras,
escriben canciones y bailes
y saltan.Veo algo que baja del cielo
y es Santa,
que vuela en trineo,
que lee tus cartas,
ve cómo te portas,
come muchas galletas
de canela y de nueces,
se esconde de ti,
te cuida en silencio,
te trae regalos,
ríe a carcajadas,
se divierte y canta.Veo algo subir al cielo
y es GRACIAS.

Fue Nicola Salvi quien quiso traerme a Roma. A mí, Neptuno, ¡Dios de las Aguas!  Y fui yo quien aceptó venir a esta imponente ciudad.

La città dell’amore.

Y dejé mis mares y mis castillos dorados y a mis sirenas y delfines los abandoné.

Salvi, ese magnífico arquitecto, dispuso a mis pies dos valientes caballos de mar tirados por poderosos tritones que al sonido de sus caracolas anuncian mi paso. Sobre el frío mármol traventino, dejó caer una fresca cascada que iluminaba mi efigie.

Me prometió aguas puras y me ofreció abundancia. Yo le dije que no, que yo no buscaba eso. —¡Yo solo quiero encontrar el amor! —le respondí con voz gruesa y sin ilusiones—. Siete esposas tuve pero nunca fui feliz.

Y fue así como empecé una nueva vida que no lograba comprender:

—Dale, arroja la moneda en la fuente que así volveremos a Roma —le oí decir a un padre mientras le daba un centavo a su pequeño.

—Échale dos monedas para que te enamores de un italiano dulce y te olvides de José. Él te hace demasiado daño, Marcela —le sugería una muchacha a la amiga—. Los italianos son tan queridos…

—Ni se te ocurra tirar tres monedas. No estamos listos para casarnos ma chérie —advertía un joven a su novia y terminaba la conversación en desconsuelos.

Día tras día, gente de todo el mundo llegaba hasta la reducida Piazza Trevi, para admirarme con asombro y pedir favores mientras arrojaba dinero en mis aguas. De frente, de espaldas, con la mano derecha, con la izquierda, sobre el hombro, siempre inventaban una forma para lanzar sus monetinas. Nunca perdían las esperanzas de recibir lo que me suplicaban.

 Unos querían amor.

Otros volver a Roma.

Pero yo no era capaz de darles amor y sufría muchísimo por eso.  ¿Cómo les entregaría aquello que yo mismo no encontraba? ¿Cómo? De pie, escoltado por briosos caballos y enérgicos tritones, yo Neptuno, Dios de los Mares, no tenía el poder para concederles lo que me rogaban.

Hasta que una noche por fin lloré. Lloré tanto. Lloré por ellos y también por mí. Dormí entre llantos.  ¡Hice temblar la tierra!

Y aquel amanecer de domingo, al salir el sol, me sentí frágil. Aturdido. Y al contemplar desengañado una vez más la dolce piazza, una brisa tibia con olor a robles acarició mi cuerpo.

Un encantador correr de aguas me llamó la atención. Nunca las había notado.

Busqué a mi alrededor.

Eran las lágrimas de mi aflicción que colmaron mi inmensa fontana, para discurrir luego en un pequeño recipiente, una fontanina que siempre estuvo a mi lado pero por la que hasta ese amanecer de verano, jamás había caído una sola gota de agua.

¡Júpiter es testigo que es verdad lo que yo afirmo!

A los pocos minutos, una nueva sorpresa invadió mis ojos.

Una pareja de jóvenes tomados de las manos, bebió al mismo tiempo inocentes sorbos de los dos pequeños chorros que salían de la fontanina. Se dieron luego un suave beso en los labios, de esos besos eternos que antes abundaban.

Largas colas se formaron tras la pequeña fuente. Hombres, mujeres, ancianos, niños, todos bebían de mis aguas. Todos quedaban encantados. Sentían amor. Eran felices.

Y sentí amor. Y fui feliz.

No solo eso carissima Juturna, mi bella ninfa de los manantiales, debo decirte además que ese día, ese domingo de verano cuando bebiste de la fontanina, Nicola Salvi me dio lo que yo había buscado en mi larga vida.

Y para aquellos viajantes que me piden regresar a Roma… ahhh, mi amata Juturna, volver a Roma es tan sencillo. ¡Yo Neptuno Dios de los Mares, juro que para eso, basta con  lanzar un centavo en mi fontana!

¡Que Júpiter y Venus hieran mis ojos y quede ciego eternamente, si son falsas mis palabras!