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DÉJAME QUE TE CUENTE MI SUEÑO 

Posted: 4 December, 2015 in 2014

images (1)Ericka, una niña de mi Kindergarten, acababa de decirme cómo soñar a colores.

Yo tenía cinco años y una gran curiosidad.

—Si antes de dormir pones estas semillas debajo de tu almohada, tus sueños serán a colores —me aseguró Ericka. Abrió la palma de su mano y me mostró algo parecido a pequeñas piñas de madera con diminutos agujeros—. Son de los pinos. Por estos huequitos es que cuando duermes salen chispas mágicas— añadió enseñándome de cerca tres o cuatro semillas para guardarlas luego en el bolsillo de su mandil.

Yo no sabía con certeza si mis sueños eran a colores; sin embargo acababa de descubrir que existía una fórmula para que lo fueran.

—No todas sirven —me dijo—. No pueden ser muy grandes ni muy chicas. Las especiales son las que caen de los árboles que están más allá, al terminar el muro— agregó señalándome la extensa pared de piedras que, bordeada de pinos, protegía el jardín del colegio donde disfrutábamos de nuestros recreos.

—¡Niñas! ¡Suena la campana! ¡A la clase! —escuché la voz de la maestra a la distancia.

Demasiado tarde.

En ese momento yo estaba arrodillada escarbando entre la tierra húmeda y el pasto.

De pequeña no sabía que eso que trataba de encontrar, eran en realidad conos donde los pinos albergan sus semillas. Pero todos eran demasiado grandes o chicos. Por fin descubrí uno que me pareció del tamaño perfecto. Tenía que ser de los mágicos. Seguí  buscando.

Conseguí cuatro más.

Me preocupé al pensar que no serían suficientes,  pero debía regresar a mi salón. Con algo de suerte la profesora no habría notado mi ausencia.

Levanté la vista para ponerme de pie y correr a mi clase.

Me atraparon.

Cerré el puño de la mano derecha con fuerza.  Me dolió al hacerlo, pero necesitaba proteger mis semillas.

—¿Qué haces acá, Melissa? —me preguntó la profesora mirándome sobre la montura de sus anteojos.

Metí mis manos en los bolsillos al mismo tiempo que veía sus delgados labios arrugarse, preparándose para llamarme la atención.

Con seguridad mis dedos debían estar muy sucios, llenos de barro por rebuscar la tierra.

No me importaba. En ese momento ya tenía mis semillas mágicas y por nada del mundo iba a perderlas.

—¿Qué estabas haciendo? —insistió la maestra—. ¿No escuchaste la campana?

Preferí no contestarle ya que al parecer no esperaba una respuesta mía. De inmediato me pidió que la siguiera.

Fue exactamente lo que hice; aunque  yo creía que al llegar a la clase me obligaría a mostrarle mis manos y bolsillos. Era extraño que no lo hubiera hecho apenas me vio.

Para salvar mis semillas mágicas, decidí desviar mi camino por unos segundos y ocultarlas detrás de una maceta con flores lilas.

Nadie me las quitaría.

—¿Qué haces Melissa? —me dijo la profesora.

Una vez más, la pregunta llegó tarde. Mi tesoro estaba a salvo y cuando la maestra me exigió que le enseñe las manos y bolsillos, solo quedaban en ellos rastros de tierra.

—¡A lavarte y directo al aula!— me ordenó—. Y límpiate bien, que hoy trabajaremos con plastilina.

Le hice caso.

Y allí, sentada en mi carpeta, mientras amasaba mi gran bola de plastilina blanca, me puse a pensar en cómo recuperar mis semillas.

Al cabo de un rato que me pareció interminable, pedí permiso para ir al baño.

—Yo voy con ella— interrumpió Ericka.

—Puedo ir sola—le dije a la profesora y salí de la clase a toda velocidad.

Corrí por ellas. Por mis semillas. Las guardé en mi bolsillo. Una, dos, tres. Solo conté hasta tres.

¡Pero eran cinco!

Una, dos, tres.

Con la mirada busqué rápido a mí alrededor. Como yo era pequeña, era fácil llegar a cada rincón del suelo.

Habían desaparecido. ¿Sería Ericka?

—No importa —pensé al dar una última mirada—. Tres deben ser suficientes.

Volví a mi salón.

Sudaba.

Hice un muñeco de nieve con la plastilina mientras pensaba si acaso los sueños podían ser a colores.

—Está chueco y un poco sucio— me dijo la niña que se sentaba a mi lado, cuyo nombre hoy no recuerdo.

—Es que hace calor y se está derritiendo. Es de nieve— le respondí  a sabiendas de mi poca destreza en las artes manuales y sonriendo al escuchar las campanadas que anunciaban el final de otro día de clase.

Debajo del arco de cipreses de la entrada del colegio, rodeada de otras mamás, me esperaba la mía.

—¿Qué tal te fue? —me preguntó.

—Bien, ma— le dije tratando de imaginar cuántos colores podrían verse en los sueños.

Esa tarde me dediqué a contemplar mis semillas.

Las miré de cerca y las miré de lejos. No eran ni muy grandes ni muy pequeñas. Eran secas y duras. No hincaban aunque tampoco eran suaves. No tenían mucho olor. ¡Me atreví a probar una con la punta de la lengua! No sabía a nada.

¿Serían de verdad mágicas? ¿Qué habría pasado con las dos que desaparecieron?

Después de cenar, me despedí rápido de mis papás.

—No dejes de darle el beso de buenas noches al abuelo y de lavarte los dientes antes de dormir —me recordó mamá.

—¡Sí, ma! Nunca me olvido.

A la mañana siguiente, antes de que papá viniera a levantarme para ir al colegio, me fui despacito, todavía en pijama, al cuarto de mi abuelo.

—Te escucho —me dijo con la voz gastada cuando abrí la puerta de su dormitorio—. No puedo verte, chiquita, pero sé que eres Melissa. Ven. Quiero darte un beso.

—Sí, abue. Acá estoy.

Me acerqué a él y con mucho cuidado, busqué mis semillas debajo de su almohada.

Allí estaban, justo en el rincón en el que la noche anterior las había escondido.

Una, dos, tres, ¡cuatro, cinco!   ¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible que estuvieran completas?

—No vas a creerlo, chiquita—me susurró acariciándome el pelo—. Siéntate acá un ratito. Déjame que te cuente mi sueño. Yo que ya estoy viejo y ciego, casi me había olvidado, ¡qué lindos son los colores!

 

 

Noviembre 2014


 

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Tumba sobre tumba. Una tras otra.

El pasadizo es profundo.

El silencio se rompe debido a la tristeza del viento que abraza nuestros cuerpos con amor hostil.

Al final del pasaje, por instantes, alumbra la luna. Son las nubes negras y dispersas las que la cubren.

—¿Pero qué quieren ocultarnos?— me pregunto.

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—¡No hagan bulla!— nos advierte el guía y ordena detenernos—. Dejemos descansar a los que aquí reposan.

Es la noche del treinta y uno de octubre. El año, no importa.

El lugar, el cementerio Presbítero Matías Maestro. Testimonio ¨viviente¨ del pasado ¡Qué ironía!

Se encuentra allí la cripta de los héroes donde están los restos de Miguel Grau y de tantos otros combatientes.

Ayudados por la luz de nuestras linternas avanzamos para llegar al “Pabellón de los Gordos” donde cada tumba es de un tamaño bastante cómodo para sus ocupantes.

¡Cómo si fueran a moverse inquietos! (Quizás.)

A nuestra izquierda, decenas de pequeños nichos albergan a las criaturas que murieron antes de que acaso pudieran hacer un gesto o de ser bautizadas, pasando a habitar por ello el “Pabellón de los Duendes”.

“Un feto¨. Leí en la lápida de mármol que alguna vez fue blanco, tan blanco quizás como el alma de aquel niño que no alcanzó a tener nombre. Apellido tampoco.

Luego de prestar atención a los consejos sobre las posibles consecuencias de entrar al pabellón de “Los Suicidas”, nos explican que entre otros, allí descansa un barbero chino de la calle Capón que mató a dos clientes en su propio local y luego se quitó la vida al sentirse acorralado por la policía.

Cuántas historias bajo tierra.

Emiliana Montero Torreón  1912-1929

Dice la leyenda que fue una bruja y que cuatro años después de tu entierro se cambió de nicho e hizo su propia lápida.

Manuela Dante Moretti  1830-1900

Esteban Sifuentes Paredes 1829-1875

Juan Mujica Melgar. 1809-1895

“Más grande por su humildad y virtudes que por tus títulos”.  Reza el epitafio.

El guión.

Sin importar el frio del viento, ni la oscuridad del lugar en el que se oculta cada uno de los seiscientos mil cuerpos, ni su talla, sexo, edad, raza, ni el motivo del deceso, por igual, es el guión dibujado en cada losa, el que separa el día del nacimiento y el día de la muerte.

El guión.

Es el guión el que señala la vida.

Y al alejarme de las tumbas recé.

Recé para que el guión de mi vida y de la tuya que lees este texto, sea largo.

Sea largo y tenga la forma de una sonrisa.

 

Lima, 2 de noviembre de 2015


 

 

imageEl sonido del viento llamó mi atención.

Parecía agua mezclándose con el aire.

Abrí los ojos y me puse de pie.

Salí al balcón de mi dormitorio.

Sentí frío.

Aquella noche no tenía luna y sin embargo era clara.

De pronto, una constelación de peces de colores atravesó el cielo hasta desaparecer.

No. No estaba soñando.

Volví a mi cuarto para vestirme y correr al campo. Tenía que alcanzarlos. Verlos otra vez.

¿Sería cierto?

Pasaba mis vacaciones de invierno en la casa de mis abuelos en Huancayo, a orillas del río Mantaro.

Recordé aquella historia que me contaba la abuela cuando la visitaba. Según ella, en la oscuridad de la noche, los peces de ese río salían de sus aguas para surcar los cielos como estrellas de colores.

—Si alguna vez tienes la suerte de verlos—me decía la abuela—no los dejes ir. Que no se escapen de tu mirada. Ellos saben algo y te lo quieren contar.

—Después de tantos años por fin podría ver a esos peces—pensé mientras me ponía una chalina de lana y guantes para salir de la casa dispuesta a perseguirlos.

—Pero abuela, no me digas esas cosas—le había reclamado unos días atrás— ¡Ya no soy una niña! ¡Tengo quince años y sé que los peces no pueden volar tan alto y que además no hablan!

—Yo nunca los he visto, pero fue mi mamá quien me contó esa historia—me decía en tono solemne cada vez que me quejaba de sus mentiras.

¿Debía ir a despertar a la abuela para que me acompañe? ¿Contarle que los peces podían volar como ella me decía?  ¿Como su mamá le había dicho?

No.

Mejor era ir sola.

La abuela estaba muy viejita. Yo no alcanzaría ver a los peces si la llevaba conmigo.

Bajé las escaleras lo más rápido que pude. De pequeña, los viejos tablones se habían encargado siempre de delatarme con sus crujidos, pero ya había aprendido dónde pisar.

Escuché al abuelo hablar.

Llegué a la puerta principal de la casa mientras Baco, el perro pastor, movía su cola con la esperanza de que lo lleve a dar un paseo.

Si yo salía de la casa, nadie se daría cuenta.

Otra vez oí la voz de mi abuelo. Eran casi las tres de la mañana. ¿Estaría enfermo?

No podía dejarlos pero necesitaba ver a esos peces. Saber lo que querían decirme.

¿Seguirían dando vueltas por el cielo?

Abrí la puerta que daba a la calle.

El viento helado congeló mi cara. Cerré los ojos con fuerza.

—¡Abuela!

Corrí a su cuarto para despertarla y entré sin pedir permiso.

—¡Vi a los peces de colores volar! ¡Era verdad! ¡Vengan conmigo!—les pedí—. ¡Apúrense antes de que se vayan!

Y despacio, muy despacio, tan despacio como pueden avanzar los ancianos a los casi noventa años, los ayudé a ponerse de pie, a abrigarse con paciencia y juntos, los tres, nos acercamos al gran ventanal del dormitorio.

Corrí las cortinas.

Abrí los vidrios de par en par.

Escuchamos el silbido del viento.

Y fue en ese instante cuando vi una vez más a cientos de peces volar.

Allí estaban ellos: amarillos, rojos, verdes, anaranjados, brillantes, felices. Daban vueltas por el cielo, lo iluminaban, lo pintaban con sus destellos.

Pero en lugar de irse como tanto temíamos, se acercaron a nosotros.

Se acercaron hasta entrar a la habitación de mis abuelos para alumbrarnos, hablarnos al oído, acariciarnos con su calor y así como entraron salir, salir y alejarse como estrellas de colores para atravesar el cielo que no tenía luna.

 

Rossana Sala, 21 de noviembre de 2015

 

 


relojCada media hora alguno de los relojes de mi abuela se encargaba de anunciarnos el momento en que vivíamos. Si era tarde o si era temprano. La hora del almuerzo o de la siesta.

Cu-cú. Cu-cú.

Cantaba un reloj a las seis de la mañana.

Dong. Dong. Dong.

Anunciaba otro con sus insoportables campanazos que señalaban las siete.

Mi pobre abuelo, acostumbrado a sentir aquel ruido, ya ni se daba cuenta del laberinto sonoro en el que vivía.

—¡Vamos a visitarlos!—le pedía yo a mi mamá—. Hoy es domingo y la abuela nos llevará a misa.

Y claro, la abuela animada como siempre, se arreglaba el pelo, se colgaba en el hombro su cartera azul de flores amarillas y, orgullosa, salía con nosotros.

Estaba a punto de terminar el sermón el sacerdote, cuando mi abuela y nosotros, su diminuta e inquieta tropa, irrumpíamos en la iglesia.

Una vez más, llegábamos tarde.

Todos nos observaban.

Éramos siete nietos. Yo, la mayor, tenía ocho años y el menor con las justas alcanzaba los cinco. Todos bien vestidos, peinados y perfumados, listos para participar de los cantos y los rezos. Ya de tanto ir a misa, algo habíamos aprendido. Quizás usando palabras diferentes a las que decía el cura pero, salvo la abuela, nadie más se daba cuenta de nuestros inventos y ella los disfrutaba.

—¡Rossana en las alturas!— cantaban traviesos mis primos levantando la cara para mirarme a los ojos mientras yo me sonrojaba y los demás feligreses continuaban a toda voz diciendo “¡Hosanna! ¡Hosanna!”

—No te molestes por eso— me decía mi abuela haciéndome un guiño.

No entendíamos mucho lo que pasaba allí, en la iglesia, pero estar sentados en la misma banca, viendo a la abuela rezar y persignarse con devoción, era suficiente para que estuviérmaos contentos y más todavía al saber que al terminar, nos esperaba el vendedor de barquillos y chupetes del parque de enfrente.

Pasábamos un buen rato entre risas, disfrutando los dulces, comprando globos voladores azules, amarillos y verdes y luego, para regresar a casa, acomodándonos no sé cómo, los siete, los globos y la abuela, en su viejo Volkswagen celeste.

—¡Dios quiera que quepan! ¡Pónganlos en el hueco!— nos decía con sus palabras, tratando de hacer orden y señalándonos la pequeña maletera trasera interior del Escarabajo.

Al llegar a casa, ya desde afuera escuchábamos las campanadas que anunciaban en diferentes tonos lo tarde que era. Pero mi abuela, con tal de vernos felices, no le prestaba atención al tiempo.

—Demoraron una vez más— nos decía el abuelo con cariño, acostumbrado a esperarnos sentado en una banca del jardín de la casa.

Mientras tanto nuestras mamás, alistaban el almuerzo y  conversaban casi sin respirar, como solo son capaces ellas, para poder contarse hasta es más mínimo detalle de sus vidas y de las nuestras.

Así fue como crecí, entre almuerzos, misas y globos voladores, pero sin comprender a la abuela.

¿Por qué tenía tantos relojes si no le importaba la hora? Grandes, pequeños, solares, de agua, de arena. ¡Los tenía todos!

Hasta que un día la abuela murió.

—Se fue al cielo— me explicaron.

Yo tenía once años y ella se había ido sin despedirse.

Tampoco se había llevado sus relojes.

—No entiendo— le pregunté por fin al abuelo en la casa, después del entierro—. ¿Para qué tantos relojes?

Mi abuelo se levantó, y a pesar de estar triste, con esa mirada dulce que siempre tenía, nos pidió a los ya entonces trece nietos, que nos pusiéramos en fila. —De mayor a menor— precisó.

Sin saber qué iba a pasar, le hicimos caso.

Entonces el abuelo, así como entregan las medallas en el colegio, nos regaló a cada nieto, uno de los relojes.

Al terminar, nos dijo:

“Durante los cuarenta años que estuvimos casados, cada vez que viajaba con la abuela, ella compraba un reloj diferente, y al hacerlo, me decía que siempre debíamos recordar lo importante que es el tiempo. Que debíamos saber disfrutar cada segundo de nuestras vidas, sea cual sea el ruido que sintiéramos o quizás la música o simplemente el silencio”.

Hoy tengo setenta años.

Vivo con mi esposo, rodeada de mis hijos, nietos y de muchos relojes, por supuesto.

Rossana Sala.


A Manuel lo conocí en la plaza. Era un día de sol. Yo paseaba en bicicleta.

Lo vi cruzar la acera y mis ojos no dejaron de seguirlo hasta que por fin se detuvo.

Lo vi comprar un ramo de flores rojas.

¿Para quién serían?

De golpe. Fue así como yo también me detuve pues caí al suelo y me puse de pie veloz con la esperanza de que nadie hubiera notado mi torpeza.

Pero ya era tarde. Cuando levanté los ojos, allí estaba él. Frente a mí. Extendiéndome la mano y quizás, la vida.

Y es que yo estaba  triste. Vivía triste.

Sin dudarlo, Manuel me regaló aquel inmenso ramo de claveles rojos. Todavía puedo sentir el suave perfume que despedían.

—Para que siempre sonrías—me dijo.

Y fue así como empezó nuestra vida juntos. Compartimos historias, comidas y copas de vino.

Él trabajaba en el campo. Tenía vacas y algunas ovejas. Yo era la dueña de una pequeña librería en el pueblo. Mi trabajo era tranquilo, iba bien, pero no lograba salir de mi dolor y Manuel no lo entendía y yo no podía explicárselo. En realidad yo no quería.

Todas las mañanas me visitaba en la tienda de libros.

—Deja ya esa carita triste— me pedía—. ¿Por qué no me cuentas qué es lo que te pasa?

Varias veces estuve a punto de decírselo. De contarle todo sobre mi vida. Pero era tan difícil explicarle el motivo de mis miedos, de mis angustias. No quería asustarlo. Con seguridad, Manuel me dejaría.

Y a pesar de eso, entre paseos, ríos y montañas, continuó nuestra vida juntos.

Él siempre tranquilo, respetaba mi silencio.

Hasta que una tarde, sucedió lo que yo tanto temía.

—Cásate conmigo— me pidió.

—No puedo hacerlo— le respondí de inmediato bajando el tono de mi voz al mismo tiempo que mi rostro—. He enterrado a dos esposos.

Y Manuel estiró la mano. Con el dedo índice levantó mi mentón y sin inmutarse me miró a los ojos y dijo:

—No te preocupes Maritza. Mi bella Maritza. ¿Para quiénes crees que eran esos claveles rojos que compraba aquella tarde cuando te conocí en la plaza? Yo soy viudo tres veces y no perdí las esperanzas…

Rossana Sala

Lima, 7 de noviembre de 2015


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El cielo está gris,

a ella le da igual.

Toma su paleta.

Deja el celular.

Elige  los tonos,

los pone en su lienzo,

empieza a soñar.

Su madre se acerca,

le guía la mano

y le enseña a la niña,

cómo colorear.

FullSizeRender (8)Ema tiene siete años,

no piensa en las letras,

ni leyes,

ni nubes,

ni sumas,

ni restas,

ni nada en el mundo,

que la haga cambiar.

Usa verdes, naranjas,

azules y rojos

amarillos y lilas,

el cielo oscurece,

a ella le da igual.

Ojalá que viva,

para pintar sus sueños,

para ser siempre Ema,

la Ema descalza,

de la orilla del mar.

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¡Ay Ema, Emita!

¿Dejas la paleta?

¿A dónde te vas?

Y Ema me mira,

y sonríe traviesa.

Es que la llaman

por el celular.

¡Sí, papi!- responde-

¡Ya sé pintar!

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Rossana Sala. Montevideo, Uruguay.

22 de octubrede 2015

ALLÍ, DONDE ESTÁ PAPÁ (CUENTO)

Posted: 27 October, 2015 in 2015

Para no herirla, le dijeron que su padre se había ido de viaje a un lugar muy hermoso.

—¿A dónde?— preguntó Ema curiosa—.  Y, ¿cuándo regresa? ¡Yo también quiero ir! —continuó la niña sin esperar respuesta y mientras buscaba un abrazo de su mamá.

—Al cielo— le dijo ella sin decir nada más.

La pequeña se alejó de su madre, se acercó a la ventana y miró hacia el horizonte.

Las estrellas brillaban. Una en especial. Se prendía y apagaba.

Ema estaba segura que algo le quería decir esa estrella.

¿Pero qué?

Parecían los latidos de un corazón.  ¿Y si eran los de su papá?

—Lo voy a esperar— pensó Ema al apoyar la cabeza sobre el marco de la ventana—. Seguro que regresa rápido. Pero si está tan alto en el cielo, ¿cómo va a poder subir a verlo?

Ema tenía siete años, el pelo largo y lacio con un corto cerquillo que de vez en cuando le invadía sus ojos marrones, ahora tristes, pero que no dejaban de destellar.

—¡Vamos Ema, levántate!— le dijo a la mañana siguiente su mamá mientras le daba un besito en la frente y la abrigaba para salir.

—¿Dónde vamos?  Es muy temprano, mami. Déjame dormir un poquito más. ¿Ya regresó mi papi?

—A la playa— le dijo la mamá—.  Toma tus colores. ¿Te acuerdas cuándo íbamos a pintar con papá?

—Pero él era un gran artista y yo no sé nada de dibujos— contestó la niña todavía  entre sueños.

—Vamos, vamos, no te pongas triste— le insistió su madre y caminaron juntas hacia el mar.

Sobre la arena, colocaron el taburete y un lienzo en blanco.

Sacaron las acuarelas.

—Empieza, pequeñita— la animó su mamá.

—¿Pero qué dibujo, mami?

Ema miró hacia el mar sorprendiéndose al descubrir que allá, a lo lejos, brillaba y latía una estrella.

¿Sería la que vio antes de dormir?

Entonces pintó una casa amarilla y un arco anaranjado, lila, azul…de todos los colores que encontró en la paleta.

—¡Qué linda casa Ema y ese arcoíris está hermoso!— le dijo su mamá—. ¿Cómo dices que no sabes pintar?

—¡No es un arcoíris mami!— se quejó Ema—. Míralo bien. ¿No te das cuenta? ¡Es un camino!

—Pero sale de la ventana.  Si fuera un camino empezaría desde la puerta.

—No, mami. Es un caminito mágico que cuando cierras fuerte, fuerte los ojos, llega a un sitio  muy lindo. Allí, donde está papá— insistió Ema señalando una estrella que todavía brillaba en el cielo.

Y sonrieron al ver como esa estrella empezó a latir más.

Rossana Sala, 24 de octubre de 2015.


El día se ilumina.

Miro  tus ojos. Siento que me miras.

No hago ni digo nada.

Te veo derramar una lágrima. No puedo secártela.

¡Qué impotencia la mía!

Tengo la esperanza, sin embargo, que esa lágrima que recorre tu rostro, lo hace feliz.

No podría ser de otra manera. No debe.

Tantos momentos  juntas convertidos  hoy en recuerdos.

Si tan solo pudiera yo, dejar caer una lágrima. Solo una. Lo haría. Lo haría con alivio. Lo haría con una sonrisa. ¡Qué locura!

Hoy nuestros encuentros son esporádicos. Son breves. De vez en cuando me visitas. Lo haces sin saberlo y me llenas de alegría. Cada vez que te miro estás diferente. Siempre tan linda.

Y no te puedo hablar.

Trato de oír tu voz, de descifrar tus labios. Lo he intentado tantas veces. Lo juro.

Pero es imposible.

Entonces, invento.

Invento que me dices que me quieres, que me extrañas. Que recuerdas que jugamos mucho, que pintamos juntas, que reímos y paseamos,  que te llevé al parque y a montar el poni, que te compré galletas y helados de fresa,  que canté contigo y te hice cosquillas, que te acaricié el pelo como te gustaba, que te llevé al mar y nos mojamos los pies en el agua helada.

¡Cómo nos divertíamos!

Y fuiste creciendo y dejaste de ser mi niña y te llevé a las fiestas, conversamos tanto,  leímos, también bailamos…y llegó el momento, te fuiste de casa.

Hiciste tu vida.

Me quedé entre lágrimas, pero como las tuyas: de amor, de alegría, de orgullo, de calma.

Y hoy una vez más, contemplas mi foto.

Miro tus ojos. Siento que me miras.

Papel. Tinta.

Historias en sepia. El tiempo me convirtió en eso.

Oscurece el día.

Acá  te espero, te espero tranquila, sin decir palabra.

No dejes de abrir el álbum.

Quizás mañana.

 

Rossana Sala.  Lima,  3 de octubre de 2015


Fue aquí donde me desperté una vez más esta mañana.

Recuerdo haber trepado a mi caballo. Huir de casa.

Recuerdo haber cruzado charcos, ríos y montañas.

Recuerdo los ojos de mi madre viéndome ir sin decir palabra. Sin pedirme que me quede ni querer saber dónde me marchaba.

No.

Tampoco me preguntó por qué me iba. ¿Para qué hacerlo? Ella lo sabía.

blummeDSCN3594Y aquí  estoy yo, sentada.  Sentada en medio del huerto. En medio del huerto húmedo por las lluvias que la noche entera empaparon mi cuerpo.

Abro los ojos.

Veo flores amarillas. El rocío les da un brillo inusual gracias al sol que empieza a brillar con calma.

El cielo está limpio. Azul. Así como me hace falta.

A lo lejos, mi caballo. Bebe agua de un riachuelo como si nada nunca hubiera pasado. Como si las cosas no fueran a cambiar.

Pero yo sé que algún día serán diferentes.

Siento el olor a campo. El olor a tierra.

Suspiro.

Suspiro con nostalgia. Suspiro para olvidar y también para recordar.

Suspiro al reconocer el árbol. Ese roble solitario en medio del huerto.  Fuerte. Seguro. Alto. Frondoso. Solía treparlo de niña con María y Esther, mis hermanas. Más de una vez comimos galletas, soñamos traviesas, juntas las tres bajo su sombra.

Recuerdo el día en que mi abuelo salió de casa.

Llevaba con él una sierra, una soga y unas tablas.

Mi abuela de ojos grises y cansados lo vio irse y no le dijo nada.

Y yo que era solo una niña, le reclamé y le pedí entre lágrimas:

¿Dónde va el abuelo? Por favor…¡no dejes que se vaya!

Pero mi abuela, al igual que mi madre, se quedó callada.

Esa noche el abuelo no llegó  a casa.

A la mañana siguiente corrí al huerto.

Vi a lo lejos el roble. Fuerte. Seguro. Frondoso.

Algo colgaba de una de sus ramas.

Era el columpio en el que desde aquel día me siento. Me siento y descanso y voy y vengo y disfruto tranquila en medio del huerto.

 

Escrito el 19 de setiembre de 2015 por Rossana Sala, todavía en medio del huerto.

  CAF RUNNERS. EL ORIGEN

Posted: 17 September, 2015 in 2015
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Seis  y media de la mañana.

La ciudad está en silencio.

Algunos faroles iluminan con timidez el parque Los Caobos.

Una brisa fría nos alivia del calor que más tarde no nos soltará.

Se da la partida.

Yo formo parte del segundo grupo. Soy una de los cinco mil participantes del Medio Maratón CAF. Treinta minutos antes empezaron a correr los del maratón completo: cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros, distancia que en mis viejos tiempos alguna vez alcancé. Jóvenes tiempos, mejor dicho.

Mi corazón se acelera. Esquivo a los corredores que avanzan con lentitud.

Necesito espacio.

Salir del embudo.

Agarrar mi ritmo.

Caracas. Ciudad en la que viví nueve años. Ciudad en la que por primera vez troté.

Sería el 2004 cuando empecé a correr en el Parque del Este. Poco a poco fui conociendo más gente. —¡Épale, chama! ¿Corres mañana?—

Participaba en una carrera de diez kilómetros, luego en otra.  

Me encontraba en el Parque con amigos de la oficina.  —¿Tú también corres? ¡Qué sorpresa!  ¡Otro día nos vemos!—

Siento el golpeteo de los pasos a mí alrededor. —Mientras no pasen encima de mí,  todo va bien— reflexiono con optimismo.

Me acomodo el reloj. Escucho la música de mi Ipod. Me gusta correr al ritmo de alguna canción. Me siento ligera. Una especie de dieta psicológica.

Kilómetro tres. Se acerca la primera cuesta. Me esperan cinco más.

¡Cómo pude haber hecho eso! Inscribir a Luis Enrique y a su amigo Antonio en la carrera del Valle Arriba. Allá en el 2005. Debieron odiarme. —Esto no es humano, no es natural, mujer— me repetía Luis Enrique al llegar a la meta jadeando en plena subida. Pensé que él ya no volvería a trotar. Que seguiría dándole golpes a sus pelotitas de golf y yendo y viniendo en la piscina.

¡Agua! Por fin un punto de agua. Me refresco. La temperatura empieza a elevarse. Ahora que vivo en Lima, extraño ese verde tan vivo de las montañas. El Ávila. El cielo azul. Los entrenamientos al amanecer en el Parque del Este.

Me execraron Luis Enrique— recordé haberle dicho compungida una mañana cuando me vio en el Parque trotar sola (y desvalida). Es que no me gustó el nombre que querían ponerle al grupo con el que corría, se los dije y me expulsaron.

—¡No necesitamos de ellos!— exclamó olvidándose del dolor de piernas que había sufrido en Valle Arriba por mi culpa—. ¡Fundaremos nuestro propio grupo en CAF!sentenció con esa voz convincente que lo caracteriza. Hablemos con Marcos, con Jairo.

He creado un monstruo— pensé preocupada.

—Convócalos para hoy mismo.

He creado un monstruono tuve duda.

Kilómetro ocho. Avanzo por la avenida O’higgins para llegar a la Redoma de la India.

Me alegro al encontrarme con Jairo. Jaironman como lo bautizamos. Fiel a su estilo, corre erguido. A paso firme. Lleva puesta la franela gris y azul de los CAF Runners.

CAF Runners, ese nombre fue escogido por mayoría de votos y propuesto por mí. (Clara ironía del destino). En segundo lugar quedó TROTACAF. —Suena a jarabe para la tosme comentó Germán el día del escrutinio. 

Entre todos diseñamos el logo: un hombrecillo que corría y dejaba atrás rayas horizontales.

Mandamos a hacer nuestras franelas las que con sonrisas “cafkeanas” estrenamos como niños con juguete nuevo un sábado cualquiera en el Parque del Este.

FOTO2A vista e impaciencia de mis “execradores” corrimos bajo la sombra de los apamates y jacarandás y esquivamos los frutos caídos sobre la grama.Debes tener cuidado con el esguince de mango”— me advirtieron un día (ya tarde).

Siento una punzada en el estómago. Será por hambre o mi mal entrenamiento.

No es el momento de averiguarlo.

Tomo agua mientras saboreo una gomita energizante con gusto a cereza.

Sin sombra y sin pretextos debo seguir mi camino. Correr los diez kilómetros que todavía me faltan. “Quiero verte sonreir” escucho en mi Ipod cantar a Carlos Vives. Sonrío. No por hacerle caso a Vives por supuesto, sino porque me siento bien.

FOTO 1Estoy contenta de estar en Venezuela.

Avanzo entre caras nuevas para mí: Xavi, Fabiola, Fred, Carlos, Pablo, Lissette. Tanta gente de la oficina venida de España, Colombia, Bolivia, Ecuador, Panamá y no pienso ya en eso que me agoto y debo seguir.

Mis piernas no se detienen. Mis recuerdos tampoco.

Y allí está Emilio: El Zorro.  (Alguna vez ganó una competencia en la que él mismo no había participado. ¡Qué astucia!). Y Marcos: El Comandante. (Dirige los eventos pre y post maratón. ¡Salud! Claro que corríamos por nuestra salud.)  Y Fidel y Carolina y Marcos Junior, Alejandro, Abel, Nelson, Manuel, María Angélica, Luzeth y tantos, tantos más.

CAF Runners y Afines, así fue bautizado.

Y nos empezaron a gustar las distancias largas…Paris, Nueva York…y clasificaron para Boston y se fueron a Buenos Aires, Berlín, Madrid y siguieron corriendo y lo siguen haciendo y el grupo de cinco pasó a ser de diez y luego de treinta, después de cincuenta y yo troto y yo sudo, por el kilómetro veinte, entre miles de pasos y miles de gentes, alcanzo la meta.

Termino feliz.

Recibo mi medalla de la cuarta edición del Maratón CAF.

Me estiro, converso con amigos y con desconocidos, comparamos tiempos, dolores y una que otra anécdota.

Es medio día.

El sol vertical ilumina el Ávila y calienta nuestros cuerpos.

Algunos deportistas siguen llegando. Organizadores y voluntarios no cesan en su trabajo y mezclados entre el público, agradecemos y aplaudimos los CAF Runners:  los viejos, los nuevos y los que pronto se unirán.

Escrito por Rossana Sala (La Sub Comandante), a los diez años de la Fundación de los CAF Runners

Lima, 5 de septiembre de 2015

 

HISTORIA EN CIFRAS

FOTO4CAF Runners: fue fundado en el mes de marzo del año 2005 por Luis Enrique Berrizbeitia, Marcos Subía, Jairo Zapata y Rossana Sala.

Ha cumplido 10 años de fundación y cuenta en la actualidad con alrededor de 50 miembros inscritos.

A partir del año 2011 la Corporación Andina de Fomento (CAF), ha organizado el “Maratón CAF Caracas”, un maratón que progresivamente ha ganado relevancia por ser una competencia reconocida por las instancias deportivas nacionales e internacionales, tales como: la Federación Venezolana de Atletismo (FVA) y la International Association of Athletics Federations (IAAF), y es miembro activo de la Association of International Marathons and Distances Races (AIMS).

En abril del 2015 se llevó  a cabo la cuarta edición del Maratón CAF:

-Se inscribieron 3,363 corredores para los 42 K. y 7,420 para los 21 K.

FOTO5-Corrieron/ terminaron 2,357 de los participantes en 42 K. y 4,841 de los de 21 k.

http://maraton.caf.com/

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¿Un poquito más?

Posted: 15 September, 2015 in 2015
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Panqueques de avena,pancake_de_avena_con_manzana_y_miel_0
manzanas calientes
y miel.

¡Abuela yo quiero!
Le pido otra vez.

Me mira.
Sonríe.
No escucha,
quizás.

Me mira.
Me entiende,
al ver mis ojos brillar.

Me invita orgullosa
de ese manjar.

Abuela,
me sirves
¿un poquito más?

Escrito a las tres de la mañana por Rossana Sala.
Estos sueños tan dulces
hacen engordar.
Con algo de canela
tampoco van mal.

Lima, 15 de setiembre de 2015


Abrí los ojos.

Tirada entre la maleza no podía ver nada.

Tenía la boca seca. ¿Cuánto rato llevaría en ese lugar?

Intenté levantarme.  Un leve mareo y un fuerte dolor en el brazo izquierdo me lo impidieron.

Esperé unos minutos.

Al ponerme de pie, me vi sumergida en un profundo agujero. Parecía un antiguo pozo abandonado. —La vegetación y pequeños arbustos debieron amortiguar el golpe—pensé.

¿Cómo había llegado hasta allí?

Traté de ver la hora pero no tenía el reloj puesto. Me imaginé que se me había caído. ¿Me lo habrían robado? Mi mochila. ¡Tampoco estaba mi mochila!

Aunque sin fuerza, el sol llegaba a alumbrar el lugar donde me encontraba. ¿Cuánto tiempo de luz me quedaría?

En ese silencio total, lo único que podía oír eran los latidos acelerados de mi corazón. Sin embargo, un perfume a madreselvas me daba tranquilidad. No me gustaba pero recordaba ese aroma. Yo conocía ese lugar.

Empecé a sentir calor.

Me quité la chaqueta y me acomodé sobre ella.

Respiré profundo.

Traté de acordarme de lo sucedido.

Esa mañana. Debió de ser al amanecer de esa misma mañana cuando salí  a subir la montaña. El Supremo. Así llamaban a ese monte a los pies del cual había crecido toda una ciudad, Zuma, al sur de El Carbajal en Venezuela.

Yo no conocía al grupo de escaladores, pero entusiasmada, me inscribí a través de una página web. Había visitado el monte Supremo cuatro o cinco veces durante el último año y no quería hacerlo otra vez sola.

Desde que los vi, no me gustaron. Algo me intranquilizó. Sus rostros. Sus miradas. Quizás su forma de vestir o de hablar. Ese tatuaje en forma de serpiente alada que llevaba en la pierna el que parecía ser el jefe del grupo. No había ni una mujer entre ellos. Pero ya metida en el autobús que nos llevaría a la montaña, no fui capaz de dar marcha atrás…así como una novia no puede decir que no ante el altar.

Faltaban pocos días para mi boda. Cada hora que pasaba tenía más miedo. Más ganas de escapar. ¿Sería mejor perderme en las montañas que decir que no al matrimonio? Quizás fue esa la razón para unirme con esos extraños.

Ahora eso no era importante. Ahora solo debía salir de allí.

¿Pero acaso quería hacerlo? ¿Quería salir de allí?

Volví a pararme para buscar a mi alrededor. Definitivamente mi mochila no estaba. Tampoco mis palos de escalar ni el celular.

Había perdido todo y sin embargo no me importaba.

Ya no me importaba.

Me senté.

El silencio era embriagante. Demasiado agradable. A lo lejos pude oír el agua de algún manantial. No debía ser tan profundo el pozo.

El brazo dejó de dolerme.

Me quedaría allí. ¿Para qué salir y enfrentar aquello que no era capaz de hacer?  Decir que no. Decirle que no a Sebastián. Que no me casaría con él. Que tenía miedo.

Mi corazón latía ahora casi imperceptible. Me sentía segura. Protegida por las suaves hierbas y los muros de piedra de ese viejo pozo.

De pronto, dejé de oír el correr de las aguas.

El perfume a madreselvas se hizo más y más intenso.

Recordé el olor de la esposa de mi padre. ¡Cómo la odiaba! Desde niña nunca supo quererme ni yo a ella.

—Dice tu papá que ya es hora. Que salgas del cuarto— me ordenó con esa voz punzante a la que jamás me pude acostumbrar—. ¡Vamos, vamos, que Sebastián te espera!

Rossana Sala. 29 de agosto de 2015


 Te despiertas con el ruido insoportable del despertador.

Lo apagas.

—Quince minutos— me pides.

El cansancio. La flojera. No puedes vencerlos. No debiste acostarte tan tarde anoche, David. Te lo advertí. Me escuchaste, pero no me hiciste caso. Relájate. Te doy quince minutos pero ni uno más. Ayer me dijiste lo mismo y mira, dormiste hasta las ocho y no te paraste para salir a trotar. Sabes que el deporte te gusta. Que te hace sentir bien por el resto del día. Si no haces ejercicios, luego te arrepientes.

—Ya cállate—me dices—. Que te deje en paz esos quince minutos.

¿No lo escuchas? Es otra vez tu despertador. ¡Ponte las zapatillas y sal!

Te levantas.

Los pies te pesan casi como los latidos del corazón.

Te miras al espejo. Te peinas esos crespos alborotados. Te lavas la cara. Te vistes. Te vienen unas ganas terribles de regresar a la cama. Hace frío allá afuera, lo sé. Mucho frío. Y tu cama está tan calientita.

Ya, David. Déjate de estupideces y pretextos. ¡Eres joven y fuerte! ¡No jodas! ¿Hace cuántos meses que no corres? Sí, sí. Todos saben que María te dejó. Que se fue de la casa. Que se llevó al niño. Que desde entonces piensas que solo tienes mala suerte. ¿Y acaso crees en eso, David? ¿Crees tú en la mala suerte?

Te prometo que hoy será un buen día. Será diferente.

Vas a ver.

Por fin. No te olvides de la música. Te hará bien trotar con ella.

¿Viste? Empezaste a correr y te saludó una muchacha. ¡Sonríe hombre, sonríe! Que van a pensar que eres un amargado y tú no eres así. Nunca lo fuiste. ¡Vamos, dale un poco de música y ritmo a tu vida!

El mar. ¿Lo hueles? ¿Sientes su brisa? Está un poco fría pero te hace bien. ¡Aprieta el paso!  ¿Ves a esa señora? Si te fijas bien, se ríe. Yo creo que hasta canta.

El cielo. Míralo bien, David. Sí. Ya sé que en Lima es gris, pero tú puedes verlo del color que te dé la gana. Tú escoges. Imagínatelo celeste y con sol y que un viento fresco te impulsa. ¿Lo sientes? No me digas que no, David, porque a mí ya me están dando tremendas ganas de salir a correr y los latidos del corazón se me están yendo a galope. Escucha los tuyos. Van cada vez más rápido como si supieran que algo bueno te espera. ¡Vamos!

Y ahora ¿qué?

Te pones a pensar en Alonso. Y, claro. Es natural que extrañes a tu hijo. ¿Cómo no vas a echarlo de menos, David? En una de esas te animas y le dices que salga a correr contigo. Ya cumplió diez años. Con seguridad le encanta la idea. ¡Salir a correr con papá! Sí. Por fin te saco una sonrisa. ¿Te lo imaginas? Tu hijo. Tu Alonso.  Trotando a tu lado. ¡Sabes cuánto te quiere! ¡Dale! No bajes el paso. Siento tu corazón ir con más fuerza. ¡Cómo se te acelera, David! ¡Ese corazón tuyo sí que palpita con furia! Te dije que hoy sería un buen día. ¡Suda! ¡Toma aire! ¡Canta! ¡Para eso llevas tu música! Nadie te escucha. Eres libre. Siente la vida. ¡Disfrútala!

¿Y entonces?

¿Cuál es tu apuro?

¿A dónde crees que vas? ¡David! ¡Ven acá! ¡Es una orden! ¿No me entiendes? ¿Qué te pasa?

¡No sé lo que piensas!

¡Sonríes!

Por fin te veo feliz.

¡Vete ya!

Lima, 22 de agosto de 2015

SED

Posted: 17 August, 2015 in 2015, Agosto
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La sed. No la soportaba.

Salí de Lima por el fin de semana. Fui a la casa de unos amigos en medio de las montañas. Necesitaba relajarme. Escapar de mis recuerdos. De mi dolor. Mi abuelo. Mi pobre abuelo acababa de morir. Le tocaba morir. Estaba viejo. Se fue apagando poco a poco hasta que un día no abrió más los ojos y me dejó.

Lo quería tanto.

La sensación de angustia me hizo levantar a media noche.

Tenía una sequedad inaguantable en la garganta. Fui a la cocina. Encendí la luz para buscar un vaso. Al llenarlo de agua me vi. Me vi allí reflejada. Me vi reflejada colgada de una horca. Moría. Ante mis propios ojos, yo moría.

Dejé el vaso.

No probé el agua.

—Tranquila Natalie— me dije al volver a la cama—. Es tanto dolor que sientes lo que te hace pensar de esa manera. Morir colgada de la horca. ¡Imagínate!

Me arropé bien para tratar de dormir unas cuantas horas más. Seguía con sed pero eso ya no me importaba. La imagen de mi misma muriendo con los ojos contorsionados pero a pesar de todo con una breve sonrisa, me confundía. ¿Por qué estaba feliz en el momento de mi muerte? ¿Es que la vida me era tan dura que el poder salir de ella hasta me daba alegría?

No podía seguir más en ese dormitorio. Me faltaba aire.

Me levanté.

Me puse unos jeans, una chaqueta, una gorra.

Iría a montar bicicleta.

A mis casi cincuenta años todavía tenía fuerza para hacerlo. Es más, era la bicicleta la que me daba fuerza para seguir adelante. La energía al pedalear me hacía sentir el sol, el viento, el olor a tierra.

Preferí no mirarme al espejo antes de salir. Siempre lo hacía. Me maquillaba un poco.  Era algo que había aprendido de mi madre. —Nunca salgas sin estar bien arreglada—me decía—.No importa a donde vayas.

Pero no me miré. La idea de encontrar mi imagen una vez más colgada de la horca me asustaba. ¿Seguiría sonriendo? ¿Y si esta vez, lloraba?

No quería morir.

Salí del cuarto sin hacer bulla.

Me acerqué a mi bicicleta. La había dejado a unos metros de la puerta principal apoyada al tronco de un árbol.

—Es una linda casa la que tienen mis amigos— pensé al verla iluminada por el primer brillo del amanecer. Rodeada de retamas, con techo a dos aguas para dejar correr las lluvias de invierno y claro, no  podía faltarle una chimenea.  Recordé mi infancia. La casa era exactamente igual a las yo hacía en el Kindergarten cuando la maestra nos ordenaba pintar algo que nos gustara. Seguro que en mis dibujos las paredes eran anaranjadas y los techos rojos, verdes o amarillos, así, como suelen hacerlas los niños en busca de alegría, como si las tonalidades  tuvieran que ver con el amor y con la vida.

Y la puerta de la casa se abrió.

—Pasa, pasa— me dijo mi abuelo—. Llegas tarde. Te estaba esperando. Está muy frío allá afuera.

Y entré.

Y se sentó en el sillón de la sala donde acostumbraba a escuchar música clásica y leer el periódico. —Ven acá, acércate— me dijo estirando su mano con esas venas azuladas que con los años se dejaban ver cada vez más. Y me apoyé en su regazo. Y me hizo cariño. Y dejé de tener frío. Y me sentí tranquila. Aliviada.

Lo dejé ir. Dejé ir a mi abuelo.

Ya no tuve sed.

Escrito por Rossana Sala, el 15 de agosto de 2015.

(Cuento escrito en el taller de narrativa dictado por Cronwell Jara en el que escogí el tema respecto a Nataile quien se ve en la horca en el reflejo de un vaso con agua)


—¡Cuando corres, cantas!— me dijo un muchacho de gorra amarilla.

Yo iba feliz por los malecones de Miraflores acompañada solo por la música de mi Ipod, cuando el muchacho de la gorra se puso a trotar a mi lado.

Hasta hoy no entiendo como alguien en su sano juicio, tuvo el coraje de acercarse a mí, una desorejada total.

Lo miré de reojo mientras seguí mi ritmo. I want to ride my bicycle decía la canción.

No tenía ganas de conversar con nadie esa mañana. Disfrutaba del sol, de la brisa del mar,  ¡de mi música!

—Disculpa si te interrumpo— insistió—, pero siempre te veo correr por acá y me provocó saludarte.

Para no caer antipática, me quité un audífono. Solo uno. Tampoco es cosa de ser mal educada por las pistas y después de todo, trotar acompañada, también es agradable.

—Hola.  Sí, creo que nos hemos cruzado algunas veces— le confirmé mientras recordaba a ese muchacho de barba negra y poblada, un poco más alto que yo, siempre vestido con algún polo de color alegre.

—Me llamo José. ¿Cuál es tu nombre? ¿Vienes todos los días a esta hora?

En ese momento me arrepentí de quitarme ese audífono. Debí haberme hecho la que no escuchaba nada y seguir mi rumbo.

—Bueno sí— le dije parca sin responder adrede a la primera de sus preguntas.

—Soy urbanista— continuó sin que yo se lo hubiera preguntado—. Trabajo en un proyecto de desarrollo en la ciudad. Y tú, ¿qué haces?

Es mi oportunidad de hacerlo huir—pensé—.  Decir que soy abogada había espantado a más de uno (sin fundamento por supuesto).

—Soy abogada— le advertí con una sonrisa sarcástica mientras miraba mi reloj para revisar mi paso.

Pero mi plan falló.

El muchacho continuó con su soliloquio: que sus proyectos, que las calles, que el tráfico, que el desarrollo.

Todo interesante hasta que preguntó:

—¿Y tú crees que entre un urbanista y una abogada pueda suceder “algo”?

—No, si hay un ingeniero de por medio— le contesté de saque, extrañando una vez más mi audífono mientras que con el otro alcanzaba a oír a los Beatles con su inolvidable Help.

—Ah— me dijo en lo que me pareció ser un suspiro que lo animaría a efectuar un fugaz y digno escape.

Pero no se cayó ni se calló.

Siguió a mi lado tratando de hacerse el gracioso, explicándome que según la gente los arquitectos nunca fueron capaces de ser ingenieros y que los urbanistas nunca tan inteligentes como para ser arquitectos.

Yo, ya metida en esta conversación sin sentido, le objeté su “chiste” defendiendo (como es natural en los abogados) a los arquitectos y, a pesar de todo, a los urbanistas.

—Bueno— le dije decidida a dar por zanjada de un solo paso aquella charla—. Acá doy media vuelta y regreso.

Había atravesado el Puente Villena. Me faltaban algunos kilómetros para llegar a Larcomar y terminar mi ruta, pero preferí volver a mi casa.

—¿Corremos juntos mañana? ¿A qué hora nos vemos? ¿Vamos uno de estos días a bailar?— insistió.

Lo miré.

Eso bastó.

—Mejor nos despedimos—reaccionó a mis ojos—, pero dile a tu esposo, que por si no lo ha notado, tiene en ti a una gran mujer que además de ser deportista, tiene una linda sonrisa.

—Debe saberlo— le aseguré—. Ya te he dicho que él es ingeniero, no es urbanista.

Y se fue risueño.

Pobre. Sospecho que no entendió mí ironía. ¿Y de dónde se le había ocurrido que yo estaba casada con el ingeniero?

Pasaron algunos meses sin que el urbanista se cruzara por mi camino, hasta que un día me saludó mientras yo trotaba cantando distraída.

Me quité un audífono, lo que fue un derroche de cortesía de mi parte y lo que confirmó además el grado de abstracción en el que me encontraba.

—Estuve de viaje. Me fui a Chile a pasar las Fiestas con la familia de mi mujer— me comentó.

—Ah, qué bueno— lo felicité mientras trataba de recordar en qué momento, aquel día que conocí a ese hombre, me había contado que estaba casado. ¿Pero si quería ir a bailar conmigo?

—¿Y qué tal las Fiestas? ¿Cómo está tu esposo?— me preguntó.

—Yo no soy casada— le dije.

—Pero…¿y el ingeniero?— me reclamó tragando saliva y secándose el sudor con el polo.

—Salía con él. Hace semanas que ni sé de su vida.

—Y entonces, ya que no hay un ingeniero de por medio, ¿puedes ir a bailar conmigo?— me invitó sin perder el ritmo.

—¡Cómo han cambiado las cosas!— le dije al urbanista al ajustarme bien mi segundo audífono y mirar al frente sin dejar de trotar—. Cuando te conocí, me diste a entender que eras soltero y pensaste que yo estaba casada. Ahora, resulta que yo soy la soltera y que tú estás completamente casado.

Movió sus labios con alguna prisa, pero yo ya no lo escuché hablar.

Me fui cantando.

Sentí el impulso del aire marino.

La técnica de los audífonos surtía efecto una vez más.

          Escrito por Rossana Sala, el 15 de julio del año 2015. Acabo de regresar de montar bicicleta estacionaria en el gimnasio. —Además de pedalear, ¿cantas?— me preguntó el muchacho de la bici de al lado. Pensé en quitarme un audífono o mejor los dos. 

ADVERTENCIA: LA HISTORIA Y LOS PERSONAJES NO SON NECESARIAMENTE REALES. LO ÚNICO INCUESTIONABLE, ES QUE CUANDO HAGO DEPORTE, CANTO (MAL).

¡NO JODA!

Posted: 29 April, 2015 in 2012
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Me llamaron la atención las botas negras de la señora que viajaba al lado mío en el avión. Aunque no eran tan altas, se veían poco femeninas y pesadas.

Íbamos de Perú hacia Venezuela, lugares en los que en esta época del año —abril— todavía se siente con fuerza el calor.

Caminar en Caracas con esas botas, pensé, debe ser un horno.

Yo tenía puestas zapatillas para correr ya que viajaba para participar en una media maratón.

Me las quité a los pocos minutos de sentarme. Las dejé al lado de mi bolso, bajo la butaca delantera. Sobre mis medias deportivas, me puse unas de algodón un poco más gruesas que me abrigaban los pies y daban comodidad. Aunque el color de mis zapatillas era demasiado alegre para usarlas a diario (una mezcla de tonos fucsias, amarillos y verdes), preferí llevarlas puestas y evitar así el riesgo de perderlas. Había entrenado con ellas y sería bastante difícil conseguir un par similar.

Leía un cuento de Carver, cuando me interrumpió la aeromoza para ofrecerme el almuerzo. Era aproximadamente la una. El avión había partido con retraso lo que me había dado tiempo para comer algo antes del vuelo así que casi no probé bocado.

Dejé la fuente en la mesita del asiento libre que había entre la señora de las botas y yo.

Abrí los ojos.

Me había quedado dormida. No debió ser por mucho rato puesto que la bandeja seguía donde yo la había dejado.

pan pocilloSin embargo, el pan que no toqué, ya no estaba.

Seguí observando.

La ensalada de papas y zanahorias que empecé a probar pensando que eran piñas y naranjas (presbicia), había desaparecido incluyendo el pocillo de plástico rojo en el que fue servida.

Pobre mujer, pensé. Ciertamente tenía hambre.

Y cuando decidí tomar un sorbo de mi agua, mi vaso tampoco estaba.

Fue en ese punto cuando miré de reojo y sin compasión alguna a la señora de las botas negras.

Mi agua. ¿Cómo se atrevió a tomársela?

Ella, frente a su fuente vacía y sin ningún pocillo rojo, dormía apoyada a la ventana.

Su blusa a rayas azules le cubría el mentón. No era una mujer tan gruesa pero tampoco se veía desnutrida. Tendría unos cuarenta años.

Abrió los ojos.

Se dio cuenta de que la observaba.

No pronunció palabra.

Se paró en el instante en el que un niño en el asiento de atrás empezó a pegar alaridos y a despedir un olor que obligó a su madre a llevárselo al baño (¡gracias a Dios!).

Mi vecina en cambio —ya sin hambre ni sed, me imagino— pasó delante de mí para dirigirse al pasillo no sin antes preguntarme: ¿podré ir al baño de adelante?

—No creo— le respondí parca.

—¡No joda!— me dijo y con su paso firme y sus botas negras se dirigió a primera clase.

A los pocos minutos regresó a su asiento.

Le pedí a la aeromoza otro vaso con agua.

La señora de las botas pidió el suyo.

Me acomodé para dormir asegurando mi cartera y demás pertenencias.

A manera de señuelo dejé tres cuartas partes de agua en mi vaso en la mesa de la butaca vacía que (una vez más gracias a Dios) nos separaba.

La miré con disimulo un par de veces.

Ella no tocó mi vaso.

Yo tampoco.

Yo me quedé dormida.

Sospecho que ella también.

Me desperté con la voz del capitán que anunciaba que faltaban treinta minutos para el aterrizaje.

aguaMi vaso seguía casi lleno.

¿Le habría dado algún sorbo esa mujer?

Pensé en la media maratón que correría dentro de dos días. Veintiún kilómetros. Hacía mucho tiempo que no participaba en una, pero cualquier pretexto era bueno para viajar a Caracas y visitar a los amigos. Había vivido allí por nueve años y era además el lugar donde había empezado a trotar.

—¿Es tuya?— me distrajo la señora señalando la botella del bolsillo delante de mi asiento.

Una cicatriz profunda se dejó ver debajo de la manga de su blusa a rayas.

—Sí— respondí confundida mientras pensaba que quizás esa herida era producto de alguna quemadura. ¿Qué le habría pasado? ¿Por qué tendría tanta sed?

—¿Me puedes servir un poco en este vaso?—

¡Pero si era mi vaso, mi agua y ahora además quería la de mi botella!

—Tome la del vaso— le respondí con sequedad.

Así lo hizo.

Se había comido mi pan, mi ensalada, bebido mi  agua. ¿No era suficiente?

Podía entender que tuviera hambre, pero ¿por qué no le pedía algo de tomar a la azafata?

Por otra parte, responderle que le pidiera un vaso a la aeromoza podría haber sonado descortés de mi parte.

Traté de olvidarme del tema volviendo a mi lectura de Carver.

No habían pasado ni quince minutos cuando el capitán anunció que estábamos próximos a aterrizar.

Empecé a guardar mi libro y a arreglar mis documentos.

¿De qué sería esa marca en el brazo?

El  niño del asiento de atrás chilló de nuevo.

Me quité las medias de viaje y busqué mis zapatillas.

No estaban.

Moví unas mantas y almohadas que la señora de las botas había puesto en el piso bajo los asientos delante de nosotros.

El avión tocó tierra mientras yo seguía sin encontrar mis zapatillas.

¿Cómo podían haber desaparecido? Y ahora, ¿qué haría en la carrera?

El niño dejó de sufrir.

Y allí, agachada entre mi cartera y las mantas, me pareció tocar una bota negra.

Y al ver sus pies (los de la señora), por fin pude encontrarlas.

¡Mis zapatillas!

Y ella…las tenía puestas.

—No joda—. Estaba a punto de repetirle su propias palabras cuando su celular timbró.

—Dios te bendiga, mijo—respondió sonriente—. Sí, ya me devolvieron de Lima—agregó al levantar la voz con un cierto tono de orgullo—. Estoy bien, llegando a Venezuela. Por fin me dejaron salir, mi amor. Nos vemos pronto— se despidió de suijo, mirándome al salir del avión con un silencioso no jodas, llevándose mi botella y mis zapatillas bien puestas.

Escrito por Rossana Sala, en Caracas el 26 de abril del 2015. Acabo de llegar al hotel luego de la carrera. La organización excelente. Bastante hidratación. Seguridad. Música. Aplausos. Tambores. ¡Una gran fiesta! Recordé mis años disfrutando trotar en esas calles.

Debo decir, sin embargo, que fue bastante duro correr bajo el sol inclemente llevando puestas aquellas botas negras.

Además, fue por el kilómetro doce, en plena cuesta, cuando vi lo que hace unos días había dado por perdidas: mis zapatillas.

Puedo jurar que eran las mías. Las llevaba puestas mi vecina de viaje.

¡Era ella!

Tenía en sus manos varias botellas de agua, de esas que reparten a los participantes, y corría perseguida por el personal de apoyo de la competencia.

En esas condiciones, cualquiera hace un buen tiempo. ¡No joda!


Demasiadas olas,
demasiados sueños,
demasiadao viento
y sol.

Demasiadas risas,
Demasiados besos,
demasiado frío
y color.

Demasiados pasos,
demasiado tiempo,
chocolate
y amor.

¿Demasiado?
¿Cuánto es demasiado?

De vez en cuando 
demasiado, 
le da a la vida
sabor.

Por tus sonrisas breves y recuerdos eternos

Como muchos sábados, a la hora que me levanto,  voy a trotar.

La distancia y la ruta no las programo.

Mi plan es simple: pasarla bien. Salgo sola y esa independencia me permite no planificar.

Si me encuentro con algún conocido, nos acompañamos conversando un rato o quizás hasta el final del camino (todo depende de su capacidad para soportar mi perorata).

Esto tampoco está calculado (por ninguno de los dos).

Y fue así como hoy, sonriente y ligera, sin notar que el sol calentaba con la saña que el verano le autoriza, salí a correr.

Avancé por las calles acompañada por mi música, mis pensamientos, mis ganas de no detenerme jamás.

Llevaba puestos esos accesorios que me transforman en un ser de apariencia peculiar: rodilleras protectoras de achaques rotulares; cinturón con botellas de agua y gomas energéticas; reloj que indica la velocidad y la distancia; gorra y anteojos de sol con lunas de espejo que compasivamente intentan esconderme de esa cruel realidad que los años traen consigo (y conmigo).

Fui por los malecones desde San Isidro hacia Barranco.

Siete kilómetros.

Once y media de la mañana.

Crucé el puente de la Bajada de Armendáriz.

Momento de regresar a casa.

El calor quemaba cada vez con más fuerza. El sudor invadía mis  ojos, mis labios.

Me fijé en mis piernas, en mis brazos.

El protector solar había dejado de hacer efecto.

Una vez más cuando me pregunten mis amigos por qué estoy tan bronceada—pensé—, tendré que responder que troté sola y me distraje.

Sin detenerme, tomé agua al tiempo que derretía en mi boca una gomita energética con sabor a cereza.

Vi pasar a una pareja que corría tomada de las manos. Insólito. Pero al igual que yo, lo hacían felices.

Me di cuenta entonces que  volver por los malecones sería avanzar a cielo abierto.

Sin sombra.

Decidí regresar atravesando el antiguo Miraflores. Cualquier calle sería buena. Era cuestión de ir por el lado de la acera en el que los árboles pudieran refrescarme. Por lo menos a ratos.

Avenida 28 de Julio. Larco. Pardo. Miré hacia la derecha. Comandante Espinar.

Allí estaba. En plena esquina. Y esta vez con la puerta abierta.

La casa que había sido de mi abuela.

La vendieron cuando yo tendría diez años.

Nunca más volví a entrar.

Funcionaba ahora como un centro público de salud.

Sin dudarlo, sin pedir permiso, sin quitarme la gorra ni los anteojos, con mis rodilleras bien puestas, mis botellas de agua y la piel salada de transpirar, me dejé llevar por la sombra y los recuerdos.

Sospecho que por mi vestimenta no debí haber pasado inadvertida, pero nadie perdió su tiempo en preguntarme quién era yo o qué es lo que hacía deambulando por allí en esa facha.

En la sala funcionaba la recepción.

En el comedor había escritorios.

¿Sería acaso la cantidad de muebles, papeles, personas desconocidas por mí, que hacían ver el lugar tan pequeño?

La piscina ya no existía. Tampoco el vivero. —Debes tener más cuidado con las plantas, chiquita— recordé las palabras de mi abuela cuando me sacó una espina de la mano.

Gordita, bajita. De sonrisa breve, silenciosa y dulce. Sus labios pintados de un suave tono rosa. El pelo gris siempre arreglado. Así la recuerdo. Con algún vestido azul de diminutas flores. Un sombrero de ala en el verano.

El patio se había convertido en la sección para lactancia de bebes. Le hubiera gustado a mi abuela ver esto, pensé  al encontrar a varios niños esconderse entre las piernas de sus mamás, de las enfermeras. ¿Se escapaban de las inyecciones como yo lo hacía?

Nadie me miraba. Nadie me hablaba. ¿Podrían verme?

Volví al lugar donde antes estaba la sala. Subí las escaleras que llevaban a los dormitorios. Sentí el crujido de mis pasos (y rodillas) sobre las viejas gradas de madera. No vi ningún letrero que prohibiera entrar, solo uno que señalaba la zona de psiquiatría.

¿Sería por eso que me permitían andar así tan campante?

Las habitaciones, convertidas en consultorios, estaban cerradas.

Atraída por la luz del balcón, me dirigí hacia él. Su piso de azulejos no había cambiado. Cerrado por grandes ventanales, era ahora otra oficina, pero a diferencia de las demás, estaba muy iluminada.

—Buenas tardes— distraje a una señora que leía informes en su escritorio.

Sin  permitirle abrir la boca, justifiqué  mi presencia.

—En esta casa nació mi papá. Y ese era el dormitorio de mi abuela— le dije mientras señalaba la puerta que daba al balcón.

—Cuéntame tu historia— me pidió invitándome a sentar en un diván imaginario.

Tuve tiempo para leer el rótulo de su mesa: “Dra. Emma Gutiérrez. Psiquiatra”.

—De niña venía a esta casa para visitar a mi abuela—continué—. Nos reuníamos con mis tíos y primos. Bajo las escaleras había un pequeño bar. Olía raro pero me gustaba. Recién  de grande descubrí que era a corcho rancio…

—¿Y alguien murió acá?— me sacó de los recuerdos.

—No que yo sepa— reaccioné a la defensiva.

—Es que sentimos golpes. Creemos que se trata de un espíritu— me explicó mientras buscaba mis ojos tras mis lentes.

—Debe ser mi abuela—le dije devolviéndole el reflejo de mi mirada y regresando con mi memoria a la infancia—. Era una mujer muy alegre. Le decíamos Amama. Yo la quería mucho. Le encantaba cocinar, hacerle ropa a mis muñecas. Siempre encontraba un pretexto para viajar en familia. Nunca estaba quieta y sin embargo estar con ella me daba tranquilidad.  Pero no se preocupe, doctora— agregué sin dejar que me interrumpa—. Ya no va a escuchar más esos golpes. He venido para llevarme a mi abuela— me sorprendí diciéndole al mismo tiempo que abandonaba el balcón.

—¡Vuelva pronto!— se despidió de mí—. ¿Le programo una cita?

Y troté feliz hacia mi casa y me di cuenta que allí donde busqué la sombra, encontré el sol y que esta vez, lo llevaba conmigo.

Mañana cuando me pregunten por qué estoy tan bronceada, no mentiré si respondo:

-Es que corrí acompañada por mi Amama.

                                                                                            

Lima, sábado 21 de febrero  de 2015

ATRAPADA (poema)

Posted: 24 January, 2015 in 2012
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Y al abrir los ojos

allí estabas.

No fue necesario que me toques.

Bastó tu mirada.

Enero 2015


FullSizeRender—Si golpeas con fuerza la olla, seguro que atraparás una— me aseguró Lucía mientras caminábamos entre los arbustos.

Serían casi las siete de la noche.

El sol se había escondido.

El frio de las montañas empezaba a entrar en nuestros cuerpos.

Mis dedos estaban entumecidos y helados, pero no lo suficiente como para que me impidan batir con entusiasmo la cuchara de palo dentro de la olla.

Tenía que conseguir por lo menos una gambusina.

Por mucho tiempo había oído hablar de ellas, pero nunca las había visto.

—El ruido las atrae, Melissa— me explicó Lucía con firmeza pero sin levantar mucho la voz. No quería espantar a esos animalitos luminosos que, guiados por el eco de las ollas y de nuestro suave llamado a manera de canto (¡Gambusinas! ¡Gambusinas!), en cualquier momento podríamos atrapar.

Ella sabía todo sobre las gambusinas y días antes me había prometido que en nuestras vacaciones a las montañas yo también las conocería.

Por fin podría verlas.

—¡Un beso, ya regresamos!— nos habíamos despedido de nuestra mamá al salir de la casa cargando los implementos necesarios para nuestro propósito: un par de ollas metálicas grandes pero livianas, dos cucharas largas de palo, una bolsa para guardar a las  gambusinas y una cuerda. —Hay que amarrar la bolsa rápido cuando las atrapemos— me había advertido Lucía—. Pero con cuidado. No debemos hacerles daño.

Las nubes ocultaban la luna que de vez en cuando se asomaba curiosa y llena y que, cómplice de nuestras aventuras, alumbraba apenas lo suficiente para que pudiéramos avanzar en la oscuridad entre los árboles del interminable jardín trasero de la casa.

El viento soplaba casi silencioso.

El ambiente era perfecto para atrapar a esos animalitos brillantes y redondos, de no más de diez centímetros de diámetro, sin rostro, escurridizos, alados y con patas imperceptibles. Así me los había descrito  Lucía y así es como yo quería verlos.

Lucía tenía trece años. Su pelo castaño, largo y lacio, le llegaba debajo de los hombros. Era delgada y, para su edad, bastante alta. Nunca estaba quieta. Hablaba mucho pero siempre segura de sus palabras.

Yo, con solo ocho años y el pelo todavía muy corto, confiaba en todo lo que ella me decía.

Era mi hermana mayor.

—¡Atrapé una!— gritó— ¡Abre la bolsa para meterla y ciérrala bien, Melissa! ¡No dejes que se escape! Es inmensa y de las amarillas.

—¡Pero no hay nada!—le reclamé—. La bolsa está vacía.

—¿Cómo que no? Fíjate bien. ¿No la sientes revolotear?

No le respondí.

Traté  de creerle.

Y fue así como esa noche, según Lucía, llenamos la bolsa de gambusinas.

Ella atrapó una roja, dos verdes, tres anaranjadas. Todas relucientes. Dos eran pequeñas y demasiado traviesas.

—Esta huele a margaritas— me dijo con tanta firmeza que pude sentir su aroma a flores frescas—. ¡Qué lugar tan raro para esconderse!  —comentó al sacar a una de las ramas de un arbusto—. Son tan delicadas. Presta atención. ¿Sientes sus susurros? Están  felices. ¡Ey! ¡Mira! ¡Tienes una! Ten cuidado. Suéltala. Aunque ciertas gambusinas nos gusten, a veces tenemos que dejarlas libres. Pero hay que saber cuándo y a cuáles. Si te fijas bien, algunas bailan y cantan. No dejes que esas se vayan. Son especiales. No es fácil encontrarlas. Una vez que las tienes debes saber cuidarlas. Acuérdate que son muy escurridizas.

Yo no entendí nada esa noche.

La bolsa siempre estuvo vacía, pero fue lindo salir a jugar con mi hermana.

Han pasado diez años desde que ocurrió esta historia y, a pesar de sentirme un poco desilusionada cada vez que la recuerdo, también le tengo cierto cariño.

Pero hoy Lucía se fue de la casa.

No vivirá  más con nosotros.

Y al despedirse y verme tan triste, sonrió tranquila, me dio un abrazo fuerte y me dijo: Melissa, es hora que vaya por mis gambusinas. Nunca dejes de buscar las tuyas. Ellas te esperan.

Rossana Sala.  Lima, 8 de enero de 2015

Para Lucía, me hermana menor.

Por sus gambusinas.