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Teresa sintió caer las hojas.

Como cada sábado de verano después del almuerzo, caminaba tranquila, con sus zapatos chatos, por la vereda ancha que la llevaba al puerto.

A sus trece años, Teresa disfrutaba de un helado de vainilla, mientras el calor del sol le abrigaba el cuerpo.

Pero ese sábado no fue como cualquier otro.

Ese sábado a Teresa le sucedió lo que no esperaba. Y había sol. Y caminaba con sus zapatos chatos, con su helado de vainilla, por la vereda de siempre.

Ese sábado sintió caer hojas. Miles de hojas. Hojas gruesas y secas de árboles viejos y tercos.

No.

No era posible. Era verano. Un día hermoso.

Y su helado de vainilla cayó al suelo.

Los árboles no debían perder sus hojas. El aire no debía envolverle de esa manera tan áspera y tosca, no debía murmurarle al oído, decirle que no, decirle que sí.

Pero, ¿por qué le hablaba el viento?

Ella solo paseaba con sus trece años, sus zapatos chatos, su helado de vainilla, camino al puerto.

Y sin embargo esa tarde, el viento que a veces es suave y cariñoso pero que otras se convierte en un vendaval obstinado y feroz, le susurró frío al oído. Muy frío. Le susurró cargado de hojas amarillas, de hojas rotas, le susurro con la humedad del tiempo.

Le susurró lo que ella no quiso.

Lo sé.

Lo sé por sus ojos.

Lo sé porque esa corriente se llevó su sonrisa y le hizo volver la mirada al suelo.

Fue entonces cuando Teresa dejó cubrir su rostro con su largo pelo. ¿Lo hizo acaso para ocultar sus lágrimas?

Yo no soy Teresa y por más que le he preguntado, Teresa, ¿qué te dijo el viento? 

Teresa se ha mantenido en silencio.

—No te asustes, no hagas caso, mi niña —le he dicho—. Es solo el viento que sopla y que silba y hace caer las hojas aunque no sea el momento. Pero de la vida, ¿qué sabe de la vida el viento?

Y Teresa recogió su helado del suelo.

Y como cada sábado de verano después del almuerzo, con sus zapatos chatos,  por esa vereda ancha, siguió su camino al puerto. ¿A otro?

Rossana Sala. 14 de abril de 2016


imageFue su error. El error de María fue ése. Crear poemas, creer en ellos.

Por eso vive metida en una jaula.

Allí, en el mercado, la observan cada tarde, cada mañana.

La miran los viejos, la miran los niños, las monjas, los ladrones, los gatos, las carretas.  La olfatean los perros que atraviesan la plaza.

Pero nadie elige su jaula.

Unos pocos, los más arriesgados, se acercan a ella y al leer sus poemas,  con algún gesto de compasión o de desprecio, se marchan sin decir palabra.

Hasta que un día, un anciano de piel oscura y mirada sabia, se detuvo para observarla. Para tratar de entender qué le pasaba a esa mujer de pelo lacio y largo que vivía en el mercado encerrada,  rodeada de papeles, lápices y trapos pero que sonreía sin importarle nada.

-¿Me permites leer eso que escribes?  -le preguntó el anciano.

María sintió frio y levantó la mirada. El sol entibió su rostro. El viento le revolvió el cabello.

Un olor a hierbas secas invadió la plaza.

Otra vez se burlarían de ella, le dirían que es una escritora fracasada, que sus líneas son una farsa, que ese mundo no existe, que ya basta de soñar, que por eso merece vivir en esa jaula.

Pero al ver los ojos tan tristes de ese anciano que la contemplaba, María le entregó un poema, para que se marche pronto, que no se burle de ella ni le diga nada.

-Es para usted  -le respondió María extendiéndole una hoja blanca-. Le pido que lo lea en su casa.

El viejo tomó el manuscrito y se lo llevó sin dar las gracias.

María siguió con sus líneas, metida en esas rejas de fierro que la abrigaban.

No pasó mucho tiempo cuando María, vio al anciano de piel oscura acercarse a su jaula. Volvía con una sonrisa, con una mujer y tres niños que revoloteaban.

Y el hombre se sentó frente a María, frente a su jaula. Hicieron lo mismo los niños y la mujer que los acompañaba.

-Gracias -le dijo el anciano a María-. Gracias por escribir poemas sobre el sol, sobre la vida, sobre el amor y sobre  tantas cosas que no entendemos y no queremos aceptar que existen, los que venimos a esta plaza.

-Léenos más. Queremos historias felices  -le pidió uno de los niños metiendo una mano en la jaula para rebuscar entre las hojas blancas.

Y María, se puso de pie.

Y  leyó poemas de cielos azules y de sus sueños en las montañas.

Y la gente se detuvo a escucharla, a sonreír con ella.

Y abrieron la puerta de su jaula.

Pero no, no lo hicieron para que María salga.

Lo hicieron, para acompañarla.

 

Rossana Sala. 9 de abril de 2016


 

Ayer…

Almorzaba.

Sentado a la mesa. Solo. Solo en un pequeño café en el pueblo al que un par de años atrás, por fin, me había mudado.

Yo no hablaba mucho. Desde niño, mi madre se quejaba de mí por eso. Por mi silencio. Mi apatía. Mi falta de comunicación y de ganas de salir al patio a jugar con mis hermanos.

A mí me gustaba la música. Tocar el piano. Cerraba los ojos y el mundo se apagaba. No quería salir al jardín, patear la pelota, ni ver los árboles o sentir el  sol que tanto bien te hace como decía mi madre.piano

No.

Para mí el teclado era suficiente.

Era todo.

Pero no lo tenía. Nunca tuve un piano.   

—Es muy caro y ¿para qué va a servirte eso en la vida? —me repetía  mi padre con su mirada sabia detrás de las gafas negras.

Tantas veces me lo dijo que casi llegué a creerle.

Casi.

—Tu oído es bueno. Déjanos disfrutar de tu música —me decía mi maestro en la escuela.

Era una escuela pública. No había muchos instrumentos pero aun así, tenía un piano. Un piano de cola. Lustroso. Marrón oscuro. De alguna marca alemana que hoy no recuerdo. Sería un Schimmel. Pudo serlo. Pero era un piano. Un piano que me esperaba al final de cada tarde, solo, a mí, para jugar con él, con sus teclas blancas y sus teclas negras y juntos, hacer volar las notas musicales a los cuatro vientos.

—No dejes de estudiar matemáticas —me exigía mi madre al verme regresar de la escuela cada noche.

Por eso me vine al Sur, lugar donde ahora vivo. Para, en medio de este silencio, hacer lo que a mí me gusta.

Aunque todavía no tengo uno, soy maestro. Enseño a tocar el piano y acá sentado a la mesa, pienso en los niños. En esos traviesos de sonrisas huecas al recién haber perdido sus dientes de leche. En esos pequeños que cada mañana me esperan en la escuela, para aprender a sentir la música, crearla y divertirnos con ella, al ritmo de lo que se nos ocurra, sin que nadie nos diga déjalo, no lo toques, anda al patio.

Hoy…

Hoy amaneció un hermoso piano en la puerta de mi casa.

De cola. Marrón. Brillante.KLAVIER.jpg

Escondida en el teclado había una nota.

Una nota escrita a mano que decía perdónanos.

 

2 de abril de 2016


 

—Escribe sobre lo que te gusta —me dijo el árbol—, lo que te nazca. Sobre eso escribe.

—Es que mis cuentos son muy cortos —le respondí preocupada en el momento que una brisa tibia revolvió sus ramas.

Algunas hojas secas volaron para caer despacio, flotando sobre la hierba que a trancas y barrancas brotaba entre las raíces fuertes y seguras del árbol. De ese árbol que desde pequeño, creció en su propio mundo. Un mundo para el árbol. Creció y seguirá creciendo feliz (ja, ja), en medio de aquel inmenso huerto cerrado, rodeado de inmensas casas de fachadas blancas, habitadas por familias todas inmensamente felices.

Casi tan felices como el árbol.

¿Cuántos cuentos -todos los cuentos- de amor y de humor, habrá escrito, habrá soñado, habrá escuchado?

¡Cuántas historias se esconden entre las líneas de su tronco, pidiendo permiso para vivir a través de sus ramas y de sus hojas, permiso para sentir la luz y que así, entre la soledad y el amor, podamos disfrutar de ellas!

Y me habló sobre su vida, la historia personal de algunos de sus cuentos.

No siempre estuvo allí, dándole sombra a esa grama, sintiéndose tal vez triste alguna noche, como un reo en la nocturnidad entre esas paredes tan blancas.

No.

También lo abrigó el cielo de París y su última mudanza fue desde España.

Tantas veces amó. Con exageración o no, pero lo hizo.

Y fue en ese momento cuando el viento sopló con fuerza, anunciándome que era hora de que dejara el huerto y que volviera a casa.

—Busca cada día un momento para escribir. El mejor camino es así —me aconsejó finalmente—. Y no lo hagas a vuelo de buen cubero o como una extraña diversión. No. No le des pena a la tristeza. Está bien si tus relatos son cortos o si son largostree pero cuando escribas, hazlo siempre con deleite.—¿Y vas a leer mis cuentos? —le pregunté esperanzada al momento que colgaba mis historias en cada una de sus ramas.

—Espero que en abril —me respondió solemne.

 

Lima, marzo de 2016

Libros y cuentos de Alfredo Bryce  de los que se hace alusión  en el anterior relato:

A trancas y barrancas

Un mundo para Julius

La felicidad ja ja

Huerto cerrado

Todos los cuentos

Cuentos de amor y de humor

Permiso para vivir

Permiso para sentir

La historia personal de mis libros

Entre la soledad y el amor

La historia personal de mis libros

Dándole pena a la tristeza

Reo de nocturnidad

La última mudanza de Felipe Carrillo

Tantas veces Pedro

La vida exagerada de Martín Romaña

El mejor camino es así

A vuelo de buen cubero

Extraña diversión

Dándole pena a la tristeza

No me esperen en abril

 

 


—¿No recuerda usted cómo se llama? ¿No sabe quién es? —me preguntó un hombre de ojos negros y secos.

Podía sentir que estaba molesto conmigo. Nunca antes había visto a ese sujeto.

—No lo sé. ¿Usted sabe quién soy?  ¿Qué hago aquí?  —le respondí navegando en medio de las aguas de un inmenso río.

Atravesábamos la selva. La embarcación era larga y angosta. No cabrían en ella más de tres pasajeros. Las aguas oscuras nos impulsaban con furia y yo no sabía quién era aquel hombre.

boteSentí frío. Mi ropa estaba mojada. Mi cuerpo, mi pelo, estaban mojados. No llevaba zapatos puestos.

—Ayúdeme con el remo —me ordenó al tiempo que me alcanzaba uno.

Le hice caso. Remé. Traté de llevar su ritmo. Traté de olvidar mi vida a través de esos ojos negros y secos.

—¿Está segura que no se acuerda quién es usted? —me insistió.

Me dejé llevar por las aguas. Intenté no escucharlo. Su voz. La voz de ese hombre no me gustaba.

Escuché el canto de los loros.  Los vi volar.  Verdes. Turquesas. Rojos. Grandes.  Alborotados. Iban de árbol a otro. Libres. Felices. Los loros estaban felices y ahora, quizás, yo también lo estaría.

Estaría libre y feliz.

—¡Cayó un pasajero! —recordé el  grito de una mujer cuando me lancé al agua. Me sumergí de inmediato. Logré escuchar la sirena. Henry V, así se llamaba la embarcación en la que viajaba. Era bastante grande. Me pareció sentir la voz de un hombre, quizás mi esposo. Pero no podía ser él. Él  bebía cervezas en la cantina del barco. Seguí nadando. Nadé y como pude me alejé de esa nave asfixiante.

—¿Está bien? ¿Se siente bien?—me preguntó el hombre de los ojos negros y secos lanzándome su chaqueta para abrigarme.

Él no sabía quién era yo. Pero eso ya no era importante. Él no sabía que me había lanzado del gran barco en el que viajaba. Para huir de él, de mi esposo, de la vida que me esperaba a su lado.

Una lluvia torrencial empezó a caer. Los loros se escondieron entre las vegetación.

—Gracias, estoy bien— le respondí. Y remé. Seguí remando bajo las aguas que caían de ese cielo tan alto, tan cargado de nubes furiosas y negras. Remé  bajo los árboles que ahora cobijaban a esos loros turquesas, verdes, rojos y miré hacia adelante. El río se hacía cada vez más ancho, cada vez más mío y me sentí libre, libre por fin, en medio del río.


                                                                                                                                                                                                Para Marcia, por llenar de colores                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             la  vida de sus hijos:                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     María Guadalupé y André…

 

—Y tú, ¿por qué no pintas como los demás niños? —me preguntó el maestro en la clase.

—Es que no sé dibujar —le dije en voz baja, sin atreverme a levantar la mirada.

El muchacho sentado junto a mí sonrió.Estoy seguro que lo hizo, al igual que los otros niños. Allí todos, frente a sus obras de arte. Pinceles, témperas, crayolas, lápices, casas, árboles, flores. Y mi lienzo en blanco.

—Te burlas de mí —insistió el profesor acercándose a mi mesa con sus zapatos negros y su pisada furiosa.

No le dije nada. No pude hacerlo.

Lo vi cada vez más grande. Cada vez más molesto.

Yo tenía diez años. No sabía usar los colores. Es que en mi casa no habían: sillones, cuadros, paredes, mesas, sillas, manteles, mi ropa, mis padres, mis hermanos, hasta el jardín, todo era blanco y negro.

Y no levanté la cara, para esconder mis lágrimas.

Y el maestro pasó al lado mío. No se detuvo.

Caminó firme.

Llegó a la ventana.

La abrió de par en par.

Una brisa fría con olor a eucalipto refrescó el salón de clase.

Los niños soltaron sus pinceles y sus lápices. Dejaron de reírse de mí.

Tuvimos miedo. ¿Qué nos iba a pasar?

Y con una sonrisa suave y los ojos brillantes, así como se le iluminaban cada vez que nos hablaba sobre arte, nuestro profesor nos dijo:

image“Escuchen. Abran bien sus ojos. Observen. El cielo, el sol, los árboles, los pájaros que vuelan de rama en rama, todo tiene colores. Aunque por alguna razón no podamos verlos, los tienen. Nunca lo olviden.”

Y aquel día llevé a mi casa acuarelas rojas, verdes, amarillas y azules y pinté el sofá, las mesas, las paredes, los manteles y dibujé sonrisas y columpios y mariposas y nunca más dejé de soñar.

 

Rossana Sala. 5 de marzo de 2016


—Tiene la tos de los cien días —sentenció el doctor.

—¿De los cien días? Pero ¿qué es eso?

Y sin entender muy bien la explicación, María regresó a su casa.

Había pasado un mes y medio desde que le empezara la gripe.

La gripe se fue. La tos se quedó.

Nicolás, su esposo también se fue. Es un viaje de trabajo. No puedo evitarlo. Le dijo al salir de casa preocupado al dejarla así, entre tos y tos.

—El médico se equivocó —pensó María aquella noche. Eran las cuatro de la mañana cuando la tos la despertó de golpe. —¿De los cien días? Será de las cien noches —se dijo en pleno ataque engullendo un caramelo para calmar…—¡Ugh!—

¡No, María! ¿Por qué hiciste eso?

Agotada, María no se sentó para chupar el caramelo.

Echada en su cama, se lo metió en la boca en plena etapa previa a esa tos con la que casi convulsionaba.

Y lo aspiró.

Y lo succionaron su cuerpo y su alma.

Y en un instante quedó incrustado en su tráquea sellándose como una tapa.

—Ugh —pensó María con los ojos redondos y vidriosos y con las cejas altas—. ¿Y ahora cómo me saco esta vaina?

Y se sentó.

Y extrañó aún más a su esposo. Si Nicolás estuviera acá, conmigo, me haría alguna maniobra para sacar el caramelo…para que no muera con la boca abierta, despeinada y sin maquillaje con una pastilla atragantada… Cuando me encuentren estaré pálida, triste y con olor a desgracia.

No. No podía perder la vida en aquella facha patibularia. Y se acordó de sus hijos y también de sus nietos. ¿Cómo dejarlos con el perturbador recuerdo de que la abuela murió atorada?

Y sacó fuerza y botó aire y expulsó de porrazo aquella vaina.

Y lloró.

—Toseré cien días y también cien noches— se dijo.

Y al día siguiente se fue al club en la playa.

—El aire fresco,  ayudará a curarme— decidió.

Llevó libros y música.

Un día de sol.

Eso era lo que le hacía falta.

Pero no había un lugar libre. Y caminó mucho rato hasta encontrar una mesa y una sombrilla y una butaca desocupada.

—Lo siento —le dijo una señora—. Mi marido y yo, hemos esperado dos horas por este sitio. ¿Pero cuántos son ustedes? Quizás les podamos prestar algunas bancas.

—Estoy sola —respondió María.

—¿Sola? —preguntó la mujer estupefacta.

Y María les sonrió y siguió su camino en busca de algún lugar para pasar la tarde con sus libros y su música y tomar la siesta que le hacía falta.

Y lejos, muy lejos, encontró lo que buscaba.

—Que suerte tiene —le dijo un señor que la observaba—. Nosotros estuvimos parados por más de dos horas y tú, nada. ¿Cuántos son?

—Estoy sola —respondió María con calma.

—¿Sola y con tantas bancas? ¡Eres afortunada!

Y María decidió salir del club para dar una caminata.

—¿Está usted sola? —le preguntó la mujer que controlaba la puerta que daba acceso a la playa.

María la miró y le respondió sin entender qué pasaba.

Y María caminó a la orilla del mar. Escuchó música, se mojó los pies con el agua fría y salada, pensó en su esposo, sus hijos, sus nietos y le dio gracias a Dios por no haberla dejado morir por culpa de la tos y despeinada.

—¡Ugh!

¡María! Y ahora, ¿qué es lo que te pasa?

Y María cayó al suelo.

Dolor, ardor… De un salto se paró y salió del agua fría y salada.

Su pié derecho enrojecía, le picaba, pero además, sentía que algo se le había clavado.

Y su esposo sabría qué hacer para ayudarla.

Y se le adormeció el dedo y el tobillo y la pantorrilla.

No. No podía morir tirada en la playa, sin arreglar, con los pelos hechos un desastre y (por culpa del agua, claro está) arrugada.

Y no alcanzaría los cien días ni las cien noches de tos y no sabía qué hacer y le dolía y le hincaba.

Y como pudo, entre paso y paso y algo de tos, llegó al club.

Buscó agua dulce. Se lavó el pie.

El dolor empeoró.

image—Le picó una medusa —le dijo el médico de emergencias al sacarle el aguijón con una pinza—. ¿Vino sola?

Y María lo miró sin decir palabra.

—No debe manejar por unas horas —agregó el doctor—. Le pondré un antihistamínico para contrarrestar la alergia.

Y antes de los cien días y también de las cien noches, María dejó de toser, pues sin quererlo descubrió que con la inyección para la alergia, la tos también se calmó.

 

Rossana Sala. Febrero de 2016

María me pidió que les diga esto…

Si te atoras y estás sola…. https://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/ency/article/001983.htm.                        Cómo aplicarse la maniobra de Heimlich en uno mismo.

Si te pica una medusa o malagua… http://kidshealth.org/es/parents/jellyfish-esp.html?WT.ac=ctg#

 

Hay más información en la web…vale la pena averiguar…aunque no estés sola…

 

 


image-¡Sal de acá! ¡Corre a la montaña más alta desde donde puedas ver el río! ¡Ordénale que se detenga!- las recuerdo bien. Esas fueron las palabras de mi abuelo.

Yo era un niño. Acabada de cumplir trece años. Estábamos solos en su casa.

-¡Corre!- me insistió.

Desde el piso, donde dibujaba en mi cuaderno, lo miré incrédulo.

Extrañé a mis padres. Sentí ganas de pedirles que me expliquen qué es lo que pasaba. ¿Se sentía bien mi abuelo? ¿Por qué me habían dejado solo con él? Estaba muy viejo y caminaba poco.

-¡Sal de la casa! ¡Ve a la montaña! ¡Hazme caso!

Se puso de pie. Me señaló la puerta.

Era tan alto.

Había dejado de lado su voz gastada y dulce con la que siempre me hablaba, con la que me que contaba historias y juntos inventábamos aventuras cada noche.

Ese no era mi abuelo. No podía serlo.

Su mirada. Esa mirada nostálgica con la que al verme parecía soñar con el pasado y que brillaba al hacerme reír, al jugar conmigo, había desaparecido.

Y me levanté. Y me repitió que me fuera. Que cierre la puerta. Que suba a la montaña más alta desde donde pudiera ver el río. Que les exija a las aguas que se detengan.

Y mis padres no estaban.

Llegué a la puerta. Volví el rostro para ver una vez más a mi abuelo. Para que me diga que me quede.

Pero no lo hizo.

Asintió con la cabeza y me dijo adiós.

Volvió a sonreír seguro, tranquilo, pausado.

Recuperó en sus ojos la nostalgia, el brillo.

Allí estaba él.

Ese era mi abuelo.

-Confía en mí- me aseguró-. ¡Vete ya!

Y le hice caso.

Y corrí despavorido. Corrí con fuerza. Más de una vez tropecé y caí y me levanté y tomé aire y sentí mi corazón latir con rabia como si la vida y la muerte dependieran de mí y me ensucié con barro y no me importó.

Y alcancé la cima.

Y vi al río correr. Lo hacía con furia y no tropezaba, no se detenía y sin respirar y sin corazón se llevaba piedras y torres y campos y muros y llegaba a la casa de mi abuelo y fue entonces cuando le ordené, lo hice gritando, lo hice entre lágrimas: ¡DETENTE!

 

Lima, 27 de febrero de 2016


Hace tres años me enteré por una revista, que Eduardo Chirinos había escrito un libro de poemas.

-¡No puede ser!-me dije al reconocer en la foto a mi antiguo profesor.

Y con la curiosidad del caso asistí a la presentación de su poemario: “Catálogo de las naves”.

-Por lo menos esas naves siempre llegarían a buen puerto-pensé.

Y allí estaba él, con menos pelo, pero todavía rojizo. La barba, también la tenía. No lo veía hace más de treinta años y, era poeta, no profesor de geografía.

La presentación de su libro fue especialmente emotiva. Frente a tantos asistentes, lloró él y su esposa también lo hizo.  Lloré yo, al verlo tan triste. Habló del cáncer que había atravesado, habló de su vida, leyó algunos de sus poemas. Profundos. Del alma.

Pero claro, nunca mencionó la geografía.

Al terminar, compré su libro, me acerqué a saludarlo y con el ímpetu que me caracteriza y me hace hablar sin detener, le pregunté si enseñó geografía en la Academia Trener-necesitaba averiguarlo-y me dijo que sí y le conté esta historia que imageahora escribo y que él no recordaba…-¿A qué chocolate te refieres?- me preguntó…y le dije que un día en clase me llamó la atención porque mi examen de geografía había sido el peor de la academia…que no solo me había sacado cero sino que mi nota era negativa. Un menos cuatro. Una vergüenza. Entonces estudié, estudié tanto, que allí en la primera fila, frente a todos los alumnos, después de la siguiente prueba, se acercó a mi para darme un chocolate triángulo de Donofrio y mientras yo me ponía más y más roja (quizás como él o la envoltura del dulce con el que me premiaba) me felicitó. -La mejor nota de toda la academia- me dijo-. Veinte.

Y claro, después de toda esta historia, no podía haberme confundido…y me dedicó su libro…para Rossana, con un chocolate, de su viejo profesor de geografía…y me despedí de él sin saber que nunca más lo vería…

 

Rossana Sala. Lima, 20 de febrero de 2016

 

 

 

 


—Y, papá, ¿por qué no te llevas a Martín a pescar?

—¿A Martín? ¿De pesca?— respondió don Andrés casi sin mirar a su nieto que correteaba por la sala de la casa.

Habían pasado tres años desde que el anciano no iba de pesca. Cuando era joven, subía a sus dos hijos en la camioneta y, acompañado por su esposa, recorría caminos de tierra que atravesaban el campo entre las montañas y bordeaban el río. De vez en cuando se detenía para observar. Observaba a su esposa, siempre sonriente. Observaba a Pablo y Nicolás, no dejaban de jugar. Observaba las montañas verdes, marrones, amarillas, inalcanzables. Observaba las aguas transparentes y veloces del río y justo, donde se detenían, observaba a las truchas nadar. ¡Alli! ¡Allí están! Les señalaba a sus hijos. Ellos, apurados, sacaban la cabeza por las ventanas para tratar de ver a esos pececillos revoloteando. ¿Qué les parece si nos bajamos acá? ¡Seguro que atrapamos más de una! Los animaba. Con la venia de los niños y la alegría de su mujer, todos bajaban alborotados de la camioneta y, mientras don Andrés preparaba las cañas y anzuelos, su esposa les hacía algo ligero para picotear. Algún sándwich de queso, galletas de mantequilla, manzanas. En pleno crecimiento, no había momento en que los niños rechazaran bocado.

—¡Vamos papá! ¡Anímate! Lleva a tu nieto de pesca, seguro que le va a encantar— le insistió Pablo a don Andrés sacándolo de sus recuerdos.

—¿Estás seguro, Pablo?—intervino susurrando su esposa—. Tú papá está viejo y mira, el cielo está bastante nublado. Va a llover.

—¿De pesca?

Fue Martín quien interrumpió entusiasmado. A sus siete años, era un niño delgado y risueño, de movimientos ágiles,  de pelo castaño y mirada dulce, tanto como el color caramelo de sus ojos.

—¿Me llevas, abuelito? ¿Qué vamos a pescar?

—Truchas— respondió Pablo, intentando no darle tiempo a su padre para rechazar el pedido del niño.

—Ya estoy viejo. Fuera de práctica. No sirvo para nada— se quejó sin embargo don Andrés—. Además no tengo ni sedal, ni anzuelo, ni…

Y mientras el abuelo buscaba y encontraba toda clase de pretextos, Pablo sacó de su dormitorio dos hermosas cañas de pescar. Una muy larga para el abuelo y otra corta para el niño.

—Lo tenías planeado, hijo— le dijo don Andrés—. Yo te conozco…

—¿Estás seguro que es buena idea?— volvió a preguntar la mamá de Martín cuando ya era tarde, pues  abuelo y nieto se alejaban de la casa llevando al hombro sus cañas.

DSCN4770Martín y don Andrés empezaron a caminar hacia el río. Además de señuelos redondos y alargados, plateados, dorados y rojos, todos brillantes para llamar la atención de los peces, llevaban consigo jugo de naranja y galletas de avena que el abuelo tomó rápido de la cocina y metió en un bolso antes de salir. —La pesca requiere de mucha paciencia—le dijo a su nieto— y siempre es bueno mantener al estómago tranquilo—agregó.

Avanzaron en busca de “el lugar perfecto”, como lo bautizó Martín, al llegar a una pequeña cascada cuyas aguas formaban un silencioso embalse.

Abuelo y nieto, se treparon a un pequeño tronco desde donde pudieron ver  las truchas nadar. El niño llegó a contar quince, por lo que insistió que era el lugar perfecto y le pidió a su abuelo no caminar más.

—¡Listo! ¡Hoy será el primer día de pesca de tu vida!— dijo el abuelo con la esperanza de atrapar al menos un pececillo. Estaba fuera de práctica. Tres años atrás, al morir su esposa, su vida había cambiado. De un día para otro, don Andrés se olvidó de reír. Se sintió inútil. Una carga para la familia. Se le fue el apetito y con él, las ganas de salir de pesca, de caminar por las montañas verdes, marrones y amarillas, inalcanzables. De ver a los amigos. Las visitas de sus hijos, nueras y nietos no servían de mucho para hacerlo salir de su tristeza.

Unas cuántas gotas de lluvia empezaron a caer mojando el pelo de Martín. De inmediato, el abuelo le puso la chaqueta al niño quitándose su gorra para ponérsela al pequeño.

Un viento helado atravesó el valle.

—No hay problema Martín— le dijo mientras colocaba un señuelo plateado a la caña de pescar del niño—. Mientras no haya tormenta podemos estar tranquilos.

Con impaciencia, el niño miró al abuelo atar el anzuelo en el sedal. Cuando estuvo todo listo se acercaron a la orilla.

Las aguas transparentes permitían ver a las truchas avanzar contra la corriente sin saber lo que quizás, al menos a una, le esperaba.

El viento se transformó en una agradable brisa.

Con la ayuda del abuelo, Martín lanzó por primera vez el sedal al agua.

—Debes enrollarlo con movimientos tranquilos, despacio, para atraer a las truchas— le explicó el abuelo—. Además así no dejas que el anzuelo se atasque en las piedras.

DSCN4771Martín y su abuelo pasaron un par de horas recorriendo la zona e intentando pescar alguna trucha. De vez en cuando el niño abandonaba la caña, curioseaba el lugar o se acercaba al bolso de las galletas del abuelo para, a escondidas, comerse más de una.

El campo que bordeaba el río era muy verde. Algunas rocas cubiertas de musgo se dejaban ver. Pequeñas flores amarillas y anaranjadas, así como el agua celeste y turquesa del río pintaban el lugar.

—¡Picó una! ¡Acércate Martín! ¡Ayúdame!

Con cuidado, abuelo y nieto sacaron a la trucha del agua. Medía unos quince centímetros y se movía de un lado al otro tratando de liberarse.

El abuelo liberó con delicadeza al animalito del anzuelo.

Martín, vio con mucha atención al pececito. Sus tonos plateados brillaban con el reflejo del sol.

FullSizeRender—¡Déjame tocar a mi pescadito, abuelo! ¿Lo llevamos a la casa?

—Acarícialo despacio—le dijo el abuelo—, cuidado que te haces daño con las escamas. Mejor lo dejamos en el agua.

El abuelo se acercó a la orilla del río inclinándose para soltar al animal que se escabulló entre las piedras.

Martín se despidió de su pescadito al mismo tiempo que la lluvia empezó a caer con fuerza.

El viento helado sopló una vez más.

—Debemos regresar—dijo el abuelo mientras desarmaba las cañas de pescar y acomodaba el bolso,  para sujetar luego al niño de la mano y caminar con él hacia la casa.

La ruta por la que habían llegado al lugar perfecto desapareció.

—Es una tempestad— le dijo el abuelo al niño cuando el ruido de los truenos interrumpió sus palabras—.  Regresaremos por un atajo que conozco.

Don Andrés y su nieto avanzaron entre la maleza.

—No te preocupes Martín. Pronto estaremos en casa.

—No me preocupo, abuelo—le respondió el niño—. Con tu mano me siento tranquilo.

La lluvia y el viento no tenían la menor intención de detenerse.

Abuelo y nieto atravesaron el campo, se llenaron de barro y de sonrisas, hasta  llegar  por fin a casa.

El  papá y la mamá de Martín no estaban.

—Seguro que nos fueron a buscar—dijo Martín.

El abuelo acomodó al niño al pie de la chimenea. Le quitó la chaqueta, lo limpió y secó con una toalla. Encendió los leños y fue a la cocina para preparar algo caliente.

El suave calor de los eucaliptos entibió el lugar.

La puerta de la casa se abrió.

El papá y la mamá de Martín entraron de prisa.

Se sintieron tranquilos al ver a su hijo.

En ese momento el abuelo entró a la sala sonriente y con dos tazones de leche chocolatada. —Qué bueno que llegaron!—dijo—. Justo quería contarles que me llevaré a Martín mañana a pescar. Iremos al lugar perfecto. ¿Nos acompañan?

 

Rossana Sala. Yauyos, 14 de febrero de 2016.

DÉJAME QUE TE CUENTE MI SUEÑO 

Posted: 4 December, 2015 in 2014

images (1)Ericka, una niña de mi Kindergarten, acababa de decirme cómo soñar a colores.

Yo tenía cinco años y una gran curiosidad.

—Si antes de dormir pones estas semillas debajo de tu almohada, tus sueños serán a colores —me aseguró Ericka. Abrió la palma de su mano y me mostró algo parecido a pequeñas piñas de madera con diminutos agujeros—. Son de los pinos. Por estos huequitos es que cuando duermes salen chispas mágicas— añadió enseñándome de cerca tres o cuatro semillas para guardarlas luego en el bolsillo de su mandil.

Yo no sabía con certeza si mis sueños eran a colores; sin embargo acababa de descubrir que existía una fórmula para que lo fueran.

—No todas sirven —me dijo—. No pueden ser muy grandes ni muy chicas. Las especiales son las que caen de los árboles que están más allá, al terminar el muro— agregó señalándome la extensa pared de piedras que, bordeada de pinos, protegía el jardín del colegio donde disfrutábamos de nuestros recreos.

—¡Niñas! ¡Suena la campana! ¡A la clase! —escuché la voz de la maestra a la distancia.

Demasiado tarde.

En ese momento yo estaba arrodillada escarbando entre la tierra húmeda y el pasto.

De pequeña no sabía que eso que trataba de encontrar, eran en realidad conos donde los pinos albergan sus semillas. Pero todos eran demasiado grandes o chicos. Por fin descubrí uno que me pareció del tamaño perfecto. Tenía que ser de los mágicos. Seguí  buscando.

Conseguí cuatro más.

Me preocupé al pensar que no serían suficientes,  pero debía regresar a mi salón. Con algo de suerte la profesora no habría notado mi ausencia.

Levanté la vista para ponerme de pie y correr a mi clase.

Me atraparon.

Cerré el puño de la mano derecha con fuerza.  Me dolió al hacerlo, pero necesitaba proteger mis semillas.

—¿Qué haces acá, Melissa? —me preguntó la profesora mirándome sobre la montura de sus anteojos.

Metí mis manos en los bolsillos al mismo tiempo que veía sus delgados labios arrugarse, preparándose para llamarme la atención.

Con seguridad mis dedos debían estar muy sucios, llenos de barro por rebuscar la tierra.

No me importaba. En ese momento ya tenía mis semillas mágicas y por nada del mundo iba a perderlas.

—¿Qué estabas haciendo? —insistió la maestra—. ¿No escuchaste la campana?

Preferí no contestarle ya que al parecer no esperaba una respuesta mía. De inmediato me pidió que la siguiera.

Fue exactamente lo que hice; aunque  yo creía que al llegar a la clase me obligaría a mostrarle mis manos y bolsillos. Era extraño que no lo hubiera hecho apenas me vio.

Para salvar mis semillas mágicas, decidí desviar mi camino por unos segundos y ocultarlas detrás de una maceta con flores lilas.

Nadie me las quitaría.

—¿Qué haces Melissa? —me dijo la profesora.

Una vez más, la pregunta llegó tarde. Mi tesoro estaba a salvo y cuando la maestra me exigió que le enseñe las manos y bolsillos, solo quedaban en ellos rastros de tierra.

—¡A lavarte y directo al aula!— me ordenó—. Y límpiate bien, que hoy trabajaremos con plastilina.

Le hice caso.

Y allí, sentada en mi carpeta, mientras amasaba mi gran bola de plastilina blanca, me puse a pensar en cómo recuperar mis semillas.

Al cabo de un rato que me pareció interminable, pedí permiso para ir al baño.

—Yo voy con ella— interrumpió Ericka.

—Puedo ir sola—le dije a la profesora y salí de la clase a toda velocidad.

Corrí por ellas. Por mis semillas. Las guardé en mi bolsillo. Una, dos, tres. Solo conté hasta tres.

¡Pero eran cinco!

Una, dos, tres.

Con la mirada busqué rápido a mí alrededor. Como yo era pequeña, era fácil llegar a cada rincón del suelo.

Habían desaparecido. ¿Sería Ericka?

—No importa —pensé al dar una última mirada—. Tres deben ser suficientes.

Volví a mi salón.

Sudaba.

Hice un muñeco de nieve con la plastilina mientras pensaba si acaso los sueños podían ser a colores.

—Está chueco y un poco sucio— me dijo la niña que se sentaba a mi lado, cuyo nombre hoy no recuerdo.

—Es que hace calor y se está derritiendo. Es de nieve— le respondí  a sabiendas de mi poca destreza en las artes manuales y sonriendo al escuchar las campanadas que anunciaban el final de otro día de clase.

Debajo del arco de cipreses de la entrada del colegio, rodeada de otras mamás, me esperaba la mía.

—¿Qué tal te fue? —me preguntó.

—Bien, ma— le dije tratando de imaginar cuántos colores podrían verse en los sueños.

Esa tarde me dediqué a contemplar mis semillas.

Las miré de cerca y las miré de lejos. No eran ni muy grandes ni muy pequeñas. Eran secas y duras. No hincaban aunque tampoco eran suaves. No tenían mucho olor. ¡Me atreví a probar una con la punta de la lengua! No sabía a nada.

¿Serían de verdad mágicas? ¿Qué habría pasado con las dos que desaparecieron?

Después de cenar, me despedí rápido de mis papás.

—No dejes de darle el beso de buenas noches al abuelo y de lavarte los dientes antes de dormir —me recordó mamá.

—¡Sí, ma! Nunca me olvido.

A la mañana siguiente, antes de que papá viniera a levantarme para ir al colegio, me fui despacito, todavía en pijama, al cuarto de mi abuelo.

—Te escucho —me dijo con la voz gastada cuando abrí la puerta de su dormitorio—. No puedo verte, chiquita, pero sé que eres Melissa. Ven. Quiero darte un beso.

—Sí, abue. Acá estoy.

Me acerqué a él y con mucho cuidado, busqué mis semillas debajo de su almohada.

Allí estaban, justo en el rincón en el que la noche anterior las había escondido.

Una, dos, tres, ¡cuatro, cinco!   ¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible que estuvieran completas?

—No vas a creerlo, chiquita—me susurró acariciándome el pelo—. Siéntate acá un ratito. Déjame que te cuente mi sueño. Yo que ya estoy viejo y ciego, casi me había olvidado, ¡qué lindos son los colores!

 

 

Noviembre 2014


 

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Tumba sobre tumba. Una tras otra.

El pasadizo es profundo.

El silencio se rompe debido a la tristeza del viento que abraza nuestros cuerpos con amor hostil.

Al final del pasaje, por instantes, alumbra la luna. Son las nubes negras y dispersas las que la cubren.

—¿Pero qué quieren ocultarnos?— me pregunto.

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—¡No hagan bulla!— nos advierte el guía y ordena detenernos—. Dejemos descansar a los que aquí reposan.

Es la noche del treinta y uno de octubre. El año, no importa.

El lugar, el cementerio Presbítero Matías Maestro. Testimonio ¨viviente¨ del pasado ¡Qué ironía!

Se encuentra allí la cripta de los héroes donde están los restos de Miguel Grau y de tantos otros combatientes.

Ayudados por la luz de nuestras linternas avanzamos para llegar al “Pabellón de los Gordos” donde cada tumba es de un tamaño bastante cómodo para sus ocupantes.

¡Cómo si fueran a moverse inquietos! (Quizás.)

A nuestra izquierda, decenas de pequeños nichos albergan a las criaturas que murieron antes de que acaso pudieran hacer un gesto o de ser bautizadas, pasando a habitar por ello el “Pabellón de los Duendes”.

“Un feto¨. Leí en la lápida de mármol que alguna vez fue blanco, tan blanco quizás como el alma de aquel niño que no alcanzó a tener nombre. Apellido tampoco.

Luego de prestar atención a los consejos sobre las posibles consecuencias de entrar al pabellón de “Los Suicidas”, nos explican que entre otros, allí descansa un barbero chino de la calle Capón que mató a dos clientes en su propio local y luego se quitó la vida al sentirse acorralado por la policía.

Cuántas historias bajo tierra.

Emiliana Montero Torreón  1912-1929

Dice la leyenda que fue una bruja y que cuatro años después de tu entierro se cambió de nicho e hizo su propia lápida.

Manuela Dante Moretti  1830-1900

Esteban Sifuentes Paredes 1829-1875

Juan Mujica Melgar. 1809-1895

“Más grande por su humildad y virtudes que por tus títulos”.  Reza el epitafio.

El guión.

Sin importar el frio del viento, ni la oscuridad del lugar en el que se oculta cada uno de los seiscientos mil cuerpos, ni su talla, sexo, edad, raza, ni el motivo del deceso, por igual, es el guión dibujado en cada losa, el que separa el día del nacimiento y el día de la muerte.

El guión.

Es el guión el que señala la vida.

Y al alejarme de las tumbas recé.

Recé para que el guión de mi vida y de la tuya que lees este texto, sea largo.

Sea largo y tenga la forma de una sonrisa.

 

Lima, 2 de noviembre de 2015


 

 

imageEl sonido del viento llamó mi atención.

Parecía agua mezclándose con el aire.

Abrí los ojos y me puse de pie.

Salí al balcón de mi dormitorio.

Sentí frío.

Aquella noche no tenía luna y sin embargo era clara.

De pronto, una constelación de peces de colores atravesó el cielo hasta desaparecer.

No. No estaba soñando.

Volví a mi cuarto para vestirme y correr al campo. Tenía que alcanzarlos. Verlos otra vez.

¿Sería cierto?

Pasaba mis vacaciones de invierno en la casa de mis abuelos en Huancayo, a orillas del río Mantaro.

Recordé aquella historia que me contaba la abuela cuando la visitaba. Según ella, en la oscuridad de la noche, los peces de ese río salían de sus aguas para surcar los cielos como estrellas de colores.

—Si alguna vez tienes la suerte de verlos—me decía la abuela—no los dejes ir. Que no se escapen de tu mirada. Ellos saben algo y te lo quieren contar.

—Después de tantos años por fin podría ver a esos peces—pensé mientras me ponía una chalina de lana y guantes para salir de la casa dispuesta a perseguirlos.

—Pero abuela, no me digas esas cosas—le había reclamado unos días atrás— ¡Ya no soy una niña! ¡Tengo quince años y sé que los peces no pueden volar tan alto y que además no hablan!

—Yo nunca los he visto, pero fue mi mamá quien me contó esa historia—me decía en tono solemne cada vez que me quejaba de sus mentiras.

¿Debía ir a despertar a la abuela para que me acompañe? ¿Contarle que los peces podían volar como ella me decía?  ¿Como su mamá le había dicho?

No.

Mejor era ir sola.

La abuela estaba muy viejita. Yo no alcanzaría ver a los peces si la llevaba conmigo.

Bajé las escaleras lo más rápido que pude. De pequeña, los viejos tablones se habían encargado siempre de delatarme con sus crujidos, pero ya había aprendido dónde pisar.

Escuché al abuelo hablar.

Llegué a la puerta principal de la casa mientras Baco, el perro pastor, movía su cola con la esperanza de que lo lleve a dar un paseo.

Si yo salía de la casa, nadie se daría cuenta.

Otra vez oí la voz de mi abuelo. Eran casi las tres de la mañana. ¿Estaría enfermo?

No podía dejarlos pero necesitaba ver a esos peces. Saber lo que querían decirme.

¿Seguirían dando vueltas por el cielo?

Abrí la puerta que daba a la calle.

El viento helado congeló mi cara. Cerré los ojos con fuerza.

—¡Abuela!

Corrí a su cuarto para despertarla y entré sin pedir permiso.

—¡Vi a los peces de colores volar! ¡Era verdad! ¡Vengan conmigo!—les pedí—. ¡Apúrense antes de que se vayan!

Y despacio, muy despacio, tan despacio como pueden avanzar los ancianos a los casi noventa años, los ayudé a ponerse de pie, a abrigarse con paciencia y juntos, los tres, nos acercamos al gran ventanal del dormitorio.

Corrí las cortinas.

Abrí los vidrios de par en par.

Escuchamos el silbido del viento.

Y fue en ese instante cuando vi una vez más a cientos de peces volar.

Allí estaban ellos: amarillos, rojos, verdes, anaranjados, brillantes, felices. Daban vueltas por el cielo, lo iluminaban, lo pintaban con sus destellos.

Pero en lugar de irse como tanto temíamos, se acercaron a nosotros.

Se acercaron hasta entrar a la habitación de mis abuelos para alumbrarnos, hablarnos al oído, acariciarnos con su calor y así como entraron salir, salir y alejarse como estrellas de colores para atravesar el cielo que no tenía luna.

 

Rossana Sala, 21 de noviembre de 2015

 

 


relojCada media hora alguno de los relojes de mi abuela se encargaba de anunciarnos el momento en que vivíamos. Si era tarde o si era temprano. La hora del almuerzo o de la siesta.

Cu-cú. Cu-cú.

Cantaba un reloj a las seis de la mañana.

Dong. Dong. Dong.

Anunciaba otro con sus insoportables campanazos que señalaban las siete.

Mi pobre abuelo, acostumbrado a sentir aquel ruido, ya ni se daba cuenta del laberinto sonoro en el que vivía.

—¡Vamos a visitarlos!—le pedía yo a mi mamá—. Hoy es domingo y la abuela nos llevará a misa.

Y claro, la abuela animada como siempre, se arreglaba el pelo, se colgaba en el hombro su cartera azul de flores amarillas y, orgullosa, salía con nosotros.

Estaba a punto de terminar el sermón el sacerdote, cuando mi abuela y nosotros, su diminuta e inquieta tropa, irrumpíamos en la iglesia.

Una vez más, llegábamos tarde.

Todos nos observaban.

Éramos siete nietos. Yo, la mayor, tenía ocho años y el menor con las justas alcanzaba los cinco. Todos bien vestidos, peinados y perfumados, listos para participar de los cantos y los rezos. Ya de tanto ir a misa, algo habíamos aprendido. Quizás usando palabras diferentes a las que decía el cura pero, salvo la abuela, nadie más se daba cuenta de nuestros inventos y ella los disfrutaba.

—¡Rossana en las alturas!— cantaban traviesos mis primos levantando la cara para mirarme a los ojos mientras yo me sonrojaba y los demás feligreses continuaban a toda voz diciendo “¡Hosanna! ¡Hosanna!”

—No te molestes por eso— me decía mi abuela haciéndome un guiño.

No entendíamos mucho lo que pasaba allí, en la iglesia, pero estar sentados en la misma banca, viendo a la abuela rezar y persignarse con devoción, era suficiente para que estuviéramos contentos y más todavía al saber que al terminar, nos esperaba el vendedor de barquillos y chupetes del parque de enfrente.

Pasábamos un buen rato entre risas, disfrutando los dulces, comprando globos voladores azules, amarillos y verdes y luego, para regresar a casa, acomodándonos no sé cómo, los siete, los globos y la abuela, en su viejo Volkswagen celeste.

—¡Dios quiera que quepan! ¡Pónganlos en el hueco!— nos decía con sus palabras, tratando de hacer orden y señalándonos la pequeña maletera trasera interior del Escarabajo.

Al llegar a casa, ya desde afuera escuchábamos las campanadas que anunciaban en diferentes tonos lo tarde que era. Pero mi abuela, con tal de vernos felices, no le prestaba atención al tiempo.

—Demoraron una vez más— nos decía el abuelo con cariño, acostumbrado a esperarnos sentado en una banca del jardín de la casa.

Mientras tanto nuestras mamás, alistaban el almuerzo y  conversaban casi sin respirar, como solo son capaces ellas, para poder contarse hasta el más mínimo detalle de sus vidas y de las nuestras.

Así fue como crecí, entre almuerzos, misas y globos voladores, pero sin comprender a la abuela.

¿Por qué tenía tantos relojes si no le importaba la hora? Grandes, pequeños, solares, de agua, de arena. ¡Los tenía todos!

Hasta que un día la abuela murió.

—Se fue al cielo— me explicaron.

Yo tenía once años y ella se había ido sin despedirse.

Tampoco se había llevado sus relojes.

—No entiendo— le pregunté por fin al abuelo en la casa, después del entierro—. ¿Para qué tantos relojes?

Mi abuelo se levantó, y a pesar de estar triste, con esa mirada dulce que siempre tenía, nos pidió a los ya entonces trece nietos, que nos pusiéramos en fila.

—De mayor a menor —precisó.

Sin saber qué iba a pasar, le hicimos caso.

Entonces el abuelo, así como entregan las medallas en el colegio, nos regaló a cada nieto, uno de los relojes.

Al terminar, nos dijo:

“Durante los cuarenta años que estuvimos casados, cada vez que viajaba con la abuela, ella compraba un reloj diferente, y al hacerlo, me decía que siempre debíamos recordar lo importante que es el tiempo. Que debíamos saber disfrutar cada segundo de nuestras vidas, sea cual sea el ruido que sintiéramos o quizás la música o simplemente el silencio”.

Hoy tengo setenta años.

Vivo con mi esposo, rodeada de mis hijos, nietos y de muchos relojes, por supuesto.

Rossana Sala.


A Manuel lo conocí en la plaza. Era un día de sol. Yo paseaba en bicicleta.

Lo vi cruzar la acera y mis ojos no dejaron de seguirlo hasta que por fin se detuvo.

Lo vi comprar un ramo de flores rojas.

¿Para quién serían?

De golpe. Fue así como yo también me detuve pues caí al suelo y me puse de pie veloz con la esperanza de que nadie hubiera notado mi torpeza.

Pero ya era tarde. Cuando levanté los ojos, allí estaba él. Frente a mí. Extendiéndome la mano y quizás, la vida.

Y es que yo estaba  triste. Vivía triste.

Sin dudarlo, Manuel me regaló aquel inmenso ramo de claveles rojos. Todavía puedo sentir el suave perfume que despedían.

—Para que siempre sonrías—me dijo.

Y fue así como empezó nuestra vida juntos. Compartimos historias, comidas y copas de vino.

Él trabajaba en el campo. Tenía vacas y algunas ovejas. Yo era la dueña de una pequeña librería en el pueblo. Mi trabajo era tranquilo, iba bien, pero no lograba salir de mi dolor y Manuel no lo entendía y yo no podía explicárselo. En realidad yo no quería.

Todas las mañanas me visitaba en la tienda de libros.

—Deja ya esa carita triste— me pedía—. ¿Por qué no me cuentas qué es lo que te pasa?

Varias veces estuve a punto de decírselo. De contarle todo sobre mi vida. Pero era tan difícil explicarle el motivo de mis miedos, de mis angustias. No quería asustarlo. Con seguridad, Manuel me dejaría.

Y a pesar de eso, entre paseos, ríos y montañas, continuó nuestra vida juntos.

Él siempre tranquilo, respetaba mi silencio.

Hasta que una tarde, sucedió lo que yo tanto temía.

—Cásate conmigo— me pidió.

—No puedo hacerlo— le respondí de inmediato bajando el tono de mi voz al mismo tiempo que mi rostro—. He enterrado a dos esposos.

Y Manuel estiró la mano. Con el dedo índice levantó mi mentón y sin inmutarse me miró a los ojos y dijo:

—No te preocupes Maritza. Mi bella Maritza. ¿Para quiénes crees que eran esos claveles rojos que compraba aquella tarde cuando te conocí en la plaza? Yo soy viudo tres veces y no perdí las esperanzas…

Rossana Sala

Lima, 7 de noviembre de 2015


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El cielo está gris,

a ella le da igual.

Toma su paleta.

Deja el celular.

Elige  los tonos,

los pone en su lienzo,

empieza a soñar.

Su madre se acerca,

le guía la mano

y le enseña a la niña,

cómo colorear.

FullSizeRender (8)Ema tiene siete años,

no piensa en las letras,

ni leyes,

ni nubes,

ni sumas,

ni restas,

ni nada en el mundo,

que la haga cambiar.

Usa verdes, naranjas,

azules y rojos

amarillos y lilas,

el cielo oscurece,

a ella le da igual.

Ojalá que viva,

para pintar sus sueños,

para ser siempre Ema,

la Ema descalza,

de la orilla del mar.

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¡Ay Ema, Emita!

¿Dejas la paleta?

¿A dónde te vas?

Y Ema me mira,

y sonríe traviesa.

Es que la llaman

por el celular.

¡Sí, papi!- responde-

¡Ya sé pintar!

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Rossana Sala. Montevideo, Uruguay.

22 de octubrede 2015

ALLÍ, DONDE ESTÁ PAPÁ (CUENTO)

Posted: 27 October, 2015 in 2015

Para no herirla, le dijeron que su padre se había ido de viaje a un lugar muy hermoso.

—¿A dónde?— preguntó Ema curiosa—.  Y, ¿cuándo regresa? ¡Yo también quiero ir! —continuó la niña sin esperar respuesta y mientras buscaba un abrazo de su mamá.

—Al cielo— le dijo ella sin decir nada más.

La pequeña se alejó de su madre, se acercó a la ventana y miró hacia el horizonte.

Las estrellas brillaban. Una en especial. Se prendía y apagaba.

Ema estaba segura que algo le quería decir esa estrella.

¿Pero qué?

Parecían los latidos de un corazón.  ¿Y si eran los de su papá?

—Lo voy a esperar— pensó Ema al apoyar la cabeza sobre el marco de la ventana—. Seguro que regresa rápido. Pero si está tan alto en el cielo, ¿cómo va a poder subir a verlo?

Ema tenía siete años, el pelo largo y lacio con un corto cerquillo que de vez en cuando le invadía sus ojos marrones, ahora tristes, pero que no dejaban de destellar.

—¡Vamos Ema, levántate!— le dijo a la mañana siguiente su mamá mientras le daba un besito en la frente y la abrigaba para salir.

—¿Dónde vamos?  Es muy temprano, mami. Déjame dormir un poquito más. ¿Ya regresó mi papi?

—A la playa— le dijo la mamá—.  Toma tus colores. ¿Te acuerdas cuándo íbamos a pintar con papá?

—Pero él era un gran artista y yo no sé nada de dibujos— contestó la niña todavía  entre sueños.

—Vamos, vamos, no te pongas triste— le insistió su madre y caminaron juntas hacia el mar.

Sobre la arena, colocaron el taburete y un lienzo en blanco.

Sacaron las acuarelas.

—Empieza, pequeñita— la animó su mamá.

—¿Pero qué dibujo, mami?

Ema miró hacia el mar sorprendiéndose al descubrir que allá, a lo lejos, brillaba y latía una estrella.

¿Sería la que vio antes de dormir?

Entonces pintó una casa amarilla y un arco anaranjado, lila, azul…de todos los colores que encontró en la paleta.

—¡Qué linda casa Ema y ese arcoíris está hermoso!— le dijo su mamá—. ¿Cómo dices que no sabes pintar?

—¡No es un arcoíris mami!— se quejó Ema—. Míralo bien. ¿No te das cuenta? ¡Es un camino!

—Pero sale de la ventana.  Si fuera un camino empezaría desde la puerta.

—No, mami. Es un caminito mágico que cuando cierras fuerte, fuerte los ojos, llega a un sitio  muy lindo. Allí, donde está papá— insistió Ema señalando una estrella que todavía brillaba en el cielo.

Y sonrieron al ver como esa estrella empezó a latir más.

Rossana Sala, 24 de octubre de 2015.


El día se ilumina.

Miro  tus ojos. Siento que me miras.

No hago ni digo nada.

Te veo derramar una lágrima. No puedo secártela.

¡Qué impotencia la mía!

Tengo la esperanza, sin embargo, que esa lágrima que recorre tu rostro, lo hace feliz.

No podría ser de otra manera. No debe.

Tantos momentos  juntas convertidos  hoy en recuerdos.

Si tan solo pudiera yo, dejar caer una lágrima. Solo una. Lo haría. Lo haría con alivio. Lo haría con una sonrisa. ¡Qué locura!

Hoy nuestros encuentros son esporádicos. Son breves. De vez en cuando me visitas. Lo haces sin saberlo y me llenas de alegría. Cada vez que te miro estás diferente. Siempre tan linda.

Y no te puedo hablar.

Trato de oír tu voz, de descifrar tus labios. Lo he intentado tantas veces. Lo juro.

Pero es imposible.

Entonces, invento.

Invento que me dices que me quieres, que me extrañas. Que recuerdas que jugamos mucho, que pintamos juntas, que reímos y paseamos,  que te llevé al parque y a montar el poni, que te compré galletas y helados de fresa,  que canté contigo y te hice cosquillas, que te acaricié el pelo como te gustaba, que te llevé al mar y nos mojamos los pies en el agua helada.

¡Cómo nos divertíamos!

Y fuiste creciendo y dejaste de ser mi niña y te llevé a las fiestas, conversamos tanto,  leímos, también bailamos…y llegó el momento, te fuiste de casa.

Hiciste tu vida.

Me quedé entre lágrimas, pero como las tuyas: de amor, de alegría, de orgullo, de calma.

Y hoy una vez más, contemplas mi foto.

Miro tus ojos. Siento que me miras.

Papel. Tinta.

Historias en sepia. El tiempo me convirtió en eso.

Oscurece el día.

Acá  te espero, te espero tranquila, sin decir palabra.

No dejes de abrir el álbum.

Quizás mañana.

 

Rossana Sala.  Lima,  3 de octubre de 2015


Fue aquí donde me desperté una vez más esta mañana.

Recuerdo haber trepado a mi caballo. Huir de casa.

Recuerdo haber cruzado charcos, ríos y montañas.

Recuerdo los ojos de mi madre viéndome ir sin decir palabra. Sin pedirme que me quede ni querer saber dónde me marchaba.

No.

Tampoco me preguntó por qué me iba. ¿Para qué hacerlo? Ella lo sabía.

blummeDSCN3594Y aquí  estoy yo, sentada.  Sentada en medio del huerto. En medio del huerto húmedo por las lluvias que la noche entera empaparon mi cuerpo.

Abro los ojos.

Veo flores amarillas. El rocío les da un brillo inusual gracias al sol que empieza a brillar con calma.

El cielo está limpio. Azul. Así como me hace falta.

A lo lejos, mi caballo. Bebe agua de un riachuelo como si nada nunca hubiera pasado. Como si las cosas no fueran a cambiar.

Pero yo sé que algún día serán diferentes.

Siento el olor a campo. El olor a tierra.

Suspiro.

Suspiro con nostalgia. Suspiro para olvidar y también para recordar.

Suspiro al reconocer el árbol. Ese roble solitario en medio del huerto.  Fuerte. Seguro. Alto. Frondoso. Solía treparlo de niña con María y Esther, mis hermanas. Más de una vez comimos galletas, soñamos traviesas, juntas las tres bajo su sombra.

Recuerdo el día en que mi abuelo salió de casa.

Llevaba con él una sierra, una soga y unas tablas.

Mi abuela de ojos grises y cansados lo vio irse y no le dijo nada.

Y yo que era solo una niña, le reclamé y le pedí entre lágrimas:

¿Dónde va el abuelo? Por favor…¡no dejes que se vaya!

Pero mi abuela, al igual que mi madre, se quedó callada.

Esa noche el abuelo no llegó  a casa.

A la mañana siguiente corrí al huerto.

Vi a lo lejos el roble. Fuerte. Seguro. Frondoso.

Algo colgaba de una de sus ramas.

Era el columpio en el que desde aquel día me siento. Me siento y descanso y voy y vengo y disfruto tranquila en medio del huerto.

 

Escrito el 19 de setiembre de 2015 por Rossana Sala, todavía en medio del huerto.

  CAF RUNNERS. EL ORIGEN

Posted: 17 September, 2015 in 2015
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Seis  y media de la mañana.

La ciudad está en silencio.

Algunos faroles iluminan con timidez el parque Los Caobos.

Una brisa fría nos alivia del calor que más tarde no nos soltará.

Se da la partida.

Yo formo parte del segundo grupo. Soy una de los cinco mil participantes del Medio Maratón CAF. Treinta minutos antes empezaron a correr los del maratón completo: cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros, distancia que en mis viejos tiempos alguna vez alcancé. Jóvenes tiempos, mejor dicho.

Mi corazón se acelera. Esquivo a los corredores que avanzan con lentitud.

Necesito espacio.

Salir del embudo.

Agarrar mi ritmo.

Caracas. Ciudad en la que viví nueve años. Ciudad en la que por primera vez troté.

Sería el 2004 cuando empecé a correr en el Parque del Este. Poco a poco fui conociendo más gente. —¡Épale, chama! ¿Corres mañana?—

Participaba en una carrera de diez kilómetros, luego en otra.  

Me encontraba en el Parque con amigos de la oficina.  —¿Tú también corres? ¡Qué sorpresa!  ¡Otro día nos vemos!—

Siento el golpeteo de los pasos a mí alrededor. —Mientras no pasen encima de mí,  todo va bien— reflexiono con optimismo.

Me acomodo el reloj. Escucho la música de mi Ipod. Me gusta correr al ritmo de alguna canción. Me siento ligera. Una especie de dieta psicológica.

Kilómetro tres. Se acerca la primera cuesta. Me esperan cinco más.

¡Cómo pude haber hecho eso! Inscribir a Luis Enrique y a su amigo Antonio en la carrera del Valle Arriba. Allá en el 2005. Debieron odiarme. —Esto no es humano, no es natural, mujer— me repetía Luis Enrique al llegar a la meta jadeando en plena subida. Pensé que él ya no volvería a trotar. Que seguiría dándole golpes a sus pelotitas de golf y yendo y viniendo en la piscina.

¡Agua! Por fin un punto de agua. Me refresco. La temperatura empieza a elevarse. Ahora que vivo en Lima, extraño ese verde tan vivo de las montañas. El Ávila. El cielo azul. Los entrenamientos al amanecer en el Parque del Este.

Me execraron Luis Enrique— recordé haberle dicho compungida una mañana cuando me vio en el Parque trotar sola (y desvalida). Es que no me gustó el nombre que querían ponerle al grupo con el que corría, se los dije y me expulsaron.

—¡No necesitamos de ellos!— exclamó olvidándose del dolor de piernas que había sufrido en Valle Arriba por mi culpa—. ¡Fundaremos nuestro propio grupo en CAF!sentenció con esa voz convincente que lo caracteriza. Hablemos con Marcos, con Jairo.

He creado un monstruo— pensé preocupada.

—Convócalos para hoy mismo.

He creado un monstruono tuve duda.

Kilómetro ocho. Avanzo por la avenida O’higgins para llegar a la Redoma de la India.

Me alegro al encontrarme con Jairo. Jaironman como lo bautizamos. Fiel a su estilo, corre erguido. A paso firme. Lleva puesta la franela gris y azul de los CAF Runners.

CAF Runners, ese nombre fue escogido por mayoría de votos y propuesto por mí. (Clara ironía del destino). En segundo lugar quedó TROTACAF. —Suena a jarabe para la tosme comentó Germán el día del escrutinio. 

Entre todos diseñamos el logo: un hombrecillo que corría y dejaba atrás rayas horizontales.

Mandamos a hacer nuestras franelas las que con sonrisas “cafkeanas” estrenamos como niños con juguete nuevo un sábado cualquiera en el Parque del Este.

FOTO2A vista e impaciencia de mis “execradores” corrimos bajo la sombra de los apamates y jacarandás y esquivamos los frutos caídos sobre la grama.Debes tener cuidado con el esguince de mango”— me advirtieron un día (ya tarde).

Siento una punzada en el estómago. Será por hambre o mi mal entrenamiento.

No es el momento de averiguarlo.

Tomo agua mientras saboreo una gomita energizante con gusto a cereza.

Sin sombra y sin pretextos debo seguir mi camino. Correr los diez kilómetros que todavía me faltan. “Quiero verte sonreir” escucho en mi Ipod cantar a Carlos Vives. Sonrío. No por hacerle caso a Vives por supuesto, sino porque me siento bien.

FOTO 1Estoy contenta de estar en Venezuela.

Avanzo entre caras nuevas para mí: Xavi, Fabiola, Fred, Carlos, Pablo, Lissette. Tanta gente de la oficina venida de España, Colombia, Bolivia, Ecuador, Panamá y no pienso ya en eso que me agoto y debo seguir.

Mis piernas no se detienen. Mis recuerdos tampoco.

Y allí está Emilio: El Zorro.  (Alguna vez ganó una competencia en la que él mismo no había participado. ¡Qué astucia!). Y Marcos: El Comandante. (Dirige los eventos pre y post maratón. ¡Salud! Claro que corríamos por nuestra salud.)  Y Fidel y Carolina y Marcos Junior, Alejandro, Abel, Nelson, Manuel, María Angélica, Luzeth y tantos, tantos más.

CAF Runners y Afines, así fue bautizado.

Y nos empezaron a gustar las distancias largas…Paris, Nueva York…y clasificaron para Boston y se fueron a Buenos Aires, Berlín, Madrid y siguieron corriendo y lo siguen haciendo y el grupo de cinco pasó a ser de diez y luego de treinta, después de cincuenta y yo troto y yo sudo, por el kilómetro veinte, entre miles de pasos y miles de gentes, alcanzo la meta.

Termino feliz.

Recibo mi medalla de la cuarta edición del Maratón CAF.

Me estiro, converso con amigos y con desconocidos, comparamos tiempos, dolores y una que otra anécdota.

Es medio día.

El sol vertical ilumina el Ávila y calienta nuestros cuerpos.

Algunos deportistas siguen llegando. Organizadores y voluntarios no cesan en su trabajo y mezclados entre el público, agradecemos y aplaudimos los CAF Runners:  los viejos, los nuevos y los que pronto se unirán.

Escrito por Rossana Sala (La Sub Comandante), a los diez años de la Fundación de los CAF Runners

Lima, 5 de septiembre de 2015

 

HISTORIA EN CIFRAS

FOTO4CAF Runners: fue fundado en el mes de marzo del año 2005 por Luis Enrique Berrizbeitia, Marcos Subía, Jairo Zapata y Rossana Sala.

Ha cumplido 10 años de fundación y cuenta en la actualidad con alrededor de 50 miembros inscritos.

A partir del año 2011 la Corporación Andina de Fomento (CAF), ha organizado el “Maratón CAF Caracas”, un maratón que progresivamente ha ganado relevancia por ser una competencia reconocida por las instancias deportivas nacionales e internacionales, tales como: la Federación Venezolana de Atletismo (FVA) y la International Association of Athletics Federations (IAAF), y es miembro activo de la Association of International Marathons and Distances Races (AIMS).

En abril del 2015 se llevó  a cabo la cuarta edición del Maratón CAF:

-Se inscribieron 3,363 corredores para los 42 K. y 7,420 para los 21 K.

FOTO5-Corrieron/ terminaron 2,357 de los participantes en 42 K. y 4,841 de los de 21 k.

http://maraton.caf.com/

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