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–¿Esperas el siguiente vuelo igual que yo? –me preguntó.

–Sí –le dije–, prefiero pasear en lugar de estar sentada en el aeropuerto.

Por razones de trabajo, debía viajar con frecuencia a Bolivia.

En uno de tantos viajes o “misiones” como se les llama en la organización, el avión hizo escala en Santa Cruz de la Sierra. Debía esperar más de cinco horas para mi siguiente vuelo.

Me habían dicho que esa ciudad era interesante, de clima tropical, diferente a muchos lugares de Bolivia, así que animada por la curiosidad y por la invitación de la aerolínea, decidí conocerla.

En el trayecto de más de media hora en autobús hasta llegar al centro, uno a uno fueron bajándose los pasajeros hasta quedar sólo una monjita que se acercó a conversar conmigo. Era pequeña, más baja que yo, parecía ser muy delgada. Tendría unos treinta años, aunque por el hábito marrón que llevaba puesto no era sencillo calcularle la edad. La piel de su rostro parecía haber sido tersa y muy blanca, pero lucía reseca y quemada por el sol. Un profundo surco horizontal atravesaba casi la totalidad de su frente, lo que le daba un aspecto de severidad robándole la dulzura que podría haber tenido.

–Me llamo Clara, acompáñame a conocer la catedral– me dijo.

Como estudié en un colegio de monjas y estoy acostumbrada a recibir órdenes de ellas, accedí sin dudarlo.

–Antes de entrar a la catedral, visitaremos su museo–me advirtió.

Al intentar pagar la entrada no aceptaron mi dinero por acompañar a la hermana, me informó el encargado de la boletería, haciéndome sentir venerable aunque sea por un instante.

Después de recorrer vitrinas adornadas con antiguos hábitos –se llaman casullas, me corrigió Clara–, biblias, viejos retratos, joyas y medallas eclesiásticas, todo divinamente conservado, por fin ingresamos a la catedral.

Fuimos directo a la primera fila. Yo, turista respetuosa de la santísima trinidad, luego de la breve reverencia de estilo y una corta pero efusiva señal de la cruz, me puse a admirar el altar mayor. Absorta, observaba el fino trabajo en plata labrada cuando Clara (mejor dicho, sor Clara), se paró a mi lado para rezar en voz alta:

“Padre Nuestro que estás en los cielos…”. En media oración se detuvo. Me sorprendí, pero continué el rezo como los hacíamos a coro las alumnas de mi colegio. “El pan nuestro de cada día dánoslo hoy…Amén”, terminé orgullosa como para que me pongan un veinte.

Pero allí no acabó la cosa.

“Dios te salve Reina y Madre…”,  interrumpió otra vez la oración la bendita monja seguro para averiguar qué tan practicante era yo. “Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios…Amén”. Recordé el final con las justas, mientras empezaba a sudar frío, pero segura de haber pasado la segunda prueba.

“Nada te turbe, nada te espante…” empezó con otra oración. 

–Esa no me la sé –le dije sonrojada cuando se detuvo para que yo siguiese–. Ese día debo haber faltado a clases– agregué toda turbada y toda espantada no obstante sus plegarias.

–No te preocupes–me tranquilizó–, no tienes por qué conocerla. Es a Santa Teresa, la virgen de mi congregación.

–Las madres de mi colegio son dominicas– me volví a excusar mientras buscaba una forma de escabullirme y pasar el resto de la tarde sin ser sometida a la santa inquisición.

Pero fue imposible. La buena mujer me pidió que la acompañara a almorzar. Le dije que sí por su puesto, y le invité un plato cruceño preparado con plátanos y huevos fritos y una suculenta ensalada de verduras que le encantó. Yo me contenté con un pedazo de pastel de choclo, pues la verdad no tenía mucho apetito. A esas alturas del día estaba segura de que todo se trataba de una prueba celestial. ¡Demasiadas coincidencias! Santa Cruz; un viaje de misión; una monjita que no me dejaba ir; esa hendidura en el rostro de la cual no podía apartar mis ojos.

Algo estaba por suceder.

Durante el almuerzo, Clara me contó sobre su vida. Venía de La Paz. Vivía en El Alto, ciudad a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar donde cuidaba ancianos desamparados. Viajaba a Colombia para visitar a sus padres. Era la menor de once hermanos y, al igual que yo, había estudiado en un colegio católico.

Aunque debía sentirme tranquila por haberla conocido un poco más, ese surco en la frente no dejaba de preocuparme.

De regreso al aeropuerto, decidí aprovechar la situación para salir de ciertas dudas que durante la infancia me habían atormentado.

—Debajo de la toca, ¿cómo es que va el pelo? —le pregunté.

Sin decir palabra, se quitó el velo regalándome una angelical sonrisa al mismo tiempo que desaparecía la marca transversal de su rostro.  Se le veía animada, con ese brillo en sus ojos negros que solo un corazón feliz puede provocar. Sacó un peine del bolso para arreglarse el cabello. Era castaño claro, casi rubio, y se notaba muy liso. Al contrario de lo que me había imaginado era bastante largo. Le llegaba más abajo de los hombros, lo que me llamó la atención.

Agradecí a Dios por no haber hecho primero mi otra pregunta: ¿qué llevaba puesto debajo del hábito?

Decidí que mi vida sería mejor sin saberlo.

De pronto, se acercó a mi oído y entre susurros alcancé a entender que me decía:

–Cuando tenía ocho años, sentí el Llamado del Señor. ¿Tú no lo sentiste? ¿No oíste acaso que el Señor tocó la puerta de tu corazón?–me preguntó apartándose de mí, con la voz aguda y seca, con sus ojos oscuros que habían dejado de brillar y otra vez con ese surco amargo que le atravesaba la frente y que estoy segura llegaba hasta su corazón.

–No. Perdón. No escuché nada –le respondí–. Quizás lo hizo y me llamó muy despacito –me disculpé al sospechar que se trataba de un reclamo proveniente de las alturas.

–Estate atenta–me dijo al despedirse, entregarme un papel con su número de teléfono y pedir el mío, que claro está, se lo entregué de inmediato.

Han transcurrido más de cuatro años desde ese encuentro. Hasta hoy, sor Clara y yo jamás hemos hablado, pues nunca la llamé…y si ella lo hizo, debe haberlo hecho muy despacito.

Rossana Sala

Abril 2013

(Acuarela pintada por Claudia Guerrero Canale)

Cuento publicado en mi libro “No vaya a despertar a los caballos” (Altazor 2016)

SI SOÑABA CON ELLA

Posted: 2 November, 2020 in 2020

                              
así como se despertó el soñado 
en el sueño de la mujer que soñaba
así le sorprendió a ella
el mensaje que encontró 
                                       en la botella
 
y el joven que era soñado
no quería soñar
               ni pensar
                    ni sentir       ni probar
ni encontrar su catalejo
para ver
el sueño de la mujer
             que lo soñaba
     ya sin querer
 
pero una noche de luna eterna
de esas que solo existen en sueños
el hombre que no quería soñar
se soñó despierto 
                       pero sin aire
vivo
        pero con frío
y para estar bien 
para estar seguro
se vistió de leyes 
      sumas
         restas
             cuentos
              esferas blancas
                y agotadores muros
 
y esa noche de luna eterna
el joven que era soñado
se soñó también entre risas  
recuerdos
no quería hacerlo
                           no
            no debía soñar con eso
pero se soñó feliz
         entre armoniosos estruendos 
con destellos confusos
                                  plenos
 
se soñó con amor      
          sin amor
con distancias cercanas
                        iniciáticas
                                  finalíticas
                                       continuáticas
conversaciones lógicas    
                     ilógicas
besos 
     caricias 
 
no quería hacerlo
                         no
       no debía soñar con eso
 
y el joven que era soñado
se despertó
       encontró su catalejo
se sorprendió a sí mismo
y sorprendió 
        con un mensaje en la botella
a la mujer 
que lo soñaba 
             sin querer

 
y en un destello confuso
entre armoniosos estruendos
la mujer que lo soñaba
                      le dijo que sí
pero que no la despierte
                      le dijo que sí
si soñaba con ella
 
 
 


Rossana Sala
Octubre 2020
Escrito después de leer “Ruinas Circulares” de Borges

ACÁ TE ESPERO

Posted: 21 October, 2020 in 2020
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No debiste entrar al mar ese atardecer.  Ya la noche anterior, tú y yo habíamos sentido cómo las olas embestían la orilla con hambre, ansias y bramidos. Con ganas de arrastrar consigo, entre ataques y resacas, la arena, piedras y hasta a un lobo de mar que, tras cuatro días varado, se dejaba por fin succionar por moscas y desgarrar por buitres que lo rodeaban atraídos por el olor a muerte que corroe el alma.

Ls castiga.

Las olas deben medir más de dos metros, te dije antes que me dieras ese beso. La curva suave de tu boca, mezclada con la tenue luz del sol de las seis y treinta, el graznido de una bandada de gaviotas y tu pelo alborotado y suave, color ceniza, se convirtieron en una de tus caricias, de esas que sabías darme, sin siquiera rozar mi piel, cuando querías pedirme algo y estabas seguro que yo no estaría de acuerdo y, sin embargo, me dejaría llevar por ti. 

Solo por ti. 

Quise imaginar que sabías lo que hacías, que conocías esas playas. Habías crecido en ellas. Los músculos de tus brazos eran todavía firmes. Regreso en media hora, me dijiste y tu espalda húmeda brilló con el reflejo del mar frío y cristalino que tantas veces nos había escuchado reír, discutir, nos había visto tocarnos y también alejar para volver a querernos y estar juntos para siempre. 

Quizá.  

Y vi tu cuerpo esconderse entre la espuma blanca de esa agua cada vez más voraz, cada vez más pesada y sedienta y volteaste a mirarme y tratar de decirme con tus ojos silenciosos y tus manos ásperas y suaves y el brillo plateado de tu pelo, estoy bien, sonríe conmigo, ya regreso y más atrás el sol empezaba a hundirse y la luna en cuarto menguante se dejaba ver en el cielo anaranjado y celeste y un velero de alas blancas navegaba a lo lejos y el mar, abierto al horizonte, rugía cubierto por una mancha espesa, infinita,  gris. Vi al lobo de mar cercado por algas, lombrices, moscas y buitres. Fue en ese momento cuando me distrajo el viento, tibio y salvaje como el que viene del sur, a veces, del cual habíamos disfrutado volando la cometa roja y amarilla, con forma de dragón, que hacía tres años me habías traído de Tailandia o acaso fue de la China, ¿te acuerdas?, cómo pasa el tiempo mi vida, sé que nunca dejarás de ser una niña, me dijiste cuando abrí la caja de madera que la escondía. 

Pero ese atardecer, no debiste entrar al mar. 

No debiste.

Ese atardecer, un vendaval envolvió mis piernas, torso, brazos, invadió con arena turbia y afilada, mis labios, nariz, mi pelo largo y triste. Me obligó a cerrar los ojos, te juro que fue solo un instante, para abrirlos y no verte, para abrirlos y no oírte, ¿Javier dónde estás?, para no sentir tu olor a mí, ni tu fuerza, para mezclarse como un remolino vertiginoso con esa agua amarga y sucia y llevarse la suave curva de tu boca, ¡Javier!, y tu espalda y tus manos, para ocultar el vibrar de tu voz entre los últimos rayos de sol y el primer destello de la luna. 

Y el velero de alas blancas tampoco estaba.

Ya la noche anterior, tú y yo habíamos sentido cómo las olas atacaban la orilla y devoraban las piedras con hambre, rugidos, sed y espumas grises. 

Regreso en media hora, te oí decir después de ese beso que me diste.

Acá te espero.

Acá.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                            

Rossana Sala

                                                                                                                                                                                                                                                            9 de octubre 2020


IMG_0465Me pongo la mascarilla. No puedo olvidarla. Ya es parte de mi vida.

Desde el piso quince en el que vivo disfruto del horizonte, pero sólo con la mirada. Veo techos, edificios rojos y grises, pinos que crecen entre parques vacíos, las aguas oscuras del mar, la Isla San Lorenzo. No es suficiente. Necesito bajar, salir, caminar, montar bicicleta, gritar. Sentir la luz del sol. Oler las buganvilias. Mojar mis pies en la playa helada. Visitar a mi hermana Claudia, a Sandra mi amiga y también a Nicolás.

Entro al ascensor. La vida me espera y, sin embargo, el espejo devuelve la imagen de mi rostro: parece que llevo presa mucho tiempo.

Aprieto el botón número uno.

¿Por qué subo? Alguien me lleva hacia arriba.

IMG_0474 2Llego al piso veintiuno. El último.

Se abre la puerta.

–¡Pero usted lleva la mascarilla puesta! No debería estar aquí –me dice una mujer alta, de tacones rojos, de unos treinta años y sonrisa blanca.

–No entiendo. ¿De qué se trata todo esto? –le respondo y se me acerca.

El elevador se cierra detrás de mí, mientras ingreso a un gran salón. Los techos son altos, quizá alcancen los tres metros. El piso blanco, de mármol, me hace sentir un frío extraño… Quiero pensar que no es cierto. Mesas de vidrio. Sillas de vidrio. Ventanales inmensos que permiten ver los parques, los edificios, el mar, la isla, pero están cerrados y no dejan entrar al viento.

Decenas de personas me observan. Me escrutan con miradas desiertas. Unos están de pie, otros sentados. No se mueven. La mitad de mi rostro sigue oculto, el de ellos en cambio está libre como yo anhelo serlo. Presiento que quieren llorar, pero no se atreven.

Nadie me saluda. Difícil que lo hagan. Me pasa lo mismo las pocas veces que recorro las calles desde que sucedió todo esto.

Busco a algún conocido y, en este mundo tan grande y pequeño, por supuesto que lo encuentro. Allí está Martín Gutiérrez. ¿Qué hace acá? Él vivía en el piso siete y no se mudó, sino que se fue, igual que doña Elena, la anciana con quien yo solía conversar en el parque de molles y que se negaba a usar protector facial y ahora está sentada en una de esas sillas de cristal que no sé si de verdad existen o están en mi mente. Y también puedo ver a Ernesto, mi colega del trabajo, él que tanto se cuidaba, pero sus hijos no y por eso se fue, así como Martín y doña Elena y también Silvia, la costurera, que no pudo dejar de trabajar y terminó acá… Pero yo sí tengo mi mascarilla puesta. Uso la K100 y, para montar bicicleta, una azul con válvulas que se supone son mejores que cualquier otra de esas.

Hace mucho tiempo, un año o más desde que sucedió todo esto, que no veía en directo rostros enteros. Había olvidado el movimiento de los labios, los ojos completos que sólo encontraba en Netflix, Facebook, TikTok, Singlass, en alguna llamada con mi familia, amigos, usando el WhatsApp o aplicaciones más modernas que siempre alguien inventa.

–Si ha llegado hasta acá debería ser para quedarse –me dice la mujer de los tacos rojos con un tono apenas autoritario, que me hace pensar que es porque no está segura de sus palabras ni de lo que piensa.

“Debería ser”.

Un verbo condicional que yo, experta en peroratas y argumentos, podría dejar pasar, pero no quiero.

–Es un error –respondo con voz firme para intimidarla mientras siento la protección de mi K100 que no me quito ni en sueños–. ¿Acaso sabe mi nombre? ¿Qué clase de administradora es usted? ¿No tiene una lista de personas a quienes les corresponde entrar? ¿Cómo es posible que aquí nadie lleve la mascarilla puesta?

Y al hacer tantas preguntas y sentir una opresión invadir mi alma y mi cuerpo, pienso que los del piso veintiuno deben estar mejor que yo: en silencio, inmóviles, pero juntos y con los rostros descubiertos. No están solos ni confinados, ni se consuelan con llamadas de Zoom, música, películas, libros y algún paseo a pie o en bicicleta.

Qué fácil encuentro una respuesta.

–Descúbrase el rostro –me exige la mujer sin hacer caso a mis preguntas.

–¿Quién es usted para darme órdenes?

–¡Vamos! Tiene que obedecer. Dígame sus nombres y apellidos.

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–¿Y si los contagio? ¿Ha pensado en eso? –le contesto con voz inocente, casi infantil y por eso astuta–. Acá, en el piso veintiuno, nadie esconde sus caras, en cambio yo llevo oculta la mía. ¿Por qué cree que lo hago?

La mujer de los tacos rojos sonríe con sarcasmo, tal vez tristeza, y antes de que me responda o llame a seguridad o haga cualquier cosa y me detenga, la puerta del ascensor se abre detrás de mí y deja ingresar a siete, ocho, nueve personas: niños, ancianos, hombres, mujeres, todos con las bocas libres pero las miradas desiertas.

–Bienvenidos –les dice con la misma sonrisa blanca con la que me recibió al conocerla, mientras yo me confundo entre los nuevos visitantes y me meto en el elevador del edificio en el que vivo sin sospechar del mundo de acá arriba y sin querer volver a verlo.

Presiono el botón número uno. El ascensor baja despacio. Pocos minutos después se detiene y se abre la puerta.

Salgo por fin a la calle.

IMG_0457Necesito caminar, correr, gritar, montar bicicleta, sentir la luz del sol. Me encuentro con gente que viene y va, que está demasiado cerca, me abraza su calor, aliento, piel, pelo, voces, bulla, imprudencia.

Decido regresar a mi departamento, quedarme allí hasta que termine todo esto.

Oprimo el botón número quince. La vida me espera.

Pero algo le pasa al ascensor. ¡Se mueve más rápido de lo que recuerdo!

El espejo me hace notar que ya no llevo la mascarilla puesta.

¿Debí usar las escaleras?

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Rossana Sala

Setiembre 2020

DILE QUE NO (poemita) agosto 2020

Posted: 21 August, 2020 in 2020
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16387250_10154976436816737_8328956582741734766_n

te hará daño 

              así que dile

que no

no lo busques

que no te encuentre

               es un tirano

 

dile que no

toma valor

busca tu fuerza 

y dile que no

para que no te

arrepientas

 

seducen las calles

            están muy cerca

el sol el aire la gente la bulla

y sin darte cuenta

                       un roce

             tu debilidad acecha 

 

dile que no

porque te quieres mucho

porque la vida es una

porque el mañana existe

porque no eres de piedra

 

los abrazos

girasoles

cafés con bocas y orejas

                 la familia

las estrellas

niños que saltan

cuentos de Bryce

                       Cortázar

o quien tú más quieras

                           hojas revueltas

y ese beso que se atascó en un tren

                 asomarán por tu puerta

 

los paseos en bicicleta

         a la orilla del mar

las sonrisas desnudas

las montañas rebeldes

                            te esperan

 

vamos

      protégete

          no te dejes llevar

¿quién se ha creído?

quédate en casa

                colorea la lluvia

                     despierta tus sueños

porque cualquier día

el mundo

      le quitará esa corona

              que nunca mereció

                                y  hoy

                                nos aprieta

Rossana Sala

Agosto 2020

Pandemia

QUIZÁ (julio 2020)

Posted: 14 July, 2020 in 2020
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2020-07-14 2Ella se detiene a ver el mar. Siente el agua helada mojar sus pies. Se hunde en los granos de la arena un poco más.

A lo lejos, el sol.

Ella sabe que va a caer. Caerá amarillo, naranjado, rojo, caerá de golpe, como si alguien del otro lado del mundo se lo quisiera quitar, para que ella no pueda verlo una vez más.

Ella se deja llevar por esa línea, por ese brillo de tonos dorados, que la conduce hasta el final del horizonte, hasta el calor que pronto se irá.

Las palabras del viento la calman y la empujan. La arena acaricia y hiere su piel. El olor a sal invade sus pulmones. Su vestido celeste, blanco, se llena de aire, sube, baja, baila y se bate hacia adelante, como si la empujaran hacia el mar.

Su pelo cobrizo, ondulado y risueño, se llena de nudos.

Algo le roza la pantorrilla derecha.

Se distrae para averiguar de qué se trata.

Es una fruta.

Anaranjada, grande, redonda. Flota a su lado.

Se agacha para tomarla en sus manos. Se moja el vestido celeste y blanco.

¿La habrán traído las olas?

Por un instante, el reflejo del sol, la ciega.

La imagen de un niño en el agua, justo al lado de ella, la desconcierta.

–¿Me invitas?

La voz, alegre, triste, inesperada, del muchacho la detiene. La obliga a retroceder. A abandonar el mar. A sentarse en la arena, todavía tibia, para compartir los gajos ácidos y dulces y ver juntos al sol escabullirse hasta el otro lado del mundo. Amarillo, anaranjado, rojo, de golpe, encadenado.

–¿Volverá mañana?

–Quizá.

 

Rossana Sala

14 de julio 202

 


IMG_3601 2

 

me declaro culpable

de haberme ido en el intento

y también vuelto

 

 

 

de correr en bicicleta

de subir montañas

de alejarme de la orilla a nado

de caminar entre las nubes huecas

 

de haber caído

me declaro culpable

también de levantarme

 

de soñar

de ver el cielo anaranjado

de escuchar a las estrellas reír

de esas copas de vino

de los besos que nos dimos y perdimos

 

de haber reído

de llorar bajo el árbol de moras

me declaro culpable

de haber sentido

 

de haberme equivocado     de tener razón

de no oír

de escuchar                 de no entender

de haber comprendido

de tus abrazos y de los míos

 

me declaro culpable          por esos niños

por los girasoles azules

por las mariposas escondidas

 

por dejar todo

y al mismo tiempo nada

 

soy culpable

no pido perdón

no me absuelvan                      por favor

 

porque de querer ser feliz

no me olvido

 

Rossana Sala

Junio 202

CUANDO (Mayo 2020)

Posted: 2 May, 2020 in 2020

2020-05-02            

y estás lejos
y estás triste
y nada de lo que yo te diga
                                    sirve
cómo poder darte un abrazo
en este mundo
                          tan terrible
y cuando las flores canten
la luna brille
las mariposas salten
y la canela perfume las nubes
               te abrigarás con sus recuerdos
                                                        y su amor
                                                          sonreirá contigo
y cuando los aviones vuelen
los cristales se derritan
y a las calles les pese la gente
                podré por fin darte ese abrazo
                                                       que hoy
                                                           deambula solo conmigo

2020-05-02 2

Rossana  Sala

2 de mayo 2020


 

Copia de 2020-04-25me gustaría ser yo una vez más

y subir montañas azules

y rojas

montar bicis de ruedas cuadradas

zambullirme en las aguas radiantes del mar

sentir el viento frío

caliente

atrevido

esta vez eso no me va a importar

dejar crecer mi pelo largo

muy largo

pintarlo de lila

y volverlo a cortar

 

teñir las paredes con manzanas y nueces

sin que me importe qué va a pasar

 

tomar una escoba y viajar por el cielo

mirar por la ventana del cuarto de mi hija

mirar por la ventana del cuarto de mi hijo

y llevarlos conmigo donde nadie nos pueda encontrar

escondernos en nubes en forma de casas

sentirlos pequeños

traviesos

tan suaves

preparar sus loncheras llenas de caramelos

jugar con conejos

mariposas

y flores

esperar la lluvia para saltar con ellos

llevarlos al colegio a patinar

llenarlos de besos y no hacerles caso

aunque se empiecen a quejar

 

escribir un cuento que sea muy breve

pero que nunca llegue al final

 

2020-04-25Rossana Sala

Abril 2020

Pandemia

 

GOTAS DE AGUA SECA

Posted: 18 April, 2020 in 2012, 2020
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2020-04-18El hombre se despertó poniendo los pies hacia afuera.

Sintió el agua helada tocar su piel. Un día más. ¿Podría soportarlo? Se sentó como pudo. Se inclinó hacia adelante hasta encontrar su reflejo en el mar.  Su rostro tenía más arrugas que el día anterior. La barba empezaba a brotar. Gris. Intentaba escapar como agujas de su rostro. A sus pelos los alborotaba en una gran confusión el viento.  Buscó entre sus cosas la gorra que usaba en sus días de pesca. Las venas cansadas, azules y gruesas, pedían auxilio al recorrer sus manos hasta alcanzar su corazón. Tomó un sorbo de agua de su botella. Si no llovía pronto, estaría en problemas. Pero ya estaba en problemas. El tono celeste y burlón del cielo, no le daba la esperanza de derramarle una sola gota de agua dulce.

El hombre se acostó poniendo los pies hacia adentro.

Sintió el sol hervir y quemar su cuerpo. Un día más. ¿Podría soportarlo? Se acomodó entre los tablones como pudo. Se inclinó hacia su lado derecho hasta encontrarse cara a cara con una madera astillada. Se sintió más pesado que el día anterior. Su barba estaba dura, húmeda, olía a sal y a restos. A sus pelos no los alborotaba el viento. Buscó en los bolsillos de su chaqueta un pedazo de pan. La chaqueta que usaba en sus días de pesca. Sintió sus manos más secas. Más duras. Más tristes. Vacías. Tomó el último sorbo de agua que guardaba en la botella. Si no llovía pronto, estaría en problemas. Pero ya estaba en problemas. El tono azul y burlón del cielo, le lanzó gotas de agua seca.

El hombre se despertó poniendo los pies hacia afuera.

Sintió el agua helada tocar su piel. Un día más. ¿Podría soportarlo? Intentó sentarse. La pesadez de su cuerpo le dificultó hacerlo. Se inclinó hacia adelante hasta encontrar su reflejo. Su mirada estaba marcada por algo que el día anterior sus ojos no habían descubierto. Su barba brotaba blanca y confusa. A sus pelos los alborotaba sin ilusión el viento.

2020-04-18 5

El hombre se acostó poniendo los pies hacia adentro.

Buscó entre sus cosas un trozo de pan. Sintió sus manos más pequeñas. Más suaves. Sonrientes. Saboreó su alimento como lo hacen los niños traviesos cuando roban a sus abuelos un chocolate o un caramelo. Si lo descubrían, estaría en problemas.

Y con ese tono burlón que aprendió del cielo, el hombre se lanzó al mar.

Rossana Sala

Abril 2020

Pandemia


Copia de 2020-04-15–¡Vamos! ¡Con fuerza! ¡Que es exigente!

¿Qué sexy gente?

Me parece oír al profesor. Pero es imposible. Imposible, porque estoy pedaleando sola, sin gorra, sin aretes, con las uñas rotas y la ropa suelta y, porque la clase que estoy viendo en YouTube, debió haber sido grabada hace cuatro o cinco meses, en Italia o en España, cuando el invierno no había llegado y nadie lo esperaba, así como vino para no irse todavía.

Me distraigo. No quiero pensar en eso.

–Comiencen suave. Este es el plan, les esperan cincuenta minutos, cuatro cuestas hasta coronar la montaña.

¿Coronar la montaña?

2020-04-15 11

El tema es que, después de muchos años, me he reencontrado con mi bicicleta estacionaria, esa que venía usando para colgar sombreros y una que otra cartera. Y he descubierto con cierto beneplácito que existen programas que, mientras el profesor te llena de indicaciones, puedes hacer ejercicio y escuchar música y ver árboles, calles, gente, autos, motos, casas, mares, montañas, el cielo azul, flores y casi sentir el viento y estar a punto de respirar aire fresco.

–¡Vamos! ¡Pronto acabaremos!

2020-04-15 6Pedaleo plano, velocidad constante y luego subo, tiro hacia arriba, me paro, la música me lleva, We will rock you, me inspira Queen, lagunas, bosques, calidad de resistencia, no puedo, si puedes, sube, ¿hasta cuándo?, párate, siéntate, quiero salir, no debes, la ruta es increíble, infinita. ¿Adelgazaré con esto? Cambios de cadencia. ¿Decadencia? Aguanta. El baile. La intensidad está en la carga, no veo el sol, no siento el viento, no huele a tierra, inventa, imagina, llegamos a la parte más dura, tu puedes, I used to rule the world… comienza Coldplay. ¿Cuándo terminará esto? Aplanemos la curva, punto de inflexión, estamos llegando. Martillazo. No encuentro flores, cuatro paredes, no siento voces, no hay colores. Ten paciencia, nadie dijo que sería fácil.

–¡Pueden tomar agua! ¡Donde está la bandera terminamos!

Con mi toalla roja me seco el sudor de la frente y de los brazos.

2020-04-15Me paro. ¡Ciento diez giros por minuto! ¡Allá voy! Hace mucho que no iba tan rápido. Y los pedales se aceleran y se escapan de mis zapatillas, no puedo controlarlos, me golpean y mis pies se quedan atrás y la música empieza de nuevo y no veo más el video, el YouTube maldito y al profesor y sus gritos y mis rodillas sangran, me falta aire, mi cuerpo se enrosca, busca ir al pasado y se protege como un feto.

Quedo atrapada entre el asiento y el volante.

–¡Estamos coronando la montaña! ¡Cuando lo logren les doy una tregua!

 ¡No puede ser! En veinte años montando bici por piedras y tierra, pantanosos bosques y bajo la lluvia, nunca me he caído y ahora, estoy enrollada en una bicicleta estacionaria, en el dormitorio de mi casa sin poderme levantar.

Me duelen los brazos, el hombro derecho, las manos. No veo luz. Traspiro. Necesito paz.

El pelo se me pega en la frente. Debí amarrármelo.

Las cuatro paredes.

¿Hasta cuándo?

–¡Todavía no tomen agua! ¡Con fuerza! ¡Seguimos de pie! ¡Vamos! ¡Que es exigente!

No joda! Que sexy nada, que estoy sola en mi casa. ¿No entiende? Me agarro del timón. El cielo está negro y cargado de estrellas. ¡Busquen su resistencia! Dice el profesor mientras le inspira Abba, You are the dancing queen y alguna cancioncita más. Desenredo mis piernas. Me levanto. Salgo de la bici. Mis heridas sangran, me duelen, las limpio con mi toalla y, como si un caballo me hubiera lanzado al suelo, me paro y vuelvo a montar.

–Cojan el ritmo, aguanten, que ya terminamos. ¡Encuentren la bandera!

Y me imagino ricas montañas, fértiles tierras, risueñas playas, autos, calles, ríos, quebradas, gorriones, bulla, gente, bocinas, supermercados, un roce, un abrazo, un beso, una caricia, mi toalla roja, es mi Perú.

2020-04-15 16Rossana Sala

Abril 2020

Pandemia

(Párrafo final inspirado en la canción “Mi Perú” de Manuel “Chato” Raygada)


IMG_1371Minutos antes de acercarme al altar para esperar a Maritza y casarme por fin con ella, Esteban Gorriti, hasta ese momento mi futuro suegro, sin ningún reparo, me dijo al oído al darme un abrazo:

“Espero que no corras la misma suerte que los anteriores”.

¿A qué se refería? ¿Anteriores? Pensé sin atreverme a revelarle que no sabía de qué estaba hablando.

Don Esteban, a sus setenta años y tras los vidrios de sus viejos anteojos de carey, así como se me acercó, se perdió entre una decena de invitados. ¿Pero quiénes eran? Me di cuenta en ese instante que, distraído y nervioso por esto de mi matrimonio, no me había percatado que esa gente que reía y conversaba y vestía de colores oscuros y no alegres como correspondía a una celebración como la que estaba a punto de llevarse a cabo, era completamente desconocida por mí.

¿Serían amigos de Maritza?

Necesitaba hablar con ella. No podía dar el “sí” eterno, sin antes saber quiénes eran “los anteriores” y cuál era la suerte, nada buena sin duda, que habían corrido o acaso los había hecho correr.

Doña Clara. Allí estaba ella. Tuve la esperanza de que la madre de Maritza, con ese afán por saberlo todo y de hablar sin detenerse a respirar o acaso pensar, alguna información podría darme. Tanto tiempo me había quejado de su capacidad de averiguar historias para luego, haciendo uso de una imaginación prolija, difundirlas por el barrio y más lejos todavía, que nunca le había prestado atención y menos aún sospechado que, en algún momento me beneficiaría de lo que ella llamaba uno de los tantos atributos que Dios en su infinita bondad le había concedido.

Las bancas de la pequeña capilla se iban ocupando. Algunos de mis familiares y amigos llegaban y yo no los saludaba ni de lejos.

Necesitaba salir lo antes posible de mis dudas.

Maritza había insistido en llevar a cabo la ceremonia en la capilla de Fordán, un pequeño pueblo frente al mar, alejado de nuestras casas pero que, por alguna razón que ella misma no sabía explicarme, decía amar. Yo, que no era devoto ni nada que se acercara a eso, no me opuse a la boda religiosa ya que para mí lo importante era que me casaba con ella y no ante quién ni dónde lo hacía.

A mis cuarenta años, por fin, contraería matrimonio y ella, que según papeles tenía exactamente mi edad, aunque debo admitir que parecía un poco mayorcita, también se había animado a casarse por primera vez en su vida.

Miré la hora. Las doce y cuarto del día. La marcha nupcial y la entrada de la novia debían comenzar en quince minutos, lo que me daba tiempo para hacerle preguntas a doña Clara y que ella me respondiera y se explayara haciendo gala, sin misericordia, de sus atributos divinos.  De su único atributo, en caso pudiera considerarse como tal, pensaba yo, pero jamás fui capaz de decirle eso.

–Doña Clarita –le dije al tomar valor y su brazo derecho con todo respeto.

Sentí que mi cuerpo sudaba. ¿Sería por ese terno azul marino que me envolvía el cuerpo o por la corbata que me ajustaba el cuello o esos zapatos que recién notaba había comprado por lo menos una talla más chica?

–Doña Clarita –le repetí apartándola de sus amigos y sin notar que la acercaba a uno de los confesionarios.

¡A un confesionario!  ¡No podía ser casualidad!

Miré el altar y le juré a Dios en silencio que, si esa era una señal de las que tanto habla la gente, no faltaría a ninguna misa de domingo, tampoco de los sábados, iría a todas las de Gallo y las de Fiestas de Guardar no me las perdería ni enfermo.

Sin darme cuenta, me encontré como nunca en mi vida rezando, haciendo promesas.

–Maritza es…

Vi la lengua y los labios de doña Clara moverse en cámara lenta y hundir con su voz pantanosa mi mundo. Sentí su perfume con olor a flores secas invadir mis pulmones y mis zapatos se volvieron aún más pequeños. 

–Pero nadie te lo había contado muchacho, si todos saben que, cuando se casa mi hija, al poco tiempo…

Continuó la mujer con los detalles, mientras yo, sin querer oír ni entender lo que salía de esa boca que letra por letra destrozaba mis ilusiones, seguí con mi rezo cada vez más devoto y con mis promesas cada vez más grandes.

Y es por eso que hoy a mis ochenta años, sigo soltero, Maritza es siete veces viuda y yo voy a misa todos los días.

Rossana Sala

Febrero 2020

LA FLECHA ROJA

Posted: 25 October, 2019 in 2020
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 –Anda, la vas a pasar bien. Te vas a distraer y olvidar de la ciudad. Con seguridad algo se te ocurrirá.

Me había dicho Teresa con su especial cariño de amigos perpetuos recomendándome el lugar: una casita rodeada de árboles eternos, de esas en las que te dejan la llave debajo de la alfombra y jamás llegas a ver la cara del dueño.

Salgo a las siete de la mañana.  Quiero aprovechar la luz del sol para caminar en el bosque. 

Me acompaña en mi mochila Juan Rulfo. Pedro Páramo, su novela.  Cargo también una libreta de notas y unos cuantos lapiceros de tinta de diferentes colores. No sé por qué, pero tengo la vieja costumbre de separar por colores los párrafos y las ideas de mis historias. A mi edad, todavía no he podido encajar con la tecnología. Tampoco hago mucho deporte, así que eso de caminar por las montañas no es usual en mí.

IMG_1475La mañana es fresca. El viento suave. La ruta está marcada por una flecha roja que debo seguir hasta llegar al rio, como señalaban las indicaciones dejadas por mi querida amiga en la puerta de mi refrigeradora.

El crujir de las hojas de los árboles al atravesar la vegetación, me da cierto temor. 

Temor a no encontrar el camino. En realidad, ¿me importa eso?

A quedarme solo en la vida; aunque esa es mi costumbre. Después de todo, siempre cambio de trabajo, de novia y, para mí, nada ni nadie es suficiente, como se encarga de repetirme Teresa.  ¿Es necesario acaso vivir con alguien? Le pregunto a ella sin recibir respuesta.

Miedo a que, estando rodeado de montañas, quiera regresar a la ciudad: a las bocinas y pitos de las calles, al olor a aceite caliente de motor, al cemento, al cielo de cartón, al café de la esquina o al pan con chorizo de la carretilla del viejo Martin. En realidad, no me afectaría dejar todo eso.

¿A Teresa?

A no inventar alguna historia: hace casi seis meses que no escribo. 

 “Samuel Carrasco, setenta años, ha publicado solo una novela. Todo un éxito literario. Éxito que nadie sabe si él mismo podrá superar.”

Dijeron las noticias después de mi última entrevista.

Pero si el mundo tiene ya suficientes libros, historias, cuentos. ¿Hace falta un escritor más?

Qué tranquilidad siento al escuchar cantar a los pájaros en medio del silencio, descubrir el vuelo calmado de unas mariposas azules y respirar la humedad de la hierba.

Y aquí estoy yo, tres años después de la publicación de mi gran novela, mi única novela, siguiendo una flecha roja, rodeado de árboles y flores, con una mochila al hombro, lapiceros de colores y una libreta en blanco.

Me quito la chalina y una de las chaquetas. Tomo agua. Me tropiezo y ensucio de barro mis manos. Me detengo para contemplar los árboles. Son inmensos. No soy experto en naturaleza por lo que decido que son pinos. También decido que los otros, los de hojas más suaves y claras, son robles, y algunos, los más altos y de gruesos troncos, son cedros. 

Se me ocurre que los pájaros que me acompañan con sus silbidos y reclamos son jilgueros y palomas, y que las distintas flores son simplemente geranios. 

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Y mientras sigo la flecha roja, una azul me distrae. Entonces cambio de flecha. Sigo la nueva por ser más resplandeciente y, sin embargo, a los pocos metros, descubro una verde que me parece más larga, más fuerte y después una amarilla, que considero más alegre, por lo que vuelvo a modificar mi destino.

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Es en esos cambios de rumbo, que pierdo todas las flechas y aunque, por la hora, el sol debería estar brillando, el bosque está oscuro y mi camino perdido.  

Envuelto en mis pensamientos, en el olor a cedro o mejor a roble, en las ideas para un cuento que no llego a alcanzar, me encuentro frente a una cabaña.

Sus gruesos troncos marrones y rojizos, el techo a dos aguas de simetría perfecta, aquel letrero que da la bienvenida yel humo de la chimenea que calienta el cielo, me invitan a acercarme a la puerta sin preocupación. La toco con delicadeza. Nadie me abre por lo que insisto con fuerza.

Allí, parado, imagino al dueño del lugar. ¿Sería un ermitaño? O un asesino. A lo mejor un psicópata. El principio de mi esperada novela.

La humedad de ese bosque cerrado comienza a invadir mis huesos. 

Me asomo a una de las ventanas para mirar el interior de la cabaña.

Y allí estoy yo, Samuel Carrasco, sentado a una mesa cuadrada, rodeado de libros, cuadernos y libretas, escribiendo.

¿Cómo es posible que yo esté allí?

No me detengo ni para tomar un sorbo de esa taza, con seguridad de té negro, que dejará de humear sin ser probada.

Alguien se le acerca a ese hombre que por su apariencia debo ser yo, pero que por el ímpetu con el que trabaja, es imposible.

El sujeto se pone de pie apoyándose en el respaldar de la silla.

¿Pero cuántos años tengo?

De un momento a otro, el hombre y su acompañante, una mujer, desparecen de mi vista. 

El crujido de la puerta principal llama mi atención.

–Ten cuidado, Teresita. Vamos. Necesito comprar lapiceros antes de que se me escapen las ideas.

Dice el hombre al agacharse, sujetándose de la perilla, para esconder una llave bajo la alfombra.

Los veo irse. Tomados de la mano, cada uno con su bastón, siguen el camino de pinos, cedros, jilgueros, palomas, simplemente geranios, lo que yo decida, marcados por fin por una sola flecha: la roja.

Rossana Sala

Octubre 2019


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Como cada día, Martín se levantaba a las cinco de la mañana, tomaba desayuno y pasaba las horas conversando con esos amigos que, según él, nunca había visto, pero que lo conocían bien. Con esos extraños que lo escuchaban y lo querían.

Martín almorzaba rápido para ocupar la única mecedora que daba al ascensor por donde Esteban, cada día a las tres de la tarde al abrirse la puerta, aparecía.

–¿Cómo estás papá? No he podido venir en toda la semana.

Por fin sintió el anciano la voz de su hijo y ese abrazo tibio que algunas veces solo imaginaba.

Martín intentó ponerse de pie. Esteban le alcanzó el bastón y lo ayudó a pararse. Eran casi las seis, pero prefirió no decirle nada a su padre.

–Disculpa la demora. Se me complicó el trabajo.  ¿Caminamos?  Vamos al Café Azul, ese que tanto te gusta.

–Sí, son las tres. La hora perfecta. ¿Fue allí donde estuvimos con José ayer? Ese tío tuyo me debe plata hace tiempo. En realidad, me debe mucho más que eso.

–El tío José…

–Ah –dijo el anciano–.  Hace unos días lo vi en la plaza. Ni me saludó.

–¿Estás con hambre? ¿Qué te provoca?

Las hojas secas, antes verdes, rojas y amarillas, arremolinadas por el viento, anunciaban el final del otoño al invadir las veredas.

Los rayos del sol brillaban todavía calentando la tarde.

–Mira –le dijo Martín a su hijo al señalar la acera del frente–. Si no me equivoco es allí, en esa sala de teatro donde empezó la historia.  Esa tarde andaba nervioso.  Conversamos como nunca.  Compramos flores, chocolates.  Los rellenos de nueces le encantan a Teresita. Lo que el viento se llevó. ¡Qué buena película!  La función llena de gente.  Las mujeres con faldas y tacos. Teresita, delgada, alta, con su vestido azul.  Ese sombrero de lazo que según ella le acomoda tan bien el pelo.  Su pelo lacio y largo. Para que no se vuele. Me encanta verla disfrutar comiendo chocolates. Los rellenos de nueces son sus favoritos. Vas a engordar Teresita. Pero esa sonrisa de niña traviesa nadie se la quita. No se la quiero quitar yo tampoco. Y allí, sentados, frente a la pantalla, a los pocos minutos que apagaron las luces le tomé la mano.  Le tomé la mano a Teresita.  Debe de haber sentido cómo me sudaba, pero dejó quieta la suya. Qué alivio. No hizo el menor intento para sacarla. No me miró. Tampoco hablamos. Todo fue en silencio. Sentí su perfume por primera vez de tan cerca. Quería que se me impregnara para siempre.  Yo no sabía qué hacer. Solo sabía que no quería soltarla. Me debe mucho mi hermano. Después, la invité a tomar algo. Ella no quiso champaña, tampoco una copa de vino. Prefirió una taza de chocolate caliente. ¿Lo que el viento se llevó?  ¿Te conté de nuestra primera cita?

–Sí, papá.

–¿Ya es las tres de la tarde? La hora perfecta. Teresita querrá tomar su chocolate caliente.

Algunas hojas secas de la calle, antes verdes, rojas y amarillas, invadieron en silencio la terraza del café.

–La tía Teresa no puede venir, papá.

 

 

 

Rossana Sala

Setiembre 2019


–Que no te escuche Tadeo –le dijo Fátima a Ernesto.

Y Tadeo, medio dormido y medio despierto, abrió los ojos. Es que el niño necesitaba averiguar de dónde venían los regalos. ¿Quién los traía? Y, tirándola del vestido, le preguntó a su madre ¿Dónde los esconden? Tan delgado como siempre y más inquieto que cualquiera de los muchachitos de su salón de clase, Tadeo, despedido por un resorte, se levantó del sillón de la sala para encontrar lo que buscaba.

–Quédate tranquilo –le dijo Ernesto, perdonándole por esta vez a su hijo que no le hiciera caso.

–Es que el niño está muy emocionado –dijo Fátima con su tonito de madre sobreprotectora que, de vez en cuando y sin explicación alguna solía brotarle. En ese momento Ernesto abrió la puerta principal de la casa para que hicieran su aparición Luis, cargado de regalos, dos panetones y una torta de jengibre envuelta en celofán dorado, y Pamela, empujando el coche de Andrés y Andrea quienes, al sentir el golpe de luz en sus silenciosas caritas, se despertaron para transformarse en poderosas criaturas que lanzaban desenfrenados llantos y en las que, entre sollozos y quejidos podía verse de cerca el desarrollo de sus poderosas amígdalas.

–¿Y este milagro, hermanita? –dijo Fátima acercándose a recibir a sus invitados–. Tantos años esperándolos. Ya era tiempo de que vinieran que, si seguimos así, ni nos reconocemos y ni menciono a los viejitos. Los años no pasan en vano.

–¿Qué me quieres decir con eso?

–Que estamos felices de tenerlos en casa, cuñadita –interrumpió Ernesto–. Vamos, acomoden sus cosas.

El laberinto del momento fue considerado por Tadeo como preciso para, como en una cacería de leones, buscar la mejor presa.

–Y acá les presento a Tadeo –se escuchó la voz de su madre, pero el niño ya había clavado su mirada en las mamparas de la sala empujándolas para salir al patio que, al estilo de la más salvaje de las selvas, estaba lleno de pequeños pozos de agua debido a las últimas lloviznan del invierno.

La situación le encantó al pequeño quien se empapó los pantalones y, con las manos vacías pero cargado de esperanzas, entró a la casa resbalándose una, dos y tres veces con cierta cadencia que convertía la situación en cómica, pero no provocaba sonrisas entre los presentes que continuaban abocados a los saludos y preparativos.

–¿Mamá y papá, por dónde andan? –preguntó Pamela sacando a Andrea del coche y arrullando a la pequeña entre sus brazos–. Cuando empieza una, sigue el otro. A ver si me ayudas, Luis.

–Pero si son una belleza –se acercó Fátima–. Vamos, les mostraré el dormitorio de visitas para que los niños descansen.

“El dormitorio de visitas”, repitió Pamela al subir las escaleras, imitando en voz baja el cantito de su hermana.

Mientras tanto Tadeo, sin siquiera sobarse las rodillas, decidió que sería más productivo continuar con su investigación bajo techo y esta vez en la cocina donde se encontró con doña Carmela. Ella removía la cuchara de palo de la gran olla de chocolate que empezaba a hervir.

–¿En qué travesuras andas Tadeito? –le preguntó la mujer.

A los pocos pasos, atravesando los camotes sancochados, el puré de manzanas frescas y la fuente del pavo con las patas que acababan de ser envueltas en platinas, Tadeo decidió abandonar el lugar.

–¡Ven para acá! –le dijo la mujer apachurrando al niño dejándolo casi sin respiración–. Ni se te ocurra salir sin darle un beso a tu abuelita. Mira que prepararé solo para ti tus ravioles favoritos. ¿Tienes hambre?

Tadeo, no pudo escapar de los brazos carnosos de la madre de su madre, ni tampoco del olor a mantequilla, cebolla y patas de pavo muerto que ella despedía, por lo que, tan rápido como pudo, se escabulló para ponerse a salvo en la sala. Además, en ese momento, lo único que le interesaba era descubrir los regalos y ni esos ravioles con salsa de carne y queso parmesano, iban a detenerlo. Quizás más tarde.

–Acá estás, Tadeito. Te estaba esperando.

¡Atrapado!

La gruesa voz que venía del sillón de cuero no sorprendió al pequeño.

–Venga un abrazo para este viejo ¿Ya te dieron algún regalito?

–Para eso tiene que venir Santa –dijo Fátima saliendo del dormitorio de visitas acompañada de su hermana y su cuñado–. Vamos papá, que es un niño y mira quienes nos honran con su visita esta noche. Pamela y Luis, finalmente.

–¿Quiénes?

–Ya tengo seis años –dijo el pequeño saliendo de la sala entre carreras y brincos –¡Regalos! ¡Allá voy! –para continuar con su implacable cacería y evitar convertirse, esta vez, en presa de los brazos y cejas peludas de su abuelo y de los besuqueos melosos de su madre y de sus tíos. Si es una delicia el niño. ¿Acaso se lo iban a comer?

–Soy tu hija mayor papá –dijo Pamela abrazando al anciano como si lo viera seguido–. Vine con Luis. En un rato vas a conocer a tus nietos. ¿Y mamá?

El timbre de la puerta se escuchó tres veces.

¿Dónde? ¿Pero dónde estarán los regalos? En sus paseos por la ciudad, Tadeo había visto a muchos hombres, panzones y sonrientes, tocando campanas, todos vestidos de rojo, con sus barbas blancas y botas negras. No podían existir tantos Santas. Algo le estaban escondiendo y él lo descubriría.

–¡Antonieta, Natalia! Qué sorpresa tenerlas acá. ¡Ya era hora! Le daré la noticia a papá con calma. No vaya a subirle la presión al verlas.

–Ya, Fátima, no te pongas así –dijo Antonieta entregándole una botella de Moët & Chandon–. Sé que te encanta hermanita. Para que no digas que no me acuerdo de tus gustos.

–Debe estar inmenso mi ahijado –interrumpió Natalia sacando de un maletín de cuero un paquete rojo con un aparatoso lazo azul–. Espero que le gusten los autos a control remoto. Ya tiene ¿cuántos? ¿Cinco años?

–¡Es el colmo que no sepas su edad! Al menos te acordarás de su nombre. Por más ocupada que estés, no puedes desentenderte de la familia y, además, debemos esperar que Tadeo, porque así se llama tu ahijado, se duerma. Dáselo a Ernesto para que lo esconda.

–¡Ernesto! ¿Y sigue tan flaco mi cuñadito? ¿Y sigue siendo mi cuñadito? ¡Este sí que te aguanta, hermanita! ¡Cuídalo! –intervino esta vez Antonieta.

–¿Regalos? –interrumpió Tadeo saliendo de los cojines de la sala– ¡Ya sabía que Santa no existe!

En ese momento, las mamparas de la terraza se abrieron de golpe.

–¿Y ese ruido? –dijo Ernesto.

Tadeo, entró al comedor a todo pique, montado en su patineta, dispuesto a atravesar algunas piernas flacas y otras regordetas y las barrigas felices y las caras peludas y los brazos de su abuela que salía por fin de la cocina al escuchar las voces de sus hijas y los llantos desenfrenados de esos bebés que invadían su casa.

–¿Las gemelas? ¿Ya caminan? –se escuchó al abuelo que había regresado a su sillón mientras Pamela y Luis bajaban las escaleras, niños en brazos, tratando de tranquilizarlos a punta de susurros.

–Son mellizos, papá y tienen tres meses –dijo Pamela sin hacer aspavientos sabiendo que el viejo con las justas podía con su alma.

–Despacio, Tadeo, tranquilo –interrumpió Ernesto buscando detener a su pequeño.

–¡No les vaya a agarrar un aire y se resfrían! –dijo doña Carmela.

De vuelta en la terraza, Tadeo se sintió a salvo.

Pudo ver a su abuela que sonreía mientras que, con sus brazos pegajosos, asfixiaba a su mamá, a los nuevos niños y a todas esas señoras que cotorreaban en la sala.

Pudo ver a su abuelo levantarse del viejo sillón con la ayuda de su papá y de un señor sin pelo, pero con tanta barba que parecía no tener boca.

Pudo descubrir los paquetes, muchos paquetes, debajo de las luces plateadas, rojas y azules del árbol de Navidad. ¿Pero en qué momento llegaron los regalos? ¿Dónde estaba Santa?

Pudo entrar corriendo a la casa y escabullirse una vez más de tantos abrazos enredados para capturar por fin sus tesoros.

–Para Tadeo. Para Tadeo. Para Tadeo. ¡Mamá! ¡Mira cuántos regalos me trajo Santa!

–¡No seas travieso que ya sabes leer tu nombre!

–Para Tadeo, para Tadeo, para Tadeo –repitió el abuelo entre sonrisas y abrazos, animando a su esposa, hijos y nietos a salir al patio para mirar el cielo.

Rossana Sala
Julio 2019


IMG_0985Algodón Dulce, la llama de Carlitos, es blanca y muy suave.

Carlitos, tiene diez años, blue jeans, gorra amarilla y sonrisa traviesa. Le hace cariño, conversa y juega con su llama. Le da de comer pasto tierno y la lleva de paseo al campo.

–¡Ven, salta! ¡Seguro que te va a gustar esta laguna!  –le dice sin acercarse mucho a la cara de su mascota para que no le escupa. Porque las llamas cuando se asustan, lanzan su saliva como proyectiles, muy lejos y muy fuerte, y a Carlitos no le gusta mucho eso.

Algodón Dulce hace piruetas.

IMG_0990Están felices.

Pero de pronto, la juguetona llama deja de caminar.

¿Qué le pasa?

Algodón Dulce, abre sus ojos redondos como platos y brillantes como piedras negras y bate sus blancas pestañotas.

No contesta y se esconde detrás del viejo tronco de un molle.

–¡Ay! ¡Mi patita! ¡Me duele! –dice sentándose bajo la sombra del árbol.

Carlitos se acerca a su mascota y se agacha para ver qué le ha pasado.

La quiere mucho y le gusta cuidarla. Le levanta la pata delantera para revisarla.

–Se te ha metido una astilla entre los dos dedotes de tu pezuña –le dice acariciándole la pata.

–¿Una astilla? ¡Suena horrible! –dice la llama moviendo sus puntiagudas orejas.

–Es solo un pedazo de madera. No te preocupes.

–¿Me la puedes sacar? Me duele mucho. Yo solo estaba jugando –Algodón Dulce se lame la pata con su áspera y larga lengua.

Carlitos le sopla la herida y le hace cariño en la panza redonda, peluda y tan suave que parece una nube.

–A cualquiera le puede pasar, Algodoncito. No es tu culpa.

Pero el niño no sabe cómo sacarle la astilla a su mascota. La acaricia otra vez.

Necesita ir al pueblo por ayuda.

–No te preocupes Algodón Dulce, seguro que encontramos la forma de traer al doctor para que te cure.

El muchacho y su llama se ponen a planear qué hacer. Dos cabezas siempre piensan mejor que una, ellos lo saben muy bien.

–¡Hola! ¿Qué hacen por acá?

Algodón Dulce y Carlitos sonríen.

Esa voz la conocen muy bien.

–¡Es mi hermanita, Esponja Rosada! –dice Algodón Dulce pegando un brinco, olvidándose por un segundo del dolor en su pata.

Y allí está ella, suave, elegante y, por supuesto, rosada, saltando de un lado a otro por el campo.

–Vine a jugar con ustedes.

–¿Nos puedes ayudar? A tu hermano se le ha metido una astilla en la pata y le duele al caminar. Tenemos que ir por el doctor al pueblo.

–¡Vamos! –le dice Esponja Rosada al niño–. Súbete a mi lomo que dando brincos te llevo.

–¿Brincos? –se preocupa Carlitos acomodándose la gorra y sujetándose con fuerza de la acolchada lana del animal –. Pero, por favor, con cuidado y nada de escupir.

–¡Yo no hago eso! ¡Soy muy educada! ¡Una perfecta llama! –dice traviesa Esponja Rosada despidiéndose de su hermano con la cola.

Y así, Carlitos y Esponja Rosada se van al pueblo en busca del doctor.

Mientras espera, Algodón Dulce decide tomar una siesta bajo la sombra del molle.

El cielo está azul. Falta poco para la hora del almuerzo y empieza a hacer calor.

–Qué bueno que me van a sacar la astilla de la patita –piensa Algodón Dulce y se queda dormido.

IMG_0986Al abrir los ojos, Algodón Dulce se encuentra con Carlitos y su gorra amarilla y el doctor y su mandil blanco, que lo miran muy atentos mientras Esponja Rosada, revoltosa como siempre, persigue mariposas cerca de la laguna.

–¡Ya no me duele nada! –dice Algodón Dulce mostrando sus graciosos dientes inferiores.

–Mi dulce Algodón Dulce –dice el niño apachurrando a su mascota –. Mientras dormías el doctor te sacó la astilla. ¡Ni te diste cuenta! Gracias a tu hermana, pude llegar al pueblo muy rápido.

–¡Qué bueno! –dice Algodón Dulce agachando la cabeza para mirarse la pezuña.

–Ahora vamos a la casa para que descanses –dice el doctor.

–Otro día venimos con Esponja Rosada a la laguna para que se diviertan en este campo tan verde, lleno de margaritas –dice Carlitos.

–¡Y de mariposas! –dice ella feliz.

–¡Yo también quiero venir con ustedes! –dice el doctor parándose de un gran brinco.

–¡Salta como una llama! –bromea el niño.

Todos se ríen.

Carlitos, el doctor, Algodón Dulce y Esponja Rosada, regresan a casa.

Ha sido un día muy largo y están cansados, pero felices de estar juntos.

 

Rossana Sala

Junio 2019

 

Segunda parte del cuento “Una Nube para Carlitos” publicado en este blog

 

 

 

 


IMG_2741Una campanada detuvo mis pasos. Llegué a contar seis mientras buscaba descubrir con la mirada de dónde venían. A unos cien metros, al final de la plaza, en lo más alto de la torre de la catedral, allí estaba: un enorme reloj anunciaba la hora.

¡Qué extraño! No había gente en el lugar. Hubiera esperado ver personas admirando a ese ángel tocando el clarín que corona la pileta o subirse apurada a un taxi para volver a casa o entrar a algún café o al teatro.

Pero no fue así.

La pileta no tenía agua, las bancas estaban vacías, el jardín no tenía flores y, alrededor de la plaza, ni siquiera había un transeúnte.

Nadie.

Decidí acercarme a la catedral. Nunca antes había estado allí. Nunca antes había estado en Lima. Me habían contado de los cientos de taxis, de las bocinas, los vendedores ambulantes de revistas y emolientes que invadían las calles. También me habían advertido de los ladrones que, como en muchas ciudades, buscan a los más despistados para sorprenderlos y yo, era el blanco perfecto.

Quería pasar mis últimos años dando vueltas por el mundo. Tomar fotos del presente como si con cada imagen pudiera cubrir el pasado. A Isabella, en realidad. Formar un inmenso mural de castillos, árboles, sonrisas, rojo, amarillo, celeste, turquesa, de todos los colores, para no ver hacia atrás y a medida que el tiempo avanzara, el mural se hiciera más y más fuerte.

–Cuidado con la cámara, don Francesco. Nada de sacar el celular –me había dicho, haciendo un esfuerzo para hablarme en italiano, el portero al salir del hotel.

Me sentía tranquilo a pesar de que el lugar parecía abandonado. ¿Sería acaso eso más peligroso?

Saqué de mi mochila mi Nikon (no pude luchar contra mis instintos) y me la colgué del cuello.

Al llegar al templo, me detuve a unos pocos metros de la torre. Los necesarios para que la luz y la sombra aporten la profundidad y textura que buscaba para una conseguir buena toma.

Otra vez las campanadas invadieron la plaza.

¡Pero si no había pasado otra hora!

Cinco. ¿Solo cinco campanadas? Quizás las había contado mal. Eso es lo que Isabella me hubiera dicho y, como siempre, tan informada y curiosa,  la mia cara, hubiera tenido razón, como cuando hace unos meses, en la Piazza Navona, conversábamos respecto a le fonti del lugar y esa historia del lago de la piazza de la cual yo nunca había escuchado. Pero Isabella, con esa mirada traviesa y llena de juventud, solo tenía cuarenta y cinco años. Por eso, mi vida no debía seguir al lado de ella, tenía que olvidarla. Por eso, yo tomaba tantísimas fotos.

Encendí la cámara. Busqué el reloj con el visor.

¡Qué raro! Ajusté la distancia focal de mi Nikon y pude notar que en la parte más alta de la torre se encontraba un antiguo e inmenso cronómetro de una esfera y una manecilla solitaria que avanzaba contando fracciones de segundo.

No se trataba de un reloj.

¿Qué hacía un objeto como ese en la torre de una iglesia? ¿A qué o a quién le medía el tiempo? ¿En qué momento se detendría esa aguja?

¿Serían campanadas? Más que eso, sentía como un eco profundo, penetrante y cercano que cada cierto instante quería anunciar algo. Dar una advertencia.

A mis más de setenta años, había visitado muchas plazas, fotografiado relojes de toda época, tipo y tamaño, pero nunca me había encontrado con un cronómetro en una torre ni con un sonido siquiera parecido al que se dejaba oír en ese lugar.

Después de sacar tres o cuatro fotos, sin dejar de tratar de entender lo que estaba ocurriendo, me detuve para observar la fachada de la catedral y al hacerlo, noté que la puerta central estaba entreabierta. “La puerta del perdón”. Había leído hace unos días, que ese era el nombre de la entrada principal.

Me pareció una buena idea conocer el interior. Investigar un poco.

El chirrido de las antiguas bisagras rompió el sagrado silencio del lugar que fue interrumpido nuevamente por el extraño sonido. Esta vez, presté mucha atención y llegué a contar con absoluta seguridad las supuestas campanadas.

Cuatro. Solo fueron cuatro.

¿Pero no habían sido cinco antes?  Y, ¿por qué tañían tan seguido?

Me imaginé la aguja del cronómetro dando vueltas a toda velocidad, como si fuera perseguida, como si quisiera llegar a algún lugar, como si esperara que alguien la detuviera. Pero si la aguja iba hacia adelante, ¿por qué era cada vez menor el número de campanadas?

“¡Qué tontería!”, pensé y avancé para conocer el templo y tomar alguna foto importante.

La catedral estaba vacía. Ni un cura, ni un monaguillo, ni una mujer de rodillas dándose golpes en el pecho. “Debe de haber pocos devotos en Lima”, me dije para tranquilizarme.

La luz era tenue. La ventilación escasa.  Los lirios, amarillos y anaranjados, al pie de las esculturas e imágenes religiosas estaban marchitos. Algunas velas en la entrada seguían encendidas dando al lugar un ambiente de recogimiento que se contrastaba con la ausencia de fieles. Me saqué la bufanda y la chaqueta. Era invierno, pero me faltaba aire o ¿sería el olor a incienso el que me impedía respirar tranquilo?

Tres golpes continuos retumbaron entre los muros del templo.

Decidí salir. Algo insólito estaba sucediendo. ¿Estaría bien Isabella? Tantos años juntos habían creado una unión especial entre nosotros. Una conexión difícil de entender y olvidar, que a veces me permitía hasta sentir ese suave perfume con aroma a salvia y madreselva que alguna vez le regalé. ¿Lo seguiría usando?

Pero soy muy viejo para ella.

Dos golpes. El lapso entre ellos se hacía más y más breve.

Fue uno solo el golpe que vibró en mi cuerpo al alcanzar “La puerta del perdón” ahora “De salida” y sentir el crujir de las bisagras detrás de mí.

La plaza seguía desierta.

El silencio era casi absoluto. Un viento desesperado arrastraba las hojas marrones, amarillas y anaranjadas, que habían dejado caer los árboles rendidos ante el tiempo.

Avancé sin mirar atrás. Pasé al lado de la fuente sin agua, del jardín sin flores, de las bancas vacías, de las hojas marrones, amarillas y anaranjadas, hasta llegar a la esquina sin escuchar el cronómetro.

Caminé dos o tres cuadras. Las bocinas de los autos, la gente cruzando la pista, las carretillas en las veredas, empezaron a invadir el lugar.

Tomé el primer taxi que encontré. Con mi español aprendido en las calles, pedí que me llevaran al Hotel Grand en el que me alojaba.

–¿Visitó la plaza? ¿Le gustó la iglesia? –me preguntó el chofer y le dije que sí, que por su puesto. No estaba seguro si la respuesta era sincera.

Al llegar al Grand, subí a mi cuarto sin detenerme a tomar una manzana del mostrador. “Llevemos un par para nuestra caminata matinal”, me hubiera sugerido Isabella, ella siempre llena de planes e ilusiones.

Me senté al pie de mi cama para ver las fotos que había tomado. ¿Serían suficientes? Trataba de entender el significado de lo sucedido.

¿Campanadas?  Venían de la calle.

No podía tratarse de una coincidencia.

Me acerqué a la ventana. La abrí de par en par.

Y allí estaba la plaza, la misma pileta sin agua con el ángel tocando el clarín, el jardín sin flores, las bancas vacías, las hojas secas que se llevaba el viento y más allá, más allá la catedral y la inmensa torre con el cronómetro, pero eso era imposible, si yo estaba lejos. Las luces de los faroles eran perfectas para conseguir interesantes tonos fotográficos.

Seis.

Estoy seguro de haber sentido el eco de seis golpes.

El viento enfrió mi habitación. Dejé las ventanas abiertas. Regresé a la cama. No quería más fotos.

Isabella.

Decidí que al día siguiente viajaría en el primer vuelo a Roma.

El suave chirrido de las bisagras de la puerta de mi cuarto, el perfume que invadió mi habitación y una frágil silueta cada vez más cercana iluminada por el brillo de la plaza, me hicieron sin embargo cambiar de opinión.

Y esta vez, esta vez fueron siete campanadas las que invadieron la plaza.

 

 

 

Rossana Sala

Julio 2019


DSCN3972–Ten cuidado con el camino –le dijo Gonzalo a Isabel esa mañana al verla salir de la casa–. Ha llovido toda la noche y las rutas al Pico Alto se ponen resbalosas. ¿Por qué no te quedas y hacemos algo juntos por acá? Me encanta estar contigo.

Isabel no quiso hacerle caso a su novio y salió sin mirar atrás.

Tenía que lograrlo sola.

La primera parte del camino era poco empinada. Un falso plano que la muchacha aprovechó para acomodar sus zapatillas, la botella de agua, la mochila y ajustar a su medida los bastones de escalar. Se hubiera sentido más segura si Gonzalo la hubiera acompañado.

Avanzaba siguiendo las nuevas rutas y canales de barro que la lluvia, arrastrando piedras, ramas y hojas, había formado la noche anterior. Si hacía bien las cosas, en unas seis horas llegaría a la cima, disfrutaría mirando el mar al otro lado de las montañas y regresaría antes del oscurecer. Sí, tenía linterna, pero ninguna intención de necesitarla.

No daría marcha atrás. Esta vez lo haría sin ayuda.

Se detuvo bajo la sombra de un eucalipto para tomar unos sorbos de agua. Se secó la frente con esa pequeña toalla de micro fibra que alguna vez le había regalado Gonzalo y que llevaba colgada a la mochila. Miró el reloj. Había pasado una hora desde su partida. La ruta estaba por cambiar. Dejaría de ser ese camino ancho bajo la sombra de los árboles para convertirse en un estrecho zigzag que bordeaba la montaña hasta llegar al Pico Alto.

Mirar hacia arriba, de frente. Es lo que tenía que hacer.

Una vibración en el cuerpo la distrajo. Que tontería, era su celular. Con seguridad, Gonzalo la estaría llamando para darle consejos. Mejor dicho, indicaciones técnicas. ¡Cómo le gustaba explicarle cada cosa a Isabel! Pero si tenía treinta años y ella sabía lo que hacía. Que la rigidez de la suela de las botas para no deslizarse, la estabilidad, la amortiguación, el Gore-Tex, que la energía solar, la retención térmica. Sí, era porque la quería, por cuidarla, pero ¡basta!

Prefirió no responderle.

La ruta se hacía más y más angosta y el fango volvía pesados sus pasos, pero era algo de lo que Isabel quería disfrutar. Su alma de exploradora y de niña traviesa, la llevaba por la vegetación sin brújula, ni mapas, ni barómetros, ni largavistas.

Isabel solo quería oler la tierra después de la llovizna, sentir el aroma a eucaliptos, respirar aire puro. El calor del sol empezaba a calentar su cuerpo. Sí, estaba muy delgada, debía alimentarse mejor, ya lo sabía. Pero así era ella y se sentía bien. ¡Basta, basta, una vez más!

Un movimiento entre las ramas detrás de la muchacha llamó su atención. No se había cruzado con nadie hasta ese instante y, además de pequeños loros de cabeza roja, abejas, mosquitos y mariposas, que recordara, jamás en esa ruta se había encontrado con otro animal.

¿Culebras?

Le vino a la memoria haber visto alguna escabullirse entre hojas secas para desaparecer sin dejar rastro. Medía como medio metro. Bueno, en realidad era más pequeña, pero se acordó de esa tarde en la que se escondió detrás del cuerpo, musculoso y ágil, de Gonzalo quien aprovechó el momento para explicarle que se trataba solo de un reptil en busca de agua y que no había de qué preocuparse, que los ofidios, por su tamaño, se alimentan de insectos entre una y cinco veces a la semana. Ofidios. Que palabra tan complicada había pensado Isabel.

–La derecha –se dijo la muchacha–. Isa, Isa, hacia la izquierda prohibido mirar.

El sol entibiaba la mañana y la vegetación se hacía más escasa a medida que Isabel se alejaba de Gonzalo, de la casa, de su oficina y la contabilidad. Sumar y restar. Sumar y restar. Los árboles eran ahora más pequeños, arbustos. El fango le ensució el pantalón, se resbalaba entre las rocas, se sostenía con las manos y los bastones. Era difícil avanzar.

“Mira hacia la derecha, Isa, acuérdate. Ya sabes que el vacío te hace sentir mal”.

Las palabas de Gonzalo retumbaron en sus oídos.  Le pareció escuchar su celular.

Uno de sus bastones se hundió sin tocar fondo. El izquierdo.

“El vacío te hace sentir mal”.

Y se vino hacia abajo.

“Si te caes, agárrate de las plantas”.

Las hojas se rompieron entre sus manos, le ardieron los dedos. ¿Gonzalo? La forma abombada de la mochila la impulsó hacia abajo. Rodó, rodó sin detenerse. ¿Hasta dónde va a llegar? Las hojas, el lodo, las hierbas, el sol iluminó su cara, zigzag, zigzag, un golpe en el brazo derecho, otro en la frente.

Alto. Por fin se detuvo. Un dolor en la cadera. ¿Cuántos metros hay hacia abajo? ¿Mil?

–¡Isa! ¿Estás bien?

¡Es Gonzalo!

–¡Ten cuidado! ¿Dónde estás? –gritó Isabel.

De pronto, lo vio rodar. Arrastraba hierbas, rocas, barro, sus bastones volaban, sus piernas giraban, zigzag.

–¿Estas bien? –le preguntó la muchacha– ¿Cómo llegaste hasta acá?

Gonzalo abrió los ojos y, sin dudarlo un instante, le dijo a Isabel al tomarle la mano:

“Por la fuerza de atracción y de la gravedad”.

 

 

Rossana Sala

Junio 2019


IMG_3982_FotorDicen que el baile te rejuvenece el alma y también el cuerpo, es por eso que me inscribí para aprender Zumba.

Los tambores retumban, el salón de clase palpita, mis tímpanos se quejan. Un movimiento hacia adelante, tres a la derecha. Según yo: el lugar es muy pequeño, mis pasos son largos y mi optimismo inmenso.

–¡Háganme espacio que allá voy! –digo.

¡La conmoción es general! ¡No tengo la culpa!

–Lo siento, lo siento –digo al hacer una venia a quienes sufren por culpa de mis saltos.

Cambia la música.

Báilame, Báilame, se escucha, con fuerza.

–¡Canta Nacho! –dice una mujer y sonríe dentro de sus estrechas mallas.

Me aparto de su figura revolvente para secar mi cara.  Con un sorbo de agua refresco mi espíritu mientras mi orgullo empieza a desvanecerse. La gente se junta, se mira, baila. Quizás este ritmo que no conozco, sea más benévolo para mi alma y mi sordo cuerpo.

Con tu figura que me atrapa, atrapa,

con tus curvas que me matan, matan,

una mirada que me ataca, ataca…

Sigue el baile y la horda se bate al unísono. Miro en el espejo con atención. ¡Pero que bien lo hago! ¡Qué ritmo, qué onda, qué cuerpo!

El movimiento de tu cadera es mítico, mítico…

Pero no, no es cierto.

El reflejo de una muchacha es el que brilla en el espejo.

–El movimiento de tu cintura es trágico, trágico. Tus pisadas nos matan, atan. Tu falta de ritmo ataca, taca –me dice la profesora al terminar la clase–. ¿Por qué no haces spinning en lugar de baile?

Sus palabras me zumban, zumban. Mi orgullo se evapora, pora. Mi corazón palpita, pita. Regreso a mi casa, asa.

Por eso monto bicicleta, cleta.

 

 

(versión en ingles: Good Bike

Rossana Sala

Junio 2019

GOOD BIKE!

Posted: 22 June, 2019 in 2012, 2019
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IMG_3982_FotorPeople say that dancing rejuvenates the soul and the body as well. That’s why I signed up to learn how to Zumba.

The drums rumble, the classroom throbs, my eardrums complain. One movement forward, three to the right. According to me: the place is too small, my steps are too long and my optimism high.

“Make room for me over there!” I say.

A huge commotion! It isn’t my fault!

“I’m sorry, I’m sorry” I say with a nod, to each one who suffers because of my hops.

The music changes.

 Báilame, Báilame, dance to me, dance to me, is heard loudly.

“Nacho sings,” a woman says and smiles compressed in her tights.

I move away from the revolving figure and dry my forehead. With a sip of water, I refresh my spirit and my evaporating pride. People gather, they look at each other and dance. Maybe this rhythm, which I do not know, is kinder for my tone-deaf body and my soul.

With your figure that traps me, traps me,

with your curves that kill me, kill me,

and your gaze that strikes me, strikes me

The dance continues and the gang beats in unison. I look at myself in the mirror in detail. But how well do I do it! What a swing, what a rhythm, what a body!

The movementof your hips are mythical, mythical….

But no, it’s not true. 

The reflection of a young student shines! Not mine!

“The movements of your hips are tragical, tragical. Your steps kills us, kills us. Your lack of rhythm attacks, attacks.” The teacher says to me at the end of the class. “Why don´t you practice spinning instead of dancing?”

The words thunder, thunder.  My pride fades, fades. My heart beats, beats. I return to my house, house. 

That’s the reason why, I ride my bike.  Good bike!

 

 

Spanish version: Por eso monto bicicleta, cleta

 

Rossana Sala

June 2019