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Una mesa sin olor a canela. Una papa caliente en un plato de losa sin cubiertos. Un sillón vacío delante de mí. Una casa sin ventanas ni pasos, ni luz ni aire ni juegos.

Oscuridad.

Un libro.

Un jardín en el que no crecen hierbas. No hay flores. Andrea. Un tronco sin columpio, sin sombras. Un pájaro de ala rota. Una nube anaranjada en el azul del cielo.

Desierto.

Una historia.

Un camino de piedras sin piedras ni tropiezos. La arena pegada en mi espalda. El río sin cauce hecho hielo. Una balada sin ritmo. Andrea, tu chaqueta. Un árbol desnudo bajo la nieve.

Frío.

Un cuento.

El estruendo de un avión entre cerros. Un tornado. Un edificio rodeado de muros negros. El sol que calcina seres vivos y muertos. Andrea, tu sombrero. Un helado de fresa. Una muñeca de trapo sobre una almohada celeste.

Calor.

Un poema.

La ausencia de tu reflejo. Un ojo. Una mano.Tu chaqueta. Un zapato, el izquierdo. Un brazo. Una voz sin eco. Risas sin bulla. Pelo revuelto. El tuyo.

Silencio.

Una canción sin letra.

Una montaña interminable bajo gotas de lluvia calientes. Tu sombrero.

Sed.

Un retrato sin rostro.

El mar, el mar, el mar, sin sal, sin viento. El salto de un sapo en un lago verde. Un cocodrilo a quien todos temen. Una oruga. Marrón. El grito de una ballena. La sonrisa de quien ama entre pesadillas y sueños.

Un punto negro en medio de un lienzo.

El canto de un libro abierto. Una sonata de Bach en el Mar Muerto. Un payaso sin circo, sin cumpleaños feliz, sin torta ni globos, piñatas, piratas, ni niños traviesos que corren hambrientos. El aroma de una vela que se desvanece. Un pueblo sin cruces, ni fieles, ni curas, ni vivos, ni personajes inciertos.

La cuerda de una guitarra.

Un arcoíris rojo.

Rojo.

La oscuridad. Un libro. Una historia en el desierto. ¿Me abrigas? Andrea, ¿un cuento? Andrea, tu chaqueta. ¿Un poema? Tu canto. Mi silencio. Tu pelo revuelto. ¿Andrea? Un retrato sin lluvia, sin rostro. Pesadillas. Sueños.

Una cuerda.

Un sillón sin cuerpo.

¿El mío?

Un final sin inicio, sin sentidos ni tiempo.

Rossana Sala

Setiembre 2022


La falta del ojo izquierdo al nacer lo obligó a ser como era: un pirata.

            Un pirata en el jardín de infancia en el que los demás niños pensaban que se trataba solo de un juego y, para él, también lo era, pues lo protegía un parche negro y una cinta le rodeaba la frente.

            Papá, me falta un sombrero.

            Y un sombrero de corsario le cubrió los rizos color caramelo.

            Un pirata en el parque de diversiones, un pirata en las fiestas infantiles.

            Mamá, necesito una espada.

        Y tuvo una espada que no era de acero y botas para subir árboles convertidos en barcos con banderas de huesos y una calavera al medio y así navegaba en el patio entre tiburones, ballenas, libros y sus compañeros.

            Se llamaba Javier Jiménez. Y era un pirata tras la pelota de fútbol en la escuela primaria, un pirata de la mano de su madre en las calles del centro, un pirata en bicicleta.  

            Javier Jiménez, el pirata que no se sentía menos. Pues, digamos, que desde que abrió el ojo, fue eso: un pirata sin complejos. Y un ojo le era suficiente para hacer sus tareas escolares y, quizá, mañana conquistar el mundo entero. 

            Nadie lo señalaba, todos lo consideraban un niño travieso, el del parche en el rostro y sombrero negro.

            Y creció, creció siendo un héroe, rodeado de tesoros imaginarios, olor a mar y vientos fieros, con el cariño de sus padres, amigos, feliz con ese parche siempre parte de su cuerpo. No quería operaciones, ni médicos, ni nada que lo hiciera ver diferente.

            Diferente a él mismo, por supuesto.

            Hasta que un día el muchacho terminó el colegio.

            Y conoció a Sandra.

            Y Sandra tenía un parche… en el ojo derecho.

            Y los señalaron y los criticaron, les dijeron raros, feos, tuertos. Y Javier y Sandra dejaron de ser esos niños traviesos. Fingieron ser sordos y mudos para navegar juntos por mares rojos, salados, revueltos, atravesar cielos verdes cargados de nubes y explorar montañas y rocas transparentes, porque ellos eran piratas, piratas sin parches negros.

Rossana Sala

Setiembre 2022


DELETE, DELETE, BORRAR, BORRAR. Me he levantado de la cama y he venido acá, a mi computadora, para ver si con la ayuda de la tecnología puedo hacer algo con esos ruidos: los ronquidos de Ron. Roon, Rooon, Roooooooon. Rooon.

He escrito su nombre en esta máquina y lo he borrado tres veces, pero nada, los ruidos continúan. Rooooon, Rooon, Roooooon… brrrrr… zzzzzz.

Quizá usando la tecla de SCAPE, ESCAPE, pueda Hipnos, el dios griego del sueño, llevarme a un lugar tranquilo, o que se lleve a Ron. Enterito. Pero no funciona. No hay escape. No tengo sueño. En este momento, ese griego suertudo debe estar bien dormido. No me escucha. Nadie le ronca en la oreja. Presiono CONTROL. Es inútil. No me hace caso. No tengo ninguna clase de control sobre Ron ni sus ronquidos. Él sigue resoplando. Rooon, Ron, aaajjjjjjhjh… ahhhhh. Al mejor estilo de Pedro Picapiedra.

HOME, HOGAR… Tal vez, si me transporto de regreso a mi casa, a Lima, a donde sea, pueda tener un poco de silencio. De paz. Pero nada. Esa tecla tampoco sirve.

END. FIN. Creo que este sí es el final. El final de este matrimonio y no solo por falta de sueño. Vuelvo a presionar la tecla END. ¿Si la aprieto con bastante fuerza? ¿Si le doy duro? (A la tecla, ¡claro!) Puede ser que funcione, así como cuando insistimos al llamar a los ascensores. ¿Será correcta esa técnica? ¡Estoy desesperada! Que por favor sea el final de esta noche. THE END. Igual que en las películas. Que amanezca. Que canten los pájaros o hasta el gallo del vecino. Pero nada. Parece que apreté sin querer SHIFT, MAYÚSCULA. ¡Auxilio! El ruido aumenta. ¿Dónde está la MINÚSCULA? ¡No la veo! ¡No existe! Solo puedo apretar SHIFT y el ruido crece y crece y no funciona ESCAPE.

Debajo de DELETE, leo BREAK. Perfecto. Eso significa que puedo ROMPERLE el sueño a Ron. Borrarle el sueño. ¡No! Siguen sus sonidos guturales sin descanso. Y si retrocedo… BACKSPACEREGRESO por mi ESPACIO, regreso al principio, PAGE UP, PÁGINA ARRIBA, sube, sube, retrocedo, retrocedo, retrocedo al instante anterior al que se quedó dormido, mejor, al que nos casamos o conocimos.

Nada. Cualquier intento de corregir la noche, la vida, con este teclado es imposible.

Me rindo. Mejor aprieto la tecla ENTER y me METO en la cama. Por lo menos trataré de reposar. Descansaré algo, aunque sea con sus resoplidos en mi oreja derecha.

¿Qué pasaría si presiono las teclas END, ESCAPE, BACK, HOME?

Quizá este sea el FIN y pueda ESCAPAR de REGRESO a mi anterior HOGAR.

Haré la prueba.

Pero antes, mejor enciendo la televisión. Quizá den algo aburrido como para relajarme y no ser tan drástica.

Una propaganda anuncia un número de teléfono para insomnes. No soy la única.

—Si está despierto es porque necesita llamar al 0800 3486723 —dice el locutor—. 0800 DIVORCE—precisa mientras anoto.

No hay decisión que se pueda tomar con sueño, malestar y rabia. Pensándolo bien, seré cauta y en lugar de END, ESCAPE, BACK, HOME, la próxima vez usaré las funciones de SLEEP, DORMIR, la de HIBERNATE, HIBERNAR, la de PAUSA o STAND BY o, por último, la de ¡BYE, BYE!

Siempre hay alternativas.

Escrito medio dormida, a cualquier hora de la madrugada, empezando a rezarle esta vez (y con las disculpas del caso), al colega de San Antonio, el buen San José dormido. Confiando en tu preciosa intercesión. Amén.

“A menudo las lágrimas no derramadas se vuelven amargas.

Como el recuerdo. Como morderse la lengua.

Entonces empezaron las malas noches, el insomnio”.

Margaret Atwood

Escritora


Sentada en una silla plegable, en el stand de la editorial, vendía mis libros.

            Ese viernes, la concurrencia a la Feria de Lima era menor a la del último domingo en el que me habían llegado a comprar, en una hora, diez ejemplares de “Divorcio en zapatillas” y de “No vaya a despertar a los caballos”, lo que, según Diego, el editor, era un gran logro.

            Una vez más, pasaba la tarde en esa silla mientras observaba el interés de la gente en hurgar y olfatear, entre decenas de puestos, los cientos de novelas, cuentos y poemas, envueltos en cubiertas rojas, verdes, lilas y de cuanto color y tamaño era posible, exhibidos en estantes.

—Cuarenta y cinco historias cortas, positivas e irónicas, forman esta novela sobre Adriana… Las aventuras que vive, con o sin razón (o razonar), pero en zapatillas —decía yo, la autora, sin mentir porque no miento, a algún curioso que se despedía diciendo ya regreso o quizá a un ávido lector que se llevaba mi libro entre sonrisas.

            —Es para mí enamorada —recalcó Mauricio, un muchacho de unos veinte años—. Se llama Claudia Gómez.

            Y allí, entre firmas, fotos e insospechadas anécdotas, se acercó un caballero protegido por su blanca mascarilla.

            —Voy a recomendarlo a mis pacientes que lloran en terapia, tienen que ser más proactivos —me dijo una mujer de delicados anteojos, luego de hojear con afán varios capítulos de “Divorcio en Zapatillas”.

            —Hola! A mí, lo que me gusta es la poesía —dijo, me imagino sospechando que esa historia del divorcio no iba en rima.

            Pude notar, sin embargo, sobre su escudo “anticovidiano”, unos ojos rebeldes, azules y potentes que esquivaban mi mirada dando brincos en busca de algún libro de Bécquer, Hardy, Vallejo, Valera, Eguren y Westphalen… pero lejos de mis zapatillas. 

            Fue mi entusiasmo por la vida el que me obligó a detener de una zancada a esos ojos del cielo, para, cual dama, darle a conocer al caballero que yo también gustaba de esa clase de expresión literaria y artística.

            Y así, con mi inconfundible verborrea, le expliqué con humildad que si bien yo escribía en prosa, en verso también lo hacía. Y con cierto ritmo natural, le sugerí leer mis más poéticos pasajes en mi blog “Rodando entre Líneas” o en mi libro “No vaya a despertar a los caballos”, que en la mesa se exhibía.

            —Son veinticuatro relatos cortos y tiene precio de feria.

            Interrumpió Diego, invadiéndonos con el mundanal ruido, cuando yo solo tenía oídos para versos y un corazón (sin coraza) para esa mirada seductora, ágil y risueña, que se insinuaba cual mágico sueño de Estambul, y hacía destellar el perfil de aquel hombre como el de un ser cargado de sabiduría.

            Confieso que esa imagen de pasión (por la cultura), pudo haberse originado también, debido a su pelo lacio y blanco, sumado a los finos y respetables surcos que le subrayaban la frente y a esa suave chaqueta de gamuza beige que le abrigaba el cuerpo, que en conjunto inducían a suponer que se trataba de una persona honorable (pero no de edad exagerada como más de uno hubiera supuesto).

            —¡Estamos hablando de literatura! ¡Es una tarde de feria! —le reclamé a Diego.

        Fue en ese momento cuando, el posible cliente, cauto, como correspondía serlo, tomó por fin en sus manos mi libro de relatos breves.

            Fue en ese momento cuando, sus ojos danzantes parecieron perder la órbita, pero no por las razones arriba expuestas. Tampoco por admiración a mis escritos (ya que el caballero no había alcanzado a leer aún ni una sola de mis líneas).

            Debo expresar con bochorno que, lo que pudo haberse convertido en un crush de pasión (y cadenciosa poesía), se transformó en un crash doloroso (y sin rima), al quebrarse repentinamente nuestro idílico amor… y mi silla.

            Así, rendida ante su mirada y zapatos (no tenía zapatillas como debió tenerlas para ser perfecto), me fui hacia atrás de golpes. En plural como lo explico. Pues caí sobre el ángulo oscuro de un librero de salón sin arpa que se desplomó mientras los caballos que eran fuertes, los caballos que eran ágiles, los divorcios y las zapatillas, despertaban para correr tras libros y revistas que, por esas cosas de la inercia y el efecto dominó, fueron derrumbándose uno a uno sobre decenas de estantes, hasta quedar, al fin, quietos.

            Machado, Borges, Chocano, todos con prestancia y alcurnia, recibieron golpes tan fuertes como los de Vallejo y, mientras sus versos regaban el piso, lo mismo hacían mi silla… y mis huesos. Yo sí sé.

            Y al haber bajado en los últimos días algo de peso (estaba nerviosa por la presentación de mi novela, sé que me entienden), además de magullarme el hombro izquierdo, los huesos húmeros, la soledad, la lluvia y la mandíbula de bruja buena, reconozco que no tuve protección en cierta zona comúnmente blanda que podría llamarse clandestina, por cosas de glamour y respeto.

            —Cuánta gente se ha sentado en esa silla sin problemas…

            Atinó a decir Diego. Pero, ni él ni el caballero, tuvieron tiempo de ayudarme debido a que esa dignidad innata que me brota en los momentos más desesperados de mi vida (y cuentos), me hizo poner de pie, ya sin mascarilla, pero con los pelos revueltos, para decir en voz alta al público que empezaba a circundar mi mesa: 

            “A manera de ejemplo, han sido escenificadas las historias de Adriana, protagonista de “Divorcio en zapatillas”. Debo admitir que, ante la vista y paciencia de ustedes, he quedado emparejada…”.

            Los ojos azules del hombre empezaron a escabullirse entre la curiosidad de la multitud atraída por mis libros (y el estruendo).

             “…ya que, por andar con la cartera en el hombro derecho, éste me dolía. Y gracias a lo sucedido, son los dos los que ahora me duelen. Estoy, por tanto, pareja”.

          Como era de esperar, tras un suspiro de alivio, el ya referido hombre, sabio al fin, guardó silencio. Le entregó a Diego mi libro de relatos breves, lo compro, le dijo temiendo acaso algún otro espectáculo de parte mía (o en el que yo cayera en partes dividida). Pagó con el descuento que Diego una vez más le ofreció solícito y, mientras la gente empezaba a sentir calor y a hacer fila por “No vaya a despertar a los caballos” y “Divorcio en zapatillas” y yo me acomodaba en otra silla, el novísimo cliente, metía raudo mi libro en el bolsillo izquierdo de su chaqueta.

            —¿Será por eso que los llaman “de bolsillo”? —me pregunté, y antes de recibir mi propia respuesta…—. ¡No puede ser! —me dije—. ¡Se va sin decirme su nombre! ¿Cómo voy a escribir otra novela?

            Es que, aunque no usara zapatillas y tuviera una edad impertinente, yo estaba segura de que aquel sujeto era mi personaje perfecto.

            —¿Lo firmo?

            Se escuchó mi voz entre el gentío.

            —Está bien.

            Se resignó a entregarme el libro.

            Se iluminó el stand en el que me encontraba.

            —¿A quién se lo dedico? 

            Temí recibir por respuesta el nombre de su esposa o el de su novia o acaso el de alguna abuela muerta.

            —Juan fdawjydwje.

          Balbuceó su apellido para que no lo guglee. Sin embargo, me sorprendí al seguir escuchando sus palabras mientras yo ideaba un texto poético para dedicarle el libro e intentaba disimular mis pudorosas lágrimas que, para calmar mi dolor, acariciaban mi rostro casi por completo.

            —¿Te hiciste daño? ¿Estás bien?

            Me dijo con dulzura inesperada mientras le devolvía “No vaya a despertar a los caballos” y sentía que, a veces, es bueno que estén despiertos.

            —¿Te puedo llamar para saber cómo sigues? ¿Cuál es tu número?

            Se atrevió a preguntarme.

           Y yo, cual dama que soy y siempre he sido (pero no sé si seguiré siendo porque el futuro es incierto y cada vez más breve y porque soy una bruja buena que carece de fuerza y poderes), le dije que me sentía (y sentaba) bien, que no se preocupara por mí… por el momento.

         Dejé en el aire esas últimas palabras para causarle algún desconcierto y me dijo adiós con un gesto y se fue con sus ojos azules dejándome al lado de Diego y de mis libros mientras me tomaban fotos con los pelos revueltos.

Han pasado tres horas desde que llegué a casa. Al salir de la feria tuve que ir al tópico para recibir primeros auxilios. Con tanta emoción no me había dado cuenta de un par de cortes invisibles (pero profundos) que, al ser de índole sentimental (y cursi), no pudieron recibir sutura.

            He preferido poner mi celular en silencio.

Vibra mi teléfono.

            Tiene que ser “él” quien me llama con tanta insistencia.

Es que de tanto pensar nerviosa (y adolorida) en las palabras precisas y apropiadas para dedicarle mi libro a aquel desconocido que hizo quebrar mi corazón (y silla), me vi obligada a escribir bajo mi nombre, fecha y firma, mi número de teléfono, al haber considerado oportuno decírselas más tarde… y al oído.

        

Rossana Sala

Lima, 13 de agosto de 2022


A continuación las palabras con las que presenté mi libro “Divorcio en zapatillas” el 3 de agosto en la Librería Sur.

Participaron: Luis Peirano (exministro de Cultura del Perú) y Gonzalo Rodríguez-Larraín.

Buenas noches. Bienvenidos a esta presentación en la que estamos protegidos por agotadoras mascarillas, así que con mucho cariño les agradezco especialmente el estar aquí, acompañándome.

            Hace una semana, regresaba a mi casa en un taxi desde la imprenta en Breña. Había terminado Divorcio en zapatillas. Había revisado a detalle cada párrafo, cada oración y palabra, cada punto y coma del libro.

            Estaba tan cansada de corregir, que unos días atrás, en una de mis aventuras por las montañas, a cinco mil metros sobre el nivel del mar, a eso de las tres de la madrugada, el frío, el agotamiento y la falta de oxígeno me habían llevado a pensar, mejor dicho, a alucinar, que caía en estado de coma.

            El oxígeno del tanque me ayudó a evitar ese punto final, que hubiera sido una trágica ironía del destino para cualquier persona que se había pasado las últimas semanas de su vida corrigiendo comas y demás signos de ortografía.

            Pero la novela estaba en la imprenta. No había más que hacer. Había dejado de ser mía para ser de ustedes.

            De pronto, allí en el taxi, empezó en la radio un programa de autoayuda que animaba a la gente a tomar riesgos. Y bueno, es lo que estoy haciendo ahora, al publicar Divorcio en zapatillas. Seguí escuchando. Un experto en liderazgo enseñaba cómo llamar la atención del público contando historias. ¡Era justo lo que necesitaba! Me interesó tanto el tema, que le pedí al chofer que diera un par de vueltas antes de que me dejara en la casa. Lamento decirles que no pudo. Otra persona lo había contratado.

            Así que, si no les gusta esta presentación, la culpa es del taxista.

            Sin embargo, lo poco que escuché en la radio, me sirvió para darme cuenta, de que esa estrategia de captar la atención del público con historias, podía servirme de pretexto para leer lo que les quiero decir. Para que quienes me conocen sepan las razones por las escribo y los que no me conocen, escuchen cómo lo hago (por más, que me corra el riesgo de aburrirlos y que se escapen en silencio de esta sala —y de Rossana Sala—, en especial si vinieron en zapatillas).

            Aunque mi manera de escribir es aparentemente “ligera”, no lo hago, como podrían pensar algunos, a la carrera. Escribo, leo, borro, vuelvo a escribir, a borrar, sueño, recuerdo, me dejo llevar por la imaginación. Me despierto a media noche a redactar poemas o cuentos en el teléfono (no, no chateo a esas horas como me han llegado a acusar). Investigo, participo en talleres de narrativa… con Cronwell Jara, Iván Thays, Alonso Cueto, Jaime Collyer (en Chile), y otros en España y donde sea que encuentre algo interesante en el mundo, ahora que el Zoom nos conecta y que dejé mi carrera de abogada para dedicarme a la literatura.

            Estoy terminando de escribir otra novela, que por su nombre, podría considerarse la segunda parte de Divorcio en zapatillas, ya que se titula El sucesor perfecto. Y no. No es la continuación del libro que les presento ahora. Se trata de la rivalidad de un sacerdote y un abogado en una comunidad en las montañas que, aunque por muchas razones no debería, se llama el Pueblo De los Santos.

            Pero la historia que he venido a contarles, es la de este libro y la de Adriana, la protagonista del divorcio en zapatillas.

            Al igual que yo, Adriana, escribe desde niña. Escribe lo que le pasa. Escribe lo que siente. Busca el lado bueno de las cosas y, tal vez, como viene de un colegio de monjas alemanas, no puede ni debe reírse de los demás, así que prefiere hacerlo de ella misma.

            Después de todo, para Adriana, la ironía es respirar la vida con felicidad.   

            Y mientras Adriana escribe hace deporte y mientras hace deporte escribe. De vez en cuando publica sus cuentos y sus amigos le dicen “¡qué lindo!”. Sin embargo, ella siente que lo que hace, es poco. Que solo sirve para distraer, hacer reír un rato… (lo que en realidad es bastante en este mundo donde lo que se lee es en general, triste).  

            Adriana no habla de política, ni de la pobreza en el mundo, ni de las guerras, ni de los niños enfermos. En sus textos, no defiende los derechos humanos, ni el de las mujeres que escriben, ni se queja de las argollas que existen en el mundo de la literatura, más aún, después de los dos divorcios que ha vivido, que casi la han llevado a ser conocida como la mujer de los anillos, por lo que las argollas le disgustan en más de un sentido.

            Pero a Adriana sí le importa, y mucho, lo que pasa en el mundo.

            Entonces, busca transmitir alegría y escribe, quizá a manera de diario, ficcionando verdades, creándolas, exagerando, narrando historias, jugando con ideas y palabras, fantasías e ilusiones. Un día, al revisar sus textos, se da cuenta de que la mayor parte de ellos los ha escrito en zapatillas.

            Al leerlos, Adriana descubre que el común denominador de sus relatos, es alguna actividad deportiva o, al menos, ese deporte que todos practicamos, que es vivir la vida: correr, subir montañas, bailar zumba, tropezarse con sus sueños o las calles, quemar el pan, caerse de la bicicleta estacionaria. Casarse ante la mirada de Yoda y Chewbacca, usar orejas de ratona frente a la Casa Blanca, lavar la camioneta de su flamante esposo dejándola al final más sucia que cuando empezó a limpiarla, tratar de aprender a hacer queso y confundirse un poquito en el procedimiento… Lanzarse de cara al río; tomar vino a los pocos metros de estar por terminar el maratón de París. ¡Estaba en París! Hay que entenderla. Dormir acompañada de un cura… (debo agregar que hace unas semanas el sacerdote, después de casi cinco años, la volvió a llamar).

            Al analizar sus propias historias, Adriana se da cuenta de que cada una de ellas es una pequeña carrera. Un día de entrenamiento. La preparación para llegar a una meta, su propia meta. Seguir adelante. Se da cuenta de que, sin proponérselo, a través de sus relatos, animaba a quienes la leían, a hacer deporte, a ser felices.

            Al igual que yo, Adriana descubre que además de sus hijos, de su madre, familia, amigos y de la música, el deporte estaba siempre allí, esperando para ayudarla. Para que vea lo mejor de las cosas. Para que aprenda a disfrutar de la vida. Es que el deporte te hace avanzar. Tener nuevos amigos. Conocer lugares inesperados. Te saca del letargo con el que a veces la tristeza nos intenta aplastar.  Te empuja a seguir en movimiento. A entender que en la vida no solo debemos corregir comas y puntos, y que como Oscar Wilde dijo, somos verbos, no sustantivos.

Gracias a Adriana, al unir esa secuencia de episodios, articularlos unos tras otros, le encontré un mayor sentido a todo lo que yo había hecho y escrito.

            Valía la pena arriesgarme entonces como lo había anunciado el locutor de la radio del taxi.

            Valía la pena publicar la segunda edición de este libro, con veinticuatro capítulos adicionales llenos de nuevas historias, como me había sugerido Malena Sanseviero, la directora de la librería Sur.

            Valía la pena dar a conocer como se merecía, esa estupenda portada hecha por Sandra Zimic.

            Valía la pena haber dejado, después de más de treinta años, mi vida de abogada para finalmente, con o sin argollas (pero con agallas), dedicarme a la escritura.

            Porque escribo no solo para divertirme. No solo para que quienes me lean pasen un buen rato… Para agradecer a quienes siempre me apoyan y escuchan… porque, así como escribo mucho, hablo bastante.

            Escribo también, para decir a los demás que la vida es mejor en zapatillas.

Gracias a Mediática, a Luis Zúñiga, por publicar mi novela. A Iván Thays por su apoyo y la reseña que aparece en la contraportada.

Gracias Lucho y Gonzalo por la generosa presentación, y a la Librería Sur por recibirnos esta noche.

Gracias a cada uno de ustedes por estar aquí y por venir en zapatillas.

Rossana Sala

Lima, 3 de agosto de 2022


Los espero el 3 de agosto en la Librería Sur (Pardo y Aliaga 683, San Isidro, Lima). ¡Ven en zapatillas!


Para Sal

el siciliano

—Haz lo que quieras —le digo—, pero que no sea corto y tampoco largo, que se vea diferente y que no impresione.

            Sal me mira. Primero de lejos, después de cerca. Yo lo observo discreta, gracias a los espejos.

chic chac

      afila sus dientes

chic chac

      también sus tijeras

                           en punta

                                  libres

                                     traviesas

            El siciliano vero agita sus manos, danzantes, ligeras, y fija sus ojos valientes y serios, en mi hirsuto pelo.

            —¿Lo que quiera? —pregunta, mas no titubea.

            Sonríe y piensa: Ma, cosa posso fare alla tua testa? Né corta, né lunga, né rotonda, né quadrata…  Questa limeña è matta!

chic chac

            empieza a podar

               caen mis ideas

                  mis sentimientos

chic chac

            bailan tijeras

              la magia envuelve mi pelo lacio

                                               color caramelo  

            —El tuyo es muy largo —le digo al notar que lo lleva envuelto.

            —Así me gusta —responde sin remordimientos y, sin detener sus manos, comienza a dar vueltas en un festín de dioses en el que yo estoy al medio.

chic

       chac

                 mis mechas ruedan al suelo

            Yo ya no respiro, y Claudia y Carla, una o las dos, o las dos en una, observan en silencio. Sal no se inmuta, bate sus armas con ritmo y esmero. È un italiano vero!

            —Me dijiste que podía hacer lo que yo quisiera…

            Y su pelo cano y sus ojos encerados y su sonrisa enmascarada, crecen y crecen en su reflejo.

            —…Podría dejarte calva.

            No sé si lo dice o es mi presentimiento, así que le hablo bonito, como lo hago en las calles o cuando Sal corta mi pelo.

            —Me encanta la stracciatella della tua gelateria… No he probado de ese pesto que preparas, dicen que è molto buono…

            Y así, mientras practico italiano, él goza con su imaginación e ingenio al ritmo de la traviata, yo al de la marinera o tondero. Él piensa en la pasta al dente, il pomodoro fresco, la mozzarella, il parmigiano… Entre risottos y risas, se aleja para dejar de oírme o quizá, simplemente, afilar tijeras… y dientes.

lasagna

            ragù

                  shampoo

                                   tagliatelle alla carbonara

                            pettini

                                   fusili alle vongole

                                               spazzole

                                   capelli d´angelo all´arrabbiata  

                                                          fettuccine allo Salvatore

            sonrío bajo mi capa negra y rezo

                       para que no se le pase la mano

                                                                      a Sal el siciliano

            Corto o largo, corro, me largo, haz lo que quieras, me arrepiento tarde de mis palabras sinceras. Me consolaré con un gelato di panna e cioccolato e anche con un machiatto.

            —¿Estás lista? ¿Te gusta? —me pregunta pausado o quizá con sonrisas pillas. Es que nunca se sabe qué es lo que pasa tras las mascarillas.

            —¡Estoy igual que antes!

            Mi voz se yergue insurrecta.

            Sal no se inquieta, se defiende, empuña su secadora. Limeña matta!  Pero no la mata, en cambio, inicia una nueva danza, feroz, del calor, de la esperanza, mientras yo pienso, pienso ¿qué es lo que habrá hecho Sal con sus tijeras en mano en mi única testa, tan sencilla como modesta?

            Y él sigue, sigue secando. Yo no le hablo, le hago una mueca con mis ojos de italiana, peor aún, los de Rossana. No me resigno a la calvicie ni a mi pelo triste…

                                                 Ma, che succede?

                                               de un momento a otro

                                                   el salón se ilumina

                                                        o sole mio

                                                      sta ´nfronte a te

                                               Carla y Claudia aplauden

                                                al unísono suspiran

                                                         y mi pelo ríe

                                                    ríe a carcajadas

                                                  estoy segura de eso

                                               porque no lo cubre nada  

                                  porque está suelto y brilla

                                                   se revuelve al aire

                                                         y me hace

                                                        cosquillas

                                              Sal estaba en lo cierto

                                                       o Sale mio

                                                   me despido felice

                                              hasta la próxima cita

                                                 hágala pronto

                                                      me dicen

                                            que es muy larga la lista

                                sea otoño                             sea invierno

                                 primavera                             o verano

                         vale la pena caer                     en manos de Sal

                                                          el siciliano 

Escrito en Lima por Rossana Sala, helado en mano.

28 de mayo de 2022

Y así quedó mi pelo… ni largo, ni corto, ni enano.


         Para Fabienne

y Philippe

          Fue así como hace tres años conocí a Fabienne, mientras ella caía al vacío.

         Y, a pesar de esto, por mucho tiempo, descubrimos juntas nuevos lugares. Ella siguió inventando viajes que ni su esposo Philippe ni tantos otros seres despistados como yo, de no ser por su decisión ni ingenio, hubiéramos conocido.

        

Pero Fabienne regresa a Marsella, su ciudad natal, se va del Perú y con ella su marido.

         Como era de suponer, antes de marcharse, organizó una excursión. Esta vez fue a Marcahuasi, lugar al que yo nunca había ido y, sin mirar bien sus planes ni medios de transporte –Mon Dieu! –, le dije que sí, que claro, que una vez más seguiría sus caminos.

         Philippe y Christophe –su colega de trabajo también francés–, partirían primero en auto. Ellos tenían que ver un tema de una hidroeléctrica en la zona. Fabienne y yo, les daríamos el alcance al día siguiente en bus –es comodísimo, dormiremos todo el viaje. Y yo le creí porque quería creerle y porque así me lo dijo con su acento convincente.

         Y claro que el bus era lo que era y el viaje tampoco debía ser muy largo… 

         –Algo pasó en el desvío a Santa Eulalia. Un choque, quizá un derrumbe…

         Dijo una pasajera cachetona y feliz (hasta antes de que se detuviera nuestro autobús).

         –…Seguro tendremos que esperar un par de horas.

         Sentenció nuestro destino.

         En ese instante, el copiloto se paró para echar a andar un video. Semejante acto de bondad me hizo pensar que esa mujer –la cachetona, no Fabienne–, tenía razón con lo del probable accidente, pero que, como todo en la vida, el problema sería pasajero (y también de los pasajeros). Pronto (léase “en algún momento”), llegaríamos a nuestro destino.

         La idea original era viajar por la Carretera Central un par de horas en bus. Al pasar Chosica, tomaríamos el desvío a Santa Eulalia. Allí, a las tres de la tarde, nos esperarían Philippe y Christophe. (En francés la “e” final no se pronuncia, me había explicado Fabienne, sin poder entender yo por qué tantos nombres en ese idioma terminan en una letra tímida).

         De acuerdo con los planes de mi amiga, los cuatro seguiríamos avanzando en la camioneta de Christophe, pasaríamos el Cañon de Autisha hasta llegar a nuestro hospedaje, la Casa del Protector, un fundo autosostenible ubicado a pocos kilómetros antes de San Pedro de Casta. Allí pasaríamos la noche para irnos aclimatando a los cuatro mil metros de altura de Marcahuasi.

         Y mientras Philippe y Christophe nos esperaban sentados en la camioneta o en alguna otra confortable silla, Fabienne les avisaba por teléfono de nuestra “petite mésaventure” (todo terminado en la “e” muda), y yo veía con atención esa película que el copiloto tan gentilmente nos había puesto.

         –¿Alguien trajo un animal?

         Desperté a los soñolientos, interrumpí a los curiosos, cuando algo –en mi opinión un cuy–, atravesaba el pasillo del autobús con movimientos cortos y pegajosos como sabiendo que, si no lo hacía de esa forma, tan pronto avanzáramos sería arrastrado de un lado a otro por una marejada de frenazos y curvas peligrosas.

         –¡Es mío!

         Se escuchó la voz de una niña.

         –¡Trajiste tu erizo! ¡Te prohibí hacerlo!

         La voz de su padre.

         –Y ¿no hinca?

         Pregunté mientras la niña lo buscaba a gatas entre zapatos y maletas.

         –Solo cuando se asusta. Pero este es un erizo, no un cuerpoespín.

         Dijo la niña al tomar al animalito puntiagudo y gris entre sus delicadas manos.

                                                Mon Dieu! Mon Dieu!

         Fue así como hace tres años conocí a Fabienne, en la mitad de las montañas, mientras ella caía al vacío y yo me lanzaba en su rescate sin pensar qué podría pasarme.

         Y la película siguió avanzando mientras el autobús, por fin, otra vez lo hacía.  Bomberos intentan sacar un auto atascado en una línea de tren. Dos mujeres moribundas piden auxilio a gritos. Calma. Pronto las sacaremos. El silbato de la locomotora anuncia lo peor. Se escucha cada vez más intenso. Cada vez más gritos. Tiemblan los rieles del tren. Temblamos los pasajeros del bus. ¡Con fuerza! ¡No hay tiempo para remolcar el auto! Hay que levantarlo. ¡Vamos! El silbato (y el tren) se acercan al auto, a las mujeres moribundas… ¡Auxilio! Más gritos. ¡El bus se incendia! ¡Salgan! ¿Y dónde está el copiloto? ¿Es una broma? ¿Es la película?

         Un olor a quemado nos dio la respuesta.

         El humo gris que salía de la rueda trasera derecha de nuestro transporte, nos dio la señal.

         –¡Evacúen!

         Insistió la mujer de los cachetes potentes y redondos o quizá fue otra.

         El bus se detuvo de golpe.

         Fabienne, la niña del erizo, su padre, su madre, una veintena de pasajeros, nos paramos erizados para abandonar nuestros asientos. Buscar lo importante. ¿Y mi mascarilla? Yo salí con los zapatos en la mano, vi caer a un hombre en una profunda zanja. ¡Pobre hombre! Alguien lo ayudó a levantarse.

         –Vamos a tardar un poco –Fabienne le dijo a su marido–, mejor vengan por nosotros, s´il vous plait. (Así con la “e” al final, pero esa se pronuncia y no se escribe).

         Una hora después, pasadas las cuatro de la tarde, sentadas en la camioneta de Christophe, rumbo a la Casa del Protector y sin saber si las pobres muchachas de la película habían sido arrolladas o no, una voz nos detuvo.

         –Camioneta Mercedes oríllese a la derecha.

         Y Christophe que la camioneta no es mía, que es alquilada. ¿Y la revisión técnica? Mon Dieu! Je ne sais pas. Parlez vous français? Pues vamos. Hay una cerca al cruce de Santa Eulalia. Pues fuimos.

         “Aquí está prohibido ofrecer o recibir coimas”.

         Se leía un aviso al lado de la caseta de pago. (O sea, ¿más allá lo hacían? No preguntamos). Todo en orden. Pueden irse.  Oui Oui monsieur. Le ciel est bleu. Pero el cielo ya no estaba bleu, había empezado a oscurecer y teníamos que llegar pronto a la Casa del Protector para que nos proteja…  mon Dieu! S´il vous plaît…

Y lo hicimos. Y no había baños, había silos. Y los colchones estaban sobre el piso y las mesas de noche eran jabas sin fruta, pero nos recibieron con afecto y tomamos sopa de habas con queso y choclo y papa amarilla. Todo era natural, biodegradable. Los gusanos se zambullían bailando en el compost, las ovejas cantaban el Aleluya, el agua de la ducha se deslizaba directo desde el río (¡ay que frío!). No había electricidad (ni de noche ni de día). Pero las estrellas nos iluminaban y la luna nos sonreía.

         Solo había un pequeño inconveniente y era que, por alguna razón, Philippe, no podía hacer pila.

         –No se preocupen.

         Dijo relajado.

         –Mejor contratamos un guía.

         Le sugerí a Fabienne al terminar el postre de fresas silvestres y miel de abejas campesinas, tratando de cambiar el tema de la obstrucción de orina.

–¿Piensas que lo necesitamos? –dijo Fabienne.

Je vous le recommande.

Intervino Gabrielle. No es necesario precisar la nacionalidad de la dueña de casapura coincidencia, aclaró Fabienne–, pero es interesante resaltar que allí, en medio de las montañas, en un mes ella daría a luz, naturalmente, sin luz.

         Al amanecer partimos los cuatro junto a Martín, un muchacho de no más de veinte años, que sería nuestro guía. Le agradecí por acompañarnos. Tantas historias de gente perdida o encontrada muerta.

Mientras conversábamos y recorríamos rutas de barro y profundos precipicios que llegaban al río Rímac, pude entender que Philippe aún no podía hacer pila.

Nos detuvimos en San Pedro de Casta ya que Martín nos pidió unos minutos para hablar con sus amigos.

         Nos estacionamos en una explanada, dispuestos a recorrer Marcahuasi, esa meseta de cuatro km2, en la Cordillera de los Andes, plagada de piedras gigantescas con formaciones de origen extraño –quizá un punto de contacto con OVNIS–, pero, en ese momento, un lugar de partida de cuatro amigos y un guía desconocido. Lo fuimos conociendo. Estudiaba ingeniería de medioambiente en Lima. Durante sus vacaciones, era voluntario en la Casa del Protector.

Empezamos a subir y a perder la fuerza por la altura para alcanzar por fin la ansiada meseta, mientras Philippe (de vez en cuando) se quejaba porque todavía no podía hacer pipi, como se dice también en francés al urine (esta sí con la “e” vergonzosa que por sí sola se explica).

–Sigan ustedes…

         Nos dijo estoico con su pelo entrecano, nariz respingada y sonrisa triste.

          –Yo bajo contigo –dijo leal Fabienne–. Los esperamos en la camioneta.

Martín, Christophe y yo seguimos. Vimos un bosque de piedras de granito, lagunas inmensas, cóndores que surcaban el azul del cielo. Y allí, en medio de la nada, nos encontramos con una muchacha.

Me llamo Cécile. No es necesario mencionar su origen, pero sí que se unió a nuestro trajín montañero pidiendo que, por favor, la lleváramos de regreso a Lima. Que había ido en un bus que casi se incendia y claro que le creímos y Christophe le dijo, oui oui, para ti tenemos sitio ma chérie. Fue allí cuando nuestro guía –para mi total desconcierto– renunció a su trabajo al anunciarnos que lo esperaban sus amigos. Yo le reclamé, con educación, pero lo hice, también con falta de paciencia y oxígeno notando en mi reloj que estábamos a cuatro mil metros de altura y que mi corazón iba a galope a ciento cincuenta latidos por minuto.

         –Pero ¿cómo es posibleeee…?

         Le dije afrancesada.

         –…No puedes dejarrrrnos acaaaá –seguí con la “r” y la “a” retorcidas en mi alma, mi lengua y mis amígdalas–. No hemos llegado a las chullpas pre incaicas, el Anfiteatro, la Fortaleza, el Cerro de las Miradas, El Profeta, El Alquimista…

–Está bien, pero por favor aceleren el paso.

         Fue entonces cuando Christophe dijo acá me quedo y se echó a mirar el azul del cielo y el de los ojos de Cécile (es lo que creo), así que mientras Martín y yo avanzamos, ellos se quedaron en una contemplación mutua y divina que más tarde supimos sería para toda la vida.

   –¿Tienes algo de comer? –me pregunto Martín. Yo le dije que sí, pensado que era extraño que un guía, además de exigir velocidad, les pida a sus clientes bocadillos. Compartí mis nueces y pasas ya que por el apuro no podíamos detenernos a descansar ni probar la fruta y el sándwich que llevaba conmigo. Además, me preocupaban Fabienne y Philippe. ¿Habrían encontrado la camioneta? ¿Habría hecho Philippe pila? Ya se sentía mejor, había dicho. Con seguridad podríamos almorzar antes de regresar a Lima.

        

Martín y yo seguimos tomando fotos. Vi las famosas ruinas pre incaicas que en ese momento (y por el cansancio) ya no recordaba si se llamaban chulapas, chilpas, chelpas, chilas, chelas, cholas… Pero de lo que sí estuve segura, fue de que eran muy chulas.

Continué, saltando charcos, esquivando precipicios. Mi corazón brincaba entre profundos sustos y corría tras veloces y largas zancadas de mi guía. Hasta que por fin ofreció cargarme la mochila. Yo acepté, considerando el gesto un derroche de bondad (mi bolso pesaba un par de kilos entre agua, comida, casaca, crema de sol y otras cositas). No sabía si Martín era un joven amable o si había descubierto una forma de terminar la ruta lo antes posible para reunirse con sus amigos.

Después de admirar el extenso paisaje rocoso y de una extenuante caminata de algo más de una hora en la que intenté cargarme de energía, volvimos. Y allí estaba Christophe, donde lo dejamos, tirado en la grama mirando a Cécile y al cielo (quizá para él era lo mismo). Y avanzamos otra vez juntos y él se tropezó y yo me caí y Martín nos dijo: Acá me quedo. Allí están mis amigos. La camioneta está a menos de un kilómetro.

Nos señaló la bajada.

         Y yo le dije: Muchas gracias Martín, ¿cuánto te debemos?

         Y con una sonrisa oculta, Martín me devolvió la mochila y me dijo que no era nada, que él no era guía, que por tener el día libre nos había pedido esa mañana que lo lleváramos donde sus amigos…

         Mon Dieu!

         Y Christophe, Cécile y yo seguimos nuestro camino.

         Era la una de la tarde. Habíamos hecho en tres horas lo que usualmente se hace en cuatro (o cinco).  La habíamos pasado bien. Con seguridad, Philippe ya habría podido ir al baño, estaría relajado y dormido.

         Pero no fue así.

         Unos metros antes de llegar a la camioneta encendí mi teléfono. Con eso de la poca señal en las montañas y la falta de electricidad en la Casa del Protector, habíamos apagado los celulares para ahorrar batería en caso de emergencia. Y la hubo. Pero no lo sabíamos. Cinco llamadas perdidas de Fabienne, tres mensajes de voz. Philippe se siente muy mal… Tenemos que regresar a Lima ¡ahora! Bajen pronto s´il vous plaît…

         No hubo tiempo para comer, pero todos, excepto Philippe, hicimos pila.

         Tres minutos después de llegar al auto, nos pusimos en marcha mientras yo buscaba en mi mochila algún medicamento que pudiera usar nuestro amigo para esos espasmos que se habían sumado a su imposibilidad fisiológica (por decirlo de un modo más fino). Encontré una pastilla “para mujeres”, que quizá podía servirle, y cuando gugleábamos los alcances profundos de la misma, Christophe renunció de un frenazo a su condición de conducteur al decir:

         –No puedo más, tengo soroche. ¿Quién maneja ahora?

         Y Cécile, pobre muchacha, no entendía qué es lo que pasaba y Fabienne dijo yo lo haré, solo que no tengo brevete, y antes de que se atreviera a ejecutar su iniciativa, tomé el lugar del piloto, con mis manos temblorosas al volante, tres franceses alarmados en el asiento trasero y uno “parturiento” a mi lado derecho.

         Mi corazón se aceleró más que en el propio Marcahuasi (como lo comprobara en mi reloj que descubrí puede medir distancias, altura, velocidad y miedo).

Y manejé un Mercedes ajeno (pero cómodo y bello), al ras de precipicios (¡mejor no miren!), sobre barro y piedras, en una ruta de un solo sentido (el del auto, pues yo había perdido los míos). ¡Pipiiii! Tocaba la bocina en cada curva ciega. ¡Pipi¡ Pedía Philippe que me detenga junto a algún arbolito… pero nada, falsa alarma, ni un chorrito…. ¡Pipiiii! Se quejaba de dolor en cada bache que me metía y pedía y pedía más de mis pastillas y Fabienne lo calmaba y le daba otra y Christophe buscaba descansar pero instruyéndome desde el asiento de atrás a la derrrrechááá, no tan pegadóóoó, ahora frenááá, perrro más suavé, la bociná, y conversaba con Cécile… Ella, pobre muchacha, se mantenía en silencio quizá pensando en qué se había metido, que su autobús incendiado era más seguro que yo al volante, un copiloto delirante, una mujer dándole pastillas para cólicos menstruales a su marido y un francés que le susurraba al oído –aunque eso con seguridad le parecía entretenido–.

         Llegamos a Lima y Philippe, entre los aplausos de su esposa y un alivio interminable, pudo, final y extensamente, hacer pila.

         –Fue solo un gran susto –nos escribió horas más tarde Fabienne–. Un problema de mal altura.

         Altura de edad, podría pensar más de un impertinente, pero ninguno de nosotros lo hizo (o no se lo dijimos).

         Yo no pude quedarme con el Mercedes como hubiera querido (que belleza, que suavidad, qué miedo), pero Christophe se quedó con Cécile y con seguridad tendrán muchos hijos a quienes llamarán Pierre, Eugene… como tiene que ser (¡para qué se los digo!).

Mon Dieu! Mon Dieu!

Fue así como hace tres años conocí a Fabienne, en la mitad de las montañas, camino a las cataratas Mortero, mientras ella caía y yo me lanzaba en su rescate sin pensar qué podría pasarme y perdía el sombrero.

         Y cuando le estiraba la mano para que no se fuera al vacío, sin sospecharlo, ella hacía lo mismo conmigo.

        

Escrito por Rossana Sala en Lima, en mayo de 2022. Au revoir Fabienne! Au revoir Philippe! ¡Yo que había empezado a soñar en francés fluido!


                    

la brisa me pica

   me hinca

                       me duele

camino descalza

así me siento mejor

así avanzo más

busco las sombras

                la de una palmera

                       la de un techo roto

   de una nube blanca

            que hoy vino conmigo a pasear

salí de mi casa

                   de esa

                          a la que mi madre

                                   quiere llamar hogar

la arena me ensucia la cara

                        los ojos

                                 no quiero ver más

las piedras marcan mis huellas

            ponte zapatos Teresa

                       así no puedes caminar

            ponte otra blusa

                       ese color no es para una niña de tu edad

             amárrate el pelo

                       que dirán los padres de Elena

            acuérdate

                       regresa a las doce que vienen a almorzar

busco unos rayos de sol tras la nube

esa que vino conmigo a pasear

los pies me arden

            corro a la orilla

                       el agua esta fría

            la espuma es muy fresca

                                               y blanca

                                                          y suave

                     pero así como viene

                                                           se va

Rossana Sala

Marzo 2022


luz

silencio

            lágrimas

una ola revienta en la orilla del mar

golpes fríos rodean mi cuerpo

huele a calor

            me hace falta aire

miel

un grito me llama

                         me busca

                                        me sigue

el sol brilla

           me pega

rojo

mi garganta está seca

                                   sangre

mis manos me asfixian

                                amarran

azul

una ola me revuelca en la arena punzante

castillos

agua fría invade mis ojos

                                                  sal

                       aire

amarillo

una ola refugia mi cuerpo en el calor de la playa

Rossana Sala

16 de marzo de 2021



VIDA DETRÁS DE LETRAS (febrero 2022)

Posted: 18 February, 2022 in 2022
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Estaban allí, uno encima de otro, unidos tan solo por un lado, pero protegidos por una suave cubierta de cuero: papeles. 

Las brillantes letras de oro labradas sobre lo que calculé serían cien o más hojas, fueron las que llamaron mi atención y me llevaron a tomar aquel objeto que parecía haber estado quieto, esperándome toda la vida, sobre el escritorio de mi padre.

Una sensación confusa invadió mis manos y poco a poco el resto de mi cuerpo cuando me atreví a tocarlo. 

Primero, lo hice con las yemas de los dedos, muy despacio. Y, cuando mis ojos alcanzaron a leer lo que decía esa palabra, esa única palabra que formaban esas seis letras doradas repujadas en ese cuero marrón tan delicado, mis recuerdos no pudieron detenerse.

Estaba allí. Era eso que durante tanto tiempo había buscado. Eso de lo que muchas veces me había hablado mi padre… El tiempo había pasado, pero jamás había querido mostrármelo por más que se lo había pedido. 

Y ahora, podía abrirlo. 

Necesitaba abrirlo. 

Y sin embargo, parada frente al escritorio de la casa de mi padre, no era capaz de hacerlo. 

Seguí acariciando esas letras como si el hacerlo pudiera traer a mi mente recuerdos y aromas que yo sabía eran imposibles. 

Mi padre no estaba en casa. En cualquier momento volvería para conversar conmigo. Me había dicho que quería hacerlo. Me había dicho que nos veríamos a las seis y media en punto, después de su juego de golf con los amigos. 

El reloj estaba por marcar las siete mientras yo seguía acariciando esa cubierta que protegía tantas hojas por ahora silenciosas. ¿Sería mejor que se mantuvieran así para siempre? ¿Lo habría dejado mi padre adrede para que yo entendiera…? Para que yo supiera... ¿Para no tener que explicarme lo que durante más de treinta años no quiso o no fue capaz de decirme?  

Caminé con mis dedos fríos por esas líneas tan finas que formaban sencillas pero profundas letras… caminé con curiosidad y disimulo como lo hubiera hecho un niño cualquiera, recorrí la palabra completa hasta atreverme a levantar la solapa de ese diario para tratar de entender a través de mis ojos, esos días detrás de tantas noches, esa vida detrás de tantas letras, que formaban la historia de mi madre a quien yo creí haber conocido.





Rossana Sala
Febrero 2022

CHAQUETA AMARILLA (cuento corto)

Posted: 15 December, 2021 in 2021
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–¡Cuidado con la abeja!

Le dijo Jean Paul a Abigayl al señalar con su dedo índice el interior de la chaqueta amarilla de su enamorada. Bueno, en realidad de su ex enamorada, pues segundos antes, allí en pleno paseo en bicicleta, luego de pedalear por más de diez kilómetros a la sombra de un bosque de sauces (todos llorones pero felices), detenerse como cada domingo a observar los colores del cielo mientras se escondía el sol tras las montañas, tomar la mano de Abi, de su Abi, como desde hace ya tres años venía haciéndolo (¿hay acaso algo más romántico que eso?), verla a los ojos (lo hacía cada vez que estaba a punto de darle un beso), no le dijo cuánto la quería.

Esta vez, no lo hizo.

Tampoco le mencionó lo feliz que era a su lado ni le pidió (por fin) que se casara con él. Ni siquiera mencionó algún viaje que harían juntos para toda la vida.

–Eres mucho para mí –dijo Jean Paul.  

–¿Mucho? –fueron por su puesto las palabras de ella después de su profundo desconcierto (pero ¿a qué se refiere? Si todo está bien…).

–No eres tú, soy yo, démonos un tiempo.

Ya se sabe quién dijo eso.

–¿Un tiempo? –dijo ella obviamente (pero ¿cuánto? ¡ya no estoy en edad para eso!).

–No quiero hacerte daño, Abi, no es tu culpa, no siento lo mismo que antes por más que me esfuerzo –dijo él, por supuesto.

–¿Mi culpa? ¿porqué sería mi culpa? ¿Necesitas esforzarte para quererme?

Se hizo un breve silencio. El cielo se puso anaranjado. Una ardilla erizó su cola y se detuvo a observar desconcertada a la pareja (ex pareja) y pedir con los ojos misericordiosos una nuez o un poco de queso. Pero ellos no se dieron cuenta de nada ni fueron capaces de sentir la frescura del viento como solían hacerlo.

–Después de todo, es verdad lo que me dijeron –continuó ella atreviéndose a quitar los anteojos de sol–. No quise creer esa historia tuya con Fabienne…

–¿Lo sabes?

Jean Paul y Abigayl se habían conocido en la oficina. Los dos trabajaban en una compañía de publicidad, de esas en las que los jóvenes tienen grandes ideas que hacen expandir marcas y echar raíces de las empresas por el mundo. Pero ellos ya no eran tan jóvenes y ella necesitaba tener raíces. Jean Paul tenía cuarenta años. Abigayl cinco menos. Ella, más delgada y alta que el promedio de las mujeres, había dejado su vida personal para enfocarla únicamente en su profesión hasta que un día conoció a Jean Paul (pero esos ojos, es tan ocurrente, fino y educado, me encanta que se vista de azul y su colonia de lavanda…). Jean Paul, el típico hombre de éxito, regordete y alegre, nunca había dejado su vida personal de lado y, entre muchas mujeres, había escogido a Abi por sus sonrisas, sus ideas brillantes, su ánimo inagotable en el trabajo y su buen cuerpo.

–¡Cuidado con la abeja!

Abigayl bajó su mirada transformada por el susto en un haz de luz fulminante para detenerla al lado izquierdo de su pecho y confirmar que la abeja estaba allí, exactamente encima de su corazón, a diez centímetros de sus labios, quince de su mirada, pero a un instante, solo un instante, de sus recuerdos…  

Años atrás, semanas antes de que la contrataran en la compañía publicitaria en la que conoció a Jean Paul, le había picado una abeja. Ella leía (realmente estudiaba) boca abajo, al lado de la piscina del club, cuando el bicho ese tan horrible (la abeja, no Jean Paul…todavía) la atacó directo en la planta del pie, la embistió al lado del tobillo izquierdo, justo en el que una semana atrás había sufrido un esguince (al caerse y levantarse con disimulo y decoro en plena presentación frente a potenciales clientes por eso de caminar con tacos estilizados y altos). Ella había visto huir a esa abeja cobarde, larga, amarilla y con rayas negras, que además de su atroz veneno le había dejado un dolor punzante incrustado bajo la piel y quizá un aguijón que no alcanzaba a sacar, ni siquiera ver, por culpa de su pie hinchado, voluminoso, y llamó a su médico, sí, al doctor Phillipe Dubois, el traumatólogo, y él le dijo anda a la enfermería y no te preocupes que el veneno de las abejas es desinflamante, pero me duele, se te pasará en un momento, pero me arde, y ella así, cojeando para no apoyar la planta del pie en el cemento que además hervía por el sol del verano candente, con ese bikini tan pequeño que se le soltaba por aquí y por allá, pero que dejaba ver su estrecha cintura, con el pelo dorado, lacio, tan fino que se le chorreaba por todos lados (no había tenido tiempo para acomodárselo bajo el sombrero), había ido para que la ayuden, no se preocupe le había repetido esas absurdas palabras la enfermera, debe haber sido una avispa, una chaqueta amarilla, son típicas de esta zona (¿chaqueta amarilla?), al picar normalmente no dejan su aguijón y por eso, a diferencia de las abejas melíferas, después de picar no mueren, ¿malíferas?, melíferas, las que producen miel, son más pequeñas y peludas, acá no hay muchas, ¡me arde!, no se rasque, no se preocupe usted no es alérgica, ¿sabe que el veneno es curativo y que las hembras son las más peligrosas? (¡y a mí qué me importa!), mírelo por el lado bueno, le desinflamará el esguince ¿y cómo se dobló el tobillo? (¡y a usted que le importa!). Le pondré un poco de hielo.

Y allí

         en ese momento

debajo de su chaqueta amarilla

                                                          sí

de la chaqueta amarilla con la que montaba bicicleta

   ¿sería un mensaje divino?

          ¿solo una coincidencia?

justo allí encima de su corazón

      a diez centímetros de sus labios

                                    quince de su mirada

Abigayl tenía una abeja peluda

           con seguridad una melífera

                      como le hubiera dicho la enfermera

si le picaba esta vez le dejaría su aguijón

                                                          su veneno

sería un dolor momentáneo

    solo un dolor más en Abigayl

             le calmaría el corazón

                       se lo adormecería

¿debería permitir que se lo punce?

        ¿se lo sanaría acaso para siempre?

démonos un tiempo

                   no eres tú soy yo

                                le había dicho Jean Paul

                       ¿un tiempo?

                                   se había desconcertado ella

                      ¡llevaban tres años juntos!

¿quién era esa tal Fabienne?

y

     después de atravesar pedaleando el bosque de sauces

                       se había quitado los anteojos oscuros

                                   se había bajado de la bicicleta

                                               con el casco negro que un tiempo atrás

Jean Paul

              vestido de azul y con olor a lavanda

    le había regalado a ella

                              para que se proteja

y no

       no se había caído

               pero le lloraban los ojos

                                   y los tenía tristes

                                       y le estaba por picar una abeja

y Abigayl miró a Jean Paul

y Jean Paul también se quitó el casco

                               y los anteojos oscuros

                                               que le había regalado ella

                  para que no se te meta nada en los ojos

                                                tan azules, tan dulces, tan curiosos                      

pero no se le había metido algo en los ojos

                                 se le había metido alguien

                                       se le había metido Fabienne

esa cualquiera

¡La abeja! Y no fue necesario escuchar otra advertencia para que en el preciso instante en el que ese bicho paraba sus antenas, afilaba sus patas delanteras, abría aún más los ojos y extendía sus alas traslúcidas dispuesto a clavar su aguijón en el corazón de Abi (¿se lo adormecería para siempre? ¿la protegería de amores infames?), sin pensarlo o pensándolo dos o tres veces (nunca lo sabremos), la mujer usó su dedo medio (pero no para insultar a Jean Paul como jamás fue capaz de hacerlo, siempre tan recatada ella) sino para unirlo a su pulgar y convertir su paciente y dulce mano (esa que Jean Paul nunca se atrevió a pedirle) en una bazuca de guerra y alejar así en un instante (corto pero eterno) a ese bicho de su corazón, de sus labios, de su mirada, de sus recuerdos, y fue así como la abeja (y su aguijón completo) fueron a parar directo en uno de los ojos (tan azules, tan dulces, tan mentirosos) de Jean Paul, quien un minuto atrás fuera su novio perfecto.

¡Cuidado con la abeja! ¡No quise hacerte daño! ¿Eres alérgico? ¿Por qué sería mi culpa? No te preocupes Jean Paul, es solo un dolor momentáneo, puedes calmarlo con un poco de hielo.

Dijo Abi al ponerse el casco negro, los anteojos oscuros, subir hasta el cuello el cierre de su chaqueta amarilla y atravesar el bosque de sauces (todos llorones pero felices) mientras veía iluminarse los colores del cielo.

Rossana Sala

18 de mayo de 2021


el espejo

allí estás            

allí te ves 

esa sonrisa tan sencilla 

            se vestido tan blanco 

                         ese pelo tan lacio 

                               esos ojos tan negros

pero así no eres tú 

              no eres tú a quien miras 

y tu madre se acerca 

     y tus amigas te alaban

          que linda       que fina    

       que elegante          que feliz

y tu padre se preocupa por el baile y la música  

esa novela de amor sobre tu mesa de noche 

quince años 

           basta 

    por qué lo hiciste

Martin debe saberlo 

            ha llegado el momento 

                          te esperan afuera

los dos te esperan afuera 

te va a entender

te va a perdonar 

estás segura de que lo hará

                 después de un año a su lado

si se lo dices 

                 lo perderás para siempre 

entonces cuéntaselo

             anda 

                     ve 

                        dile lo que pasó

así te deja 

           así termina contigo 

así tu amor por Martin será eterno 

          pues los amores eternos son los breves

el espejo 

    allí sigues 

       allí está la novela de amor 

pero no te engañes

                 mírate bien 

                          tú no eres Julieta 

Julieta soy yo

Rossana Sala

Agosto 2021

CAMINO AL PUERTO

Posted: 10 July, 2021 in 2021

Teresa sintió caer las hojas.

Como cada sábado de verano después del almuerzo, caminaba tranquila, con sus zapatos chatos, por la vereda ancha que la llevaba al puerto.A sus trece años, disfrutaba de un helado de vainilla, mientras el calor del sol le abrigaba el cuerpo.

Pero ese sábado no fue como cualquier otro. Ese sábado le sucedió lo que no esperaba. Y había sol. Y caminaba con sus zapatos chatos, con su helado de vainilla, por la vereda de siempre.

Ese sábado sintió caer hojas. Miles de hojas. Hojas gruesas y secas de árboles viejos y tercos. No. No era posible. Era verano. Un día hermoso. Y su helado de vainilla cayó al suelo.

Los árboles no debían perder sus hojas. El aire no debía envolverla de esa manera tan áspera y tosca, no debía murmurarle al oído, decirle que no, decirle que sí. Pero, ¿por qué le hablaba el viento? Ella solo paseaba con sus trece años, sus zapatos chatos, su helado de vainilla, camino al puerto.

Y, sin embargo, esa tarde, el viento que a veces es suave y cariñoso pero otras un vendaval obstinado y feroz, le susurró al oído, muy frío. Le susurró cargado de hojas amarillas, de hojas rotas, le susurro con la humedad del tiempo. Le susurró lo que ella no quiso. Lo sé. Lo sé por sus ojos. Lo sé porque la corriente se llevó sus risas y le hizo volver la mirada al suelo.

Fue entonces cuando Teresa dejó cubrir su rostro con su largo pelo. ¿Para ocultar sus lágrimas? Yo no soy Teresa y por más que le he preguntado, Teresa, ¿qué te dijo el viento?, Teresa se ha mantenido en silencio.

No te asustes, no hagas caso, mi niña, le he dicho, es solo la brisa que sopla y que silba y hace caer las hojas, aunque no sea el momento. Pero de la vida, ¿qué sabe de la vida el viento?

Y Teresa recogió su helado del suelo. Y como cada sábado de verano después del almuerzo, con sus zapatos chatos, por esa vereda ancha, sigue su camino al puerto. 


Rossana Sala

VIDA EN SUSPENSO

Posted: 2 June, 2021 in 2012

hoy me desperté con ganas de ser redonda 

                                                             mullida 

                                                                         blanca

                                                                             silenciosa

me dejaré llevar por el viento 

                                                me dije

       y 

         si tengo suerte

a eso del mediodía

estaré en la playa sur de Aspacosta

                        ahh esa playa

esa playa donde los niños y sus padres 

                        se tiran sobre sus toallas 

                            en la arena caliente

                                  desparramados boca arriba

                                      para mirar el cielo mientras conversan

se meten en el agua fría 

                      con sabor a sal

                                    olor a risas

para disfrutar del mar de Aspacosta

          mientras juegan a que me buscan

                        y me encuentran para descubrir mis colores

                                                                           adivinar mi traza 

y yo

   tan redonda 

              mullida 

                 blanca y silenciosa 

los protegeré de los rayos impacientes del sol 

                           mientras recorro mi camino despacio

                                            muy despacio

                   para no cambiar mi forma

          para no perderme entre ráfagas y aviones

los más pequeños dirán

                                         papá allí está ella 

algunos me pondrán de nombre Clementina

                                                Cornelia

otros simplemente 

                     nube en forma de oveja 

porque eso seré hoy

       y quizá un perro de dos colas 

                                                mañana

                     un cohete que descansa  

                                                    en marzo

                          un sueño que no soñamos 

                                                               en invierno

pero siempre

             siempre 

una masa de gotas de agua 

              que mantiene su vida en suspenso 

mientras retoza

Rossana Sala 

2 de junio de 2021

CASI

Posted: 28 March, 2021 in 2021

Montaba bicicleta frente a un parque cuando, delante mío, vi a un niño de unos dos años a quien su padre paseaba en una silleta detrás de su bici.  Al lado de ellos pedaleaba la madre del pequeño.  

La mujer miró al niño. 

El niño extendió su brazo para acercarse a ella. 

La madre extendió el suyo para tocar la mano de su hijo. Por sus miradas, pude imaginarme cuánto disfrutaban de la vida.

La madre perdió la estabilidad de su bicicleta. El padre también lo hizo.

Las bicis se acercaron una a la otra a menos de diez centímetros logrando separarse zigzagueando para seguir sus caminos paralelos y quizá infinitos.

–Todo se veía muy lindo, hasta que casi se caen.

Les dije al adelantarlos.

Y mientras ellos se reían en voz alta, el niño disfrutaba imperturbable de su paseo con papá y mamá y yo sonreía por mi broma (todo tras mascarillas), me di cuenta que lo importante de esta historia era la palabra “casi”, como tantas veces en la vida.

Rossana Sala

Domingo 28 de marzo 2021 (casi lunes)


–¡Entrégasela tú! –dijo Daniel al devolverme el sobre–. ¡Tengo que irme con la comitiva! ¡Perdóname!

Hace ya varios años, al volver a Xitusan, me encontré en el aeropuerto con Ezequiel de la Riva Zerpa, el novelista. No era tan alto ni guapo como se veía en la televisión, pero tenía una cierta sonrisa que lo transformaba en un hombre interesante. A pesar de esa chaqueta Príncipe de Gales que lo hacía ver tan esquivo, se tomaba fotos con quien se le acercaba. Yo decidí ser diferente. En lugar de pedirle un retrato juntos (más tarde me arrepentí de eso), me presenté. Me gusta escribir, le dije, tengo un blog donde publico mis cuentos, seguí hablando, lo felicito por el Premio Nobel, nada me detenía. 

Le di mi tarjeta personal. 

Lo sentí suspirar. 

–La voy a leer –habló por fin después de un largo silencio mirándome a los ojos. 

A los pocos segundos (quizá una eternidad), volvió su mirada a ese pequeño recorte de cartulina blanca que le había puesto en las manos y antes de que yo pusiera en marcha una vez más mi locuacidad y desparpajo, se despidió para llevarse su sonrisa y protegerse de mi verborrea.

Y allí estaba yo, viendo al autor de “Las calles sin rimas”, entre tantas otras novelas y cuentos, irse con su chaqueta de pequeños cuadros marrones y grises, entre el calor de las maletas, los policías de la aduana, autógrafos, luces rojas y verdes, al lado de una mujer de pelo rojo, con seguridad su esposa. 

Pero ¿cómo iba a leerme si no era ni soy famosa y, aparte de mi nombre y número de teléfono, la tarjeta solo decía que soy abogada? 

¿Cómo iba a cumplir el Nobel con su promesa? 

Le escribiré, pensé en ese instante, y eso fue lo que durante varios días hice. Pero al terminar, me di cuenta de que no tenía cómo hacerle llegar mi carta a Ezequiel de la Riva Zerpa, el novelista. 

Fue así como empezó mi búsqueda. Consulté al oráculo: Google. No quiso darme una respuesta. Amigos, profesores de mis cursos de literatura, nadie sabía nada. La dirección era un tabú. Y mientras seguía mi vida y le quitaba letras y palabras a mi escrito, así como se deshojan las margaritas, llegó el momento en el que conseguí lo que tanta falta me hacía. Vive frente al Parque de los Robles, me dijeron dándome el nombre de una calle y el número 1330. Imprimí la carta y la rocié con delicadeza (para que no se corrieran las letras) con ese perfume amaderado y floral que uso desde que me separé de Nicolás, hace ya una década. De esa manera, me dije, aunque no sean lo suficientemente buenas, olerán bien mis letras. 

Y, sin embargo, pasó el tiempo sin que recibiera una sola nota. Esta vez, no podía existir pretexto para que no me respondiera: había tenido el cuidado de apuntar mi dirección electrónica (puse también la de mi casa por si se le ocurría enviarme chocolates o flores para pedir disculpas por esa extenuante tardanza en contestar mis embadurnadas líneas). 

A través de la televisión y el periódico me enteré de que el novelista recorría el mundo, pero ni entre correos no deseados, ni bajo mi ansiosa puerta, recibí noticias (la esperanza de ramos y dulces, me duró solo tres días). Recuerdo bien ese domingo en la mañana, serían casi las once, cuando estuve a punto de acercarme al edificio en el que dejara el sobre, para esperar allí, en el lobby, y ver si al llegar o salir, aunque no recordara mi rostro ni mi palabrería, el renombrado literato, reconocía mi aroma.

No fui. 

Uno, dos, tres años sucedieron sin una línea, una letra, ni siquiera puntos suspensivos. Pero no me desanimé, ya que estaba segura, de que el pobre hombre sufría al no poder cumplir su compromiso conmigo. 

La voy a leer, me había dicho con cierta sonrisa, y lo haría. (Ahora que la imagino… ¿si se trató de una ironía?)

Hasta que un viernes cualquiera, Daniel, a quien menciono al empezar este texto (que tal vez imprima en letra gótica o corrida), me llamó por teléfono a la oficina y me dijo ven, apúrate, en media hora se presenta de la Riva en el Parque de la Concordia, trae tu carta que yo me encargo del resto. Y claro, no había tiempo para bañar de olor mi escrito, ni comprar hojas de colores, ni una envoltura digna para el Nobel. Un papel formato A4, letra Arial catorce (para que no se le escape nada, pues digamos que no era tan joven) y un sobre con el logo de mi empresa, era todo lo que tenía. 

Me imaginé aquellas cartas que se sellan con labios y carmín, para llamar la atención a cualquier destinatario y obligarlo a leer hasta alcanzar la última sílaba. Pero no era lo correcto. Se trataba de ayudar a cumplir un ofrecimiento solemne hecho por un hombre casado de apellido de la Riva.

Así que tomé el envoltorio y lo metí en mi cartera. Me fui en el primer taxi que se detuvo en el tráfico de Xitusan, al Parque de la Concordia, dije sin saber que pronto, muy pronto, allí se llevaría a cabo una zapatiesta (para mí es una palabra nueva que me cautivó y representa lo que ocurrió esa mañana con el novelista, su esposa y esa misiva que, sin que fuera intención mía, en unas cuantas horas se haría tan popular en el mundo, como yo no lo consigo, todavía). 

Frente a reporteros, cámaras de televisión y decenas de espectadores, el autor de “Dímelo mientras te (ad)miro” y tantas obras maestras, casi empezaba a recitar un poema de César Vallejo, cuando Daniel, ese muchacho alto, delgado y afable de mis clases de literatura, que conocía de memoria mi carta y mis intentos por deshacerme de ella, me vio llegar. Le di el sobre. Volvió a su sitio en la primera fila. Ocupé una silla bajo la sombra de un toldo azul. Era verano. La brisa de los sauces llorones por fin me refrescaba. No me había dado cuenta del calor que sentía. …Si no veis a nadie, si os asustan los lápices sin punta; si la madre España cae -digo, es un decir- salid, niños; id a buscarla! Terminó el escritor para ceder el uso de la palabra a la alcaldesa de turno, cuyo nombre no viene al caso mencionar. Sin embargo, contra cualquier expectativa, entre el “bienvenidos señores” y “estamos aquí para”, un ruido estridente y a la vez profundo, la hizo callar.

Veinte, treinta personas, hombres y mujeres, vestidos con casacas de cuero negras y marrones, faldas y pantalones oscuros, entre ruidos de motores y soplidos de vuvuzelas rojas y amarillas (estoy segura de que hasta alcancé a ver a un muchacho que hacía silbar una inmensa concha marina), silenciaron a los presentes. 

Y así, ante los afligidos sauces y en medio de funcionarios de gobierno, invitados, curiosos, camarógrafos y reporteros, de mi compañero de curso, de Ezequiel de la Riva Zerpa, su mujer de pelo rojo y una abogada cargada de ilusiones, los fortuitos visitantes ocuparon el centro del parque.

De un momento a otro, así como pocas veces nos sorprende la vida, ante el desconcierto de quienes estábamos reunidos para celebrar el “Día de las Letras” (y la entrega de mi misiva), aquellos que llegaron entre motores y vuvuzelas, levantaron en hombros una réplica tamaño natural, hecha de papel periódico, de la regidora de turno. La figura de la mujer, con la cabeza hacia abajo y las piernas estranguladas por una soga, colgaba de una madera a punto de ser quemada y convertirse en un cuerpo incandescente que desaparecería hecho cenizas. 

Fue en ese instante -digo, es un decir- cuando empezó la zapatiesta (¡qué palabra tan exquisita y cierta!).

Y justo cuando me esforzaba por entender el reclamo que aquellas personas hacían…¡mi carta!  

–¡Entrégasela tú! –dijo Daniel al devolverme el sobre–. ¡Tengo que irme con la comitiva! ¡Perdóname!

Y lo perdoné, claro que lo hice, pero una vez más tenía entre mis manos aquel sobre, y, al volver el rostro hacia cualquier lugar, menos el suelo porque jamás me rindo, allí, a mi lado derecho, huía de la muchedumbre: ella.

–¿Se la da por favor a su marido?

Le pedí a la pelirroja con una voz tan tímida como suave que, recién en ese momento, a mis cuarenta y buenos años, descubrí que tengo. Ella me miró a los ojos (somos de la misma altura), quizá ni pudo escucharme (eso sí fue mi culpa), y, sin decir palabra, tomó el sobre (no tuve alternativa) para ir donde su esposo quien la esperaba a unos diez metros escoltado por la policía.

Los vi irse. 

Vi a la alcaldesa caminar a paso firme junto a la brigada de seguridad y al Nobel que tomaba el brazo izquierdo de su mujer quien, con la mano derecha en alto (bien extendida), se protegía la cara de los reporteros y de las cámaras de televisión, con ese envoltorio blanco que con inmensas letras de molde rojas grabadas en una esquina, llevaba escrito el nombre de la empresa de cobranzas coactivas en la que yo trabajaba, todavía. 

Hace tres días, Ezequiel de la Riva me envió su respuesta. Me sorprendió hasta el rubor debido a su vocabulario, atrevimiento y gentileza. Y, ahora que la pelirroja se fue a vivir a Miami (dicen que para siempre y sola), espero con anhelo mis chocolates y flores y quizá aquella foto que nunca nos tomamos entre luces y maletas.

Rossana Sala

Febrero 2021


 

dejo la sombra de la palmera

el sol me pega en el cuerpo

     me pega

            me pega

                     me pega

 

busco algo que me proteja

             de ti

                de mí

                   del sol

de la sombra de la palmera

 

huele a pasto

                  a tierra

                      a viento fresco

 

cae una hoja entre las hierbas secas

es oscura

         pero es verde

tiene espinas      

           pero es larga

lo suficiente para protegerme

              de mí

                  de ti

                        del sol

 

debo ir por ella pero está

bajo la sombra de la palmera

Rossana Sala

enero 2021



–1234567890

–0987654321

Yo, Ivo Guarniz, fui obligado a abandonar la sala de la torre de control, desde donde no pude despedirme de Joel Espíritu. Dejé mi puesto de trabajo sin saber qué le había sucedido a ese hombre.

Conocí a Joel durante una hora. Conversamos el tiempo suficiente para que, sin haberle visto el rostro ni parte alguna de su cuerpo, me adentrara tanto en su vida, que hasta hoy le escribo.

Le escribo y le agradezco.

Te escribo a ti, Joel. A ti te escribo. Y, por más que trato, no puedo dejar de hacerlo, en especial ahora, en este momento que cruzo los cielos. Y no, no vuelo en una avioneta como lo hicieras tú, sin compañía alguna, hace ya algún tiempo. Porque no soy piloto. Soy un simple pasajero a bordo de un Jet 727. Tampoco lo hago obligado a regresar a Venezuela, sin poder alcanzar Cuba, por falta de combustible. Vuelo a Miami, al lado de mi familia, a pasar las vacaciones.

Te esperan los rescatistas en medio del mar, te dije, no te preocupes, ellos saben tus coordenadas. Y las sabían, Joel, las sabían. Y recuerdo todo como si fuera hoy. 

Lo recuerdo mientras vuelo sobre las mismas aguas que hace veinte años nos unieran por una hora y para siempre. 

Atravieso nubes blancas, no negras, cielo celeste, no gris. La distancia, no me permite distinguir el mar como tu pudiste verlo.

1234567890, te oí decir. 

0987654321, repetí para mis adentros.

Todo va a estar bien. Quizá los dos deseábamos eso al mismo tiempo. ¿Cuántas veces habremos deseado lo mismo, Joel? ¿Cuántas veces?

Tú, en la fragilidad de tu avioneta, con seguridad sabías que nunca nos conoceríamos. Estarías seguro de que nada saldría bien, al menos en tu vida. Era imposible que alcanzaras la tierra. La aguja que marcaba el combustible retrocedía, se hundía. Los truenos y la lluvia, te atrapaban. Yo podía sentirlos a través de la radio. Me temblaban las manos, me sudaban, mi corazón se sacudía al mismo ritmo que el tuyo, me faltaba aire, hasta el olor de la brisa marina me envolvía. Tus palabras se iban y venían entre ecos y silencios. Miedo. Yo también tenía miedo. Los dos lo teníamos, pero no debíamos hablar de eso y mientras tanto, la manecilla que sellaba tu tiempo, nuestro tiempo, caía rendida. 

El cielo vertía su agua dulce para mezclarla con la sal del océano.

Me dijiste que eras abogado, que ser piloto para ti, era un hobby. Que trabajabas más de setenta horas a la semana en una firma en la que te pagaban por cada minuto de tu tiempo. Que el viaje que hacías a Cuba no era de placer, por supuesto. Lanzaste varias carcajadas como si estuvieras orgulloso de eso. El golpe de tu voz, me hizo imaginar que eras un hombre alto, tosco, decidido, no debías tener más de cuarenta años, pero sí un afán intenso de ganarte el mundo, cueste lo que cueste. Yo te dije que escribía cuentos, algunos poemas, que ser controlador de torre era mi profesión, porque no podía vivir solo de mis letras. Me pediste que te recite alguno de mis versos. Me sorprendí al oír a un hombre como tú, pidiéndome algo como eso. Yo te dije que no. Sentí vergüenza por mis líneas: sencillas, confusas, cobardes. No era famoso, como lo soy ahora, quizá gracias a ti. Lo siento.

¿Quién era yo para leerle mis escritos a un abogado que piloteaba su propia avioneta?

Me sentí incapaz de recordar, de inventar, palabras que te dieran tranquilidad, coraje, que no te dejaran caer a ese mar hambriento y eterno, así como se transforman las aguas mansas cuando sabemos que nuestro destino es sumergirnos en ellas. Para siempre. Recordé algunos de mis textos. Hablaban de montañas y calles desiertas. Historias banales, como era mi vida hasta ese momento. 

Y, entre palabras y rimas, sonrisas y tristezas, no tuve forma de salvarte. 

No pude hacerlo.

Y el grupo de rescate sabía tus coordenadas, Joel, las sabía con exactitud. Se lanzó al agua para sacarte de ellas. Te buscaron desde dos helicópteros, seis buzos se metieron al mar y te encontraron, Joel, lo hicieron, pero al abrir la puerta de tu avioneta, estabas muerto.

Fue un golpe en la nuca, me dijeron al día siguiente.

Y mientras vuelo, no puedo dejar de mirar por mi ventana, ovalada, pequeña, infinita. No soy un hombre delgado, más bien tengo unos kilos de más (quizá te puedas imaginar cómo se preocupa mi mujer por eso). Debería sentarme al lado del pasillo para estirar las piernas, pero necesito encontrarte, Joel, darte las gracias, pedirte perdón, hablarte cara a cara, como nunca pude hacerlo.

No te veo. 

Reclino mi asiento para estar más cómodo, observar con calma la tierra y la orilla del mar. Un hilo blanco, hecho de espuma, hilvana el agua con la arena. Te imagino bajando de tu avioneta. Pienso en tu sonrisa bulliciosa y ronca, esa misma con la que en algún momento, al empezar nuestra conversación, me contaste de Melissa y de Jomeli. Diles que me las llevo en el corazón al cielo, me dijiste minutos antes que empezaras el conteo final, antes que perdieras el contacto conmigo, con la tierra. Diles que vuelen alto en la vida pero que nunca dejen de quererme. Diles que las amo, aunque jamás supe hacerlo.

Y conocí a tu esposa, Joel, y también a tu hija. Hablé con ellas como me pediste. Jomeli, esa niña tan delgada y pecosa, me contó que se parecía a ti en los ojos color caramelo y las orejas pequeñas. Y Melissa. De Melissa debo decirte que no pudo perdonar la forma en la que te fuiste, que te hayas subido en esa avioneta. Tu sabías de la tormenta, me dijo. Una vez más, preferiste tu trabajo. Por tener más dinero, las dejaste. Lo recuerdo bien, entre rabia y lágrimas, eso fue lo que Melissa dijo. La perdiste entre esas nubes negras, esas en las que por muchos años vivieron metidos sin poder salir de ellas.

He dejado de escribir por unos minutos, para recibir de la azafata un café y unas galletas de avena. No huelen a nada. Si tuvieran sabor, sería una grata sorpresa. Miro otra vez por la ventana. La tierra se fue. También el mar con su hilo blanco. Ahora, son algodones los que abrigan la tierra. 

Te imagino a lo lejos.

Algo interrumpe mis pensamientos. No entiendo qué pasa. Todo se mueve. ¿Será el cielo que dejó de acariciar el avión? Siento que empieza a arañarlo, a remecerlo. Miro por mi ventana. El reflejo del sol me obliga a cerrar por un instante los ojos. La voz del capitán nos dice que volvamos a nuestros asientos. La lluvia y los truenos se acercan. Mi corazón se estremece. Las alarmas y luces rojas nos indican que abrochemos nuestros cinturones. Me preocupo por los de Melissa y Jomeli. 

Ellas vuelan alto, Joel, así como tu querías. 

Ellas vuelan alto y se sientan a mi lado, porque desde que las conocí, quizá lo sepas, no pude separarme de ellas. 

Nunca me cansaré de darte las gracias por eso. 

Pero pedirte perdón, no puedo hacerlo, aunque cada día que te escribo, yo, Ivo Guarniz, lo intento.

Rossana Sala

16 de noviembre del 2020