ES POR ESO QUE VOY A MISA TODOS LOS DÍAS (Febrero 2020)

Posted: 18 February, 2020 in 2020
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IMG_1371Minutos antes de acercarme al altar para esperar a Maritza y casarme por fin con ella, Esteban Gorriti, hasta ese momento mi futuro suegro, sin ningún reparo, me dijo al oído al darme un abrazo:

“Espero que no corras la misma suerte que los anteriores”.

¿A qué se refería? ¿Anteriores? Pensé sin atreverme a revelarle que no sabía de qué estaba hablando.

Don Esteban, a sus setenta años y tras los vidrios de sus viejos anteojos de carey, así como se me acercó, se perdió entre una decena de invitados. ¿Pero quiénes eran? Me di cuenta en ese instante que, distraído y nervioso por esto de mi matrimonio, no me había percatado que esa gente que reía y conversaba y vestía de colores oscuros y no alegres como correspondía a una celebración como la que estaba a punto de llevarse a cabo, era completamente desconocida por mí.

¿Serían amigos de Maritza?

Necesitaba hablar con ella. No podía dar el “sí” eterno, sin antes saber quiénes eran “los anteriores” y cuál era la suerte, nada buena sin duda, que habían corrido o acaso los había hecho correr.

Doña Clara. Allí estaba ella. Tuve la esperanza de que la madre de Maritza, con ese afán por saberlo todo y de hablar sin detenerse a respirar o acaso pensar, alguna información podría darme. Tanto tiempo me había quejado de su capacidad de averiguar historias para luego, haciendo uso de una imaginación prolija, difundirlas por el barrio y más lejos todavía, que nunca le había prestado atención y menos aún sospechado que, en algún momento me beneficiaría de lo que ella llamaba uno de los tantos atributos que Dios en su infinita bondad le había concedido.

Las bancas de la pequeña capilla se iban ocupando. Algunos de mis familiares y amigos llegaban y yo no los saludaba ni de lejos.

Necesitaba salir lo antes posible de mis dudas.

Maritza había insistido en llevar a cabo la ceremonia en la capilla de Fordán, un pequeño pueblo frente al mar, alejado de nuestras casas pero que, por alguna razón que ella misma no sabía explicarme, decía amar. Yo, que no era devoto ni nada que se acercara a eso, no me opuse a la boda religiosa ya que para mí lo importante era que me casaba con ella y no ante quién ni dónde lo hacía.

A mis cuarenta años, por fin, contraería matrimonio y ella, que según papeles tenía exactamente mi edad, aunque debo admitir que parecía un poco mayorcita, también se había animado a casarse por primera vez en su vida.

Miré la hora. Las doce y cuarto del día. La marcha nupcial y la entrada de la novia debían comenzar en quince minutos, lo que me daba tiempo para hacerle preguntas a doña Clara y que ella me respondiera y se explayara haciendo gala, sin misericordia, de sus atributos divinos.  De su único atributo, en caso pudiera considerarse como tal, pensaba yo, pero jamás fui capaz de decirle eso.

–Doña Clarita –le dije al tomar valor y su brazo derecho con todo respeto.

Sentí que mi cuerpo sudaba. ¿Sería por ese terno azul marino que me envolvía el cuerpo o por la corbata que me ajustaba el cuello o esos zapatos que recién notaba había comprado por lo menos una talla más chica?

–Doña Clarita –le repetí apartándola de sus amigos y sin notar que la acercaba a uno de los confesionarios.

¡A un confesionario!  ¡No podía ser casualidad!

Miré el altar y le juré a Dios en silencio que, si esa era una señal de las que tanto habla la gente, no faltaría a ninguna misa de domingo, tampoco de los sábados, iría a todas las de Gallo y las de Fiestas de Guardar no me las perdería ni enfermo.

Sin darme cuenta, me encontré como nunca en mi vida rezando, haciendo promesas.

–Maritza es…

Vi la lengua y los labios de doña Clara moverse en cámara lenta y hundir con su voz pantanosa mi mundo. Sentí su perfume con olor a flores secas invadir mis pulmones y mis zapatos se volvieron aún más pequeños. 

–Pero nadie te lo había contado muchacho, si todos saben que, cuando se casa mi hija, al poco tiempo…

Continuó la mujer con los detalles, mientras yo, sin querer oír ni entender lo que salía de esa boca que letra por letra destrozaba mis ilusiones, seguí con mi rezo cada vez más devoto y con mis promesas cada vez más grandes.

Y es por eso que hoy a mis ochenta años, sigo soltero, Maritza es siete veces viuda y yo voy a misa todos los días.

Rossana Sala

Febrero 2020

Comments
  1. Mila says:

    Muy bueno… Final inesperado…

  2. Nelson Zuluaica says:

    Después de tres días de no mirar mi correo me encuentro con este cuentecito genial. Te felicito y gracias por habérmelo enviado. Un cordial saludo.

  3. José Echeandia S says:

    excelente mi querida Rossanita , me has mantenido en vilo durante todo el cuento. Tus dotes de escritora están mas que comprobados. Un cariñlsls saludo.

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