LA HORA PERFECTA (Cuento corto) Octubre 2019

Posted: 2 October, 2019 in 2019
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Como cada día, Martín se levantaba a las cinco de la mañana, tomaba desayuno y pasaba las horas conversando con esos amigos que, según él, nunca había visto, pero que lo conocían bien. Con esos extraños que lo escuchaban y lo querían.

Martín almorzaba rápido para ocupar la única mecedora que daba al ascensor por donde Esteban, cada día a las tres de la tarde al abrirse la puerta, aparecía.

–¿Cómo estás papá? No he podido venir en toda la semana.

Por fin sintió el anciano la voz de su hijo y ese abrazo tibio que algunas veces solo imaginaba.

Martín intentó ponerse de pie. Esteban le alcanzó el bastón y lo ayudó a pararse. Eran casi las seis, pero prefirió no decirle nada a su padre.

–Disculpa la demora. Se me complicó el trabajo.  ¿Caminamos?  Vamos al Café Azul, ese que tanto te gusta.

–Sí, son las tres. La hora perfecta. ¿Fue allí donde estuvimos con José ayer? Ese tío tuyo me debe plata hace tiempo. En realidad, me debe mucho más que eso.

–El tío José…

–Ah –dijo el anciano–.  Hace unos días lo vi en la plaza. Ni me saludó.

–¿Estás con hambre? ¿Qué te provoca?

Las hojas secas, antes verdes, rojas y amarillas, arremolinadas por el viento, anunciaban el final del otoño al invadir las veredas.

Los rayos del sol brillaban todavía calentando la tarde.

–Mira –le dijo Martín a su hijo al señalar la acera del frente–. Si no me equivoco es allí, en esa sala de teatro donde empezó la historia.  Esa tarde andaba nervioso.  Conversamos como nunca.  Compramos flores, chocolates.  Los rellenos de nueces le encantan a Teresita. Lo que el viento se llevó. ¡Qué buena película!  La función llena de gente.  Las mujeres con faldas y tacos. Teresita, delgada, alta, con su vestido azul.  Ese sombrero de lazo que según ella le acomoda tan bien el pelo.  Su pelo lacio y largo. Para que no se vuele. Me encanta verla disfrutar comiendo chocolates. Los rellenos de nueces son sus favoritos. Vas a engordar Teresita. Pero esa sonrisa de niña traviesa nadie se la quita. No se la quiero quitar yo tampoco. Y allí, sentados, frente a la pantalla, a los pocos minutos que apagaron las luces le tomé la mano.  Le tomé la mano a Teresita.  Debe de haber sentido cómo me sudaba, pero dejó quieta la suya. Qué alivio. No hizo el menor intento para sacarla. No me miró. Tampoco hablamos. Todo fue en silencio. Sentí su perfume por primera vez de tan cerca. Quería que se me impregnara para siempre.  Yo no sabía qué hacer. Solo sabía que no quería soltarla. Me debe mucho mi hermano. Después, la invité a tomar algo. Ella no quiso champaña, tampoco una copa de vino. Prefirió una taza de chocolate caliente. ¿Lo que el viento se llevó?  ¿Te conté de nuestra primera cita?

–Sí, papá.

–¿Ya es las tres de la tarde? La hora perfecta. Teresita querrá tomar su chocolate caliente.

Algunas hojas secas de la calle, antes verdes, rojas y amarillas, invadieron en silencio la terraza del café.

–La tía Teresa no puede venir, papá.

 

 

 

Rossana Sala

Setiembre 2019

Comments
  1. Nelson Zuluaica says:

    Tu cuento es un hermoso poema, es la nostalgia hecha palabras. Te felicito, apreciada Rossana.

  2. José Echeandia S says:

    COMO DE COSTUMBRE, LIGERO, AMENO, ENTERNECEDOR, CON MENSAJE. MUY BUENO.

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