¿ISABELLA? (Julio 2019)

Posted: 11 July, 2019 in 2019
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IMG_2741Una campanada detuvo mis pasos. Llegué a contar seis mientras buscaba descubrir con la mirada de dónde venían. A unos cien metros, al final de la plaza, en lo más alto de la torre de la catedral, allí estaba: un enorme reloj anunciaba la hora.

¡Qué extraño! No había gente en el lugar. Hubiera esperado ver personas admirando a ese ángel tocando el clarín que corona la pileta o subirse apurada a un taxi para volver a casa o entrar a algún café o al teatro.

Pero no fue así.

La pileta no tenía agua, las bancas estaban vacías, el jardín no tenía flores y, alrededor de la plaza, ni siquiera había un transeúnte.

Nadie.

Decidí acercarme a la catedral. Nunca antes había estado allí. Nunca antes había estado en Lima. Me habían contado de los cientos de taxis, de las bocinas, los vendedores ambulantes de revistas y emolientes que invadían las calles. También me habían advertido de los ladrones que, como en muchas ciudades, buscan a los más despistados para sorprenderlos y yo, era el blanco perfecto.

Quería pasar mis últimos años dando vueltas por el mundo. Tomar fotos del presente como si con cada imagen pudiera cubrir el pasado. A Isabella, en realidad. Formar un inmenso mural de castillos, árboles, sonrisas, rojo, amarillo, celeste, turquesa, de todos los colores, para no ver hacia atrás y a medida que el tiempo avanzara, el mural se hiciera más y más fuerte.

–Cuidado con la cámara, don Francesco. Nada de sacar el celular –me había dicho, haciendo un esfuerzo para hablarme en italiano, el portero al salir del hotel.

Me sentía tranquilo a pesar de que el lugar parecía abandonado. ¿Sería acaso eso más peligroso?

Saqué de mi mochila mi Nikon (no pude luchar contra mis instintos) y me la colgué del cuello.

Al llegar al templo, me detuve a unos pocos metros de la torre. Los necesarios para que la luz y la sombra aporten la profundidad y textura que buscaba para una conseguir buena toma.

Otra vez las campanadas invadieron la plaza.

¡Pero si no había pasado otra hora!

Cinco. ¿Solo cinco campanadas? Quizás las había contado mal. Eso es lo que Isabella me hubiera dicho y, como siempre, tan informada y curiosa,  la mia cara, hubiera tenido razón, como cuando hace unos meses, en la Piazza Navona, conversábamos respecto a le fonti del lugar y esa historia del lago de la piazza de la cual yo nunca había escuchado. Pero Isabella, con esa mirada traviesa y llena de juventud, solo tenía cuarenta y cinco años. Por eso, mi vida no debía seguir al lado de ella, tenía que olvidarla. Por eso, yo tomaba tantísimas fotos.

Encendí la cámara. Busqué el reloj con el visor.

¡Qué raro! Ajusté la distancia focal de mi Nikon y pude notar que en la parte más alta de la torre se encontraba un antiguo e inmenso cronómetro de una esfera y una manecilla solitaria que avanzaba contando fracciones de segundo.

No se trataba de un reloj.

¿Qué hacía un objeto como ese en la torre de una iglesia? ¿A qué o a quién le medía el tiempo? ¿En qué momento se detendría esa aguja?

¿Serían campanadas? Más que eso, sentía como un eco profundo, penetrante y cercano que cada cierto instante quería anunciar algo. Dar una advertencia.

A mis más de setenta años, había visitado muchas plazas, fotografiado relojes de toda época, tipo y tamaño, pero nunca me había encontrado con un cronómetro en una torre ni con un sonido siquiera parecido al que se dejaba oír en ese lugar.

Después de sacar tres o cuatro fotos, sin dejar de tratar de entender lo que estaba ocurriendo, me detuve para observar la fachada de la catedral y al hacerlo, noté que la puerta central estaba entreabierta. “La puerta del perdón”. Había leído hace unos días, que ese era el nombre de la entrada principal.

Me pareció una buena idea conocer el interior. Investigar un poco.

El chirrido de las antiguas bisagras rompió el sagrado silencio del lugar que fue interrumpido nuevamente por el extraño sonido. Esta vez, presté mucha atención y llegué a contar con absoluta seguridad las supuestas campanadas.

Cuatro. Solo fueron cuatro.

¿Pero no habían sido cinco antes?  Y, ¿por qué tañían tan seguido?

Me imaginé la aguja del cronómetro dando vueltas a toda velocidad, como si fuera perseguida, como si quisiera llegar a algún lugar, como si esperara que alguien la detuviera. Pero si la aguja iba hacia adelante, ¿por qué era cada vez menor el número de campanadas?

“¡Qué tontería!”, pensé y avancé para conocer el templo y tomar alguna foto importante.

La catedral estaba vacía. Ni un cura, ni un monaguillo, ni una mujer de rodillas dándose golpes en el pecho. “Debe de haber pocos devotos en Lima”, me dije para tranquilizarme.

La luz era tenue. La ventilación escasa.  Los lirios, amarillos y anaranjados, al pie de las esculturas e imágenes religiosas estaban marchitos. Algunas velas en la entrada seguían encendidas dando al lugar un ambiente de recogimiento que se contrastaba con la ausencia de fieles. Me saqué la bufanda y la chaqueta. Era invierno, pero me faltaba aire o ¿sería el olor a incienso el que me impedía respirar tranquilo?

Tres golpes continuos retumbaron entre los muros del templo.

Decidí salir. Algo insólito estaba sucediendo. ¿Estaría bien Isabella? Tantos años juntos habían creado una unión especial entre nosotros. Una conexión difícil de entender y olvidar, que a veces me permitía hasta sentir ese suave perfume con aroma a salvia y madreselva que alguna vez le regalé. ¿Lo seguiría usando?

Pero soy muy viejo para ella.

Dos golpes. El lapso entre ellos se hacía más y más breve.

Fue uno solo el golpe que vibró en mi cuerpo al alcanzar “La puerta del perdón” ahora “De salida” y sentir el crujir de las bisagras detrás de mí.

La plaza seguía desierta.

El silencio era casi absoluto. Un viento desesperado arrastraba las hojas marrones, amarillas y anaranjadas, que habían dejado caer los árboles rendidos ante el tiempo.

Avancé sin mirar atrás. Pasé al lado de la fuente sin agua, del jardín sin flores, de las bancas vacías, de las hojas marrones, amarillas y anaranjadas, hasta llegar a la esquina sin escuchar el cronómetro.

Caminé dos o tres cuadras. Las bocinas de los autos, la gente cruzando la pista, las carretillas en las veredas, empezaron a invadir el lugar.

Tomé el primer taxi que encontré. Con mi español aprendido en las calles, pedí que me llevaran al Hotel Grand en el que me alojaba.

–¿Visitó la plaza? ¿Le gustó la iglesia? –me preguntó el chofer y le dije que sí, que por su puesto. No estaba seguro si la respuesta era sincera.

Al llegar al Grand, subí a mi cuarto sin detenerme a tomar una manzana del mostrador. “Llevemos un par para nuestra caminata matinal”, me hubiera sugerido Isabella, ella siempre llena de planes e ilusiones.

Me senté al pie de mi cama para ver las fotos que había tomado. ¿Serían suficientes? Trataba de entender el significado de lo sucedido.

¿Campanadas?  Venían de la calle.

No podía tratarse de una coincidencia.

Me acerqué a la ventana. La abrí de par en par.

Y allí estaba la plaza, la misma pileta sin agua con el ángel tocando el clarín, el jardín sin flores, las bancas vacías, las hojas secas que se llevaba el viento y más allá, más allá la catedral y la inmensa torre con el cronómetro, pero eso era imposible, si yo estaba lejos. Las luces de los faroles eran perfectas para conseguir interesantes tonos fotográficos.

Seis.

Estoy seguro de haber sentido el eco de seis golpes.

El viento enfrió mi habitación. Dejé las ventanas abiertas. Regresé a la cama. No quería más fotos.

Isabella.

Decidí que al día siguiente viajaría en el primer vuelo a Roma.

El suave chirrido de las bisagras de la puerta de mi cuarto, el perfume que invadió mi habitación y una frágil silueta cada vez más cercana iluminada por el brillo de la plaza, me hicieron sin embargo cambiar de opinión.

Y esta vez, esta vez fueron siete campanadas las que invadieron la plaza.

 

 

 

Rossana Sala

Julio 2019

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