SE ME ROMPIÓ EL TACO (enero 2019)

Posted: 11 January, 2019 in 2012, 2019

Esa mañana, al ver un auto detenerse frente a mi casa, me quedé observándolo. Yo no sé mucho de carros, pero parecía una camioneta Toyota.  Me llamó la atención que además de ser negra tuviera los vidrios oscuros.

Nadie se bajó, así que volví a mis cosas.

No me gustaba llegar tarde al trabajo. Tomás, mi esposo, acababa de salir en su moto y aunque siempre ofrecía llevarme, yo prefería ir a pie.  A sus cincuenta años y sin que yo me enterara, se había comprado una tremenda Harley Davidson. Yo lo consideraba un peligro, y él, el sueño de su vida.

Bajé las escaleras. Por curiosidad femenina, instinto quizás, busqué con la mirada la camioneta que acababa de estacionarse.

¿Pero quién era ese hombre? Vestido de pantalón negro y camisa blanca, tomaba fotos a la fachada de mi casa.

Sin pensarlo, abrí la puerta principal en el momento en que el sujeto daba unas zancadas para subirse a la camioneta e irse.  Salí detrás de él para ver la matrícula, pero fue imposible. El hombre y su vehículo se mezclaron en el tráfico de la ciudad y desaparecieron.

Traté de avisarle a Tomás. Dejé repicar el teléfono varias veces hasta que la llamada entró a su grabadora. Colgué sin dejar mensaje. Me imaginé que no habría llegado a su oficina.

Al salir de casa revisé bien las puertas y ventanas.

Yo trabajaba a unas cuantas cuadras, así que caminar era mi ejercicio diario que no iba a dejar de hacer por una simple foto. Quizás el hombre se había confundido y quería fotografiar otra casa. No tenía nada de especial la mía.  Blanca, con el techo a dos aguas. Era una más del barrio.

Avancé escuchando la música de mi IPOD. Intenté sin éxito no preocuparme por el hombre de camisa blanca y su camioneta. Por Tomás y su nuevo juguete. A su edad, aprender a ir en moto era una locura. Además, me había venido con la noticia de que quería unirse a un grupo de motociclistas para hacer paseos a las montañas.

De pronto, allí estaba. La camioneta negra de lunas oscuras iba a mi lado, muy lento y sí, efectivamente era una Toyota. Apenas podía verla sin voltear la cara.

¿Me hablaban? Pink Floyd con su “Another brick in the Wall” no me dejaba entender lo que decían, pero sí continuar al ritmo de esa música que me animaba a escapar. ¿Qué quería ese hombre? No debía detenerme. No debía quitarme los audífonos. Solo debía mirar al frente. Faltaban siete cuadras para mi oficina. Al terminar la calle, en plena esquina, estaba la panadería La Espiga Dorada. A las ocho de la mañana sería fácil esconderme entre tantos clientes que, apurados y quizás medio dormidos, compraban un café y un sándwich para llevar o se sentaban a conversar con amigos. Si tenía suerte, quizás estaría Paula, una compañera de trabajo que amaba ese lugar. Le contaría lo que me estaba pasando. Con seguridad, al verme con alguien, dejarían de seguirme. Y de Tomás no tenía noticias. Ya debería haberse dado cuenta de mi llamada.

Fingiendo no haber visto ni escuchado a la camioneta, seguí mi camino hasta entrar en el local. El olor a pan recién salido del horno, las vitrinas con galletas, empanadas, jamones y quesos no llegaron a abrirme el apetito como siempre sucedía. No había nadie que yo conociera. Unos muchachos conversaban en fila para hacer su pedido. Me puse detrás de ellos. El lugar estaba repleto. Gente que tomaba algún jugo, otros metidos en sus computadores o hablando por teléfono.

Con cuidado, miré hacia la puerta. En realidad, era un lugar muy pequeño. Hasta ese momento no me había dado cuenta de lo chico que era. Traté de buscar una segunda entrada, pero no tenía. La gente llegaba y se iba solo por la parte delantera. Quizás atrás, donde preparaban las cosas, habría otra salida.

–Un americano –pedí cuando llegó mi turno.

A los pocos minutos lo recibí y me senté en la barra.

No le quité los ojos a la puerta. No le quité la mano a mi celular.

Por fin sonó. Era Tomás.

–Un hombre me sigue en una camioneta negra con vidrios oscuros –le dije casi atorándome con las palabras–. Tomó unas fotos de la casa. Me he escondido en La Espiga Dorada.

–No te preocupes. Cálmate. Sal de allí. Dobla a la derecha, como yendo a tu oficina. Anda lo más rápido que puedas hasta llegar al quiosco de periódicos. Yo te voy a recoger en la moto.

Dejé mi taza sobre la mesa.

Me dirigí a la puerta.

Miré hacia los lados sin encontrarme con el hombre de la camisa blanca, tampoco con su Toyota negro.

Caminé. Caminé. No dejé de caminar. Extrañé la música de mi iPod, pero el ritmo de Pink Floyd seguía en mi cuerpo. En mi sangre. Me sudaban las manos. Odié uno a uno, paso a paso, mis malditos tacos.  Pensé en sacarme los zapatos, pero hubiera sido absurdo. Era mejor disimular. Fingir que no pasaba nada. Me hubiera sentido relajada, protegida detrás de cualquier canción que me abstrajera de ese lugar, de la camioneta de vidrios oscuros, del desconocido que había tomado la foto de mi casa. ¿Se habría ido por fin?

Llegué al quiosco de periódicos. Miré alrededor para encontrar a Tomás.

Seguí buscando a lo lejos con los ojos.

¡La camioneta de vidrios oscuros! ¡Otra vez! Estacionada al lado derecho de la calle. Con las luces intermitentes prendidas.  No se movía. El hombre de camisa blanca debía estar allí sentado, esperándome.

Llamé a Tomás, aunque estaba segura que si manejaba la moto no me respondería.

–¿Qué periódico quiere? ¿Está bien, señorita? –me preguntó el hombre del quiosco.

Y no pude más y se lo dije.

–Esa camioneta negra de la esquina, la de las luces intermitentes, me sigue. Estoy esperando a mi esposo. Viene a ayudarme.

–Acá la cuidamos –me dijo el vendedor con una sonrisa–. Espere tranquila. ¿Le presto una revista?

Y antes de que pudiera agradecerle, vi a Tomás.  Sentado en su moto, casi llegando al semáforo, movía la cabeza de un lado a otro buscándome.

Los peatones cruzaban la calle. Los autos iban y venían. Tomás no alcanzaba a verme. El sol del día alumbraba cada vez con más intensidad haciendo el calor insoportable.

–¡Tomás! –le grité desesperada levantando una revista.

–¡Tomás! ¡Tomás! –lo llamaron también el señor del quiosco y dos, tres quizás cinco personas a quienes nunca había visto.

En ese momento, vi a mi marido ponerse de pie en la moto y acelerar haciendo un ruido muy fuerte con el motor, ese que siempre me había molestado, pero que ahora sentía que iba a salvarme.

El auto negro de la esquina no se había ido. Sus luces de emergencia se prendían y apagaban al ritmo de los latidos de mi corazón.

–¡Allí viene! –escuché que decían.

–¡Vamos! ¡Súbete! –me dijo Tomás al estacionarse al lado mío.

Me tomé de la mano que me ofreció, agradecí a Dios haber ido a trabajar en pantalones, odié mis tacos otra vez y, con esa fuerza que uno no sabe que la tiene hasta que la necesita, me subí a la moto, me abracé de la espalda de mi esposo que en ese momento más que un motociclista, parecía un jinete a galope.

Salimos del lugar entre aplausos y ovaciones de la gente del quiosco y de algunos curiosos que se habían unido al festejo.

Ya no me interesó saber dónde estaba el hombre de la camioneta. Me sentí tan segura con Tomás.  Olía tan bien con su casaca de cuero. Y yo que le había reclamado por comprarla.

Atravesamos calles, cruzamos autos, gente, semáforos. Tomás tenía toda la razón, no era nada malo tener una moto. Sentí el viento refrescarme la cara.

Nos detuvimos.

–¿Qué opinas ahora de mi moto? –me preguntó quitándose el casco para darme un beso y dejarme en la puerta de mi oficina.

Yo le dije que estaba cambiando de opinión, que había comenzado a gustarme, que quizás hasta podría divertirme.  Nos vemos en la noche, me respondió, no vayas a llegar tarde. Me regaló una sonrisa, se puso el casco y se fue.

Me quedé en la vereda mirándolo. Admirándolo, debo admitir, y mientras pensaba en lo sucedido, pasó lo que jamás hubiera esperado.

No avanzó mucho. Al llegar a esquina, el semáforo lo detuvo.

La camioneta de vidrios oscuros apareció a mi lado. Esta vez siguió de largo.

Se dirigía al mismo semáforo en el que Tomás esperaba el cambio de luz. Estuve a punto de dar un grito para advertirle que tuviera cuidado.

No fue necesario.

El automóvil negro se detuvo junto a la moto.

Vi a Tomás saludar a su conductor levantando el brazo derecho.

Fue en ese momento cuando se me rompió el taco.

 

 

Rossana Sala

 

 

Comments
  1. Nelson Zuluaica says:

    Excelente y fluida técnica narrativa, cargada de suspenso, y con un inesperado final. Eres una gran artista. Permíteme darte un abrazo de felicitaciones… desde la distancia.

GRACIAS POR SU COMENTARIO. PUEDE ESCRIBIRLO Y PRESIONAR "POST COMMENT". NO NECESITA INDICAR SU NOMBRE NI CORREO ELECTRONICO.

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