EL RÍO HABLADOR. SÍ,CLARO

Posted: 30 November, 2018 in 2012

–¡Sí, claro!¡Eso no es verdad! –reclamó Sebastián levantándose de su asiento en el salón de clase.

A sus ocho años, el muchachito, tenía mucho más conocimientos que la mayoría de los niños de su edad. Sus dos hermanos habían terminado periodismo, así que el pequeño creció escuchando cuanta noticia importante y extraña ocurría en el mundo, pero esa leyenda de que al río Rímac lo llamaran así porque hablaba, no se la creía ni a su profesora de historia.

–¡Siéntate Sebastián! ¿Qué es eso de decir que las leyendas peruanas son mentira?

El niño tomó asiento y guardó silencio, pero no se quedó tranquilo. Al llegar a casa se puso a buscar en internet toda la información posible sobre el río.

 

“La leyenda dice que quienes suelen sentarse a orillas del río Rímac y se ponen a escuchar con atención perciben claramente como el murmullo de sus aguas se disuelve en una voz humana que cuenta bellísimas historias de este y de antiguos tiempos, por eso se le llama “Rio Hablador””, le leyó Sebastián a Daniela, su hermana mayor.

 

–¡Ja, ja, ja!  ¡Sí, claro! ¡Esas historias son para niños! ¿Vamos? ¿Me llevas? Te voy a demostrar que ese río no sabe hablar ni una palabra.

Dijo el niño con esos ojitos negros y redondos que parecían saltar cuando tenía algún interés especial por algo y a los que Daniela no había aprendido ni quería aprender a decir que no.

–Y, ¿qué es lo que necesitas saber, Sebas? Si quieres dile a Joaquín que venga con nosotros. Tendríamos que ir hasta Chosica y el tráfico es muy pesado. Es solo una leyenda, no sé qué quieres averiguar.

El sábado en la mañana, después de dos horas en auto por la Carretera Central, los tres hermanos se sentaron sobre una roca inmensa a orillas del cauce del río Rímac.

Ni una gota de agua lo atravesaba.

 

Daniela empezó a sentir el calor del medio día, así que sacó del cesto de la merienda, jugo de naranja para todos y se puso al leer el periódico no sin antes reclamar a su hermanito por las cosas que hacía por él, mientras que Joaquín después de refrescarse con la bebida, dar una mirada al lugar rodeado de hierbas y flores marchitas, se paró y alejó balbuceando que daría una caminata.

Sebastián no pronunció palabra. Cruzó las piernas y trató de recordar lo que había leído. ¡Sí, claro! Y, ¿dónde estaban el murmullo de las aguas y las maravillosas historias de las que había hablado su profesora?

Definitivamente, él tenía razón. Esa leyenda se trataba de una gran mentira.

De pronto, un fuerte reflejo de luz cayó en sus ojos distrayendo sus pensamientos.

Levantó la mirada hacia los cerros.

¡No podía ser cierto!

¡Un palacio! ¡Y era dorado! Igual al que le habían descrito en clase.

Sus torres inmensas se levantaban brillantes en medio de rocas grises y oscuras.

Sin hacer ruido, el niño se alejó de su hermana y avanzó por una pequeña cuesta de tierra y piedras, acercándose poco a poco al castillo. Con sorpresa, a su paso, encontró hormigas, mariposas y dos pajaritos muertos.

Todo estaba tan seco.

Después de algunos minutos, llegó al palacio.

Sentía un poco de miedo, pero su curiosidad era muy grande.

Trepó las ramas de un arbusto, que en algún momento debió haber estado lleno de hojas verdes de un olor delicioso, pero que ahora no tenía ni una sola ramita viva y solo olía a madera seca.

Asomó sus ojos negros y redondos, esos que le encantaban a su hermana, por una de las inmensas ventanas del castillo.

Sin embargo, no alcanzó a ver nada.

–¡Padre! Te suplico que liberes a los hombres, animales y plantas de la horrenda sequía que los azota. ¡Mueren de sed!

Sebastián escuchó salir del castillo la voz que parecía ser de un muchacho.

–¡Es imposible! Según las leyes celestiales solo sacrificando a uno de mis hijos en el altar de fuego la costa tendrá agua.

–¡Sacrifícame a mi, padre!

Esta vez, fue la voz de una mujer.

¿Serían el Dios Inti y sus hijos Chaclla y Rímac, los de la leyenda?

Sebastián trató de asomarse nuevamente al gran ventanal del palacio dorado sin poder ver nada. Volvió el rostro hacia abajo. Buscó a sus hermanos con la mirada. Tenía que decirles lo que estaba pasando. La conversación en el palacio dorado lo distrajo.

–¡No le hagas daño a mi hermana! ¡Te lo suplico! Padre, ofrezco mi vida en sacrificio.

–¡Gracias, hermano! Eso es imposible. Si lo haces, los hombres echarán de menos tus bellas historias…

–Pero ellos mueren de sed, padre. Sacrifícanos.

Sebastián trató de escuchar la respuesta del padre, sin embargo, no alcanzó a oír nada.

¿Qué estaba pasando allí dentro?

Un silencio absoluto invadió el lugar.

A los pocos minutos el viento empezó a soplar cada vez con más fuerza, parecía que aullaba.

Sebastián empezó a resbalarse. Se aferró a la rama. Sus manos sudaban.

De un momento a otro, algunas gotas de lluvia empezaron a caer y mojar al niño, a los árboles, a las flores y hierbas secas…

El pequeño recordó la leyenda.

¿El Dios Inti había sacrificado a sus hijos?

Poco a poco la lluvia se hizo más y más intensa formando un riachuelo que empezaba a crecer a una velocidad vertiginosa dirigiéndose al mar.

–¡Sebastián! ¡Baja! ¿Qué haces en el cerro?

Se escuchó la voz de Daniela en medio del susurro de la lluvia, el siseo de las hierbas y el murmullo de pequeñas rocas que empezaban a moverse arrastradas por las aguas del río Rímac.

–¡Vámonos de acá! ¡Suban al carro! –ordenó Joaquín­.

Sebastián bajó tan rápido como pudo, resbalando de vez en cuando y ensuciándose con la tierra que empezaba a convertirse en barro.

–¡No!¡Por favor, por favor! ¿Me dan un ratito para escuchar las historias que quiere contarme el río? ¡Tengo que decirle a mi profe y amigos que la leyenda es verdad!

–¡SÍ, claro! –respondieron sus hermanos.

 

Rossana Sala. 3 de enero de 2018

 

Leyenda el río Hablador (que leyó Sebastián):

Hace mucho, pero mucho tiempo, vivía en la cima celestial el dios sol, conocido también como Inti. Un joven de gran postura y sumamente bondadoso llamado Rímac, quien de cuando en cuando bajaba al mundo de los humanos a contarles bellas historias, por lo que era muy querido y reverenciado.

Un día que acompañado de los demás dioses miraba hacia la tierra por las ventanas del palacio dorado, vio que los llanos junto al mar eran azotados por una grave sequía; las hierbas, las flores y los árboles se marchitaban y los hombres y animales morían de sed.

Los dioses se alarmaron y acudieron al dios Inti, su padre, a pedirle que librase a los hombres de la costa, de aquella horrenda sequía. Pero el Inti les dijo que era imposible, pues según las leyes celestiales solo sacrificando a uno de ellos en el altar de fuego podrían conseguir agua.

Los dioses callaron, sin embargo, ante la sorpresa de todos, Chaclla, la más bella y virtuosa de las hijas del sol, poniéndose delante de su padre se ofreció valientemente ante el sacrificio.

Rímac que adoraba a su hermana, se arrodilló implorante y pidió a Inti que lo sacrificase a él en vez de ella, pero Chaclla, aun cuando agradecía su gesto, no aceptó aduciendo que los hombres echarían de menos las bellas historias que aquel sabía contarles.

Mas Rímac insistió, finalmente a ruego de ambos y ante la resignación de Inti, los dos se dirigieron al altar de fuego para el sacrificio. El dios sol pudo así hacer llover la tierra.

Agradeciendo a los cielos, los yungas, así llamados antiguos hombres de la costa, recibieron el agua jubilosos.

Rímac y Chaclla, envueltos en infinidad de gotas caían sobre las montañas cercanas al gran valle de Lima, y convertidos en un tormentoso río corrían, jugando y riendo, hacia el mar. Una vez allí, elevándose en forma de nubes, persiguiéndose, llegaban al cielo para vaciarse de nuevo.

Pero eso duró solo cuarenta noches, al cabo de los cuales, Chaclla quedó convertida para siempre en lluvia y Rímac en el más bullicioso río de la costa peruana.

Cuenta la leyenda que quienes suelen sentarse a orillas del río Rímac y se ponen a escuchar con atención perciben claramente el murmullo de sus aguas como se disuelve en una voz humana que cuenta bellísimas historias de este y de antiguos tiempos, por eso se le llama “RÍO HABLADOR”.

Seamos amigos, conóceme y será tuyo mi saber, cuidemos la naturaleza y el agua que es fuente de vida y alegría en el mundo.

Fuente escrita: Leyendas Peruanas, Oscar Colchado Lucio, Editorial Bruño, 1975.

Escolar: Pamela Sindy Canchanya Aguilar, 11 años, Lima.

Asesor: Priscilla Mallqui Porras.

DEL LIBRO: “MITOS Y LEYENDAS DEL AGUA EN EL PERU” RECOPILADO POR ESCOLARES PERUANOS PARA LAS GENERACIONES PRESENTES Y FUTURA

Comments
  1. Nelson Zuluaica says:

    La cultura indígena americana, como, por ejemplo, la cultura Inca, siempre será motivo de inspiración, no sólo en el campo literario, sino en el ecológico.

GRACIAS POR SU COMENTARIO. PUEDE ESCRIBIRLO Y PRESIONAR "POST COMMENT". NO NECESITA INDICAR SU NOMBRE NI CORREO ELECTRONICO.

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