EL CABALLERO DE ESPADAS   

Posted: 24 September, 2018 in 2018
Tags: , , , , ,

IMG_3923

–De acuerdo con estas cartas, en tu vida anterior fuiste una guerrera.

–¿Guerrera? –le pregunté–. ¿Pero, le hice daño a alguien?

–¿Daño? Yo creo que daño es lo mínimo. Si te fijas bien en el caballo, en la armadura del jinete y su espada en alto…

Días atrás, Emma, una amiga de la infancia, me había recomendado que me leyeran el tarot. Tanta mala suerte que tienes, me dijo, debe de ser por algo. Necesitas averiguar cuál es tu karma. Las leyes cósmicas. Tus vidas anteriores afectan tu vida actual.

Emma no me dio tiempo para pensarlo mucho y, al llegar a casa, ya tenía en mi teléfono su mensaje con el número de Madame Chloé, es buenísima, señalaba, a mí me aclaró muchas cosas de mi mundo interior, agregó.

Desde mi separación de Juan (a quien en realidad debía anteponerse a su nombre el sustantivo don), las cosas habían ido de mal en peor en mis relaciones.

A mis cuarenta años no encontraba a esa persona que yo considerara “don” en un sentido positivo de la palabra.

Te espera mañana a las diez, me escribió mi amiga y, a continuación, una dirección en un lugar del cual nunca había oído.

No sé por qué, pero preferí no darle las gracias a Emma. A fin de cuentas, ¿quería acaso yo saber mi futuro? ¿Mi pasado? ¿Energías cósmicas?

Esa noche, en el silencio de mi casa, me senté a contemplar el jardín. Mientras lo hacía, usé mi celular para revisar en Google qué exactamente era el tarot. Tantas veces lo había oído mencionar, pero nunca había necesitado saber de qué se trataba.

“Escoja diez cartas para consultar su futuro con el tarot de Marsella. Una tirada cien por ciento gratuita creada por una tarotista”. “Método interactivo de lectura. Da click en barajar”.  “Da click en empezar de nuevo”.  “Abre tu mente con fe y esperanza.”

Y como éstos, cientos de anuncios y explicaciones sobre la baraja.

“Tu karma”, me resonaban las palabras de Emma en la cabeza. Solo podrás vencerlo sabiendo cuál es, me había dicho.

¿Qué tenía eso que ver con mi mala suerte en el amor?

Más por curiosidad que por cualquier otra razón, aunque alguna necesidad oculta debo admitir que tenía, al día siguiente fui a la dirección que me dio mi amiga.

Un taxi me llevó hasta el lugar.

A una hora y media de donde yo vivía, me esperaba una casita escondida entre inmensos árboles cuyas flores rojas habían caído sobre sus gruesas raíces, haciéndome recordar algunos cuentos de la infancia. Esos llenos de brujas. Buenas o malas, pero brujas.

Madame Chloé es una tarotista, nada más que eso, pensé.

Realmente se veía extraña esa casita rodeada de edificios viejos, talleres mecánicos y pequeños sembradíos abandonados que daban la impresión de ser tierras pantanosas.

–No voy a demorarme. Mejor me espera –sentí que le suplicaba al conductor al momento de cerrar la puerta del auto–. En media hora debo estar de regreso.

Había llegado con diez minutos de anticipación, así que tomé mi celular para confirmar con Emma si la dirección era correcta, pero antes de que pudiera escribirle, un suave quejido me hizo notar que la puerta de la casa se abría.

–Entra, querida.

La voz aguda, me recordó una vez más esos cuentos de la infancia plagados de murciélagos, arañas y pócimas mágicas que, aunque me aterraban, disfrutaba leer.

Madame Chloé, estaba delante mío. O, mejor dicho, abajo mío, porque estoy segura de que aquella mujer no alcanzaba a medir un metro cuarenta.

La montura metálica de sus lentes, apoyaba en la punta de su nariz, la obligaba a mirarme por encima de sus pesados vidrios.

Su bata suelta de chiffon verde, daba la impresión de ocultar el cuerpo de una persona vaporosa, de edad indescifrable, que parecía flotar.

Un gato gris la observaba estático desde un estante de libros forrados en cuero mientras yo hacía lo mismo de pie, en la entrada de la casa.

–Llegaste puntual, pasa –me dijo cerrando la puerta al tiempo que se dejaba oír una vez más aquel ligero quejido. Yo estaba tan nerviosa que, en ese instante, llegué a dudar si el ruido había sido efectivamente el de la puerta o si se trataba de un grito de auxilio de mi estómago.

No sé si fue la sonrisa inquietante de la mujer o esos ojos verdes que le resplandecieron al quitarse los anteojos, los que me arrastraron hasta quedar sentada en una silla de madera frente a una mesa redonda protegida por un mantel púrpura con grandes flores negras. Encima, dos gruesas velas amarillas intentaban iluminar la habitación mientras la cera se fundía indiferente pegándose en la tela. Las paredes y ventanas estaban cubiertas con sedas azules y grises que sofocaban el ambiente. El olor a incienso o sería acaso a orín de gato, me provocó una leve sensación de ahogo que contuve para evitar salir corriendo.

A pesar de todo, respiré hondo para calmarme. Mis manos sudaban. ¡Cómo ansié haber hecho la lectura del tarot con el método interactivo que anunciaban en Internet! Con un par de clicks hubiera evitado ese momento.

–Te sirvo un té.

Y como no me preguntó si lo quería o no, simplemente lo acepté. No me preocupé si le ponía azúcar o endulzante. Tampoco le dije que me desagradaba esa infusión.

–Tómalo despacio –me ordenó alcanzándome la taza–, te hará bien.

Sin decirle que no, di un suave sorbo a la bebida, con la esperanza de que, con eso, la mujer empezara de una vez a hablarme de mis vidas pasadas, de mi karma, del porqué de mis malas relaciones y de todo lo que me había llevado hasta allí, para poder salir rápido, “que empieza a faltarme aire” y “que el taxi me espera”, pero eso no se lo dije, por supuesto.

–Emma me dio tu fecha de nacimiento –me informó señalando una pizarra donde la había anotado.

El anillo con una roca azul violeta que llevaba puesto en su dedo medio, llamó mi atención.

–Es una iolita, pero hoy no quieres saber de eso –me dijo sentándose delante de mí y mostrándome una carta–. Te corresponde la Luna.

Por la forma pausada con la que Madame Chloé me habló, no me atreví a indagar sobre esa piedra, ni a decirle que, según yo, la carta (al igual que el anillo) era muy linda. Tenía dibujado el sol, el perfil de la Luna y dos animales aullando que parecían perros. Un escorpión salía del agua, aunque pensándolo bien, podía tratarse de una langosta, a mí que me encanta comerlas con mantequilla, pensé.

–Divide el mazo con la mano izquierda en tres grupos –me ordenó, cosa que hice con esmero para sacar luego diez cartas tal como me indicó después.

Con ese aire etéreo y misterioso, la pequeña mujer de vestido de chiffon verde, puso los naipes que escogí sobre la mesa.

IMG_3921–Diez de Bastos, Equilibrista, Caballero de Espadas –dijo–. De acuerdo con estas cartas en tu vida anterior fuiste una guerrera.

–¿Guerrera? –le pregunté–. ¿Pero le hice daño a alguien?

–¿Daño? Yo creo que daño es lo mínimo. Si te fijas bien en el caballo, en la armadura del jinete y su espada en alto…

–Pero, ¿no podría ser mi perfecto caballero de las cruzadas, mi salvador? Después de todo –le dije–, si se fija bien, el caballo es blanco.

La mujer hizo latir sus ojos verdes y sin dignarse a darme una respuesta, siguió leyendo las cartas. Mis cartas.

Tu arcano mayor es la estrella. Conectarte con tu yo. La carta de la luna, proceso cíclico. Revisar tu parte oculta. Las emociones. El agua. Ocho de oros. Las almas se reencarnan y viajan muchas veces en los mismos grupos. Se vuelven a encontrar en nuevas vidas. En nuevos seres.

–¿Se permite cambiar de cartas, escoger?

–Sigamos –me dijo engrosando la voz al mismo tiempo que se dejaba oir un suave maullido del gato gris del estante.

Columna del ayer. Relación con el karma. Lo ignoras. Carta de los enamorados. Energía adolecente. Tomar riesgos. La emperatriz. La esposa perfecta.

–¿Puede repetir esa parte para grabarla, por favor?

–¿Y tú qué crees, que esto es un juego?

–No, disculpe, para nada –le respondí con todo respeto y sin perder las esperanzas–, pero ¿podemos grabar eso de la esposa perfecta?

Emma tenía toda la razón, pensé. Por fin conocería a mi caballero de corcel blanco y seríamos felices para siempre.

Lo que a continuación me dijo la mujer, no lo recuerdo bien. Solo sé que ella siguió con sus palabras y señaló reiteradas veces las barajas con el dedo del anillo que me encantaba, mientras yo guardé un cobarde silencio, terminé de un solo trago mi té y me dirigí a la puerta de salida.

¿Me habría encantado?

–El dinero de la consulta se lo transferiré al llegar a casa –le dije en voz alta a la tarotista quien en ese momento había desaparecido de la sala.

El gato tampoco estaba, aunque las velas seguían ardiendo y ese olor a incienso y orín se sentían aún con más fuerza.

Salí del lugar sin escuchar el chirrido de la puerta.

Había llovido. Las flores rojas que cubrían las raíces de los árboles de cuentos de hadas se habían mezclado con la tierra. Respiré por fin aire fresco. El taxista se había marchado. Intenté conseguir alguno con el celular. Nadie respondía. Vi algo que parecía ser una estación. Caminé hacia ella. No estaba dispuesta a quedarme parada en la puerta de Madame Chloé. Quién sabe qué estaría haciendo la pequeña mujer y sus barajas en ese momento. Llamé a Emma, pero su línea estaba ocupada.

Un autobús se detuvo. Fue fácil distinguirlo al ser perfectamente blanco y estar entre oscuros talleres de mecánica, sembradíos y edificios viejos.

Llegué a tiempo para no perderlo.

No sabía dónde me llevaría, pero salir de allí era lo único que me interesaba.

Entré al autobús. Miré hacia el fondo. Estaba repleto.

–Aquí hay un lugar –me dijo un caballero acomodando sus libros para que me siente a su lado.

Y como no me preguntó si lo quería o no, simplemente lo acepté. Tampoco me importó dónde se dirigía ese autobús.

¡Mi Caballero de Espadas!, pensé en silencio y me concentré para que ese viaje no se detuviera en ningún momento.

Y  no lo hizo.

Han pasado cinco años y sigo viajando por la vida a su lado.

–Eres la esposa perfecta. No te preocupes –me dijo una tarde  en la terraza del jardín mientras nuestros hijos jugaban.

Dejé la lectura de mi libro para observar a mi marido.  Yo nunca le había contado lo sucedido en casa de Madame Chloé, minutos antes de conocerlo.

–No fue necesario que lo grabaras agregó sin embargo, acariciando la cola de su viejo gato gris.

 

Rossana Sala

Setiembre 2018

 

Comments
  1. Nelson Zuluaica says:

    Felicitaciones Rossana. Los pequeños y variados detalles de tu cuento son realmente atrapadores. Detalles como “el suave quejido de la puerta”, “la mirada extática del gato gris”, “la pequeña tarotista que parecía flotar”, etc., etc. Muchas gracias por compartirlo.

GRACIAS POR SU COMENTARIO. PUEDE ESCRIBIRLO Y PRESIONAR "POST COMMENT". NO NECESITA INDICAR SU NOMBRE NI CORREO ELECTRONICO.

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s