UNA CARACOLA PARA ISABEL

Posted: 6 September, 2018 in 2019
Tags: , , , ,

la casualidad

La Casualidad. Así llamaban a la roca escondida, esa que me hizo terminar acá, en Pichidangui.

Han pasado casi veinte años y la historia aún no termina.

Navegábamos desde Antofagasta en un viaje de exploración por la costa chilena.  Aquella noche, la tormenta sacudió la embarcación con fuerza, haciendo crujir la madera del barco de tal forma que nos obligó a buscar abrigo para capearla. Estábamos a punto de llegar a Pichidangui, lugar en el que la población no pasaba de doscientas almas, cuando el vigía de la nave, entre la altura de las olas y el calor de los festejos nocturnos, no alcanzó a divisar la roca.

Yo, Francisco Bórquez, marinero de babor, debo confesar que también estaba enfiestado y que, por tanto, parado en la cubierta principal, no pude sostenerme con firmeza de las barandas y al primer impacto volé fuera de borda.

No recuerdo más de aquella noche.

De allí en adelante, mi vida o, mejor dicho, mi muerte, me ha llevado a una especie de gloria. Pero no de aquella gloria celestial que muchos quieren alcanzar y con la que soñé mientras surcaba océanos, ya que sigo aquí, en Pichidangui, en tierra firme o, para ser exacto, bajo ella.

Debió ser la furia de las aguas frías y punzantes la que me arrastró hasta la orilla entre rodales de rocas ahogadas sobre las cuales rompe el mar pesadamente.

Debieron pasar muchos días hasta que un poblador me encontrara varado como una ballena, con la barriga hinchada, revuelto entre algas, redes y arena.

Seguramente el barco en el que navegaba nunca desembarcó en Pichidangui y continuó su rumbo sin notar mi ausencia.

Así que yo, allí en la orilla, a mis cuarenta años y con ojos profundos, más que por la pureza de mi mirada porque los peces se aprovecharon de ellos, pasé a ser el acontecimiento principal del pueblo.

–¿De dónde salió? –oí que preguntaban.

–¿Qué le ha pasado en la cara, mamá? ¡Qué feo! –murmuró una niña.

–Pónganle una manta. La corriente le destrozó la ropa y el cuerpo.

Me cubrieron con algo que parecía ser un suave tul. No me había dado cuenta, pero la idea de estar desnudo ante los habitantes, me desagradaba.

Más y más voces me rodearon y aunque lo intenté, no conseguí moverme. Tampoco fui capaz de pronunciar palabra. Traté de decirles: ¡Oigan! ¡Escuchen! ¡Soy Francisco Bórquez, navegante del Piquero Azul! ¡Mi hija Isabel me espera en casa!

Fue en vano.

Mi cuerpo fue arrastrado por una masa de gente. Debieron ser las doscientas almas y cuatrocientas manos de Pichidangui las que me alejaron de la orilla para subirme a unos tablones.

Todos querían tocarme, ayudar, ver. Yo no tenía dolor alguno. Pero eso no me importaba. Solo necesitaba que supieran que podía escucharlos. Que hasta donde sabía, aunque no tenía experiencia personal en muertes, yo, Francisco Bórquez, estaba vivo.

–Cárguenlo hasta la iglesia– dijo una mujer.

¿Habría un médico allí? ¿Por qué no me llevaban al hospital?

El silencio invadió el lugar.  ¿Me habían dejado solo? ¿Dónde estaba?  El soplido del viento trajo olor a sal.  Creí que tiritaba.  ¿Se despedía de mí el mar? ¿Ese mar que me había acompañado día y noche?

Nací en el puerto de Coquimbo y las aguas del océano, esas aguas heladas pero cariñosas, me llamaron desde que tuve uso de razón, y mucho antes, según contaba mi madre. Los demás niños jugaban en la arena. Yo no dejaba de sumergirme en el mar.

A los doce años perdí a mis padres en un accidente terrestre y me dediqué a navegar.  El barco se convirtió en mi casa y las olas en los árboles que la rodeaban.

Años después, haciendo escala en Antofagasta, conocí a Emilia. Desde que la vi, no dejé de amarla.  Cada vez que zarpaba le prometía que buscaría un trabajo en la ciudad, que viviríamos juntos.  El tiempo pasó. Tuvimos una hija, Isabel. La última vez que la vi, tenía ocho años.

Me despedí de mi niña prometiéndole una caracola marina para que escuchara el susurro del mar antes de dormir.  Así sabría que la acompañaba.

Me despedí de su madre jurándole que esa sería mi última travesía, aunque ella, cansada de su larga espera, me pidió que no volviera a visitarla.

Al parecer, con mucho dolor y sin quererlo, estaba aceptando la voluntad de Emilia, pero la promesa que le hice a Isabel, esa, no la cumpliría.

–Ya viene el padre Vicente– oí la voz acelerada de una mujer–, fueron a buscarlo a Quilimarí.

La brisa envolvió mi cuerpo, era como si quisiera arrastrarme hasta la orilla de la playa, a mi hogar. Pero se detuvo.

–En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, por esta santa unción te perdone el Señor…

Olí un aroma a aceite de oliva alrededor de mi cuerpo y de mi alma también. El retumbar de los cantos y lamentos era sofocante. ¡No podía ser cierto! El tiempo se hacía interminable, pero estaba terminando.

El susurro. El susurro del mar al caer la noche. Mi hija tenía que escucharlo como se lo había prometido. Tenía que saber que la acompañaba. La quería. La cuidaba.

Y yo estaba allí. Sin voz, pero con alma. Con un alma encerrada en un cuerpo que se descomponía.

–Debemos enterrarlo– dijeron.

–Pero padre, no sabemos quién es. ¿Cómo avisamos a su familia?

–Ya veremos. Llévenlo a la Colina del Silencio.

Y así, una vez más, sentí que mi cuerpo era observado por las doscientas almas y tocado por las cuatrocientas manos de Pichidangui que, entre plegarias y suspiros, me llevaron hasta aquella loma.

O se cansaron a los pocos pasos, o el lugar no estaba lejos, pero en el trayecto solo alcancé a rezar por Isabel. En ese instante, me di cuenta de que cada vez que me acordaba de mi hija, el viento soplaba con más intensidad obligando a detenerse a quienes me cargaban.

Volví a pensar en Isabel.

–¡He perdido mi sombrero!– se quejó un hombre.

–Huele muy fuerte a mar.

–¡Sigamos! ¡Oscurece!

¿Sería el océano, ese eterno compañero, quien me ayudaría con mi promesa?

Nos detuvimos.

Cavaban.

Recordé a mi madre a orillas de la playa jugando conmigo, construyendo castillos mientras yo trataba de escapar para meterme al agua, a nadar. A mi padre dándole un beso en la mejilla y diciéndole que así era yo, que me entendiera. Vi los ojos de Emilia suplicándome para que no me fuera. Lloré. Le pedí perdón de lejos. Por tantas cosas le pedí perdón. Imaginé a Isabel oírme decir con sus ojos ilusionados que cumpliría con mi promesa.

–¡Apúrense!

Y otra vez cantos, oraciones y lamentos.

Sentí los golpes de la arena al caer sobre mi cuerpo.  Palada tras palada.  Me espanté al saber que me iba a asfixiar, que tendría calor, que estaría desesperado bajo tierra.  Pero no pasó nada.

Desde ese día, cada anochecer en Pichidangui, el viento se sintió como un susurro del mar.

Al principio, le oí decir a los pobladores que se trataba de una simple coincidencia. Desde el fondo de la tierra, decidí demostrarles que no era así.  Para eso, al final de cada tarde, pensaba en Isabel, en los momentos felices que habíamos pasado juntos. Tenía rabia por las oportunidades que había perdido de estar a su lado. Quería compensarla, acompañarla de lejos como se lo había prometido.

Poco a poco empecé a notar que decenas de personas rodeaban mi colina.

–¡Ese viento! ¡Sale de la tumba! Algo nos quiere decir.

–¡Llamen al padre Vicente!

La Colina del Silencio dejó de serlo para convertirse en un lugar bullicioso, atiborrado de gente que dejó de sollozar para ser feliz, cantar, suplicarme milagros como si fuera un santo, a mí, Francisco Bórquez, un marinero de babor que andaba de fiesta en su trabajo y no pudo cumplir las promesas que le hizo a la mujer que amaba y a su hija.

De todas partes venían a visitarme. Es un santo. Tiene poderes. Si vienes al anochecer, te acercarás a su espíritu. Yo le pedí trabajo y al día siguiente lo conseguí. Yo le pedí amor y ahora soy tan feliz. Me ha curado. Hablaban en español y en lenguas que no entendía.

Pasó el tiempo.

La Casualidad, aquella roca escondida bajo las aguas, me había transformado en una figura sagrada que sin saber cómo, ayudaba a cualquier desconocido, pero que no era capaz de llegar a mi propia hija.

Las almas de Pichidangui seguían multiplicándose.  Escuché que me construyeron una ermita.

Hasta que un atardecer de invierno, sentí su voz.

Era ella quien me visitaba. Isabel. Mi hija. Le oí decir mi nombre y contar a quienes la rodeaban que al enterarse de la historia de esa brisa marina que parecía hablar y que cada anochecer salía de la tumba de un hombre encontrado muerto en la playa, supo que se trataba de mí, que estaba cumpliendo mi promesa.

A partir de ese momento, con el susurro del mar, abrazo a mi hija.  Aquí, desde Pichidangui.

 

 

(Publicado en la Revista Literaria Nro. 140 (agosto 2018) Hispamérica Dirigida por Saúl Sosnowski. Rockville, MD 20847, USA)

 

 

Comments
  1. Carmen Collins says:

    Que interesante ! Nunca había leido lo que podría sentir y escuchar un muerto. Que nervios! La lectura me atrapó desde un principio.

  2. Ana Hurtado says:

    Viajé contigo y desembarqué en Pichidangui. Gracias, Rossana. Sigamos escribiendo, sigamos soñando.

  3. José Echeandia S says:

    Muy bonito y tierno., imaginativo y bien escrirto. Un abrazo Rossanita. Pepe Echeandía.

  4. Nelson Zuluaica says:

    Rossana, querida Rossana, tu cuento es maravilloso, cautivante, poesía pura. Permíteme saludarte con toda mi admiración y cariño. Felicitaciones y agradecimientos de todo corazón.

GRACIAS POR SU COMENTARIO. PUEDE ESCRIBIRLO Y PRESIONAR "POST COMMENT". NO NECESITA INDICAR SU NOMBRE NI CORREO ELECTRONICO.

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s