TODO VA A ESTAR BIEN

Posted: 6 September, 2018 in 2012

Un dolor agudo en mi antebrazo izquierdo me hizo saltar de la cama. Javier, mi esposo, dormía. Sin hacer ruido, me dirigí a la puerta del baño, entré y prendí la luz. Noté un pequeño punto rojo a la altura de mi codo. Con mi mano derecha lo presioné y salieron unas gotas de sangre. Parecía la marca de una inyección reciente. Hacía mucho tiempo que no me ponían una. Saqué algodón y alcohol de los cajones. Limpié la herida.

Acabábamos de llegar a Huancayo, a la antigua hacienda de mis abuelos. Hacía mucho tiempo que no íbamos a la Sierra, así que habíamos decidido descansar de Lima y revisar el estado de la casa por mucho tiempo deshabitada.

¿Me habría picado algo?

Regresé a la cama. Me gustaba sentir el calor del cuerpo de mi marido, en especial, en una noche fría como esa, tratándome de acostumbrar a las montañas. En la oscuridad, me cubrí rápido con las mantas y busqué a Javier para abrazarlo mientras dormíamos.

Pero no estaba.

Seguro que al levantarme lo había despertado y se había ido a tomar agua a la cocina. Esperé unos minutos a que regresara para enseñarle la marca de mi brazo. No sentía picor. Sería raro que hubiera sido algún bicho.

El reloj en la mesa de noche marcaba las tres de la mañana.

Unos golpeteos constantes me hicieron revisar otra vez la hora.

Las cuatro.

¿Y Javier?

Taapaq y Shapala, los perros ovejeros que por muchos años cuidaban la hacienda, rascaban el piso de madera del exterior de la habitación que daba al campo. ¿Porqué estarían tan inquietos?

Toqué mi antebrazo. Tenía un punto insignificante. Un dolor suave. En unos minutos Javier se metería en la cama con cuidado, le contaría lo sucedido, con la luz de su mesa de noche revisaría con calma mi pequeña herida, me diría que no era nada, me envolvería en sus brazos y dormiríamos tranquilos.

Los perros ladraron con fuerza.

Me pareció sentir que una puerta se abría. ¿Acaso se cerraba?

–¿Javier? –pregunté al escuchar el sonido–. ¿Todo está bien? –volví a tratar de recibir una respuesta.

El reloj marcaba las cuatro y veinte.

Me propuse esperar diez minutos más. Si no aparecía hasta las cuatro y media, me levantaría a ver dónde estaba.

Tantas veces, de pequeña, había disfrutado de mis vacaciones en Huancayo. Allí nos dejaban a mis hermanos y a mí, con nuestros abuelos. Cuantas historias nos habían contado. Historias de sacerdotes enterrados vivos en catacumbas de la antigua iglesia que quedaba a unos cuantos metros de la casa; de espíritus que salían de sus tumbas para simplemente deambular o visitar a sus familiares, despedirse de ellos, pedirles perdón o decirles cuánto los habían amado. Nos encantaba escuchar al pie de la chimenea esos cuentos de terror. Aunque por momentos nos daban miedo, yo trataba de pensar que eran solo parte de la gran imaginación de mi abuelo. Años después, al recordarlos, decidí que mi propia fantasía infantil los había creado.

Sentí otra punzada en mi brazo.

Las cuatro y treinta.

Silencio.

Los perros habían dejado de rascar la entrada de la habitación. Tampoco ladraban. Traté de buscar con mis oídos los pasos, la voz, algún ruido fuera o dentro de la casa que me hiciera saber que mi marido estaba cerca. Que se metería en la cama, me abrazaría y me diría que Taapaq y Shapala cazaban un conejo y que no me preocupara. Prefería creer que se trataba de un conejo; aunque me daba lástima, las ratas me provocaban asco.

El silencio continuó.

¿Y si eran ladrones? ¿Estaría herido Javier? Mejor no pensaba en eso.

Me levanté.

Encendí la luz.

Miré a mi alrededor.

Observé mi imagen reflejada en un antiguo espejo de pie batiente con marco de madera. Recordé a mi abuela dándose los últimos arreglos para ir a una fiesta o simplemente para caminar en el huerto. Y allí estaba yo, cincuenta años después, con mi pelo lacio, desordenado, sin saber qué le pasaba a mi esposo.

¿Dónde estarían los perros?

Me puse una chaqueta. Hubiera querido tener un palo, un fierro, algo con lo que defenderme, pero no lo tenía y tampoco sabía en ese momento de qué tenía que protegerme. Tomé el celular. No tenía idea del número de los vecinos, tampoco el de la policía, pero ya se me ocurriría a quién pedirle ayuda.

Salí del cuarto.

Entré a la sala. Las cinco campanadas del reloj de pared retumbaron. Algunos troncos de la chimenea seguían dando calor, pero mi marido no estaba. Sin embargo, el aroma a eucaliptos me dio tranquilidad. Era el mismo que sentía de niña, cuando mi abuelo nos contaba historias de fantasmas. Nos hablaba con tanta solemnidad que a veces, más que una invención suya, parecían advertencias.

Seguí mi camino.

–¿Javier?

Fui a la cocina.

Abrí la puerta trasera de la casa.

El viento helado con olor a tierra húmeda acarició mi cara. Sentí mis manos enfriarse. Quise que Taapaq y Shapala, se me acercaran moviendo sus colas, acariciándome y refunfuñando para que juegue con ellos. Pero no fue así. No aparecieron.

Entre retamas, con sus muros de adobe derruidos impregnados de musgo, vi la antigua iglesia. Estaba tan cerca de la casa. Hubiera sido una locura de Javier meterse allí. Las tumbas marcadas con pequeñas piedras entre las que crecía el pasto, las lápidas hechas pedazos por el tiempo, las escalinatas que no llevaban a ninguna parte, nunca me habían gustado.

¿Dónde estaba mi marido?

El sol empezaba a salir iluminando las montañas. El azul intenso del cielo estaba cubierto en parte por nubes negras, pesadas y lejanas que más tarde el viento arrastraría para llenar de lluvia, hojas y ramas nuestros campos. Desde los árboles, las cuculíes anunciaban felices el amanecer. No me detuve a disfrutar de su arrullo.

–¡Javier! –lo llamé con fuerza, tanta, que sentí mi voz recorrer el huerto hasta alcanzar los cerros–. ¡Javier!

El eco fue mi única respuesta.

Cerré la puerta trasera de la casa.

Atravesé la cocina.

Llegué a la sala. El tronco ardía aún en la chimenea. Estaba por apagarse, pero no me importó.

Entré al dormitorio.

La cama.

La cama no estaba vacía.

Allí estaba Javier. Yo dormía a su lado tranquila.

–Déjame que te abrigue –oí que me decía.

El ladrido de los perros, al rascar el piso, interrumpió el sosiego.

–Todo va a estar bien –le dije al sentir un dolor agudo en mi antebrazo izquierdo.

 

 

Rossana Sala

Comments
  1. José Echeandia S says:

    Nuevamente muy bueno el cuento pero ¿Qué le paso a Javier?. ¿Continuará?

  2. Nelson Zuluaica says:

    Interesante cuento onírico. Cuculíes: hermoso nombre para esas palomitas esbeltas.

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