CORAZÓN DORADO.

Posted: 6 September, 2018 in 2012

Hasta que ese invierno se secaron los árboles de sauco y murió su mujer.

–Hijo –le dijo su madre al verlo sentado junto a la chimenea de barro—, ya vendrán cosas buenas.

Andrés la miró, se puso de pie, le dio un beso en la frente a Malena, su única hija, y sin decir palabra, una vez más se encerró en su cuarto.

–Pide un deseo antes de dormir, papá –alcanzó a decirle de lejos la niña.

Pero Andrés no pareció escucharla.

–¿Cuándo saldrá de su cuarto, abuela?

–Será pronto, pequeña.

Y una vez más, la intensa helada invadió el valle y congeló las retamas que rodeaban la casa.

–Es la mala suerte– insistía su abuela–. Así como viene se va.

Pero Malena no creía en esas cosas.

Al día siguiente muy temprano, Malena se fue a la escuela. Mientras caminaba bajo el cielo azul, puro e intenso, de los Andes, no dejaba de pensar en su padre, su madre, su abuela, los árboles de sauco de los que hasta hace poco vivía su familia y que una mañana cualquiera, hace solo unos días, al igual que su madre, amanecieron muertos. Las cuculíes la acompañaban con su arrullo. El viento jugaba con su pelo. A lo lejos, un cóndor volaba en busca de alguna presa.

Malena tenía nueve años, era muy delgada y saltarina. “¡Estate quieta un instante!” le repetía la abuela, pero ella iba y venía y así como con sus movimientos, lo hacía también con las ideas que le daban vueltas por la cabeza.  En esas idas y venidas, decidió que tenía que hacer algo para que su papá dejara de estar triste y, asomándose por la ventana de su cuarto, se puso a soñar disfrutando de ese aire seco y frío de las montañas y de los árboles que hacían sonar sus hojas rojas y doradas haciendo brillar el campo bajo el sol. Ese sol que no llega a calentar pero que al menos les daba a sus tardes un sabor especial que la pequeña sabía disfrutar.

Sin sauco en el huerto y con su padre encerrado en la habitación, las cosas empezaron a ponerse difíciles en casa de Malena.

–Vamos a caminar, abuela –le pidió una tarde la niña y salieron a dar un paseo.

Doña Tere era bajita y regordeta, una de esas viejitas siempre alegres y traviesas. Tenía la piel muy blanca. Al salir a la calle, se pintaba los labios de rosado y se ponía un pañuelo de seda para proteger su pelo blanco y lacio del viento.

Malena tomó de los arbustos unos cuantos frutos anaranjados, pequeños y redondos que, protegidos de las frías lluvias, insectos y pájaros por un pequeño capullo que parecía de papel, crecían a lo largo del camino. Invierno o verano, allí estaban para alegrarles los días con ese sabor agridulce que a veces le recordaban su propia vida. Los peló e invitó unos cuantos a su abuela. Al hacerlo, descubrió a lo lejos a su padre observándolas por la ventana de su cuarto.

–Me encanta esta fruta. Siempre la he comido. ¡Pero no sé ni cómo se llama! –dijo doña Tere–. Mis abuelos me contaron que cura todo tipo de males y que hasta a los incas les gustaba. ¿Te imaginas Malena lo antigua que debe ser?

Abuela y nieta detuvieron su caminata para pasar el resto de la tarde, entre ramas y flores amarillas, cosechando los frutos de arbustos casi del tamaño de la niña.

Ya en casa, mientras Malena les quitaba la cáscara que los envolvía como a pequeños corazones dorados, un olor suave y dulce se impregnó en la ropa, en las manos y en las ideas de la niña.

–¡Mañana apenas regrese del colegio, prepararemos mermelada! –dijo.

Al día siguiente, Malena y su abuela se pusieron a cocinar. La niña le alcanzaba la fruta, azúcar, canela y clavo de olor mientras la abuela la revolvía con una gran cuchara de madera.

Minutos después, la mezcla empezó a calentarse, bullir y esparcir un olor a caramelo afrutado por toda la casa.

–Seguro que papá vendrá para saber qué estamos haciendo.

Pero Malena se equivocó, así que mientras la abuela revolvía la olla cuidando que no se quemara una sola gota, la pequeña salió de la cocina, subió a la habitación de su padre y tocó a la puerta.

–Estoy bien. No quiero salir ahora.

–¿Bajas a tomar lonche con nosotros? –preguntó la niña entreabriendo la puerta lo suficiente como para que ese aroma tan especial llegara a la nariz de Andrés.

Malena bajó las escaleras para seguir ayudando con el dulce. Unos minutos después, con la barba desordenada y el pelo revuelto, su padre se presentó en la cocina.

–Ya era hora de que bajaras, hijo –se escuchó la voz de doña Tere mientras Malena corría a darle un abrazo inmenso.

–Prueba lo que hemos hecho, papá. ¡Te va a encantar!

Andrés se sentó en el sillón que siempre usaba. Tenía la cara muy arrugada, como si desde el día en que murió su mujer hubieran pasado diez años cuando habían transcurrido sesenta días.

De inmediato, Malena bañó en mermelada un trozo de pan y se lo llevó a su padre.

–Ponlo sobre un platito, niña –se escuchó a la abuela.

Pero ya era tarde.

El pan y la mermelada llegaban en ese momento al estómago de don Andrés.

–Está deliciosa. ¿Qué fruta es ésta?

–Son las bolitas del jardín –respondió Malena–, esos corazoncitos dorados envueltos como en papel que tienen los arbolitos. La abuela y yo las recogimos ayer. Podemos venderla ahora que no tenemos sauco.

–Crecen por todas partes. Recuerdo los postres que nos hacían en casa –respondió la abuela mostrándole a su hijo algunos frutos todavía en su cáscara.

Andrés se puso de pie tratando de ocultar sus lágrimas en el instante que un fuerte viento cargado de lluvia entró en la cocina mojando el repostero.

El padre de la niña cerró la ventana mientras doña Tere protegía a la pequeña con una delicada manta.

–Agua y manto –dijo Andrés al sonreír.

–¡Aguaymanto! –repitió Malena apurada–. ¿Vamos por más?

–¡Pero está lloviendo! –reclamó la abuela.

–¡No importa! –respondió la niña al sacar de un estante tres pequeñas canastas de mimbre–. ¡Así será más divertido!

–Corazón de aguaymanto– dijo Andrés al recibir su cesta y tomar la mano de su hija.

 

Comments
  1. Anonymous says:

    muy tierno.

  2. Nelson Zuluaica says:

    Si no supiera que este cuento lo escribiste tú, hubiera pensado que era de Katherine Mansfield. Cada palabra refleja la delicada ternura de tu corazón. Te felicito. Gracias por haberme alegrado la tarde.

  3. Nelson Zuluaica says:

    Si no supiera que este cuento lo escribiste tú. hubiera jurado que era de Katherine Mansfield. Cada palabra refleja la delicada ternura de tu corazón. Te felicito. Gracias por haberme alegrado la tarde.

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