NO DEBISTE HACERLO, AMOR

Posted: 27 February, 2018 in 2018

Esa noche llegaba mi esposo Javier a casa después de unos días de un agotador viaje de trabajo.

Para sorprenderlo, decidí lavar su camioneta.

Con seguridad, la alegría de mi marido compensaría con creces el esfuerzo al que estaba dispuesta a someterme en la limpieza de tremendo vehículo, porque claro, hay que tener en cuenta que se trataba de una todo terreno que, por falta de tiempo y muchos campamentos, se había transformado en una “pura tierra”.

Es importante resaltar el inmenso reto que asumiría (y por tanto, mi gran amor por Javier), ya que mi experiencia en estos menesteres se reducía a mi infancia, cuando una tarde ayudé a mi abuelo a sacarle brillo a su Dodge celeste antes de que me llevara a comer algún dulce en el centro de la ciudad y, ya de mayor, a observar a los lavadores de carros terminar de limpiar el mío al regreso del supermercado.

Lo primero que hice fue entrar en el taller de mi esposo y recorrerlo en busca de implementos.

Me disponía a abandonar el taller cuando descubrí una botellita azul que llevaba escrita en letras amarillas las siguientes palabras: Car wash shampoo.  Y bueno, era lo que me faltaba, así que partí con el frasco, junto con unos cuantos trapos muy alegres, verdes, anaranjados y turquesas, que encontré a mi paso y llamaron mi atención al estar en un paquete que decía “Auto Style”. Para evitar confusiones leí con atención el contenido de la bolsa. “Ocho paños de microfibra” indicaba, para luego precisar que su uso podía ser húmedo y seco, que era ideal para limpieza y pulido, y que no dejaba rayones.

Me inquietó un poco eso del pulido y la pintura del auto, pero mi preocupación se vio neutralizada al caer en cuenta que no quedarían marcas.

Así que, trapos en mano (agarré uno de cada color porque todos eran lindos), esponja, escobilla y balde, me dispuse a empezar mi trabajo con mi sombrero playero bien puesto y los parlantes externos del Ipod al ritmo de Jarabe de Palo, pues decidí que la música le daría un poco más de movimiento a mis quehaceres domésticos.

Y, sin más preámbulos, a continuación, las instrucciones (y el secreto) para lavar la camioneta (en adelante llamada también “auto”, “vehículo” “todo terreno” o “coche”) de su pareja (en adelante llamada también “ser amado”, “novio” o “susodicho”):

  1. Tomar un balde y llenarlo con agua fresca agregándole algunos chorros de champú de auto (la cantidad, obvio, dependerá del tamaño del coche).

Dejar que el producto se diluya.

  1. Mojar el coche utilizando la manguera con el aspersor de agua abierto a su máxima potencia.

Es recomendable (me di cuenta tarde) realizar este proceso desde lejos.

Acá, debo hacer un paréntesis para informar que fue en ese momento (al verter con ímpetu el chorro de agua en el carro al compás de mi grupo español favorito cantando La Flaca), cuando entendí, porqué en las películas esas mujeres perfectas que lavan y dejan brillantes los autos lo hacen siempre en diminutos bikinis.

No.

No se trata de un tema de coquetería o de lucir sexy, pensé en ese momento.

Se trata simplemente del hecho simple e inexorable de que: te vas a mojar.

Así que, dejando tras mis pasos las húmedas huellas de mi impericia, me vi obligada a entrar a la casa y vestirme (mejor dicho, desvestirme) como correspondía.

  1. Una vez regado el auto de tal forma que despeje la mayor cantidad de polvo y tierra posible para evitar que se forme (demasiado) barro, tomar la esponja, sumergirla con generosidad en el agua con champú y dejar que llegue a punto de “empape”.
  2.  Tomar el balde y la esponja.
  1. Balde en mano, dar vueltas alrededor del vehículo e ir frotándole la esponja en forma circular, vertical, horizontal, circular y así sucesivamente durante varios minutos teniendo siempre cuidado en mantener el utensilio de trabajo muy mojado e impregnado de detergente.

Si el auto empieza a secarse y ponerse blanco por algunas zonas y/o con círculos grisáceos por otras, no hay que preocuparse (en exceso). Es algo natural que me sucedió reiteradas veces.

Es conveniente señalar, a manera de ejemplo, que el auto de Javier es negro, lo que complicó el trabajo, pues en estos casos, lamentablemente, los contrastes son más notorios. Así, corresponde recomendar, que la próxima vez que su ser amado vaya a comprarse un auto, insista en acompañarlo y aconséjele (con cierto tino para que no sospeche) que además de que el vehículo sea (bastante) pequeño, se decida por uno color blanco espuma, amarillo esponja o gris claro (este último el más conveniente). He comprobado en la praxis, que el negro cargado de polvo, no es amigable al agua, por más champú biodegradable y kit de lavado con el que se cuente.

  1. Cabe indicar, a estas alturas del proceso, que no se debe olvidar el techo de la camioneta.

Es una realidad concreta que el chorro de agua lanzado con manguera, por más aspersor de último modelo que usted tenga, no sirve.

Dado que la parte superior de vehículo es bastante profunda (inalcanzable por decirlo en una palabra), en caso de no encontrar un banquito (mi caso), se recomienda abrir las puertas del vehículo, pararse sobre sus bordes para, con ayuda de la esponja, frotar el techo con fuerza.  Mucha fuerza.

Repetir la operación utilizando cada una de las manos, de las puertas laterales y la trasera.

En ese momento llegará a cuatro conclusiones irrefutables:

i.  Que la parte interior de las puertas está sucia y que necesita ser limpiada.

ii. Que a los pisos del auto les hace falta una buena barrida.

iii. Que el día que limpie el auto, no será necesario tomar sol ni ir al gimnasio.

iv. Que al bajar de las puertas para limpiar el techo hay que tener cuidado con su bikini (es muy probable que se atasque en los pestillos y manubrios de las puertas y ventanas y que termine sin llevarlo puesto).

  1. Concluido este trabajo y una vez que intente alcanzar todo el techo (lo cual es técnicamente imposible por lo que no pierda su tiempo en eso ya que existe más de un punto a los que me he permitido llamar “agujeros blancos” o “ciegos”), continuar con la limpieza de la carrocería.

No se preocupe por las manchas circulares amarillentas y grises que continuarán existiendo (son producto natural del champú, el polvo y la esponja) ya que, en ese momento, deberá empezar otra vez a esparcir agua con la manguera.

Es recomendable haber cerrado la llave al terminar la primera aspersión de agua para evitar aniegos. En caso (mi caso) no lo hubiera hecho, no importa: a la hora que su novio llegue a casa, si tiene suerte (yo no la tuve) el agua estará seca y habrá limpiado el patio delantero.

8. Con ayuda de la manguera, esparcir agua a lo largo, ancho y alto del vehículo.

9. Cerrar la llave de agua (ver en el punto siete las consecuencias de no hacerlo).

10. Reemplazar el agua del balde por agua limpia y enjuagar con fuerza la esponja (es parte de la compensación por no ir al gimnasio y mejor aún si lo hace al ritmo de rock en español en concierto y puede usted cantar a todo pulmón (yo lo hice), si le apetece).

11.Una vez que la esponja no bote espuma, llenar el balde con agua fresca y repetir los pasos cinco y seis, pero ojo, sin detergente.

12. Agradecer a Dios por no haber ido ese día al gimnasio.

13. Dar vueltas al rededor del auto tantas veces como sea necesario. Abrir las puertas. Es muy probable que algunas (o muchas) gotas hayan mojado la parte interior de las puertas. Deshumedecer con cuidado.

14. Iniciar el secado: realizar (sin agua) los pasos cinco y seis haciendo uso de los paños de colores (esos del Auto Style).

Tener en cuenta vidrios y espejos (poner especial esmero en ese espejito interno que está debajo del tapasol, que tantas veces nos saca de apuros al momento de maquillarnos).

  1. Repetir con vehemencia el paso catorce.

16. Repetir con devoción el paso doce.

  1. Si las manchas circulares continúan sin desaparecer por más seco que se encuentre el bendito auto de su bendito ser amado, le recomiendo el siguiente proceso que he venido a calificar de emergencia, por lo que debe ser hecho en forma precisa y sin titubeos:

i. Confirmar con su pareja la hora exacta de su llegada.

ii. Unos minutos antes de que aparezca su ser amado, es de extrema importancia, hacer lo siguiente:

a. Desenrollar en forma rauda y veloz la manguera;

b. abrir el caño para que salga agua con fuerza;

c. moje de pies a cabeza su cuerpo (sí, ha entendido bien: SU PROPIO CUERPO. NO EL DE SU SER AMADO SINO EL DE USTED, QUE LEE ESTE TEXTO). Debe quedar empapado (de ser posible, más que la esponja amarilla);

d. acto seguido mojar el auto;

e. subir el volumen del Ipod;

f. esbozar una sugerente sonrisa;

g. tomar la esponja y frotar el auto haciendo suaves círculos con la mano y también con el cuerpo, al ritmo de la canción “Depende” de Jarabe de Palo (debe poner la parte esa en que la letra dice “Depende, de qué depende, de según cómo se mire todo depende…que el negro sea negro…depende...”, con toda seguridad será un plus al proceso en especial si el auto es negro).

iii. Como resultado de esta maniobra (llamada por algunos depredadores de estas instrucciones “ardid”, “artimaña” o “treta”) el auto brillará con frescura y, lo más favorable, su ser amado, dichoso y agradecido, la ayudará con la esponja amarilla y los trapos verdes, anaranjados y turquesas, por lo menos hasta terminar con la limpieza.

Y, si al llegar a casa, el susodicho le dice “¡No debiste hacerlo, amor!”, relájese, si es necesario hasta hágale cariño, concéntrese pensando que los signos que acompañaron sus palabras no fueron de exclamación, sino de admiración, y recuérdele con dulzura ¡qué bonito es el amor!

Eso sí, sea la hora que sea, aunque el frío le cale a usted los huesos, cuando su ser amado llegue a casa, y he aquí el gran secreto, debe seguir con el bikini puesto.

Lo que pase después ya no formará parte de este cuento.

Confesión 1:  Me imagino que la escobilla negra del kit de lavado de autos es para limpiar los aros de las llantas. No he tenido tiempo para comprobarlo.

Confesión 2: Y yo, que he vivido mucho y me esforzado demasiado, me di cuenta que al llegar Javier a casa, no se fijó en mi bikini y, de las marcas blancas, grises y amarillas que brotaban en su camioneta (todo terreno, auto, vehículo), ni siquiera se dio cuenta.  “¡No debiste hacerlo, amor!” me dijo al oído y con signos de admiración al darme un abrazo y me sentí mal al notar que eso de necesitar un ardid, artimaña o treta estaba solo en mi cabeza, y que no, yo no tenía que ser perfecta.

Y, lo que pasó después, lo que pasó después, tampoco formará parte de este cuento.

Así que tome lo que quiera y saque lo que no le guste de estas instrucciones para lavar la camioneta (auto, moto, bicicleta), de su pareja (amor, esposo, amiga, amigo) y solo hágalo.

Eso sí, lo que pase después, lo que pase después, me lo cuenta.

 

Rossana Sala. 20 de febrero de 2018

Comments
  1. Nelson Zuluaica says:

    Rossana, mi comentario fue borrado. Si te pareció vulgar y ofensivo te pido disculpas.

  2. Nelson Zuluaica says:

    Rossana, eres una excelente narradora. Tu relato está salpicado de apuntes de un humor sutil y de un erotismo apenas insinuado. En cuanto a lo que pudo haber pasado después, y como hombre, te confieso que una mujer con su ropita empapada me parece bastante irresistible, y ya te puedes imaginar lo que puede suceder. ¿Te atreverías a escribir un relato erótico? La féminas son geniales (no vulgares) en este tipo de narraciones.

  3. josé luis piña casapía says:

    Saludos, Rossana.
    Muy entretenido, original y, por supuesto, muy tierno y sugerente…
    Tu relato me atrapó desde el inicio y no me dejó hasta el final. Eres brava con tu escritura. Felicitaciones. Un abrazo! 🙂

  4. Nestor Vega says:

    Dejas mucho a la imaginación Rossana pero concluyo que sabes seguir las instrucciones
    Cuando escribas las adendas a este cuento me las cuentas

  5. […] NO DEBISTE HACERLO AMOR (INSTRUCCIONES PARA LAVAR LA CAMIONETA DE SU PAREJA) […]