¡ZAZ!

Posted: 2 November, 2017 in 2017

—¡Auxilio! ¡Me he quedado atrapada! —grito al presionar la alarma.

“¿Estará el portero del edificio?  ¡Y hoy es feriado!”

Vuelvo a pedir ayuda mientras me lamento por no tener el celular conmigo.  Yo que lo cargo de arriba abajo y esta vez lo he dejado en el departamento.

Pero claro, si bajaba por solo unos minutos al sótano.

Mi sistema era perfecto: en un cargador de maletas con rueditas, puse el librero que quería guardar en el depósito. Gracias a mi estrategia, no me partiría la espalda y tampoco rayaría el piso.

Entro al ascensor.

Echo llave a la puerta metálica del departamento.

De inmediato se cierra la puerta corrediza.

Presiono el botón que indica “sótano”.

No pasan treinta segundos cuando ¡ZAZ! un golpe seco me detiene.

El librero no me deja ver qué pasa. Lo hago a un lado desmontándolo del cargador.

La puerta corrediza, está cerrada.

La cuerda de mi portamaletas se extiende hasta llegar a la banda de nylon ploma que debería sujetar el equipaje  pero que en este caso, en forma tensa y vertical,  llega a la puerta del elevador.

La abro.

Y allí, frente a mí, me encuentro con un pedazo de pared blanco del edificio, la mitad inferior de la puerta metálica del departamento y la banda de nylon ploma que, unida a la cuerda, está atascada en esa puerta y retiene el ascensor con su propia estrategia.

Mi banda de nylon hizo que el ascensor se detenga.

Sin pensarlo dos veces jalo la banda. La muevo despacio, muy despacio, después con fuerza, luego con rabia. Finalmente con resignación.

—¡Auxilio! ¡Ayúdenme a salir!

Llaves, librero, portamaletas y yo.

No hay más aquí adentro.

Vuelvo a presionar la alarma. Empiezo a sentir claustrofobia. Debo controlarla.

—¡Sí señora! ¿Qué pasa?

La voz sale del intercomunicador.

—¡Estoy cerca del piso doce! ¡Me he quedado atascada con una cuerda!

Empujo hacia un lado la puerta corrediza para mantenerla abierta.

El ascensor sube unos centímetros quedando al descubierto la cerradura de mi departamento.

Tan rápido como puedo, para evitar cualquier accidente en caso de que algún vecino oprima un botón y se parta mi mano de porrazo, introduzco la llave y empujo la puerta.

Pero ella, ¡ay!, se queda quieta.

“¿Por qué me pasan estas cosas?”

—¡Llamen a los bomberos! ¡Necesito una tijera para cortar una cuerda!

—¿No hay nadie en su departamento?  ¿Alguien más tiene la llave? ¿Llamamos a su novio? ¿Qué cuerda? ¿No tiene un corta uñas?

—Mi hijo está donde su papá. Por favor, ubíquenlo.

Les dicto el número de la casa. En ésta época electrónica, más allá de dos o tres teléfonos importantes que por alguna razón quedan grabados en la memoria, ¿quién tiene en la cabeza más información que eso?

¿Y quién contesta teléfonos fijos?

—¡Llámenlo al celular! Está anotado en la libreta de emergencias.

¿Y quién contesta celulares?

—No responden, señora. Los bomberos tampoco. Estamos marcando al servicio de reparación y nada. ¿Y su novio?

Empiezo a  tener calor. Me falta aire. Mario está de viaje y tampoco sé su número.

“Tranquila Rossana, tranquila.”

No sé porque empiezan a apretarme las zapatillas. Me las quito.

Prendo el ventilador.

Lo apago.

Tengo sed.

Otra vez me falta aire.

“Mario con seguridad sabría qué hacer. ¿Qué haría él?”

Me siento en el piso presionando la puerta corrediza para mantenerla abierta.

Un leve movimiento me balancea. Necesito pensar que son los bomberos.

Escucho voces.

—¿Quién es? ¿Dónde están?

—¡Soy Jesús!

Pero no el que está en el cielo. Es el Día de Todos los Santos, y no soy santa y tampoco estoy muerta.

Es el portero del edificio.

—Estoy en el piso de arriba, señora. No puedo hacer nada desde acá.

—¿Y los bomberos? ¡Llamen a la casa de mi mami! Díganle que le avise a mi hija.

Jesús no me responde.

“Voy a tener que solucionar ésto sola”.

Veo mis manos. Las llaves. El librero más grande que nunca, contemplándome. El techo del ascensor, alto y sin salida. Mis zapatillas. Descubro que tienen pasadores. “¿Me servirán de algo?”

Observo mi cara en el espejo. Sin maquillaje, el pelo lacio, atado en una cola.  La blusa suelta y los pantalones cortos. Lista para aprovechar el día para poner orden en la casa. Sonrío para darme ánimo.

“Solo a ti te pasan estas cosas.”

Trato de desarmar el portamaletas.

“Quizás si lo parto se suelte la cuerda que lo une a la banda de nylon y pueda desatascarme”. Me pongo las zapatillas, me paro para pisarlo con fuerza. Hacerlo pedazos. Destruirlo. Lo golpeo (con cuidado) contra la pared del edificio. Hago palanca con el pasamanos del elevador, hago palanca con mi imaginación, con mi furia.

Pero no, la cuerda no se suelta y sigue unida a la banda de nylon que para ese entonces se había convertido en la vaina de nylon.

“Y claro, por eso lo compré así, de buena marca, resistente para que aguante el peso”.

Me siento sola.

Estoy sola. En medio de la ciudad ahora convertida en cuatro paredes suspendidas en el aire y sin salida.

“Lo único que me podrá sacar de acá es mi instinto”.

Necesito tijeras. Cortar la cuerda.

Las llaves.

Busco entre ellas.

Escojo un par que tienen puntas en uno de sus bordes. Las toco con la yema de los dedos para sentir su filo. Pienso en sacarlas del llavero para usarlas con más facilidad. “Mejor las dejo en su sitio para que no perderlas.”

Sudo. No hay aire.

Me acomodo en el suelo.

Presiono el portamaletas con un pie y tiro con la mano izquierda la cuerda. La tenso.

Adelante, atrás.

Con la mano derecha convierto en serrucho una de la llaves.

Adelante, atrás.

No pasa nada pero sigo.

Adelante.

No puedo depender de nadie.

Atrás.

El proceso será lento, quizás inútil, pero es lo único que me queda.

Adelante.

Trato de relajarme al oír la música del radio de mi casa que había dejado prendido.

“Si solo era cuestión de minutos para guardar en el sótano el bendito librero”.

Extraño mi celular.

Atrás.

Agarro otra llave para ver si tiene más filo.

Vuelvo a pedir auxilio.

Adelante.

—Encontramos el número de su mamá, señora, pero nadie contesta.

Atrás.

“¿Harán ésto los presos?”

Pequeñas hilachas empiezan a desprenderse.

Adelante, atrás. Adelante, atrás.

–Su mamá ya habló con su hija.

Adelante, atrás.

¡ZAZ!

¡Se separa en dos la cuerda!

Todavía en silencio y con mucho cuidado, la saco de la vaina esa de nylon.

“¡Estoy libre!”

Presiono la alarma.

—¿Todo bien? Ya viene su hijo con la llave de la puerta de servicio.

Sentada en el piso del ascensor, otra vez sin zapatillas, con las llaves aferradas en mis manos, el librero, único testigo de mi hazaña, contemplándome, el portamaletas hecho pedazos, y yo soltando algunas lágrimas, presiono el botón que me llevará al primer piso.

Por fin bajo.

Se abre la puerta.

Jesús entra al ascensor y me ayuda a poner de pie.

Orgullosa le muestro el pedazo de cuerda y sus bordes deshilachados.

—¿Eso es todo, señora? ¿Una hora allí metida haciendo alboroto por eso? Hace poco le pasó lo mismo a una muchacha con su chiguaga y el ascensor bajó y el perrito subió colgado del cuello atorado en la puerta porque la correa se había quedado dentro del departamento, así como le pasó a usted, pero la chica salió rápido porque…

Salgo del ascensor y ¡ZAZ! se cierra la puerta.

 

Escrito en Lima, por Rossana Sala, el 1 de noviembre de 2017

Nota 1.         No solo a mí me pasan estas cosas.

Nota 2.       Voy a pedir que me regalen en Navidad una navaja Victorinox, pero que sea la más completa, tanto que venga con bombero.

 

Comments
  1. Anonymous says:

    Me identifico con la claustrofobia. Es de terror… Juan Carlos Gonzales.

  2. Rodolfo Gordillo says:

    Me gustó mucho ‘hago palanca con mi imaginación, con mi furia”

  3. Rossana Sala says:

    UN RELATO QUE “ATRAPA” AL LECTOR.

    Rossana: Tienes una “magia” para generar expectativa, introducir el “suspense” y conducir al lector dentro de la trama. Literalmente, me sentí “atrapado” en ese ascensor.

  4. Nestor Vega says:

    Soy medio claustrofobico por lo me causo angustia la forma del relato …..muy vivido

  5. Mario says:

    No pude dejar de reírme con ganas, distinto, chispeante, imaginativo y una clara muestra de tu capacidad para convertir en relato hasta los hechos más simples. Felicitaciones y no dejes de escribir. La Victoriano viene, obvio sin bombero….

  6. 👍 . Enhorabuena por tu trabajo. saludos cordiales

  7. Anonymous says:

    Está bueno!! Felicitaciones por la hazaña y por el cuento!

  8. Nelson Zuluaica says:

    ¡Serruchito… serruchito… corta…corta… serruchito!. Genial tu cuento. Todas las buenas cuentistas, tales como Katherine Mansfield, Clarice Lispector, Rossana Sala, etc., se han distinguido por su especial talento en el tratamiento de situaciones de la vida cotidiana. También yo soy escritor de cuentos y un fervoroso admirador del talento femenino. Te felicito, Rossana, y te envío un cordial saludo desde mi país (Colombia).

    • Rossana Sala says:

      Mil gracias Nelson por tu comentario. Espero poco a poco mejorar mis cuentos. No sé si llegue tan alto como Mansfield o Lispector, pero en el camino me divierto! Saludos a Colombia! Lindo país! ¿Dónde se pueden leer tus cuentos?

  9. Ram says:

    Buena experiencia y muy buenas reacciones, parece ser un cuento…¡¡Buena Rossana.!!

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