EL NEGRO MASTÍN (cuento corto) Agosto 2017

Posted: 10 August, 2017 in 2017

–Cuando ese negro mastín se te mete en el alma, echa el diente a tus sueños de juventud –me había dicho Morgan al momento de coger su petaca.

Morgan, acababa de regresar de la guerra. Volvió ileso. No tenía un solo rasguño, pero yo lo veía diferente. Lo sentía distinto. Había dejado de ser ese hermano grande y bonachón con quien yo disfrutaba sonreír y que me contaba tantas historias cuando paseábamos por el bosque cercano a la casa.

Esa noche fui a mi habitación más temprano que de costumbre recordando sus palabras. “El negro mastín se te mete en el alma”.

Necesitaba saber qué es lo que quería decirme. Tenía que recuperar a mi hermano.

Me puse pijama y salí de mi cuarto.

Sin hacer bulla, bajé las escaleras hasta llegar al dormitorio de mi abuelo.

Él era bastante sordo así que empujé la puerta sin golpearla antes.

Lo vi sentado en su mecedora con un libro en las manos. Interrumpió su lectura para mirarme sonriente e invitarme con una seña a sentar en la alfombra blanca y peluda que había a los pies de su cama.

–Tengo que contarte algo importante –le dije.

Mi abuelo prestó atención a cada una de mis palabras observándome con sus ojos grises y redondos, con ese cariño y paciencia que solo puede tenerle un abuelo a su nieto.

–¿El negro mastín? –me preguntó al final –. No te preocupes Chip. Ahora anda a dormir que yo lo arreglo.

Me puse de pie. Me acerqué a mi abuelo para que me dé en la frente el beso de las buenas noches y salí de su dormitorio patinando con mis zapatillas de dormir como me gustaba hacerlo.

–¡Te vas a caer! –lo oí decir al salir de su cuarto.

El abuelo me ayudaría con mi hermano.

Podía dormir tranquilo.

A la mañana siguiente era domingo, así que no era necesario levantarme temprano.

Después de remolonear un rato en la cama, bajé a desayunar.

Mamá me esperaba con el desayuno listo. Huevos revueltos, tocino frito y tostadas. Leche fresca fría y jugo de naranja. El verano era caluroso así que la naranja era ideal para empezar la mañana.

Pero Morgan no estaba en casa. Tampoco el abuelo.

–Salieron temprano –me explicó papá–. El abuelo se llevó a tu hermano y no quiso decirnos dónde.

Yo me senté a la mesa y tan rápido como pude terminé todo lo que me habían servido. Me hubiera gustado saborearlo con más calma y hasta comer un poco más de tocino, pero no tenía tiempo.

Subí a mi habitación.

Desde mi ventana los vería tan pronto llegaran a la casa. ¿Dónde se habrían ido? ¿Por qué el abuelo no me pidió que los acompañe? ¿Seguiría triste Morgan?

Y mientras pensaba y pensaba vi llegar a mi abuelo. Caminaba con mi hermano  bajo la sombra de los eucaliptos que crecían a lo largo de la entrada. A medida que se acercaban empecé a escuchar sus voces. Conversaban felices. Morgan reía como hace mucho tiempo no lo había hecho.

Llevaba algo en sus brazos.

–¡Ven para acá muchacho! ¡Conseguimos el mastín napolitano negro que me pediste para tu hermano!

 

 

Rossana Sala. Agosto 2017

 

 

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Comments
  1. Anonymous says:

    En esta vida, hasta la vaguedad tiende a expresarse en hechos concretos; pero también lo concreto tiende a disolverse en la vaguedad.

    cordialmente, Nelson zuluaica

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