SIN FALDA NI TACOS (julio 2017)

Posted: 18 July, 2017 in 2017
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La leona corría tras la cebra.

Sentados en un Land Rover, en plena sabana del Serengueti,  la vimos.

El árbol que la protegía del sol estaba a unos quince pasos del jeep desde donde la habíamos estado observando.

Cariñosa. Apacible. Maternal. De un dulce color caramelo. Segundos antes relamía la cabeza y la barriga de sus crías, cuando se detuvo para observar su presa.

Ponerse de pie.

Dejar todo atrás para ir por su objetivo.

Iniciar su asalto.

Transformarse en una fiera.

La leona alargó sus zancadas con ímpetu, dejando ver la perfección de sus movimientos, buscando lanzarse sobre el lomo de su víctima para luego matarla seccionándole la tráquea.

La cebra, distraída tal vez, había cometido un gran error: alejarse de su manada y convertirse en alimento fácil de otras bestias.

—Deben de tener tres meses de nacidos —nos había informado el guía al llegar a la zona y ver a dos pequeños leones disfrutar de las caricias de su madre y sentir la suavidad de su lengua recorrerles el cuerpo.

La misma lengua con la que más tarde, si tenía éxito, saborearía la carne y en especial la grasa de su presa.

—La leona está tranquila, no se preocupen. Recién almorzó —había añadido en inglés británico uno de los pasajeros del Land Rover. Por su tono pausado al hablar, daba la impresión de ser un experto en animales. Al subir al vehículo se había presentado, algo distante pero muy educado, como escritor de la revista sobre naturaleza “Lovely World” y claro, todos confiamos en sus conocimientos. Lucía tan culto y refinado el hombre, que solo le faltaba fumar pipa para parecer un “lord”. Entonces, me olvidé de la leona. Sentí el calor del verano. Espanté a los mosquitos que no dejaban de picarme la cara, el cuello, las manos y los tobillos, mientras observaba a lo lejos decenas de ñus avanzar por la llanura en interminables hileras para cruzar un río. Vi algunas jirafas comer hojas de acacias.

Éramos seis los ocupantes del vehículo. Además de Javier, mi esposo, (quien me había convencido para ir a relajarnos en un safari fotográfico),  del conductor tanzano y el inglés de revista, conformaban el grupo una pareja de japoneses cargados de lentes y manuales que leían a cada instante (para identificar la flora, fauna y gea) y que de vez en cuando sonreían silenciosos, quizás, al confirmar sus descubrimientos.  Y también estaba yo, María, una simple mujer que bordeaba los cincuenta años, que había dejado la blusa, falda y pantis de seda para usar camisas, pantalones y un sombrero alado de paño verde (cuyos tonos combinaban con la ropa, por supuesto) y que había estado dispuesta a reemplazar durante quince días los tacos de oficina para ponerse unos simples botines y recorrer Tanzania.

—¡Agáchense! —escuché al inglés de revista y no pude ver más, pues Javier me incrustó bajo el asiento del jeep (cosa que yo nunca había creído posible al estar algo subida de peso, pero que él había logrado hacer con una facilidad que todavía no entiendo).

—Qué espacioso el Land Rover. Los Defenders son muy cómodos. Es un 110 —me dijo.

Pero a mí, las ventajas del vehículo y peor aún de su modelo, en ese preciso instante, me importaban un bledo.

Yo necesitaba salir del estado de atoro corporal al que había llegado.

Quería ver, desenrollarme y sacar al menos un ojo entre las patas del asiento, las piernas de Javier y los costados del bendito Defender (que por supuesto no tenía puertas, ventanas ni techo, por lo que un simple toldo de lona gris, la fuerza de mi marido y cierta dosis de bondad del cielo, eran los que me protegían).

—¿Se podrá escapar? —me preocupé por la cebra —. Pobre animal —pensé mientras construía en mi cabeza una tragedia africana—, tan hermoso, con esas rayas elegantes y blancas, ahora galopa, suda y sufre por salvar su vida entre la grama, las espinas y las piedras.

—Las cebras son veloces. A veces pueden huir o incluso dar una patada mortal a sus agresores —oí decir al escritor de revista como si hubiera leído mis pensamientos.

Con el único ojo que tenía a mi disposición, clavé la mirada en la leona.

La vi correr en círculos furiosos tras la cebra.

Círculos furiosos que empezaron a acercarse a nuestra comodísima Land Rover y rodearnos para convertirnos en el epicentro de una persecución Serenguética.

La leona había dejado a sus crías, su dulzura, su sosiego, su tierno color caramelo y, con seguridad, hasta cambiado el olor de su cuerpo, para transformarse en una bestia hambrienta.

Y yo, María, de casi cincuenta años, había dejado, mis faldas, blusas, tacos aguja y pantis de seda para convertirme en un pionono bajo el asiento, acorralada por una leona hambrienta y una sabrosa cebra casi muerta.

—¿Y no era que recién había almorzado? —escuché al japonés reclamarle en un inglés apretado al escritor de revista quien por supuesto no dijo nada.

—¡Kusaidia!

El grito en suajili me hizo llegar a la conclusión que nuestro guía tanzano nos había dado una orden de alerta. (Después supe que se trataba de un pedido de auxilio).

Sin tener tiempo para opinar y gracias al jalón de brazo que me dio mi marido, sentí mi cuerpo desenrollarse, ágil y veloz como el de un serpiente, para quedar, tendida bajo el vehículo junto a todos los que lo habíamos ocupado.

“Qué alto el Land Rover” con seguridad habría querido decir Javier, palabras que no llegó a pronunciar gracias a mi mirada todavía vivípada.

No fue necesario que alguien diera la orden de silencio para que nos quedáramos callados y quietos.

El ritmo del galope de la cebra interrumpía por instantes el silencio del Serengueti.

Sin que seamos capaces de sentir ni su furia ni sus pasos, la leona arremetía en busca de comida para su manada.

—No mires —me dijo Javier al tomar con fuerza mi mano derecha. Hasta ahora no sé si fue el inglés quien apretó mi mano izquierda o si uno de los japoneses lo hizo, pero no importa.

Todos teníamos miedo y la escena debió ser terrible.

—¡Súbanse a la camioneta! ¡Rápido! —nos ordenó el guía.

Tomamos nuestros lugares otra vez, así como lo hizo la leona al regresar a jugar con sus crías, después de esconder entre los árboles los restos de la cebra. Así como lo hice yo, al volver días después a mi oficina, con falda y tacos aguja, para escribir esta historia y continuar mi vida.  ¿Y Javier? Pues Javier recorre la ciudad en su Kia.

 

Rossana Sala 14 de julio de 2017

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Comments
  1. Mario says:

    Como siempre tus relatos invitan a que la propia imaginación complemente la historia, entretenida, con un final abierto, invita a volar hasta el Serengueti y ver y disfrutar ese paisaje y en una de esas…..ver su salvaje realidad. Gracias y felicitaciones, sin duda eres la mejor

  2. Anonymous says:

    Interesante relato, en el que no faltan los comentarios divertidos, pero también el lado trágico.

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