Mi abuela de pelo azul

Posted: 30 May, 2017 in 2017
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Sentada en su mecedora, Lucinda, mi abuela de pelo azul, miraba el atardecer.

Silenciosa, melancólica, vestida de amarillo, no bajaba la mirada para evitar perderse un solo detalle de las tonalidades del cielo.

Anaranjado, rojo, violeta, los colores se mezclaban poniéndose cada vez más oscuros, pero no por eso más tristes, señalando que era hora de entrar a casa, encender la chimenea, cenar con la familia y dormir.

Camila, Martín y yo, Óscar, el más pequeño de los nietos, la veíamos cada tarde así, sentada en su mecedora, moviéndose hacia adelante y atrás, mientras escuchábamos el crujir de su silla, como el tic tac de un reloj invisible que marcaba el tiempo.

Cric crac, cric crac, tic tac…

—¿Qué le pasa a la abuela? —le pregunté un día a mamá.

—¿Te acuerdas del periquito amarillo? ¿Ese que cantaba y paseaba en su hombro? —me dijo.

Y claro que lo recordaba. Por mucho tiempo, lo había visto acompañar a la abuela. El periquito no pronunciaba ni una palabra, pero a través de ella nos contaba cuentos.

—¡Atención! ¡Atención! ¡Silencio! —anunciaba la abuela Lucinda—. Acá Balo, mi perico parlanchín, les quiere contar una historia.

Entonces, la abuela sonreía como una niña traviesa e inventaba un cuento de focas o alguno de lobos, de gatos, de perros, todos amigos de Balo el parlanchín, por supuesto.

Bajo el sol a los pies de su mecedora, bajo la luna alrededor de la fogata calentando marshmallows, Lucinda, nuestra abuela de pelo azul, disfrutaba quizás más que nosotros al  inventar cuentos.

Pero una mañana, cuando la abuela se acercó a la jaula de Balos para darle un trozo de manzana, descubrió que su animalito había desaparecido y con él, las historias de gatos y de perros.

—Es por eso que la abuela se sienta cada tarde en la terraza a esperarlo mirando el cielo —me explicó mamá.

Mis hermanos y yo decidimos hacer algo. Después de todo nos sentíamos grandes. Camila tenía doce años; Martín diez y yo, acababa de cumplir ocho. Y, además de querer ver feliz a la abuela, nos divertía mucho escucharla.

Un sábado, mis hermanos y yo, le dijimos a mamá que saldríamos a pasar la tarde al campo. Le confesamos nuestro plan de regresar a casa con una sorpresa para la abuela.

Nuestra idea era atrapar un periquito amarillo y entregárselo.

Ella se pondría feliz y otra vez contaría cuentos.

Nos despedimos de la abuela Lucinda y, como siempre, ella se quedó sentada en su mecedora cric crac, cric crac, tic tac, mirando el cielo.

Estuvimos varias horas metidos entre arbustos, corriendo y saltando alrededor del lago. Hicimos trampas con pitas y cajas. Usamos migajas de pan como señuelo.

Pusimos todo nuestro empeño.

Más de siete veces estuvimos a punto de atrapar algún periquito silvestre. La verdad que al tercer intento dejó de ser importante el color que tuviera el pájaro. Tampoco nos interesaba más su especie.

—Basta que sea un ave —decidió Camila.

Pero fue imposible.

Todas eran más rápidas que nosotros y además volaban.

Agotados, mis hermanos y yo, nos sentamos sobre una inmensa roca frente al lago.

Nos consolamos en silencio.

Y así, sin decir palabra y con las manos vacías, nos paramos para regresar a casa.

Estábamos tan tristes que avanzamos mirando el suelo.

Recuerdo el grito de mi hermana.

—¡Miren esa tortuga! ¡Es inmensa! —nos dijo señalándonos un animalito de unos quince centímetros de largo. La verdad que a mí no me pareció tan grande, pero su tamaño le permitía dejarse ver entre las hierbas.

Y Martín nos dijo:

—¡Listo! ¡Esa sí que no se nos escapa! Se la llevaremos a la abuela.

Y eso hicimos.

Por turnos, cargamos a la tortuga hasta llegar a casa. Se veía vieja. Quizás tanto como la abuela.

Su caparazón gris, medio azulado, y sus patas ásperas y gruesas tenían algo de barro.

Llegamos.

Al entrar al jardín escuchamos la silla.

Cric crac, cric crac, tic tac…

La abuela dejó de buscar en el cielo.

Camila se le acercó, le dio un beso en la frente y puso a la tortuga en su regazo.

Mi abuela de pelo azul, miró al animalito y sonrió.

—Bienvenida a casa “Pasolento” —le dijo al bautizarla mientras le hacía cariño limpiándole las patitas y el caparazón.

La levantó para acercársela al oído y dijo:

—¡Ay, esta tortuga! ¡Esta tortuga, es muda! Pero no se preocupen —nos tranquilizó al esbozar su sonrisa de niña traviesa, de esas que pensábamos que nunca más nos regalaría—.  ¡Tengo una idea!

Y los cuatro entramos a la casa y luego vino mamá y acompañados de Pasolento, nos sentamos frente a la chimenea a escuchar a nuestra abuela de pelo azul narrarnos la historia de Balo, el periquito que contaba cuentos.

—Cric crac, cric crac, tic tac…—me pareció oír decir a Pasolento.

 

Rossana Sala

27 de mayo de 2017

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Comments
  1. Nelson Zuluaica says:

    Hermoso cuento, te felicito. Realmente las abuelas son tema inagotable.
    Nelson Zuluaica

  2. Nestor Vega says:

    Realmente evocador relato. Recuerdo a mi madre y su periquito Pepito, la seguia a todas partes y respondia a su llamado. Gracias por mover esos recuerdos.
    Felicitaciones vuelves a emocionarme

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  3. Mario says:

    Quién no persiguió cuando pequeño a algún pajarillo colocando una caja, migajas de pan, y un cordel, esperando atrapar algo bajo ella?, tus cuentos no sólo entretienen sino que además traen a la memoria los mejores recuerdos de la infancia, y te veo a tí, de pelo azul, de manta amarilla, rodeada de tus nietos, de historias y de cuentos, con todos ellos en tu regazo, esperando a viajar de la mano de tus historias. Gracias por compartirlas, por inspirarme, no sólo por ayudarme a traer esos recuerdos, sino que por los que juntos estamos construyendo…

  4. Norha Mendieta says:

    Admiro la capacidad que tienes para imaginar historias. Definitivamente lo tuyo son los cuentos y tienes un estilo especial para escribirlos. Me gustó.

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