AL LUGAR DONDE FUISTE FELIZ

Posted: 3 May, 2017 in 2017

Llegaba tarde al almuerzo.

Elena manejaba apurada tratando de recordar la última vez que había estado en ese pueblito a orillas del mar. “Han pasado más de veinte años”, se dijo.  Sus hijos, en ese entonces todavía pequeños, jugaban en la arena. Ella y Daniel, su esposo, almorzaban en una mesita del restaurante al que solían ir. ¿Seguiría siendo tan sencillo el sitio? Precisamente era eso lo que adoraba. La tranquilidad. El tomar las manos de Daniel, ver a sus hijos contentos y soñar. Inventar proyectos y viajes.

¡Cuántos veranos habían disfrutado juntos en ese balneario!

“¿Cómo estará ahora?”, quiso imaginarse mientras le venía a la mente la canción de Joaquín Sabina que dice que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”.

Y allí estaba Elena, intentando regresar al lugar donde había sido feliz.

La ruta que bordeaba el acantilado, plagada de curvas, cuestas y bajadas, la hacía pensar en su vida.

¿Por qué Daniel le había dicho para reunirse en ese restaurante?

Él sabía que para ella, después de tantos años y recuerdos, le sería muy difícil ir.

Él sabía que desde hace unos meses ella andaba viviendo triste.

Desde una camioneta negra le tocaron la bocina para que acelere la marcha.

Lo hizo.

El camino de un solo carril de ida y vuelta, seguía estrecho como tantos años atrás.

Su hija menor se había ido del país para empezar los estudios universitarios; el mayor la pasaba bien en su nueva vida de casado y, la del medio, viajaba por el mundo buscando encontrarse con ella misma mientras hacía algún trabajo relajado que la ayudaba a vivir. “Se divertían tanto en la arena”. En esa arena que Elena estaba a punto de ver otra vez, en la que construyeron castillos y dibujaron sirenas, frente a las olas en las que chapoteaban y se zambullían sin tenerle miedo a nada.

Y ahora, ahora era ella quien tenía miedo de volver.

¿Por qué Daniel le había pedido algo así?

Se acercaba una pendiente. La montaña, plagada de curvas zigzagueantes y de árboles oscuros y viejos que anunciaba que estaban a punto de llegar a la playa, seguía tan imponente como siempre. “La montaña loca”, así la llamaban sus hijos. Recordaba bien ese camino. En otra época su auto sufría en ese trecho. Ahora, era fácil treparlo en su camioneta.

¿Cómo les estaría yendo realmente a sus hijos?

Llegó a la cima.

El mirador hecho de troncos, continuaba allí.

Llegaría tarde a la reunión con su marido pero no le importó.

“¡Estaciónate acá! ¡Vamos a ver el mar desde arriba!” le hubieran pedido sus hijos. Ella les hubiera hecho caso para sentarse los cuatro en la banca y ponerse a contar los veleros que atravesaban el océano participando en alguna regata.

Elena detuvo la camioneta, se bajó y se apoyó en un árbol para observar.

El mar azul. El cielo sin nubes. A lo lejos, debía estar el restaurante. Sí. Allí estaría Daniel tomando una copa de vino blanco, esperándola.

Ella no debía demorar más. Seguro que él se preocuparía. En esa zona, la comunicación telefónica era complicada, pero Elena no tenía muchas ganas de advertirle sobre su tardanza.

Le molestaba tener que ir.

“Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, recordó una vez más.

“¿Sería cierto?”

Entró a la camioneta.

Cuánto más se acercaba al balneario, más tristeza sentía.

“Quizás Daniel me tenga alguna sorpresa”, trató de animarse. Al principio de su matrimonio, Daniel siempre le tenía alguna. Cenas a la luz de las velas. Chocolates escondidos bajo su almohada. Aquella tarde en que le regaló un cachorrito, un cocker spaniel color caramelo al que los niños bautizaron Gaspar.

¿Y si la esperaban también sus hijos? Llevaba tanto tiempo sin verlos.

Siguió su camino, ya de bajada y con una sonrisa.

Un auto, detenido a la mitad de la vía, interrumpió su paso.

—¡Vaya por la derecha! —le gritó el conductor—. ¡Siga la trocha que la llevará hasta el pueblo!

Elena siguió las instrucciones.

Adelantó unos doscientos metros cuando se encontró con un camión que venía de subida.

El chofer, un hombre de cara redonda y seria, la miró y eso fue suficiente para que Elena empezara a retroceder dándole paso así al inmenso camión cargado de sacos de cemento.

De pronto la camioneta de Elena se detuvo.

Algo le impedía avanzar.

Parecía haberse atascado con una piedra.  Debía de ser bastante grande.

“¿Cómo no la vi?” pensó al retroceder.

Y fue entonces cuando ocurrió lo que Elena nunca había esperado (o quizás sí).

De un momento a otro ella estaba allí: atrapada en la camioneta.

La mitad del vehículo flotaba sobre el abismo y la otra, se aferraba a algo que debía ser la roca.

El hombre de cara redonda la miró de lejos bajándose de inmediato de su camión y llevando una soga en las manos. Se acercó a la camioneta tanto como pudo, allí justo al lado de lo único que unía a Elena con la tierra: la roca.

—¡Baje el vidrio!  —le hizo una seña clavándole la mirada como si al hacerlo pudiera alcanzar las manos de la mujer.

Elena bajó la ventana con cuidado.

Luego de tres intentos fallidos, un extremo de la soga llegó a sus manos.

—¡Apúrese señora! —le gritó el hombre poniéndose cada vez más rojo-. ¡La camioneta está balanceándose!

Elena miró al hombre en silencio.

“Al lugar donde has sido feliz…”

¿Quería acaso agarrar la cuerda?

En ese instante el teléfono de Elena, timbró.

 

 

Rossana Sala.

Lima, 29 de abril de 2017

 

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Comments
  1. Anonymous says:

    ..veo que también eres maestra del suspense!!! También del final no descubierto. ¡Qué cruel!

  2. Anonymous says:

    Gracias Rossana, muy bueno. Quedé con las ganas de continuar leyendo.
    Cariños,

  3. Anonymous says:

    Hola Rosanna:

    Me gustó tu cuento; la historia atrapa desde primeros párrafos, el ritmo y tono adecuados para el tema.

    El final abierto muy bueno.

  4. Anonymous says:

    Excelente tu cuento … pero QUE PASÓ???? Me gustó el estilo, diferente a otros cuentos!

    https://polldaddy.com/js/rating/rating.js

  5. Anonymous says:

    Hola Rossana. Muy bueno el cuento; pero ahora, te acostumbraste a dejarnos pensativos,,,,,O es que viene la continuación. Saludos

  6. Nicolás de Mendiburu says:

    Sutil relato que te hace sentir una.advertencia de q algo malo puede pasar, a pesar del encanto de.los.recuerdos . . . Hasta.la presencia del suspenso.en.la.medida que avanza la narración de.los.hechos, te hace presagiar algo impactante . . . Distinta emoción a la magia siempre presente en los.cuentos anteriores q ha leido de.Rossana . . . Igual de “atrapante” . . . Ahora, también con.ingrediente de suspenso . . .me gustó . . .

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