LAS CAMPANADAS

Posted: 9 March, 2017 in 2017
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—No se sorprenda si el tren llega vacío —me advirtió el alcalde.

Unos días atrás, en mi visita al Valle del Suc, lo había conocido. Sentado en la plaza mayor, Patricio Huertas, el alcalde del pueblo, se acercó a conversar conmigo.

Yo le dije que estaba de paseo. Que había leído historias interesantes del lugar y que por eso visitaba el valle.

Pero mi respuesta era mentira.

Él me invitó a que ese domingo lo acompañara a ver llegar al tren. Y es por eso que estaba allí, sentado en la banca de la antigua estación, esperando que el tren hiciera lo suyo.

Tantas cosas se había dicho del Suc, pero la que más había llamado mi atención, fue aquella que hablaba de las campanadas. Y es que cada lunes —decían las noticias—, no se escuchaba a los pájaros cantar ni el cacareo de los gallos existía.

No.

Cada lunes en el pueblo, era el tintineo de las campanas el que despertaba a la gente y, sin embargo, las campanas no se veían, pero su compás era alegre, rítmico, constante. Su canto parecía salir de la plaza central, de alguna parte, y es por eso que hasta allí llegaba cada uno de los habitantes del valle.

“Están hipnotizados”, leí en algún diario.

La vida les había cambiado.

—Sucedió de un día a otro —me explicó el alcalde Huertas, con los ojos redondos y brillantes, sacando una vieja pipa de su bolsillo y encendiéndola para continuar la charla.

“¿Qué tenía que ver él en todo eso?” me pregunté, mientras lo veía expulsar de la boca un humo azul con intenso aroma avinagrado.

—En un principio —continuó el alcalde—, el valle era sorprendente. Lleno de vida. Todos vivíamos felices. Los turistas nos visitaban más por  la alegría de los habitantes que por la belleza del lugar. Era como si quisieran llegar para aprender a reír. Pero poco a poco, al parecer sin razón alguna, la chispa, se fue apagando. Yo, como alcalde, me preocupé al notar eso.

—¿Y cuál sería la razón? —lo interrumpí.

—El pueblo se volvió triste, silencioso —continuó hablando luego de una breve pausa, pero como si yo no hubiera preguntado nada—. La gente ya no estaba feliz, ni conversaba. No salía de sus casas. Los niños dejaron de corretear por las calles, de montar bicicleta, de jugar al yo-yo o al trompo o cualquier otra cosa que solo ellos saben inventar. Los pájaros no cantaron más. No se oía el mugir de las vacas, ni el rebuzno de los burros que pastaban en el campo. Nada —me dijo, dejando ver en sus ojos su añoranza—. Cada día moríamos un poco más.

El alcalde, saliendo por un instante de la historia, permaneció en absoluto silencio, observando los rieles del tren.

Parecía escuchar algo.

Las hojas secas y algún periódico viejo volaron con el viento, por lo que continuó con su relato sin que yo me atreviera a preguntar algo más.

—Los turistas —dijo— empezaron a visitar menos nuestro valle.  El tren dejó de venir a diario. Hasta que un día sucedió lo que tanto había temido.

—¿Y qué pasó? —pregunté por impulso, sabiendo que no sería escuchado.

—Un domingo, el tren llegó vacío —me dijo—. Sin carga. Sin pasajeros. La verdad que no me sorprendió el verlo así —continuó—. Después de todo, ¿quién querría visitar un pueblo muerto? Pero fue al amanecer del día siguiente en que el tren llegó vacío, que desperté al oír eternas campanadas.

—¡Las campanadas! —exclamé al escuchar por fin las palabras que me habían llevado hasta ese lugar.

—¡Fueron increíbles! —me dijo dejando ver en su sonrisa las manchas en sus dientes causadas por el tabaco—. Agudas y livianas, alegres, bailarinas. ¡Una armonía inesperada! Sin haberlo programado, poco a poco, la plaza de Suc se llenó de gente. Los niños, claro, fueron los primeros en aparecer. Casi arrastraban a sus padres y abuelos para que los lleven a ver qué es lo que pasaba. ¿De dónde venían esas campanadas que podían oírse hasta muy lejos pero que nadie podía encontrar?

—¿Desde ese día volvieron a ser felices? —le pregunté al alcalde.

—Desde ese día, cada domingo en la mañana, vengo a esperar al tren —me dijo—. Y no. No es un tren fantasma, como dicen las noticias. Simplemente es el tren de las campanadas.

En ese momento, escuchamos el chirrido de los frenos de la locomotora. Una polvareda invadió la estación. El tren se acercó a nosotros como si volara atravesando nubes. El maquinista salió sonriente, con su barriga grande y redonda, como si su alegría la acumulara en ese pedazo de cuerpo. Se sacó la gorra azul y dorada y repartiendo aún más sonrisas, le dio la mano al alcalde Huertas, luego estrechó la mía y dijo:

“Acá está el equipaje. Lo he disfrutado durante el todo el trayecto como no se imaginan. Prepárense para lo que les espera esta semana”.

—¿De dónde viene? —le pregunté—. ¿Qué es lo que trae?

Y el hombre desapareció al entrar a la oficina principal, no sin antes acariciar su gran barriga y reír a carcajadas, por supuesto.

—Listo —dijo el alcalde—. Lo tenemos.

—¿Eso es todo? —le reclamé desilusionado al notar que el tren no transportaba gente y que tampoco tenía vagones de carga.

—Mañana lo sabrá —me respondió airoso—. Duérmase tranquilo.

El hotel en el que me alojaba tenía una magnífica vista a la plaza. La plaza de las campanadas.

Había escogido una habitación en el segundo piso, estratégicamente ubicada. Estaba dispuesto a no dormir un solo instante para poder descubrir el secreto de lo que pasaba en el Valle del Suc.

No podía creer que cada domingo llegara un tren vacío, que el lunes la plaza se llenara de campanadas y que a partir de eso, la gente estuviera simplemente radiante durante toda la semana.

¿Qué traía ese tren?

¿De dónde venía la felicidad del pueblo?

El maquinista debía tramar algo. Esa sonrisa. Esa barriga. Algo sabía ese hombre que quizás el alcalde ni se imaginaba.

Decidí quedarme de pie toda la noche. Meterme en la cama podía destrozar mis planes.

Tenía que estar despierto.

El sol se fue.

El cielo empezó a oscurecer para llenarse de estrellas. Hasta allí recuerdo todo muy bien, cuando la luz del sol me topó en la cara sacándome de la cama.

Corrí hacia el ventanal.

Miré la plaza.

Un suave viento la recorría levantando polvo.

Las hojas de los árboles brillaban plateadas y cobrizas.

Vi a mucha gente llegar. Casi bailaban saludándose, despidiéndose luego  sonrientes para empezar sus días.

¿Y las campanadas?

No podía escuchar ninguna.

¿Dónde estaba ese ruido que decían que alegraba a la gente de tal manera que había hecho que cambie sus vidas?

Y más aún, las campanas tampoco podían verse.

Busqué al alcalde para preguntarle qué había pasado. ¿Por qué la gente cantaba y se movía dichosa en la plaza si no se escuchaban las campanadas?

—¿No las sentiste, acaso? —me preguntó levantando sus pesadas cejas de tal forma que parecían mezclarse con su pelo negro.

—No oí nada —le dije decidido a quedarme hasta esperar que llegara el domingo.

Tenía que hablar con el conductor.

Preguntarle qué es lo que traía. De dónde venía.

Necesitaba escuchar esas campanas.

El domingo temprano volví a la estación del tren.

Saludé de lejos al alcalde quien, fiel a su trabajo, estaba sentado en la misma banca en la que una semana atrás yo lo había acompañado.

A los pocos minutos el viento sopló con fuerza, anunciando quizás que pronto llegaría el tren, como en efecto lo hizo.

Mis manos empezaron a transpirar. Mi frente también. El cielo azul no tenía ni una sola nube, lo que aumentaba aún más el calor del mediodía.

Estaba allí por algo y no me iría sin tener una respuesta.

Como si no me hubiera visto nunca, el maquinista, con esa barriga redonda y feliz,  me saludó con una breve venia al pasar al lado mío mientras se dirigía a la oficina principal.

—¿Y las campanadas? —le pregunté apurado esperando que no se me escape la respuesta—. No las he escuchado —le reclamé.

El hombre se detuvo.

Se quitó la gorra azul y dorada.

Me miró a los ojos.

Parecía sentir compasión por mí.

¿Pero por qué me miraba de esa manera?

¿Me tenía lástima, acaso?

¿Cómo había notado mi tristeza?  ¿Había descubierto el motivo de mi visita al Valle del Suc?

—¿Y no las escuchas? —me preguntó—. ¿Dónde buscaste?

Le respondí de inmediato. Le dije que las había buscado en la plaza, en cada rincón del pueblo, que tampoco en el tren las había escuchado. Que no estaban en ninguna parte.

Él me miró con una sonrisa breve, casi irónica.

—Ah —me dijo—, entonces  solo buscaste por fuera.

Y se fue.

Y camino al hotel, al ver a los niños jugar en la calle, me puse a pensar en mi infancia, en los paseos al campo con mis padres, con mis hermanos, en aquella tarde en la que pescamos truchas (nunca antes había atrapado una). Eran tantos los recuerdos. ¿Pero dónde habían estado metidos? Mis amigos de la escuela, los partidos de futbol, las clases en la universidad, mi primer beso, esa mirada…su cariño…mis hijos…y sin darme cuenta un extraño ritmo empezó a mezclarse con mis pasos. Sencillo, parejo, alegre. ¡Las campanadas!

Rossana Sala

4 de marzo de 2017

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Comments
  1. Renato Castellanos says:

    Felicitaciones Rossana. Qué grato es disfrutar de una historia fluida, pero con esa incertidumbre de hacia donde nos llevas. ¡Muy bien!

GRACIAS POR SU COMENTARIO. PUEDE ESCRIBIRLO Y PRESIONAR "POST COMMENT". NO NECESITA INDICAR SU NOMBRE NI CORREO ELECTRONICO.

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