COMO NUNCA ANTES SE LOS HABÍA VISTO

Posted: 22 August, 2016 in 2016
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Jamás imaginé, cuánto iba a cambiar mi vida por haberme atrevido a pasar debajo de la escalera. Ya me lo había advertido tantas veces mi madre, y yo, a mis trece años, no le creía.

—Eres muy supersticiosa —le decía mi padre a quien no le gustaban ese tipo de ideas.

Recuerdo bien aquel día. Como si fuera ayer.

Era invierno. Mis manos estaban heladas y mis labios secos.

Disfrutábamos las vacaciones en la hacienda de mi abuelo en las montañas.

Lucía (la menor de mis hermanas) y yo, jugábamos en el granero.

Fue allí donde vi la escalera.

Pero yo tenía trece años y según mi madre, ese era un número de suerte.

Por hacerme la valiente, reté a mi hermana.

—¡A que caminamos debajo de la escalera y no nos pasa nada! —le dije.

Allí estaba la escalera. Hecha de troncos amarrados con sogas.  Apoyada a una vieja pared de adobe, esperando con paciencia, que alguien se atreviera a pasar debajo de ella.

Y Lucía, a sus cinco años, me siguió sin miedo.

Y al llegar al otro lado, le vi la cara.

—¿Hermana, qué te pasa? —me preguntó asustada—. ¿Por qué me miras así?

Un calor profundo invadió mi cuerpo.

Mis manos sudaban.

¡La cara de Lucía estaba plagada de triángulos!

De triángulos blancos y negros.

¿Qué le había pasado? ¿Cómo estaría la mía?

Me quedé en silencio.

¿Por qué mi hermana no me decía nada?

Hice un esfuerzo para tratar de mirar la punta de mi nariz.

No pude.

Como si todo estuviera bien, seguimos avanzando, mientras yo  buscaba  algún charco de agua cristalina para ver mi reflejo.

—¿Qué te pasa, Melissa? ¿Por qué vamos tan rápido? —se quejó inocente.

—Mejor regresamos a  la casa —le respondí—. Ya es tarde. Parece que va a llover — mentí.

Intenté no fijarme mucho en su cara, pero me pareció que los triángulos, blancos y negros,  empezaban a llegarle al cuello.

—Pero,¿qué clase de triángulos serían? —pensé al observarla ahora con detenimiento—. ¿Serían triángulos equiláteros? ¿Isósceles? ¿Escalenos? No estaba segura, pero todos, uno al lado del otro, cubrían la piel tan suave de mi hermana, sin dejar un espacio libre entre ellos. Sus ojos, esos ojos chispeantes color caramelo, se veían ahora tan pequeños. Cada vez más escondidos.

—¡Pobre Lucía! Y todo era mi culpa —me arrepentí—, por no creer, como mamá, en la escalera y la mala suerte. ¿Y no era el trece un buen número, acaso? ¿Por qué le había pasado eso?

—Quizás, si no tuviera el pelo amarrado en una cola de caballo, no se le verían  tanto esos triángulos — me ilusioné mientras se la soltaba.

Lucía, no se inmutó y siguió caminando y haciéndome las preguntas de siempre, sobre el nombre de algún nevado que veíamos a la distancia o del extraño olor de los  árboles que nos acompañaban a lo largo de nuestro paseo y yo le respondí que era el Pico Blanco, el más alto de la zona, y que se trataba del aroma a pinos que fueron traídos hace muchísimos años desde Australia y le puse mi chaqueta para protegerla del viento y ella sonrió orgullosa de mí, su hermana mayor, dejando ver sus pequeños dientes rodeados de triángulos blancos y negros.

—Pero, ¿qué clase de triángulos serían? —seguí tratando de recordar—. ¡Dios mío! — recé, recé y recé con un fervor inusual en mí—. ¡Bórrale esas figuras geométricas a mi hermanita!

Y fue en ese momento cuando encontré un estanque al pié de unas rocas inmensas. Algunos patos que nadaban en la orilla, volaron asustados al sentirnos llegar.

El  color esmeralda de las aguas era perfecto: brillaba como un espejo.

Tenía que mirar mi cara en el reflejo sin que Lucía me descubriera. Entonces, le pedí  (bueno, la verdad que le ordené), que buscara retamas para llevarle a mamá quien, entre tantas otras cosas, creía que colgarlas detrás de la puerta principal de la casa, traían buena suerte.

Quizás era cierto.

Por fin me acerqué al estanque.

¡Y no!  Como  sospechaba ¡no tenía  triángulos, ni círculos, ni cuadrados perfectos!

Nada.

Ni siquiera una línea recta atravesaba mi frente.

—¡Dios mío! —me concentré otra vez—. Te prometo que voy a estudiar y sacarme las mejores notas de la clase, si vuelves a mi hermana como era antes. ¡Si tú quieres, llena mi cara de triángulos…!

 

—¡Melissa! —me interrumpió la profesora—. ¡Baja de una vez de las nubes! ¡Es hora que entregues el examen!

—¡Un ratito, por favor, un ratito! —le supliqué al acordarme por fin de la respuesta a la última de las preguntas de la prueba de geometría.

—”Isósceles” —escribí segura y tan rápido como pude—. “Triángulo isósceles”.

—¡Pero niña! ¿Qué te ha pasado? —me preguntó la maestra al abrir los ojos como nunca antes se los había visto.

 

 

Rossana Sala. 20 de agosto de 2016

Comments
  1. Anonymous says:

    chevere

  2. Anonymous says:

    Muy interesante y lindo…los triángulos sirven hasta para contar cuentos

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