È VERO!

Posted: 18 July, 2016 in 2016
Tags: , ,

Con una pereza propia de domingo de invierno en la mañana, y algún desgano adicional por esas cosas que suceden en la vida, abrí los ojos y dudé si dormir un rato más, ir al spinning o salir a rodar en bicicleta hasta La Herradura.

El aire libre y una buena chaqueta lograron, por fin, que la tercera opción fuera la escogida.

En la entrada del edificio en el que vivo, me organicé: casco, guantes, reloj, celular, agua, luces de emergencia para que los choferes de los autos me tomaran en cuenta.

Me distraje con los tréboles que, osados y rebeldes, crecían en un gran macetero de granito en el que apoyaba la bici mientras ordenaba mis accesorios deportivos.

—Tiene que haber un trébol de cuatro hojas —me imaginé ilusionada.

Y cuál sería mi sorpresa cuando, entre los escasos seis o siete tréboles que crecían entre margaritas, encontré el que yo buscaba.

¡Un trébol dtrebole cuatro hojas!

Y ahora era mío.

De inmediato, así como está de moda, le tomé una foto con mi celular. Acto seguido, le agradecí al cielo por mi suerte mientras pensaba qué consecuencias maravillosas me traería ese simple pero significativo hallazgo.

Inicié mi camino por los malecones de Miraflores, prestando mucha atención al tráfico.

No quería llegar a la conclusión de que, si algo me sucedía entre pedaleos, la suerte de encontrar un trébol de cuatro hojas, se convirtiera en  solo un invento más de las abuelas para que los níños salgan al jardín a divertirse un rato.

Tenía que confiar en mi suerte. Necesitaba hacerlo.

Avancé contenta, casi relajada. Vi caras sonrientes. Decenas de personas trotaban, algunas  caminaban tomadas de las manos, otras paseaban a sus perros, muchas iban en bicicleta, pero claro ¿quién más se habría encontrado esa mañana un trébol con los poderes del mío?

Me detuve al ver a unos niños acompañados de sus padres que observaban atentos una pequeña poza.

Tortugas. Eso veían.

IMG_0430

 

Pequeñas tortugas nadaban en la charca mientras otras, quizás más sabias y prudentes, se detenían para descansar sobre las rocas.

No podía dejar de tomar unas cuantas fotos de esos silenciosos animalitos. Después de todo, había escuchado, que en lugares como la India, la China y Japón, esa clase de reptil es considerado un símbolo de la buena suerte.  Y bueno, no es que yo sea de esas personas que va por el mundo sollozando por sus desventuras, pero un poco de suerte no le cae mal a nadie.

Seguí mi pedaleo, viajando con mis ideas en lo que fue mi pasado, en lo que  pudo haber sido mi futuro.

En mi trébol de cuatro hojas.

En las tortugas.

Pasé, y lo hice  adrede, una y otra vez, debajo de postes de alumbrado eléctrico atestados de palomas. Libres y salvajes, reposaban en los cables.

vog

Pero no.

No me cayó nada en la cabeza como para que incremente (o excremente) mi suerte.

Más adelante, al llegar a Chorrillos, frené de golpe frente a una bodega.

“Punto de Suerte”, se leía en el aviso de la puerta.

—Esto se pone interesante —me dije al analizar la situación.

Algo estaba por ocurrirme.

Algo bueno. Pero, ¿qué podría ser?

Esperé. Esperé paciente e impaciente por unos minutos.

De pronto, se detuvo un taxi  y al abrirse la puerta bajó un señor bajito y arrugado y le pedí que por favor me tomara una foto junto al letrero de la suerte.

Necesitaba una prueba irrefutable de lo que me sucedía esa mañana.

Después de todo, sea como sea, todo era mejor que haberme quedado en casa remoloneando como los últimos domingos en los que el desgano había doblegado mi necesidad de salir adelante.

—Discúlpeme, no puedo —rechazó mi pedido el sujeto mientras me mostraba sus manos cargadas con cinco gallinas muertas que cogía desde las patas seguro para vender en mi Punto de Suerte.

—¿Será que las patas de gallina traen fortuna? —pensé a punto de tomarles una foto, cuando me di cuenta de que no. De que las buenas,  son las de conejo.

Finalmente, la dueña de la tienda, después de denodados esfuerzos, logró tomarme el ansiado retrato.

Tuve IMG_0438suerte de que pudiera hacerlo.

—Es que no entras —me decía y yo no entendía sus argumentos.

IMG_0441

 

 

 

 

 

 

 

Continué  mi recorrido atravesando Chorrillos.

Esquivé a más de un automóvil y a unos cuantos motociclistas.

Llegué  a esa ruta angosta, en la que el tránsito tiene un solo sentido, que lleva hasta la playa La Herradura.

¡La Herradura!

Pero, ¿no es acaso la herradura un antiguo y mágico talismán de la buena suerte?

La Herradura. ¡Es allí donde tenía que estar mi fortuna!

Bordeé el acantilado mientras disfrutaba del viento y de una linda vista del mar y del cielo.

Llegué a mi destino.

Muy pocos autos se veían en el estacionamiento que dividía la playa de los restaurantes.  En el verano, en cambio, el lugar amanecía atiborrado de gente que pasaba la noche en la calle para recibir el día en ese clima parrandero.

Seguí mi pedaleo. No faltaba mucho para llegar a mi meta. Tenía que alcanzar la entrada del túnel que atraviesa la montaña al pie de la cual está La Herradura. ¿Cuántas veces, de pequeña,  habría ido a disfrutar de esa playa? Del mar. De la arena y mis castillos. Del sol. De un helado D’Onofrio. Venga el sabor de Inca Cola que da la hora en todo el Perú.

Fue en pleno inicio de la cuesta, cuando hice el cambio en el manubrio para poner la bicicleta más ligera y entonces, justo en ese instante, surgió lo que en forma inesperada vino a ser el factor desencadenante de esta historia, pues de un solo pedaleo se desencadenó la cadena.

Por óxido, por falta de uso (no por  impericia, por supuesto). Del piñón, de los platos, que se yo de dónde, pero  me quedé con los pedales sin fuerza.

Bajé de la bici con el cuidado típico que pongo en situaciones como ésta en las que, además, hay que prestar especial atención a los autos, microbuses, a la gente que baja por la pista a toda velocidad en patineta.

Tomé con una mano el timón de la bici y me agaché para observar el sistema.

—Mi scusi signorina, posso aiutarla?   —me dijo un muchacho al bajarse de su bici.

Yo que no tenía la menor intención de estropearme las uñas, acepté su ofrecimiento y le di las gracias. Y también se las vi, por supuesto.

Era alto. Tan alto. Me llevaba más de una cabeza.

Sus lentes plateados, tipo espejo, no me permitían ver sus ojos, pero tenían que ser verdes. No podría ser de otra manera.

Io mi chiamo Leonardo. Sei bellissima. Come ti chiami? —me dijo sacándose presto el casco y los anteojos.

Verdes. Eran verdes.

¿Sería de mi edad? Menor, quizás (aunque no mucho).

Mi suerte estaba echada, pensé cuando Leonardo se agachó a tratar de poner la cadena en su lugar  y así solucionar mi problema. Mejor dicho el de la bicicleta.

El mío, imposible, pues mi mirada había quedado encadenada a su sonrisa. A sus ojos. A Leonardo.

Mi chiamo Rossana —le respondí tratando de recordar el italiano que corre por mis venas y que en ese momento iba in crescendo, y mi pobre corazón  Andante, Allegro, Prestissimo, no dejaba de retumbarme a lo largo y ancho de mi débil humanidad.

—¡Forza Italia! ¡Forza Italia! —pensé y hasta sentí al ver los músculos de los brazos de Leo, que se dibujaban  por el esfuerzo que hacía por rescatar a su principessa.

Io sono di Roma —me dijo— ma parlo spagnolo, tedesco, inglese e francese. Estoy acá por trabajo —precisó en un castellano impecable (y pecable), por supuesto.

Y a mí que me gustan los hombres con don de lenguas,  me dije atónita.

—¡Que se demore! ¡Que no termine! —me concentré pidiéndole a mi trébol osado y rebelde, a las tortugas sabias y prudentes, a la ancestral magia de La Herradura, a las palomas salvajes y libres y hasta a las patas de gallina muerta, que me den ¡suerte! ¡suerte! ¡suerte!

—Es una gran suerte la que tengo —me di cuenta al llegar a casa, orgullosa de haber salido a montar bicicleta esa mañana. De haber sido capaz de vencer la flojera, el frío, la tristeza y el hastío con los que tantas veces nos carga la vida.

El trébol, las tortugas, el afiche, las palomas, La Herradura, fueron solo algunos agregados que matizaron el día y claro, además cierta fantasía que permitió el desencadenamiento de mi mente.

¡Lástima que de la imaginación no se pueda tomar fotos!

Quizás algún día.

È vero!

 

Escrito por Rossana Sala, hoy 17 de julio, a punto de ir al salón de belleza para que me arreglen las uñas.

 

 

 

 

Comments
  1. Anonymous says:

    Felicitaciones Rossana. Muy entrenido y divertido. Conciso, hizo que lo lea con la intriga de lo que iba a suceder y cómo iba a terminar. A estas alturas de la vida difícil escandalizarse… Sigue escribiendo!!!

  2. Anonymous says:

    Hola Rossana, muy bueno tu cuento. Me gustó. Tu trabajo literario me hace pensar en una montaña, cada vez vas más arriba, ¡felicitaciones! Al principio, cuando recién conocimos tu estilo de escribir, entre frase o imagen había un corte, no necesariamente eso es negativo, es un estilo. En È VERO! se da este entrecorte pero no se siente, sino que se disfruta. La frase al final: “¡Lástima que de la imaginación no se pueda tomar fotos!” me parece acertadísima, Para mí es un final abierto. ¿Lo imaginó todo? ¿Sucedió pero no culminó en una situación romántica?

  3. Anonymous says:

    Muy simpático! Bravo!

  4. Anonymous says:

    Jajaja muy buena Rossana,

  5. Anonymous says:

    Muy divertido tu cuento.

  6. Anonymous says:

    Jaja…espero que tus lectores no se escandalicen…terrible seria que tan puritanos sean…

  7. Anonymous says:

    Veo un cuento que rompe la pauta nostálgica y, aun cuando un poquito extenso, lo encuentro REFRESCANTE, TRAVIESO Y AMENO.

    Te felicito, Rossana: ya es tiempo que publiques!!!

    Dime: ¿qué pasó con las fotos del bambino? Como no hay evidencia, pienso que se trata de “fotos de la imaginación” que muy bien expresas en tu bella y sugestiva prosa.

  8. Anonymous says:

    Rossana, te felicito, me encantó tu relato, alegre, ligero, rápido y dejando un algo a la imaginación…..
    Slds,

  9. Nestor says:

    Muy lindo e INCOMPLETO Por que no lo continuas o eres de las que da las cosas por capitulos cual telenovela turca. Te felicito Tu Doc

  10. Norha says:

    Además de lo que te dije en el comentario anterior, tu cuento fue tan descriptivo que recorrí, con nostalgia, esa ruta. Yo también la hice caminando y en bicicleta cuando viví en Lima. No la contaste, la mostraste.

  11. Norha says:

    Genial este cuento. Me tuvo entretenida desde que lo empecé a leer siempre esperando qué iba a pasar. Es un texto redondo, con imaginación, con humor. Te felicito

GRACIAS POR SU COMENTARIO. PUEDE ESCRIBIRLO Y PRESIONAR "POST COMMENT". NO NECESITA INDICAR SU NOMBRE NI CORREO ELECTRONICO.

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s