EL LUGAR PERFECTO (cuento) febrero 2016

Posted: 19 February, 2016 in 2016, EL LUGAR PERFECTO (cuento) febrero 2016
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—Y, papá, ¿por qué no te llevas a Martín a pescar?

—¿A Martín? ¿De pesca?— respondió don Andrés casi sin mirar a su nieto que correteaba por la sala de la casa.

Habían pasado tres años desde que el anciano no iba de pesca. Cuando era joven, subía a sus dos hijos en la camioneta y, acompañado por su esposa, recorría caminos de tierra que atravesaban el campo entre las montañas y bordeaban el río. De vez en cuando se detenía para observar. Observaba a su esposa, siempre sonriente. Observaba a Pablo y Nicolás, no dejaban de jugar. Observaba las montañas verdes, marrones, amarillas, inalcanzables. Observaba las aguas transparentes y veloces del río y justo, donde se detenían, observaba a las truchas nadar. ¡Alli! ¡Allí están! Les señalaba a sus hijos. Ellos, apurados, sacaban la cabeza por las ventanas para tratar de ver a esos pececillos revoloteando. ¿Qué les parece si nos bajamos acá? ¡Seguro que atrapamos más de una! Los animaba. Con la venia de los niños y la alegría de su mujer, todos bajaban alborotados de la camioneta y, mientras don Andrés preparaba las cañas y anzuelos, su esposa les hacía algo ligero para picotear. Algún sándwich de queso, galletas de mantequilla, manzanas. En pleno crecimiento, no había momento en que los niños rechazaran bocado.

—¡Vamos papá! ¡Anímate! Lleva a tu nieto de pesca, seguro que le va a encantar— le insistió Pablo a don Andrés sacándolo de sus recuerdos.

—¿Estás seguro, Pablo?—intervino susurrando su esposa—. Tú papá está viejo y mira, el cielo está bastante nublado. Va a llover.

—¿De pesca?

Fue Martín quien interrumpió entusiasmado. A sus siete años, era un niño delgado y risueño, de movimientos ágiles,  de pelo castaño y mirada dulce, tanto como el color caramelo de sus ojos.

—¿Me llevas, abuelito? ¿Qué vamos a pescar?

—Truchas— respondió Pablo, intentando no darle tiempo a su padre para rechazar el pedido del niño.

—Ya estoy viejo. Fuera de práctica. No sirvo para nada— se quejó sin embargo don Andrés—. Además no tengo ni sedal, ni anzuelo, ni…

Y mientras el abuelo buscaba y encontraba toda clase de pretextos, Pablo sacó de su dormitorio dos hermosas cañas de pescar. Una muy larga para el abuelo y otra corta para el niño.

—Lo tenías planeado, hijo— le dijo don Andrés—. Yo te conozco…

—¿Estás seguro que es buena idea?— volvió a preguntar la mamá de Martín cuando ya era tarde, pues  abuelo y nieto se alejaban de la casa llevando al hombro sus cañas.

DSCN4770Martín y don Andrés empezaron a caminar hacia el río. Además de señuelos redondos y alargados, plateados, dorados y rojos, todos brillantes para llamar la atención de los peces, llevaban consigo jugo de naranja y galletas de avena que el abuelo tomó rápido de la cocina y metió en un bolso antes de salir. —La pesca requiere de mucha paciencia—le dijo a su nieto— y siempre es bueno mantener al estómago tranquilo—agregó.

Avanzaron en busca de “el lugar perfecto”, como lo bautizó Martín, al llegar a una pequeña cascada cuyas aguas formaban un silencioso embalse.

Abuelo y nieto, se treparon a un pequeño tronco desde donde pudieron ver  las truchas nadar. El niño llegó a contar quince, por lo que insistió que era el lugar perfecto y le pidió a su abuelo no caminar más.

—¡Listo! ¡Hoy será el primer día de pesca de tu vida!— dijo el abuelo con la esperanza de atrapar al menos un pececillo. Estaba fuera de práctica. Tres años atrás, al morir su esposa, su vida había cambiado. De un día para otro, don Andrés se olvidó de reír. Se sintió inútil. Una carga para la familia. Se le fue el apetito y con él, las ganas de salir de pesca, de caminar por las montañas verdes, marrones y amarillas, inalcanzables. De ver a los amigos. Las visitas de sus hijos, nueras y nietos no servían de mucho para hacerlo salir de su tristeza.

Unas cuántas gotas de lluvia empezaron a caer mojando el pelo de Martín. De inmediato, el abuelo le puso la chaqueta al niño quitándose su gorra para ponérsela al pequeño.

Un viento helado atravesó el valle.

—No hay problema Martín— le dijo mientras colocaba un señuelo plateado a la caña de pescar del niño—. Mientras no haya tormenta podemos estar tranquilos.

Con impaciencia, el niño miró al abuelo atar el anzuelo en el sedal. Cuando estuvo todo listo se acercaron a la orilla.

Las aguas transparentes permitían ver a las truchas avanzar contra la corriente sin saber lo que quizás, al menos a una, le esperaba.

El viento se transformó en una agradable brisa.

Con la ayuda del abuelo, Martín lanzó por primera vez el sedal al agua.

—Debes enrollarlo con movimientos tranquilos, despacio, para atraer a las truchas— le explicó el abuelo—. Además así no dejas que el anzuelo se atasque en las piedras.

DSCN4771Martín y su abuelo pasaron un par de horas recorriendo la zona e intentando pescar alguna trucha. De vez en cuando el niño abandonaba la caña, curioseaba el lugar o se acercaba al bolso de las galletas del abuelo para, a escondidas, comerse más de una.

El campo que bordeaba el río era muy verde. Algunas rocas cubiertas de musgo se dejaban ver. Pequeñas flores amarillas y anaranjadas, así como el agua celeste y turquesa del río pintaban el lugar.

—¡Picó una! ¡Acércate Martín! ¡Ayúdame!

Con cuidado, abuelo y nieto sacaron a la trucha del agua. Medía unos quince centímetros y se movía de un lado al otro tratando de liberarse.

El abuelo liberó con delicadeza al animalito del anzuelo.

Martín, vio con mucha atención al pececito. Sus tonos plateados brillaban con el reflejo del sol.

FullSizeRender—¡Déjame tocar a mi pescadito, abuelo! ¿Lo llevamos a la casa?

—Acarícialo despacio—le dijo el abuelo—, cuidado que te haces daño con las escamas. Mejor lo dejamos en el agua.

El abuelo se acercó a la orilla del río inclinándose para soltar al animal que se escabulló entre las piedras.

Martín se despidió de su pescadito al mismo tiempo que la lluvia empezó a caer con fuerza.

El viento helado sopló una vez más.

—Debemos regresar—dijo el abuelo mientras desarmaba las cañas de pescar y acomodaba el bolso,  para sujetar luego al niño de la mano y caminar con él hacia la casa.

La ruta por la que habían llegado al lugar perfecto desapareció.

—Es una tempestad— le dijo el abuelo al niño cuando el ruido de los truenos interrumpió sus palabras—.  Regresaremos por un atajo que conozco.

Don Andrés y su nieto avanzaron entre la maleza.

—No te preocupes Martín. Pronto estaremos en casa.

—No me preocupo, abuelo—le respondió el niño—. Con tu mano me siento tranquilo.

La lluvia y el viento no tenían la menor intención de detenerse.

Abuelo y nieto atravesaron el campo, se llenaron de barro y de sonrisas, hasta  llegar  por fin a casa.

El  papá y la mamá de Martín no estaban.

—Seguro que nos fueron a buscar—dijo Martín.

El abuelo acomodó al niño al pie de la chimenea. Le quitó la chaqueta, lo limpió y secó con una toalla. Encendió los leños y fue a la cocina para preparar algo caliente.

El suave calor de los eucaliptos entibió el lugar.

La puerta de la casa se abrió.

El papá y la mamá de Martín entraron de prisa.

Se sintieron tranquilos al ver a su hijo.

En ese momento el abuelo entró a la sala sonriente y con dos tazones de leche chocolatada. —Qué bueno que llegaron!—dijo—. Justo quería contarles que me llevaré a Martín mañana a pescar. Iremos al lugar perfecto. ¿Nos acompañan?

 

Rossana Sala. Yauyos, 14 de febrero de 2016.

Comments
  1. Norha says:

    Me gustó el cuento desde el principio. Me mantuvo a la expectativa todo el tiempo esperando el final. Emotivo. Se nota tu práctica en la escritura. Te felicito.

  2. Sergio Fica says:

    Siempre sorprendente. sigue así. no te relajes. Felicitaciones.

  3. Carmen says:

    Bonito cuento, un final fiel a ti estilo … Uno no sabe si fue un sueño o realidad!

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