LA TÉCNICA DE LOS AUDÍFONOS 

Posted: 16 July, 2015 in 2015, LA TÉCNICA DE LOS AUDÍFONOS (Relato) (julio 2015)
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—¡Cuando corres, cantas!— me dijo un muchacho de gorra amarilla.

Yo iba feliz por los malecones de Miraflores acompañada solo por la música de mi Ipod, cuando el muchacho de la gorra se puso a trotar a mi lado.

Hasta hoy no entiendo como alguien en su sano juicio, tuvo el coraje de acercarse a mí, una desorejada total.

Lo miré de reojo mientras seguí mi ritmo. I want to ride my bicycle decía la canción.

No tenía ganas de conversar con nadie esa mañana. Disfrutaba del sol, de la brisa del mar,  ¡de mi música!

—Disculpa si te interrumpo— insistió—, pero siempre te veo correr por acá y me provocó saludarte.

Para no caer antipática, me quité un audífono. Solo uno. Tampoco es cosa de ser mal educada por las pistas y después de todo, trotar acompañada, también es agradable.

—Hola.  Sí, creo que nos hemos cruzado algunas veces— le confirmé mientras recordaba a ese muchacho de barba negra y poblada, un poco más alto que yo, siempre vestido con algún polo de color alegre.

—Me llamo José. ¿Cuál es tu nombre? ¿Vienes todos los días a esta hora?

En ese momento me arrepentí de quitarme ese audífono. Debí haberme hecho la que no escuchaba nada y seguir mi rumbo.

—Bueno sí— le dije parca sin responder adrede a la primera de sus preguntas.

—Soy urbanista— continuó sin que yo se lo hubiera preguntado—. Trabajo en un proyecto de desarrollo en la ciudad. Y tú, ¿qué haces?

Es mi oportunidad de hacerlo huir—pensé—.  Decir que soy abogada había espantado a más de uno (sin fundamento por supuesto).

—Soy abogada— le advertí con una sonrisa sarcástica mientras miraba mi reloj para revisar mi paso.

Pero mi plan falló.

El muchacho continuó con su soliloquio: que sus proyectos, que las calles, que el tráfico, que el desarrollo.

Todo interesante hasta que preguntó:

—¿Y tú crees que entre un urbanista y una abogada pueda suceder “algo”?

—No, si hay un ingeniero de por medio— le contesté de saque, extrañando una vez más mi audífono mientras que con el otro alcanzaba a oír a los Beatles con su inolvidable Help.

—Ah— me dijo en lo que me pareció ser un suspiro que lo animaría a efectuar un fugaz y digno escape.

Pero no se cayó ni se calló.

Siguió a mi lado tratando de hacerse el gracioso, explicándome que según la gente los arquitectos nunca fueron capaces de ser ingenieros y que los urbanistas nunca tan inteligentes como para ser arquitectos.

Yo, ya metida en esta conversación sin sentido, le objeté su “chiste” defendiendo (como es natural en los abogados) a los arquitectos y, a pesar de todo, a los urbanistas.

—Bueno— le dije decidida a dar por zanjada de un solo paso aquella charla—. Acá doy media vuelta y regreso.

Había atravesado el Puente Villena. Me faltaban algunos kilómetros para llegar a Larcomar y terminar mi ruta, pero preferí volver a mi casa.

—¿Corremos juntos mañana? ¿A qué hora nos vemos? ¿Vamos uno de estos días a bailar?— insistió.

Lo miré.

Eso bastó.

—Mejor nos despedimos—reaccionó a mis ojos—, pero dile a tu esposo, que por si no lo ha notado, tiene en ti a una gran mujer que además de ser deportista, tiene una linda sonrisa.

—Debe saberlo— le aseguré—. Ya te he dicho que él es ingeniero, no es urbanista.

Y se fue risueño.

Pobre. Sospecho que no entendió mí ironía. ¿Y de dónde se le había ocurrido que yo estaba casada con el ingeniero?

Pasaron algunos meses sin que el urbanista se cruzara por mi camino, hasta que un día me saludó mientras yo trotaba cantando distraída.

Me quité un audífono, lo que fue un derroche de cortesía de mi parte y lo que confirmó además el grado de abstracción en el que me encontraba.

—Estuve de viaje. Me fui a Chile a pasar las Fiestas con la familia de mi mujer— me comentó.

—Ah, qué bueno— lo felicité mientras trataba de recordar en qué momento, aquel día que conocí a ese hombre, me había contado que estaba casado. ¿Pero si quería ir a bailar conmigo?

—¿Y qué tal las Fiestas? ¿Cómo está tu esposo?— me preguntó.

—Yo no soy casada— le dije.

—Pero…¿y el ingeniero?— me reclamó tragando saliva y secándose el sudor con el polo.

—Salía con él. Hace semanas que ni sé de su vida.

—Y entonces, ya que no hay un ingeniero de por medio, ¿puedes ir a bailar conmigo?— me invitó sin perder el ritmo.

—¡Cómo han cambiado las cosas!— le dije al urbanista al ajustarme bien mi segundo audífono y mirar al frente sin dejar de trotar—. Cuando te conocí, me diste a entender que eras soltero y pensaste que yo estaba casada. Ahora, resulta que yo soy la soltera y que tú estás completamente casado.

Movió sus labios con alguna prisa, pero yo ya no lo escuché hablar.

Me fui cantando.

Sentí el impulso del aire marino.

La técnica de los audífonos surtía efecto una vez más.

          Escrito por Rossana Sala, el 15 de julio del año 2015. Acabo de regresar de montar bicicleta estacionaria en el gimnasio. —Además de pedalear, ¿cantas?— me preguntó el muchacho de la bici de al lado. Pensé en quitarme un audífono o mejor los dos. 

ADVERTENCIA: LA HISTORIA Y LOS PERSONAJES NO SON NECESARIAMENTE REALES. LO ÚNICO INCUESTIONABLE, ES QUE CUANDO HAGO DEPORTE, CANTO (MAL).

Comments
  1. Laura Ovelar says:

    Muy bueno el relato Perulima Besos La Ministra

    Enviado pot Laura

    > El 16/07/2015, a las 17:52, “RODANDO ENTRE LÍNEAS” escribió: > > >

  2. Carmen says:

    Este cuento no me gustó mucho. Desde el principio supe lo que iba a pasar, creo que le faltó suspenso.

    Enviado desde mi iPhone

    > El 16/7/2015, a las 5:22 p.m., RODANDO ENTRE LÍNEAS escribió: > > >

GRACIAS POR SU COMENTARIO. PUEDE ESCRIBIRLO Y PRESIONAR "POST COMMENT". NO NECESITA INDICAR SU NOMBRE NI CORREO ELECTRONICO.

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