SOL Y SOMBRA

Posted: 3 March, 2015 in SOL Y SOMBRA (Relato) Febrero 2015
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Por tus sonrisas breves y recuerdos eternos

Como muchos sábados, a la hora que me levanto,  voy a trotar.

La distancia y la ruta no las programo.

Mi plan es simple: pasarla bien. Salgo sola y esa independencia me permite no planificar.

Si me encuentro con algún conocido, nos acompañamos conversando un rato o quizás hasta el final del camino (todo depende de su capacidad para soportar mi perorata).

Esto tampoco está calculado (por ninguno de los dos).

Y fue así como hoy, sonriente y ligera, sin notar que el sol calentaba con la saña que el verano le autoriza, salí a correr.

Avancé por las calles acompañada por mi música, mis pensamientos, mis ganas de no detenerme jamás.

Llevaba puestos esos accesorios que me transforman en un ser de apariencia peculiar: rodilleras protectoras de achaques rotulares; cinturón con botellas de agua y gomas energéticas; reloj que indica la velocidad y la distancia; gorra y anteojos de sol con lunas de espejo que compasivamente intentan esconderme de esa cruel realidad que los años traen consigo (y conmigo).

Fui por los malecones desde San Isidro hacia Barranco.

Siete kilómetros.

Once y media de la mañana.

Crucé el puente de la Bajada de Armendáriz.

Momento de regresar a casa.

El calor quemaba cada vez con más fuerza. El sudor invadía mis  ojos, mis labios.

Me fijé en mis piernas, en mis brazos.

El protector solar había dejado de hacer efecto.

Una vez más cuando me pregunten mis amigos por qué estoy tan bronceada—pensé—, tendré que responder que troté sola y me distraje.

Sin detenerme, tomé agua al tiempo que derretía en mi boca una gomita energética con sabor a cereza.

Vi pasar a una pareja que corría tomada de las manos. Insólito. Pero al igual que yo, lo hacían felices.

Me di cuenta entonces que  volver por los malecones sería avanzar a cielo abierto.

Sin sombra.

Decidí regresar atravesando el antiguo Miraflores. Cualquier calle sería buena. Era cuestión de ir por el lado de la acera en el que los árboles pudieran refrescarme. Por lo menos a ratos.

Avenida 28 de Julio. Larco. Pardo. Miré hacia la derecha. Comandante Espinar.

Allí estaba. En plena esquina. Y esta vez con la puerta abierta.

La casa que había sido de mi abuela.

La vendieron cuando yo tendría diez años.

Nunca más volví a entrar.

Funcionaba ahora como un centro público de salud.

Sin dudarlo, sin pedir permiso, sin quitarme la gorra ni los anteojos, con mis rodilleras bien puestas, mis botellas de agua y la piel salada de transpirar, me dejé llevar por la sombra y los recuerdos.

Sospecho que por mi vestimenta no debí haber pasado inadvertida, pero nadie perdió su tiempo en preguntarme quién era yo o qué es lo que hacía deambulando por allí en esa facha.

En la sala funcionaba la recepción.

En el comedor había escritorios.

¿Sería acaso la cantidad de muebles, papeles, personas desconocidas por mí, que hacían ver el lugar tan pequeño?

La piscina ya no existía. Tampoco el vivero. —Debes tener más cuidado con las plantas, chiquita— recordé las palabras de mi abuela cuando me sacó una espina de la mano.

Gordita, bajita. De sonrisa breve, silenciosa y dulce. Sus labios pintados de un suave tono rosa. El pelo gris siempre arreglado. Así la recuerdo. Con algún vestido azul de diminutas flores. Un sombrero de ala en el verano.

El patio se había convertido en la sección para lactancia de bebes. Le hubiera gustado a mi abuela ver esto, pensé  al encontrar a varios niños esconderse entre las piernas de sus mamás, de las enfermeras. ¿Se escapaban de las inyecciones como yo lo hacía?

Nadie me miraba. Nadie me hablaba. ¿Podrían verme?

Volví al lugar donde antes estaba la sala. Subí las escaleras que llevaban a los dormitorios. Sentí el crujido de mis pasos (y rodillas) sobre las viejas gradas de madera. No vi ningún letrero que prohibiera entrar, solo uno que señalaba la zona de psiquiatría.

¿Sería por eso que me permitían andar así tan campante?

Las habitaciones, convertidas en consultorios, estaban cerradas.

Atraída por la luz del balcón, me dirigí hacia él. Su piso de azulejos no había cambiado. Cerrado por grandes ventanales, era ahora otra oficina, pero a diferencia de las demás, estaba muy iluminada.

—Buenas tardes— distraje a una señora que leía informes en su escritorio.

Sin  permitirle abrir la boca, justifiqué  mi presencia.

—En esta casa nació mi papá. Y ese era el dormitorio de mi abuela— le dije mientras señalaba la puerta que daba al balcón.

—Cuéntame tu historia— me pidió invitándome a sentar en un diván imaginario.

Tuve tiempo para leer el rótulo de su mesa: “Dra. Emma Gutiérrez. Psiquiatra”.

—De niña venía a esta casa para visitar a mi abuela—continué—. Nos reuníamos con mis tíos y primos. Bajo las escaleras había un pequeño bar. Olía raro pero me gustaba. Recién  de grande descubrí que era a corcho rancio…

—¿Y alguien murió acá?— me sacó de los recuerdos.

—No que yo sepa— reaccioné a la defensiva.

—Es que sentimos golpes. Creemos que se trata de un espíritu— me explicó mientras buscaba mis ojos tras mis lentes.

—Debe ser mi abuela—le dije devolviéndole el reflejo de mi mirada y regresando con mi memoria a la infancia—. Era una mujer muy alegre. Le decíamos Amama. Yo la quería mucho. Le encantaba cocinar, hacerle ropa a mis muñecas. Siempre encontraba un pretexto para viajar en familia. Nunca estaba quieta y sin embargo estar con ella me daba tranquilidad.  Pero no se preocupe, doctora— agregué sin dejar que me interrumpa—. Ya no va a escuchar más esos golpes. He venido para llevarme a mi abuela— me sorprendí diciéndole al mismo tiempo que abandonaba el balcón.

—¡Vuelva pronto!— se despidió de mí—. ¿Le programo una cita?

Y troté feliz hacia mi casa y me di cuenta que allí donde busqué la sombra, encontré el sol y que esta vez, lo llevaba conmigo.

Mañana cuando me pregunten por qué estoy tan bronceada, no mentiré si respondo:

-Es que corrí acompañada por mi Amama.

                                                                                            

Lima, sábado 21 de febrero  de 2015

Comments
  1. Anonymous says:

    Buenísimo Ros, ritmo perfecto, cambio de ruta y expectativas de cambio en el relato que resulta genial.
    Cada vez que paso por esa esquina me digo: la casa de los Sala. Tu descripción de la señora Rosita, en pocas líneas, es exactamente como la recuerdo, perfecta.

  2. Anonymous says:

    Creo que este es mi cuento favorito – quizás por “sentir” el sudor contigo y por conocer esa casa. Tuviste suerte de tener a esa abuela tan linda!!

  3. Norha says:

    Me gustó mucho tu relato. Tiene una continuidad que atrapa. Las frases cortas atraen. Se siente muy personal y mueve esas fibras de relación familiar que tenemos y que en determinados momentos nos dejan una sonrisa o una lágrima.

  4. Laura Ovelar says:

    Me encantan tus relatos. Este último me recordó mucho a mi abuela. Muy gráfica y amena tu manera de escribir. (Soy la Ministra, de tu grupo de corredores de Caracas)

  5. Nestor Vega M. says:

    Muy tierno relato, te atrapa como a ti tu abuela
    Trotar tomados de la mano? Sana envidia

  6. Anonymous says:

    Me has hecho recordar mi niñez paseándome por Miraflores , que lindo escribes me encanta y siempre disfruto tus cuentos

  7. juan carlos garcía de los reyes says:

    Me atraparon tus frases cortas y la intriga que anticipaban… Y te felicito por la sagacidad de tu respuesta, aunque aún me pregunto si fuiste tú quien te llevaste a tu amama o si ella, al atraerte se dispuso a salir contigo… Espero que el bronceado te dure por unos días cuando pueda saludarte mientras corremos por el Malecón.

  8. Anonymous says:

    Te felicito escribes muy bien!

  9. Daniela Cuervo says:

    Muy buen relato

  10. Daniela Cuervo says:

    Que linda historia! Sobretodo que durante mi visita a Perú me mostraste la casa de tu abuela. Increíble!

  11. Anonymous says:

    Lindo tu relato y la verdad que me hiciste reír con lo de la llevada de tu abuela!!!

  12. yolanda sala says:

    es uno de tus mejores relatos, te felicito!

    yoli

  13. Ricardo Valdés says:

    A partir de hoy miraré de manera distinta la casa de tu abuela …..🙂

  14. Anonymous says:

    Más alla de lo contado, hay algo que tenemos dentro y son los recuerdos de las personas a quienes amamos y no dejaremos de hacerlo, ya que han marcado nuestra niñez .

    Me gusta cada historia relatada y la considero buena escritora de sus vivencias y añoranzas.

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