Cuando partí en el tren de Milano

Posted: 11 November, 2014 in 2014, Cuando partí en el tren de Milano (Cuento. Noviembre 2014)
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—Si no tuvieras arrugas, serías perfecta— fueron sus últimas palabras antes de cerrar la puerta.

Melissa acababa de terminar con su novio.

Bueno, no exactamente. Era su novio quien había cerrado la puerta.

—¿Por qué no te vas a Italia?—le recomendaron las amigas—. Teniendo sangre italiana, deberías ir. Tómate unas vacaciones. Te ves agotada. ¡Diviértete y descansa! Olvídate de tu ex. Mauricio no te merece.  Mira las cosas que te dice. ¿Cómo lo soportas? Dos años con él son más que suficientes.

Entonces Melissa se miró al espejo.

—¡Uy! ¡No! —se quejó al ver tan nítidas las líneas que rodeaban sus ojos—. ¡Qué susto! Era el lado de aumento del espejo— se tranquilizó—. Con razón que se me ve tan arrugada.

Pero, ¡uy! ¡No!

No era el lado de aumento.

Melissa tenía cuarenta y cinco años, un divorcio y una gran cantidad de costosas cremas que usaba para tratar de verse joven (por lo menos a si misma). El problema era que no se acordaba o le faltaba tiempo para aplicárselas. Se pasaba el día trabajando y, ya de noche, al llegar a casa, lo último en lo que pensaba era en sus arrugas, sus manchas o en la flacidez que, a pesar de ser delgada y practicar algo de deporte, empezaba a invadirle algunas partes del cuerpo que (hay que reconocer su destreza al vestir)  lograba ocultar con cierta dignidad.

Melissa cerró su oficina, embadurnó de crema cada rincón de su cuerpo y de su alma, hizo maletas y voló.

Llegó a Milano un día cualquiera de abril.

Eran las cinco de la tarde. El clima estaba fresco y el sol brillaba con timidez aunque con más fuerza que en Lima, la ciudad donde había nacido.

En el aeropuerto la esperaba Elizabetta, una amiga de su juventud (porque Melissa en algún momento fue joven) quien al terminar la universidad se había ido a vivir a Italia.

—¡Ma, tanto tempo sin verte cara amica!—

Tanto, tantissimo tampoco— aclaró Melissa al tirar con energía las ruedas de su maleta y notar que su amiga no le hacía el típico comentario de la gente al reencontrarse.

No. No le dijo que estaba igualita, ni que se veía bien, ni nada por el estilo.

—Estás igualita—

Fue Melissa quien se lo dijo a Elizabetta. Ella sí estaba igualita.

Elizabetta seguía siendo una mujer muy delgada. Tenía el pelo castaño claro que llevaba amarrado en una perfecta cola de caballo que le hacía ver el rostro firme. —¿Sería por eso que casi no tenía arrugas?— pensó Melissa al escrutar con disimulo la cara de su amiga.

Elizabetta la llevó a su departamento, le presentó al mio amore Francesco, a su hijo Livio de nueve años y, entre el movimiento agitado de sus brazos, manos y dedos, le dio explicaciones exhaustivas (pues Melissa quedó exhausta) sobre los lugares que debía visitar en Italia.

Francesco se quedó dormido en el sillón de la sala.

Livio, las observaba sin decir palabra dando saltos sobre las maletas.

—Venezia, Firenze, Roma. Tienes una semana para conocer esas ciudades—le dijo Elizabetta a su amiga.

A la mañana siguiente, después de un cappuccino endulzado con edulcorante y algunos panecillos ciabatta integral con gruesas lonjas de queso parmigiano, largas rebanadas de prosciutto di Parma y unas gotas de aceite de oliva (aunque estaban a dieta, las amigas tenían hambre), dejaron al niño en la escuela y se fueron a una agencia de viajes.

Melissa compró sus boletos de tren. Hizo reservas de hotel.

Venezia, Firenze, Roma.

—Nada de tours—dispuso Elizabetta—. Compras la guía de Italia ¡c´e di tutto! Con eso disfrutarás del viaje sin presiones. Irás dónde te provoque—concluyó—. No te lo he dicho  antes pero te ves fatal. ¿No me digas que sigues extrañando a tu ex novio? A Mauricio. ¡Ese cretino!

—Vamos—le contestó Melissa interrumpiéndola—, demos una vuelta por Milano. Quiero conocer la ciudad. Acuérdate que mañana temprano parto a Venezia.

FullSizeRender (5)Elizabetta y Melissa tomaron otro cappuccino y entre palabras y sonrisas, olvidaron el mundo para disfrutar de la Piazza del Duomo, el Duomo —es una de las catedrales góticas más grandes del planeta—, la Galleria Vittorio Emanuele II —fíjate en la maravilla de su techo de vidrio— y el Museo de Arte Contemporáneo en el Palazzo Reale —cerrado por restauración ¿Y ahora?—.

—Te encantará Italia— concluyó Elizabetta mientras se dirigían en su Alfa Romeo descapotable a recoger a Livio—. No vas a querer regresar a Lima. Las calles, plazas, iglesias, la campiña, el sol…  ¡Tutto è  bello! ¡Bellisimo!

Le advirtió lo que consideraba su regla de oro: la comida italiana e molto buona y eso engorda, en especial a nuestra edad. Pero hay algo más—recalcó Elizabetta. Y luego de un interminable silencio agregó:

No. Mejor no te lo diré.

Y aunque Melissa insistió para tratar de conocer ese “algo más”, estaba segura que así como su amiga sabía hablar, sabía callar.

Al día siguiente Elizabetta me acompañó a la estación central de la Piazza Duca d´Acosta.

Volví a preguntarle eso que no me había querido decir.

— No te lo diré. Confía en mí— me respondió Elizabetta esa mañana cuando partí en el tren de Milano.

Después de dos horas y media, llegué a Santa Lucía de Venezia.

Antes de registrarme en el hotel, me senté a descansar en un café para revisar la guía de la ciudad mientras disfrutaba de un barquillo con helado de crema de leche y finas láminas de chocolate crujiente —Un gelato alla stracciatella— le había pedido al mozo intentado denotar con mi acento y mirada, que la porción debía ser generosa. Bastante generosa.

—¡Buongiorno!  E´ una bella mattina. ¿Es tu primera vez en Venezia?

—Bueno, sí— le respondí al sujeto de anteojos redondos y de escasa barba negra que se detuvo al lado de mi mesa.

Una chaqueta de gamuza beige no lo hacía ver tan mal.

Algo de pelo hubiera enriquecido su apariencia.

—¿Necesitas ayuda?— continuó en su idioma al apoyar sus pesadas manos sobre mi mesa y dar un vistazo a mi libro.

No grazie— le respondí en italiano “segundo nivel” que recordaba de mis clases  (esforzándome para que le queden claras mis palabras) y fijando la mirada en mi helado (para que le quede clara mi decisión de ignorarlo).

—¿Te invito un ristretto?

—No gracias, señor.

—No me digas señor. Me haces sentir viejo. Te acompaño al hotel. Veo que tu maleta es bastante pesada. Permíteme ayudarte.

—No moleste a la signora— intervino un muchacho—. ¿No ve que la incomoda?

—¿Y quién eres tú?— le dijo el hombre de escasa barba al muchacho al mismo tiempo que yo me hacía la misma pregunta.

Con voz delgada pero firme, aquel joven a quien todavía no le asomaba un miserable vello en el rostro, se atrevió a decir:

—Soy su esposo. Il marito.

Dicho lo cual y sin dudarlo, el hombre de barba se fue.

Dicho lo cual y sin dudarlo, el muchacho sin barba se sentó a mi mesa.

—Me llamo Pablo— se presentó el joven—. ¿Cuál es tu nombre? ¿Te puedo invitar algo?

—No te preocupes—le respondí—. Pero gracias por ayudarme.

—Algunos italianos son muy atrevidos— dijo Pablo engrosando el tono de su voz—. Y entonces, ¿me permites acompañarte? Veo que llevas bastante equipaje.

—No gracias— insistí.

Tomé el último sorbo de mi helado, me puse de pie, tiré con fuerza (y dignidad) la maleta y me dirigí pronto prontissimo a mi hotel abandonando sin contemplación alguna a mi “salvador”.

Entré a mi habitación y le di una vuelta a la llave de la puerta.

—Nada de sentarme para almorzar. Ni siquiera a tomar un helado—decidí.

Esa tarde recorrí en góndola los canales de Venezia. Quedé encantada con sus puentes y coloridas casas. Me sentí segura en esas aguas, protegida por el remo de il gondolieri,   patrón de aquella larga y estrecha barca. 

—No hablo italiano—  le dije en español al gondolero antes de que el hombre pudiera acaso abrir la boca. De esta manera, di por zanjada cualquier ilusión que pudiera haber nacido del espíritu galante de aquel  sujeto regordete y sonriente de camisa a rayas rojas.

A la mañana siguiente, un “autobús” acuático al que llamaban vaporetto, me llevó a la Piazza San Marco.

Disfruté al ver a las palomas revolotear mientras picoteaban las semillas que les lanzaban los turistas.

Conocí la Basílica y —guía en mano y sin mirar a nadie—, exploré con curiosidad las calles e islas aledañas.

Al terminar la tarde, subí al vaporetto y volví a mi hotel a descansar mientras pensaba qué sería lo que Elizabetta no me había querido decir.

Mi siguiente objetivo: tomar el tren a Firenze.

Después de dos horas de viaje, campos de trigales y viejas casas esparcidas entre cipreses me dieron la bienvenida al corazón de Toscana.

A las diez de la mañana, llegué a la estación de Santa María Novella.

No me atreví a detenerme a tomar café. Tampoco un helado.

Lo único que tomé, fue un taxi al hotel.

A los pocos minutos de instalada busqué mi guía de calles y salí a caminar.

Atravesé el Puente Vecchio y recorrí las plazas.

Tomé un bus que me llevó a la Piazzale Micelangelo desde donde disfruté de una maravillosa vista de la ciudad.

Volví al centro y, antes de regresar al hotel, me compré un cono de mi helado favorito que saboreé feliz mientras caminaba.

A las seis de la tarde me dirigí a la Piazza della Signoria.

Según el libro, Perseo debía estar muy cerca.

¿Pero dónde?

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Y allí estaba yo, sonriéndole a la vida, parada a los pies de la estatua de bronce de Perseo desnudo y orgulloso sobre el cuerpo decapitado de Medusa y con su cabeza tomada por los pelos formados por serpientes venenosas.

Mientras contemplaba con curiosidad aquella escultura de Benvenuto Celllini, un italiano —de carne y hueso— se me acercó.

Fumaba un cigarrillo.

Me preguntó la hora.

Espiró su pesado humo obligándome a tragarlo.

Intentó averiguar sobre mi vida.

Con más de un pretexto —estoy apurada; no le entiendo; mi esposo me espera— logré que se aleje.

Mi triunfo fue fugaz.

A los pocos minutos reinició su acecho.

Se me acercó. Ya no fumaba, pero el humo seguía impregnado en su cuerpo (y estoy segura que en su alma).

Un pesado anillo dorado adornaba el dedo meñique de su mano izquierda.  Debajo de las mangas de su chaqueta de cuero negro, pude notar la esfera del reloj que llevaba puesto. ¡Pero si me había  preguntado la hora!

Mi preocupación fue in crescendo.

El sujeto mediría un metro ochenta. Era delgado pero se le notaba fuerte. Tendría cuarenta años. No me atrevía a verlo a los ojos (y no tenía un helado stracciatella para disimular mi angustia). Sin embargo, de manera asolapada —como sabemos mirar las mujeres— pude notar su nariz aguileña que resaltaba de su afilada cara entre esos pequeños ojos oscuros que no dejaban de observarme. Su piel blanca, contrastaba con la negrura de su pelo engominado que llevaba hacia un lado hasta alcanzar la perfección.

No. Definitivamente no era mi tipo.

—Mire señor, si no me deja tranquila, chiamo i carabinieri— le advertí.

Me miró arrogante y se alejó hablando solo, echando humo, agitando las manos y los brazos y los dedos, confundiéndose entre la gente.

La tarde de abril era fresca, pero empecé a temblar.

Los turistas iban y venían admirando los monumentos de la gran piazza.

Hércules y Cacus, Patroclo y Menelao, ¿serían acaso los únicos testigos inmóviles y silenciosos (y por su puesto desnudos) de mi angustia?

—Ni siquiera son las siete de la noche—pensé—, pero mejor regreso al hotel. Esto me pasa por viajar sola y hacerle caso a Elizabetta. ¿Qué fue lo que no me dijo? ¡No puede ser! ¡El hombre de la chaqueta y del anillo! ¡Otra vez! ¿Por qué se me acerca tanto?

Ti amo molto. ¿Mi vuoi sposare?— me pidió de rodillas allí, a los pies de Perseo desnudo.

—Tengo un esposo celoso y cinco hijos. Cinque figli, tutti piccoli e anche malcriadini— le mentí en dos idiomas.

Pero se quedó parado y sin decir palabra (cosa insólita en un italiano) solo atinó a abrir sus ojos oscuros y levantar las cejas para quedar estupefacto.

Hasta hoy no sé si aquella expresión —sorprendente, por cierto— fue generada por los celos del esposo, la historia de mis hijos, porque no me entendió una palabra o porque el adjetivo malcriadini —después lo supe—era un invento mío.

Miré a mí alrededor.

No había un solo policía, pero pude descubrir entre la multitud a un hombre alto, pálido, de pelo blanco.

—¿Quizás pueda ayudarme? No tiene pinta de italiano—pensé.

Sin responderle al hombre de la chaqueta ni darle tiempo para que reaccione me escurrí entre la gente guiada por mi profundo instinto de supervivencia.

Excuse me, sir — le dije en impecable inglés al caballero de pelo blanco, notando que mi voz se debilitaba al mismo tiempo que descubría en los ojos de aquel “sir”, que se trataba de un ser albino—. ¡A man is following me! ¡Help me, please!

Felice di aiutarti!— me respondió mostrándome su escasa, pero dorada y brillante dentadura.

¡Otro italiano! Intenté tranquilizarme. No todos serían como el de la chaqueta negra. ¿O sí?  —¡Elizabetta! ¿Qué fue lo que no me dijiste?— Tenía que llamarla a hacerle esa pregunta.

Algo estaba pasando en Italia.

Algo iba a pasar en Italia.

—Mire señor,—le expliqué very proper a aquel sujeto desdentado, pero al parecer fino— por favor, solo le pido que converse conmigo unos minutos mientras vemos el espectáculo —un mimo pegaba brincos y la gente reía regalándole aplausos y euros—. Solo hasta que se vaya ese hombre. El de la esquina. ¿Lo ve? El alto de chaqueta oscura.

—¡Con gusto carissima! Pero trátame de tú, bellezza.

¿Carissima? ¿Bellezza?

Unas cuantas piruetas de mimo después…

—Bueno. Grazie mille. Me despido. El hombre ya se fue —le dije—. Sei un perfetto gentiluomo— agregué mirándolo directo a sus ojos translúcidos.

—Te acompaño a tu casa. ¿Cómo voy a dejar caminar sola por estas calles oscuras a una bella donna? Io sono un vero gentiluomo!

¡Me atacó con mi propia defensa!

—No gracias. Puedo irme sola. Solísima. Solitísma— respondí ampliando una vez más el realísimo diccionario de la lengua italiana.

—Pero te invito una copa de champagne cara mia.

—No es necesario. Yo me voy sola. Solísima. Solitísima— respondí nerviosa.

—Pero te acompaño.

Arrivederlo— le dije alejándome de su sonrisa hueca y de su mirada abismal.

—Mejor caminaré unas cuantas cuadras por los alrededores antes de llegar al hotel. No vayan  a seguirme— pensé.

—Óigame señor—le pedí al botones—. Nadie puede subir a mi cuarto. En esta ciudad no conozco a nadie. ¡Nessuno! ¿Hai capito?

Entré a mi habitación. Le di dos vueltas a la llave de la puerta.

—No más salidas después de las seis de la tarde— decidí resignada.

Aquella noche dormí sin cenar.

Siete de la mañana. De acuerdo con mi plan de viaje, iría a Toscana.

Después de un café acompañado de un croissant con prosciutto (servicio a la habitación, por supuesto), me uní a un tour.

—¿Viene sola?— me preguntó el conductor abriendo con exagerado entusiasmo la puerta delantera del pequeño autobús.

Sola, solísima, solitísima, pensé al sentarme sin responder.

—¡Benvenutti!— me dijo contándome que se llamaba Mario al mismo tiempo que me presentaba a los demás miembros del grupo: cuatro mujeres y cuatro hombres. Pronto descubriría que tres de las parejas estaban de luna de miel y la cuarta celebraba  veinticinco años de matrimonio. ¿Y yo? Sola, solísima, solitísima, sentada junto a Mario.

—Pero no importa—pensé—. Será interesante el paseo y practicaré italiano.

Atravesamos el campo verde y florido, hasta detenernos en Chianti para catar vino y degustar quesos y fiambres.

Rodeada de parejas de enamorados, recordé la película “Bajo el sol de Toscana”, en la cual la protagonista, deprimida luego de su divorcio, se instaló en una vieja casona donde conoció al hombre de su vida. Bueno, a decir verdad, no recordaba el final de la película, pero era lógico que algo así sucediera.

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El chofer se detuvo para que los pasajeros disfrutemos de aquella vista repleta de girasoles y del cielo azul que en Lima solo podía imaginar.

—Siena fue uno de los sitios donde se rodó  “Bajo el Sol de Toscana”—dijo el chofer al mirarme a los ojos como si supiera lo que yo pensaba. —¿Y cómo es que una mujer como tú viene sola a Italia?— me preguntó frente a todos los turistas—.Tengo la impresión que te quieres quedar a vivir acá. Yo puedo acompañarte—  agregó.

—No lo comprendo. No hablo italiano— mentí en español y no volví a abrir la boca hasta llegar al hotel de Firenze.

Entré a mi habitación. Le di de tres vueltas a la llave.

Al día siguiente tomé el tren a Roma.

Durante el viaje no le dirigí la palabra a nadie. En silencio, contemplé el paisaje, leí, escuché música y, en los momentos que así lo requerían, esos en los que tenía la impresión de que alguien estaba a punto de invadir mi espacio vital, simulé estar dormida.

En el camino, bajé del tren tan apurada para conocer la Torre di Pisa, que más de uno habrá pensado que temía su hundimiento antes de tomarme una foto.

Pero no corría por eso.

Es que entre los pasajeros, estaba segura de haber visto a un hombre pálido, de pelo muy blanco y dientes escasos.

—Piano. Piano— me aconsejó una anciana.

—Piano. Piano. Tranquila, Melissa. Es tu imaginación. Nadie te sigue—  me dije.

Y fue así como llegué a Roma, mi último destino en Italia, sin haber podido comunicarme con Elizabetta (su línea telefónica siempre estaba ocupada).

Dispuesta a conocer la ciudad sin interrupciones, usé lentes oscuros y me coloqué audífonos para escuchar al guía del ómnibus de turistas. Bajé en algunas estaciones sin quitarme los audífonos ni los anteojos y mirando con cuidado a mi alrededor.

No quería toparme con  aquel hombre de escasos dientes y perturbadora sonrisa.

Por tres días me dediqué a visitar el Pantheon de Agripa, el Museo del Vaticano, la Basílica de San Pedro en la que me detuve a rezar un rosario completo, vi de lejos al Papa, conocí el Coliseo, el Foro Romano y la Fontana de Trevi en la que me animé a lanzar una moneda. Durante mi recorrido no me senté a probar bocado. Solo de pie, entre fuentes, iglesias y coliseos, saboreaba mi helado stracciatella. Estaba a punto de sentirlo en mi cintura, pero no le di importancia. Al regresar a Lima haría deporte y dieta. Además de mi amor por el helado, por nada del mundo quería sentarme a comer ya que existía el riesgo que se me acercara a conversar algún desconocido o, peor aún, el hombre sin dientes.

Estaba segura de haberlo visto en el tren.

Fue durante mi última noche en Roma, al caminar de regreso al hotel por la Vía del Corso, cuando decidí hacer algo diferente.

Estaba aburrida de los helados. Mi estómago pedía algo tibio, algo salado.

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Pasé por un restaurante cuando escuché la música de un órgano y la voz alegre de un italiano que cantaba al ritmo de su teclado.

La tentación por entrar a ese lugar fue grande.

No quedaba ni una mesa libre, así que me acomodé en la barra.

Empecé a saborear unos  tortellini al pomodoro con salsa al basilico e ricotta acompañados de una copa de Chianti.

De pronto, escuché al italiano de la voz alegre presentarse al público como Riccardo y preguntar a la gente de dónde venía.

No estaba mal el italiano. Tendría unos cuarenta años. La piel muy blanca. Desde donde me sentaba, casi podía asegurar que sus ojos eran claros. Me los imaginé verdes. Su pelo debía ser negro. Castaño oscuro, quizás. Lo llevaba amarrado en una cola muy corta que le caía sobre la espalda. Parecía una persona relajada y lo más importante: sonreía. No dejaba de hacer comentarios alegres.  Su mirada y su rostro relucían.

Cuando llegó mi turno, tuvo curiosidad por saber mi nombre.

—Melissa— me demoré en responderle por contemplarlo absorta.

Desde aquel momento, el alegre organista no dejó de dedicarme canciones y cuando no lo hacía me pedía disculpas.

Me divertí tanto que me animé a pedir otra copa de vino.

De pronto, vi pasar por la puerta del restaurante a un hombre. Iba y venía con pasos cortos y firmes. No dejaba de llevarse un cigarrillo a la boca. De mirarme. Entre idas y venidas, no lo vi más.

Me sentí aliviada.

¿Pero quién podía ser? ¿Sería el albino de dientes escasos?

No. Tenía que ser el hombre de la chaqueta de cuero negro que no dejaba de fumar. El que me había pedido la mano bajo la estatua de Perseo desnudo.

De un momento a otro, empecé a sentir olor a cigarrillo.

—Te invito una copa de vino—   me ofreció alguien sentado a mi lado.

—¿Qué haces acá?— le pregunté asustada—. ¿Cómo me encontraste?

No me respondió.

Miré a Riccardo.

Riccardo me miró. No me conocía. No podía entender lo que pasaba. No me ayudaría. Sin embargo, notó mi angustia y me lanzó un suave guiñó y media sonrisa.

Me sentí más tranquila.

¿Cómo me habían encontrado en Roma?

—¿Por qué no vienes a esta mesa?— me invitó Riccardo señalándome un lugar cercano a donde él tocaba su música.

Me paré.

—¡No te vayas! Quédate conmigo— me dijeron.

—¡Déjame en paz!— respondí confundida abandonando mi banca en la barra para ocupar el lugar que me había ofrecido Riccardo quien volvió a regalarme media sonrisa, completando así la otra mitad que tanta falta me hacía. Siguió cantando. Por fin lo veía  de cerca. Su pelo era muy lacio, castaño oscuro.

Me concentré en la música y la alegría de la gente. Algunos bailaban.

Sería más de las once de la noche.

—Es hora de irme— reaccioné.

Hice una seña para pedir la cuenta. —Va por la casa— me dijo una muchacha—. Te invita Riccardo.

Mientras trataba de comprender lo que pasaba, el organista feliz apareció a mi lado.

Todo sucedió tan rápido.

Volví a echarle un vistazo a la barra. Allí seguía él. Mirándome. Parecía triste.

—¡Tanto piacere bellísima!— me dijo el cantante al darme un beso en cada mejilla.

Eran verdes. Sus ojos eran tan verdes como me los había imaginado. Pero no, no tenía cuarenta años.  Unos treinta y cinco, podría ser. ¡Dios mío! ¡Era mucho menor que yo!

Y mientras lo contemplaba y él hacía lo mismo conmigo, alguien se acercó a nuestra mesa.

—Disculpe, ¿puede dejar tranquila a la señorita?— exigió Riccardo en italiano—. ¿Quién es usted?

—Soy su novio— respondió Mauricio en español—. Y he venido a llevármela. Te extraño,  Melissa.

—Mi ex novio— lo corregí en tres palabras, mientras al oír su voz venían a mi mente los años de mi vida bajo sus reproches.

—Vamos Melissa. ¿Quieres salir a caminar?— me ofreció Riccardo (con seguridad sin entender las palabras de Mauricio pero sí mi preocupación)—. ¿Quién es ese hombre?—me preguntó en la puerta del restaurante—. ¿No es muy viejo para ti?

Tanto, tantissimo tampoco— le respondí sonriendo.

—¿Ti piacerebbe un gelato alla stracciatella, bellisima?— me dijo, apoyando con suavidad su brazo sobre mi hombro.

Fue en ese momento cuando descubrí lo que Elizabetta no quiso contarme aquella mañana, cuando partí en el tren de Milano.

Rossana Sala. Noviembre 2014

Comments
  1. Berta Gongora Rohde says:

    Me gusto muchísimo. No podía dejar de leerlo hasta el final. Te felicito Rossana.

  2. Anonymous says:

    Mas que un cuento es una sucesión de hechos……….en párrafos de una línea. Creo que la parte difícil de un cuento o novela es el armado de párrafos con una trama que fluye. No soy un crítico para estas materias, pero te doy mi feeling.
    Tienes mejores cuentos.

  3. Anonymous says:

    Por tu cuento, parece que estás cambiando tu estilo de escribir. Me gustó el estilo del cuento. No sé si mi percepción es errada.

  4. Anonymous says:

    ne encantó! !
    un besote🙂

  5. Anonymous says:

    Hola Rossana.

    Como siempre muy simpática tu historia. Sólo me confundió que inicias con Melissa como tercera persona y luego asumes personalmente la historia y la cuentas en primera persona.

    Me gustó tanto que la leí de un tiro y sentía en carne propia el asedio de todos los hombres que fueron apareciendo en la historia.

    Un beso.

  6. Anonymous says:

    ufffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffff

  7. Anonymous says:

    Bonito cuento y lindo final!

  8. Norha Stella says:

    Un cuento con mucha verosimilitud. Cuando viajé a Italia también me llamó mucho la atención el nivel de persecución que nos hacen los italianos ¿Será por ser latinas?.
    En tu cuento manejas la tercera persona (el narrador omnisciente), la primera persona y el diálogo y eso hace que uno participe más como lector.
    Se nota el nivel de conocimiento o por lo menos del uso adecuado y oportuno del idioma.
    La descripción de los lugares por los que viaja Melissa, los principales sitios turísticos, los restaurantes y las comidas indican que fue un cuento trabajado con tiempo, con investigación y muy posiblemente producto de una experiencia personal.
    Te felicito.
    Norha

  9. Anonymous says:

    Muy Bueno Rossana. Parece que es una experiencia tuya de verdad….
    Louis

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