SIN TI A MI LADO

Posted: 8 August, 2014 in 2014, Julio (Sin tí a mi lado)
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Abril, 2017.

 

Querido Mark,

Anoche, después de las casi dos horas que conversamos por teléfono, sabía que iba a soñar contigo:

Por alguna razón yo estaba en tu casa. Era una invitada. Me quedaba a pasar la noche, pero claro, en el cuarto de visitas.

Tú dormías en el dormitorio principal con tu esposa. (Sé que eres soltero. Eso me has dicho. Pero fue un sueño y lo que soñé es lo que escribo).

En algún momento (sería la mañana siguiente en el sueño), me desperté y ya no estabas.

Tu esposa tampoco.

Dos señoras bajitas, regordetas y felices, preparaban algo de comer. Por la hora debe haber sido el desayuno. (Entiendo bien esta parte del sueño. Es que de tanto hablar contigo me fui a dormir sin probar bocado).

Una niña y un niño de unos ocho años o diez aparecieron dando brincos. Eran rubios, crespos  y pecosos y vestían pantalones cortos y unos polos amarillos de algún material ligero. (Debe haber sido verano en mi sueño, lo que me llama la atención por el frío que siento estas últimas noches).

Había un tercer muchachito de doce años, me imagino. Tenía el pelo negro y liso, la piel canela y andaba también en pantalones cortos.

Interrumpí a las señoras (las que cocinaban entre cuchicheos) para preguntarles quiénes eran esos pequeños. Me dijeron que los tres eran tus hijos (¿pero no tienes, verdad? ¡No sé por qué tuve que soñar eso!).  Mencionaron también que tenías un hijo mayor que por esos días no andaba en casa. Que iba a una universidad en las afueras de la ciudad.

Entonces —sin que yo dijera palabra— las mujeres me explicaron que el niño de pelo negro lo tuviste mientras estabas casado con otra mujer. No con tu actual esposa.  “En paralelo”, aclararon.  Tu hijo el universitario, también lo habías tenido con otra mujer.  (En esta parte, el sueño tuvo ciertos rasgos de pesadilla.  ¿No te parece?).

Al irme (porque en algún momento debía marcharme de tu casa, que dicho sea de paso no tengo idea de en qué país estaba), aquellas señoras, las de los cuchicheos,  me dieron algunas cosas para que me lleve, envases vacíos, no recuerdo bien. Algo me dieron.

Me despedí de los tres niños. Había jugado con ellos en el jardín y eran muy bien educados (¡te felicito!). (Ya sé que vives en un departamento, pero sería bueno que tuvieras por lo menos un patio para los niños, ¿no crees? ¡Pero si no tienes niños!)

Entonces salí.

No me despedí ni de ti ni tu esposa pero no vayas a pensar que fue por mala educación o por celos, ¡claro que no! Fue simplemente porque, como te dije, ustedes habían salido.

Me fui manejando mi carro.

Era una carretera larga y sin gente. No había construcciones tampoco.

Avancé en silencio cuando de repente (y aquí empieza la parte interesante que con seguridad me hizo llegar feliz a la oficina porque esta mañana apenas me saludó un colega me dijo que se me veía radiante). Como te decía, manejaba cuando de repente:  te vi.

Como tenía que ser, corrías por la carretera. Trotabas. Sudabas. Venías en dirección contraria a la mía.  (Un poco de lluvia en ese momento hubiera caído  perfecta en el sueño.  ¿No es cierto?)

Me detuve.

Me alcanzaste para saludar.

Yo estaba en el carro y tú de pie al lado de mi puerta.

Entonces,  me recosté en tu pecho.  (Esa parte no la entiendo técnicamente pero sí emocionalmente, porque si estabas parado y yo sentada en el auto, no sé cómo podía recostarme en tu  pecho. Pero así fue. Y tú me agarrabas la cabeza. Me hacías cariño. Y yo no te soltaba. Eso duró mucho rato y le doy gracias a Dios porque no me desperté en ese momento, lo que me hubiera frustrado de sobremanera y me hubiera obligado a tratar de volver a dormir para continuar con ese sueño y poder sentir por más tiempo tu corazón y tu calor y tu cuerpo).

Pero en fin, las cosas buenas terminan, así que levanté la cara y me miraste con tus ojos lindos y tu barba y tu nariz perfecta,  tu sonrisa suave y tu pelo revuelto.

Y me diste un regalo:

Era rarísimo. Una invención mía obviamente. Era blanco. De plástico. Estoy segura que era blanco (y de plástico). Tenía  piezas largas y delgadas que  al juntar y cerrar formaban una bola o una flor (de plástico).

Te agradecí y de un momento a otro vimos que nos miraba impaciente, allí parado, tu hijo de doce años. El de pelo negro. Estaba aburrido de vernos.  (No sé cómo llegó al lugar si me había despedido de él en el jardín de tu casa. ¿Te acuerdas?)

Como te decía, tu hijo nos observaba. Quizás trotaba a tu lado y no me fijé en él  por mirar tus ojos y tu barba y tu pelo y tu nariz perfecta y tus manos y por sentir tu pecho.

Te fuiste con él.

Yo seguí mi camino.

Pero ya no era llano ni suave.

Tuve que atravesar un pueblo de calles angostas, llenas de piedras y barro (¿Si no había llovido?).

De pronto, allí, frente a mí, apareció una profunda pendiente.

Y yo que no soy buena al volante, frené de golpe.

Tuve que dejar de respirar.

Fue en ese momento cuando sonó el despertador.

No sé si hubiera podido seguir por esa ruta…sin ti a mi lado.

Beatrice

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