—¿Cuántos kilómetros vamos?—le pregunte a María Elvira.

—Once— me respondió Mónica sin perder un segundo.

—Acá me quedo— les dije—. Nunca he corrido más de diez. Estoy muerta. Esto no es para mí.

—¡Épa chama! ¿Qué te pasa? Faltan solo siete—me contestó una de las dos. No sé ni me importa cuál.

Hacía dos meses que había empezado a trotar. De lunes a viernes, cada mañana me levantaba a las cinco y media para encontrarme con un grupo de amigos en un parque a unas cuadras de mi casa. El Parque del Este. Allí, en una extensión cercada de ochenta y dos hectáreas incrustadas en medio de la ciudad, se podía hacer deporte tranquila. Sobre la grama, sobre tierra o sobre asfalto. Bajo el cielo azul de Caracas. Protegida por la sombra de más de cien tipos de árboles. Las flores azules del jacarandá, las rosadas del apamate, las amarillas del araguaney, las garzas blancas en las lagunas, las bandadas de loros y de guacamayas volando para esconderse en las copas de los árboles y las curiosas ardillas rebotando de rama en rama, sumados a las personas que uno va conociendo, formaban el ambiente ideal para empezar feliz un nuevo día.

Cada trotador, solo o acompañado, decidía su ritmo, su tiempo y su distancia.

Yo, bien equipada con mi música, tomaba una ruta que me habían dicho que era de diez kilómetros. Por lo general tardaba una hora y un poquito más en terminarla.

Pero ese sábado al llegar al parque, Mónica y María Elvira, me invitaron a correr con ellas.

—Haremos “un largo”— me dijeron.

Sin saber los tecnicismos de este deporte y segura que diez kilómetros significaban “un largo” les dije que sí, que gracias, que con gusto trotaría con ellas.

Aunque ya nos habían presentado, aceptar la invitación era una forma de integrarme a la ciudad y su gente.

Debo confesar que ya tarde como para poder cambiar de idea, noté que las dos llevaban a la cintura unas botellitas plásticas llenas de líquidos energéticos de diferentes colores lo que me llevó a tener ciertas dudas sobre el significado “extensivo” de “un largo”.

Pensé también que estando dentro de un parque por más grande que este fuera, sería fácil abandonarlas en el momento que mi cuerpo lo considerara justo, necesario, mi deber y salvación.

Así que corrí con ellas.

—¡Vamos Rossana! Toma un poco de Gatorade— me ofreció Mónica pensando que eso sería suficiente para que pudiera seguir el ritmo que llevaban.

Mientras trotábamos, María Elvira contó que había participado seis veces en el Maratón de Nueva York y que se estaba preparando para hacerlo de nuevo. Mónica también iría. —“4 meses para correr un maratón en 4 horas”. Así se llama el libro que leí para hacer ese tiempo— me dijo—. Cómpratelo que te va a servir.

Le respondí mientras pensaba “me largo”, que ya estaba cansada; que a cuarenta y dos kilómetros no me interesaba llegar; que ni loca haría un maratón; que quería regresar a mi casa.

Pero seguí trotando.

—Me duele todo— me quejé con ellas a los pocos minutos y con las últimas palabras que sentía que me quedaban en mi marchito cuerpo—. Se me están partiendo las pantorrillas. ¿Cómo hacen para que no les duela nada?

Las dos me miraron sorprendidas y escasamente transpiradas. En ese momento noté cómo los músculos de sus piernas se marcaban con cada pisada que daban. Me di cuenta también que bajo las gorras que tenían puestas, el pelo iba recogido en una perfecta cola de caballo. En cambio a mí, se me chorreaba por los ojos y por culpa del sudor se me pegaba en la cara al ser demasiado corto para sujetarlo como el de ellas.

Fue Mónica quien me respondió con firmeza. —Mira chama—recalcó sin interrumpir su inflexible paso—. ¿Cómo se te ocurre que no nos va a doler? A partir del kilómetro catorce te duele todo, solo que no le hacemos caso. Después de un rato ya no sientes nada.

Y seguí trotando.

Saludamos a cuánta persona se nos cruzó. Ellas conocían por su nombre a cada uno. Yo apenas balbuceaba un silencioso “hola”.

—¡Épale! ¡Qué arrecho corren!— nos gritó un muchacho de unos treinta años, con los músculos enérgicamente cincelados en los brazos y piernas, que avanzaba sonriente y relajado a toda velocidad en sentido contrario al nuestro.

¿Cómo que corremos arrechas? Me mantuve en silencio hasta que la curiosidad pudo conmigo. Tenía que saber, aunque me costara mi último aliento, qué nos había dicho ese descarado. —Que estamos corriendo chévere— me respondió Mónica. Entonces decidí que sería mejor no explicarles lo que yo, una peruanita en el Parque del Este, había entendido.

Con la distancia, me olvidé de la distancia.

Me distraje.

Tres mujeres cotorreando, no era para aburrirse. Poco a poco adquirí esa capacidad al parecer innata en María Elvira y Mónica de correr y conversar al mismo tiempo y sin tomar aire.

Mientras desarrollábamos nuestro ejercicio físico y verbal, nos dimos cuenta de algunas coincidencias. Las tres éramos abogadas. Las tres nos habíamos casado el mismo año. Cada una de nosotras tenía dos hijos.

La única diferencia—además de mi edad (no importa cuántos años nos llevábamos) —era que yo me había divorciado.

—¡Listo!— sentenció María Elvira—. Vamos a estirar. Hicimos diez y ocho kilómetros. Paso promedio: seis punto cinco. El rango de mis pulsaciones fue ciento setenta.

RELOJ2Mónica miró su reloj, presionó algunos botones y con la misma exactitud informó: pulsaciones promedio ciento ochenta. —Y tu chama?—

Dos horas y tres minutos—les respondí—.Yo no tengo reloj que marque la distancia, ni el paso, ni las pulsaciones. El mío solo da la hora— les dije sorprendida al enterarme que existían relojes con funciones tan sofisticadas.

—A mí me lo regaló mi esposo por nuestro aniversario—dijo Mónica.

—A mí el mío por mi cumpleaños—agregó María Elvira.

Yo que iba sintiendo el sudor salado atravesar mis ojos para alcanzar mis labios y mi lengua, les respondí con una lógica implacable y conteniendo cualquier gesto o palabra que pudiera ser considerado ordinario.

— Es que yo no tengo esposo. Debe ser por eso que no tengo un reloj como el de ustedes— les dije sofisticada y firme.

Y sin darles tiempo a que me respondan quizás con alguna broma, escuchamos la voz de un hombre que venía detrás de nosotros disfrutando sin pedir permiso de nuestras confidencias.

—No te preocupes, chamita—me dijo—. Ten paciencia. Ya tendrás un novio que te regale un reloj mejor que el de tus amigas.

Escrito por Rossana Sala en Caracas,  en setiembre del año 2006.   Han pasado siete meses desde aquella historia. Ahora llevo el cabello atado en una insuperable  cola, mis piernas lucen más fuertes  —¡Chama! ¿Y ese reloj? ¿Quién te lo regaló?—  y acabo de romper la factura.

Comments
  1. Anonymous says:

    Excelente…!…siempre leo los post…éste estuvo no sólo muy bien escrito sino sumamente divertido…me reí mucho con lo de …….”que arrecho corren….”

  2. Anonymous says:

    Me encanto Rossana!

  3. cecilia carrasco says:

    Rossana, linda historia!! Me he reido muchísimo……Gracias por compartirla.

  4. Anonymous says:

    buenaso!!! me gusto!!

  5. virgi says:

    7 meses? siete años!!!!

  6. Anonymous says:

    Me encantó!

  7. Anonymous says:

    Supongo que ahora sí tienes un Super Reloj!

  8. Anonymous says:

    Me gusto… y mucho lo de la factura… uno no debe pasar la vida esperando por los demas, eso se aprende con la edad y los coñazos cierto?

  9. Anonymous says:

    Muy simpático tu cuento; tienes vena medio cómica o irónica. Me has hecho reir!
    Imagino tu cara al escuchar ese comentario……………..jajaajaja

  10. Anonymous says:

    Me encantó por su frescura y buena construcción.Felicitaciones.

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